Carta a mi violador:
Muy estimado Sr. De Tal (así era lo correcto en casa y ante
el público -omito aquí el nombre real por motivos legales)
Don Fulano (como exigiste a tu séquito de jóvenes a los que
formabas, a cambio de servidumbre intelectual)
Ay Fulano… (como te decía mi mamá suspirando, acentuando la á
como si no quisiera acabar nunca de decir tu nombre con su voz aguda y salpicada
de brillantes notas)
¡Fulan´s! (como te decía mi papá con una exclamación entre
sonriente y forzada, en un afán desesperado de no pronunciar tu nombre, de
transformarlo en un idioma, gracias al inglés, que le fuera grato, que le
recordara sus tiempos del Colegio Americano, única época de su vida en la que se
sintió a sus anchas en el campo de fútbol partiendo madres a diestra y
siniestra)
El Rey, (como te llamabas tú mismo, "soy el Rey")
El más grande escritor en la lengua castellana (como te
considerabas a ti mismo)
Ese señor (como te decía mi abuela y como te decía mi nana,
"ese señor no me gusta", decían las dos)
O pienso, en cómo te decía yo...Empecé diciéndote también "El
Sr. De Tal", desde que tengo memoria de mi existencia; también supe, desde
entonces, que se te había denominado en la familia, tanto por mi mamá como por
mi papá, y para justificar tu presencia ante el público, como "el amigo
intelectual de mi mamá".
Cuando me manoseabas las piernas bajo la mesa del comedor
familiar, cuando me perseguías al baño y abrías la puerta para verme orinar,
cuando me tocabas los pezones cada vez que pasaba junto a ti, como si estuvieras
comprobando la maduración de los limones, yo te seguía diciendo "Sr. De Tal,
déjeme señor De Tal, suélteme, ya déjeme, cierre y lárguese". Tenía 12 o 13 años
de edad.
Cuando me violaste en el hotel de paso al que me llevaste con
engaños, sacándome de la escuela, yo te seguía diciendo: "No, Sr. De Tal, no,
¿para qué? ¿a dónde vamos? ¿a dónde me lleva?". No me contestabas, evadías la
respuesta balbuciendo: "Allá, allá te digo". Mis compañeros de clase me vieron
subiéndome a tu coche, ellos iban en el camión y desde la ventanilla me
saludaban sonrientes, suponían que un tío había venido por mí a la escuela. Yo
no sabía todavía que ibas a violarme en la siguiente hora, pero haz de saber que
en el trayecto me sentí arrancada de mi misma, en un túnel nebuloso, y que tal
vez seguir diciéndote "señor De Tal" era un ancla para mí, la única, el único
nombre, la única realidad que me permitió no salir disparada hacia lo que ahora
sé, hubiera sido mi fin: el suicidio, la locura o la menos la drogadicción.
No salí disparada, pero sí hice intentos, muchos, de
desaparecer del planeta, de perder la razón y de volverme adicta, a lo largo de
cincuenta años de vida, a una vida triste, desdibujada en el maltrato, la
ansiedad y en la opresión. Me mantuvo firme la palabra, ésa no me la quitaste,
no me pudiste hacer que dejara de llamarte "Sr. De Tal" ni cuando, 10 años
después, preparaste el escenario para volver a violarme y entre los forcejeos de
mi cuerpo delgado sucumbiendo a tus noventa kilos de peso, conseguiste lo que
querías y te ufanabas de estar dentro de mí, y me decías: "Te estoy cogiendo,
Ethelvina", yo no te contestaba, en efecto, "me está cogiendo Sr. De Tal".
Me utilizaste para vengarte de mi padre que te quitó a la amada de tu juventud
convirtiéndola en su esposa, te vengaste de mi madre por haber preferido llevar
una doble vida entre tú y mi padre, tomándome en prenda para botarla cuando
envejecía y restregarle en la cara mis muslos duros y mis pechos parados.
