Soy Publio Popilio Scribonio, centurión de la III cohorte de
la VII Legión "Claudia Pia Fidelis".
Según el cretino que acoge mi memoria, tengo que hablarle de
mi vida, mi tiempo y, fundamentalmente, de mis andanzas sexuales. ¿Quién se ha
creído éste "felator" (soplapollas, en cristiano) que soy?, ¿uno de sus
amiguitos?
Le estoy agradecido por la oportunidad que me ha dado de
comunicarme; más aún por la de llegar a contemplar, a través de sus sentidos, el
desquiciado mundo que le ha tocado vivir a mi lejano descendiente, aunque no le
envidio. En mi época, hace casi 2.000 años, las cosas funcionaban de un modo más
simple. Una época brutal, pero menos complicada.
Nací en Capua, durante el segundo año del mandato del divino
Vespasiano, un periodo tranquilo si lo comparamos con el caos que supusieron los
tres emperadores usurpadores, malditos por los dioses sean para siempre.
Capua es una tranquila ciudad de provincias, lo bastante
cerca de Roma para que sus cotilleos lleguen rápidamente y lo suficientemente
lejos para que sus intrigas y revueltas no nos afecten demasiado. Famosa por sus
escuelas de gladiadores, dónde mis amigos y yo éramos apasionados espectadores
de los combates de entrenamiento.
La "gens" Popilla es antigua, remontándose hasta los tiempos
de los reyes de Roma anteriores a la República. Los registros del templo de
Venus Libitina lo atestiguan. Con ello quiero indicar que mis antepasados son
romanos del Lacio; no eran ni itálicos samnitas, ni griegos del sur de la
península, ni apestosos galos de más allá del Po. La mayoría de mis vecinos
ciudadanos no podían decir lo mismo, por no hablar de la masa de libertos y
esclavos que inundaban las calles de Capua.
De alguna manera, mi familia siempre ha estado ligada al
ejército. Un antepasado cercano, Lucio Popilio, sólo seis generaciones atrás,
sirvió con el divino Cayo Julio en la VII legión; entonces VII legión a secas,
sin los pomposos títulos que le concediera el divino Claudio por reprimir la
sublevación de uno de sus gobernadores en Dalmacia.
Mi antepasado, del que mi familia conserva la imagen en cera
de su rostro, sirvió en todas las campañas de la Galia, Egipto, Asia y después,
durante la guerra civil contra Pompeyo y las ratas del senado. Se licenció con
honores como segundo centurión de la X cohorte, el grado más bajo de centurión,
pero rico, famoso y sin amputaciones; toda una hazaña.
Seguimos ocupando la parcela de tierra que le correspondió al
licenciarse, incrementándola con el correr del tiempo, hasta convertirla en una
explotación agraria decente que cultivan más de doscientos esclavos.
Cuando el vil asesinato del divino Cayo Julio desencadenó la
siguiente guerra civil, mi antepasado Lucio Popilio , con más cuarenta años, los
últimos quince de campañas ininterrumpidas, se reenganchó de nuevo. Murió
ahogado, de forma poco gloriosa, en el naufragio de la galera que transportaba a
su unidad a la batalla de Actium y que significó el final de la guerra civil. En
aquella época no se exigía natación a los reclutas.
Desde entonces, al menos un miembro de la familia ha servido
en las legiones; siempre con dignidad y orgullo, incluso heroicamente, con
preferencia en la VII Legión. No es fácil conseguir ser admitido. Se necesita
ser ciudadano romano, saber leer y escribir, tener buena forma física, medir más
de 1,75 m y tener influencias. Afortunadamente para mí, otro Lucio Popilio, tío
paterno, era "aquilifer" de la legión. Las tradiciones familiares, por muy
antiguas y gloriosas que sean, mejor que vayan acompañadas por la recomendación
de un héroe, vivo a ser posible.
Me alisté con dieciséis años recién cumplidos, uno menos de
la edad mínima reglamentaria y dos menos de la habitual, pero nadie le discute
al portaestandarte del águila de la legión, honor que sólo se confiere al mejor
legionario, impresionando al funcionario de reclutamiento con su capa de piel de
león y fauces abiertas sobre el casco y una armadura repleta de condecoraciones
al valor.
¿Tengo que contar mi primera experiencia sexual? ¡Malditos
cotillas! Ni que fuerais viejas.
