La reunión de trabajo se desarrollaba con las habituales
dosis de temperatura elevada de la sala, sensación de claustrofobia,
nerviosismo, reproches cruzados y apariencia de espíritu constructivo.
Ejercicios grupales de esgrima, les llamaba un amigo devoto de la escuela
cínica. Siguiendo los códigos no escritos de la empresa, había dejado mi
teléfono móvil en silencio absoluto, colocado un poco más allá de mi agenda,
justo fuera de mi alcance a no ser que me incorporara exageradamente. En un
momento en el cual el rechinar de metales no requería mi especial atención, las
yemas de mis dedos, apoyadas levemente sobre la gran mesa de la sala de
reuniones, detectaron una mínima y sorda vibración. Observé cómo la pantalla
parpadeaba insistentemente. La fila de números que pude detectar no eran
identificables para mí con nombre y apellidos, pero algo en aquella secuencia
dibujó una pequeña contracción en mis cejas. Inmediatamente, la fría y divina
responsable del departamento jurídico desenvainó su florete con destino a mí.
Desvié mi interés del teléfono y me propuse responder a los ataques.
Media hora después, justo al terminar la reunión, tuve que
entretenerme diez minutos en resolver cosas que curiosamente los asistentes a la
reunión preferían hablar conmigo a solas. Los temas en los cuales te atacan se
suelen ventilar en reuniones grupales, mientras que las cuestiones que temen que
se les van a girar en contra se tratan preferentemente en privado, aunque sea a
nivel de pasillo. Acostumbro a responder a eso con una sonrisa y guardando el
concepto en mi disco duro personal.
Camino de mi despacho, una vez espantadas las voraces moscas,
saqué el móvil de mi bolsillo. Repasé las llamadas perdidas y intenté rescatar
ese teléfono de la memoria. Una vez en mi departamento, tardé más de cinco
minutos en poder cerrar la puerta de mi despacho. Finalmente, apreté el botón
verde para devolver la llamada. La voz que me respondió era femenina pero grave,
fuerte, como con ganas de divertirse. La identifiqué al instante. Lola, mi
abogada. Desde su número particular. La llamada fué breve, sólo el tiempo justo
de acordar una cita para firmar unos papeles.
Lola había sido compañera de estudios secundarios. Rubia de
ondas rebeldes pero sometidas, pequeñita, una cara de ángel liderada por dos
rayos azules que hacían la función de ojos. De buena família, predestinada a
triunfar, dulce, intocable, pero con destellos adorables: un sentido del humor
apreciable y un concepto sano de la amistad. Además, poseía una voz llena, como
la de un tronco consumiéndose por el fuego, fumaba cigarrillos negros de mi
misma marca y se carcajeaba sonoramente sin rubor. Naturalmente, había perdido
su pista con los años, hasta que necesité un abogado para los asuntos de mi
separación. Acudí a ella con el simple conocimiento de que el año que nos
despedimos ella quería empezar a estudiar Derecho. Efectivamente, no me
equivoqué. La localicé como abogada, con un bufet compartido a medias con una
compañera que yo no conocía.
En ese momento nos citamos tres o cuatro veces para tramitar
el caso, que no contaba con un acuerdo previo con mi ex-mujer. Cuatro risas, dos
halagos, tres cafés y una firma de poderes notariales. Como suele suceder si no
hay resolución relámpago, el caso se diluyó en el tiempo y casi quedó en el
olvido. Sólo supe de ella hacía tres años, cuando un correo electrónico me
anunció que acababa de ser madre y que si surgía alguna cosa en los próximos
meses me llamaría su compañera. No sucedió.
Cuatro días después de la llamada perdida, estaba delante de
los bajos que servían de local al buffet de Lola, en una ciudad mediana,
esperando que ella llegara después de comer. La tarde nacía suave y el sol no
hacía más que acariciar la piel. Como venía por la acera inesperada, no tuve
opción a verla llegar. Un contacto en mi espalda, a la altura del riñón, hizo
que me volviera para encontrar esos dos faros azules desorientándome por
completo. Una sonrisa impoluta, un abrazo de puntillas y un beso que
accidentamente casi rozó el lóbulo de mi oreja me sorprendieron aún más.
Mientras se peleaba con el manojo de llaves para abrir el
local, me contó apresuradamente que acababa de dejar a su hijo en la guardería,
y que iba de culo. En una milésima de segundo, rescaté una broma que nos
hacíamos de estudiantes:
- Te dije que cuando sucediera eso me avisaras...
