Es conveniente leer La tara de mi familia. (mis primeras
experiencias) antes para seguir el hilo de la situación, pero de todas formas se
puede entender sin hacerlo, espero que les guste.
Capítulo tres.-El sacrificio de Isabel-
Eran las siete de la mañana, cuando noté que me zarandeaban
para despertarme.
-Fernando, despierta-, era mi padre que sentado en mi
cama, me miraba con expresión cómplice.
Asustado, me di cuenta, que Isabel no se había levantado y
seguía durmiendo desnuda a mi lado. Trate de explicarle en voz baja que es lo
que había pasado, pidiéndole que no la echara, ya que gracias a ella estaba
haciendo muchos progresos.
-¿Por qué hablas tan bajo?-, me contestó alzando la voz,
-si es por la muchacha, no te preocupes no se va a despertar-.
Por su tono supe que le había hecho algo, y pensando lo peor
no pude reprimirme y como un loco le tomé el pulso. Pero lo único que le ocurría
era que seguía placidamente dormida. Mas tranquilo me levanté al baño para
espabilarme, lavándome la cara.
Al volver a la habitación, me sorprendió ver que mi padre
acercando dos sillas al lado de la cama, me esperaba tranquilamente sentado.
-¿Qué le pasa?, ¿por qué no se despierta?-, le pregunté
sentándome a su lado.
-Le he ordenado el no hacerlo, ya podemos gritarle ,
pellizcarle o intentar animarla de cualquier forma que no podrá hacerlo hasta
que se lo autorice-.
De esa forma tan gráfica, me enseñó que podíamos afectar a
alguien que estuviera descansando. Acto seguido, me explicó que los humanos
normales, al dormir eran mucho mas vulnerables a nuestra manipulación, y encima
era mucho mas complicado que recordaran, por lo que era una forma perfecta de
conseguir nuestros fines.
-Recuerda, hijo, que ante todo debes de ser precavido-,
me dijo mientras se aproximaba a observar a la muchacha,-Mira, duerme, es
hora de tu lección-.
-¿Qué quieres que haga?-
-Siéntate y concéntrate, quiero que intentes que sueñe que
es feliz, tomando el sol en la playa mientras se extiende la crema por sus
pechos-.
-¿ Y no quieres que además al final se tome un helado de
fresa?, le pregunté alucinado.
-Buena idea, ¡hazlo!-, me respondió. No había o no
había querido entender mi broma. Me parecía imposible, y así se lo hice saber.
Pero me tranquilizó diciendo:- Hazlo por partes, primero concéntrate en la
felicidad, luego en el sol sobre su piel, seguido de la sensación de la crema y
para terminar el helado-.
"¡Puto helado!, la próxima vez mas me vale quedarme callado",
pensé mientras me intentaba abstraerme del entorno. "Felicidad, que narices
sé yo de felicidad", reflexioné tratando de planificar mi ataque. Cuando de
pronto, oí a la muchacha gimiendo excitada.
-Hijo, he dicho feliz, ¡no cachonda!, ten cuidado que
ahora es muy susceptible a tus pensamientos-.
Volví a intentarlo pero esta vez, pensando en lo alegre que
estaba cuando se vio dueña de la casa. Acerté, se reflejó una clara sonrisa en
su boca. Mi padre, orgulloso me pidió que continuara con mi experimento.
Espoleado por mi éxito, me resulto sencillo inducir a Isabel la idea de tomar el
sol. Al hacerlo, ambos pudimos observar como se tumbaba boca arriba en el
colchón. La verdad es que verla desnuda con mi padre al lado, no dejaba de tener
su morbo. Cuando le obligué a soñar con la crema en sus pechos, volví a
equivocarme o eso pensé al percatarme que sus pezones se ponían duros, y que la
mujer totalmente dormida se empezaba a masturbar.
-Lo siento, Papá-, le dije totalmente cortado, -te
juro que no era mi intención-.
No me atrevía a mirarlo a la cara, debía de pensar que su
hijo era un obseso. Pero me relajé al notar que no estaba enfadado, estaba
analizando de un modo totalmente frío el comportamiento de la muchacha.
-Fer, no es tu culpa-, me respondió, y riéndose me
dijo, -lo que ocurre es que esta niña esta mas salida que la esquina de una
mesa-.
-¿Y que hago?-
-Déjala terminar, necesitamos que esté relajada para
seguir experimentando con ella.
Que situación mas incomoda me resultó la espera, Isabel
totalmente caliente, había abierto sus piernas, introduciéndose los dedos,
mientras con su mano izquierda se pellizcaba los pezones, y yo sentado en frente
de ella, no podía disimular mi propia excitación. Los suspiros de placer de la
muchacha, me estaban afectando, de no haber estado mi padre al lado, me hubiera
lanzado encima de ella.
-Curiosa es la naturaleza humana, ¿o nó?-, me preguntó
mi viejo.
-¿A que te refieres?-, hay que reconocer que seguía en la
inopia.
-Como se dejan llevar por sus pasiones-, me contestó.
Fue entonces coincidiendo con un grito de lujuria de Isabel, cuando caí en que
mi padre la observaba como un ganadero mira a un animal, indiferentemente a su
cuerpo, y hasta molesto por la bajeza de sus instintos.
-Papá, ¿no te molesta si te hago una pregunta?-
-Claro que no-, me respondió.
-¿No te afecta verla desnuda?. ¿No te causa ningún tipo de
excitación sentir como disfruta?-
Esta vez, el sorprendido fue él. No se había pasado por la
cabeza que yo pudiese pensar eso de él. Y tras unos momentos de estupor, me
explicó que después de tantos años, disfrutando de la mujer que le apetecía en
cada momento, se había dado cuenta que era muy extraño, que una mujer le
estimulara. No entendía su postura hasta que levantándose de la silla, se acercó
a Isabel, y me fue describiendo lo que intelectualmente le gustaba de su cuerpo,
pechos, cadera, cuello, y lo que le disgustaba, su boca pero sobretodo su sexo
sin depilar. Me quedó claro, mi padre la veía como un ser inferior, y al igual
que un humano no se suele excitar viendo a dos perros cruzándose, a él tampoco
le afectaba el verla masturbándose.
Esperamos a que se terminara de correr para continuar.
-Ahora quiero que hagas algo mas complicado, el placer
físico es fácil al contrario del dolor. Intenta que sueñe que esta a punto de
ser madre, que su embarazo ha llegado a termino y que le empiezan los dolores de
parto-, me pidió olvidándose del helado.
Estuve a punto de protestar por la escena que había elegido,
por mi sexo y por mi edad desconocía totalmente el tema, por lo que la
dificultad era doble. Me imagine a Isabel embarazada. Nada mas inducirle esa
idea, una sonrisa apareció en su cara mientras se palpaba la barriga. Satisfecho
estimulé la imagen de las contracciones en su sueño, y al hacerlo su rictus se
contrajo y unas lágrimas emergieron de sus ojos. Con el cuerpo arqueado, imitaba
las convulsiones de una parturienta, sufriendo y esperando el premio a sus
dolores. Me sorprendió su resistencia al dolor. La mujer soportó con gran
entereza toda la prueba, paulatinamente sus padecimientos se fueron convirtiendo
en alegría de la inminente llegada de su vástago, y cuando en su mente vio como
el bebé coronaba su vulva, y como el médico se lo colocaba en su regazo, se le
iluminó su cara de felicidad.
