Una tarde, después de una comida de trabajo, nos desplazamos
un grupo de gente a uno de los barrios de moda de mi ciudad a tomarnos unas
copas y continuar la fiesta. Al entrar en uno de los locales, vi que en una de
las mesas del fondo había alguien que me pareció conocido. Pese a que estaba
casi de espaldas tuve la impresión de que era Lidia, la hermana de mi mujer. Lo
deseché por imposible, porque el hombre que la acompañaba no era evidentemente
su marido, y la actitud de la pareja, aun sin establecer ningún contacto físico,
parecía lo suficientemente cariñosa y cómplice como para pensar que entre ellos
había algo más que amistad, y mi cuñada era la típica mujer felizmente casada,
con marido currante que se pasaba la semana viajando de un sitio para otro, y
hubiera puesto la mano en el fuego por su fidelidad conyugal.
Pero la realidad es terca. Tratando de no hacerme ver por
ella, tras disculparme con mis acompañantes salí de allí y esperé dentro de mi
coche, que había aparcado en las inmediaciones del local. Pronto vi salir a la
pareja, y pude comprobar que la mujer efectivamente se trataba de mi cuñada.
Salieron charlando tranquilamente, pero en cuanto consideraron que nadie les
veía se pegaron un morreo de campeonato.
Yo a mi cuñada siempre la había considerado un poco mojigata,
y ni loco hubiera esperado de ella semejante actuación. Es más, a mí siempre me
había atraído –era una mujer de 45 años, es decir un par de años más joven que
mi mujer y muy parecida físicamente a ella, solo un poco más baja y con algún
kilo de más, aunque su cuerpo estaba muy bien proporcionado, las curvas estaban
en su sitio y su cara era agraciada- pero nunca había intentado ningún tipo de
acercamiento con ella porque, sinceramente, siempre me había parecido
inasequible.
Al saber aquello, evidentemente comencé a replantearme mi
opinión al respecto, y decidí que había que empezar a "trabajar" el asunto, pero
con mucho tacto porque mi mujer es uña y carne con Lidia y el terreno en que me
iba a mover era tan sumamente resbaladizo –hay que tener en cuenta que nuestras
correrías sexuales son siempre en conjunto, y se trataba de meter en la cama a
su propia hermana- que bien pudiera desembocar en un problema familiar que yo no
deseaba ni de lejos
Por eso aquella noche, cuando llegué a casa, ni se me ocurrió
mencionar nada a Isabel, mi mujer, acerca del descubrimiento que había hecho.
Pero pocos días después, aprovechando el hilo de una
conversación que manteníamos en la cama tras una buena sesión de sexo, le
comenté:
-Es curioso lo que os parecéis físicamente Lidia y tú, y sin
embargo que diferentes sois en otras cuestiones-
-¿A que cuestiones te refieres?-
-Pues a que tú eres la mujer más sensual que he visto, y ella
es todo lo contrario-
-¿Y tú que sabes como es ella en ese aspecto?-
-Mujer, no sé como es en la intimidad, pero cuando nos vemos
me fijo en como actúa con su marido y no me parece que sea como tú-
-Pues a lo mejor te llevas una sorpresa, porque ¿Quién te
dice a ti que ese problema no viene originado porque el auténtico muermo sea el
marido, y no ella?
-Pues nunca me lo había planteado así, pero podrías tener
razón-
-Como siempre- remachó ella
-Como siempre- tuve que admitir -pero ya me dirás tú en que
te basas para afirmar que tu hermana no es una estrecha-
-Yo no afirmo nada, simplemente te digo que por ser mi
hermana tengo muchísimos elementos de juicio de los que tú careces, aunque no
vivamos juntas desde hace muchos años- repuso con cierta mala leche
-Ahora mismo tengo la sensación de que me ocultas algo-
repliqué
Rió maliciosamente y dijo:
-Bah, únicamente chiquilladas-
Ese comentario me puso en vilo:
-¿Qué clase de chiquilladas?-
-Lo típico de unas niñas de 15 años que están descubriendo el
sexo y en la intimidad realizan unos toqueteos mutuos, pero sin llegar a
mayores. Supongo que eso le pasó a casi todo el mundo en su infancia, y Lidia y
yo no fuimos la excepción. Eso sí, te puedo asegurar que en aquella época mi
hermana era caliente, muy caliente, tanto o más que yo, y no paraba de pensar en
probar el sexo en serio durante las 24 horas del día-
Le tomé una mano y la acerqué a mi polla:
-Mira como me ha puesto la conversación-
Ella la rodeó dulcemente con la mano y comenzó a acariciarla
con suavidad, y sonriendo maliciosamente, me dijo:
-No me digas que quieres que nos follemos a mi hermana-
Tuvo que notar la reacción que se produjo en mi verga al oir
eso
-Solo si tú también lo quieres- fue mi lacónica respuesta.
