El míster se acercó a la puerta y la abrió, dando paso a
Roger, aquel hombre de 38 años con su pelo largo y castaño claro recogido en una
cola de caballo. Llevaba un polo verde oscuro, pantalones de vestir color beige
y unos zapatos náuticos que, supuse, no le durarían mucho puestos.
—Me alegro de que hayas subido tan rápido —comentó Fernando,
caminando detrás de Roger mientras su pesado y descomunal cimbel, ahora
fláccido, pendulaba de un lado a otro entre sus velludos y anchos muslos.
—La verdad es que estaba impaciente por comenzar con esto
—sonrió Roger—. Buenas tardes —me saludó educadamente, y acto seguido se sacó el
polo verde, dejando al descubierto la blanquecina piel de su torso, con aquel
vientre algo abultado.
Roger era un hombre vulgar, corriente y moliente, el familiar
de cualquier persona, aquel treintañero con los años bien entrados que va cada
día a trabajar a su empresa con su sueldo medio y que los fines de semana se
baja al bar a jugarse una partida, a ver el fútbol y a tomar cervezas con los
amigos. De ahí, muy seguramente, aquella pequeña curva de la felicidad que le
aparecía a modo de disimulado michelín.
—Vienes lanzado, eh —observó el entrenador al pasar por su
lado.
—¿Para qué perder el tiempo, míster? —preguntó Roger,
estirando el brazo y atrapando con su mano el cipote fláccido de Fernando—. Los
dos lo estamos deseando.
—De eso no hay duda —sonrió Fernando frente a él.
Roger, con la mano libre, se había desabrochado el pantalón y
lo había dejado caer hasta sus tobillos, mostrando un considerable paquete
embutido en unos slips de algodón grises. Pude ver que el vello que se
distribuía en el cuerpo del catalán era muy escaso, como por ejemplo en sus
muslos, en el centro de su pecho o a la altura del ombligo. Había algo en él que
me atraía fuertemente, y era precisamente la imagen de que Roger podía ser
cualquier hijo de vecino que pasase perfectamente por heterosexual pero que en
realidad lo que más deseaba en el mundo eran pollas. Cuantas más, mejor.
El nabo del míster comenzaba a cabecear juguetón, llenándose
lentamente de sangre y de excitación. Ambos juntaron sus labios e hicieron sonar
sus ensalivadas bocas, una contra la otra. Roger sujetaba con las dos manos la
cabeza de Fernando y viceversa, con sus cuerpos bastante pegados, vientre contra
vientre. El entrenador empujó al catalán y éste cayó de espaldas en la cama.
Entonces Fernando agarró ávidamente y con una sola mano los slips de Roger y de
un tirón se los arrancó, dejándolos hechos un trapo y colgando aún entre los
muslos del Tarragona. Las marcas rojas del tirón se tatuaban en su piel, pero
eso no parecía importar a ninguno de los dos. Lo que importaba en ese momento
era aquel gusano de carne que comenzaba a crecer en la entrepierna de Roger.
Fernando lo acarició con la palma de la mano y el catalán le
miró con una sonrisa maliciosa en el rostro. Yo aguantaba la respiración ante la
fuerte carga de tensión sexual que se respiraba en el ambiente, y es que
aquellas dos bestias iban a acabar enzarzadas la una con la otra en una lucha
brutal de sexo. El cipote de Roger parecía alcanzar su máximo, convirtiéndose en
una jugosa barra de salchichón ni demasiado larga ni demasiado fina. El
entrenador le masturbó mientras éste separaba un poco las piernas y acto seguido
le pegó un último tirón al calzoncillo hecho trizas, que acabó por rasgarse para
dejar totalmente en pelotas al dueño. Éste, sentado en la cama, me mostraba
desde mi ángulo de visión la exquisita raja de un culo sin apenas vello, redondo
y pomposo, con la forma que el trasero de todo buen hombre que se levanta a las
siete de la mañana para ir a trabajar y ganar el pan de su familia, y que no
tiene tiempo para cultivar su cuerpo en un gimnasio. Ese tipo de culos me hacían
enloquecer más aún que los de los chavalitos que se machaban los glúteos en el
gimnasio.
