LA VOZ DEL AGUA
Una joven de sociedad y un gitano
ambulante. ¿Pueden tener algo común? Versión libre del relato de D.H.Lawrence
“The virgin and the gipsy”.
Yvette… Un nombre sofisticado, caprichoso, liviano como un ala de
mariposa. Sí, le gustaría volar hacia las estrellas y dejar atrás su casa que la
convertía en un colibrí enjaulado, demasiado exótico para el lugar. Era la hija
menor de un párroco inglés, un hipócrita pesado cuya compañía irritaba a todos.
En primer lugar, a su joven esposa que se escapó con un vecino. Desde entonces
la familia condenó a la madre adúltera y le dio nuevo bautizo – “Ella, que era
Cintia”. El párroco cuidaba bien a sus hijas. Adoraba a Yvette, quería
moderadamente a Lucille y se doblegaba por completo a las órdenes de Granny
(Abuelita). La anciana sabía tocar las teclas sensibles de su egomanía. Además,
había dos habitantes en la mansión: tío Fred y tía Cissie, un autista ordinario
y una solterona insatisfecha.
Una vez terminados los estudios en Suiza, las chicas volvieron al
“nido” y descubrieron un manicomio que imponía leyes absurdas. En vano
intentaban derrocar a Granny. Permanecía impasible en su trono. Una deidad
cubierta por el moho de los milenios. Yvette detestaba aquel olor rancio que
envolvía el cuarto de la abuela, detestaba sus sermones, su voz chillona, sus
mañas de buitre. La loca de Cissie, corroída por el gusanito de envidia, se
ponía pálida en la presencia de su hermosa sobrina. Por desgracia, las
excursiones al campo apenas distraían de horrores domésticos. La parroquia
estaba situada en Papplewick, un pueblo minero en el norte del país. Lluvias,
lluvias y más lluvias. Piedras, piedras y más piedras. Yvette se iba hundiendo
en la desesperación. Tenía miedo de que su alma se disolviera en los baldíos. Un
vampiro invisible iba a robar su juventud a cuentagotas, dejándola más seca que
un tronco cortado.
*
“Niñas bonitas, ¿queréis que os diga la buenaventura?” – la
gitana hablaba con voz aduladora, pero sus ojos reflejaban desprecio hacia la
alta “sociedad” de Papplewick. Los ojos de un lobo medio domado. “No, vamos a
llegar tarde a la fiesta” – protestaron los chicos, típicos señoritos
antimasculinos, capaces de penetrar a la mujer, incapaces de llevarla al
éxtasis. Las protestas se ahogaron en el coro de exclamaciones femeninas:
“¡Claro!”, “¡Por supuesto!”, “¡Me muero de curiosidad!” El
coche se detuvo cerca de la caravana. Un momento después la mujer-lobo empezó a
contar cuentos chinos sobre el “futuro”. Yvette se mantenía al margen, su mente
vagaba en lejanías, como siempre. De pronto reparó en un hombre que encendía la
hoguera. El corazón le dio un vuelco. La intuición decía que se trataba de un
macho de primera – sereno, sabio, valiente. Tan diferente de aquellos pavos
inútiles que sólo podían ofrecer “mucho ruido y pocas nueces”. El Rey de los
humillados haciendo gala de su orgullo de paria. “¡Es más fuerte que yo! ¡No
le importa nada!” – entendió al instante y se quedó paralizada por una
llamarada de alegría.
El gitano, atraído por la ternura del rostro juvenil, tampoco
apartaba la mirada. Esta mirada la golpeó en lo más profundo de su ser porque
mostraba el deseo desnudo, algo absoluto e irrefutable como la vida misma. Las
miradas de “señoritos” rozaban la superficie de su cuerpo y rebotaban como
pelotas de tenis. No iban más allá, no llegaban hasta las raíces, no provocaban
ninguna reacción, excepto el fastidio. “Odio la idolatría de mis amigos,
- confesó a Lucille. – Es una carga de plomo que pesa mil toneladas. Necesito
enamorarme de una manera violenta”. Y ahora tenía delante a un
hombre extravagante, desinhibido, cuyo pañuelo rojo resaltaba la piel morena y
desafiaba al gris de las nubes. Él la veía como una bella durmiente, una
criatura hipnotizada a la que debía despertar. Había una fatalidad misteriosa en
la hija del párroco. Parecía virgen, pero no parecía inocente. La falta de
experiencia no le impedía ejercer el poder maléfico de una bruja. No había
heredado nada de los ángeles. El erotismo sutil que emanaba de ella enganchaba
al gitano mucho más que la lujuria de sus numerosas amantes. Sin embargo, no
tenía derecho a acercarse. No le permitirían arrastrarla hacia los matorrales y
arrebatar el secreto de su hechizo. Se limitaba a poseer a Yvette en el bosque
nocturno de sus pupilas.