Su carcajada fué seguida de su réplica:
- Eso he hecho, no?
La llave correcta nos permitió entrar al local, que estaba
exactamente como lo recordaba. Alquilado, parecía más una gestoria funcional y
poco glamurosa. Baldosas sin parquet, divisiones de oficinas a base de plafones
de madera conglomerada y cristales opacos, y un recibidor poco lujoso pero
limpio que no permitía ni una mesa central para revistas. El espacio era
esencialmente de trabajo, con áreas a las que no les sobraban ni medio metro
cuadrado. El despacho de Lola tenía forma de L y alojaba, aparte de su mesa de
trabajo, una discreta mesa rectangular para reuniones y la única impresora en
todo el local.
Lo primero que le hice notar era la foto de su hijo que tenía
enmarcada encima de la mesa de trabajo. Me aseguró que era igual que su padre.
Como era un comentario al cual no podía responder, le comuniqué que
evidentemente no tenía sus ojos.
Sin continuidad, me indicó que me sentara en la mesa de
reuniones y ella optó por sentarse a mi lado con una carpeta llena de
documentos, titulada con mi nombre, sin referencia a mi apellido. Noté que
llevaba una camiseta negra con escote circular con un jersey negro de reja ancha
encima. Los pantalones eran oscuros también, como los que había llevado siempre.
Nunca había sido una chica delgada, y si no tenía cintura lo había suplido
siempre con la redondez de sus nalgas. La maternidad quizá había hinchado un
poco sus pequeños pechos, pero el cambio no era espectacular ni lo había querido
potenciar, en cualquier caso.
Me comunicó que el expediente había cumplido ya cinco años, y
que el abogado de mi ex mujer no había mostrado interés alguno por formalizar la
separación. Cumplido el plazo, las partes eran libres para solicitar al juzgado
una sentencia de separación unilateralmente. En esa explicación estaba cuando
entró Susana, la desconocida compañera.
- Así que éste es tu colega de correrías adolescentes....
Impidió que me levantara de la mesa con una presión de ambas
manos sobre mis hombros. Desde detrás, rascó toda mi mejilla con la suya hasta
besarme bajo el pómulo. Un roce incierto entre mis omóplatos hizo que sintiera
una descarga de corriente. Se separó, no sin antes rascar un segundo mi nuca y
tirar jugueteando de la cola con la que arreglo mi cabello, y después se plantó
detrás nuestro, sonriente, con los brazos en jarras.
- Joder, Lola, cada día te admiro más....interesante, el
chico. No habrá un café a dos hoy. Avisadme –sentenció, antes de desaparecer por
la puerta, no sin antes pinzar con los dedos la nuca de Lola en un gesto de
familiaridad.
Mi amiga sonrió divertida y puso una mano en mi brazo para
captar mi atención y continuar desgranando la estrategia a seguir con mi caso.
Un cuarto de hora más tarde, con el plan más o menos definido, Lola cerró la
carpeta, tiró de su silla hacia atrás y se orientó hacia mí. La imité. Parecía
relajada, pero guardaba silencio. Lo corté yo, intentando imprimir humor a la
situación.
- Correrías adolescentes? Me he perdido algo?
Una pequeña sonrisa con pretensión de timidez se dibujó en
Lola.
- Quizá nos lo perdimos los dos, pero éramos tan buenos
colegas... –dijo, sin acertar a enfocar la mirada.
Decidí que siempre había preferido a la chica que me miraba a
los ojos, así que le propuse ir a por el café. Aceptó. Saliendo, nos asomamos al
despacho de Susana. Ésta estaba al teléfono y con un gesto nos dió a entender
que nos alcanzaba.
El bar era ancho, con las mesas adosadas a la pared y bancos
en lugar de sillas. Nos acomodamos de frente. Lola continuaba, a mis ojos,
veinte años después, brillando con luz propia, y, como me conocía lo suficiente,
aguantó una vez más el halago. Los cafés con hielo y el humo del tabaco negro
acompañando la conversación. Como había sido siempre.
- Susana es muy especial para mí –me contó-. Fue mi compañera
de facultad y siempre hemos querido trabajar juntas. Nos complementamos bien.
