Lucía se frotó la piel. Terminaba una ducha que, aunque había
sido larga, no había sido demasiado reparadora. Tanta energía derrochada y
tantas batallas sexuales pasaban cierta factura. La pelirroja notaba un poco de
cansancio. Contempló su imagen en el espejo, siempre gozaba admirando la
perfección de su cadera, o la bonita estampa de sus hombros. Se retorció un poco
los pezones, y ya mismo los tuvo duros como piedras, bien erguidos, desafiantes.
Después… aplicó crema sobre los muslos de los que tan orgullosa se sentía,
muslos hermosos propios de una mujer de su edad, tersos y frescos, bien
cultivados gracias al deporte y sin un ápice de grasa. Se fijó entonces en su
culito, tan redondeado y rotundo… y fue en ese momento cuando
recibió el mensaje.
En vestirse empleó un tiempo escasísimo. Se puso un top
negro, justito, uno que le sentaba muy bien a esas tetas pequeñitas que a ella
tanto le agradaban, un tanga del mismo tono, tan diminuto que apenas tapaba lo
esencial, y una corta falda vaquera. No necesitaba más, con aquella ropa su
aspecto era soberbio. Tenía que buscar unas medias entre el desorden que reinaba
en su cajón, y, mientras lo hacía, reparó en su compañera de dormitorio.
Almudena, qué haces hoy?.
Tras la impresionante sesión de sexo de la tarde, las
dos chicas se encontraban
cansadas. La pelirroja parecía pálida, y Almudena ofrecía un
aspecto cansino, la mirada apagada de sus ojos delataba su total agotamiento.
Nada. Pensaba ver un rato la tele y acostarme
temprano… y tú?.
Lucía sonrió, y en su cara se dibujó un hoyuelo muy
sensual.
Pensaba lo mismo que tú… hasta que decidí que
aceptamos el plan que acaban
de proponerme.
Decidiste?.- dijo la rubia, rompiendo a reír.-
Desde cuándo también decides
por mí?.
Desde que, como tú muy bien sabes, te has
convertido en mi esclava.
Almudena no pudo evitar soltar una carcajada. Su
amiga tenía respuesta para todo,
y era evidente que jamás se hartaba de jugar. Siempre estaba
dispuesta a divertirse de un modo u otro, y adoraba cualquier tipo de travesura
erótica. Almudena, a veces, se preguntaba cómo habría sido la pelirroja de niña,
a qué edad habría dado su primer beso, cuándo habría comenzado a masturbarse, en
qué momento habría perdido la virginidad…
Decidió interrogarla un poquito…
Lucía… recuerdas cuándo te… te tocaste por
primera vez?.
Espera, espera… primero he pensado en castigarte…
por haber puesto en
duda mi capacidad de tomar decisiones por ti… y después, si
te hace gracia, nos dedicamos a las confesiones.
Vale.- repuso la rubia, intrigada.
A cada rato sentía mayor seguridad en sí misma, y ya
no la intimidaban tanto las
propuestas de su compañera de cuarto. La miró con coquetería,
aguardando su correctivo. La niña, al saberse más atractiva y deseable de lo que
antes pensaba, se hallaba a cada hora más bonita. Iba adoptando movimientos y
posturas que la hacían seductora, se preocupaba por elaborar complejos peinados
que embellecían su rostro adolescente, y se ponía prendas que realzaban las
mejores zonas de su armónico cuerpo.
Bien.- contestó Lucía.- Celebro que estés de
acuerdo conmigo. Mereces ser
castigada. Es una osadía, lo que has hecho.
Sí, Lucía, lo sé.- respondió la joven, en actitud
sumisa, y bajó la mirada.
Quítate la ropa de cintura hacia abajo.
Almudena procedió a hacerlo. Se despojó de sus
vaqueros Victoria Beckham,
unos de color azul piedra que le sentaban divinamente a su
culito. Los arrojó contra la cama de su amiga, consciente de que a ella ese
movimiento le agradaría, y se deshizo, en menos de medio segundo, de su tanga.
