Noche de parejas
Transcripción fiel del relato sobre la experiencia Swinger
(intercambio de parejas) que el 26/10/06 hiciera Andrea Bonzo al Nuevo Marqués,
de los acontecimientos que tuvieron lugar en casa de los Martínez la noche del
15/06/06.
26/10/06. 2:00 a.m. (en algún lugar al este de Barquisimeto)
Llegamos a casa de los Martínez a las ocho de la noche. La
maniática puntualidad de Alberto hizo que nos presentáramos a la cita con una
hora de anticipación. Aunque intenté persuadirlo de dar una vuelta por el
vecindario hasta la hora acordada, insistió en hacer acto de presencia de forma
inmediata.
Para nuestra sorpresa todo estaba listo. Los Martínez, Carlos
y Helena, eran una hermosa pareja de profesionales recién casados que al igual
que nosotros, deseaban conocer a otras personas y hacer nuevas amistades. Vivían
en un vecindario muy alejado del nuestro, casi una hora en carro, en una casa no
muy grande pero acogedora y equipada con todas las comodidades y la tecnología
disponible.
El primero en recibirnos fue Carlos. Aunque diez años mayor
que su esposa, y algo más de doce mayor que nosotros, se mantenía en forma
logrando un look juvenil. Era alto y esbelto, sin resultar atlético; iba vestido
de manera casual y por sus ademanes relajados y nada forzados supe, que estaba
en presencia de un hombre sencillo y espontáneo. A los pocos minutos se nos unió
su mujer. Helena, como la mayoría de las esposas de hombres altos era bajita, un
metro sesenta a lo sumo. Pero la carencia en tamaño la compensaba con un cuerpo
macizo y bien formado. Una figura refinada y esculpida con horas de trabajo de
gimnasio se apreciaban por sobre sus ropas. Llevaba un sencillo vestido sin
mangas que dejaba al descubierto unos brazos fuertes y unos hombros torneados.
Nos recibió como su esposo, con alegría y atención. Se notaba
que ellos, al igual que nosotros, ansiaban el momento de conocernos en persona.
Por mi parte la impresión no podía ser mejor. Cuando Alberto me mostró las fotos
para estudiarlas me incliné por los Martínez inclusive antes de terminar de
verlas todas. Parecían una pareja normal que se niega a caer en la monotonía del
matrimonio, y se arriesga con ideas nuevas y poco convencionales. La impresión
que nosotros causamos en ellos—te digo Marqués—que sólo la puedo intuir, pero el
grato recibimiento y las miradas escrutadoras que Carlos le daba a mi culo, me
inspiraban buenos augurios.
Luego de una tímida presentación nuestros anfitriones nos
hicieron pasar al recibidor. Dividida por una media pared, la sala se comunicaba
con la cocina y parte del estudio. La distribución de la casa nos permitía ver a
Helena preparar algunos tragos y entremeses mientras Carlos nos acomodaba en un
amplio sofá que más tarde ocuparíamos los cuatro.
Debo admitir que los primeros careos fueron algo forzados.
Hicimos algunas preguntas de rigor como gustos y usos; queríamos encontrar
similitudes o diferencias en nuestras conductas. Hablamos de trabajo y cada
quien dio un pequeño resumen de lo que hacía a diario. Carlos era ingeniero
informático y tenía su propia empresa de administración de software, Alberto
relató parte de su rutina como contador – auditor de una empresa dedicada a
fabricar dulces y galletas; y por último, Helena y yo hablamos de la importancia
de las tareas domésticas, y de los vicios comunes de nuestros esposos como:
convertir la sala en un cesto de ropa sucia, comer en la cama, y pasar los
domingos viendo los juegos de fútbol de toda la semana religiosamente grabados.
Nuestros comentarios causaron muchas risas y rompieron con el hielo formado en
torno al grupo.
Desde nuestro encuentro inicial, hubo un aspecto que de forma
tácita quedó claro tanto para Helena como para mí: nuestras fortalezas se
hallaban en polos opuestos. Mientras a mi me habían premiado en la repartición
con un trasero grande y redondo, a Helena la diferenciaba del resto de las
mortales un par de senos naturales con los cuales presumir ante la misma Pamela
Anderson. El interés de Alberto en estos quedó claro desde un comienzo, y las
miradas esporádicas de ocho a nueve y media pasaron a descarados exámenes de
once de la noche en adelante. El creciente bulto en sus pantalones hablaba por
él. Por primera vez, desde que estábamos juntos, supe que esa erección no era
por mí ni para mí.