-Tengo que pensarlo, y en caso de que decida que sí, primero
tendría que tantear un poco a Lidia. No quiero meter la pata-
Ante esta contestación me di cuenta de que ya había tomado la
decisión de intentarlo. Decidí zanjar momentáneamente la cuestión, y tras
levantar las sábanas, empujé delicadamente su cabeza hacia abajo para que su
boca sustituyera a la mano que me acariciaba.
Durante los siguientes días, mi mujer inició un acercamiento
con su hermana, mayor de lo que venía siendo habitual –solían reunirse en una
cafetería junto con otros miembros de la familia una vez por semana-. Salieron
juntas de compras y fueron estrechando la relación, que ya de por sí siempre
había sido buena.
Pronto mi mujer, que es una auténtica especialista, comenzó a
tirarle de la lengua, entrando en intimidades. Lidia le acabó confesando que
desde hacía bastante tiempo estaba un poco aburrida de su marido, y había
empezado a buscar entretenimiento en los Chat de Internet, a través de los
cuales había conocido a un amigo, al igual que ella casado, con quien había
estado un par de veces furtivamente, pero sin llegar a meterse todavía en la
cama con él. Evidentemente ese hombre era el que estaba con ella el día que yo
la vi.
Isabel fue estrechando más el cerco sobre su hermana,
animándola a que rompiese de una vez con sus inhibiciones y experimentase cosas
nuevas, para lo que, con objeto de ganarse su confianza y romper barreras, un
buen día le explicó algunas de las cosas que habíamos estado haciendo durante
los últimos tiempos. Lidia quedó boquiabierta: jamás hubiera pensado que su
hermana y yo fuésemos capaces de llegar tan lejos en el terreno sexual, pero al
mismo tiempo se notaba sumamente excitada, tal y como me contó mi mujer aquella
noche cuando llegó a casa. Me dijo también que Lidia le había confesado que
siempre había soñado con participar en una orgía, y que admiraba la discreción
con que nosotros lo habíamos conseguido.
-Con todo lo que sabes, imagino que ya habrás tomado una
decisión ¿me equivoco?-
-No, no te equivocas. Estoy más que dispuesta. Puedes creer
que tengo tantas ganas como tú, e incluso te puedo decir que el hecho de que se
trate de mi hermana, lejos de retraerme, añade morbo a la situación. Pero hay
que actuar con cautela, para que no se vaya todo al garete. En primer lugar,
olvídate de que hagamos un trío con ella, si es lo que tenías pensado, porque
estoy seguro de que tu presencia no haría sino inhibirla. Tampoco me parece
aconsejable intentar provocar una escena lésbica entre nosotras y aparecer tú
posteriormente por sorpresa, como habíamos hecho con Marisa (ver relato "nuestra
amiga Marisa), porque a priori lo que ella necesita es polla. No sé si te va a
gustar lo que te voy a decir, pero creo que lo que hay que organizar es una
orgía por sorpresa –una encerrona, vamos- en la que tú inicialmente no
participarías, permaneciendo oculto hasta que llegue el momento oportuno-
Evidentemente no me gustaba, pero confiaba tanto en su buen
criterio que no puse objeción alguna a que todo se desarrollara como ella lo
planteaba, y dejé en sus sabias manos la organización del evento.