Una pieza breve, delicada, de tono blanco roto, llena de transparencias que, más
que cubrir, mostraban. Lo cierto y verdad es que Almudena poseía muy poca ropa
íntima de ese estilo, casi nunca llevaba esa clase de prendas, pero, desde que
empezaran los jueguecitos con Lucía, la rubia se había vuelto mucho más exigente
con su propia lencería.
Parcialmente desnuda, miró a su amiga…
Estaba guapa. Sí, sí… Con su dorada melena recogida en dos
trenzas, algo que le
confería un aspecto muy infantil, una camiseta rosa muy
ceñida, que dibujaba a la
perfección la bella silueta de sus pechos, y con su trasero
al aire, su coñito estrecho y
adornado por una mata de vello muy clarito, sus muslos
firmes, y todas las curvas de sus piernas.
- Bien…- susurró la pelirroja, ya excitada.- Veo que le vas
perdiendo el miedo al
más que normal hecho de estar desnuda.
Más o menos…- musitó la niña. Sus ojos azules
denotaban sorpresa.
Eso me agrada. Te felicito, aprendes rápido. Este
es tu castigo, tienes que
lamerme los pies. Me da igual como lo hagas, pero hazlo, y
procura hacerlo bien.
Almudena se sonrojó. Consideraba que se trataba de una
situación… violenta.
Vale. Lo haré, claro, tú mandas.
Así me gusta. Eres una putita muy obediente.
La chica decidió sentarse sobre la alfombra. Adoptó
una posición que a Lucía le
permitía tener una magnífica visión de su rajita vaginal. Ver
aquellos pliegues, aquellas
capciosas formas, que a la pelirroja le recordaban los
capullos de las rosas, aquellos labios tan encarnados, tan gorditos… acceder
visualmente al coño de Almudena a Lucía le gustó muchísimo. Pronto notó cómo su
propio coñito se humedecía, y sintió unos irresistibles deseos de ser penetrada…
La rubia, por su parte, había optado por descalzar a su
compañera. Lucía llevaba puestas, en aquel momento, las típicas zapatillas de
estar por casa, las que se había puesto para salir del baño, y Almudena exhibió
todo su repertorio de artes sexuales, un repertorio que ella misma juraría no
poseer una semana antes, para, con la boca, sacárselas de los pies.
Mientras su bonita esclava entretenía su lengua peleándose
con su calzado, Lucía, que siempre hacía lo que le venía en gana, alargó el
brazo y tomó, de la mesita de estudio, un artilugio largo y delgado, en tonos
lila. El preferido de sus vibradores, al menos de los que poseía hasta la fecha,
al día siguiente pensaba ir de compras con Almudena. Tardó menos de un segundo
en bajarse el tanga, y, todavía menos de medio,
en introducir aquel juguete en su ya más que húmeda concha.
Cuando el tanga se deslizó a través de sus torneadas piernas,
y rozó la mejilla de la rubia, Almudena alzó la vista. Era un cuadro
sorprendente… y excitante…
Una de las niñas sentada en el suelo, abierta de piernas, con
el torso inclinado hacia los ya descalzos pies de la otra, la pelirroja, altiva,
desde su metro setenta y pico de estatura, con su ropa interior arrugada sobre
sus tobillos y una mano moviendo con auténtico delirio un vibrador muy mono que
perforaba una y otra vez su viscosa gruta.
La lengua de Almudena no escatimó en caricias, recorrió con
placer todos los dedos de su compañera, besuqueó las uñas, succionó los pliegues
de carne que se formaban, lamió toda la planta, se acercó al talón, deleitó el
empeine con los labios y…
satisfecha de haber cumplido con parte de su labor, besó con
reverencia el pie izquierdo de Lucía, y lo posó, bien bañado en saliva, en su
propio tanga, que antes había preparado para tal menester. Tomó, pues, entre las
manos, el derecho de los pies, y se apresuró a repetir la operación anterior.
