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TODORELATOS » RELATOS » CARTA A MI VIOLADOR
[ Casa mal avenida, pronto es destruida. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 16 de Mayo, 2008.
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Carta a mi violador

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Este relato en realidad no es mio, sino de alguien que me pidio publicarlo... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Carta a mi violador:

Muy estimado Sr. De Tal (así era lo correcto en casa y ante el público -omito aquí el nombre real por motivos legales)

Don Fulano (como exigiste a tu séquito de jóvenes a los que formabas, a cambio de servidumbre intelectual)

Ay Fulano… (como te decía mi mamá suspirando, acentuando la á como si no quisiera acabar nunca de decir tu nombre con su voz aguda y salpicada de brillantes notas)

¡Fulan´s! (como te decía mi papá con una exclamación entre sonriente y forzada, en un afán desesperado de no pronunciar tu nombre, de transformarlo en un idioma, gracias al inglés, que le fuera grato, que le recordara sus tiempos del Colegio Americano, única época de su vida en la que se sintió a sus anchas en el campo de fútbol partiendo madres a diestra y siniestra)

El Rey, (como te llamabas tú mismo, "soy el Rey")

El más grande escritor en la lengua castellana (como te considerabas a ti mismo)

Ese señor (como te decía mi abuela y como te decía mi nana, "ese señor no me gusta", decían las dos)

O pienso, en cómo te decía yo...Empecé diciéndote también "El Sr. De Tal", desde que tengo memoria de mi existencia; también supe, desde entonces, que se te había denominado en la familia, tanto por mi mamá como por mi papá, y para justificar tu presencia ante el público, como "el amigo intelectual de mi mamá".

Cuando me manoseabas las piernas bajo la mesa del comedor familiar, cuando me perseguías al baño y abrías la puerta para verme orinar, cuando me tocabas los pezones cada vez que pasaba junto a ti, como si estuvieras comprobando la maduración de los limones, yo te seguía diciendo "Sr. De Tal, déjeme señor De Tal, suélteme, ya déjeme, cierre y lárguese". Tenía 12 o 13 años de edad.

Cuando me violaste en el hotel de paso al que me llevaste con engaños, sacándome de la escuela, yo te seguía diciendo: "No, Sr. De Tal, no, ¿para qué? ¿a dónde vamos? ¿a dónde me lleva?". No me contestabas, evadías la respuesta balbuciendo: "Allá, allá te digo". Mis compañeros de clase me vieron subiéndome a tu coche, ellos iban en el camión y desde la ventanilla me saludaban sonrientes, suponían que un tío había venido por mí a la escuela. Yo no sabía todavía que ibas a violarme en la siguiente hora, pero haz de saber que en el trayecto me sentí arrancada de mi misma, en un túnel nebuloso, y que tal vez seguir diciéndote "señor De Tal" era un ancla para mí, la única, el único nombre, la única realidad que me permitió no salir disparada hacia lo que ahora sé, hubiera sido mi fin: el suicidio, la locura o la menos la drogadicción.

No salí disparada, pero sí hice intentos, muchos, de desaparecer del planeta, de perder la razón y de volverme adicta, a lo largo de cincuenta años de vida, a una vida triste, desdibujada en el maltrato, la ansiedad y en la opresión. Me mantuvo firme la palabra, ésa no me la quitaste, no me pudiste hacer que dejara de llamarte "Sr. De Tal" ni cuando, 10 años después, preparaste el escenario para volver a violarme y entre los forcejeos de mi cuerpo delgado sucumbiendo a tus noventa kilos de peso, conseguiste lo que querías y te ufanabas de estar dentro de mí, y me decías: "Te estoy cogiendo, Ethelvina", yo no te contestaba, en efecto, "me está cogiendo Sr. De Tal".