Helena, por su parte, había notado el interés que sus pechos
causaban, y pidiendo que la disculpáramos fue hasta su habitación y se mudó el
vestido por una franelilla. Cuando se nos unió todos pudimos reparar en el
cambio. La belleza de sus senos era notoria aun por sobre la delgada tela.
Inclusive a mí me hubiese gustado tocarlos. Eran grandes y redondos; blancos
como leche recién sacada y llenos de pecas chiquitas y marrones. Los pezones
eran pequeños y rosados, y por sobre la piel se transparentaban delgadas líneas
azules. Eran hermosos y ella lo sabía.
Todos la observamos con descaro y atención unos segundos, y
ella trató de restarle importancia al asunto con un ademán:
—Demasiado calor—, dijo.
A las doce, la noche apenas comenzaba y ya las dudas
primarias eran agua pasada. Los tragos nos habían liberado, y los cuentos,
chistes, y anécdotas subían de tono conforme transcurría el tiempo. Carlos, que
hasta el momento se había mantenido bastante pasivo, comenzó a tomarme más en
cuenta. Cada vez se acercaba más para hablarme, y en algunas ocasiones temí que
me fuese a besar. De cerca, pude apreciar sus facciones finas y esculpidas,
mezcladas con sus rasgos duros de hombre maduro. Yo me inclinaba lo suficiente
como para que pudiera observar mis senos mientras me hablaba, y jugaba con la
liga de mis pantaletas para soñara con lo que estas guardaban. Entre tanto,
Alberto y Helena coqueteaban abiertamente. Sin yo notarlo se habían sentado algo
separados de nosotros y por su lenguaje corporal se apreciaba con facilidad
cuanto se deseaban. De sólo imaginármelos juntos me invadió una ola de
excitación y celos. Sabía cuanto disfrutaría ella en manos de mi esposo, y lo
mucho que a Alberto le gustaría comerse esas pechugas.
Al igual que hiciera Helena minutos antes, pedí permiso a
Carlos para usar su baño, y con un gesto me indicó el camino a seguir. Era
sencillo, partiendo del recibidor y a la derecha de la cocina, había un corredor
estrecho que conducía a los cuartos principales y a un baño para las visitas. En
un principio, mi idea fue la de ir sólo al baño, retocarme el maquillaje, y
reunirme de nuevo con el resto del grupo en el recibidor. Pero en el camino
observé que la habitación de Carlos y Helena estaba abierta, y con la luz
encendida. Era obvio que ella, al cambiarse el vestido, la había dejado así. Era
amplia y muy ornamentada, tenía una cama inmensa en el medio, un televisor de
plasma a los pies del colchón y un closet ancho y con un sinnúmero de gavetas.
Al acercarme pude ver que todo estaba ordenado y en su sitio.
Los trajes y el resto de la ropa de Carlos ocupaban el lado derecho del closet,
y la ropa de Helena el izquierdo. Los vestidos y las faldas eran sus preferidos,
lo deduje por el número; en segundo lugar se hallaban las blusas, todas con
escotes pronunciados; y por último estaba la ropa interior. Ordenada por tamaño,
color, modelo y forma, todas eran atrevidas y provocadoras. La ropa interior
aburrida no tenía cabida en ese guardarropa. Y yo, que nunca había pensado en
mejor forma de provocación que la desnudez misma, sentí un deseo enorme e
inmediato de probarme una de esas prendas.
Escogí una dormilona transparente que exaltaba los glúteos y
el pubis. Negro con encajes, dejaba poco a la imaginación y mostraba mucha piel.
Justo lo que necesitaba. Me paré frente a uno de los espejos y me encantó la
imagen que éste me devolvía. Las piernas se veían fuertes y gruesas, las caderas
le hacían juego, y las nalgas se partían en dos, ocultando por completo la
delgada liga que las atravesaba. En cuestión de senos, aunque no tenía un par
como los de Helena, tampoco contaba con material para despreciar. Pequeños pero
paraditos, y de una belleza sin igual, los pechitos se hacían notar en la parte
superior con clase y delicadez. El conjunto en total iba a ser del agrado de
Carlos, lo sabía, el cuerpito de putica de películas pornográficas le gustaba a
todos los hombres, a diario se lo hacían saber, y esta no iba a ser la
excepción. Seguro que no.
