Carolina
Mi viaje de novios
Hola, me llamo Carolina y tengo 23 años. Soy aficionada a
leer los relatos eróticos, me considero una chica muy caliente y ponen mi
temperatura muy muy alta.
Mi historia es el relato verídico de unos hechos que me han
sucedido en estos últimos meses. He meditado durante semanas, incluso con el
relato escrito, si contárosla o no. No me acababa de decidir por miedo a
Ernesto, mi marido, no creo que le haga gracia ver publicadas nuestras
intimidades, pero, en fin, me he animado a contaros alguna de mis experiencias y
he de confesaros una cosa, me excita tanto o más escribir y contaros estos
episodios como vivirlos.
Eso sí, debo advertiros que los nombres, tanto el mío como el
de mi marido no son verdaderos, creo que con esta prevención será suficiente
para que no nos identifiquen como los verdaderos protagonistas de los hechos.
Me casé con Ernesto hace seis meses, es veinte años mayor que
yo, bueno 21, el ha cumplido ya los 44. Sé que es una burrada, pero le quiero un
montón, es atento, amable, guapo y un gran amante, por si fuera poco esta
forradísimo, tanto por su familia como por su trabajo en banca.
Descubrí cuando éramos novios que le gustaba exhibirme
delante de otros hombres, pero no le di ninguna importancia. Soy morena, uno
setenta y cinco y voy al gimnasio con regularidad, tengo unos pechos justos, ni
grandes ni pequeños y mi mejor baza es mi culito, respingón y hermoso. Así que
cuando voy a la pelu y me arreglo doy la campanada por donde quiera que vaya. Ya
os advertí que soy una chica muy caliente, y ese calor no me abandona. Creerme,
me levanto excitada casi todas las mañanas, de forma que es raro que no comience
el día aplicándome algún solitario alivio.
Pues bien, como os decía Ernesto me incitaba a vestir
provocativa, ropa sexy, medias, tacones, falditas cortas, escotes generosos,
vestidos ajustados, ya sabéis. Al principio yo creía que era por disfrutarme,
por verme y meterme mano, pero pronto descubrí que además de gozar con estas
cosas, su éxtasis lo conseguía cuando otro hombre me miraba. Con el simple hecho
de ver como otro chico miraba mis piernas, Ernesto conseguía unas erecciones
descomunales que era difícil no advertir.
El pretendía llevarlo en secreto pero era imposible no darse
cuenta. Cuando otro chico me miraba las piernas, él con el pretexto de la
caricia descuidada, subía mi falda para que el mirón de turno disfrutara con el
espectáculo.
En el viaje de luna de miel que hicimos a Brasil, con el
pretexto de que era lo que se llevaba allí, me regaló y obligó a lucir varios
mini bikinis realmente ridículos, iba prácticamente desnuda por la playa y él
sufría de forma casi permanente un crecimiento fálico impresionantemente
colosal.
Como quería llevarlo en secreto y a mí no me importaba,
decidí hacerme la despistada, dejar que disfrutara con su afición, participar
como cómplice inocente en el juego. Además a mi me gustaba también, sin ser
consciente del todo descubrí que en mi interior se escondía una exhibicionista.
El sentirme acompañada por Ernesto me daba seguridad y el ver su excitación y
disfrute me ponían salvaje del todo. Mi chochito se inundaba súbitamente cuando
otros me contemplaban, al entreabrirles mis piernas dejado mi culo expuesto a
las miradas lascivas o al deslizar el sujetador del mini bikini dejando mi
pezoncito fuera.
Luego follábamos como perros en celo, acelerados por las
experiencias de la playa.
Mi secreta complicidad envalentonaba a Ernesto que cada vez
pretendía mostrarme más y más provocativa con modelitos que me regalaba sin
parar cada vez más ajustados y cortos, transparencias, medias de malla, en fin,
os podéis imaginar. Yo me sentía una zorrita, pero en contra de lo que pueda
parecer me gustaba sentirme así.
