EL MÉDICO RESIDENTE
Llevaba 50 minutos sentado en la sala de espera. Era
indignante tener que esperar tanto tiempo para una simple revisión médica; si
hubiera sido algo grave podría haber muerto allí sentado.
De repente la puerta de la consulta se abrió y salió de ella
el hombre que habían llamado hacía cinco minutos y, tras él, la enfermera que
mirando la carpeta pronunció mi nombre en voz alta. Me levanté y caminé con
decisión hacia la consulta, por fin iba a poder salir de allí, diez minutos con
el doctor Pérez y libre.
Entré en la consulta y la enfermera me indicó amablemente que
me sentara, que el doctor Ballesta llegaría enseguida.
- ¿Ballesta? – le pregunté extrañado -, mi médico ha sido
siempre el doctor Pérez.
- Sí, el doctor Ballesta es el residente y atenderá la
consulta del doctor Pérez durante este mes – respondió la enfermera, cansada de
dar la misma explicación una y otra vez.
- ¡Ah! Vale…
- Enseguida le atenderá – dijo, y salió cerrando suavemente.
Me quedó un poco extrañado, yo estaba acostumbrado al doctor
Pérez. Desde que me había mudado a la ciudad hacía tres años siempre me atendía
él; me resultaría extraño encontrarme a otra persona, pero al fin y al cabo, ya
le quedaba poco para jubilarse, así que más me valía irme acostumbrando. Además,
pensé, el médico seguro que es un chaval joven que me puede alegrar la vista.
En ese momento se abrió la puerta y por ella entró el doctor
Ballesta. Debería tener unos 26 años, moreno con ojos verdes. Se le veía delgado
debajo de esa bata blanca y, al pasar a mi lado, pude observar que tenía un buen
culo. La verdad es que no me importaría hacerle unos cuantos favores.
Mientras mi mente divagaba, el doctor se sentó enfrente,
abrió mi historial y dijo:
- Muy bien señor… Aguirre, veo que viene a hacerse su
revisión trimestral.
- Así es doctor. Pero llámame Miguel, que deberemos tener
casi la misma edad.
- Sí, de acuerdo. Entonces llámame Óscar.
- Muy Óscar. Pues verás, además de la revisión de rutina, me
gustaría que examinaras mi pierna izquierda; noto una ligera molestia y ya sabes
que los deportistas de élite no podemos permitirnos ninguna lesión.
- Muy bien. Si es que hacer deporte es muy sacrificado; yo
empecé a ir al gimnasio hace unos meses y la verdad es que es duro…
- Así es. Por eso nos obligan a hacernos revisiones
periódicas, para estar sanos y a punto.
- Vale, pues quédate en ropa interior y siéntate en la
camilla – dijo, mientras buscaba unos guantes.
Yo, obediente, empecé a desvestirme y a dejar mi ropa
ordenadamente sobre la silla, y cuando estuve listo me senté a esperar al doctor
Óscar. "Suerte que llevaba unos slips ajustados que resaltaban mi paquete"
pensé; sólo imaginar al doctor examinando mi pierna, con su cara a pocos
centímetros de mi polla me ponía a mil.
El doctor Óscar se acercó, llevaba puestos unos guantes de
látex y venía a dispuesto a examinar mi cuerpo. Desde luego, yo no iba a negarme
y me recosté para que pudiera trabajar mejor. Empezó examinando mis pectorales,
y luego fue bajando para comprobar que no había ningún problema en mi abdomen;
su tacto empezó a excitarme e, inevitablemente, mi polla empezó a despertar. El
médico, ajeno a ello, continuó con mis piernas, asegurándose de que todas mis
articulaciones y músculos estaban en perfecto estado.
- ¿Qué pierna dices que te dolía? ¿La izquierda?
- Sí, es una ligera molestia que tengo en la parte superior,
por atrás.
- Muy bien, pues ponte boca abajo.
- Vale, dije mientras me giraba – dije mientras me
tranquilizaba pensando que así no notaría el bulto que tenía entre las piernas.