-Haz hecho trampa-, me espetó mi padre molesto,-le
has facilitado el trance, terminando el parto, no has conseguido llevarla a la
desesperación-.
-No es cierto, no me aclaraste ese punto, y ni siquiera
fui yo quien se lo indujo, fue ella quien siguió la secuencia lógica del mismo-.
Tuvo que reconocer que quien realmente se había equivocado
había sido él, que fue su error el no prever el instinto femenino. Pero como no
podía dar su brazo a torcer, me exigió que entonces intentara conseguirlo vía
sus emociones. Al preguntarle exactamente que quería, me contestó que hiciera
que Isabel soñara que la abandonaba.
No supe ver la red que me había tejido, cayendo en ella sin
darme cuenta. Me creía muy maduro, muy hombre, y mi padre me tendió una
emboscada para bajarme los humos. Pareciéndome chupado, me inventé una discusión
sin motivo real, una chorrada sin importancia pero que teóricamente me había
sentado fatal. Y por mucho que ella se intentó disculpar, tuvo como resultado
que la echara de mi lado. No anticipé su reacción, el sueño se convirtió en
pesadilla, sintiendo yo en mi mente el horror de la muchacha. Fue entonces
cuando percibí el alcance de su dependencia. Lo que para mi significaba un
capricho, una mera diversión, Isabel lo concebía como la experiencia mas
importante de su vida, y su atracción por mí, para ella era la base de su
existencia. Descubrí su completa sumisión, la mujer necesitaba de mi apoyo para
seguir viviendo, y solo la posibilidad de perderme, la estaba llevando en el
sueño al suicidio.
Asustado por el ritmo de los acontecimientos le pedí ayuda,
pero no me aportó consejo alguno, lo único que me dijo era que era mi problema,
que tenía que despertarla para que se diera cuenta que había sido un sueño, pero
que tenía que esperar a que el se fuera para hacerlo.
Fueron unos minutos angustiosos, mi viejo no tenía prisa en
marcharse, con toda la parsimonia del mundo, recogió su chaqueta, se la puso,
paso al baño, disfrutando de mi ansiedad, antes de cerrar la puerta.
Habiéndose ido, me desnudé para que no se diera cuenta que ya
estaba despierto y tumbándome en la cama, me hice el dormido mientras le daba la
orden de despertarse. Horrorizada abrió los ojos, y solo cuando me vio a su lado
comprendió que había sido un sueño. Pero su inquietud no había desaparecido,
todo lo contrario, la realidad le golpeó al percatarse que se había enamorado de
un chaval que no era mas que un niño, que era algo que no tenia futuro, que era
hasta inmoral. Pero a la vez que me necesitaba, y sin darse cuenta me abrazó
medio dormida. El solo contacto de mi piel, la excitó, y bajando por mi cuerpo
se apoderó de mi sexo aun dormido.
Sentí como sus labios se abrían y como su boca se apoderaba
de mi glande, disfrutando de cada una de los pliegues de mi pene. La humedad me
envolvía, paulatinamente mi corazón fue bombeando sangre a mi entrepierna,
produciéndome una erección.
Aun disimulando, escuché como se decía a si misma:-Que
hermoso-, al introducírselo por completo en su garganta. Poco a poco fue
sacando y metiendo mi extensión de su interior, mientras su lengua recogía
ansiosa mi líquido preseminal. Al saborearlo supo que estaba despierto, y sin
decirme nada, puso su sexo en mi boca.
Separé sus labios, concentrándome en su clítoris. Me recibió
duro y excitado antes incluso que mordisqueándolo lo tocara. El sabor de su sexo
recorrió mis papilas, y disgustado me arrepentí de no haberlo probado hasta ese
momento. Era dulzón y picante a la vez, el de una mujer hambrienta que deseaba
ser licuada. Explorando con mi lengua, la introduje como si fuera un micropene
en su interior, e Isabel al sentir como era follada, se contrajo entre
convulsiones, derramando su flujo en mis mejillas.
Debió de pensar que no era suficiente, que necesitaba ser
poseída, por que cambiando de posición, se fue empalando mientras me decía con
lagrimas en los ojos que era suya, y me pedía que aunque no la quisiera nunca la
abandonara, que haría lo que quisiera pero que necesitaba tenerme cerca,
mientras ponía sus oscuros pezones al alcance de mi boca.
Estaba confuso, era demasiada la responsabilidad de ser el
dueño de su voluntad, pero el ver sus aureolas tan cerca pidiendo ser
acariciadas, me convenció de lo que tenía que hacer. En ese momento debía
hacerle el amor, luego ya tendría tiempo suficiente de pensar en como abordarlo.
Con las dos manos me agarré sus pechos, grandes y perfectos, sujeción que
necesitaba para profundizar mi penetración, mientras le susurraba al oído que se
corriera, que me gustaba sentirla mía y que nunca la dejaría.
Al oírme, gritó desesperada sintiendo como se derramaba en
intensas oleadas de placer encima mío. El olor a sexo inundó la habitación,
acelerando mi propio orgasmo. Y mi semen se mezcló con su flujo al ritmo de mis
embestidas y sus gemidos.
Exhausta pero feliz se desplomó sobre mi, al sentir como mi
simiente era expulsada contra su vagina, llenándola por completo. En esa
postura, con mi miembro en su interior, se quedó quieta mientras yo la
acariciaba consolándola.
Tras unos minutos así, levantando su cabeza me dijo:
-Gracias, lo necesitaba. No sabes que sueños mas raros he
tenido, primero estaba en la playa tomando el sol, y al pensar que tu me ponías
crema, tuve que masturbarme. Luego me vi dando a luz a tu hijo. Y al enterarte
me dejabas, no sabes como sufrí, sé que lo nuestro es imposible, pero me da
igual no ser tu mujer o tu amante quiero estar siempre a tu lado, cuidarte y
amarte aunque sea en silencio-.
Si sabía lo que había soñado, y sabía que había sido
manipulado por mi padre, que esa mañana había aprovechado sus enseñanzas para
obligarme a someter totalmente a la pobre mujer. Lo que no comprendía eran sus
motivos, que ganaba o que buscaba con ello, y preocupado supe que lo iba a
descubrir y a sufrir tarde o temprano. Isabel esperaba una respuesta y debía
dársela, pero debía de ser prudente me dije, recordando los pensamientos
suicidas de la muchacha en el sueño:
-No solo debes de cuidarme, debes de enseñarme. Y que
mejor maestra que tú para hacerlo-.
-Lo haré te lo prometo, pero ahora debes desayunar,
me dijo satisfecha por como le había contestado.
Tenía la firme convicción de ser un juguete en la manos de mi
viejo, y sabía que hasta que no controlara mi poder, no sería capaz de controlar
mi destino. Por eso, después de tomarme un café, salí de la casa dispuesto a
practicar no solo lo que me habían enseñado sino también lo que en lógica debía
de poder hacer. Por eso lo primero que hice fue buscar en moto, donde tenían los
pastores de la finca los rebaños de ovejas.
Me costó bastante encontrarlas, pero al final las hallé en la
vereda que lleva al rio, en un claro entre los matorrales. Era un rebaño de unas
ciento cincuenta ovejas. Si quería poder llegar a controlar, las voluntades de
un grupo de personas debía intentar el hacerlo con un número superior de
animales, de forma que su resistencia se viera compensada con la mayor cantidad
de ejemplares.