Se supone que justo antes de vestir la "toga virilis" y
convertirme en ciudadano, al cumplir los quince años, pero una doncella de las
cocinas ya me había entrenado un año antes. Mi padre, terrateniente conservador
y chapado a la antigua, me llevó al mejor burdel de Capua y pagó al contado una
estancia de tres días para los dos. Allí me enseñaron, media docena de "cunnus"
hambrientos, lo se le había olvidado a la doncella. Fin de la historia, me
importa menos que un pedo de cerda que protestéis o no.
Durante los siguientes cuatro meses lo pasé mal, aunque el
primer mes y medio me creí morir. Empezamos la instrucción con marchas de 20 Km,
que había que cubrir en un máximo de cinco horas. Cuando eso ya nos parecía un
agradable paseo, las repetimos cargados con el equipo completo: armadura, 5 Kg;
casco, 2 Kg; "gladius", puñal y dos "pilum", 7 Kg; escudo, 6 Kg. Total: 20 Kg.
Y los centuriones no tenían piedad con los rezagados,
apaleándolos a conciencia. ¡Dioses, cuánto los odiábamos!
Los que conseguimos aguantar las dos primeras semanas de
marchas, menos de la mitad, ya nos considerábamos capaces de cualquier cosa.
Falta nos hizo tanto entusiasmo. Las siguientes cuatro
semanas, seguimos marchando, pero ahora eran etapas de 40 Km, en las mismas
cinco horas y cargados como mulas. También lo superamos, con los pies llagados y
la espalda rota, pero seguimos caminando.
Aún quedaba lo peor.
El día que nos cargaron con las raciones para tres días, un
pico o una pala, dos estacas para la fortificación del campamento, utensilios de
cocina y mudas de ropa, no nos podíamos mover del sitio: llevábamos a cuestas
más de 40 Kg. Ninguno llegó a completar la marcha.
Finalmente, en las peores tres semanas de nuestras vidas,
llegamos a conseguirlo casi todos. Tener que levantar un campamento fortificado
con dos fosos, tras terminar la marcha, y demolerlo al día siguiente, terminó
por parecernos una broma. Mes y medio de entrenamiento nos habían convertido en
mulas de carga.
Tres veces al mes, durante los veinticinco años de servicio,
seguimos haciendo marchas de 40 Km, para no perder la costumbre. Y cuando los
muchachos me arman alguna trastada, añado diez de propina.
Después llegó el entrenamiento de combate, además de salto,
carrera, equitación y natación (me acordé de mi ilustre antepasado).
Practicábamos un mínimo de 6 horas diarias, a pleno sol, con la armadura
completa y armamento de madera, dos veces más pesado que el reglamentario. Hay
que darle muchos golpes a un poste para cortarlo con un "gladius" de madera.
Aprendimos a combatir con armas y sin ellas, marchar en
formación, cambiar de formación, a obedecer como autómatas…y a odiar más que
nunca a los centuriones.
Al fin, cuatro meses después, pasamos de reclutas a
legionarios, aunque aún teníamos que convertirnos en asesinos para alcanzar el
estatus de veteranos, con derecho a paga completa.
Nos llegó la oportunidad un par de años más tarde, cuando
estábamos ya hartos de reparar calzadas en Britania, a manos de unos salvajes
pictos. No fue una campaña muy brillante, los pictos son bárbaros pero no son
tontos. Salieron huyendo en cuanto nos pusimos en marcha, dividiéndose en
multitud de pequeñas bandas, incitándonos a hacer lo mismo y poder emboscarnos.
No les dimos ese gusto. Cazamos como ratas a los perseguíamos, ningún mortal
puede mantener nuestro ritmo marcha, saqueamos media docena de miserables aldeas
y violamos hasta el hartazgo: órdenes son órdenes. Alguno de los muchachos,
medio en serio medio en broma, decía que prefería cortarles el cuello a violar a
sus mujeres. Los más brutos respondían que de acuerdo, primero una cosa y
después la otra.
Una vez pacificado el norte de Britania, los muertos no
provocan disturbios, mi cohorte fue trasladada al desierto de Libia. Allí
aprendí a montar en dromedario, a vestirme como los nómadas del desierto; supe
lo que es el calor de verdad, que te coman vivo enjambres de moscas y conocí a
mi mujer.
Lania era una númida de piel oscura, sensual y peligrosa,
como los gatos del desierto. Falleció de fiebres diez años más tarde, antes de
cumplir los treinta y después de darme dos hijos y tres hijas. No pudimos
casarnos (los dioses del hogar que bendijeron nuestra unión fueron nuestros
únicos testigos), los legionarios lo tenemos prohibido antes de licenciarnos,
pero sus hijos son los míos y son ciudadanos romanos. No volví a incumplir las
ordenanzas.
