Mi compadre y yo
Aquella tarde no tenía idea de lo que sucedería más adelante
y ni siquiera lo había imaginado. Sentado frente a mi computadora miraba algunas
fotografías de paisajes con el afán de escoger alguna de ellas y usarlas en un
reportaje que debía entregar dos días después.
En eso estaba, pero la verdad es que no me había concentrado mucho que digamos y
mi mente divagaba sin prestar mayor atención a lo que veía. Sentado estaba y con
las piernas estiradísimas cuando sin motivo alguno tuve una erección de
campeonato que me extrañó un poco, sin embargo no le di mucha importancia.
Seguía en mi tarea sin enfocarme en nada y aunque la vacuidad de mi cerebro era
real, la dureza de mi miembro era tal que hasta me dolía. Instintivamente pasé
mi mano por el gran bulto y sentí ganas de restregarlo con furia mas me contuve.
Volví mi atención a las imágenes cuando sentí una mano en mi hombro. Volteé, era
mi compadre que me preguntaba si ya había terminado mi labor para retirarnos. Le
dije que estaba listo; apagué el ordenador y salimos hacia el aparcadero.
Mi compadre es fotógrafo y casi todas las tardes me conduce a casa en su
motocicleta. Él es bajo de estatura, un metro cincuenta centímetros a lo sumo,
pero está bien proporcionado. Nunca había reparado bien en su físico hasta ese
día cuando antes de partir el se retiró un poco de mi para contestar una llamada
en su móvil.
¿Qué me pasa?
El sol comenzaba a caer y el dorado reflejo le pegaba de frente; entonces empecé
a notar algunas facciones que antes –no sé por qué- no había notado. Me fijé que
su cara era como la de un muchachito. Cejas pobladas, largas pestañas y ojos
café un tanto rasgados. Su nariz pequeña y unos labios que sin ser voluptuosos
se me antojaron apetitosos; debajo lucía una barbilla partida y sin ningún bello
facial.
Creo que sintió mi mirada porque regresó a mirarme, me sonrío y me guiñó un ojo
para enseguida darse la vuelta y seguir con su conversación telefónica. Como
tenía el brazo flexionado sosteniendo el celular, observe un bíceps marcado que
contrastaba con el blanco de la manga de su camiseta.
Me quedé mirándolo y comencé a bajar la mirada. Recorrí su espalda hasta llegar
a sus nalgas y vaya sorpresa, mi compadre tenía un trasero pequeño, cuadrado y
respingado. Mi contemplación se torno en una nueva erección que no contuve ni
siquiera porque otra vez se volteó aunque no me miraba de frente.
Él se arrimó sobre el capó de un carro estacionado y cruzó las piernas mientras
seguía al teléfono, situación que yo aproveché para clavar mis ojos en su
entrepierna. Tampoco estaba mal y para su estatura puedo decir que mi compadre
tenía un pene de buen porte, al menos eso era lo que veía.
Volví en mi y me dije para mis adentros –¡epa! Qué te está pasando,
tranquilízate- fue suficiente para que mi dureza bajara justo cuando él cortó y
me dijo –vamos pues que se nos hace tarde-; y subimos a la moto con rumbo al
centro de la ciudad.
Morbo en la motocicleta
Nunca he tenido reparos al situarme detrás de él, pero esta vez me alejé lo que
más pude para evitar cualquier bochorno. Él tomó la ruta y paró en el primer
semáforo en rojo, lo que provocó que yo me moviera hacia delante y que mi verga
quedara pegada a su culo.
Quise moverme de vuelta, pero arrancó y quedé más apegado que antes porque ahora
mi torso estaba rozando su espalda. Ya en la marcha me moví hacia atrás y me
preguntó algo que por el viento no pude oír. Incliné mi cuerpo y ladeé la cabeza
para escucharlo – ¿qué le pasa cumpa porque va tan callado?- Le contesté que no
me sucedía nada y de pronto un nuevo plantón en la vía que me hizo chocarlo por
detrás, quise retirarme cuando sentí que él movió su trasero hacia mi y de nuevo
dio marcha.