Estaba lista para unirme al grupo. Me hice una cola para que
el cabello no interfiriera con los movimientos ni obstruyera la vista, dejando
al descubierto el rostro y el cuello. Pero aunque me sentía preparada para una
noche de acción y nuevas emociones, nada me habría prevenido para lo que estaba
a punto de ver. Antes de pasar a la sala, me detuve en la columna más cercana y
observé hacia donde había dejado al trío en cuestión. Para mi total asombro
Alberto besaba a Helena mientras que su esposo los observaba. Pero mi atención
se centró la parejita sólo unos segundos, Carlos, el esposo de Helena, se había
sacado el miembro y lo masajeaba con paciencia, desde la punta hasta la base.
Era inmenso, pero de verdad inmenso. Aunque todavía estaba un poco flácido se
podía notar que el tamaño superaba al de mi esposo. Aunque menos grueso que el
de Alberto, medía como mínimo veintiocho centímetro. Verlo y sentir como me
atravesaba esa herramienta fue lo mismo. De inmediato aprecié como se calentaba
mi entrepierna. Necesitaba unirme a ellos y disfrutar de la fiesta a plenitud.
Me integré al grupo al igual que lo hiciera Helena,
restándole importancia al atuendo. Pero el impacto de la imagen no podía pasar
por alto. Hasta Alberto, que había visto mi cuerpo durante años y en las
posiciones más atrevidas se tomó unos segundos. Helena, por su parte, me miró
con detenimiento. De inmediato supe lo que pensaba, ya me había sucedido con
anterioridad, la mezcla de excitación y celos se podía notar en su mirada. El
saber que otra mujer de igual belleza y sexualmente activa va a tomar a tu
esposo para sí, con tu consentimiento, crea duda y temor, pero a la vez excita
hasta lo indecible. Yo me paré un momento frente a ellos, y giré con lentitud
para pudieran verme en todo mi esplendor —en ese instante estuve segura de mi
cuerpo como nunca antes, me sentía bien como mujer, y mi femineidad se reflejaba
en el resto de los presentes—. Al minuto, en clara respuesta, Alberto le quitó
la franelilla a Helena y le extrajo los senos del sujetador. Eran hermosos.
Grandes y hermosos, no hay otras palabras con lo cual definirlos. Ella volteó
para yo pudiese ver la mercancía; se sonrió, giró hacia mi esposo y hundió la
mano en su bragueta en un gesto que, analizándolo hoy día, resultó una especie
de despedida; un ir cada una a sus asuntos. La seña no pasó desapercibida para
mí. En ese preciso instante comenzó a bajar el flujo que luego inundaría todo mi
sexo, los labios, el clítoris, y parte de mis piernas.
Carlos, que no quería esperar más su turno, y que se había
excitado mucho al ver mi cuerpo ligeramente cubierto por la dormilona,
pensó que ya era momento de ir degustando el manjar prometido. Fue así como me
tomó por las caderas con fuerza, atrayéndome hacia su miembro en perfecta
invitación. Esto me dejó atónita, y no supe como responder en un primer momento.
Me estaba tratando como a su esclava, o su puta. La pasividad que había mostrado
durante toda la noche contrastaba enormemente con esa actitud ruda y dominante.
En un primer instante sentí algo de miedo, pero de inmediato intuí que en el
fondo era lo que quería y esperaba, sexo duro y para nada contemplativo. Quería
que Carlos fuese mi dueño por esa noche, y que mi esposo viera como me
prostituía ante sus ojos, gozando como loca con ese pene enorme.