La única batalla campal en la que participé (los bárbaros las
evitan siempre que pueden), fue mucho más tarde, siendo ya centurión de la III
cohorte, en los primeros años del mandato del divino Adriano, buen filósofo y
administrador, aunque inútil comandante. Pero fue después de conquistar la
Dacia, a las órdenes del divino Trajano, el único emperador al que rindo culto
en privado, los dioses me perdonen.
La conquista de la Dacia fue una auténtica carnicería,
empezando por la degollina de la escolta del gobernador Longino, amigo íntimo
del divino Trajano. Siempre tuve buen olfato para los problemas, pero un
centurión no discute con un gobernador, aunque más le hubiera valido hacerme
caso. Su cabeza, la de él y todo su séquito, terminó colgando de los muros de la
fortaleza de Sarmizetegusa.
A mí me tocó dirigir a la X cohorte en la retirada hasta el
Danubio. Marchamos y combatimos, día tras día, durante diez jornadas de
pesadilla, rodeados por miles de dacios. Perdí a casi la tercera parte de mis
muchachos, además de los treinta que habían caído con Longino, (135 de 450, sin
dejar ningún prisionero), pero nos llevamos por delante a más de siete mil
dacios, crucificamos a otros tantos prisioneros y arrasamos cuantos pueblos
encontramos a nuestro paso. Ni los perros se libraron de nuestra furia.
Finalmente, escarmentados de lanzarse inútilmente contra nuestra muralla de
escudos y espantados por el rastro de muerte que dejábamos a nuestro paso, los
dacios dejaron de molestarnos los últimos días. Antes de cruzar el gran río en
barcas, ordené reunir a los habitantes de tres pueblos de pescadores,
encerrarlos en el gran Salón del Consejo y prenderle fuego.
No me siento orgulloso por ello, pero hice lo que había que
hacer. Los muchachos, después de lo que habíamos pasado juntos, ya no me
odiaban; me había ganado su respeto.
La furia de Trajano no conoció límites. Reunió un ejército de
siete legiones, más miles de tropas auxiliares y volvimos a invadir la Dacia al
año siguiente. Ahora es nuestra definitivamente, pero ya no quedan dacios. Fui
recompensado por el propio emperador con una corona de oro, unas dobles
"phalerae" para la coraza, torques, un bastón de mando de plata, una magnífica
propiedad en la Dacia y el mando de la III Cohorte, saltándome cuarenta y ocho
puestos en el escalafón de la legión. Nadie protestó, unas estadísticas de 50:1
no se consiguen muy a menudo.
Debería haberme retirado siete años más tarde, después de
veinticinco de servicio, laureado, rico y famoso, dedicarme a disfrutar de mis
nietos y entretenerme con la administración de mis propiedades. En lugar de eso,
me reenganché como veterano. Los germanos estaban haciendo de las suyas en
Panonia y a mí aún me quedaba ánimo suficiente para marcar el ritmo de marcha de
mis muchachos.
Recuerdo perfectamente mi último día entre los vivos, el
manto de niebla despejándose poco a poco bajo el sol de la mañana y, ocultos en
ella, una muchedumbre de cinco mil godos, más de veinte mil contando ancianos,
mujeres y niños; aullando cánticos a sus muertos, atrapados entre nuestras
fortificaciones y el río. No tenían escapatoria, tampoco estaban dispuestos a
rendirse y mis muchachos clamaban venganza.
No estoy muy seguro de que estos godos sean auténticos
germanos. Los informes imperiales afirman que proceden del otro lado del mar
Címbrico, pero no lo creo; es una tierra desolada, cubierta de hielo, dónde sólo
los osos vivirían. Desde luego, son aún más altos y brutos que los germanos, y
eso hay que ser muy alto y muy bruto.
La ventaja de tener un buen sistema de información, cosa que
los bárbaros desprecian, es que te permite planificar por adelantado, conocer el
tamaño de sus fuerzas y, con mucha suerte, elegir el lugar de la carnicería.
Sabiendo a lo que nos enfrentábamos, el gobernador decidió
que cinco cohortes, media legión, sería más que suficiente para eliminar la
amenaza. Le seguí la corriente, asegurándole que mis muchachos solos se
bastaban, pero que sería un buen entrenamiento para las otras cuatro cohortes.
No pudieron ni saquear alguna granja. Antes de que se dieran
cuenta, estaban bloqueados en un valle angosto, con nuestras fortificaciones al
frente y el Rhin a su espalda. Intentaron un par de asaltos, pero los
escorpiones emplazados en las torres les convencieron de que no era una buena
idea. Mis artilleros tenían buena puntería, la suficiente para acertar a 200 m y
para ensartarlos de dos en dos con cada proyectil, si se acercaban a menos de
100 m.