Ansioso, el míster se arrodilló y se clavó aquel pene en todo
el paladar sin dejar de soltar un estruendoso suspiro de placer al saborear el
delicioso gusto que el tal Roger hacía destilar desde el brillante agujero de su
mástil. Fernando, a la vez que chupaba aquella polla y arrancaba jadeos al
catalán, estiraba su mano hacia arriba y amasaba sin piedad y alternativamente
las tetas de éste, que comenzó a elevar un poco sus piernas y con sus manos se
separó los cachetes, en donde el entrenador no dudó de meter su cara. Sacando la
lengua, lamió enérgicamente aquel ojete que le era entregado.
—Bien —habló Fernando—. Creo que es hora de comenzar a
entrenar este agujero —sonrió.
Se puso en pie, caminó hasta uno de los lados de la cama
mientras Roger y yo le seguíamos con la mirada, y se acuclilló, enseñándonos su
portentoso trasero velludo. Allí manipuló lo que parecía una pequeña maleta y,
sin más, sacó un vibrador de buen calibre en cada mano.
—¡Juguetes! —exclamó Roger contento.
—Y van a ir directos a tu intestino —informó el entrenador,
que alcanzó una toalla con el fin de ponerla bajo el trasero de Roger, que
continuaba tumbado boca arriba y con las piernas hacia el aire—. Vamos a hacer
excavaciones petrolíferas a mucha profundidad —bromeó.
—Estupendo. Es a lo que estoy acostumbrado —le provocó el
catalán.
—Eso me pareció ver en la selección —comentó el míster,
arrodillándose junto a él y mojándose dos dedos con saliva, que al momento
introdujo en aquel esfínter sin el mínimo miramiento. Acto seguido ensalivó
también la punta de un largo y no demasiado grueso vibrador y, sin más, comenzó
a empujar en aquel culo, que comenzó a tragarlo, primero lento y luego más
rápido.
La cara de Roger no mostró muchos cambios, aunque al final
abrió la boca y acabó soltando una especie de aullido mientras fruncía el ceño,
apretaba los párpados y el duro material del vibrador se colaba implacable en
sus entrañas.
—Me entra bien, ¿no crees? —musitó, agarrándose con más
fuerza los cachetes del culo para separárselos hasta más no poder. El rojo
esfínter se marcaba alrededor del negro trabuco de látex que le trepanaba.
—Te entra de puta madre, joder —se admiró Fernando.
—Tu polla también me entraría bien —continuó Roger
provocándole, estirando su mano y acariciando el venoso bate de carne del
entrenador. Lo masturbó con torpeza a causa de la monstruosidad de aquel sexo,
despellejándolo como buena mente podía.
—¿Quieres probarla?
—Sí.
No faltó decir más, pues el propio Roger tiró de aquel
consolador y se lo sacó enterito, dejando vía libre a la tuneladora del míster,
que sin muchas ceremonias apuntó con aquel cañón de punta roja y palpitante, y
comenzó a empujar con ganas. La verdad es que Fernando parecía tener ganas ya de
meter su buen cipotazo en un culo hecho a su medida. Y esa era el de Roger, que
dilataba sin ningún problema, al contrario que el de Ignacio, al que momentos
antes había estado apunto de desgarrar vivo.
—¡Cómo entra! —exclamó admirado el míster, al ver como aquel
agujero húmedo y caliente se tragaba hasta el último centímetro de su pepinazo.
Pero de repente, llegó a un tope y un calambre sacudió el cuerpo de Roger, que
soltó un grito de dolor incontenible. Se contorsionó como una anguila y presionó
con sus manos en el vientre de Fernando para que no apretara más.