De cerca, a escasos centímetros del miembro, pude apreciar lo
grande y grueso que era. Con la exhibición se había puesto tieso como un palo,
con la punta roja e hinchada de sangre. Yo lo deseaba dentro de mí. Inclusive,
cuando lo tuve frente a mi rostro me impresionó saber cuanto lo deseaba. Que me
atravesara con dureza por donde se le antojase era lo único que se me venía a la
mente. Pero tampoco quería limitar la diversión a parte de la noche, debíamos
amanecer gozando. Alberto y Helena lo habían entendido. Se acariciaban con
calma, prestando atención a los detalles. Un beso primero, luego un abrazo sin
la parte superior de la ropa (sintiendo el contacto de la piel), las manos
recorriendo la espalda, los hombros, los brazos y el pecho. La lengua de Alberto
jugando con los pezones de Helena, mordiéndolos, chupándolos, disfrutándolos con
exceso.
Entre tanto, yo comencé a acariciar el miembro de Carlos, y
me acomodé de forma que ambos pudiéramos explorarnos mutuamente mientras
disfrutábamos del espectáculo que nuestras respectivas parejas nos brindaban.
El, por su parte, se quitó la camisa y relajó el cuerpo por completo. Yo lo
ayudé, y tomando la iniciativa le dejé sin pantalones, medias y zapatos en sólo
un segundo. Se arrellanó en el sofá como quien se dispone a descansar mientras
ve televisión. Se acercó lo más que pudo a mí, hundiéndome debajo de su brazo.
Poco a poco los cuatro nos acoplamos a nuestras nuevas
posiciones. Nosotros nos besamos, y Carlos hundió su lengua en mi boca, sin
prisas; al tiempo que masajeaba mis senos, mis caderas, y mis glúteos. A ratos
volteaba para donde estaba su esposa con Alberto y empujaba un poco más su mano
en mi trasero, hasta que el dedo índice rozaba mis labios y mi clítoris. Ese
roce me llenó de una dicha que hoy día no podría describir, ni que me viera
obligada a hacerlo. El flujo había inundado todo mi vientre, mis piernas, y mi
ano. El sólo sentir la mano masculina levantando la liga y abriéndose espacio
entre la tela, me provocaba espasmos de corriente que recorrían todo la zona.
Yo, que no había dejado de masturbarlo, observé la erección
que Carlos gustoso me obsequiaba. Un miembro grande e hinchado, listo para la
acción, pensé. Supe que el momento no se podía postergar por más tiempo. Primero
le di pequeños lengüetazos a la punta; luego, comencé a chupar cada vez más
profundo. El de mi esposo lo podía tragar completo, y llegado a la base era
capaz de sacar un poco la lengua y masajear el miembro completo con el pene
atragantado hasta el fondo. Esto era muy apreciado por Alberto, y se que a
Carlos también le abría encantado, pero el tamaño de su herramienta ni en mis
mayores sueños me lo hubiese permitido. A lo sumo llegaba a la mitad. Pero él si
se había apoderado de mi cuquita y hacía llegar sus dedos hasta el fondo. Lo que
había comenzado con un tímido tacto a los labios y el clítoris, se convirtió en
minutos en un autentico bombeo vaginal. Tenía la cuca caliente y húmeda. Hacía
rato que quería que me lo hiciera bien duro, y él también quería probarme, pero
habíamos llegado a un acuerdo tácito de goce profundo, y lo íbamos a cumplir a
cabalidad. Por eso lamí y chupé un buen rato concentrada en mi tarea, mientras
Carlos hacía su trabajo con los dedos. Sólo un pequeño gemido, casi
imperceptible, nos sacó de nuestra concentración. Hacía rato que nos habíamos
olvidado que nuestras parejas también tenían relaciones en el mismo sofá, y si
bien, habíamos visto como Alberto desvestía a Helena y le lamía el ano, las
piernas y el coño; y ella, sin miramientos ni penas, disfrutaba como loca, no
nos percatamos, de que el momento de la penetración había llegado. El pene de
Alberto era más pequeño que el de Carlos pero, como dije anteriormente, más
grueso. Helena al verlo pensó que si estaba acostumbrada a manejar el de su
marido, que era una tabla, fácil dominaría el de mi esposo que no tenía la misma
longitud. Pero se equivocaba, y por mucho.