Ella es... bueno, quizá es lo que yo no me he atrevido nunca a ser. Impulsiva,
con altibajos, amante del riesgo... En cambio, yo soy su estaca. Allí donde ella
se amarra cuando la marea amenaza con llevársela.
- Y eso a tí en qué te compensa?
- Bueno.... quizá vivo el riesgo de cerca sin jugarme la piel
en ello –soltó, acompañada de otra carcajada.
Susana esta vez se dejó ver más ampliamente mientras se
acercaba desde la puerta del café. Un poco más alta que Lola, con la melena
caoba muy lisa, la cara redonda y con dos ojos color miel muy abiertos y
expresivos. No era una chica espectacular, pero había una fuerte dosis de
sensualidad latente en ella luchando por desbordarse. Iba con un traje chaqueta
con pocas concesiones, más allá del escote en punta.
Optó por sentarse a mi lado. Un cortado caliente vino tras de
ella sin que yo apreciara que lo hubiera pedido. Recriminó abiertamente a Lola
no haberme presentado antes –nunca coincidimos en mis antiguas visitas-, y no
tuvo ningún rubor en pasear sus dedos otra vez entre mi pelo y mi nuca. Lola
parecía divertirse aunque una mueca de tensión asomaba a la comisura de sus
labios.
- Qué te parece mi compañera? –acertó a preguntar al fin.
- Qué me va a parecer? Creo que nadie tardó menos que ella en
tocarme la nuca...
Susana guiñó un ojo a Lola y pareció esperar respuesta. A
medio trago de café, Lola cerró los ojos y tardó un segundo en abrirlos de
nuevo. Eso pareció la señal que esperaba Susana, que se volvió hacia mí, puso
una mano en mi muslo, muy arriba, y interrogó:
- Y te apetece seguir batiendo récords?
Esta vez fuí yo quien tardó un par de segundos en abrir los
ojos y encarar los suyos. Antes, me pareció ver la lengua de Lola asomar
tímidamente entre sus labios.
- Negar eso sería una tontería.
Susana pasó sin vergüenza la palma de su mano por el bulto de
mis pantalones y posteriormente se la llevó con facilidad asombosa dentro de su
falda. En tres segundos, mientras los dos mirábamos a Lola y ella nos sonreía,
un par de dedos de Susana se acercaron a mi nariz. Procedían de su coño, sin
duda. Mi nariz se ensanchó.
Mecánicamente, nos levantamos y Susana me cogió del brazo
para guiarme a la puerta mientras Lola acudía a la barra a pagar las
consumiciones. No había lugar a exhibiciones de caballerosidad. El guión estaba
escrito. Nos encaminamos de vuelta al despacho sin que yo pudiera discernir lo
que Lola reflejaba en su expresión.
Al entrar, Lola echó la llave por dentro y nos dirigimos en
silencio al despacho de mi amiga. Me sorprendió el hecho de que ella se
dirigiera directamente a su mesa de trabajo. Yo seguí, cogido de la mano por
Susana, hasta la mesa donde antes nos habíamos sentado. En un gesto que ya
empezaba a conocer, rodeó mi nuca con una de sus manos y plantó su lengua entre
mis labios. Respondí al beso. Cuando se separó de mí, observé cómo Lola había
relajado su postura detrás de la mesa y emitía una mirada concentrada hacia la
escena. Susana se deshizo de la americana fina que llevaba a la vez que hacía
que me apoyara en la mesa y se arrodillaba lentamente. No llevaba sujetador, y
dejó al aire unos pechos tan llenos y juveniles que denotaban haber recibido
muchos cuidados y mimos. Piel tersa, pezones consistentes, auréolas
perfectamente definidas y anchas.
Desabrochó mi pantalón con rapidez hasta extraña para mí y
blandió mi miembro muy cerca de su boca, sin tocarlo aún con los labios. Adiviné
que eso era un gesto hacia Lola, que observaba desde su mesa y nos veía
perfectamente de perfil. Lola se había echado hacia atrás en su butaca y dejaba
ver su mano paseando por la parte baja de su vientre, aun sin atreverse a llegar
a su sexo. Susana empezó a pasear su lengua por diversas partes de mi miembro
mientras me descalzaba y me dejaba desnudo de cintura para abajo. Mi sexo
depilado pareció complacerle.
- Siempre estuvo así, Lola? –dijo, mirándola, divertida,
mientras notaba su aliento en mi polla.