Mi primera sorpresa fue que controlar a una oveja era
francamente mas difícil que controlar a un caballo. El ganado ovino al no ser
realmente un animal domesticado, recibe menos ordenes de los humanos, y por otra
parte la escasísima capacidad mental de estos, dificulta su dominio.
Tras unos primeros intentos infructuosos de controlar al
conjunto en su totalidad, me vi obligado a experimentar con menor cantidad de
especímenes. Empezando por tres, luego por seis, para a los diez minutos ya
dirigir la docena.
Era demasiado lento y cansado. Debía de haber otro sistema,
otro método de hacerlo, y cabreado recordé lo tontas que eran, el año pasado,
durante una tormenta se perdieron trescientas cabezas al despeñarse. Según los
pastores, al tirarse la primera por el acantilado, las otras doscientos noventa
y nueve fueron siguiendo a la que había abierto el camino, cayendo todas y
despeñándose. Por lo que decidí usar un sistema parecido, cogí a las seis mas
sencillas de controlar y las coloqué en la cabeza y laterales del grupo.
Entonces las obligué a torcer a la izquierda llevando las seis la misma
dirección, obteniendo como resultado que todo el rebaño, no solo las siguiera
sino que también giraran a la izquierda. Paulatinamente, me hice con el control
de los animales, convirtiéndome en el mejor perro ovejero. El éxito conseguido,
me dio la suficiente confianza para tratar de dividir a las ovejas en dos, pero
esta vez el resultado no fue el esperado, ya que mientras que uno de los
conjuntos solo llevaba treinta oveja, el otro se nutría del noventa por cierto
del grupo original.
"A ver, Fernando, piensa", me decía a mi mismo, "que
es lo que debes de sacar de conclusión". Y ordenando mis ideas recapacité
sobre dos máximas sobre la masa, que después me serviría cuando me enfrentara
con seres racionales.
Lo primero era que si escoges a sus líderes, puedes manejar a
tu antojo al total siempre que estos actúen coordinadamente. Pero Si hay dos
jefes, que trabajan descoordinadamente, el resultado no es previsible, ya que
depende de los caminos que elijan, tendrán mas o menos partidarios. A la masa no
se les puede dar elección, porque siempre elegirán el camino mas fácil, pero si
consigues dirigirlo sin que se den cuenta que lo haces te obedecerán sin
rechistar.
En el camino de vuelta a casa, me topé con Carmen, la hija de
uno de los peones, hacía tiempo que no la veía debido a que sus padres la habían
mandado a estudiar a la cuidad. Me quedé impresionado por como había cambiado,
se había convertido en una preciosa joven de dieciocho años, lejos quedaba mi
compañera de juegos de mi infancia.
Cuando éramos enanos, al ser cuatro años mayor que yo, me
tenía de mascota. Siempre era ella, la jefa y yo su fiel escudero. Y ahora al
verla, recordaba el cariño con el que jugaba conmigo. Pero su pecho,
anteriormente plano, había cambiado, detrás del top rojo que llevaba, se podía
adivinar la rotundidad de sus senos.
Al ponerme a su lado, apagué la moto, para hablar con ella:
-Fer, ¡Que sorpresa!-, me dijo en cuanto me
reconoció,- ¡como has crecido!-.
"¿Crecido?", me extraño que me viese cambiado, cuando era
yo el que sin poder dejar de mirar su escote, la veía de forma diferente, estaba
mas madura, pero sobretodo mas buena. Y sin cortarme le respondí.
-La que ha crecido, eres tú-, y mirándola
picaramente,-sobretodo tus delanteras-.
Soltó una carcajada al escucharme, y dándome con un beso en
la mejilla, me dijo que seguía siendo el golfillo que era de pequeño y que
estaba encantada de verme.
-Por cierto, ¿es verdad el chisme que me ha llegado?-.
-¿Cuál?-, le pregunté temiendo que se hubiese corrido por
el pueblo, que me andaba tirando a Isabel.
-Cual va a ser, que tu padre te ha echado de casa, y que te
ha mandado a la de invitados-.
"Coño con las malas lenguas", estuve a punto de sacarla
de su error, pero de pronto me di cuenta que me venía estupendamente esta
versión. Y mintiendo descaradamente le respondí:
-Si, no le gusta que haya dos gallos en el mismo gallinero-.
Implícitamente, le acababa de decir que ya no era virgen, y
que la bronca con mi viejo era motivada por un lío de faldas. Carmen me empezó a
mirar de un modo distinto desde ese momento, el renacuajo con el que jugaba ya
era un hombrecito, debió de pensar.
-¿Dónde vas?-, me preguntó.
-De vuelta al cortijo, si quieres te llevo-, le contesté.
La muchacha aceptó encantada, por que se ahorraba mas de medía hora de caminata.
Como iba a ir de paquete, le pedí que se agarrara con fuerza,
ya que debido a los baches del camino, se podía caer sino lo hacía. Lo que no me
esperaba fue que al abrazarme, apoyara su cabeza en mi hombros de manera que
pude sentir tanto su aliento en mi cara, como sus pechos contra mi espalda.
El camino fue una tortura, no podía dejar de pensar en lo que
se sentiría chupando y mordiendo esa preciosidad, de forma que al dejarla a la
entrada de su casa, mi pene sufría de una tremenda erección. Ella debió dar
cuenta , pero lejos de molestarse se debió de sentir halagada, porque me
preguntó que cuando la invitaba a salir por ahí. Y sin pensarlo le respondí que
por qué no venía a merendar esa misma tarde.
-De acuerdo, te veo allí, ¿pero a que hora?-.
-A las seis-, le dije encantado por la rapidez que me
había contestado.
Sin decirme nada mas, salió corriendo hacía la zona de
servicio, donde vivían sus padres. "Carmen no solo tiene un buen par de
peras, sino también un estupendo culo", pensé mientras se alejaba.
Cuando llegué al chalet, Isabel estaba cocinando. La hija del
peón me había puesto bruto, por lo que al verla de espaldas, sin mediar palabra,
hizo que le cogiera de los pechos, mientras le bajaba con una manos sus bragas.
Sorprendida, trató de protestar, pero no le hice caso, y
separándole un poco las piernas, la penetré en esa posición. Nunca había
intentado esa postura, pero después de intento infructuoso, se apoyó en la mesa
del comedor facilitando mis maniobras. Su coño que estaba seco, me apretaba mi
miembro de una forma nueva, pero tras unos pocos momentos de dolor, mi criada
empezó a disfrutar de mi ataque y preguntándome por la razón de mi calentura, le
respondí que ella era la culpable por tener ese enorme culo.
-¿No te gusta?-, me dijo coquetamente.
-¿Tú que crees?-, le respondí acelerando mis acometidas.
Sus caderas estaban quietas mientras le despojaba de la
camisa para tocarle mejor las tetas. Ella al sentir como mis dedos se apoderaban
de sus pezones suspiró excitada. Pero fue cuando le exigí con un azote que se
moviera, cuando todo su cuerpo se rebeló en busca de su placer, moviéndose
desenfrenadamente. Mis penetraciones eran tan brutales que la cabeza de mi
glande se topaban contra la pared de su vagina, mientras mis testículos chocaban
contra sus nalgas como si de un frontón se tratara. El inició de su placer
coincidió con mi explosión. Mi cuerpo se estremeció al correrse, me vacié por
completo dentro de ella, y ella todavía no se había llegado a calentar.