No tardó en traerme novedades. Tras meditar quienes podrían
participar, además de ella y Lidia, en la sesión que pretendía montar, y que
obviamente debían ser personas de nuestro entorno, y con las que ya hubiésemos
experimentado contactos de ese tipo, se decidió por Clara, la peluquera, y su
marido Luis (ver relato "nuestra peluquera"), y por otro matrimonio con quien ya
habíamos mantenido también relaciones, aunque en este caso por separado, Celia y
Carlos. La peluquera y su cónyuge eran de una edad ligeramente superior a la
nuestra –tenían los dos unos cincuenta años- y eran atractivos y fogosos, tanto
como nosotros, circunstancias que también concurrían en Celia y su esposo, estos
con algo más de edad, unos 53, que no aparentaban en absoluto. Ella era más bien
delgada, muy bien formada y con unas tetas respetables, pero lo más atractivo
era su cara de tez morena, con unos ojillos sagaces e insinuantes, en los que se
adivinaba lo viciosa que podía llegar a ser, cosa que yo ya había tenido ocasión
de comprobar (ver relato "mi mujer y mis amigas Celia y Manoli), y su marido,
Carlos, era ese tipo de hombres maduros, elegantes y educados, que resultan tan
interesantes para las mujeres.
La identidad de los candidatos no me reportó ninguna
sorpresa, eso vino a continuación:
-No sé si te habrás dado cuenta de que, al no poder
intervenir tú hasta el final, queda una desproporción entre hombres, que son
dos, y mujeres, que somos cuatro. Eso no sería problema alguno, puesto que las
mujeres sabemos arreglárnoslas perfectamente entre nosotras, pero no sabemos
como podría reaccionar mi hermana al respecto, y quizás el mero hecho de verse
mezclada en escenas lésbicas, y además conmigo en medio, provoque en ella algún
tipo de rechazo. He pensado, si tú no tienes inconveniente, en añadir un hombre
más a la reunión-
Aquello ya comenzaba a mosquearme, y le dije:
-El problema es que todos los hombres que conocemos que estén
al tanto de nuestros secretos de alcoba son los dos que ya nombraste, y ya
dejamos bien claro que cualquier persona que entrase a formar parte de nuestro
círculo privado debía adquirir un grado de compromiso que evitara cualquier tipo
de indiscreción por la que estos asuntos pudieran salir a la luz pública. ¿En
quién habías pensado?-
-En Juan el masajista, nuestro vecino del séptimo-
Juan era un chico más joven que nosotros, de unos cuarenta
años, muy bien parecido, de quien mi mujer, que me lo cuenta todo, me había
dicho que se le había insinuado en numerosas ocasiones, en las que ella tuvo que
hacer verdaderos esfuerzos para no sucumbir, porque me confesó que le gustaba
mucho. Yo le había dicho que para contentarla estaba dispuesto a aceptar que
hiciésemos un trío con él, pero por el momento no habíamos concretado nada.
-Pero que zorra eres- le dije cariñosamente –tenías ganas de
follártelo y no has parado hasta buscar la solución-
-Eso es cierto, pero también lo es que su profesión de
masajista nos viene muy bien para nuestros propósitos-
-Eso sí que no lo entiendo-
-Pues verás: la disculpa que le voy a poner a mi hermana para
acudir a la trampa que le vamos a tender es una reunión de venta de cosméticos
–en este caso aceite de masajes-, que como ya sabes es una ocupación paralela de
Clara para obtener más ingresos al margen de la peluquería. La reunión,
lógicamente, se llevará a cabo en la peluquería. Todos los asistentes menos
Lidia saben que el verdadero objetivo nada tiene que ver con eso, y cuando,
aprovechando que Juan es masajista, Clara pida una voluntaria para recibir un
masaje gratis de demostración, aprovecharé para convencer a mi hermana de que
sea ella la receptora. Si eso sale adelante, lo demás imagino que vendrá rodado-
Me quedé mirándola con admiración. Su ingenio era inagotable.
El día señalado, Clara, que tenía habitualmente la peluquería
abierta hasta las ocho, esa tarde no abrió al público, disculpándose ante sus
clientas con un compromiso familiar ineludible. La cita era para las cinco, y yo
me presenté media hora antes para tener tiempo de ocultarme, ya que no quería
dejar nada al azar. Me abrió una sonriente Clara, que iba vestida con aquella
sugerente bata blanca entreabierta hasta media pierna que le quedaba tan bien.
Sus ojos denotaban la lógica excitación por lo que estaba próximo a suceder. Me
saludó con dos besos en la mejilla. Le pregunté por Luis, su marido, y me dijo
que llegaría a las cinco, cuando lo hiciesen los demás. Me condujo hasta un
pequeño cuarto, una especie de trastero, y señalándome un estrecho ventanuco que
había en lo alto de la pared, me dijo: -desde ahí puedes ver el espectáculo
hasta que te toque participar en él- -está demasiado alto para que pueda ver
nada- le dije, pero ella me señaló una pequeña escalera de madera que había en
un rincón, y me dijo: -esta escalera es la que utiliza el cabrón de mi marido
para espiar a mis clientas, y se cree que yo no me doy cuenta-.