Como tropas auxiliares escogí a medio centenar de honderos
baleares -no me convencen los arqueros, las cuerdas se destensan con éste clima
húmedo- y un destacamento de caballería tracia para reconocer el terreno.
Mis honderos están entrenados para ser selectivos con los
objetivos, concentrándose en los bárbaros que visten armadura; suele tratarse de
notables o guerreros de prestigio. Con sus pequeños proyectiles de plomo, son
capaces de acertar en el ojo y atravesarles la cabeza. A menos de 100 m son
letales.
En cambio, los tracios son un desastre. Tuve que ejecutar a
un par de ellos para escarmentar al resto.
Estaba decidido a dejar que los godos se estrellaran contra
nuestra fortificación hasta agotarlos, pero un maldito decurión se dejó apresar
vivo con todos sus hombres, durante una patrulla de reconocimiento. Los godos
los colgaron de las ramas bajas de los árboles, encerrados en cestos de mimbre,
y encendieron fuego debajo. Una muerte horrible, que mis muchachos contemplaron
desde la empalizada, aterrados y oyendo la agonía de sus compañeros.
Decidí tomar medidas drásticas, antes de que la moral de mis
muchachos se resintiese. En cuanto dejó de oírse el último grito de aquellos
desgraciados, ordené preparar el estrado, delante del "praetorium", iluminado
con antorchas y que llevaran a él al prisionero godo de mayor rango, con todas
sus armas. Las cuatro cohortes, menos la guardia de las fortificaciones,
formadas alrededor.
El godo, un gigante de más de 2 m, fuerte como un toro,
estaba confuso. Tuve que provocarlo a conciencia para que me atacara. Atacó y
murió.
El rugido de más de dos mil gargantas atronó los cielos. Mis
muchachos me vitoreaban. Se merecían una buena arenga.
-"Milites", ahora sabéis que los godos no os llegan a la
suela claveteada de la "caliga". Son tan enormes que no podéis fallar con el
"gladius".
Mañana lucharemos y venceremos. Quiero una batalla rápida y
sangrienta, pero que sean ellos los que mueran. A vosotros os quiero ver bien
cubiertos por los escudos, formando líneas perfectas, en orden cerrado, medio
metro entre escudo y escudo y atentos a los silbatos de los centuriones. El que
se adelante a las órdenes lo lamentará.
Habéis visto el espadón de éste godo, el amplio arco que
describe para golpear. Eso sólo podrán hacerlo si les dejamos espacio. Quiero
que los apretéis hasta que formen un rebaño de borregos. Entonces avanzaremos, a
paso de carga. Empujad con el escudo y golpead con el "gladius", rápido y al
estómago. Y los liquidaremos como borregos en el matadero-.
En la reunión con los centuriones y "optios", dejé bien clara
la estrategia: encomendando a los escorpiones la tarea de machacar las alas del
frete godo, forzándolos, por simple instinto de conservación, a desplazarse
hacia el centro y formar un masa compacta. Las descargas de "pilum" a veinte y
diez pasos de distancia, ni uno más ni uno menos. Silencio absoluto durante el
despliegue.
No estaba dispuesto a permitir una masacre indiscriminada. Se
respetaría la vida de todo el que tirase las armas y de las mujeres y niños. Me
callé respecto a los ancianos, no se paga un denario por un esclavo de más de
cincuenta años.
Nos reservaríamos a cincuenta prisioneros. Se les cortarían
las manos, las orejas y la nariz. Se les curaría y serían enviados de vuelta al
norte. Los centuriones sonrieron, todos conocían el precedente.
Calculé que algo más de diez mil quedarían vivos para
entregarlos a los tratantes de esclavos. A 200 denarios por cabeza, tres
millones y medio de denarios, catorce millones de sestercios o 560 talentos de
plata, una cifra mareante.
Me correspondería la mitad de la parte del comandante, unos
75.000 denarios, la paga de 30 años de centurión, casi los que llevaba de
servicio.
El legionario raso no sacaría más de mil denarios, pero
seguía siendo un buen pellizco, casi cinco años de paga.
Quedaba por resolver el problema de convencer a los godos a
dar la cara, escarmentados después de haber liquidado a más de mil, sin hubieran
llegado a pisar nuestra fortificación.