“Ha llegado su turno, preciosa”. “No, prefiero…” –
titubeó la chica. “¿Está ocultando algo? – insistió la quiromántica con
entonación ambigua. – ¿Prefiere que sus amigos no sepan mi predicción?
Tranquila, no hay que temer. Vamos a subir a mi caravana. Allí se lo contaré
todo sin reservas”. Y se dirigieron juntas al lugar aislado. “¡Es
injusto! ¿Te crees especial o qué?” – gritó Leo, uno de los pretendientes
más celosos. “Volveré pronto” – fue la única respuesta. El hombre moreno
soltó un comentario burlón en su idioma y removió las ascuas.
El tiempo se arrastraba como una cucaracha embarazada. Los jóvenes
estaban tiritando. Se sentían incómodos entre la gente que no pertenecía a su
clase. El encanto de la noche favorecía al gitano. Su aspecto viril contrastaba
con el aspecto indefinido de aquellos niñatos. Un hijo de naturaleza no encajaba
con ellos – productos artificiales de incubadora. Su mera existencia les ponía
nerviosos. Por fin apareció Yvette. Un halo de soberbia envolvía su silueta
esbelta. Se movía con gracia felina, consciente de la admiración que provenía
del único Hombre. No hacía caso al tipo descarado, pero su cuerpo no dejaba de
mandarle señales de entrega. “¿He tardado bastante? – preguntó
indiferente. – ¡Me apetece un té! ¡Vámonos!” Durante el trayecto se
mostraba amable, comunicativa. No le costaba demasiado. Sabía disimular
artísticamente. Entretanto, las palabras de la mujer gitana resonaban en su
memoria: “Tienes frío, mucho frío. Estás congelada. Todos se empeñan en pisar
tu corazón y no te permiten sacar la chispa desde tu interior. Seguirán
pisándolo hasta que un día… vendrá un príncipe oscuro y librará tu fuego. Buen
fuego”.
*
Yvette se negó a pensar en planes concretos pese al tremendo
impacto, causado por el encuentro. “Ella” y “acción” eran antónimos. Se abandonó
a la pereza habitual. Parecía la misma. Rodeada de una bruma irreal, suspendida
en la telaraña de ensueños. Sin embargo, las cosas cambiaron. Dejó de pelear con
Granny y la pobre Cissie. Resolvía crucigramas para el tío Fred. Visitaba la
parroquia más a menudo. Iba a las fiestas de “señoritos” y bailaba con Leo.
Nadie supondría que había algo que le ayudaba a sobrellevar la rutina asquerosa.
El entorno de Yvette no veía más que su yo exterior. Su verdadero yo no estaba
con ellos. Estaba en la caravana, aprisionado entre los brazos fuertes, rodeado
de humo y luciérnagas. Por eso no se preocupaba por tales tonterías como la
“realidad”.
Un día el carro del gitano se paró frente a la casa del párroco.
Solía recorrer el pueblo vendiendo escobas, abalorios y baratijas por el estilo.
Yvette abrió la puerta, sostuvo una conversación trivial y… se escapó a su
cuarto mientras tía Cissie escogía utensilios. Le observaba partir, embriagada
por la sensación de que conocía mejor al gitano que a cualquier otro habitante
de la Tierra y de alguna manera pertenecía a él para siempre. Por otra parte,
seguía inerte, sin ganas de entrar en el juego de la vida.
Poco a poco se acostumbró a pasar por la caravana cuando practicaba
el ciclismo. Así obtuvo un pretexto para descansar cerca de la hoguera. Traía
dulces para los niños y a veces se quedaba a comer al aire libre. Una vieja
gitana le caía especialmente bien. Podía escuchar sus historias durante horas.
No necesitaba hablar con el hombre moreno. Su comunicación se desarrollaba en el
ámbito de arroyos subterráneos que fluían según sus propias leyes.
-
¿Cuántos hijos tiene? – preguntó en una ocasión.
-
Dicen cinco. Tal vez más.