Una vez colocado, el médico empezó a examinar mi muslo, de
abajo arriba cuando se encontró con la tela de mis slips. Siempre llevaba slips
largos que llegaban hasta la mitad de la pierna y ahora impedían al doctor
examinar por completo mi pierna. Óscar intentó levantarlo, pero al ver que
estaba demasiado ajustado me pidió que me lo quitara. Yo nervioso me levanté,
pensando en que mi polla saldría disparada una vez me los quitara; lo hice
rápidamente, con la esperando de que el doctor no notara nada. Casi tropiezo al
intentarlo sacar, pero afortunadamente conseguí quitármelo y acostarme en la
camilla ante la mirada extrañada del médico, que no comprendía bien mi actitud.
Respiré ya más aliviado, cuando de repente noté como las
manos del doctor empezaron de nuevo a examinar mi pierna, subiendo hasta
prácticamente tocar mi culo.
- Veo que te depilas Miguel…- dijo inesperadamente Oscar.
- Así es – respondí nervioso -, así puedo darme masajes.
- Ya ya… - contestó pícaramente -, también te masajean el
culo por lo que veo…
- Sí… Bueno… - no sabía que contestar, joder con el médico -,
es que para dejarme sólo eso pues me lo quito y ya está.
- Pues sí, la verdad es que así es más cómodo – contestó -;
oye, voy a darte un pequeño masaje que parece que tienes el músculo un poco
tensionado.
Y dicho esto, se dirigió a una mesa de la que sacó un tuvo de
crema. Roció mi pierna con ella y empezó a subir y a bajar. Mientras yo me ponía
enfermo, mi polla aprisionada entre mi cuerpo y la camilla estaba a reventar; no
sabía como iba a hacer para levantarme de allí sin que él lo notara.
- Date la vuelta que te pase un poco de crema por delante –
dijo.
Me quedé de piedra; no podía girarme. Tenía la polla a mil y
era imposible disimular. Me quedé quieto, sin moverme ni decir nada.
- ¿Qué pasa? – preguntó el doctor -, ¿es por la erección?
Se había dado cuenta. Había sido idiota, cómo no iba a darse
cuenta; si tenía la polla tiesa desde el inicio de la exploración…
- No te preocupes. A muchos les pasa. Gírate anda.
- Sí… - dije mientras me volvía lentamente -, es por los
guantes, que me excita mucho que me toquen con ellos.
- Ya lo veo ya, joder – dijo el doctor mirando descaradamente
mi polla -, ¡qué pedazo de nabo! Las tendrás a todas contentas…
- Sí… Bueno… Se hace lo que se puede… No me puedo quejar. La
verdad es que nunca he conocido a nadie con una polla más grande – dije
orgulloso; a pesar de la vergüenza me sentía alagado, y mi polla también.
- ¿Ah no? – respondió Óscar socarronamente -; pues yo creo
que te gano.
- No sé… Jajajajaja – reí, como para quitarle hierro al
asunto -, le preguntaré a la enfermera al salir.
- ¿A la enfermera? No, no me la he tirado – dijo el doctor -;
no es mi tipo.
- ¿No? Pues nada, nos quedaremos sin saberlo… - no sabía qué
responder. Iría en serio el chaval…
- ¿Por? Venga, ayúdame y te lo demuestro.
- ¿Qué te ayude? – respondí medio loco.
- Sí hombre, con las manos sucias no puedo bajarme el
pantalón.
- …
- Venga va, no seas idiota. Desabróchalo y bájalo todo a la
vez.
Me levanté y lentamente, avergonzado, me agaché abrí la bata
del doctor y desabroché su cinturón, el botón, bajé la bragueta y estiré hacia
abajo. La polla de Óscar salió de golpe y, sin tiempo a reaccionar, me dio en
toda la cara. Estaba dura, muy dura, y era enorme. Una vez repuesto del golpe me
quedé mirándola sin saber que hacer, la tenía a pocos centímetros de mi boca y
deseaba comérmela y saborearla. Pero me levanté y me coloqué frente al doctor;
éste cogió su polla y la lubricó con la crema de sus guantes; sin decir palabra
cogió la mía y embadurnándola también la puso al lado de la suya.