Lola no contestó ni me miró a mí directamente. Su vista
permanecía fijada en su compañera y en mi miembro. Su única respuesta fue
incorporarse levemente para bajarse los pantalones. Mis pulmones se llenaron
instintivamente de un deseo que yo sabía latente desde muchos años atrás. De
improviso, en ese momento, Susana decidió que la lengua no era suficiente y
introdujo mi miembro en su boca. Lola volvió a sentarse, acariciándose su sexo a
través de unas bragas de encaje de color azafrán. Con mi miembro acariciando su
paladar, Susana tiró de mi jersey hacia arriba con sus manos y entendí su
requerimiento. Me quedé desnudo completamente, mientras ella iniciaba un
movimiento lento de succión desde el prepucio hasta la base de mi pene. Ella
misma se descalzó y se quitó la falda, dejando ver un tanga negro muy fino. La
felación de la chica surtió su efecto, y súbitamente se levantó para ofrecerme
sus labios y estampar sus pechos en mi esternón.
- Bájame eso – me susurró, aún con los labios en contacto.
Le hice caso. Algo llamó mi atención en ese movimiento.
Mientras bajaba la prenda, noté una pequeña resistencia. Mis bolas chinas,
sonrió mientras me besaba.
- Vamos a enseñarle a Lola cómo se quitan.
Me tumbó boca arriba en la mesa de reuniones, ofreciéndole a
Lola una panorámica directa de mis testículos, y Susana trepó a la mesa hasta
colocar sus pies al lado de mis orejas. Vi entonces su sexo perfectamente
rasurado, con dos cordeles finalizando en arandelas saliendo de su coño y de su
culo. En un movimiento arriesgado, se puso en cuclillas de manera que las dos
arandelas rozaban mis mejillas. Incorporando ligeramente mi cabeza empecé a
recorrer con mi lengua la distancia entre los dos agujeros de Susana, que empezó
inmediatamente a emitir gemidos indisimulados. Asiendo sus muslos con mis manos,
le dejé autonomía suficiente como para que fuera masturbando mi polla. Los
labios exteriores de la chica permanecían entrecerrados, y finalmente mordí la
argolla que colgaba de su vagina con los dientes y ella, al notar la tensión, se
incorporó un poco, lo justo para que apareciera una bola de color morado fuera
de su coño. Su brillantez denotaba que estaba completamente mojada. Me incorporé
de nuevo un poco y metí esa bola en mi boca presionando para que apareciese la
siguiente. Esta segunda era de un tamaño un poco inferior y su salida provocó en
Susana un respingo de placer y una expulsión sorpresivamente generosa de fluidos
vaginales. Mordí esta segunda bola para tensionar la cuerda. La tercera salió
casi sin tensión aplicada y mojó todo mi rostro. Me saqué las bolas de la boca
mientras dedicaba a la chica una sesión de lengua en el clítoris, acompañado de
sus gemidos, que se hacían ya insistentes.
Cuando nos incorporamos nos quedamos observando los dos un
momento a Lola, que se había deshecho de sus bragas y se aplicaba un masaje
intencionado a sus labios internos. Mantenía su sexo con los pelos muy cortos.
Esa era la primera panorámica del coño de Lola en toda mi vida, a pesar de lo
que supusiera Susana. Ésta se acercó a la mesa y cuando estuvo frente a su
compañera se giró, me llamó, y ofreciéndole a su amiga su culo a través de la
mesa, se inclinó hacia adelante para volver a saborear mi miembro. Lola pasó un
dedo por la argolla que colgaba del culo de Susana y lo tensó con expectación.
La fuerte respiración de Susana se entrecortaba y su garganta roncaba
suavemente. Mi amiga, de frente a mí, sólo me dedicó un segundo de su mirada,
pero fue suficiente para darme cuenta de que se había relajado y que estaba
disfrutando. Torció la boca con un gesto nada inocente cuando dió un pequeño
tirón a la argolla y provocó que la primera de las bolas que llevaba Susana en
el culo saliera. El estremecimiento que experimentó la chica se transmitió a mi
miembro. La segunda mano de Lola permanecía invisible para mí debajo de la mesa.