La pelirroja jadeaba…
Ella, por su parte, se follaba con el consolador, se lo metía
a un ritmo salvaje, hasta el fondo, clavaba una vez y otra, a cada rato más
mojada, mientras su respiración se agitaba y sus siempre erectos pezones se
endurecían todavía mucho más. Se ayudó también con un dedo, y llegó a correrse
justo cuando la rubia acababa de lamerle los recovecos más íntimos que había
entre los deditos de su pie.
Se rieron, las dos, y la tensión del dormitorio se relajó, y
las chicas se tumbaron, de nuevo exhaustas, sobre sus camas.
- Dime,- dijo Lucía, que se había adueñado del tanguita de su
amiga y procedía a
olerlo.- qué me querías preguntar antes, dijiste algo de la
edad de mis inicios, no?...
Sí… recuerdas a qué años diste tu primer beso de
verdad?.
No. Ni idea… no sé, tendría once o así… y tú?.
No recuerdas tu primer beso?. Yo sí, tenía quince
años.
Seguro que te acuerdas de todos los detalles…
Pues sí. Se llamaba Germán, y me gustaba mucho.
La verdad… es que no
besaba muy bien… pero fue bonito.
Lucía sonrió, le hacía gracia la rubia, era una chica muy
divertida.
Y eso era todo lo que querías saber?.- preguntó.
No, hay más preguntas, si no te importa, claro,
tú mandas…
Aquella insinuación hacia su condición de esclava
logró dos cosas: que Almudena
enrojeciera y que Lucía notara una cierta palpitación en el
coño.
No me importa. Pero una vez preguntas tú y otra
yo, vale?.
Vale. Me toca a mí…Cuándo empezaste a tocarte?.
Ni idea… inconscientemente… sin saber qué hacía…
de niña. Y tú?.
Yo?. Hasta ahora apenas lo había hecho… a qué
edad dejaste de ser virgen?
Trece. Y tú?.
Diecisiete. Te dolió?.
Perder la virginidad?. No, nada. Antes de meterme
la polla aquel chico me
había metido otras cosas, muchas otras cosas…
Qué tipo de cosas?.
Me tocaba preguntar a mí, pero bueno… De todo,
primero un dedo, luego dos,
después tres…una zanahoria, un cepillo del pelo… yo qué sé…y,
antes de perder la
virginidad anal, me metieron un bolígrafo, luego un polo
helado, no sé… hay que echarle imaginación…
La rubia permanecía acostada, con el rostro encendido y las
piernas flexionadas. La ponía cachonda hablar así, aunque ni siquiera supiera
reconocerlo, sentía que se estaba empezando a humedecer, y le gustaba que Lucía
le confesara todas sus aventuras sexuales.
Y en el coño te han metido hielo?- quiso saber.
Bien, Almudena, bien… al fin empiezas a llamar a
las cosas por su nombre.
Claro, lo del hielo es una gozada, me lo han metido y me lo
he metido yo…
La rubia suspiró… su amiga tenía tanta experiencia, a su lado
ella no llegaba ni a
la condición de novata…
Venga, dúchate y vístete.- ordenó Lucía.- Nos
vamos a cenar con dos amigas
mías. Son lesbianas. Ah, ponte falda y no te pongas tanga.
Mientras Almudena procesaba la información recibida,
la pelirroja se levantó y se
acercó a su compañera. La besó en la boca, un beso tierno.
Después, deslizó un dedo por
la entrepierna de la joven,
y se inclinó para chuparle un poco el coño. Posó sus labios en la concha
mojadita de su amiga, y le aplicó unas pocas caricias linguales. Así, con el
sabor íntimo de Almudena entre los dientes, Lucía se dispuso a buscar las medias
que necesitaba, mientras la otra niña se preparaba para ducharse, agitada ante
la perspectiva de una cena que intuía… diferente.
Fuera de la habitación, otras chicas también hacían planes
para la noche.
Fuera de la residencia, había oscurecido, y las temperaturas
estaban ya bajas…
Lucía encontró, al fin, unas medias muy bonitas…
Con ellas en la mano, y su chochito humedecido, entró en el
cuarto de baño. De
repente se le había antojado contemplar cómo se enjabonaba
Almudena…