Fue en el viaje de novios allí en Brasil cuando sucedió el
hecho objeto de este relato.
En el hotel donde nos hospedábamos había una orquesta
bastante maja, sonaba de maravilla, y tenía un bailarín que amenizaba la música
sacando a las chicas a la pista y bailando con ellas. Como parte de la animación
en el hotel, aquel bailarín ejercía como profesor, y por las tardes daba clase
de baile, merengue, salsa, lambada y sobre todo como es lógico allí, de samba.
Desde el primer día nos apuntamos a las clases, a mi me encanta bailar y Ernesto
es un de esos pocos hombres a los que se le da bien el tema. Pero había un
inconveniente, en las clases había demasiada gente y era difícil disfrutar de
las atenciones del profe. Por cierto, un negrazo impresionante, que olía como
los ángeles y bailaba de escándalo.
Yo me quejé a Ernesto de que era una pena no tenerle en
exclusiva para nosotros y él tardo cinco minutos en cerrar un trato con el
negrito. Habló con él y no se que pasta le pondría en el bolsillo, pero a partir
de ese día en nuestra suite, a las cinco de la tarde sonaba el timbre de la
puerta y Andrés, que así se llamaba, se presentaba con su aparato de música
portátil y sus discos para darnos las clases. Cada día nos enseñaba un ritmo
distinto, primero enseñaba a Ernesto como mandar los giros y los pasos y luego
los bailaba conmigo. Hora y media de ejercicio que yo disfrutaba. Ernesto que me
veía gozar insistía en que pasase la mayor parte del tiempo conmigo y yo no le
ponía reparos, así que de la hora y media, una entera el negrito era mío. Gozaba
del baile, del ritmo, del suave aroma del perfume que usaba Andrés y por que no
decirlo de su contacto físico, los latinos son bailes sensuales de complicidad
entre los bailarines. Desde el primer día Ernesto insistió en que quería ver
como se bailaban en realidad y yo creo que Andrés cogió el mensaje. Poco a poco
se arrimaba más a mi, se adhería hasta la fusión de nuestros cuerpos, y yo
notaba su musculoso torso contra mis senos, su pierna entre las mías rozando mi
rajita y su instrumento que a mi me parecía voluptuoso e inmensamente grande.
En aquellas clases yo descubrí a mi verdadero marido. Supe de
manera cierta que era un cornudo consentido. Sentado en el sofá, contemplando
como Andrés se pegaba como una lapa a mi cuerpo, tocando indisimuladamente su
erección bajo los pantalones. Pero también descubrí a la verdadera Carolina,
excitada como una putita bajo el contacto con el cuerpo musculoso y negro, y la
mirada cachonda de mi marido.
El tercer día Andrés nos avisó de que al día siguiente nos
enseñaría la bachata, por si no lo sabéis os diré que es un baile que se baila
muy agarradito. Ernesto me dijo que me pusiera el vestido blanco para la clase,
hizo un chiste fácil diciendo que contrastaría en la bachata contra la piel
negra de Andrés. Si os cuento como es el vestido blanco o mejor si lo vierais
sobre mi cuerpo moreno os daríais cuenta de que solo esa invitación es una
declaración de intenciones.
Es un modelo corto hasta la exageración que yo me he negado a
ponerme para salir. Es increíble, con estornudar se me ve el culo. Pero además
es de gasa tan ligera que se me transparenta todo, y cuando digo todo es todo.
Más parece un salto de cama que un vestido y lo peor es el escote, abierto y
suelto, me llega al ombliguito y me obliga a hacer verdaderos malabares para
mantener las tetas dentro.
Estaba excitada con la idea y cuando Ernesto me lo dijo y me
guiñó el ojo, mi excitación creció aún más. No puse reparo alguno, la zorra que
anida en mi interior dijo sí antes de que nada sucediera.
