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[ La madera de enero no la pongas al humero; déjala estar cortada, que ella se curte y amansa. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 11-Dic-07 « Anterior | Siguiente » en Erotismo y Amor (555 de 675)

La voz del agua

scarlet83
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Una joven de alta sociedad y un gitano ambulante. ¿Pueden tener algo común? Versión libre del relato de D.H.Lawrence “The virgin and the gipsy”. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

LA VOZ DEL AGUA

Una joven de sociedad y un gitano ambulante. ¿Pueden tener algo común? Versión libre del relato de D.H.Lawrence “The virgin and the gipsy”.

Yvette… Un nombre sofisticado, caprichoso, liviano como un ala de mariposa. Sí, le gustaría volar hacia las estrellas y dejar atrás su casa que la convertía en un colibrí enjaulado, demasiado exótico para el lugar. Era la hija menor de un párroco inglés, un hipócrita pesado cuya compañía irritaba a todos. En primer lugar, a su joven esposa que se escapó con un vecino. Desde entonces la familia condenó a la madre adúltera y le dio nuevo bautizo – “Ella, que era Cintia”. El párroco cuidaba bien a sus hijas. Adoraba a Yvette, quería moderadamente a Lucille y se doblegaba por completo a las órdenes de Granny (Abuelita). La anciana sabía tocar las teclas sensibles de su egomanía. Además, había dos habitantes en la mansión: tío Fred y tía Cissie, un autista ordinario y una solterona insatisfecha.

Una vez terminados los estudios en Suiza, las chicas volvieron al “nido” y descubrieron un manicomio que imponía leyes absurdas. En vano intentaban derrocar a Granny. Permanecía impasible en su trono. Una deidad cubierta por el moho de los milenios. Yvette detestaba aquel olor rancio que envolvía el cuarto de la abuela, detestaba sus sermones, su voz chillona, sus mañas de buitre. La loca de Cissie, corroída por el gusanito de envidia, se ponía pálida en la presencia de su hermosa sobrina. Por desgracia, las excursiones al campo apenas distraían de horrores domésticos. La parroquia estaba situada en Papplewick, un pueblo minero en el norte del país. Lluvias, lluvias y más lluvias. Piedras, piedras y más piedras. Yvette se iba hundiendo en la desesperación. Tenía miedo de que su alma se disolviera en los baldíos. Un vampiro invisible iba a robar su juventud a cuentagotas, dejándola más seca que un tronco cortado.

*

“Niñas bonitas, ¿queréis que os diga la buenaventura?” – la gitana hablaba con voz aduladora, pero sus ojos reflejaban desprecio hacia la alta “sociedad” de Papplewick. Los ojos de un lobo medio domado. “No, vamos a llegar tarde a la fiesta” – protestaron los chicos, típicos señoritos antimasculinos, capaces de penetrar a la mujer, incapaces de llevarla al éxtasis. Las protestas se ahogaron en el coro de exclamaciones femeninas: “¡Claro!”, “¡Por supuesto!”, “¡Me muero de curiosidad!” El coche se detuvo cerca de la caravana. Un momento después la mujer-lobo empezó a contar cuentos chinos sobre el “futuro”. Yvette se mantenía al margen, su mente vagaba en lejanías, como siempre. De pronto reparó en un hombre que encendía la hoguera. El corazón le dio un vuelco. La intuición decía que se trataba de un macho de primera – sereno, sabio, valiente. Tan diferente de aquellos pavos inútiles que sólo podían ofrecer “mucho ruido y pocas nueces”. El Rey de los humillados haciendo gala de su orgullo de paria. “¡Es más fuerte que yo! ¡No le importa nada!” – entendió al instante y se quedó paralizada por una llamarada de alegría.