Cortado, traté de disculparme, pero tapándome la boca con su
mano me dijo:
-Lo necesitabas, ya me vengaré esta noche-.
Me alegró que no se había enfadado, y por eso le prometí que
en unas horas iba a ser ella la que me pidiera que parara. Fue entonces cuando
me dijo que teníamos visita, que le habían llamado mis viejos para decirle que
hoy comían conmigo. Al oírlo, se me ocurrió una maldad, y cogiendo sus bragas
del suelo, me las guardé en el bolsillo.
-¿Y eso?-, me preguntó ya sabiendo la respuesta.
-Quiero que mi hembra reciba a los señores sin que nada le
tape su hermoso sexo, no vaya a ser que necesite hacer uso de él-, le
respondí saliendo de la habitación.
Y en mi cuarto decidí darme una ducha para quitarme el polvo
del camino, tenía que dar a mi madre una buena impresión, no fuera a ser que al
verme desaliñado, quisiera que volviera a la casa grande, pero tampoco debía de
aparentar estar encantado con mi nuevo status, ya que podía despertar sus
suspicacias. Por eso, al elegir la ropa con la que me iba a vestir, me incliné
por unos pantalones de pinzas con un polo de Lacoste, con la esperanza que al
verme vestido como ella siempre me pide, no tuviera ninguna excusa para
desconfiar.
Al mirarme al espejo, no me gustó lo que se reflejaba en él,
el pijo de mierda que tanto le gustaba a mi vieja, y que tanto me jodía a mí.
Como dijo el Duque de Anjou, "Paris, bien vale una misa", sentencié bajando las
escaleras.
Isabel al verme tan peinado, se partió de risa, diciendo:
-¡Que niño mas mono!, tengo en casa-
-Ríete ahora que no puedo castigarte como te mereces,
¡cabrona!-, le respondí siguiéndole la broma, -pero en cuanto se vayan,
este niño te va a azotar hasta que me pidas perdón-.
-¿Me lo prometes?-, me replicó tocándome el trasero.
Si mis padres, no hubiesen aparcado el coche en ese momento,
le hubiera respondido como se merecía. Pero no tenía tiempo, por lo que solo
pude decirle que mantuviera caliente tanto la comida como su coño, que lo quería
de postre.
-Lo haré-, me dijo, al tiempo que le abría la puerta a mi
madre.
Por la cara de pocos amigos con la que venía mi madre, supe
que todavía no se hacía a la idea de que su hijo se hubiese emancipado. Nada mas
entrar me dijo que me veía muy delgado, y dirigiéndose a mi padre, le soltó que
era lógico que no comiera, si estaba acostumbrado a sus guisos, no me debían de
gustar los de una criada, y menos los de una pueblerina.
Isabel sufrió la crítica de mi madre, sin inmutarse. Nada en
ella reflejaba que le hubiese hecho daño, pero yo sabía que tras ese disfraz le
había afectado. Fue mi padre, el que tratando de calmar los ánimos le dijo,
nadie podía cocinar mejor para mí, que su propia madre, pero que le diera una
oportunidad a demostrar que tal lo hacía antes de quejarse.
Dándose cuenta que se había pasado tres pueblos, mi vieja
cambio de tema, preguntándome si no la echaba de menos. Era terreno peligroso,
por eso medité antes de contestarle, no quería ni ofenderla ni pasarme.
-Mama, claro que te echo en falta, necesito tus cariños-,
lo que no le dije que ahora era objeto de unos menos maternales, por parte de la
criada, y dándola por su lado le seguí dorando la píldora,-es mas te prometo
que a partir de mañana, comeré todos los días contigo.
-Ves Manuel, como mi niño me añora, si cuando una madre
siente algo, es porque ocurre. Y tu que no querías que le obligara a hacerlo-,
dijo dirigiéndole una fría mirada.
Mi padre se abstuvo de contestar, ya que sabía perfectamente
que lo había dicho para quitármela de encima. En ese momento, Isabel nos informó
que la mesa estaba lista.
-Doña María espero que le guste lo que he preparado, es
muy sencillo pero he puesto todo mi interés en hacerlo-, le dijo
humildemente la criada mientras que sin lo vieran ellos, me guiñaba un ojo.
-Veremos-, contestó de forma altanera mi madre.- A
ver, ¿qué hay?.
Como si fuera un maitre de un restaurante con tres estrellas
michelín, fue desgranando el menú, ante los ojos sorprendidos de mis
progenitores:
-Como sé que es usted extremeña como yo, me he atrevido
con unos platos de nuestra tierra. Primero una selección de "tostar del casar y
de la serena" para picar, como sopa le he cocinado una especialidad de mi
familia a base de perdices, y para plato principal "caracoles con cochinillo en
cazuela"-.
Mi madre, no se podía creer lo que la muchacha le decía, pero
fue cuando dijo el plato principal cuando no se pudo aguantar y le soltó a
bocajarro:
-¿Cómo sabes que son mis platos preferidos?.
-Señora, se lo pregunté a mi abuela.
-¿Tu abuela?-, preguntó bastante extrañada.
-Si, Fidela Martín-, le contestó orgullosa.
Fue cuando nos enteramos los tres, mis padres y yo, que su
abuela había sido la nana de mi madre. Mi querida progenitora se descolocó al
escucharlo, ya que Fidela era una de las personas mas queridas de su infancia. Y
al saber, por boca de la criada que tan mal había tratado, que la mandaba
saludos, la terminó de conquistar.
Durante toda la comida, no dejó de preguntarla por su abuela,
por su madre, pero tampoco de alabar la forma que cocinaba, y lo limpio que
tenía todo. Y el colmo fue al terminar que dirigiéndose a mi padre, le soltó:
-Ves, Manuel, como tenía yo razón, al insistirte que Isabel
se ocupara de Fernando. Como las muchachas de mi pueblo, no hay nadie. Tendrás
que reconocer que tengo buen ojo a ficharlas, o ¿no?-.
Mi padre, prudentemente se abstuvo nuevamente de contestar,
solo le respondió con una sonrisa, y metiendola prisa, se la llevó de la casa.
Pero antes de salir, mi madre volteándose hacia Isabel, le dijo:
-He cambiado de opinión, mañana comemos aquí-.
Nos quedamos callados hasta que cerraron la puerta, y
entonces y solo entonces nos echamos a reír. Habíamos pasado la prueba, y con
honores, y para celebrarlo le dije a la mujer:
-Me he quedado con hambre-
Extrañada me preguntó que quería, y pellizcándole un pecho le
respondí, volviéndome a sentar en la mesa:
-Conejo extremeño-.