Me utilizaste para vengarte de mi padre que te quitó a la amada de tu juventud convirtiéndola en su esposa, te vengaste de mi madre por haber preferido llevar una doble vida entre tú y mi padre, tomándome en prenda para botarla cuando envejecía y restregarle en la cara mis muslos duros y mis pechos parados. Convertiste en rivales a muerte a una madre y una hija que nunca supieron lo que fue el calor filial. Mientras tú arrasabas con la malicia de tu madurez, con el peso de tu prestigio de escritor, con el dominio psicológico que ejercías en toda la familia y con tus noventa kilos de músculos rabiosos, yo no tenía elementos para defenderme, ni por edad, ni por conocimientos, ni por un contexto familiar y social que me apoyara. Libraste contra mí una guerra sin cuartel, totalmente desigual, abusiva, cruel, perversa. Pero recuerda, querido maestro, quién venció a Goliat. A fin de cuentas no lograste lo que querías, porque mi palabra no te perteneció. No te doy tu nombre, me doy el mío, soy Ethelvina, soy Ethelvina, no puedes volver a mutilarlo quitándole el apellido paterno como si fueran los testículos de mi padre. Yo no te digo "Fulano" porque no soy ella, no soy mi madre, no soy su sustituta joven. No soy tu obra. Soy mi propia obra.

Tuviste mi cuerpo, torciste mi voluntad a tu servicio, hiciste lo que quisiste con mi nombre. Pero yo jamás pronuncié el tuyo en el momento en que tú querías, ¿sabes por qué? Porque era mi ancla, lo que me permitió no entregarlo todo, lo que me sostuvo. En el fondo, nunca me entregué a ti. Me entregaba a lo único que podía salvarme: mi palabra contenida en mi garganta. Ésa fue mi única forma de decirte no, de negarme, de defenderme, de resguardarme, de salvaguardarme, de conservarme como un ser con existencia propia. Pues aunque lograste envenenarme la mente, sorberme la emoción y poseer mi cuerpo, algo dentro de mí se mantuvo intacto.

Estoy releyendo mis diarios: estoy redescubriendo mis propias palabras, mi auténtico ser que, ahora veo, nunca desapareció, porque en esos diarios expongo de una manera brutal y desnuda los hechos, los diálogos de tuvimos, la forma en que me humillabas y cómo yo sí me daba cuenta, la rabia y el odio que te tenía y de los que sí me daba cuenta, y además lo decía con todas sus letras en el papel. Sólo el papel me escuchaba, en el papel me reflejaba y en el papel mantuve mi cordura.

Veo con claridad en esos diarios que lo que yo buscaba en ti era el amor de mi madre que me habías quitado tú: si me sentía amada por ti, era como si me amara mi madre. Buscaba a través de ti el abrazo que ella no me daba, la caricia, el pecho donde cobijarme… Sí, me dabas caricias y abrazos, sólo cuando tú querías y lo considerabas necesario para seguir inoculándome el veneno que me mantenía ligada a ti; convertiste mi necesidad de ternura física y maternal en una orgía carnal para volverme adicta a las sensaciones que tu malicia sexual que provocaba. Yo era una niña buscando a su madre, pues si para ella tú eras el ser más importante del mundo, que tú me amaras, me daría ipso-facto la calidad de ser amada por mi madre. ¡Qué aberración!, ¿no teparece? No, no te parece. Para ti todo giró siempre en tu necesidad de sentirte poderoso: arriba de los demás, chingar a todo mundo, aplastar, destruir: en realidad eras un espíritu empequeñecido, lleno de terrores y gran pobreza humana. Pero no te sientas tan poderoso, pues no me quitaste mis palabras. No me destruiste, cabrón. No me amaste, tampoco. Me mamaste y me cogiste. Me manipulaste y me torturaste emocionalmente y hasta llegaste a golpearme físicamente. Pero aquí estoy, Fulano de Tal, ahora sí, diciéndote tu nombre, tal como fuiste, yo, Ethelvina , tal como soy.

No se si exista la reencarnación, pero te juro que no renacerás en un hombre, sino en un animal.

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