No podía apartar la vista de aquellas dos pollas brillantes y
duras; efectivamente, la polla de Óscar era un poco más larga que la mía, pero
yo le ganaba en grosor.
- Te gano – dijo Óscar triunfante –, aunque la tuya no está
nada mal ¿eh?
- Sí bueno, pero siempre se disfruta más con una polla más
gorda…
- ¿Ah sí? Lo has dicho muy seguro… Parece que lo has probado…
- No… Yo… - no era capaz de mirarle a la cara.
- Vamos Miguel, que te he calado desde que has entrado. A ver
si te crees que todos se empalman con un simple masaje…
Y dicho esto se agachó y se metió en la boca toda mi polla de
golpe. El gesto me dejó descolocado y sólo puedo lanzar un profundo suspiro que
animó aún más a Óscar, que empezó una mamada espectacular. Devoraba mi polla,
que desaparecía completamente en su boca durante unos segundos para volver a
salir llena de abundante saliva. Poco a poco iba aumentando el ritmo de sus
lamidas, a la vez que mano empezaba a acariciar mi culo.
De pronto, tan rápido como se había puesto a chupar, se
levantó y fue hacia la camilla, recostándose y diciendo:
- Muy bien Miguel, ven aquí a que te revise ese culo a fondo
mientras su preparas el instrumental para la exploración.
Yo, consciente de lo que me proponía, me acerqué y me tumbé
sobre él, dejándole mi culo abierto para que lo comiera a gusto mientras yo me
encaraba con ese vigoroso miembro. Empecé a lamer el glande como si fuera un
caramelo mientras notaba como la lengua de mi querido médico empezaba a recorrer
los pliegues de mi culo. Poco a poco iba metiéndola toda en mi boca y, a la vez,
Óscar empezaba a introducirme sus dedos, ayudado por la saliva que depositaba
con su lengua. A medida que mi culo se iba dilatando, la polla de Óscar se iba
poniendo más y más dura; el muy cabrón estaba disfrutando mientras me comía el
culo… Cuando creyó que ya estaba preparado me indicó que me levantara y me
tumbara en la camilla; él se acercó, se colocó mis piernas sobre los hombros y,
sin ningún tipo de aviso, me metió todo su trancón en mi culo. Ahogué un grito
de dolor, y un par de lágrimas saltaron de mis ojos. Óscar, ajeno a todo ello,
empezó a bombear y la sensación de dolor dio paso a un inmenso placer. En cada
embestida suya sentía que iba a correrme y, a medida que incrementaba el ritmo,
aumentaban mis ganas de gritar. Óscar disfrutaba en silencio, y sólo era posible
oír el sonido de sus caderas golpeando mis nalgas.
De repente, paró en seco y forzadamente me hizo acostarme,
colocándose sobre mi y metiéndome la polla en la boca mientras él hacía lo mismo
con la mía. En un par de embestidas, el doctor descargó con su enorme aparato
una buena corrida que yo tragué gustosamente mientras su polla caliente y dura
aún vibraba dentro de mí. A los pocos segundos, fue el médico quien bebió mi
leche, lamiendo concienzudamente mi miembro para asegurarse que no dejaba nada.
Cuando nuestras pollas decrecieron, después de tanto esfuerzo
y placer, Óscar se levantó y me dijo sonriente:
- ¡Estás perfecto! Puedes continuar practicando deporte.
- Muy bien. Volveré a ver al doctor Pérez de aquí tres meses.
- De acuerdo Miguel. Buena suerte – dijo guiñándome un ojo.
- ¡Hasta luego! – dije mientras terminaba de abrocharme el
pantalón -. Ojalá me lesione dentro de poco…
- Eso nunca se sabe.
- En el deporte no – dije mientras salía esperanzado de
repetir.