Marifher y las delicias de la inocencia (5)
Me fue muy difícil levantarme y dejar de gozar la dulce
tibieza que emanaba la piel desnuda de mi pequeña y complaciente amante. Su
rostro apacible, apenas iluminado por la luz grisácea del amanecer, se semejaba
al de una hermosa criatura felina satisfecha por la exitosa cacería nocturna y
que ahora reposaba con soltura sobre su lecho. Después de contemplarla unos
instantes, me fui directamente a ducharme. Una vez ya listo, me dirigí a la
cocina para prepararle el desayuno a Marifher; exprimí algunas naranjas para
extraerles el jugo y puse pan en el tostador; preparé también una ensalada de
frutas con melón, papaya, fresas y manzana que aderecé con un poco de yogurt
natural; puse todo en una charola y me encaminé a la habitación de esa muñeca
rubia que todavía dormía. Le acaricié la mejilla para despertarla mientras decía
su nombre sin levantar la voz. Sus ojos se abrieron poco a poco y me parecieron
aun más azulados, se sentó sobre la cama y balbuceó con su vocecita un poco
ronca: < Hola Diego. ¿Qué hora es?>
- Hola princesa. No te preocupes; tienes tiempo de sobra para
alistarte, ahora a desayunar. Recuerda que tienes examen y algo nutritivo te
ayudará a que tu mente se sienta despejada y así contestarás correctamente- le
dije mientras acomodaba la charola en la cama.
- Gracias Diego. Mmm, se ve delicioso- dijo antes de sorber
un poco de jugo.
Le di de comer en la boca. Con el tenedor tomaba un trozo de
fruta y lo acercaba con cierto jugueteo a sus labios que dibujaban una sonrisa
infantil matizada de erotismo; parecía un juego de seducción. Cuando terminó su
desayuno, acercó su rostro de porcelana al mío y acariciándome el cabello me
dijo < te quiero Diego. Te quiero mucho; quiero que se pasen rápido las horas de
clase para volver a estar contigo>. En sus palabras noté esa determinación
tajante que suelen tener las mujeres, rasgos de madurez pensé. Nos besamos
tiernamente. Mis ojos se deleitaron viendo su magnífica desnudez cuando se
dirigía al cuarto de baño; oí que abría la regadera. Regresé a la cocina para
prepararme un café; llené una taza con el oscuro líquido humeante y fui a
esperar a la sala. Encendí el estéreo y sintonicé una estación que en ese
momento tocaba una canción cuyo estribillo dice < me dejarás dormir al
amanecer…entre tus piernas>, mi pie derecho seguía el ritmo de la melodía,
mientras mi mente divagaba en un mundo de caricias, de besos sabor a miel y de
texturas eróticas, dónde Marifher era la única emperatriz.
< Estoy lista>, dijo Marifher. Voltee y la miré; se veía
bellísima con su uniforme impecablemente planchado que consistía en una falda
azul a cuadros arriba de la rodilla, una camisa blanca abotonada bajo un saco
azul marino. Sus medias blancas cuidadosamente dobladas curveaban aun más sus
pantorrillas. Los zapatos negros acharolados brillaban de tan limpios. Su
cabello rubio suelto y cepillado perfectamente, figuraba una cascada de oro
líquido. El corazón me dio un vuelco por la maravillosa visión. Estiré la mano y
le quité la mochila que cargaba en su hombro derecho. Me tomó de la mano y nos
dirigimos en silencio al estacionamiento.
Había mucho tráfico, pero el colegio de Marifher quedaba
cerca y aun faltaban treinta minutos para la hora de entrada. Con su cabecita
recostada en el respaldo del asiento me miraba con arrobo mientras me contaba
como eran sus compañeros del colegio, < son unos presumidos. Al principio se
burlaban de mi acento italiano. Primero me enojaba mucho. Ahora solo los
ignoro>. Le tomé su pequeña manita y le dije < es que deben de tenerte envidia
porque eres una niña hermosísima e inteligente. Pero ya verás. Pronto tendrás
amigos y te olvidarás de mi>. Inmediatamente me arrepentí de mis palabras, por
que noté que sus ojos se rasaban y su rostro se afligía, < yo nunca me olvidaré
de ti Diego. De verdad. No me lo vuelvas a decir porque me siento triste>. <
Sólo bromeaba chiquita. Yo tampoco me olvidaré nunca de ti. Es una promesa>.