Arrimé la escalera hasta el sitio apropiado, me subí a ella y
pude ver lo que había al otro lado. Era la sala en la que yo tanto había
disfrutado el día que la peluquera le depiló el coño a mi esposa, pero al
mobiliario se le habían añadido tres elementos, dos sofás individuales y otro de
gran tamaño, con capacidad como mínimo para seis personas.
Estaba mirando aquello cuando noté el inconfundible ruido de
una cremallera al bajarse y una mano que se introducía dentro de mi pantalón,
superaba la barrera del calzoncillo, y me agarraba la polla sacándola al
exterior. Bajé la cabeza y vi a Clara con ella en la mano y la boca muy cerca.
Miró hacia arriba y me dijo, guiñando un ojo: -habrá que hacer algo para que
estés relajado viendo todo lo que va a pasar ahí dentro sin poder participar- y
acto seguido se la metió en la boca, iniciando una espectacular mamada. Me cogió
tan de sorpresa, y al mismo tiempo me dio tanto morbo, que en pocos instantes me
sobrevino un espectacular orgasmo vaciándome en su boca. Se lo tragó todo, y
mientras se limpiaba los pequeños restos de leche que habían quedado depositados
en la comisura de los labios, aproveché para bajar la escalera y le dije: -tú
también te mereces un aperitivo de lo que vas a disfrutar después-.
Hice que se sentara en lo alto de la pequeña escalera,
desabroché los botones inferiores de la bata, hasta que sus blancas braguitas de
encaje quedaron ante mi vista. Abriendo bien sus muslos, aproximé mis manos y mi
boca hasta su coño, y con las primeras separé a un lado la braga. Un intenso
olor a hembra en celo invadió mi olfato a medida que me acercaba a aquel
precioso y húmedo chochito, que comencé a lamer con avidez, al tiempo que le
introduje un par de dedos, lo que provocó que su propietaria iniciara una serie
de gemidos, que pronto desembocaron en un estruendoso orgasmo.
Tuvimos que dejarlo, no por falta de ganas de continuar la
sesión, pero el resto de invitados estaba a punto de llegar, y no era cosa de
estropear lo que estaba planeado por ser demasiado fogosos. Efectivamente, Clara
apenas tuvo tiempo de asearse un poco cuando llamaron al timbre.
Yo volví a encaramarme en lo alto de la escalera, y a los
pocos instantes vi entrar en la sala a Celia y Carlos. Ella iba vestida con
falda negra y blusa roja, indumentaria muy ligera, supuse que elegida a posta
para evitar incomodidades a la hora de desnudarse, tal y como yo sabía que había
hecho mi mujer para la ocasión. Ésta, acompañada de mi cuñada, hizo su acto de
aparición poco después. Efectivamente, llevaba unas prendas muy parecidas a las
de Celia, mientras que Lidia vestía un traje pantalón muy ceñido que le sentaba
espectacularmente, marcando perfectamente sus curvas. Tras los saludos y
presentaciones, tomaron asiento. Tanto los recién llegados como la anfitriona lo
hicieron en el sofá grande, dejando los pequeños para los que faltaban por
incorporarse.
Después llegaron Luis, el marido de Clara, y Juan, que
también pasaron a tomar asiento. Y comenzó la reunión.
Tal y como estaba previsto, tras mostrarles el "milagroso"
aceite de masajes y glosar sus virtudes, Clara pidió una voluntaria para una
demostración de las ventajas del aceite, recibiendo un masaje por parte de Juan.
Celia, ya sobre aviso, se negó a hacerlo poniendo una disculpa, al igual que mi
esposa. Mi cuñada era la única mujer que quedaba, y estaba un poco cortada, ya
que no conocía a nadie de los presentes excepto a su hermana, pero a
indicaciones de mi mujer, que la animó diciéndole que estaban entre personas de
toda confianza, se avino, aunque un poco a regañadientes, a ser la receptora del
masaje.
Con cierta timidez se desvistió de la chaqueta, la blusa y el
pantalón, quedándose en ropa interior, un sujetador y una braga de color verde.