Comenzó a conversarme y eso me obligó a no cambiar de posición, pero si tuve que
poner mi oreja casi rozándole su mejilla. En el trayecto siguió hablando y
percibía que sus nalgas trataban de acercarse más y de rozar mi falo.
No quise elucubrar sobre sus intenciones porque nunca me había dado muestras de
querer tener ese tipo de contactos conmigo peor yo con él, sin embargo el
movimiento de sus caderas me pusieron nervioso y mi arma empezó a calibrarse.
Tomamos por una ruta sin semáforos y pensé en salir de la circunstancia sin
temer a los frenazos. Mi compadre no me dio tregua sino que siguió con su
perorata, lo cual me mantuvo cerca de su cuerpo todo el tiempo. Él tampoco dejó
de mover sus nalgas y mi pene no resistió el embiste. Tuve una erección mayor
que la que había tenido frente al computador.
Debió haberla notado, pero ni se inmutó; por el contrario comenzó a contarme una
de sus tantas experiencias sexuales con las chicas porque el cumpa es más
mujeriego que Casanova. Yo pensé –qué venga lo que venga- y me abandoné al
movimiento y a la frotación que me tenía a mil.
A pocas cuadras de mi casa, la conversación y las risas seguían. Ya sin pudor
alguno también restregaba sus nalguitas con mi picha durísima y él me contestaba
con un refriego intenso. Aproveché para cruzar mis manos hacia sus piernas. Una
de ellas descansó en su muslo y la otra se acomodó en su ingle.
Él soltó el manubrio derecho y con la mano libre se acomodó el paquete por
encima del pantalón de manera que su glande hinchado rozó mi mano que le
sujetaba por la cadera. No fue más y mis dedos comenzaron a tamborilear encima
de ese bulto. Continuamos charlando como si nada.
Llegamos a casa y frenó bruscamente, lo que yo aproveche para darle mi último
friegue con rudeza. El se movió con fuerza hacia atrás, al tiempo que yo le
apreté el paquete y baje rozando mi pecho contra su espalda.
Me apeé sin comentario alguno y extendí mi mano para despedirme; el respondió el
saludo habitual diciéndome – bueno compadre mañana nos vemos y espero que ya no
vaya tan callado- volvió a guiñarme un ojo y partió a toda velocidad.
De vuelta a empezar
Apenas entré me desnudé por completo y me faltaban manos para acariciarme los
testículos y el pene que me pedía a gritos una buena paja. Otra vez una
vocecilla dentro me regañó por lo que había sentido. Le hice caso, me contuve y
me fui a bañar. Mientras me aseaba, mi verga no dejó de cabecear en busca de una
corrida pero me mantuve a raya y abandoné la idea. Cuando salí ya estaba calmado
y sólo sonreí –qué pendejos que fuimos- me dije.
Serían como las once de la noche; yo estaba en mi habitación buscando unos datos
en Internet cuando escuché el ruido de una motocicleta afuera en la calle.
Enseguida oí a mi compadre llamarme.
Salí, lo hice pasar y le pregunté que qué le traía a mi casa a esas horas. –Lo
que sucede es que me mandaron un deber de investigación en la universidad y
mañana con tanto trabajo no voy a alcanzar a hacerlo- respondió.
Le expliqué que yo no le haría el trabajo y que si quería podría él usar mi
ordenador; aceptó de inmediato, pero antes me pidió el teléfono y llamó a su
esposa (mi comadre) para decirle que tenía que hacer ese trabajo y que no sabía
a qué horas iba a llegar. –Si se me hace muy tarde me quedo adormir aquí- le
dijo y me guiño un ojo.
Yo me molesté un poco por el atrevimiento. Él se despidió y tono triunfal
exclamo: -listo- En seguida me pidió ir a mi cuarto para ponerse a realizar la
tarea. Yo lo dejé instalado y me recosté en la cama a leer un poco. En mi
interior ya sabía cual era su juego, pero fingí ignorarlo.