Llegamos a la entrada del colegio. Algunos niños ya habían
llegado y formaban grupos que charlaban alegremente, mientras sus padres les
daban instrucciones de comportamiento y se despedían de ellos.
- ¿A qué hora vengo a recogerte Marifher?- le pregunté.
- Mi hora de salida es a las 12:45 p.m.; ¿qué vamos a hacer
hoy?- Me cuestionó con su sonrisa pícara.
- Ya lo verás. Será una sorpresa. Bueno princesa es hora de
que entres. Suerte con tu examen. Te esperaré a la salida en este mismo lugar.
Me sonrió y se acercó para besarme en la mejilla. Tomó su
mochila y se encamino con paso apurado a la puerta principal del colegio, ahí
giró y me señaló un agitado adiós con la mano. La observé hasta que se me perdió
de vista. Regresé al 34 para recoger el documental sobre sexo que nos había
motivado tanto la noche anterior y me fui a mi departamento. Me decidí a
terminar otro capítulo de la novela en la que estaba trabajando por más de seis
meses. No hubo trabas; escribí con fluidez. Las frases se formaban en mi mente y
mis dedos tecleaban ágilmente. Me di cuenta de que Marifher se había convertido
en mi musa, era ella la que me inspiraba. Esa musa que tanto necesitaba. El
tiempo se escurrió fugazmente. Me di cuenta de que era hora de recoger a
Marifher. Subí a mi auto y fui por ella. Cuando llegué, la esperé tan solo unos
pocos minutos. Después la puerta principal del colegio regurgitaba un tumulto
interminable de niños de todas las edades que se empujaban y gritaban. En medio
de esa turba apareció Marifher, envuelta en otra atmósfera que parecía inmune a
la agitación de los demás niños. Caminaba elegantemente: su rostro siempre
erguido, su espalda curvada sutilmente y sus pasos prolongados y uniformes. En
realidad era una niña muy especial y era para mí. Le abrí la puerta del coche y
subió.
- Hola mi amor. ¿Cómo te fue?- le dije.
- Muy bien Diego. Estuvo fácil el examen pero te extrañé
mucho- me dijo abrazándome.
- Yo también te extrañé. Te mereces un premio por estudiosa.
Comencé a conducir rumbo al centro comercial. En la radio
sonaba la canción "signos" de Soda Estereo y subí el volumen un poco. < ¿Te
gusta esa música Diego?> me preguntó agitando levemente su cabecita al ritmo de
la música. Llegamos al centro comercial y directamente nos dirigimos al puesto
de helados de costumbre. Compré dos y empezamos a caminar sin rumbo.
- Marifher. Quiero comprarte un regalo. Pero quiero que tú lo
escojas- le dije acariciando su pelo.
- ¿Lo que yo quiera? Pero ya has gastado mucho en mí Diego-
me dijo haciéndome la seña para que acercara mi oído a su boca. Cuando lo hice
me dijo en secreto < Quiero hacer el amor contigo. Eso es lo que quiero>. Sus
palabras entraron en mi mente y se quedaron ahí para siempre. En mi estómago una
sensación agradable de revoloteos y en mis piernas un leve temblor: eso
provocaron sus palabras.
La tomé de la mano completamente excitado y nos volvimos a mi
auto rápidamente. Ella con su rostro encendido me miraba, mientras yo con
movimientos torpes trataba de encontrar las llaves que se habían caído debajo
del asiento. Ella las encontró; < Mira, aquí están las llaves>. Las sostenía con
el dedo índice y con el pulgar. De pronto abrió sus muslos, en su faldita se
formó un hueco y dejó caer las llaves entre sus piernas. < Búscalas> me dijo
imperiosa. Mi mano un poco temblorosa se posó en su rodilla rosada. Alrededor no
había quien pudiera mirarnos. Introduje poco a poco mi mano entre sus piernas.