Yo, completamente encendido, desde mi privilegiado y anónimo escondite podía
comprobar que el brillo en los ojos de los presentes, tanto hombres como
mujeres, empezaban a evidenciar que el ambiente se estaba caldeando a marchas
forzadas, aun sin haber ocurrido todavía nada especial.
Mi cuñada, a instancias de Juan, se tendió boca abajo en la
camilla de masajes en la que yo tanto había disfrutado no hacía mucho tiempo,
mínimamente vestida. Juan procedió a desabrochar el cierre del sostén y
haciéndola incorporar ligeramente, se lo sacó por un lado con delicadeza. Con
esta maniobra, uno de los pezones de mi cuñada quedó visible sin que ésta
pareciera percatarse. Después, Juan bajó ligeramente sus bragas hasta el inicio
de las nalgas, y comenzó el masaje.
Allí estaba mi cuñada expuesta a las miradas de lujuria del
resto y dispuesta a recibir la caricia de manos de Juan. Puedo asegurar que,
aunque no era un cuerpo excepcional, rezumaba sexualidad.
El masaje empezó por la espalda, los hombros y el cuello,
pero Juan no dejaba de mirar su extraordinario culo. Formaba unas preciosas
curvas y tenía las nalgas tersas y fuertes, con la marca del bikini justo debajo
de la cintura.
Tenía que controlarse para no llevar las manos a su trasero.
Deseaba sentir la sensualidad de aquellas nalgas tan redonditas. Sin embargo se
reprimió, concentrándose en masajearle la espalda y los hombros. También le pasó
las manos por la parte posterior del cuello y, al hacerlo, ella soltó un débil
gemido y dijo que aquello era muy agradable, comentario que junto con la visión
de su cuerpo y el aroma que desprendía su piel, provocaron en Juan una
palpitante excitación.
Continuó con el masaje de pies y tobillos y siguió piernas
arriba. Pasó más tiempo del normal entretenido con la parte interior del muslo.
Al hacerlo, Lidia inconscientemente abrió un poco las piernas. Después, la mano
de Juan se deslizó hacia el culo. Mi cuñada había empezado a excitarse, pero no
tenía ni idea de hasta donde era conveniente llegar: simplemente la habían
invitado para dar un masaje, y ahora, en su fuero interno, lo único que deseaba
era que alguien tocara su coñito y saborease sus flujos.
Llegado ese punto, algo comenzó a suceder con el resto de
asistentes, y yo lo podía ver desde mi privilegiada situación. Nadie hablaba ni
apartaba los ojos de la camilla de masajes, como si les tuviera hipnotizados a
todos. Las tres mujeres, casi al unísono y sin ponerse de acuerdo, fueron
soltando botones de sus blusas, como si la temperatura de la sala hubiese subido
repentinamente, y Celia, en una especie de acto reflejo, se abrió de piernas al
tiempo que su mano derecha, que mantenía posada en la rodilla, comenzó a subir
casi imperceptiblemente por el muslo, arrastrando a su paso la tela de la falda,
hasta que quedó al descubierto primero el final de sus medias y después el color
rojo de la braguita. Los dos hombres, percatándose de estos movimientos, fueron
modificando sus posiciones para poder facilitar un previsible contacto físico,
que se presentía que se iba a producir de forma inminente.
Mientras tanto, Juan había terminado de masajearle a mi
cuñada la espalda y las piernas y empezaba a pasarle los nudillos por la parte
superior de las nalgas –el resto estaba todavía tapado por las bragas-, donde
había extendido aceite. Ella se estremeció y gimió levemente. Algunas mujeres se
ponen cachondas cuando les das masajes en las nalgas y ella parecía ser de ese
grupo.
Sin molestarse en pedirle permiso-vio claramente que estaba
completamente dispuesta-, le bajó las bragas con suavidad hasta que consiguió
liberarla de ellas, quedando completamente desnuda. Siguió trabajándole los
glúteos y la parte baja de la espalda, y pasó sus manos por esa zona tan
sensible por donde se unen los muslos y el trasero. Al hacerlo, dejó que las
manos untadas de aceite se deslizaran por la raja de su culo. Lidia respondió
agitando las caderas. Ya estaba cada vez más lanzada y cachonda y dejó que la
yema de los dedos del masajista rozara ligeramente y se metiera un poco en su
prieto chochito.