A cada rato se interrumpía para pedirme agua, o para consultarme algo. Como a la
hora y media yo estaba casi dormido y no me había sacado la ropa. Mi cumpa me
despertó para preguntarme si podía quitarse la camiseta porque le hacía calor.
Le dije que no me molestaba, pero que me llamara cuando se fuera porque yo iba a
reposar.
Claro que lo de mi sueño era ficticio sólo quise dejarle claro que no estaba de
acuerdo con que se quedara; así que me acosté. El computador estaba frente a mi
cama y mi compadre quedaba de espaldas a mi por lo que podía contemplar su
espalda desnuda y sus nalgas cubiertas por el jean.
Desde esa óptica no pude despegarle la mirada y él de cuando en cuando cruzaba
las manos hacia atrás y se llevaba las manos al trasero y se lo masajeaba. Yo
encantado con la vista.
Un poco más de la media noche escuché que gritó –termine esta pendejada- Yo me
hice el dormido esperando que imprimiera el trabajo y que se fuera. Estaba
equivocado porque en vez de eso se acercó a la cama y me dio tremendo palmazo en
la retaguardia diciendo –arriba compadre que ya terminé y vamos a celebrarlo- me
di la vuelta haciéndome el tonto. Él me tomó de la mano para pararme y me
preguntó si no tenía alguna cervecilla vaga por ahí. Le dije que fuera al
refrigerador y que de paso me trajera una.
Al rato ya estaba en la habitación bebiendo y hablando cuando me dice –cumpa
disculpe si abuso de su confianza pero hoy quería quedarme aquí para conversar-
y se lanzó a la cama.
Yo supuse que tenía algún problema, pero se puso a narrarme sus cosas de la
universidad y de los sueños que tenía. Mi cabeza estaba a los pies de él, en esa
pose mi entrepierna estaba a la altura de su mano derecha. Yo estaba ladeado y
mis pies llegaban más allá de su cabeza.
Mi compadre hablaba como loro y al mismo tiempo tomó la cerveza con su mano
izquierda y dejó caer la derecha muy cerca de mi miembro. No había reparado en
ello hasta que sentí uno de sus dedos rozarme. No dije nada y seguí escuchando.
Él avanzó cada vez más hasta que todos sus falanges me tenían empalmado, pero ni
se mosqueaba.
El masajito
Pensé que iba a apretármelo pero se giró para el otro lado para poner la cerveza
vacía en el piso. Pude ver sus nalgas otra vez y me excité. Entonces volvió a su
posición habitual y me contó que tenía un dolor horrible en la espalda. Se puso
boca a bajo y me pidió que le diera un masaje.
Cabreado por todas esas insinuaciones le expliqué que si quería podía quedarse o
irse pero que me dejara dormir porque ya iban a dar las dos de la madrugada.
Balbuceando me rogó –sólo un masajito cumpita y no lo molesto más-
Me enterneció la manera de pedírmelo. Me senté a su lado y comencé a masajearlo
con rapidez sin detenerme en ningún sitio en particular. Él al sentir mis manos
se relajó por completo y podía escuchar su respiración, luego comenzó a
suspirar.
Esas manifestaciones me pusieron erecto y mis masajes se volvieron más lentos,
más firmes y concentraba el manoseo ya en su nuca, ya en sus hombros, ya en sus
dorsales, ya en la media espalda…
-Un poco más abajo- me pidió con voz de niño malcriado y deslicé mis palmas y
dedos hacia su cola sin llegar a tocarla. Con las yemas medio rozaba el inicio
de su raja y él chillaba como un ratoncillo.
Entusiasmado como estaba, mi verga babeaba y me quedaba a poco de pasarle la
lengua por la espalda, pero me contenía. En una de esas se levantó de un salto,
se desabrochó el pantalón y se lo bajó. Quedó en un slip blanco. Pude notar su
verga a medio parar cuando volvió a echarse y me suplicó que también le
masajeara las piernas.
-Espérese un ratito compadre déjeme ponerme más cómodo porque estoy que ardo- y
literalmente así era. Esta vez me armé de valor y quise darle una sorpresa al
atrevido. Me quedé desnudo y él ni cuenta se dio porque estaba con los ojos
cerrados y restregándose contra el colchón.