No se hizo de rogar, y quitando los platos, se sentó en la
mesa, poniendo el postre a mi disposición. En cuanto lo vi supe que lo había
mantenido caliente siguiendo mis instrucciones. Su labios hinchados y su
clítoris erecto eran pruebas incontestable de que se había estado masturbando
durante la comida. Sabiendo de la diligencia con la que había seguido mis
órdenes, no le debió resultar sencillo hacerlo sin que ninguno de los tres nos
diéramos cuenta, al ser una cocina abierta al comedor, decidí premiarla con una
comida que rivalizara al menos con la que ella nos había obsequiado. Tomándomelo
con toda la parsimonia del mundo, separé sus pliegues, acercando mi lengua a su
botón excitado. Nada mas sentirla cerca, Isabel puso su piernas sobre mi
hombros, de manera que nada obstaculizaba mis maniobras, pero cuando empecé a
recorrer los pliegues de sus labios, tumbándose en la mesa, empezó a gemir, como
una loca.
Casi no había empezado, cuando observé que desde su interior
un río de flujo, preludiaba su orgasmo. Estaba a cien, si hubiera seguido un
minuto más se me hubiera corrido antes de tiempo, menos mal que se me ocurrió
enfriarla. No sé de donde me vino la inspiración, pero el hecho es que tomando
mi vaso vacío, cogí un hielo medio deshecho de su interior, y metiéndoselo
dentro de un golpe, me empezó a gritar desesperada. Mi lengua se unió al cubito
en la negrura de su cueva, y el contraste de temperatura hizo que volviera a
chillarme mientras se estremecía del gusto. Al ver el resultado obtenido, repetí
la operación un par de veces, la ponía al borde del climax con mi lengua,
volviéndola a enfriar con los cubitos, de forma que fue acumulando tensión en
cada maniobra.
-Por favor, déjame correrme-, me suplicó tirándome del
pelo de forma que me obligaba a mantener mi boca en su sexo.
-No, es mi postre y yo decido cuando está listo-, le
respondí introduciéndole el último hielo.
Isabel se desabrochó el uniforme por la parte de arriba, y
sin poderlo evitar, se puso a tocarse un pecho, mientras se masturbaba con la
otra mano. Su intensa calentura me dió tiempo de coger la mermelada de arándanos
y acercándome me preparé para extendérsela por su sexo. Ella al verme cuchillo
en mano, se asustó, pero en cuanto notó sobre su clítoris la frialdad de la hoja
del cubierto, se corrió entre grandes espasmos.
Con cuidado fui embadurnándole todo su sexo, sin parar de
decirle que yo también sabía cocinar y que me estaba preparando un conejo a la
mermelada. Cada vez que extendía un poco de la jalea, sobre su sexo, ella me
respondía con un chorro de flujo desde su interior. El mantel ya mostraba un
enorme charco cuando habiendo terminado de endulzar su coño, me dispuse a
comérmelo.
Usando mi lengua como cuchara, fui retirando primero los
sobrantes de mermelada que al untar su coño, quedaban fuera de su triangulo
mágico. Para posteriormente atacar la de sus pliegues. Isabel, por aquel
entonces estaba mas caliente que nunca, sollozando se multiplicaba en orgasmos.
Aunque me pedía que me la follara, no le hice caso, y cruelmente seguí
disfrutando de mi dulce preparación, mientras su cuerpo se licuaba en mi boca.
Dejé para el final, lo mas sabroso, una montañita de nata
sobre su clítoris. Acerqué la punta de mi lengua, tanteando el terreno, y
encontrándolo de mi gusto, me apoderé de él, a base de pequeños mordiscos y
lengüetazos, que inmediatamente fueron contestados con estertores de placer por
parte del cuerpo de la muchacha.
Conociéndola temí que se volviera a desmayar y como quería
tirármela, le avisé que ni se le ocurriera hacerlo. Sonriéndome, me respondió
que no me preocupara, pero que la tomara de una vez que ya no aguantaba.
En cuanto la penetré, y sintió como mi pene la llenaba por
completo, me clavó sus uñas en mi trasero, rogándome que fuera brutal en mis
embestidas. Haciéndole caso, la agarré de los hombros y ferozmente la ataqué
lanza en ristre. Isabel gritó de gozo al experimentar las cuchilladas de mi
sexo. Su coño empezó a manar flujo en un desesperado intento de apagar el fuego
que la consumía, pero cuando mis dientes se posaron en su pezón derecho,
torturándolo sin compasión, rindió sus defensas, desmoronándose sobre la mesa.
-Para, déjame descansar-, me rogaba.
Y yo, haciendo caso omiso a sus peticiones, lejos de parar, y
espoleado por la lujuria, incrementé aún más la fuerza de mis caderas Afianzando
mi dominación le susurré al oído, que me pidiera que me corriera, y que de no
hacerlo iba a seguir castigándola con mi estoque indefinidamente.
-Córrete, por favor-, me rogó desesperada.
-Dilo otra vez, pero ahora usando mi título-, le
respondí, mientras le pellizcaba sus pechos aplicándole un correctivo.
-¡Amo!, me respondió con un rictus de dolor,-¡córrete
en tu puta!-
Satisfecho por su contestación, exploté dentro de ella, en
inmensas marejadas que al estrellarse contra su vagina, la forzaron a volver a
alcanzar su clímax, de forma que nuestros orgasmos se unieron en perfecta
sintonía, mientras nuestros cuerpos agotados se desplomaban sobre la mesa.
En cuanto hubo descansado, se dio cuenta que no había
recogido los platos del la comida, por lo que poniéndose a lavarlos en el
fregadero, alegre me contó lo orgullosa que estaría su abuela de los elogios de
mi madre.
-Siempre me había dicho, que Doña María era una buena
mujer-, refiriéndose a mi madre,-pero hasta que probó mi cocina y supo
que era la nieta de Fidela, me había parecido distante y soberbia-.
-No debe ser fácil, ser la esposa de mi padre-, le
respondí defendiéndola.
-Ya, y Tú te pareces mucho a él-.
-¿Tu crees?-, le pregunté intrigado por que nos
encontrara parecidos, ya que siempre había considerado que físicamente había
salido a la familia de mi madre.
-Sois clavados, la misma forma de andar, la misma sonrisa,
pero sobretodo la misma mirada-.
-¿Qué tiene de rara nuestra mirada?-, dije intentando
sonsacarle.
-No sé, pero cuando me miráis cualquiera de los dos, me
siento desnuda, indefensa. La primera vez que conocí a Don Manuel, me recordó a
un lobo-, y soltando una carcajada me dijo:-Imagínate, ¡se me erizaron
hasta los pelos del coño!-.
-¡Que vulgar eres!-, le recriminé en son de guasa.
-No, ¡Qué no te estoy tomando el pelo!-, dijo a la
defensiva,-todo el mundo lo comenta en el pueblo-.
-¿El qué?-, le respondí, empezándome a preocupar por el
rumbo que estaba tomando nuestra conversación.
Sin atreverse a mirarme a los ojos, se le notaba preocupada
por lo que iba a contarme, me dijo:
-Que sois brujos, que controláis a los animales y que nadie
puede llevaros la contraria-.
-Habladurías de la gente, ¡Brujos!, ¡Qué chorrada!-
Aunque exteriormente, solté una carcajada al responderle, en
mi fuero interno, me acojoné, recordando el destino de tantos de nuestros
ancestros y cómo la turba los había asesinado.
Totalmente fuera de lugar por lo que me había revelado
Isabel. Decidí que tenía que contárselo al viejo, y buscando una excusa
peregrina salí de la habitación con destino a mi cuarto.
Nada más cerrar la puerta, cogí el teléfono y le marqué, pero
desgraciadamente no debía de llevar el móvil encima, por lo que fui incapaz de
comunicarme con él. El tema era tan grave que cogiendo las llaves de mi moto,
salí corriendo a buscarle.