El gitano, atraído por la ternura del rostro juvenil, tampoco apartaba la mirada. Esta mirada la golpeó en lo más profundo de su ser porque mostraba el deseo desnudo, algo absoluto e irrefutable como la vida misma. Las miradas de “señoritos” rozaban la superficie de su cuerpo y rebotaban como pelotas de tenis. No iban más allá, no llegaban hasta las raíces, no provocaban ninguna reacción, excepto el fastidio. “Odio la idolatría de mis amigos, - confesó a Lucille. – Es una carga de plomo que pesa mil toneladas. Necesito enamorarme de una manera violenta. Y ahora tenía delante a un hombre extravagante, desinhibido, cuyo pañuelo rojo resaltaba la piel morena y desafiaba al gris de las nubes. Él la veía como una bella durmiente, una criatura hipnotizada a la que debía despertar. Había una fatalidad misteriosa en la hija del párroco. Parecía virgen, pero no parecía inocente. La falta de experiencia no le impedía ejercer el poder maléfico de una bruja. No había heredado nada de los ángeles. El erotismo sutil que emanaba de ella enganchaba al gitano mucho más que la lujuria de sus numerosas amantes. Sin embargo, no tenía derecho a acercarse. No le permitirían arrastrarla hacia los matorrales y arrebatar el secreto de su hechizo. Se limitaba a poseer a Yvette en el bosque nocturno de sus pupilas.

“Ha llegado su turno, preciosa”. “No, prefiero…” – titubeó la chica. “¿Está ocultando algo? – insistió la quiromántica con entonación ambigua. – ¿Prefiere que sus amigos no sepan mi predicción? Tranquila, no hay que temer. Vamos a subir a mi caravana. Allí se lo contaré todo sin reservas”. Y se dirigieron juntas al lugar aislado. “¡Es injusto! ¿Te crees especial o qué?” – gritó Leo, uno de los pretendientes más celosos. “Volveré pronto” – fue la única respuesta. El hombre moreno soltó un comentario burlón en su idioma y removió las ascuas.

El tiempo se arrastraba como una cucaracha embarazada. Los jóvenes estaban tiritando. Se sentían incómodos entre la gente que no pertenecía a su clase. El encanto de la noche favorecía al gitano. Su aspecto viril contrastaba con el aspecto indefinido de aquellos niñatos. Un hijo de naturaleza no encajaba con ellos – productos artificiales de incubadora. Su mera existencia les ponía nerviosos. Por fin apareció Yvette. Un halo de soberbia envolvía su silueta esbelta. Se movía con gracia felina, consciente de la admiración que provenía del único Hombre. No hacía caso al tipo descarado, pero su cuerpo no dejaba de mandarle señales de entrega. “¿He tardado bastante? – preguntó indiferente. – ¡Me apetece un té! ¡Vámonos!” Durante el trayecto se mostraba amable, comunicativa. No le costaba demasiado. Sabía disimular artísticamente. Entretanto, las palabras de la mujer gitana resonaban en su memoria: “Tienes frío, mucho frío. Estás congelada. Todos se empeñan en pisar tu corazón y no te permiten sacar la chispa desde tu interior. Seguirán pisándolo hasta que un día… vendrá un príncipe oscuro y librará tu fuego. Buen fuego”.

*

Yvette se negó a pensar en planes concretos pese al tremendo impacto, causado por el encuentro. “Ella” y “acción” eran antónimos. Se abandonó a la pereza habitual. Parecía la misma. Rodeada de una bruma irreal, suspendida en la telaraña de ensueños. Sin embargo, las cosas cambiaron. Dejó de pelear con Granny y la pobre Cissie. Resolvía crucigramas para el tío Fred. Visitaba la parroquia más a menudo. Iba a las fiestas de “señoritos” y bailaba con Leo. Nadie supondría que había algo que le ayudaba a sobrellevar la rutina asquerosa. El entorno de Yvette no veía más que su yo exterior. Su verdadero yo no estaba con ellos. Estaba en la caravana, aprisionado entre los brazos fuertes, rodeado de humo y luciérnagas. Por eso no se preocupaba por tales tonterías como la “realidad”.

Un día el carro del gitano se paró frente a la casa del párroco. Solía recorrer el pueblo vendiendo escobas, abalorios y baratijas por el estilo. Yvette abrió la puerta, sostuvo una conversación trivial y… se escapó a su cuarto mientras tía Cissie escogía utensilios. Le observaba partir, embriagada por la sensación de que conocía mejor al gitano que a cualquier otro habitante de la Tierra y de alguna manera pertenecía a él para siempre. Por otra parte, seguía inerte, sin ganas de entrar en el juego de la vida.

Poco a poco se acostumbró a pasar por la caravana cuando practicaba el ciclismo. Así obtuvo un pretexto para descansar cerca de la hoguera. Traía dulces para los niños y a veces se quedaba a comer al aire libre. Una vieja gitana le caía especialmente bien. Podía escuchar sus historias durante horas. No necesitaba hablar con el hombre moreno. Su comunicación se desarrollaba en el ámbito de arroyos subterráneos que fluían según sus propias leyes.

