Mientras mamá duerme
(Segunda parte de : “No fue
un sueño, papá)
Homenaje a JOSMAN y a su
comic :”El visitante nocturno”
Hoy has llegado muy tarde del trabajo, papá. Mamá hace un
rato que ya duerme, agotada de tanto trajín: la casa, la ropa, el bebé...
Yo no duermo. Te espero. Oigo girar el llavín en el cerrojo,
tus pasos cansados y un ligero carraspeo de fumador empedernido. En la luz del
pasillo veo recortarse tu silueta, alta, barbuda, musculosa, ojeando el
interior de mi habitación. Me extremezco al pensar lo que estarás viendo: un
muchacho de dieciséis años, zanquilargo y moreno, tirado semidesnudo sobre la
cama calurosa. No llevo camiseta, aunque sí que me he puesto, hoy, los
pantalones del pijama. A mí me encanta ver fotografías de muchachos y de hombres
a mitad de vestir (o de desvestir), y tengo el pálpito de que a tí también debe
gustarte ese morbo. Llevo los pantalones bajados estratégicamente, de una forma
“casual”: un pernil justo por debajo de la nalga, y , el otro, a mitad de muslo.
Suelo hacerlo muchas veces, sobre todo cuando estoy muy caliente y te espero.
Porque yo te espero desde hace muchísimo tiempo, papá.
Desde que tengo uso de razón (sexual, se entiende) mi mayor
deseo ha sido que me “visitases” por la noche. Y no para contarme cuentos,
precisamente. Mis fantasías fueron mejorando con el tiempo. Al principio
solamente soñaba con acariciarte, con pasar mis manos por tu torso musculoso,
incluso con mamar de tus pezones. Sí, lo que oyes: deseaba locamente succionar
tus pequeños pezones, de la misma forma que había mamado de los pechos de mamá.
Una vez lo intenté cuando tenía diez u once años, y, entre risas, me dejaste;
pero algo debiste notar, algo debiste intuir en las caricias de mi lengua sobre
tu piel, en la succión totalmente erótica en la que derivó la cosa, porque, de
repente, me apartaste de un empellón mientras me mirabas...con miedo.
A partir de ese momento se alzó entre nosotros una especie de
barrera física. Un tabú que te impedía abrazarme con normalidad, y que te hacía
luchar contra los atisbos de deseo que te atacaban de vez en cuando. Si, deseo.
Como aquella vez que tuvimos que viajar apretujados en la parte de atrás del
coche del abuelo, y yo iba sentado sobre tus rodillas, y mi trasero rozaba todo
el rato sobre tu bajo vientre, y me restregaba con cuidado, notando segundo a
segundo la enorme erección que crecía en tu entrepierna. Notaba tu respiración
en mi cogote, y tus manos ciñendo mi cintura, engarfiados los dedos en los
huesos de mis caderas, embistiendo de forma casi indisimulada...hasta que,
saliendo de tu enajenación transitoria, me diste un capón argumentando nosequé,
yo comencé a llorar...y ahí acabó la cosa.
Fantasías, locas fantasía. Contra más te alejabas de mí
físicamente, más te deseaba yo.
Espiaba cada uno de tus movimientos, buscando el momento de
pillarte con poca ropa. Entraba como un rayo en el baño, apenas habías salido,
para lanzarme sobre las prendas sucias que acabas de dejar en el canasto.
Buscaba como un mendigo en un basurero, sacando como un trofeo tus calzoncillos
todavía tibios. Estaban impregnados de un perfume heterogéneo compuesto de
gasoil, orín y semen. Los olía, los restregaba contra mi cara, y sollozaba de
deseo mientras me masturbaba frenéticamente.
Sí papá. Estaba loco por que me violases, me follases,
abusaras de mí hasta la extenuación. Que me obligases a comerte la polla
contínuamente. Quería mamar tus pechos, lamer tu sobaco, tu ingle, tu
sexo...Pero nada de eso ocurría...nunca.
Oigo el ruido de la ducha. Has dejado la puerta entreabierta,
pero no me atrevo a asomarme. La languidez del sueño me viene entreverada con
los recuerdos que evoco. Abrazo la almohada. La pongo bajo mi cuerpo y me froto
contra ella imaginando que eres tú. Una lágrima baja por mi mejilla. Apagas el
grifo de la ducha. El bebé se agita entre sueños en vuestro dormitorio. Mamá lo
arrulla sin llegar a despertar y sigue roncando suavemente. Pienso en tú y yo
abrazados, notando tus manos sobre mi piel. Manos grandes y encallecidas,
húmedas, rasposas, viriles. Se me eriza la piel de la espalda. Un escalofrío
recorre mi columna vertebral y estalla en el centro de mi ano como un castillo
de fuegos artificiales. En mi sueño, tus manos acarician mis nalgas. Apenas un
roce sutil, un amago, un “quiero y no puedo”. Mi esfínter late. Mi corazón
rebosa melancolía. Sueños. Mis deseos solamente son ...sueños.