-
¿Le gusta Papplewick?
-
Algunas curiosidades, sí, - dijo con doble sentido. – Lástima que nos
marchemos dentro de una semana.
-
¿Volverán en verano?
-
Quien sabe… - y de paso añadió. – La vieja ha tenido un sueño sobre
usted. Le manda un mensaje: “Escucha la voz del agua”.
-
Escucha la voz del agua… Bueno, lo haré. Y también vendré a decir adiós a
la mujer que me ha mandado el mensaje, a sus hijos, a su esposa…
-
Esposas…
La virgen se ruborizó y por poco cayó de la
bicicleta. Imaginó a sí misma formando parte de aquel harén improvisado. Rodó
cuesta abajo como si estuviera huyendo del diablo y toda su comitiva.
*
No cumplió la promesa. Optó por decir adiós mentalmente mientras
paseaba por la orilla del Papple y se preguntaba si conocería a otro hombre que
la haría sentir diferente. Un rumor sordo la desvió de sus pensamientos. ¡La voz
del agua! El río acababa de desbordarse… Acto seguido el gitano la cogió por la
cintura y la arrastró hacia la mansión. “He venido a despedirme, nos vamos
mañana, - explicaba por el camino. ¡Corre, Yvette, corre! ¡El río es
peligroso!” El rumor se convirtió en un rugido de mil leones. La chica se
encontraba al borde del desmayo. Su alma se inundaba también. Por ello había que
agarrarse al único ancla en el caos – una mano pétrea que sabía manejar las
armas y empuñar las riendas.
Papple llegó primero e invadió toda la planta baja. El cadáver de
Granny flotaba por el salón, hinchado como un sapo. Se encontraron en una
trampa. El agua por delante y el agua por detrás. “¿La chimenea? ¿Dónde…?”
– gritó el hombre. “¡En mi cuarto! ¡Bajo el ático!” “¡Sube! ¡Aquí nos
vamos a ahogar!” Tenía razón. Había un solo foco de resistencia – el lugar
donde quedaba la chimenea. La escalera aparecía bastante anegada, pero mucho
menos que el resto. Subieron a tropezones, jadeando y tosiendo, ambos calados
hasta los huesos. “¡Bien! Esta chimenea va a aguantar el asalto, - el
gitano se asomó por la ventana. - ¡Muy bien! No viene más. Ha terminado”.
Yvette se acercó y contempló con horror el infierno acuático: árboles
desarraigados, animales muertos, coches boca arriba. Menos mal que los demás
familiares estaban en la ciudad.
El gitano pidió una toalla y se puso a secarse frenéticamente. Sus
dientes bailaban tango. A Yvette le pasaba lo mismo.
-
¡Desnúdate! ¡Morirás de neumonía!
-
Gracias, no me quejo.
-
Extraño. Yo sí me quejo de esos trapos pesados. Y no soy mujer. ¡Quítate
la ropa, digo! ¡Y ayúdame!
Sumisa, le despojó del jersey y del
pantalón. Él, a su vez, arrancó el vestido reducido a una masa de tela
repugnante. “¡A la cama! ¡Rápido! ¡Cúbrete con todas las mantas que hay!
¡Debes vivir!” – ordenó mientras reanudaba su labor con la toalla. Era
robusto y muy bien proporcionado a pesar de la delgadez. Ni en locas fantasías
Yvette podría imaginar que le vería desnudo en tales circunstancias. Quería
besarle las cicatrices que hablaban de la guerra. Quería emborracharse del olor
de la piel morena. Quería tenerle dentro a ese hombre-caballo. Le disgustaba la
idea de formar pareja con un corderito manso o un perro sin colmillos. Y ahora,
precisamente ahora, se presentó la oportunidad de cambiar el rumbo
preestablecido.
-
¡Ven a mi lado! No consigo entrar en calor. ¡Sálvame! ¡El frío me va a
matar!
El gitano asintió al notar convulsiones y
espasmos que sacudían a la frágil muñeca de porcelana. Las mantas no servían
para nada.
Se acostó junto a la hija del párroco y la abrazó con todas sus
fuerzas físicas y espirituales. Estaba congelada y no paraba de temblar, presa
del shock. Yvette suspiró con alivio. La sangre empezaba a circular por sus
venas a velocidad de luz. Se pegó a él transmitiendo gratitud. Sus pequeños
pechos se aplastaron contra el torso musculoso, sus muslos se separaron por
instinto. El gitano aguantaba estoicamente. La lujuria de siempre amenazaba con
reemplazar el afecto paternal que le dominaba a lo largo de la catástrofe.