-Ahora vuelvo-, grité a la criada desde la puerta.
Estaba tan nervioso que ahogué la moto. Por lo que perdí unos
diez minutos en arrancarla, pero en cuanto oí el bufido del encendido, salí
disparado hacia la parcela que esa tarde iban a arar. Seguro que ahí está,
medité para mis adentros, nunca se olvida de controlar esta faena, según él es
la mas importante de todas las rutinas del campo, ya que es la que oxigena el
terreno. Afortunadamente no me equivoqué, y al bajar la pequeña colina que
circunda esas héctareas, lo vi hablando con los maquinistas.
Dejé la moto, al borde del camino y corriendo fui a su
encuentro. Mi padre me vio llegar acelerado, y pidiéndome que esperara, despachó
a los obreros con celeridad. "Algo debe ir mal", debió de pensar al
observar mi nerviosismo.
Y alejándose de los hombres me preguntó que pasaba. Las
palabras se amontonaban en mi garganta, y como un histérico empecé a gritarle
que teníamos que irnos, que nos iban a matar. Cortó de raíz mi perorata dándome
un tortazo.
-Tranquilízate, que no te entiendo-, me ordenó, y
agarrándome del brazo me llevó donde tenía la moto.- Ahora, con tranquilidad
explícame que te ha pasado, y ¡Desde el principio!.
Igualmente alterado, pero confortado por su presencia, repasé
con él las palabras de la criada, haciendo énfasis en la percepción que en el
pueblo tenían de nosotros dos y de los poderes que nos atribuían. Durante
todo mi relato, no dijo ni palabra, solo escuchaba y asentía. Su tranquilidad me
enervaba, no debía ser consciente del peligro que corríamos.
-Papá, tenemos que huir-, le dije al terminar.
-No hijo, huir nunca, tenemos que irnos pero planificando
nuestra marcha. Antes que me lo digas, ¡No es culpa tuya!-, me dijo
leyéndome el pensamiento,- el error es mío, llevamos demasiado tiempo aquí,
cuando murió tu abuela era el momento, pero fui yo el que debido al amor que
tenía a estas tierras, el que se sintió incapaz de marcharse-.
-¿Dónde iremos?, ¿tendremos que vender la finca?-, yo
también amaba estos lugares.
Me respondió indignado: -El averno lleva en nuestra
familia más de veinte generaciones, no se venderá. Nos iremos, pero seguirá
siendo nuestro. Quizás con suerte tu nieto pueda volver-.
"Mi nieto", largo me lo fiaba, no era una marcha
momentánea, me estaba informando que nunca debía retornar a los lugares de mi
niñez.
-Nos iremos a Madrid, en una ciudad grande nadie se conoce
y será más fácil pasar desapercibidos. Gracias por avisarme, de no ser por ti
nos hubiéramos enterado cuando ya fuera demasiado tarde, y hubiéramos tenido que
provocar una matanza para salir vivos-.
-¿Tanto pueden llegar a odiarnos los humanos?-, le
pregunté sin caer en que mi pregunta llevaba implícita la afirmación de que ni
él ni yo lo éramos.
-Sí, hijo, más de lo que puedes llegar a pensar. Cuando la
masa se subleva, solo una sangría puede salvar al objeto de sus iras. Recuerda
las revoluciones, a los zares, a Ceasescu, y los demás dictadores que se vieron
incapaces de llevarla a cabo, fíjate en como terminaron, solo a los que como
Hassan II, Pinochet o Hussein de Jordanía, no les tembló la mano en abrir la
caja de Pandora, sin importarles los litros de sangre que se derramaran, solo
esos se salvaron-.
Asustado por la visión de los hechos de mi padre, no pude
aguantarme las ganas de preguntarle que cuando nos íbamos.
-En una semana-, me contestó. Al observarle parecía que
había envejecido diez años durante nuestra conversación, la tensión de los
músculos de la cara le envejecían prematuramente.
-Ahora vete, que nadie sepa lo que me has contado, y menos
lo que yo te he dicho. Y cuando digo nadie, incluye a Isabel. Compórtate como si
nada hubiese ocurrido-, me dijo mientras caminaba lentamente hacia su
todoterreno.
Siete días, para que tuviera que dejar atrás mi vida, ciento
sesenta y ocho horas, para que todo eso desapareciera y no lo volviera a ver.
Meditando en eso, comprendí que también Isabel estaba en el mismo paquete, nos
íbamos sin lastre, no podíamos ni debíamos llevar con nosotros nada de nuestra
vida anterior. Temía que incluso nos tuviéramos que cambiar nuestros apellidos,
como ya habían hecho en el pasado nuestros ancestros, de forma que el rastro de
nuestra existencia despareciera con ellos.
Cabreado por lo que se avecinaba, me dirigí a la casa de
invitados. Al llegar y oir voces en la cocina, recordé que había quedado con
Carmen. Menudo plantón le había dado. "Debe de estar enfadada", pensé al
entrar en la cocina, pero me llevé la sorpresa que se encontraba tomándose una
cerveza con Isabel, charlando y riéndose sin reparar en mi llegada. Y no debía
de ser la primera, ya que sobre la mesa había al menos seis latas vacías.
-Ya era hora-, me dijo al verme aparecer,- te parecerá
bien el dejar plantada a una preciosidad como yo-.
-Lo siento-, traté de disculparme.
-Menos mal, que estaba Isabel para entretenerme-, y
guiñándome un ojo me susurró al oído,- y contarme lo mucho que te has
desarrollado-.
-No sé de que hablas-, le repliqué extrañado de que le
hubiese contado como pasamos las noches.
Carmen se rió al escucharme, y cogiendo un álbum de fotos de
la mesa de la cocina, lo abrió, mostrándome una foto.
Me acerqué a verla. Era una foto antigua, donde ella debía
tener cinco años y yo no debía de pasar de los doce o trece meses. Estábamos
desnudos en una piscina hinchable, abrazados mientras nos enjabonábamos.
-¿Ves a lo que me refiero?-, me soltó con una alegre
carcajada.
-Estabas monísimo-, dijo Isabel interviniendo por primera
vez.
Se estaban cachondeándose de mí y no podía hacer nada para
evitarlo. Debí de gruñir alguna respuesta, pero las dos mujeres no me hicieron
ni caso, y prosiguieron con su guasa, fijándose en el tamaño de mis atributos, y
preguntándome si no me había crecido, si seguía teniéndola del mismo tamaño. La
vulgaridad de sus comentarios, me hizo reaccionar, y bajándome los pantalones
les pedí que fueran ellas las que decidieran si seguía igual que entonces o nó.
Fue Isabel, la que sin cortarse, extendió la mano y sopesando
su tamaño, decidió que se me había desarrollado bastante, pero que no era para
tanto, y riéndose me pidió que me lo tapara no fuera a resfriarse antes de
tiempo. Carmen que en un principio se había quedado paralizada, al ver que la
muchacha me lo agarraba, cuando escuchó su chiste, se echó a reír como una
loca cayéndose de su silla.
Humillado, decidí dejarlas solas e irme a curar mis heridas
al baño. Escaldado por sus comentarios, pero en absoluto batido, me quedó
todavía la picardía de no cerrar la puerta, para poder oírlas.