Mis dedos le cosquilleaban esa tersa piel y ella se estremecía; su respiración
se agitaba mientras mi mano se acercaba más y más a su entrepierna. Que calidez
tan perfecta la que palpaban mis dedos en esa cuevita de ensueño. Luego sentí el
duro metálico de las llaves ya tibias por el calor proveniente de la almejita
rosada de mi muñeca. Conduje rápidamente las pocas cuadras que nos faltaban para
llegar. Cuando estacioné mi auto, Marifher abrió la puerta y se echó a correr
riendo, < A que no me alcanzas Diego>. Cerré mi puerta y le seguí el juego; la
perseguía fingiendo que no podía alcanzarla. Ella llegó hasta la puerta de mi
departamento y recargó su espalda en la pared. Su respiración agitada, su mirada
furtiva, impaciente a que yo abriera la puerta y nos encerráramos en un mundo
que solo ella y yo conocíamos.
Entramos. Con mi pie cerré la puerta y nos abrazamos
fuertemente. Sus uñitas se clavaban en mi espalda. Me besaba de forma diferente,
mordiéndome suavemente mi labio inferior. La llevé cargando al sofá. Le
desamarré el saco de la cintura y la recosté. Sin quitarle la faldita del
uniforme hundí mi cabeza en su entrepierna. Ella se retorcía y me decía con voz
entrecortada < Diego, cuando estaba en clase de arte, me acordé de anoche y
sentí ganas de hacer lo mismo…la maestra leía en su escritorio y yo empecé a
apretar mis piernas>. Niña pícara, masturbándose en clase. Que placer me
producían sus palabras, caricias a mis oídos. Le quité su calzoncito pero le
dejé la faldita. La voltee para que apoyara sus manitas en el respaldo del sofá.
Le levanté la falda y la enrollé sobre su espalda, dejando al aire sus blancas y
firmes nalguitas de muñeca. Ella abrió sus piernas y de nuevo mi lengua se
entretenía en ese coñito virgen. Marifher gemía y empujaba su cinturita a mi
rostro. < Así diego. Mmm…ah…así> pronto le llegó el orgasmo que ella tanto
quería. Me senté en el sofá y ella tomó la iniciativa: su manita me frotaba la
verga por encima del pantalón. Trató de desabrochar la cremallera, pero sus
deditos no atinaban en sus movimientos torpes, pero no menos eróticos. Le ayudé.
Mi pene surgió erguido como un mástil impaciente y palpitante; ella lo miraba
extasiada y suavemente comenzó a tocármelo. < Me gusta tu pene Diego> me dijo
masturbándome con vehemencia. Cerré los ojos. De pronto sentí una humedad
caliente en mi falo: Su lengüita lamía de arriba abajo mi masculinidad. Su
manita no dejaba de masturbarme. Abrí los ojos y miraba como esa boquita roja se
posaba sobre mi glande y lo succionaba de manera sublime, pero con tenacidad.
Esta vez no pude contenerme; mi leche caliente brotaba de mi verga y los hilos
de semen espeso salpicaban ese rostro angelical que sonreía erótico y que no se
inmutaba, a pesar de que mi pene parecía una manguera sin control. Salpicaba sus
cabellos rubios, su boquita mientras yo me ahogaba en un gemido.
- Lo siento Marifher…pero es que no pude contenerme mi amor-
le dije.
- No importa. A mí me gustó- me dijo incorporándose. Se
dirigió rápidamente al cuarto de baño y oí que abría la regadera. Fui tras ella
y la miré mientras se desvestía y doblaba su uniforme cuidadosamente. Yo también
me desnudé y sin planearlo nos metimos juntos a la ducha. Nos abrazamos bajo el
chorro de agua tibia. Nos jabonamos mutuamente, jugando con la espuma. Y luego…
Fin del capítulo 5.