Entonces la virgen tomó la iniciativa. “Mi hombre, mi hombre, - le rogó
delirante. – sé que crees en el destino. La gitana lo predecía. Haz lo que
tienes que hacer. No quiero morir sin sentirte”. Y se abrió para él
completamente, emitiendo gemidos de una gatita abandonada. El gitano la miró
incrédulo. ¿Adónde se esfumó su famosa soberbia? ¿Su brujería? ¡Por fin la tenía
despierta! Así le atraía aún más: indefensa, deshecha en lágrimas, preparada
para el amor. “Te vas a resucitar, Yvette, te lo juro” – prometió
malicioso, aspirando el aroma de la melena castaña, bebiendo la mirada de ojos
celestes que le perseguía en sueños y en vigilia.
El párroco tendría un ataque cardíaco si el Señor le permitiera ser
testigo de aquella escena voluptuosa. Una de las jóvenes más inalcanzables de
Inglaterra se comía a besos a un vagabundo, sin reparos de jugar con lengua,
mientras las manos ásperas exploraban sus curvas. Se le ofrecía todo: la dureza
de sus pezones rosados, la tersura de sus nalgas, la miel de su cueva apretada.
Y él amasaba y pellizcaba con ganas el melocotón jugoso que le pedía:
“¡Muérdeme!” ¡Qué diría el pobre santurrón si oyera otras obscenidades que su
adorada hija susurraba al oído de aquel marginado social! Se reventaría de furia
si comprobara el ardor con que le devolvía las caricias. Al principio le tocaba
tímida, sin atreverse a mirar la lanza que debería abrir una brecha en su
defensa. No obstante, inspirada por la proximidad del peligro y el subidón de
adrenalina, perdió la poca vergüenza que le quedaba. Aprendía bien las
lecciones de catequisis carnal sin importarle el fantasma de Granny que echaba
maldiciones y blandía sus puños transparentes: “¡Eso no se hace! ¡El Juez
Supremo te va a condenar al suplicio! ¡El infierno te espera!” “De
acuerdo, tu infierno sabe igual que el paraíso” – pensó Yvette soltando una
risita sarcástica, propia de ella, mientras presionaba la cabeza del gitano y le
guiaba hacia su tierno sexo para que lo succionara sin descanso. “¡Tu abuelo
nunca cometería un acto tan bestial! ¡Eres digna de tu madre-puta! ¡Lo sabía!”
– vociferaba Granny en un vano intento de cerrar las manos huesudas en el cuello
masculino. “Bestial… bestial… ¡Bonita palabra! – apartó al hombre de su
dulce manantial y le ordenó con su vocecita infantil. – Tómame a lo bestia.
No hagas la diferencia entre mí y las mujeres de tu caravana. ¡Te lo prohíbo!”
Al pobre fantasma se le salían los ojos de las órbitas… Un quejido
de lechuza herida se escapó de su garganta cuando el gitano emprendió el primer
ataque al himen de su nieta. Y ya. No se oía nada. Estaban solos. Después de los
azotes del agua, el pinchazo pareció menos fuerte de lo que se podía esperar. El
gitano la penetraba implacable, pero con suficiente autocontrol. No quería
lastimarla pese a su petición. Poco a poco se iban acoplándose mejor. La cautela
se transformó en un desenfreno total. Agarrada a los hombros de su amante,
Yvette se estremecía, arqueaba la espalda, pendiente de cada estocada que la
marcaba con el sello caliente del poder. Las caderas se fundían en un ritmo
eterno, se chocaban impetuosamente, haciendo un ruido semejante al chapoteo del
río Papple.
Cabalgando a lomos de su hombre, la hija del párroco daba las
gracias a la catástrofe. Agradaba imaginar que las fuerzas de la naturaleza se
confabularon para unirlos. Se apenó por la muerte de abuela y, por otro lado, de
un modo perverso, se encendió más. La antigua deidad cayó y con ella se acabó la
era de esclavitud. Su cuarto dejó de ser prisión de una virgen. Se aclaró el
significado implícito de la “voz del agua”. Igual que el agua se rebeló contra
el pueblo donde no ocurría nada, así se rebeló ella contra su familia rompiendo
el hielo de convenciones. Y se llevó un premio merecido – una explosión de buen
fuego en su interior. A partir de entonces no sufriría de frío. Eran dos
náufragos en las ruinas del Viejo Mundo. La noche y el amanecer, la blancura y
la oscuridad, la pureza y la experiencia. Una pareja perfecta.