—¡COÑO! —chilló Roger—. ¡Ahhhhhh! —empujó con más fuerza en
el abdomen del míster, que continuaba a intentar clavarla toda dentro. Apenas
faltaba un palmo de rabo para tenerlo todo dentro cobijado y no quería detenerse
ahora. Aquel casi cuarentón con aquel milagroso ojete le había puesto la miel en
los labios. Ahora no podía echarse atrás.
—Relájate, vamos, que te tiene que entrar toda entera —exigió
Fernando.
—¿Quieres partirme?, joder —resolló Roger.
—Otros si que querrán partirte en la competición y tendrás
que aguantarlo.
—Creo que no puedo más —levantó el cuello el catalán para
observar su culo empalado por aquel monstruo de carne—. Nunca pensé que mi culo
tuviera un tope, pero…
—Y no lo tiene —dijo el míster confiante—. Vamos, déjame que
te parta y no lo lamentarás. La primera vez dolerá, pero la segunda. Apuesto a
que ya has aguantado hasta dos pollas a la vez. Esto no es nada…
—Sí, pero… ¡Ahhhhh! —intentó ahogar Roger un grito de dolor.
Fernando se había recostado sobre él y su cipote había
penetrado un poco más. Empujó con fuerza las caderas del entrenador, pero tras
meditarlo un segundo las apartó y dejó que éste cayera con todo el peso sobre su
culo, haciendo que aquel tope en sus intestinos cediera, dando paso a una
sensación de invasión total en aquellos intestinos.
De un golpe aquel martillo pilón se le había clavado hasta
los huevos, que chocaron ruidosos contra las cachas redondas del culo de Roger.
El catalán tenía los ojos fueras de las órbitas sin creer que pudiera estar
empalada por aquel estoque perteneciente a un macho de los de verdad.
Fernando permanecía quieto, con todo el esplendor de su
miembro palpitando en las entrañas de aquel tipo que tenía uno de los más
maravillosos sumideros que jamás hubiera probado. El culo de Roger era un regalo
divino y bien valía la pena tenerlo ensartado de aquella manera.
El tipo tenía la respiración sofocada cuando el míster le
puso una mano en la nuca y le obligó a levantar la cabeza del colchón para así
poder soltarle un húmedo e intenso morreo. Después se separaron y se miraron.
Roger todavía con la boca abierta en una mueca de extenuación, pues aún no se
creía que tuviera aquel bicho dentro, y los ojos como platos, con marcadas venas
rojas.
Fernando olía ya a sudor tras aquellas tres sesiones de
entrenamiento y hasta mis fosas nasales percibían aquel perfume a macho desde
donde estaba sentado, con aquellos dos machos debatiéndose en el colchón.
—Dime que lo notas —habló el entrenador. Pero Roger era
incapaz de articular palabra alguna. Tan sólo consiguió asentir—. Lo notas,
¿verdad? —repitió. Roger volvió a asentir—. Pues imagínate cuando tengas a tu
alrededor 6 rabos como el mío entrando y saliendo de tu culo sin piedad.
Imagínate 6 rabos de tipos de 6 diferentes razas taladrándote el ojete sin
remordimiento, deseando desgarrarte enterito para dejarte fuera de juego —iba
diciéndole al oído Fernando, que comenzó a practicar un mete-saca casi
imperceptible que arrancaba suspiros y centímetros de carne al culo de Roger.
—¡Es increíble! —musitó éste, asombrado por la sensación de
algo tan intenso y tan vivo en su interior.
—Lo que será increíble es cuando vea a tu culo sucumbir a
esos cipotes provenientes de puntas lejanas del planeta. Cuando te la metan
rubios daneses con pollas largas y venosas —decía sin dejar de follarle—, negros
del Senegal con rabos propios de gigantes, cubanos caribeños con unos capullos
como tazas de café, japoneses fibrados deseosos de un agujero en el que echar
sus buenas cantidades de leche…
—Sí —decía Roger muerto de excitación, cayendo finalmente
ante Fernando y perdiendo toda aquella seguridad en sí mismo que al principio
parecía transpirar. El míster le había dominado.