Juan estaba dispuesto a fingir que había sido un accidente,
según cual fuera su reacción. Pero al notar el dedo murmuró un "sí"
bastante audible y elevó el culo para encontrar su mano, al tiempo que separaba
las piernas.
Hasta entonces ni cuñada no había prestado ninguna atención
al resto de asistentes y todavía estaba algo nerviosa por permitir al masajista
tomarse tantas libertades delante de aquella gente. Pero cuando echó una ojeada
alrededor, comprobó que la escena poco tenía que ver con la que dejó al tenderse
en la camilla. Isabel, que no cabía duda de que le encantaría ocupar el lugar de
su hermana, se había cambiado de posición, y se había sentado en el extremo del
sofá, en la parte en que estaban situados Luis y Clara, justo al lado del
hombre. Era evidente que buscaba algo, y yo sabía el que; a falta de Juan,
ocupado con Lidia, al que más le apetecía comerse era a Luis, y viendo la
inminencia del acercamiento definitivo, había tomado posiciones. ¡Que pedazo de
puta podía llegar a ser!. Se había subido la falda, tal y como Celia había hecho
anteriormente, y se había introducido la mano derecha dentro de la braga,
acariciándose el coño sin apartar los ojos ni un instante de lo que se
desarrollaba en la camilla de masajes.
Mientras tanto, mi cuñada, ya más relajada al ver aquello,
volvió a concentrarse en el masaje que le estaban dando en el culo y en el dedo
de Juan, que entraba y salía del coño sin reparo alguno, realizando movimientos
circulares cuando estaba en su interior. Eso la hacía disfrutar a tope, y así se
lo hizo saber verbalmente, y luego elevando el culo hasta encontrar sus manos.
Juan le pidió que se diera la vuelta para seguir con el tratamiento.
Nada más hacerlo le separó las piernas, dejándola totalmente
expuesta a la vista de quien quisiera mirar (yo, particularmente, estaba
encantado de hacerlo, y de ver aquellas blancas y temblorosas tetas, que no eran
enormes, pero apetecía metérselas en la boca), y el masajista se excitó al ver
cómo brotaban los primeros jugos de su vagina. Tenía unos labios gruesos y un
clítoris que sobresalía entre ellos, como a la espera de que alguien se lo
metiera en la boca. La evidencia de que estaba depilada lo puso todavía más
cachondo –al igual que a mi, que no hubiera sospechado que podía ser así-.
Continuó por las piernas hasta llegar al coño. Esto la excitó más, y cada vez
que las manos de Juan pasaban por las proximidades de su conejito, gemía y movía
circularmente las caderas como buscando algo que se introdujese allí.
Mientras tanto, los espectadores habían movido pieza
definitivamente. Cuando Juan consiguió evadirse mentalmente de lo que estaba
haciendo, comprobó que Luis tenía metidos los dedos de una mano en el coño de mi
mujer, y los de la otra en el de la suya, ambas ya libres de bragas y con la
falda subida hasta la cintura y la bata completamente abierta, respectivamente.
Clara, además, se había echado hacia el otro lado y se dedicaba a mamar la polla
de Carlos, el marido de Celia, quien tumbado en el sofá en aquellos momentos
tenía a su propia mujer sentada sobre su boca, y le estaba proporcionando una
monumental mamada de coño. Yo, desde mi mirador, preso de una tremenda
excitación y no pudiendo hacer otra cosa, me había sacado la polla, que estaba a
punto de reventar, del pantalón, y me la acariciaba suavemente, teniendo cuidado
de no correrme. Quería reservar energías.
Mi esposa recibía en su coño la caricia de los dedos de Luis,
y continuaba sin apartar la vista del tratamiento que estaba recibiendo su
hermana. El conjunto era para ella tan satisfactorio que le provocó un intenso
orgasmo; pero fue insuficiente porque pronto ya no pudo aguantar más, y
levantándose del sofá se dirigió a la camilla de masajes.
Juan iba vestido con una especie de chándal ligero y cómodo
de color azul celeste; supuse que se trataba de una prenda apropiada para dar
masajes. Mi mujer se acercó a él, y tras arrodillarse, bajó el pantalón del
chándal y sacó una polla de muy buen tamaño, completamente empalmada, y se la
metió en la boca. La reacción del beneficiario de la mamada fue llevar la boca
al coño de mi cuñada y comenzar una feroz lamida, que fue recibida por esta con
un intenso alarido de placer, inicio a su vez de unos comentarios tan procaces
que nunca pensé que pudiesen salir de los delicados labios de mi mojigata
cuñadita, y que se entremezclaban con la serie de gemidos de todos los presentes
que invadían la sala.