En cuanto se levantó la niebla, ordené sacar el cadáver del
godo y situarlo, bien visible, más allá de los fosos.
En la seguridad de que los vigías godos me estarían
observando, salí del campamento y, con la mayor dignidad posible, aparté la
túnica y los "pteriges" para profanar el cadáver con mi orina y excrementos. A
continuación salieron las cinco cohortes al completo y formamos en campo
abierto.
No había pasado una hora cuando una marea vociferante se nos
echó encima. Los escorpiones y honderos cumplieron su labor, haciendo que los
godos buscaran protegerse entre los suyos, hasta hacerlos juntarse codo con
codo.
En ese momento avanzaron mis muchachos, sin un grito,
oyéndose sólo el estruendo de dos mil quinientos pares de suelas claveteadas,
golpeando el suelo al unísono. Un espectáculo demasiado impresionante para los
bárbaros, que se detuvieron en seco y dejaron de gritar.
A veinte pasos exactos, se efectuó la primera descarga, con
el "pilum" pesado; inmediatamente después, la segunda, con el ligero.
Apretujados como estaban, eran blancos seguros; y el que conseguía detener el
impacto con el escudo, tenía que deshacerse de él. El asta de hierro se dobla
con el impacto, haciendo inmanejable el escudo.
Antes de que se repusieran de la impresión, mis muchachos los
estaban acuchillando con eficacia. Un paso, empujón con el escudo y estocada al
vientre, otro paso. Cada cinco minutos se relevaba la primera línea, sin perder
el ritmo de avance. El ejercicio duró poco más media hora, antes de que
tuviéramos que echar a correr tras ellos.
Mis cálculos fueron bastante exactos: únicamente consiguieron
escapar los buenos nadadores y capturamos a todos los no combatientes.
Lamentamos sólo catorce muertos, la mayoría novatos, y treinta heridos, una
cuarta parte de los cuales morirían o quedarían inútiles.
Siempre fui precavido, pero ése día, con la euforia de la
victoria, me descuidé mientras inspeccionaba el campo de batalla. Un godo,
seguramente aturdido por un golpe, despertó cuando pasaba a su lado y me
atravesó la garganta de una lanzada. Un digno final para quién ha enviado tantos
clientes al barquero.
Apostillas del autor:
Publio Popilio Scribonio es un personaje ficticio, que pudo
ser perfectamente real.
La ambientación corresponde, fielmente, al último cuatro del
siglo I d.C. y al primer cuarto del siglo II d.C.
Quienes encuentren exagerada la descripción del entrenamiento
de los legionarios, deberían darle un repaso a la obra de Peter Connolly, que
calcula una carga de 50 Kg por cabeza; yo he preferido quedarme corto. Los
propios legionarios se referían a sí mismos con el término de "mulas".
La localización de la VII Legión en Gran Bretaña, el curso
medio del Danubio y las fuentes del Rhin, está documentada.
Las únicas licencias que me he permitido son la estancia en
el norte de África y el detalle de la media paga antes de ser veterano.
Las unidades de peso y longitud son modernas. He preferido
mantener la unidades monetarias de la época, ya que no hay unanimidad en su
equivalencia moderna.
No he querido abusar de la paciencia del lector con la
inclusión de más "latinajos". Los que aparecen son suficientes para enmarcar el
relato en su contexto histórico.
Respecto a la brutalidad del protagonista, no es gratuita.
Existen ejemplos para aburrir. A los historiadores romanos se les caía la baba
describiendo las represalias que se tomaban sobre la población de un territorio
rebelde; tenían un efecto propagandístico indiscutible.
La idea de mutilar a los prisioneros y enviarlos a modo
recordatorio, ya la había puesto en práctica Julio César (un tipo muy comedido,
para los cánones de la época) en las Galias, pero con toda la población de una
ciudad. Eso pasó después de la conquista de Alexia. No hubo más revueltas.
En cuanto al estilo, me he permitido prescindir de ironías,
sarcasmos y tacos; no cuadraban con el tono del relato. Lo siento por los
adictos a mi prosa canalla.
Si algún lector, especialista en el tema, observa alguna
inexactitud, le ruego me lo comunique.
Para el resto, los rompecojones de siempre, que quede bien
clarito: no charlo por el Messenger (lo borro cagando leches) y no mando fotos
dedicadas. Por tres obvios motivos: a) No soy una tía, por lo que mis tetas
dejan mucho que desear. Tampoco apadrino a nadie. b) No estoy interesado en
ligar, aquí escribo. c) Si consideras que éste no es un relato erótico, ya lo sé
¡Joder, léete antes el resumen!