En ese momento recordé las primeras salidas con Alberto, y lo
mucho que me había costado acostumbrarme al grosor de su pene. Aunque ya había
tenido relaciones sexuales antes de acostarme con él, nunca había sido penetrada
con uno tan grueso. Yo también había gemido esa primera noche, y la segunda y
tercera también; inclusive algunas lagrimitas tuve que dejar correr antes de
poder ver como mis labios arropaban el pene de Alberto, que gustoso entraba y
salía de mi cuca una y otra vez. Por eso creí necesario echarle una mano a
Helena, para que también pudiera disfrutar, en lugar de sentir dolor. Ella se
encontraba en la posición de perrito sobre el sofá, con los codos descansados
sobre el apoyabrazos y la cara hundida entre los senos.
Yo había fantaseado en muchas ocasiones con hacer un trío en
donde mi esposo me viera besando o acariciando a otra mujer, y sabía lo mucho
que a él le habría gustado eso. Pero en realidad nunca lo planee más allá de mis
sueños. Por lo menos hasta ese día. Porque desde el momento en que me separé de
Carlos, para auxiliar a su esposa, supe que inevitablemente ese era mi destino.
Me paré frente a ella y con delicadeza la tomé por la cara.
Aunque trató de ocultar sus sentimientos, de inmediato advertí que se hallaba al
borde de las lágrimas. Con tacto separé a mi esposo a un lado, y éste
entendiendo lo que me aventuraba a hacer, me dejó el campo libre para actuar. Se
arrimó hacia donde estaba Carlos, y ambos tomaron asiento en primera fila para
lo que ya estaban seguros pasaría.
No sé si Helena sabía lo que venía a continuación, pero si no
lo sabía o no lo esperaba, se comportó con naturaleza y aplomo. Es más, con el
primer beso que le di se estremeció por completo, y los vellos de todo el cuerpo
se le erizaron como si le hubiese inyectado corriente en las venas. Fue un
momento en que ambas experimentamos todo el placer del sexo sin ataduras ni
tabúes. Ella se arrodilló en el sofá para que yo me pudiera erguir por completo,
y nos dimos un beso largo y apasionado, mientras nos abrazamos con cariño casi
infantil.
El contacto suave de sus pechos contra mi piel fue exquisito.
Su cuerpo hermoso y delicado se compenetró con el mío como nunca lo había
sentido con ningún hombre. Luego, le besé los senos y ella jugó un rato con los
míos. La acaricié por los glúteos y dejé que también explorara mis nalgas y mi
sexo. Vi que se excitó mucho al ver que yo estaba mojada hasta las piernas.
Hundió un dedito en mi sexo como una niña curiosa. Cuando lo extrajo estaba todo
lleno de flujo, y eso le encantó, se podía ver en su expresión dulce y
juguetona. Yo también rocé un poco su sexo. Primero por encima, acariciando los
vellos y el clítoris con paciencia, sin apuros; luego introduje un dedo y
examiné la zona alrededor buscando emociones y puntos excitables; por último, la
tomé por el pecho, y separándola de mi cuerpo la invité a acostarse con la
espalda apoyada en el sofá y el sexo hacia arriba listo para ser penetrado.
Con un gesto llamé a Alberto, sin utilizar palabras. No
quería que el hilo se rompiera y Helena se pusiera rígida de nuevo. Le indiqué
que no la penetrara de inmediato. Quería que primero introdujera un dedo y la
masturbara un poco; luego, cuando el sexo estuviese más suave y relajado,
agregara otro, y después otro más; por último, cuando ya la zona estuviese
lista, la penetrara con calma, sin empujar. Esperando que ella misma midiera lo
que estaba dispuesta a recibir en cada envío.
Y así fue. Poco a poco el miembro de mi esposo se fue
haciendo espacio entre los pliegues de la cuquita dilatada y mojadita de Helena.
Ella se dejó hacer, y gozó dejándose. Con pasitos de bebé, la pinga de Alberto
abrió más y más el huequito hasta que el vaivén se hizo rítmico y acompasado.
Una y otra, las embestidas que al principio eran suaves y calculadas, pasaron a
ser rudas; donde la base del pene se unía con el vello púbico de Helena, y donde
los testículos chocaban con el ano en cada empuje de cadera.
—Como gozó Helena esa noche Marqués, como gozó— dijo Andrea.
Bueno, los dejé gozando. Y yo sin tener que imaginarme cual
era mi futuro inmediato, porque apenas volteé vi que Carlos me esperaba con el
palo tieso y listo para probar ese chochito, que a esa hora ya estaba hirviendo.