-Cómeme el chocho, cabrón, méteme la lengua bien adentro.
Bébete todos mis jugos, cerdo, aggggg, que gusto me das, ya perdí la cuenta de
las veces que me corrí. Quiero una polla, necesito comerme una polla-
Al oir aquello, me pareció llegado el momento de hacer acto
de presencia. Bajé de la escalera y me fui desnudando apresuradamente dejando
tirada la ropa desordenadamente entre el cuartucho y el pasillo. Al llegar a la
sala, ya estaba completamente en pelotas.
Me dirigí directamente hacia el cabezal de la camilla, donde
estaba mi cuñada y acerqué mi empalmada verga a su boca.
-¿quieres polla, puta? Pues cómete ésta-
Sin decir nada, ni experimentar el mínimo asomo de timidez,
se la metió en la boca ávidamente, mientras sus ojos, con el vicio reflejado en
grado sumo, no se apartaban de los míos. Mamaba de maravilla. Su lengua se movía
alrededor de mi tronco como si fuera una serpiente, y sus manos se alternaban en
acariciar y apretar mis cojones. Eché las manos a sus pezones, y los pellizqué
con cierta crueldad. Estaba pensando en todo lo que me había perdido hasta
entonces, cuando la voz de Juan interrumpió mis pensamientos.
-Vamos a cambiar, quiero ver como le comes el coño a tu
hermana-
Giré la vista y vi como Isabel se levantaba del suelo y sin
dudarlo pasaba a ocupar el puesto que había abandonado el masajista. Aplico la
boca al coño de lidia y comenzó a chuparlo. Todavía estaba parcialmente vestida,
pero pronto las manos de Juan fueron desnudándola completamente sin que tuviera
que apartar ni un instante la lengua del coño de Lidia, y a continuación,
aprovechando la posición en que estaba, la penetró por detrás con fuerza.
Lidia, al notar el cambio y saber que se trataba de su
hermana, presa de la pasión y el morbo intensificó la chupada que me estaba
dando. Las sensaciones que yo recibía, una mamada de mi cuñada mientras mi mujer
le comía el coño a ésta y Juan la penetraba a ella por detrás, eran demasiado
intensas para aguantar mucho tiempo sin correrme. A eso había que añadir que en
el sofá Celia estaba sentada sobre Luis, de espaldas a éste y con la polla
clavada en su coño, Clara, arrodillada en el suelo lamía el coño de Celia y la
polla de su marido en el mete y saca, y Carlos, también arrodillado, se la metía
a Clara desde atrás. Todo este conjunto de sensaciones e imágenes hizo que
explotara en un tremendo orgasmo que inundó la boca de mi cuñada.
Juan terminó al mismo tiempo que yo, y poniéndonos
tácitamente de acuerdo, nos retiramos al sofá a recuperarnos, mientras Isabel no
dejaba de lamer a su hermana.
Mi esposa, ante la nueva situación, paró un momento de
comerse a Lidia y decidió cambiar de posición. Se encaramó encima de la camilla
y, sin perder de vista el coño de su hermana, arrimó el suyo a la boca de ella,
situándose en un perfecto sesenta y nueve. Las dos hermanas comenzaron a lamerse
desaforadamente, mientras Juan y yo no les sacábamos los ojos de encima.
La morbosa relación filial de la que estábamos siendo
testigos hizo que nuestras pollas empezaran a crecer de nuevo. Después nos
fijamos en los que teníamos al lado. Todo eran gritos de placer, hasta que
empezamos a notar que cada uno de nuestros vecinos empezaba a correrse. Primero
fue Carlos, que depositó su carga de semen sobre el culo de Clara. Ésta seguía
lamiendo coño, hasta que la polla de su marido dijo basta, y tras sacársela a
Celia y metérsela en la boca a Clara, depositó allí el producto de su orgasmo,
que la receptora rápidamente pasó a compartir con Celia en un apasionante
morreo. Los hombres quedaron saciados, y las mujeres se decidieron a buscar
nuevas fuentes de placer.
