Cierras la ventana del ordenador tras un "te mueres por
pedírmelo", y me picas en el orgullo. Tus palabras me calientan y me ponen en
guardia a la vez, porque tal vez no he sido capaz de expresarte lo que quiero y
deseo.
Quiero que me desees, que busques en otra piel lo que no
puedes recibir de mí en la lejanía. Quiero que lo abordes a él, y le poseas
pronunciando mi nombre en tu interior. ¡Que piense que te vuelve loca! Que eres
su diosa del deseo, pero que tu alma grite y se retuerza para mí.
Quiero que te abras a él, pero que mi rostro sea quien te
reciba. Que su pene sea mi mensajero de amor, y que sus manos depositen en tus
pechos mis presentes.
Quiero que sus dedos líen tus duros pezones, y que su lengua
recorra tu depilada vagina, sin dejar una sola gota de sus fluidos en tu
interior.
Quiero… no ¡deseo! Que tu orgasmo cierre sus oídos, para
decir mi nombre mientras piensa que ha cumplido.
Y cuando te duermas, soñarás con nosotros, libres, sin
escondernos del mundo que nos juzga y condena. Nos verás en verano, aunque el
calor te abotargue, y sentado junto a ti te diré susurrando al compás de las
olas:
"Qué es un verano sin las sinuosas curvas de tu cuerpo
asomándose entre las etéreas y ligeras prendas que a duras penas logran
disimularlas.
Qué es un verano sin las miradas furtivas de los hombres
cuando caminas o reflejas la luz del sol en tus pechos desnudos en el mar.
Qué es un verano sin el abandono de la incómoda prisión del
sujetador, para que tus senos leviten sin perder ni un ápice su altura, dejando
que tus pezones marquen el estado de ánimo de tu sexo, con libertad, sin pudor,
con la seguridad que da él saberse hermosa, deseada…
Y tu piel se maquilla de un suave color tostado, sin apenas
marcas en tu cuerpo, tan solo ese triángulo blanco, última frontera de tu pudor.
Y un día cualquiera, tus labios comienzan el acercamiento a
los míos. Sujetas suavemente mi nuca, para guiar mi cara en un perfecto ángulo,
hasta que nuestras lenguas inician una perfecta danza que atrae a nuestro
alrededor vientos de deseo, que nos transportan al blanco destino de nuestra
cama, último país de libertad, acotado por el abismo de los cuatro lados. Y aquí
libres de las miradas de los curiosos, de los que desearían invadir nuestro
blanco país, comenzamos un ritual, que cada día comienza y acaba en una batalla
desigual, distinta, y nada repetitiva.
Un día cualquiera, mis labios comienzan un ascenso a las
cumbres de tus senos, donde me espera la recompensa de tus duros pezones. Los
rodeo, los succiono una y otra vez, esperando que llegue a mis oídos el eco de
tus suspiros, la aprobación de tus manos apretando mi cabeza contra ellos,
deseando un eterno y cálido contacto.
No me conformo con esa conquista, y recorro los valles de tu
cuerpo, hasta descender a las profundidades de tu sexo. No hay jardín cuidado
que me guíe. Tus labios vaginales me reciben desnudos, suaves. La brisa de su
olor me señala que sigo la dirección correcta, y el sabor salado de tu gruta, me
invita a adentrarme en los secretos que tus labios vaginales sonrosados, guardan
en su interior. Muevo mi lengua, en una indecisión premeditada, y un alocamiento
que te lleva a una excitación tal, que me regalas con el presente de tus
líquidos templados, mientras, y para no perder el terreno conquistado, mis manos
se aferran a tus pechos, recorriendo su contorno, para memorizar lo que mis ojos
no ven en esos momentos.
Sufro los terremotos de tus caderas cuando soportan las
corrientes del placer, mientras tus labios susurran palabras apenas
inteligibles, y tus dedos se enredan en mis cabellos, o buscan el firme apoyo de
la forja de nuestro cabecero.
Así…, más…, otra vez...
Las dúlcenes órdenes llegan hasta mis oídos, y sonrío para
mis adentros, sabiendo que el camino es el correcto, y al final de este, me
espera el premio de tu orgasmo. Pero antes de volar hay que andar, y recorro el
hueco de tus riñones, para transmitir a tu espalda el goce de mis dedos, y
conseguir así que tu pubis se adelante al frente de batalla. Toda mi cara está
embriagada del olor de tu sexo, mi lengua poco a poco abandona su frenesí, para
tomar la forma adecuada que tome el elixir de tu orgasmo, y este llega envuelto
en convulsiones violentas, que pugnan por desacerse de mi cabeza, hasta que como
un caballo domado, va cediendo al dueño, dormitando, tomando el respiro
suficiente para el inicio de otra batalla, con iguales contendientes, en igual
campo de batalla, pero inevitablemente diferente al día anterior.
Te zafas de mi presa, y me posas de espaldas en la cama, para
que tu boca busque el tótem que en mi cuerpo te señala el camino que has de
seguir para la recompensa de otro orgasmo que alimente tu sexo. Lo tomas poseída
de una locura especial, abrigándolo con el calor de tus labios. Lo recorres en
toda su longitud, cubriendo todo él de una húmeda y caliente saliva, que recoges
rápidamente para no desperdiciar una sola gota de tu líquido. Descubres
suavemente mi glande, y presionas con fuerza el orificio con tu lengua, por
donde saldrá el néctar de la vida, más tarde, pero ahora no.