Primero le di un par de lamidas rápidas, para probarlo, luego lo restregué por
mi sexo y por mi ano, y por último, me detuve ante semejante arma, apoyé las
rodillas en el sofá y de espalda a Carlos fui dejando que el güevo entrara en mi
huequito de a poco.
—Disfruté cada centímetro del trayecto Marqués, te lo juro
que todavía lo recuerdo y me excita. Inclusive, creo que ya estoy mojada
(risas)…—, dijo Andrea.
Ese día me enorgullezco de haber soportado esa situación como
una campeona. De verdad que si. Ese palo me entró hasta los testículos, sin
asomar absolutamente nada fuera de mi cuca. Inclusive, viéndolo desde un espejo
que había en la sala, daba la impresión que debajo de mi sexo tenía un par de
bolas y nada más. Que buen recuerdo.
Fue una noche de emociones que, estando sólo con una pareja,
no se pueden llegar a sentir Marqués. Mis gemidos mezclados con los gritos de
Helena, y el golpe de los testículos de Alberto y el de mis senos, creaban una
atmosfera de calor y sudor provocado por el movimiento sexual que nos enviaba a
un paroxismo sin igual. Cambiamos de posición varias veces durante la siguiente
hora. Carlos me lo hizo como perrito, misionero, de lado, y hasta apoyada en el
respaldo del sofá; y Alberto hizo lo mismo con Helena. Pero cuando teníamos algo
más de una hora y media, y Carlos me tenía tomada por detrás, sin mayores
preámbulos me asió por las caderas con fuerzas despegándome de su cuerpo, como
si sintiese asco de mí, y jaloneándome por el brazo me condujo al pasillo que
llevaba a las habitaciones.
— ¿Qué pasa cariño, le dije? —, al tiempo que miraba a mi
esposo en busca de ayuda, pero nada de nada. Alberto, o estaba demasiado
concentrado para socorrerme, o había decidido que cada quien viera por sus
asuntos durante el encuentro. Lo cierto es que Carlos me llevaba al cuarto a la
fuerza y nunca nadie me había tratado así. Eso me daba un miedo increíble, y a
la vez me excitaba hasta un punto que me da pena confesarlo.
— ¿Querías güevo putica? —, me preguntó. ¿Eso era lo que
querías? ¿Que tu esposito te viera como te cogían como una zorrita? ¿Ah?
Debo admitir —con vergüenza, de verdad que si se me pone la
cara roja de pena con los que lean estas líneas—, que en ese momento, mientras
me hablaba como ni siquiera se le habla a una prostituta, el flujo me bajaba por
las piernas a chorros. Nunca había estado tan excitada en mi vida. Nunca. Todo
mi cuerpo temblaba, y apenas entramos en la habitación supe que lo que venía de
ahí en adelante, sería lo más intenso que había vivido hasta ese momento. Y tuve
razón.
Me descuidé no más de dos o tres segundos, y eso fue
suficiente para que Carlos me pegara contra una de las paredes de la habitación.
Me abrió las piernas al estilo policial y, presintiendo que el acto me estaba
excitando mucho, me la hundió toda por completo. Sin ninguna contemplación me
bombeó con fuerza una y otra vez, al tiempo que me halaba el cabello. Todo esto
sin dejar de susurrarme groserías al oído.
—Que rico ese chochito Andrea. Te gusta que te diga cositas
verdad, cositas sucias. Yo sé que si, a la putica de Helena también le gusta. Es
más, le encanta. Viste como gozaba, ¿Ah?, la viste. Ese cuento de que no podía
con el palo de tu esposo no me lo creí ni un segundo. Si se le veía la carita de
zorrita gozona esa que tiene (risas). Sabes, desde que entraste por esa puerta
supe que iba a gozarte toda, es más, de inmediato se me puso tieso el palo. Vi
que te gustó que te viera el culo, y también te excitó ver como Alberto le
miraba las pechugas a Helena. ¿Están de rechupete no? A mi también me gustan
mucho.
Todo esto me lo decía al tiempo que su verga entraba y salía
sin detenerse. Adelante y atrás, adelante y atrás; una y otra vez. Y yo, para
que negarlo, gozando como loca, y sintiéndome la perrita más perrita de la
cuadra (risas).