El pulpito
Me senté a su lado y sin contemplaciones puse mis manos en su espalda y las
deslicé por debajo de su slip hasta llegar a su carnoso culo. Sentí que se
estremeció y dejó escapar un quejido de placer. No pude más y le agarré con
fuerza ambos cachetes.
Se los estruje, se los pellizque, se los agarré y les di cachetazos. Yo estaba
como loco con la picha a todo lo que daba pero no me la tocaba siquiera. Mi
compadre se retorcía de gozo y ahora jadeaba. De un solo tirón le bajé los
calzoncillos y los boté lejos.
Me incliné un poco para bajar con mis manos por sus piernas. Su culo era
lampiño, pero tenía vellos en los muslos y pantorillas. Llegué con mis dedos a
sus pies y volví a subir hasta su orto y rocé apenas con el dedo medio su
rajita.
-Qué me está haciendo compadre- preguntó haciéndose el ingenuo, -lo que usted
quería mi cumpa ahora sentirá cuánto lo quiero- y me le trepé. Él se extrañó
porque recién cayó en cuenta que yo estaba desnudo. Me acomodé el huevo de
manera que quedara sobre su raja y comenzé a masajear su espalda con fuerza.
Metí mis manos por debajo de su pecho y le pedí que se alzara un poco para pasar
mis manos por sus tetillas.
Se las restregué mucho mientras mi pene se deslizaba suavemente por su culo sin
llegar a penetrarlo. A esas alturas, los dos estábamos como locos. No me contuve
más y terminé por alzarlo para abrazarlo bien por detrás y le besé el cuello, le
lamí las orejas, le bese las mejillas hasta que al fin le pasé la lengua por la
boca.
-Ay compadrito que es esto tan rico, que estamos haciendo cumpita, por Dios que
rico- me decía y yo seguía sobándole mi verga en las nalgas. El me tomó las
manos y me las fue bajando hasta su verga, la cual tomé con ansias y me percaté
que sin ser inmensa, estaba bien ancha y cabezona.
Le metí la punta de la lengua dentro del oído y con mi boca devoré su oreja;
comencé a chupársela y al mismo tiempo a taladrarlo con mi lengua. –Qué rico,
qué rico- decía entre sollozos. Mis manos corrían de sus tetillas -que ya
estaban durísimas- hasta sus huevos y su falo mientras mi glande buscaba el
ojetito que le daría placer.
No sé como pero se zafó de mi, se acostó boca arriba y me extendió los brazos
invitándome a ponerme encima. Como yo soy más alto coincidimos en las caras pero
mi verga quedaba fuera de su cuerpo y la suya me llegaba al ombligo.
Él se dio cuenta y se chorreó un poco hasta que nuestros penes coincidieron pero
no podíamos juguetera con nuestros labios. Me abrazó durísimo y de un solo
impulso me volteó. Quedé yo boca arriba debajo y él boca abajo encima.
Fue la perdición porque él por su tamaño podía deslizarse fácilmente por mi
anatomía. Se colocó de forma tal que mi glande chocaba con sus bolas grandes, su
cabezota rozaba mi obligo y su lengua me abrió los labios en dos para licuar mi
boca.
Estábamos tan abrazados, tan empalmados, tan succionados que hubo un momento en
que sentimos que nuestros corazones palpitaban al unísono. No emitimos ruido
alguno, apenas el respirar profundo y el grito ahogado de dos hecho uno
compartiendo el mismo aire.
La declaración
Creo que estuvimos así unos 10 minutos cuando el separó de mi su boca y sin
dejar de moverse para que mi pene alcance sus testículos me tomó la cara con sus
manos y me miró directo a los ojos.
Aquello fue lo más impactante que me han hecho. Abajo sentía su lubricada verga
y esponjosos cojones y arriba un corrientaza que me traspasó el alma. –Te amo
compadre- me susurró y un rictus se desdibujó en su rostro.