—Te voy a dar por culo así despacio todo lo que me apetezca,
¿entendido? —ordenó éste.
—Claro.
—Así me gusta —dijo Fernando satisfecho.
Y en los siguientes quince minutos todo lo que conseguí ver
fue el cadencioso ritmo del peludo y voluminoso culo del míster moviéndose y
taladrando el maravilloso ojete de Roger, subyugado totalmente a aquella barra
de carne venosa. Tras este tiempo, el míster le sacó la polla, impúdicamente
manchada, Roger quedó totalmente extendido en la cama y entonces Fernando le
encasquetó de nuevo el consolador negro. Roger gimió. Yo no entendí muy bien lo
que quería hacer ahora Fernando.
—Ponte a cuatro patas —El catalán obedeció, comenzando a
sodomizarle con el vibrador—. Señor Márquez —se dirigió a mí—, es ahora cuando
preciso de su ayuda. Sostenga esto —se refirió al consolador
Dubitativo, me acerqué y obedecí. Entonces él desapareció en
el baño. Noté la vibración de aquel instrumento, insertado en el ojete de Roger,
que levantó la cabeza, me miró y sonrió.
—¿Te gusta lo que ves? —me preguntó.
—Sí —alcancé a contestar.
—Métemelo un poco más —me pidió, a lo que yo accedí,
empujando levemente y viendo como aquel agujero tragaba—. ¡Joder, qué rico!
—exclamó Roger, que echó una de sus manos hacia atrás y sujetó mi muñeca, lo que
me hizo percibir un cierto calambre.
—Así me gusta —dijo Fernando, regresando del baño.
Su polla continuaba enhiesta y brillante, pues la acababa de
lavar. Se vino directo para la cama, apuntando peligrosamente a mi cara con su
pepino. Pero me di cuenta de lo que pretendía cuando ya era demasiado tarde,
pues la puntita de su capullote entró directamente en mi boca. A los dos minutos
mi camisa había desaparecido y Roger me lamía mis voluminosas y duras tetazas
bien trabajadas en el gimnasio mientras el míster me había sacado la polla a
través de la bragueta y me masturbaba.
—¿Le gusta, señor Márquez? —me preguntó en un tono malicioso.
Yo asentí con la cabeza.
—Bien. Llegó el momento de desvelarle algo que hasta ahora no
sabía y es que usted también tendrá de entrenar duro para el campeonato. —Al no
entender lo que quería decir, paré en seco y no me dejé llevar por la
excitación, cosa bastante difícil. La cosa es que Fernando siguió hablando—.
Usted se encargará de eso que llamamos "guerra de desgaste". Tendrá que
engatusar a esos machos competidores y exprimirles todo lo que pueda antes del
campeonato. Puede considerársele juego sucio, pero… todos lo hacen. No espero
menos de usted. Se va a hartar a follar.
—Pero yo… no…
No pude continuar, pues Roger me metía la lengua en la boca y
Fernando me desabotonaba todo el pantalón, dejándome en pelotas. Sentí una
punzada de miedo en el estómago, y a su vez una de morbosa excitación ante lo
que acababa de oír. Follar hasta hartarme para desgastar a los contrincantes. No
podía creerlo, porque… No me dio mucho más tiempo a pensar en ello. Al menos esa
noche. Veinticinco minutos después mi ojete se dilataba de forma contundente
para dejar paso al ariete invasor de Fernando mientras intentaba sofocar mis
gritos y sacudidas de dolor con la cabeza hundida en la almohada. Nunca antes
algo tan robusto me había perforado. Creo que hubo un momento en el que hasta
perdí el conocimiento de placer y dolor entremezclados.