No sueltas tu presa, mientras tu lengua recorre el tortuoso
camino hacia mis pezones, donde te detendrás lujuriosa. Poseída por la locura
que nos da el calor del sexo, los morderás, arrancándome un alarido mezcla de
dolor y placer. Tus uñas arañarán mi piel, para detenerse en una angustiosa
espera, a la puerta de mi ano.
¿Pasar o no pasar?, el dilema aparece de nuevo en tu mente,
aún conteniendo una legión de prejuicios. Esperas quizás el permiso, que llega
con la voz entrecortada. Y esa orden es el pistoletazo de salida para que
explores los secretos de mi ano. Dolor, placer… todo se mezcla, todo se disuelve
en los segundos que tardo en perder el control, y pedirte que me utilices, que
me poseas como solo tu sabes.
Tu dedo, ya con permiso, se mueve dentro de mí. La soledad
hace que pida compañía, y un segundo miembro arrasa mis entrañas, mientras mi
cuerpo fuera de control, se convulsiona poseído. Pero no quieres que me derrame
aún, y detienes todo movimiento para de un salto cabalgarme como amazona
experta.
Por unos segundos siento el desasosiego de la quietud, pero
una señal invisible te lleva a mover tus caderas, en circulo, en vaivén,
alocadamente. Y tengo que agarrarme a tu cintura para poder seguir el ritmo que
tu cuerpo me indica. Agarras tus pechos con la sensualidad de tus manos,
pellizcando dulcemente cada pezón. Enloquezco por momentos, no sé que hacer con
las manos, y me apodero de tus nalgas, para poco a poco acercar mi dedo corazón
a la entrada de tu ano virginal. Doy vueltas a la entrada, disimulando,
queriendo esconder mis intenciones. La humedad que antes manó de ti, me anima a
intentar entrar en tu escondrijo. Poco a poco consigo dilatar tu más secreta
entrada, y cuando victorioso siento la unión del dedo con mi pene, tú vuelves a
dar un grito de triunfo que siento mío. Las convulsiones son más fuertes, y tan
solo estar ensartada en dos elementos, evita que vueles.
Reposas tu rubio pelo en mi pecho, mientras recobras el
aliento.
Me miras con esos ojos verdes de gratitud después del inmenso
placer que has sentido. Yo, como un niño travieso que esconde sus manos después
de su fechoría, retiro el dedo de tu ano, con la misma suavidad con la que
entró.
Descabalgas de mí, con la altanería del general victorioso.
Te tumbas boca abajo, y te abandonas a mis caricias. Mis labios recorren todo tu
cuerpo, sin dejar un centímetro de piel sin recorrer, mientras mis manos se
enlazan con las tuyas, extendiendo tus brazos hasta el infinito. Retiro el pelo
de tu cuello y comienzo un ascenso con mis labios a través de tu columna, hasta
acabar en tus cervicales, donde succiono y mojo con mi lengua, para después
derramar sobre ti un suave aliento fresco, que te hace sonreír como una niña.
Viendo tu cara de felicidad, me aproximo por detrás de ti, hasta que mi pene
erecto, rabioso por la insufrible carga erótica que tiene, toma sin permiso tu
vagina. Tú, quieta, esperas que acabe la penetración, para mover tus caderas
ronroneando, sin permitir que sea yo el dueño de los movimientos. Bastante tengo
con sujetarme en el vértigo de tus caderas, mientras la cabeza me da vueltas y
todo mi ser se tensa para darte parte de mí. Los espasmos se hacen
interminables, y siento que me vacías. Un último latigazo, da por terminado el
intercambio, y derrotado, me retiro de ti, mientras observo mis restos saliendo
de tu interior. No quiero que nada se desperdicie, así que acerco mis labios a
tu vagina, y recojo tan cobarde fluido que abandona el campo de batalla. Dejo
impoluto tu sexo, y me cimbreo sobre tu cuerpo, para acercar mis labios a los
tuyos. Comparto contigo los fluidos recogidos, y tras un rápido intercambio, los
pasas a tu garganta. Me miras dulcemente a los ojos, y mientras acaricias mi
nuca, aseguras que ahora parte de mí está en tu interior. Sonrió satisfecho,
gozoso de poder tenerte a mi lado ese verano, y el resto de los veranos.
Antes de que despiertes, te susurro al oído que eso es lo que
deseo. No la fría caricia de la pantalla. No el frío deseo de unas letras. No el
cobarde deseo de una ficticia identidad. Solo eso, el mudo amor en la distancia,
la certeza de que hemos nacido en pistas diferentes, pero que algún día…. tal
vez no muy lejano, bailemos aunque solo sea una sola vez, nuestro baile, que sin
duda nos merecemos. Y en silencio para no hacer daño a nadie, soñaremos con un
relato que nos una, que nos haga sentir lo que nuestra piel dibuja en cada
pliegue.
Y ya ves, MORIA POR PEDIRTELO.