Arqueó las cejas pobladas, frunció la frente, su boca dulce hizo un puchero y
sus ojos brillaron con la aparición de las primeras lágrimas. Pronto comenzó a
llorar a raudales, quería hablar y no podía; así que tembloroso abrió la boca y
selló con ella la mía.
Me lamió hasta el corazón y dejó de hacerlo sólo para mirarme de nuevo y decirme
entre lágrimas –Lo amo cumpa, lo amo y no sé por qué siento así, sólo sé que
desde que lo miré por primera vez hace ya nueve años supe que lo amaba. Fue por
eso que lo escogí para ser padrino de mi hijo. Todo este tiempo me he contenido,
pero ya no he podido más y creo que metí las patas hasta el fondo. No sé que
pensará de mí, no sé si seguiremos siendo amigos, no sé cómo me voy a sentir
después de esto; sólo sé que moría por sentirme entre sus brazos y que nunca
antes había experimentado esta pasión por hombre alguna en mi puta vida-
Clavó su cabeza en mi hombro. Dejó de menearse pero nuestras vergas seguían
durísimas. Yo sólo atiné a abrazarlo sin saber que decir. Mirando al techo sentí
que por dentro estaba a punto de estallar y comencé a llorar también.
Le acaricié la cabeza con una ternura que jamás había sentido por una mujer peor
por algún hombre. Me incorporé como pude y quedé sentado en la cama. Él se
retiró y se sentó a llorar a un lado del colchón. Respiré hondo y le dije –Venga
compadre, ven mi amigo- con el pie le hinqué el trasero para hacerlo reaccionar.
Hice que se sentara con las piernas abiertas frente a mi y con las mías lo
aprisioné para atraerlo. Con mis manos lo tome por las nalgas y lo pegué a mi
cuerpo. Nuestros penes medio fláccidos se toparon. Él pasó sus brazos y con sus
manos se ató a mi espalda.
-Tampoco sé que me pasa, ni quiero saberlo. Pero lo que usted acaba de hacer me
ha llenado no sólo el cuerpo sino también el alma. Yo al igual que tú siento lo
mismo y quiero que sepas que esto me confirma que te amo y que siempre serás mi
amigo, mi compadre, mi pana, mi amante, mi otro yo. No te voy a cuestionar, pero
no quiero que tú te cuestiones a ti mismo ni que me cuestiones a mí. Esto surgió
de repente, quizás siempre estuvo ahí pero no me había dado cuenta. Como sea,
esta nueva faceta será exclusiva de los dos y será nuestro pacto de lealtad
entre tú y yo para siempre-
No pude seguir hablando y esta vez fui yo quien selló su boca con un beso. El
respondió con ansias y al momento ya estábamos revolcándonos como dos leones en
celo. Me mordía por todos lados, pero me chupaba los labios con tal furia que se
me hicieron los besos más dulcemente agresivos que he recibido en toda mi vida.
Sexo en cámara lenta
Otra vez encima me levantó los brazos y me lamió con deleite las axilas. Su pene
restregaba el mío con una fuerza descomunal. Estábamos tan embarrados de líquido
preseminal que se deslizaba por nuestros costados. Sus manos no paraban de
tocarme las tetillas, la boca, el pelo.
En una de esas se fue un poco más arriba y dejó su rajita al alcance de mi
verga. Se la coloqué como quien coloca una salchicha en un pan y él se abrió las
tapas para que resbalara con facilidad sin ser perforado todavía.
Mientras su lengua recorrió mi mentón, me lamió los labios y cerró su boca justo
en mi nariz. Yo no sabía que las fosas nasales eran zonas erógenas pero cuando
me metía la lengua por ahí me sentí increíble. Con sus dientes mordisqueó mi
tabique y con mucha suavidad me besó los ojos, chupó mis cejas y embadurnó mi
frente con su saliva.
Ya no había sitio de mi cara sin explorar, así que con su lengua abrió surcos en
mi cabello y recorría con su punta la piel de mi cráneo. Esa fue otra de las
caricias desconocidas que me pusieron en el cielo.
Yo con mis manos lo sobaba todo, pero me concentré en sus nalgas respingonas y
las apretaba mientras mi verga subía y bajaba por su raja. Con maestría bajó por
todo mi cuerpo hasta que llegó a mi pubis y se hundió en él.