Sentí mi almejita húmedamente calida y palpitante según me
vestía frente al espejo. Rebusqué en el cajón hasta encontrar el tanga más
minúsculo, uno negro que se viese bajo mi vestidito. ¡Joder!, no lo pude evitar,
metí mi mano bajo el tanga y mi dedo entró, rozando mi botoncito entre mis
labios íntimos, estaba inundada como una perra en celo. Jugueteé unos segundos y
las palpitaciones de mi cueva parecían tener vida propia. No quise llegar al
orgasmo así que lo dejé y salí al salón.
¡Qué puta me sentía!, no había hecho falta hablarlo con
Ernesto, él lo sabía y yo también. Y lo peor, o lo mejor es que me gustaba, lo
que fuese a suceder me gustaba, fuese lo que fuese.
Ernesto me vio entrar y supo también que la resolución era
firme, se había dictado sentencia. Me dijo que estaba hermosísima y al besar mis
labios, en el abrazo, deslizo sus dedos a mi coño que rezumaba húmedas
emociones. Al separarse de mi me miró a los ojos y me dedico una sonrisa de
profundo agradecimiento. Sin decir una sola palabra nos comprendimos.
Cuando sonó el timbre de la suite, casi me desmayo. Y Andrés
al entrar casi se cae de espaldas. La verdad es que lucía como la puta mas bella
de Brasil. El hielo lo rompió Ernesto. "Hoy le vas a dar la clase sólo para
ella. A mi no me gusta la bachata", le dijo a Andrés y enseguida comenzó a sonar
la música. A través de un espejo pude ver como Ernesto le guiñaba un ojo a
Andrés e inmediatamente una de sus manos se posó dulce sobre la gasa en mi
contundente trasero presionándome hacia él. Lo que yo creía un pene enorme
resulto ser solo el esbozo de lo que se convirtió en pocos segundos. Contra mi
vientre se desplegó un mástil de dureza férrea y sin mediar palabra su boca se
fundió con la mía, su lengua me penetró cual serpiente jugando con mi lengua,
todo al ritmo de la música, y yo borracha de placer y excitación, abandonada
dejándome llevar por aquel negro inmenso y lascivo.
Andrés era un artista y como tal actuó. Me dio la vuelta y me
enfrentó a Ernesto, yo creo que no era la primera vez que le invitaban a un
convite similar. Me agarró por detrás y al ritmo de un bolero suave comenzó a
sobar mis pechos y mi coñito. Yo miraba a Ernesto con su pene fuera masturbarse
lentamente ensalivando sus dedos, mientras los de Andrés entraban bajo mi tanga
y me follaban el coño y el culo. ¡Qué gozo!, apenas sin darme cuenta me encontré
en el sofá tumbada, enfundando entre mis labios la polla de mi marido,
jugueteando con su glande, haciendo lo que mejor se me da, lo mejor que se
hacer, una buena mamada. Y todo con el ritmo de las envestidas de Andrés por
detrás, poseída por los dos falos, creí enloquecer de placer.
Andrés me azotaba suavemente y me susurraba con su acento
brasileño, "¡guarra!" "¡guarra!".
No pude ni supe contener dos orgasmos en menos de diez
minutos. Grité de placer y Ernesto se derrumbó tras el orgasmo más bestial que
le había visto. Ese fue el primero.
Andrés aguantó más, me tiró en la alfombra, boca abajo, metió
su dedo en mi culo y lo escupió, detrás vino su pene inmenso y duro. Menos mal
que me había lubricado. Deslice mi mano a mi almejita y masturbé mi clítoris
mientras Andrés follaba mi culo. Mi cara contra la moqueta de lujo. Aun con el
vestido puesto.
"Voy a correrme en tus tetas, date la vuelta". Me dijo mi
negro, yo ya me había corrido por segunda vez. Un chorro de esperma inundó el
escote y corrió como una catarata entre mis senos hasta mi ombligo.
Nos metimos los tres en el yacusi de la suite. Bebimos
champán y reímos.
PDT. No aprendí a bailar bachata.