- ¿Cuántos hijos tiene? – preguntó en una ocasión.

- Dicen cinco. Tal vez más.

- ¿Le gusta Papplewick?

- Algunas curiosidades, sí, - dijo con doble sentido. – Lástima que nos marchemos dentro de una semana.

- ¿Volverán en verano?

- Quien sabe… - y de paso añadió. – La vieja ha tenido un sueño sobre usted. Le manda un mensaje: “Escucha la voz del agua”.

- Escucha la voz del agua… Bueno, lo haré. Y también vendré a decir adiós a la mujer que me ha mandado el mensaje, a sus hijos, a su esposa…

- Esposas…

La virgen se ruborizó y por poco cayó de la bicicleta. Imaginó a sí misma formando parte de aquel harén improvisado. Rodó cuesta abajo como si estuviera huyendo del diablo y toda su comitiva.

*

No cumplió la promesa. Optó por decir adiós mentalmente mientras paseaba por la orilla del Papple y se preguntaba si conocería a otro hombre que la haría sentir diferente. Un rumor sordo la desvió de sus pensamientos. ¡La voz del agua! El río acababa de desbordarse… Acto seguido el gitano la cogió por la cintura y la arrastró hacia la mansión. “He venido a despedirme, nos vamos mañana, - explicaba por el camino. ¡Corre, Yvette, corre! ¡El río es peligroso!” El rumor se convirtió en un rugido de mil leones. La chica se encontraba al borde del desmayo. Su alma se inundaba también. Por ello había que agarrarse al único ancla en el caos – una mano pétrea que sabía manejar las armas y empuñar las riendas.

Papple llegó primero e invadió toda la planta baja. El cadáver de Granny flotaba por el salón, hinchado como un sapo. Se encontraron en una trampa. El agua por delante y el agua por detrás. “¿La chimenea? ¿Dónde…?” – gritó el hombre. “¡En mi cuarto! ¡Bajo el ático!” “¡Sube! ¡Aquí nos vamos a ahogar!” Tenía razón. Había un solo foco de resistencia – el lugar donde quedaba la chimenea. La escalera aparecía bastante anegada, pero mucho menos que el resto. Subieron a tropezones, jadeando y tosiendo, ambos calados hasta los huesos. “¡Bien! Esta chimenea va a aguantar el asalto, - el gitano se asomó por la ventana. - ¡Muy bien! No viene más. Ha terminado”. Yvette se acercó y contempló con horror el infierno acuático: árboles desarraigados, animales muertos, coches boca arriba. Menos mal que los demás familiares estaban en la ciudad.

El gitano pidió una toalla y se puso a secarse frenéticamente. Sus dientes bailaban tango. A Yvette le pasaba lo mismo.

- ¡Desnúdate! ¡Morirás de neumonía!

- Gracias, no me quejo.

- Extraño. Yo sí me quejo de esos trapos pesados. Y no soy mujer. ¡Quítate la ropa, digo! ¡Y ayúdame!

Sumisa, le despojó del jersey y del pantalón. Él, a su vez, arrancó el vestido reducido a una masa de tela repugnante. “¡A la cama! ¡Rápido! ¡Cúbrete con todas las mantas que hay! ¡Debes vivir!” – ordenó mientras reanudaba su labor con la toalla. Era robusto y muy bien proporcionado a pesar de la delgadez. Ni en locas fantasías Yvette podría imaginar que le vería desnudo en tales circunstancias. Quería besarle las cicatrices que hablaban de la guerra. Quería emborracharse del olor de la piel morena. Quería tenerle dentro a ese hombre-caballo. Le disgustaba la idea de formar pareja con un corderito manso o un perro sin colmillos. Y ahora, precisamente ahora, se presentó la oportunidad de cambiar el rumbo preestablecido.

- ¡Ven a mi lado! No consigo entrar en calor. ¡Sálvame! ¡El frío me va a matar!

El gitano asintió al notar convulsiones y espasmos que sacudían a la frágil muñeca de porcelana. Las mantas no servían para nada.