Pegó su boca a mi piel y sin dejar de succionar y lamer al mismo tiempo fue a
dar a la raíz de mi picha que lo esperaba con ganas. Empezó abriendo su boca y
rodeó con ella el tronco hasta que a lengüetazos llegó a mi cabeza. Se detuvo un
momento la miro, le dio un tierno beso y sin contemplaciones se la zampó hasta
la mitad de un solo bocado.
Casi me vengo en el acto y tuve que apretar fuerte mis esfínteres para evitarlo.
Con sus labios me replegaba la piel del tronco y con la lengua subía y bajaba
hasta llegar al borde del glande. Allí con la puntita buscaba mi frenillo y lo
acariciaba como el aleteo de una mariposa.
Yo ya ni lo topaba, estaba concentradísimo en el placer que estaba recibiendo y
eso era todo lo que necesitaba en ese momento. No sé como lo logró, pero de
pronto tenía mis 22 centímetros encajados hasta mi pelambre púbico y allí se
quedó apenas respirando y recorriendo mi estaca al interior de su boca con su
lengua.
Yo pegué un grito de éxtasis y el dejó mi pinga en ese momento. Le rogué –no
cumpita, siga, siga mi pana, siga chupando su caramelo- Él me hizo callar con un
beso en la boca y agregó –no lo dejaré terminar ahora que quiero enseñarle las
estrellas y darle todo el placer que usted se merece. Aguante cumpa que esta
noche los dos conoceremos la verdadera arrechera- Con esas palabras me dominó
por completo, pero ¿qué vendría ahora?
Pues nada que le tocaba a mis huevos recibir el tratamiento de mamada. Me los
lamió, me los besó, me los masajeó y hasta me los piso suavecito con los dedos
de sus pies. Yo me arrebaté cuando se puso encima con su cara hacia mi sur y de
un solo lenguazo me recorrió desde el ombligo hasta los mismos cojones y con su
lengua los batía de un lado a otro.
Mi turno
Digo que me arrebaté porque viéndole el culo y la verga desde atrás lo único que
hice fue tomarlo por las caderas, apartarlo de su manjar y meterme de un solo
golpe su pinga gordita y cabezona.
Se la chupe con delirio y a diferencia de él me di modos para succionarle la
verga, los huevos y el culo. Fue un momento de arrechura cuando le abrí las
nalgas y le metí la lengua en el hoyito.
-Ay cumpita por Dios que Rico, me muero cumpa, me muero- me decía. No aguanté
más parlamento y le mordí el orto con saña. Se lo chupeteé todo. No quedó nada
sin lamer y morder. Él sólo resoplaba. Yo le tenía cogidos los testículos con
una mano y se los soltaba para pellizcarle duro el glande. Cuando hacía eso
clavaba mi lengua lo más hondo que podía en su ano y él se retorcía de placer.
Pero no estaba satisfecho, quería complacer a mi compadre así como el me había
complacido. Dado que es más pequeño que yo, lo hice montar sobre mis hombros con
su tiesa verga dentro de mi boca. El se recostó un poco sobre mi cabeza y me
paré. Así lo gocé por un par de minutos.
Lo tiré a la cama y con fuerza lo tomé por los tobillos y lo lleve al filo del
colchón hasta tenerlo arrodillado. Yo por detrás de un jalón le abrí las
piernas, metí la mano y traje hacia mi vista los huevos y la pinga, que ya
estaba media amoratada de tanto mame.
En esa posición fue fácil lamer culo, huevos y pene de una sola pasada.
–Compadre que delicia, cumpita que me muero, lo quiero dentro mi vida- gritaba.
Le tape la boca para que dejara de gemir, pero fue peor porque el hombre se
volvió loco, me mordió la mano y se volteó rabioso hacia mí.
-Concha de su madre, compadre métame la verga porque sino le hago mierda el
cuarto- me asustaron su palabras, mi compadre estaba arrechísimo y no sabía lo
que decía. La piel le temblaba, la boca le babeaba y el pene parecía tenerlo de
fuego.