Ellas creyendo que me había marchado, siguieron hablando.
-¿No se habrá enfadado?-, preguntó Carmen.
-Si, pero enseguida se le pasa, lo conozco y en un rato va a
volver como siempre-.
-¿Qué tal lo conoces?-
-Bien, ¿por qué lo dices?-, respondió Isabel.
Colorada, y sin medir las consecuencias, Carmen le contestó:
-Porque no creo que fuera la primera vez que la tenías en
la mano-.
-¡Ni en la boca!-, dijo la criada sin turbarse.
-¡No jodas!-, y queriendo saber mas, le preguntó, entre
bromas,- ¿Y en algún otro sitio?-.
-En todos-, le respondió dándose un azote en el trasero,
mientras le hacia una mueca de satisfacción.
Era el momento de volver a entrar en escena, y cerrando la
puerta haciendo ruido para que se dieran cuenta de mi presencia, me
acerqué donde estaban.
-Permíteme esa foto, no me acuerdo de cómo eran tus pechos-,
proseguí con el chascarrillo, pero esta vez, mirándole descaradamente las tetas
a Carmen.
Pero antes de darle tiempo a que contestara, Isabel intervino
proponiendo que viéramos el álbum completo pero en el salón, de manera que nos
pudiéramos sentar todos.
Nos sentamos los tres en el sofá que había enfrente de la
televisión, me tocó colocarme en el medio de las dos, quizás pensaron que de esa
forma me iban a tener dominado, pero me dije a mi mismo que pronto las iba a
sacar de su error.
Mi criada era la mas interesada en las fotos, ya que era la
primera vez que las veía, y siempre que pasando una página aparecía una mía o de
Carmen, se echaba a reír por nuestras pintas.
Mientras tanto, Carmen sacando una china de su bolso, se
empezó a liar un porro sin preguntarnos si nos importaba. Al encenderlo, se lo
pasó a Isabel, que le dió una fuerte calada, antes de pasármelo. De pronto me vi
fumando chocolate, con la osadía de la inexperiencia lo fumé tragándome el humo
y como resultado empecé a toser como poseso.
Las muchachas se echaron a reír al verme. Estaban empezando a
sentir los efectos de la droga, su carcajada se prolongó durante minutos, eran
incapaces de parar. Y no lo hicieron hasta que enojado les grité, que ya
bastaba, que me hacían sentir mal.
Isabel, en cuanto me oyó, se me acercó diciendo, mientras se
sentaba en mis rodillas:
-Pobrecito de mi niño, se molesta por nada, ¿que puede
hacer su amante para contentarle?.
Y sin mediar palabra, se abrió el escote, poniendo sus pechos
a la altura de mi cara. Era lo que necesitaba, apoyándome en el sofá dejé que
ella tomara la iniciativa. Con la boca abierta esperé que me diera a mamar sus
pezones. Sabiendo lo que deseaba, se cogió un pecho y jugando empezó a pasarlo
por mis mejillas, acercándose cada vez mas a mi labios, hasta que diciéndome que
sacara la lengua, hizo que la punta recorriera su aureola.
-¡Me gusta!-, gimió al sentir que me apoderaba de su
pecho, y empezaba a mamar de él mientras que con mi mano le acariciaba el
trasero.
-¿Puedo?-, preguntó Carmen, y sin esperar nuestra
respuesta, sentí como su mano comenzaba a acercarse a mi sexo, por encima del
pantalón. Haciéndole un gesto con la cabeza, le dimos nuestra aprobación, y ya
sin ningún recato, me bajó la cremallera y liberando mi miembro, empezó a
masturbarme.
Isabel, al notarlo, ya totalmente excitada, le empezó a
desabrochar el vestido. Por fin, iba a ver sus pechos. Cada botón que se abría,
era un suplicio para mí, la criada sabiéndolo, me estimulaba mi calentura,
diciéndome que mirara lo bonitos que eran. Cuando hubo caído el último, abriendo
de par en par su vestido, agarró los dos senos de Carmen, y alzándolos en sus
manos, me dijo:
-¡Comete uno!, ¡que el otro es para mí!-
Maravillado, observé como la mujer acercando su cara al pecho
de la muchacha, y abriendo su boca, le cogía un pezón y pellizcándolo con sus
dientes, lo torturaba. La escena era brutalmente excitante, pero fue el oír los
gemidos de deseo de Carmen, lo que realmente me indujo a seguir los consejos de
Isabel. Acababa de apoderarme de la aureola, que erecta esperaba mis caricias,
cuando la puerta se abrió de golpe.
Eran Manuel, el antiguo novio de Carmen, y José, un amigo.
Venían los dos armados, con sendas escopetas. Su cara irradiaba la ira
inconsciente del odió. Su respiración acelerada no era mas que un reflejo del
fuego que les consumía sus entrañas.
-¡Mira!, ¡Yo tenía razón!-, dijo Manuel a su colega,-Las
ha embrujado!-.
José afirmó con la cabeza, y apuntándome al pecho, gritó
mientras disparaba:
-Matémosle, antes que se pueda defender-.
El estrépito del disparo resonó en la habitación, durante un
segundo creí estar muerto, pero al abrir los ojos vi a Isabel tendida sobre la
alfombra con un gran boquete sobre su estómago.
-¡Malditos!-, les grité, mientras me agachaba a abrazar a
mi amante. Ella al notar que la cogía en mis brazos, abrió los ojos y sonriendo
me dijo: -No podía dejar que te mataran-.
-¿Pero que has hecho?-, le grité sin dejarla de abrazar.
-Cuidarte-, fueron sus últimas palabras. Poco a poco su
mirada fue perdiendo su brillo, y de esa forma, murió entre mis brazos, feliz
por haber cumplido su promesa.
Un grito de dolor salió de mi garganta, acababa de perder a
mi criada, a mi amante, a mi profesora, pero ante todo a mi amiga. Y sin
soltarla, miré a sus asesinos. Nada mas me importaba en la vida que vengarla, y
susurrando ordené a Manuel que matara a José.
Se trató de resistir, pero paulatinamente su escopeta fue
apuntando al que había disparado y sin mediar palabra le descerrajó un tiro en
el pecho.
-¿Pero que has hecho?-, gritó desplomándose en el suelo.
No tuve que manipular mas al que quedaba, atormentado por la
muerte de dos personas, y convencido de la imposibilidad de matarme, poniéndose
la punta de la escopeta en su boca, usó el último cartucho. Sus sesos se
desparramaron por la habitación, la detonación líquida tiñó las paredes con el
rojo de mi justicia. No sentí ni un atisbo de arrepentimiento, al observar sus
dos cadáveres. No había cometido un asesinato, se lo merecían y convencido que
ninguna justicia ni humana ni divina, podía condenarme por ajusticiar a los
culpables de la muerte de Isabel, me levanté a ver como estaba Carmen.
-¡No me toques!-, grito histérica, al sentir que trataba
de consolarla. En su fuero interno, debía de saber que había sido autodefensa,
pero en ese momento solo pudo decir una cosa al apartarme: -¡Brujo!-.
-No te vayas, hay que llamar a mi padre-, le ordené
mientras me dirigía al teléfono.