Se acostó junto a la hija del párroco y la abrazó con todas sus fuerzas físicas y espirituales. Estaba congelada y no paraba de temblar, presa del shock. Yvette suspiró con alivio. La sangre empezaba a circular por sus venas a velocidad de luz. Se pegó a él transmitiendo gratitud. Sus pequeños pechos se aplastaron contra el torso musculoso, sus muslos se separaron por instinto. El gitano aguantaba estoicamente. La lujuria de siempre amenazaba con reemplazar el afecto paternal que le dominaba a lo largo de la catástrofe. Entonces la virgen tomó la iniciativa. “Mi hombre, mi hombre, - le rogó delirante. – sé que crees en el destino. La gitana lo predecía. Haz lo que tienes que hacer. No quiero morir sin sentirte”. Y se abrió para él completamente, emitiendo gemidos de una gatita abandonada. El gitano la miró incrédulo. ¿Adónde se esfumó su famosa soberbia? ¿Su brujería? ¡Por fin la tenía despierta! Así le atraía aún más: indefensa, deshecha en lágrimas, preparada para el amor. “Te vas a resucitar, Yvette, te lo juro” – prometió malicioso, aspirando el aroma de la melena castaña, bebiendo la mirada de ojos celestes que le perseguía en sueños y en vigilia.

El párroco tendría un ataque cardíaco si el Señor le permitiera ser testigo de aquella escena voluptuosa. Una de las jóvenes más inalcanzables de Inglaterra se comía a besos a un vagabundo, sin reparos de jugar con lengua, mientras las manos ásperas exploraban sus curvas. Se le ofrecía todo: la dureza de sus pezones rosados, la tersura de sus nalgas, la miel de su cueva apretada. Y él amasaba y pellizcaba con ganas el melocotón jugoso que le pedía: “¡Muérdeme!” ¡Qué diría el pobre santurrón si oyera otras obscenidades que su adorada hija susurraba al oído de aquel marginado social! Se reventaría de furia si comprobara el ardor con que le devolvía las caricias. Al principio le tocaba tímida, sin atreverse a mirar la lanza que debería abrir una brecha en su defensa. No obstante, inspirada por la proximidad del peligro y el subidón de adrenalina, perdió la poca vergüenza que le quedaba. Aprendía bien las lecciones de catequisis carnal sin importarle el fantasma de Granny que echaba maldiciones y blandía sus puños transparentes: “¡Eso no se hace! ¡El Juez Supremo te va a condenar al suplicio! ¡El infierno te espera!” “De acuerdo, tu infierno sabe igual que el paraíso” – pensó Yvette soltando una risita sarcástica, propia de ella, mientras presionaba la cabeza del gitano y le guiaba hacia su tierno sexo para que lo succionara sin descanso. “¡Tu abuelo nunca cometería un acto tan bestial! ¡Eres digna de tu madre-puta! ¡Lo sabía!” – vociferaba Granny en un vano intento de cerrar las manos huesudas en el cuello masculino. “Bestial… bestial… ¡Bonita palabra! – apartó al hombre de su dulce manantial y le ordenó con su vocecita infantil. – Tómame a lo bestia. No hagas la diferencia entre mí y las mujeres de tu caravana. ¡Te lo prohíbo!”

Al pobre fantasma se le salían los ojos de las órbitas… Un quejido de lechuza herida se escapó de su garganta cuando el gitano emprendió el primer ataque al himen de su nieta. Y ya. No se oía nada. Estaban solos. Después de los azotes del agua, el pinchazo pareció menos fuerte de lo que se podía esperar. El gitano la penetraba implacable, pero con suficiente autocontrol. No quería lastimarla pese a su petición. Poco a poco se iban acoplándose mejor. La cautela se transformó en un desenfreno total. Agarrada a los hombros de su amante, Yvette se estremecía, arqueaba la espalda, pendiente de cada estocada que la marcaba con el sello caliente del poder. Las caderas se fundían en un ritmo eterno, se chocaban impetuosamente, haciendo un ruido semejante al chapoteo del río Papple.

Cabalgando a lomos de su hombre, la hija del párroco daba las gracias a la catástrofe. Agradaba imaginar que las fuerzas de la naturaleza se confabularon para unirlos. Se apenó por la muerte de abuela y, por otro lado, de un modo perverso, se encendió más. La antigua deidad cayó y con ella se acabó la era de esclavitud. Su cuarto dejó de ser prisión de una virgen. Se aclaró el significado implícito de la “voz del agua”. Igual que el agua se rebeló contra el pueblo donde no ocurría nada, así se rebeló ella contra su familia rompiendo el hielo de convenciones. Y se llevó un premio merecido – una explosión de buen fuego en su interior. A partir de entonces no sufriría de frío. Eran dos náufragos en las ruinas del Viejo Mundo. La noche y el amanecer, la blancura y la oscuridad, la pureza y la experiencia. Una pareja perfecta.