Me sobrepuse y le grité que se callara que yo me lo culearía cuando yo quisiera
y no cuando él me lo mandara. Me tiré a la cama levante mis piernas y le ordené
–mámeme el culo hijo de puta- se me avalanzó con la boca abierta y me metió la
lengua y la nariz. Hasta se refregó las tetillas y las axilas en mi hueco.
Adentro
Eso me puso a bufar como toro y con rudeza le dije –ahora ensártatelo tu mismo-
no se hizo esperar y se sentó a horcajadas, se abrió las nalgas con las dos
manos y se la empezó a meter.
–Por la puta compadre que vergón que eres me vas a reventar- Yo sabía que era
su primera vez así que cambié mi tono – mire guevón yo lo amo y no quiero
hacerle daño, sólo cómasela hasta donde la aguante y sino puede pues no hay
problema, yo igual lo quiero-
Esas fueron las palabras mágicas porque se la fue tragando poco a poco. Yo mismo
quedé maravillado cuando vi mi pene desaparecer en ese estrecho culito. La cara
de mi compadre se había descompuesto por el dolor pero no emitió un solo ay. Al
final se dejó caer y quedó empalado. Cerró los ojos y me tomó las manos
fuertemente.
Se quedó quieto unos tres minutos, cuando noté que su ano comenzaba a apretarme
la picha. El rostro de mi compadre se empezó a relajar y pronto tuvo una sonrisa
y se relamía los labios.
-Ahora sí ya soy suyo cumpa, ahora sí hágame el amor, culee cumpa como nuca lo
ha hecho, vamos muévase por favor que quiero esa vergota entrando y saliendo,
por la puta muévase- me rogaba pero no hice caso sino que me dediqué a apretar y
a aflojar mi ano para que el pene se me hinchara más.
Eso volvió loco a mi compadre que ya fuera de sí se levantó con rapidez y se
dejó caer nuevamente. Lo hizo unas cinco veces seguidas. Después se inclinó
sobre mi me tomó de nuevo las manos y las usó como soporte para balancearse
atrás, adelante y en círculos. –Puuuuuuta, que rico, qué rico, cumpa que verga
tan deliciosa, que es esto ay, ay, por favor culéeme-
No pude más y lo viré, sin sacarle el pedazo de carne de su trasero lo levanté
un poco, lo puse en cuatro y le enterraba mi daga hasta más allá de la
empuñadura. –Cumpa métame los huevos también- me pedía y en serio que traté pero
sólo llegué a sobarlos contra su dilatado orificio.
Del otro lado
Sentía que estaba por terminar pero no quería acabar así, yo también quería
probar verga. Se la saque sin compasión y gritó del dolor. No le di tregua sino
que lo arrimé de espaldas a la pared y me puse yo de espaldas a él.
Me la enterré de un solo golpe, sí me dolió pero su cabezota topó mi próstata y
ya no sentí más que un rico placer que hizo que me temblaran las rodillas. No me
pude mantener en pie y caí con mi pecho al piso y culo levantado.
-Oh compadre que bien culea usted, deme duro, hágame suyo sin pena- le pedí y mi
compadre me complació. Me tumbó de lado, alcé una pierna y me la clavó
delicioso. Me mordía la espalda, las orejas, estiraba el cuello para alcanzar mi
boca y con sus manos me pajeaba con fuerza.
Sentí que se venía así que me retiré y lo puse encima, verga con verga, quería
sentir su semen y que él sintiera el mío. Nos abrazamos, nos devoramos la boca y
en el momento de eyacular nos paramos y botamos toda nuestra leche en el cuerpo
del otro.
Complacidos y asustados
Gemimos. Los te amo, los te quiero, los que rico, fueron muchos y el masaje de
las dos pijas mientras se derramaban una en la otra nos llevó a la gloria.
Rendidos caímos en la cama enredados con los brazos y piernas, tocándonos las
nalgas, dándonos lengua y lloramos como dos niños.