- Pablete...
- ¿Papá? - el sobresalto me hace dar un respingo,
quedando despatarrado en mitad de la cama, con la polla erecta asomando bajo la
goma del pantalón del pijama.
Estás sentado junto a mí, con la mano en el aire, extendida
con la palma hacia abajo, como si hubieses querido darme un azote...o una
bendición. Llevas puesto el albornoz de baño, pero según vas hablándome te lo
quitas lentamente.
- ¿Fuiste tú, verdad? -carraspeas- Me refiero a lo de
la otra tarde, durante la siesta.
- Sí papá. Yo...
- No, no digas nada, hijo. Solamente quería darte las
gracias. Sé que lo hiciste porque me quieres. Mucho. Lo sé desde hace tiempo.
- ¡Papá, papá...! -las lágrimas se agolpan en mis
ojos, solidificándose en mi garganta en un nudo que me impide hablar.
- ¡Shsssssss! ¡Calla, nene, calla!
Me acoges en sus brazos, me acunas, me arrullas. Pasas tu
mano por mi pelo, restañas mis lágrimas. Luego, imitando un gesto mil veces
visto a mamá, ofreces tu pecho a mi boca. El pezón pequeño, duro, sobresaliendo
como un mini peñasco de tus fuertes pectorales. Lamo el vello negro, busco con
los labios y prendo entre ellos el botón más oscuro. Quiero mirarte y te miro.
Estás con los ojos cerrados, mordiéndote el labio inferior. Mi boca busca el
otro pezón, alternando la caricia una y otra vez. La lengua traza círculos de
saliva, cada vez más amplios, hasta que me decido a bajar lentamente, dejando
atrás estómago y vientre, ombligo y pubis. Ya casi la tengo a mi alcance. Tu
verga cabecea y su aroma invade mis fosas nasales. Meto la punta de la lengua
entre la piel que cubre el glande, buscando el orificio anegado de pre-cum.
Luego introduzco el pollón dentro de mi boca.
- ¡Espera! -me sobresalto ligeramente y quedo con la
boca abierta, huérfana de polla, mientras tú te levantas y cierras la puerta con
pestillo.
- Aprovechemos mientras mamá duerme.
Esa frase me enerva. Hace que constate que las barreras han
caido, que Jericó ya no tiene murallas, que Sodoma pronto tendrá dos habitantes
más.
Luchamos sobre la cama, como dos adolescentes. Bueno, yo
todavía lo soy. Pero tú estás cambiado, transfigurado. Tu cuerpo brilla cubierto
por una pátina de sudor. Buscas mi boca y la encuentras, ávida de tí. Enroscamos
las lenguas, mezclamos las salivas. Rodamos y rodamos, hasta acabar en una
postura extraña. Extraña no: maravillosa. Tu verga al alcance de mi boca, y, por
primera vez, tus labios rozando mi sexo. Titubeas como macho inexperimentado en
estas lides, pero yo muevo mi cadera y hago que mi polla juegue sobre tu boca.
La abres. Dubitativo al principio, pero hambriento después, cuando notas mi
sabor en tus papilas. Nos acariciamos al unísono. Chupas tú, chupo yo. Aprendes
muy rápido...¿o quizá recuerdas viejos juegos apenas olvidados?
Debo guiarte en la siguiente etapa. Mis talones sobre tus
hombros, mis manos acariciando tus pelotas y tu polla. Siguiendo mis
indicaciones, acabas de lanzar un salivazo sobre mi ano. La yema de tu dedo
extiende el lubricante y torpea en la caricia interna. Tiro de tu verga en
silencio. Sin palabras. Boquea mi agujero y tu nabo acude a darle alimento.
- ¿Te haré daño, hijo? -el acento paterno, como
siempre, preocupado por el bienestar de su polluelo.
- Tranqui, papi. Ya tengo experiencia (se me escapa
la confidencia, y sonrio avergonzado).
- ¿Cómo dices...? ¿Cúando? ¿Cómo? ¿Quién...?
No te dejo seguir hablando. Con un movimiento me ensarto yo
mismo en tu polla, y tu voz queda apagada por el gemido de gusto que sale de tus
entrañas.
- ¡¡Joooooodeeeeer, que gustooooooo!!