*

Tres horas después un policía irrumpió al cuarto de Yvette por la ventana. “¡Está viva! ¡Está en su habitación!” – gritó a la gente histérica que esperaba las peores noticias. La joven se despertó con dificultad. Lo primero que hizo fue buscar al gitano. Su mirada se tropezó con el vacío. ¡Se había ido! Recordó que se durmieron juntos, relajados y felices. Y ahora nada delataba su presencia, excepto unas gotas de sangre sobre la sábana y un picor agradable entre las piernas. Se vistió de prisa y bajó por la escalera de cuerda con ayuda del policía. La casa podía hundirse en cualquier momento. Los familiares por poco le aplastaron las costillas con sus abrazos. Ella pasaba de uno a otro como muñeca de trapo, en trance, una sola pregunta latiendo en sus sienes: “¿Por qué me ha dejado?” Por otra parte, entendía lo sabio de su decisión.

No quiso levantarse de la cama durante una semana. “¡Le amo! ¡Le amo!” – murmuraba entre dientes. Se tranquilizó cuando el cartero le trajo un mensaje enviado desde un lugar desconocido: “Querida Yvette, he leído en el periódico que estás mejor. Yo también. No hubo tiempo para despedirme de ti. El agua no me lo permitió. Pero no importa. Espero verte en la feria de Tideswell o quizás volvamos a pisar vuestras tierras algún día. Tu servidor. Joe Boswell”. Y sólo entonces se dio cuenta de que su gitano sí tenía nombre.

*

Aquí se acabó el relato. Más bien, una especie de memorias, escritas por Yvette – la abuela de mi esposa – aunque se refería a sí misma en la tercera persona. Conmovido, no conseguía articular palabra. Me sonrojé al pensar que una persona de edad avanzada describía su desfloración como si hubiera sucedido ayer.

- Dale la vuelta a la página, - pidió la anciana con una voz apenas audible. Le costaba hablar, puesto que sufrió un infarto esa mañana y se moría lentamente.

Encontré una posdata de contenido no menos sorprendente:

“Quedé embarazada y me casé con Leo para encubrir el “pecado”. El tonto de mi marido se comió la leyenda del parto prematuro. Mi hijo, Joe, tiene sangre gitana al igual que mi nieta Rebecca, tu mujer. Esta sangre se reveló en el aspecto de mi bisnieto recién nacido – moreno, de ojos negros y pelo rizado. Becky siempre te ha sido fiel. Te adora. Es la herencia, querido Richard. No la tortures con tus sospechas y que no se te ocurra divorciarte. Cometerás un grave error. Supongo que te interesa el final de la historia sobre el gitano de mi alma. Una vez al año nos escapábamos de la rutina y nos reuníamos en la feria de Tideswell. Solíamos ir a un hotel y “escuchar la voz del agua” con la misma pasión del primer encuentro. No había otra opción. Mi entorno no le aceptaría a él y su entorno no me aceptaría a mí. Valía la pena existir 364 días al lado de Leo para vivir un día en los brazos de mi hombre. Así transcurrió mucho tiempo hasta que le mataron en una pelea callejera. Desde entonces me visita en los sueños. Espero perderme en un sueño donde no nos separaremos. Por favor, cuida a Becky y a tu hijo. ¡Adiós!”

Yvette sonreía disfrutando de mi confusión. Era la vieja más bella que había visto. Todo lo opuesto a su propia abuela, el monstruo de Granny. El embrujo de sus ojos azules e increíblemente jóvenes se grababa en la memoria contra la voluntad. Ese embrujo también poseía una diablilla fogosa que se llamaba Rebecca. Me quité una gran carga de encima al descubrir que no me había engañado. Volví a captar la mirada pícara de Yvette y me pareció que en el fondo de sus pupilas bailaba la sombra del gitano… De pronto se produjo un silencio aterrador. No pude contener las lágrimas mientras besaba su mano y me despedía de ella. Guardé el relato en mi bolsillo y abrí la puerta llamando a la familia.

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