No pudimos dejar de besarnos, de tocarnos, de decir que nos queríamos, que ya
éramos hermanos y no se cuantas cosas más de ese tipo. Tuve que pedirle que se
calmara y logró adormitarse en mi pecho.
Busque el reloj en la mesa de noche pero lo encontré debajo de la cama; eran las
cinco y 20 de la madrugada. Le volví a dar un beso y le sugerí bañarnos antes de
dormir. Estábamos tan exhaustos que nos dolía todo el cuerpo y al tratar de
orinar no pudimos hacerlo porque sentíamos los testículos como de cemento. Nos
pusimos a reír pero más nos dolía. Con las piernas abiertas entramos a la ducha
y el agua caliente se encargo de relajarnos por completo.
Una vez fuera nos secamos mutuamente y pudimos observarnos. Teníamos el cuerpo
lleno de moretones, arañazos, chupetazos, rojizos. Fue entonces que nos dimos
cuenta de la cantidad de energía que habíamos puesto en el acto.
-Cumpa y ahora, no puedo llegar así a mi casa- me dijo. Busqué un spray
desinflamante, hielo y hasta carne cruda para aplicarle en las heridas de
guerra. Unas se fueron borrando pero las de las nalgas si que no cedieron, peor
aquellas marcas que mis dientes habían dejado en ellas. Calculando el tiempo, mi
compadre quedó en irse a las 7 de la mañana porque su esposa se iba a dejar al
niño al colegio. El llegaría a cambiarse de ropa y le dejaría una nota
diciéndole que tuvo un trabajo de emergencia.
-Discúlpeme compadre, no quise hacerle marcas, no al menos en su cuerpo- El sólo
rió para salir del paso, pero se notaba que estaba preocupado. A la hora
convenida salió mi cumpa para la casa. Yo ya hasta había pensado en mudarme esa
misma mañana otra ciudad. Lo nuestro era imperdonable y para colmo ambos
teníamos las huellas del delito a flor de piel.
Feliz ¿término?
En fin, a las 9 de la mañana fui al trabajo cuando estaba en mi computadora
sentí que mi compadre me tocaba el hombro. –No se preocupe cumpita, la cosa
salió mejor de lo previsto- Me contó que cuando llegó se cambió de ropa y estaba
escribiendo la nota, de repente entró mi comadre apurada y le dijo que debía
marcharse pronto a otro estado donde vivía la mamá de ella porque la habían
llamado para pedirle que fuera de urgencia.
-Yo te llamé ayer a la casa de mi compadre pero nadie contestaba, así que hice
las maletas y me voy. Mijito vengo en una semana. Al niño lo dejo donde tu
hermana, así que anda a verlo a la salida de la escuela y estáte con él un rato.
Me voy mijo ya te llamo- Ese fue más o menos lo que sucedió.
Respiré aliviado y seguimos trabajando. Por la tarde, mi cumpa me esperó para
llevarme a casa. Volvimos a sentir lo mismo del día anterior, pero esta vez
paramos en una bar para hablar. Fui sincero al decirle que no deseaba causar
problemas en su vida y que lo mejor era distanciarnos. Él no lo aceptó y propuso
no volver a hacerlo aún sabiendo nuestros sentimientos y evitando encontrarnos a
solas nuevamente.
Me pareció un trato justo para ambos y nos dimos un fuerte abrazo antes de salir
del bar. No faltó alguien que nos silbó al ver la escena, pero no nos importó.
Han pasado seis años de aquello, mi amistad con mi compadre está intacta y si
más fuerte que antes, sin embargo nuca más ni hablamos del tema ni nos
insinuamos y ya no nos molesta ni incomoda estar a solas.
No creo que el deseo se haya ido del todo porque todavía medio jugueteamos
cuando vamos en la moto y muy de vez en cuando en son de broma nos vamos
rozando. Por cierto mi comadre me contó que mi compadre dejó de ser mujeriego y
que hasta le pidió disculpas por las veces que le fue infiel. Ahora es ejemplo
de marido y hasta han planificado una segunda luna de miel. A mi tampoco me ha
ido mal y me caso a fines de este año con una buena mujer y bellísima además.