—Bueno Marqués, pero como la noche no es eterna, y ésta ya se
acercaba a su fin—. Carlos, cambiando su actitud por la del perfecto
caballero-amante, me invitó a que nos acostáramos en su cama matrimonial, que se
hallaba solo a dos pasos. Yo gustosa y obediente le acompañé hasta allá, donde
él se acostó boca arriba con el güevo como un asta, y yo me le monté encima con
mi senos apoyados sobre su pecho. Después de que mi sexo se tragó el miembro por
completo, comencé a cabalgarlo con paso rítmico, y restregando el clítoris
contra la base del pene, a modo de crear fricción. Así estaba, ya a punto de
alcanzar el clímax, cuando percibí una sombra que se me acercaba por la
retaguardia. Sin pararme a analizarlo, porque no había necesidad de hacerlo,
esperé lo que venía a continuación. La presencia de Helena frente a mí lo
confirmaba, iba a ser doblemente penetrada. Alberto se paró sobre el colchón y
Carlos detuvo el movimiento para facilitarle la operación. Con paciencia y
poniendo mucho cuidado en el asunto, fue deslizando el pene dentro de mi ano;
sin vaivenes ni movimientos bruscos. Yo, por mi parte, sentí como que un autobús
me pasaba por debajo. Carlos, que no había sacado ni movido su miembro, comenzó
a subirlo y bajarlo suavemente, y Alberto lo imitó. Nunca en mi vida sexual
había sido tomada por ambas partes. La membrana que escasamente divide el ano de
la vagina, deja que tanto de un lado como de otro se sienta el bombeo, y dispara
un sinnúmero de emociones que si las mujeres que leen estas páginas no lo han
probado, no existe forma de que yo se los pueda explicar.
Así estuvimos cerca de cinco minutos, sin cambiar de
posición, hasta que sentí que el ritmo se intensificaba y ambos penes se
sacudían con mayor rudeza contra mi cuerpo. Ya el culo me dolía, y el chochito
también, pero la necesidad de acabar la noche a lo grande me impulsaba a más,
dejando mis sentimientos de mujer floja a un lado. Cerré los ojos y me concentré
en el ritmo que ellos llevaban, y los imité lo mejor que pude. No habrían pasado
dos minutos, cuando Alberto sacó su miembro de mi ano y se dirigió hasta donde
Helena se había sentado a contemplarnos, y le baño todos los senos con su semen,
y ella, impresionada con el cumplido, gozó el momento como loca. Yo me vine solo
con el güevo de Carlos, que los pocos minutos se corrió. Él, como no quería
quedar detrás de Alberto, me llenó toda la cara con su leche, e inclusive, me
animó a que probara un poco con mi lengua. Y así lo hice.
Al final, nos acostamos un rato los cuatro. Estábamos
agotados pero felices. Felices de probar algo que muchas parejas quieren, y
hasta fantasean con ello, pero que muy pocas llegan a hacer realidad. Nosotros
lo hicimos, y nos gustó mucho. Después que tomamos aire, y comenzamos a comentar
lo que cada quien había hecho, me enteré que lo que me había pasado al final
había sido premeditado por mis compañeros de cama (risas). En el momento en que
me ausente para ir al baño, Carlos y Helena, junto a mi esposo, se pusieron de
acuerdo para obsequiarme esos minutos finales tan placenteros, con la condición
de que lo hiciéramos de nuevo, y que la siguiente vez dejara ganar a Helena
(muchas risas).
Esta es nuestra historia. Se la cuento al Marqués, para que
la trasmita a todas las parejas que no han hecho su sueño realidad, para que
vean lo que se siente, y lo sabroso que es. Dejen los miedos, y las dudas, y
gocen de la vida y hagan del matrimonio un lugar de libertad y amor pleno, en
lugar de una cárcel.
Les quiere, su amiga, Andrea Bonzo…
P.D.: De verdad que no creo que después de haber leído ese
relato no tengan la ropa interior bien mojada. Bueno, si les gustó el relato
escríbanme por esta misma vía. Si, por el contrario, les desagradó, también me
gustaría que me lo contaran (en realidad lo agradecería más aún). Y, por último,
si tienen alguna historia que quieran compartir conmigo, por favor envíenmela
por éste correo. Los aprecio mucho, y disfruten del sexo con pasión.
El nuevo Marqués…