No tuve que hacerlo, porque en ese momento entraba corriendo
en la casa. Me lancé en sus brazos, buscando consuelo, que me arropara como el
niño que había sido hasta hace unos días. Sin dudarlo me acogió con un abrazo, y
acariciándome la cabeza me dijo:
-Sentí que estabas en peligro-, dos lágrimas surcaban sus
mejillas. Se había temido lo peor cuando escuchó los disparos. Su presencia era
un bálsamo para mí, y paulatinamente me fui calmando. Cuando notó que estaba
listo, llamó a Carmen, y poniéndole la mano en la cabeza, le ordenó que le
contara que había pasado.
Algo le debía de haber hecho, por que tranquilamente le fue
exponiendo como se había desarrollado la escena, y como yo había ordenado a
Manuel que matara a José, antes que este se suicidara.
Mi padre meditó unos instantes, antes de hablar. Y sin alzar
su tono, nos dijo:
-Vamos a llamar a la policía, debemos contarle que ha
pasado, que estos dos muchachos vinieron a castigarte por celos, y que al matar
a Isabel, empezaron a discutir entre ellos, y como resultado de su discusión
murieron los dos-.
-Pero, ¡Eso no es cierto!-, le contestó Carmen.
-Si cuentas la verdad, nadie te va a creer-, le
replicó mi viejo.
La muchacha abrió los ojos, al darse cuenta que tenía razón,
la tomarían por loca si les contaba que yo les había obligado a matarse, y se
reirían de ella si les decía que éramos brujos. Sin otra salida, tuvo que
reconocer que no le quedaba mas que ratificar nuestra versión, y echándose a
llorar en un rincón, esperó que llegara la Guardia Civil.
No tardaron en aparecer, la comandancia quedaba cerca de la
finca, y en cinco minutos pudimos oír las sirenas acercándose. El primero en
entrar fue el sargento Reyes, un experimentado agente que al ver la masacre, no
se pudo aguantar y saliendo del chalet, vomitó hasta hartarse.
Nuestra versión era tan sólida, que al probar que no teníamos
residuos de disparo, y que los únicos, en cuyas manos había pólvora, eran Manuel
y José, la dieron por válida. Aún así, perdimos mas de tres horas contestando
preguntas, la mayoría de ellas destinadas a comprender los motivos de los
asaltantes. Parecía como si echaran la culpa a la muchacha, por incitar los
celos de Manuel. Y previendo problemas, los agentes llamaron a los padres de
Carmen, para que estuvieran presentes en el interrogatorio. Aunque era mayor de
edad, eso era un pueblo, donde todos nos conocíamos.
Al llegar Braulio, su viejo, no habló. Solo su mirada
reflejaba el odio intenso que sentía por nosotros, se veía a leguas que estaba
infectado por las habladurías de la gente, y que nos consideraba los culpables
de lo ocurrido. Durante todo ese tiempo, no le dirigió ningún gesto de cariño a
su hija, y es más cuando el sargento le pidió que se la llevara a casa, lo hizo
refunfuñando.
Poco a poco, nos fuimos quedando solos. Los primeros en irse
fueron los de las ambulancias con los cadáveres, luego los del juzgado y al
final los guardias. Cuando ya no quedábamos mas que mi padre y yo, dándome un
abrazo me dijo:
-Lo siento, Hijo. Pensé que teníamos mas tiempo, pero me
equivoqué. Menos mal que te había enseñado lo mas básico, que si no, ahora
estaría llorando tu muerte-.
Y obligándome a acompañarle a casa, para que no me quedara
solo, me informó que al día siguiente, me iba a Madrid, y que él y mi madre me
acompañarían en unos días.
-Pero, no venís conmigo, debemos irnos todos, no es seguro el
quedarse-, le repliqué angustiado.
-No te preocupes, piensa que si tu has podido con dos, yo
puedo con todo el pueblo-, me dijo mi padre con una mirada dura.
No hablamos durante el camino, ni tampoco al llegar a la
casa. En la puerta nos esperaba mi madre, que llorando me abrazó diciéndome que
menos mal que no me había ocurrido nada, y dándose la vuelta, y dirigiéndose a
mi viejo, le empezó a recriminar que todo era culpa suya, que no debía haberle
hecho caso cuando le dijo que debía de vivir solo.
Escuchó su perorata sin inmutarse, y cuando consideró que era
bastante, dijo:
-Fernando debe dormir-, y ordenando me mandó a la
cama.
Otra vez en mi cuarto de chaval, pero sabiendo que era la
última ocasión en que dormiría en ella, me entró la congoja de la perdida. Esa
noche cambiaba mi existencia, pero seguía vivo y eso era lo importante, medité
antes de quedarme dormido.
No pude conciliar un sueño profundo, durante toda las horas
que pasaron hasta el amanecer, sufrí múltiples pesadillas. En ellas, Isabel
aparecía herida de muerte, entrando en mi cama, y sin poderlo evitar se
introducía mi pene en su sexo, mientras que me obligaba a meter mi mano en el
boquete del disparo. Repetitivamente, mi placer coincidía con su postrer
suspiro, y mi amante gozosa se despedía de mí diciéndome que me esperaba, pero
que desde el más allá seguiría cuidándome.
Mas cansado que cuando me acosté, me levanté al rayar el
alba. Y tras una rápida ducha, bajé a desayunar. Todo estaba listo, las maletas,
el coche y el chofer me esperaban, para que en cuanto me tomara el café ,
partiera hacía el exilio. Fue duro el despedirme de mis padres, no porque no los
fuera a ver más, sino porque significaba que jamás volvería a estar entre esas
cuatro paredes.
Deprimido, arrastrando los pies, sin quererme ir, me subí en
el coche. Pedro, el chofer, arrancó el automóvil dirigiéndose hacía la carretera
nacional. Durante todo el trayecto, no podía dejar de llorar la pérdida de mi
infancia. Los montes, los árboles, los campos con los que crecí pasaban a mi
lado para no volver.
Pero al llegar al cruce para tomar destino hacía la capital,
ordené que parara, en la orilla del camino, estaba Carmen con una maleta,
llorando también.
-¿Qué te ocurre?-, le pregunté viendo su tristeza.
-Me voy para no volver, mis padres y todo el pueblo me
culpan de la muerte de Manuel y de Pedro. Dicen que soy la amante de un brujo, y
que no me quieren aquí-.
Desolado, contemplé las consecuencias de mi poder, no solo
había sido la causa de la desaparición de Isabel, sino que además provocó la
desgracia de la muchacha.
-¿Y que vas hacer?, le pregunté preocupado.
-No lo sé-, me contestó sin mirarme.
No podía dejarla allí, sola desamparada, y sin medir las
ramificaciones de mi decisión le dije que nos acompañara, que no le podía
prometer nada, pero al menos se ahorraría el viaje y tendría un techo donde
cobijarse.
Dudó durante unos minutos, no se fiaba de mí, pero la
perspectiva de su negro futuro, sin medios de cómo vivir hizo que me aceptara mi
oferta, pero antes de subirse en el coche me dijo, con odio en sus ojos:
-Brujo, acepto con dos condiciones-, todavía sentía
rencor y supe que no me iba a gustar lo que me iba a pedir,-Jamás seré tu
amante, y si me obligas de cualquier modo a obedecerte, te mataré o sino puedo
me suicidaré y no deberás impedirlo. ¡Júralo!-.
Metiendo su maleta en el coche, le respondí: -¡Lo juro!-.