*
Tres horas después un policía irrumpió al cuarto de Yvette por la
ventana. “¡Está viva! ¡Está en su habitación!” – gritó a la gente
histérica que esperaba las peores noticias. La joven se despertó con dificultad.
Lo primero que hizo fue buscar al gitano. Su mirada se tropezó con el vacío. ¡Se
había ido! Recordó que se durmieron juntos, relajados y felices. Y ahora nada
delataba su presencia, excepto unas gotas de sangre sobre la sábana y un picor
agradable entre las piernas. Se vistió de prisa y bajó por la escalera de cuerda
con ayuda del policía. La casa podía hundirse en cualquier momento. Los
familiares por poco le aplastaron las costillas con sus abrazos. Ella pasaba de
uno a otro como muñeca de trapo, en trance, una sola pregunta latiendo en sus
sienes: “¿Por qué me ha dejado?” Por otra parte, entendía lo sabio de su
decisión.
No quiso levantarse de la cama durante una semana. “¡Le amo! ¡Le
amo!” – murmuraba entre dientes. Se tranquilizó cuando el cartero le trajo
un mensaje enviado desde un lugar desconocido: “Querida Yvette, he leído en
el periódico que estás mejor. Yo también. No hubo tiempo para despedirme de ti.
El agua no me lo permitió. Pero no importa. Espero verte en la feria de
Tideswell o quizás volvamos a pisar vuestras tierras algún día. Tu servidor. Joe
Boswell”. Y sólo entonces se dio cuenta de que su gitano sí tenía nombre.
*
Aquí se acabó el relato. Más bien, una especie de memorias,
escritas por Yvette – la abuela de mi esposa – aunque se refería a sí misma en
la tercera persona. Conmovido, no conseguía articular palabra. Me sonrojé al
pensar que una persona de edad avanzada describía su desfloración como si
hubiera sucedido ayer.
-
Dale la vuelta a la página, - pidió la anciana con una voz apenas
audible. Le costaba hablar, puesto que sufrió un infarto esa mañana y se moría
lentamente.
Encontré una posdata de contenido no menos
sorprendente:
“Quedé embarazada y me casé con Leo para encubrir el “pecado”. El
tonto de mi marido se comió la leyenda del parto prematuro. Mi hijo, Joe, tiene
sangre gitana al igual que mi nieta Rebecca, tu mujer. Esta sangre se reveló en
el aspecto de mi bisnieto recién nacido – moreno, de ojos negros y pelo rizado.
Becky siempre te ha sido fiel. Te adora. Es la herencia, querido Richard. No la
tortures con tus sospechas y que no se te ocurra divorciarte. Cometerás un grave
error. Supongo que te interesa el final de la historia sobre el gitano de mi
alma. Una vez al año nos escapábamos de la rutina y nos reuníamos en la feria de
Tideswell. Solíamos ir a un hotel y “escuchar la voz del agua” con la misma
pasión del primer encuentro. No había otra opción. Mi entorno no le aceptaría a
él y su entorno no me aceptaría a mí. Valía la pena existir 364 días al lado de
Leo para vivir un día en los brazos de mi hombre. Así transcurrió mucho tiempo
hasta que le mataron en una pelea callejera. Desde entonces me visita en los
sueños. Espero perderme en un sueño donde no nos separaremos. Por favor, cuida a
Becky y a tu hijo. ¡Adiós!”
Yvette sonreía disfrutando de mi confusión. Era la vieja más bella
que había visto. Todo lo opuesto a su propia abuela, el monstruo de Granny. El
embrujo de sus ojos azules e increíblemente jóvenes se grababa en la memoria
contra la voluntad. Ese embrujo también poseía una diablilla fogosa que se
llamaba Rebecca. Me quité una gran carga de encima al descubrir que no me había
engañado. Volví a captar la mirada pícara de Yvette y me pareció que en el fondo
de sus pupilas bailaba la sombra del gitano… De pronto se produjo un silencio
aterrador. No pude contener las lágrimas mientras besaba su mano y me despedía
de ella. Guardé el relato en mi bolsillo y abrí la puerta llamando a la
familia.