Una a una las cinco bolas que resultó que llevaba Susana en
su ano provocaron reacciones similares en ella al salir fuera, al ritmo que iba
decidiendo Lola. Un sonido hueco pero sólido reveló que la operación había
terminado. Mi amiga se echó nuevamente para atrás en el sillón que ocupaba y
introdujo un par de sus dedos en su vagina mientras con la otra mano dejó al
descubierto sus discretos pechos y hacía bailar encima de ellos las bolas que
mantenía en su poder. Susana soltó mi miembro, se incorporó y se adelantó hasta
una de las sillas de la mesa de reuniones. Apoyó una de sus piernas en uno de
los reposabrazos y se ofreció a que la penetrara. Lo hice proporcionándole un
plano directo a Lola. Apoyando una de sus manos en el respaldo de la silla,
Susana utilizó la otra para asirme una nalga y urgirme a redoblar el ritmo. Los
jadeos de ella se mezclaban ahora con los de Lola, a mi espalda.
- Mi culo – susurró Susana.
Saqué mi polla de su vagina y paseé el glande varias veces
entre las nalgas de la abogada, hasta que noté cómo relajaba su agujero y mi
miembro quedó perfectamente encarado a la puerta.
- Ahora! – exclamó Lola guturalmente.
No sabía si se refería a su propio estado de excitación o fué
una orden para nosotros, pero en el momento en que el ano de Susana cedía
lentamente a mi empuje, Lola empezó a soltar pequeños gritos de placer, que
fueron creciendo en intensidad a medida que penetraba a su compañera. Susana
pareció impacientase y, a la vez que se masturbaba con una mano, inició un
vaivén de su culo que provocó que mis testículos empezaran a percutir
rítmicamente en su vagina. Lola, detrás de nosotros, parecía ya en éxtasis, y
Susana me advirtió en voz baja que no me reservara nada, que quería llevarse en
su culo mi recuerdo.
No pude resistirme a dar un par de manotazos suaves al culo
de Susana. Así sus nalgas con fuerza y mientras ella se concentraba en su
clítoris, me dediqué a bombear con ritmo ese agujero cálido y acogedor. Mi
capacidad de resistencia se encontraba ya al límite cuando la proximidad del
orgasmo de ella dió luz verde a mis neuronas para no retrasar más lo casi
inevitable. Su éxtasis llegó tres segundos antes que el mío, y se prolongó un
poco más también.
Ella no tardó nada en desmontar la escena. Se separó, se giró
hacia mí, me besó con la mejor de sus sonrisas, se dobló para recoger su ropa,
se dirigió a Lola, que tenía ya sus bragas puestas, la tomó de la mano, y las
dos salieron del despacho entre risas. Por el poco ángulo que tenía, me pareció
ver a Susana asiendo a Lola cariñosamente por la cintura mientras recorrían el
pasillo. Se encerraron en lo que supuse que era el baño.
Una vez vestido, cogí uno de los cigarrillos de Lola –yo
hacía tiempo que fumaba esa marca pero los bajos en nicotina, mientras que ella
conservaba intacta la vieja costumbre de los paquetes blandos y tabaco fuerte- y
esperé más de diez minutos a que el equipo de abogadas regresara. Lo hicieron
dignamente, una detrás de otra. Lola se sentó en su sillón sin dejar de sonreir
mientras Susana se inclinó para besarme –mano en la nuca, claro- y agradecerme
el rato que habíamos pasado. Con la misma naturalidad, se largó a su despacho
dando algo parecido a saltitos.
- Deberías decirle a tu amiga que a las abogadas en traje
chaqueta no les sienta bien andar a saltitos tipo Caperucita...
La carcajada de Lola fué atronadora.
- Lo dejé por inútil hace ya mucho tiempo –consiguió decir,
entre la carcajada y la primera calada a un cigarrillo.
La conversación se mantuvo en ese tono un rato más hasta que
ella pareció recuperar la vergüenza momentáneamente y me dijo que esperaba que
lo que había sucedido no influyera en mi caso ni en nuestro trato. Me quedé
observándola mientras seguía fumando. Una sonrisa terminó por aparecer en mis
labios.
- Si tenía que ser de alguna manera, obligatoriamente tenía
que ser esa, no es asi? – pregunté.
Una larga calada a su cigarrillo casi le hizo cerrar sus ojos
y provocó que se oyera un ligero crepitar de hojas de tabaco ardiendo. Se tomó
su tiempo para soltar el humo y inmediatamente después sonó su voz más grave y
conocida.
- Sí, tenía que ser así. Y me alegro de que haya sido.
Firmamos esos papeles?