Y la cosa no ha hecho nada más que empezar. Simplemente estás
notando mi esfínter que aprieta tu vergajo. Espera y verás.
El discreto dolorcillo que he notado al principio, desaparece
en un pis-pas. Ya estoy suficientemente dilatado para que me metas tu pollón
hasta los huevos. Y lo haces. Y yo me cuelgo de tu cuello y prendo mis labios de
los tuyos. Y lamo tus sobacos. Y tú chapoteas en mi recto con un portentoso
meti-saca que, lo más seguro, no habías gozado desde que eras recién casado.
- Follas mucho mejor que tu madre, hijo.
- Ya lo sé, papá (y no le dices que, seguramente,
también lo has deseado siempre mucho más que ella).
Pones los ojos en blanco. Tu esperma llega a trallazos, como
un pantano que se rompe y deja salir ingentes cantidades de agua. Debes haberme
llenado el intestino de lefa. A tope. Ahora eres tú el que muerde mis labios, el
que resuella en mi oido, el que lame el sudor de mi rostro y de mi pecho...Sales
de mi cuerpo, pero no para abandonarme, sino para poder seguir con tu caricia
lingual.
Das la vuelta a mi cuerpo, mordisqueas mis flacas paletillas,
besas -uno a uno – los huesecillos de mi columna, llegando hasta la hendidura
entre mis nalgas. Allí todo es humedad, todo son jugos. Busca tu lengua por el
orificio de mi ano. Tu esperma, el que me has embutido con tu polla como se
rellena un pavo por navidad, rebosa el receptáculo anal. Te amorras y lo
succionas, lo absorbes y paladeas. Chupas mis testículos casi imberbes pero ya
gruesos, y luego, como en un ritual, bautizas la cabeza de mi polla con las
gotas de tu propio semen que guardas en la boca.
Te demoras en la caricia. Has aprendido a pellizcar mis
pezones, y lo haces mientras inclinas la cabeza ante mí. Desaparece mi verga en
las profundidades de tu garganta. Me siento morir de gusto. Tu boca, grande,
acoge mi discreta polla en su totalidad. Has aprendido sobre la marcha (¿o ya lo
sabías?) a distendir los músculos para no tener arcadas. Mamas como con hambre
atrasada. ¿Acaso tú también me deseabas, papá?









Vuelves a encularme con tu polla prodigiosa. Ahora estoy
doblado sobre mí mismo, con el culo en pompa, las rodillas sobre mi pecho, las
nalgas casi en posición vertical, recibiendo el lanzazo de tu verga. Me horadas
como si quiseras sacar petróleo de dentro de mi cuerpo. Llegas hasta el final,
hasta que tus gordas y velludas pelotas hacen tope con mis ancas lampiñas.
Gemimos a la vez con el gusto compartido. Sacas lentamente tu vergota, hasta que
apenas queda el glande fuera de mí. Brilla la polla embadurnada de jugos. Apenas
unos segundos y vuelves a zambullirte en mis intestinos. La tienes tan larga que
casi la noto en el estómago. Tus manos callosas, enormes, atenazando mis muslos
y mi trasero, levantándome en vilo para acercarme más a tí. El reborde de tu
glande roza mi próstata una y otra vez, una y otra vez, hasta que -sin tocarme-
me derramo en una espeluznante corrida que me hace doblar la cabeza hacia atrás,
temblando mi garganta en un puro estertor de placer incontenible.
Guiado por mi orgasmo, llega el tuyo sin tardanza. Salta
la leche de la punta de tu nabo, borboteando por mi culito, e incluso en
cantidad sobrante para llenar mi pecho y embarrar las sábanas. Quedas inmóvil,
casi sin apenas respirar. El único movimiento de tu cuerpo reside en el latir de
tu miembro. Un latido espasmódico que me atrae irresistiblemente y que hace que
lo lama con mucho cuidado, tragando mis jugos y los tuyos y dejando tu
herramienta limpia como los chorros de oro, a punto de revisión.
Buscas mis labios y me besas suavemente. Cierro mis ojos
azules recreándome en la caricia. Los abro y ya no estás. Ni siquiera oí el
cerrojo de la puerta. Solamente quedo yo en la habitación, derrumbado sobre las
sábanas violetas de mi cama. Totalmente cubierto de semen, derrengado y...feliz.
El visitante nocturno, tan deseado durante años y años, ha vuelto a su
alcoba...dejándome su regalo.
Todo ha ocurrido en pocos minutos. Los suficientes para que
te hayas percatado de que lo de la otra tarde no fue un sueño.
Hemos aprovechado el tiempo, y mucho, mientras mamá duerme.