Convertiste en rivales a muerte a una madre y una hija que nunca supieron lo que
fue el calor filial. Mientras tú arrasabas con la malicia de tu madurez, con el
peso de tu prestigio de escritor, con el dominio psicológico que ejercías en
toda la familia y con tus noventa kilos de músculos rabiosos, yo no tenía
elementos para defenderme, ni por edad, ni por conocimientos, ni por un contexto
familiar y social que me apoyara. Libraste contra mí una guerra sin cuartel,
totalmente desigual, abusiva, cruel, perversa. Pero recuerda, querido maestro,
quién venció a Goliat. A fin de cuentas no lograste lo que querías, porque mi
palabra no te perteneció. No te doy tu nombre, me doy el mío, soy Ethelvina, soy
Ethelvina, no puedes volver a mutilarlo quitándole el apellido paterno como si
fueran los testículos de mi padre. Yo no te digo "Fulano" porque no soy ella, no
soy mi madre, no soy su sustituta joven. No soy tu obra. Soy mi propia obra.
Tuviste mi cuerpo, torciste mi voluntad a tu servicio,
hiciste lo que quisiste con mi nombre. Pero yo jamás pronuncié el tuyo en el
momento en que tú querías, ¿sabes por qué? Porque era mi ancla, lo que me
permitió no entregarlo todo, lo que me sostuvo. En el fondo, nunca me entregué a
ti. Me entregaba a lo único que podía salvarme: mi palabra contenida en mi
garganta. Ésa fue mi única forma de decirte no, de negarme, de defenderme, de
resguardarme, de salvaguardarme, de conservarme como un ser con existencia
propia. Pues aunque lograste envenenarme la mente, sorberme la emoción y poseer
mi cuerpo, algo dentro de mí se mantuvo intacto.
Estoy releyendo mis diarios: estoy redescubriendo mis propias
palabras, mi auténtico ser que, ahora veo, nunca desapareció, porque en esos
diarios expongo de una manera brutal y desnuda los hechos, los diálogos de
tuvimos, la forma en que me humillabas y cómo yo sí me daba cuenta, la rabia y
el odio que te tenía y de los que sí me daba cuenta, y además lo decía con todas
sus letras en el papel. Sólo el papel me escuchaba, en el papel me reflejaba y
en el papel mantuve mi cordura.
Veo con claridad en esos diarios que lo que yo buscaba en ti
era el amor de mi madre que me habías quitado tú: si me sentía amada por ti, era
como si me amara mi madre. Buscaba a través de ti el abrazo que ella no me daba,
la caricia, el pecho donde cobijarme… Sí, me dabas caricias y abrazos, sólo
cuando tú querías y lo considerabas necesario para seguir inoculándome el veneno
que me mantenía ligada a ti; convertiste mi necesidad de ternura física y
maternal en una orgía carnal para volverme adicta a las sensaciones que tu
malicia sexual que provocaba. Yo era una niña buscando a su madre, pues si para
ella tú eras el ser más importante del mundo, que tú me amaras, me daría
ipso-facto la calidad de ser amada por mi madre. ¡Qué aberración!, ¿no teparece?
No, no te parece. Para ti todo giró siempre en tu necesidad de sentirte
poderoso: arriba de los demás, chingar a todo mundo, aplastar, destruir: en
realidad eras un espíritu empequeñecido, lleno de terrores y gran pobreza
humana. Pero no te sientas tan poderoso, pues no me quitaste mis palabras. No me
destruiste, cabrón. No me amaste, tampoco. Me mamaste y me cogiste. Me
manipulaste y me torturaste emocionalmente y hasta llegaste a golpearme
físicamente. Pero aquí estoy, Fulano de Tal, ahora sí, diciéndote tu nombre, tal
como fuiste, yo, Ethelvina , tal como soy.
No se si exista la reencarnación, pero te juro que no
renacerás en un hombre, sino en un animal.