En la camilla, vieron que las dos hermanas se chupaban los
coños, y todo parecía indicar que no necesitaban a nadie para compartir el
placer que estaban buscando; pero en el sofá vieron a dos hombres, Juan y yo,
que a juzgar por el tamaño de nuestras pollas, volvíamos a estar preparados para
recibir placer. Se aproximaron a nosotros, se arrodillaron, y sus bocas fueron a
la búsqueda de nuestras pollas, que ya estaban largas y brillantes. Clara se
hizo con la de Juan y Celia con la mía. Estábamos muy juntos, así que no les
costó mucho trabajo alternar una polla con otra. En un momento dado, yo, que
estaba obsesionado con meterla en el coño de mi cuñada, me separé de mi
mamadora, que en aquel momento era Clara. Juan me lo agradeció con un guiño,
sabiendo que gracias a eso iba a disfrutar de dos magníficas hembras en tanto no
se recuperaran los otros dos hombres que, derrotados, se aplastaban en el sofá.
Me acerqué a mi mujer y a Lidia. La primera estaba sobre su
hermana, lamiendo y recibiendo lengua de forma inagotable, y yo me dirigí al
coño de mi cuñada. Isabel, al verme llegar, me cogió la polla con una mano y se
la llevó a la boca. La chupó durante unos instantes y después la dirigió al coño
de su hermana, introduciéndola. Nunca había sentido que el interior de una mujer
fuera tan caliente.
Comencé a bombear aquel coño, tan mojado que parecía un
charco, mientras mi mujer lamía su parte superior y, de paso, mi polla, que le
cuadraba de camino. Vi que alguien se aproximaba: era Luis, que no resistía
pasar la sesión sin clavársela a mi mujer. Se puso al otro lado de donde yo
estaba, y puso su polla al alcance de las manos de mi cuñada que, liberada ya
definitivamente de todas sus inhibiciones, hizo con Luis lo mismo que su hermana
había hecho conmigo: agarrar su polla, meterla en la boca para ponerla a punto,
y dirigirla al coño de su destinataria.
El coño de Lidia era caliente, y me tenía embebido. Aun así
me fijé en lo que estaban haciendo los restantes invitados: Tanto Juan como
Carlos tenían a Celia y Clara, respectivamente, puestas de rodillas en el sofá,
una de rodillas frente a la otra, y les estaban dando por el culo, mientras
ellas se morreaban, comiéndose la lengua, y se tocaban las tetas mutuamente con
una de sus manos.
Pero el centro de atención era la camilla. El morbo que
provocaba ver allí a las dos hermanas haciéndose de todo, superaba con creces
cualquier otra variante de placer. Las dos parejas que estaban en el sofá
sucumbieron pronto a esta maliciosa atracción, y se decidieron a acercarse. Las
dos mujeres no se limitaron a observar. Celia buscó algún sitio para meter la
lengua y nada le pareció más adecuado que el agujerito del culo de mi mujer,
pero no lo hizo directamente: primero pegó un soberbio morreo a Luis, que era
quien se estaba follando a mi esposa, y después su boca fue bajando por el
cuello de éste, lamiendo y chupando las zonas por donde pasaba, hasta que por
fin alcanzó el ansiado agujerito, que primero lamió insistentemente, para
después abrirlo con las manos y follarlo con la lengua.
Clara, por su parte, me eligió como víctima. Se situó detrás
de mí, y tras arrodillarse, me hizo el mismo tratamiento que Celia le estaba
dando a mi mujer. Me empezaron a sacudir latigazos como de corriente eléctrica,
y noté que me venía de forma inminente. Se lo hice saber a mi mujer, y le ofrecí
sacarla del coño de su hermana y correrme en su boca, pero ella se negó,
diciéndome con la voz ronca y entrecortada por la excitación:
-No, quiero que lo hagas dentro del coño de Lidia. Quiero
limpiárselo y paladear la mezcla de vuestros sabores-
Y así fue. Los jugos de mi venida quedaron depositados en el
receptáculo de mi cuñada, y nada más salirme mi mujer comenzó a devorarlos como
una gata hambrienta, aunque le salió una voraz competidora, Clara, que también
quiso probarlos. Finalmente los compartieron en buena armonía, pasándoselos
incluso de una boca a la otra. Luis también se vino dentro de mi mujer, y la
limpieza del coño de ésta fue también escrupulosamente realizada a medias por
Celia y mi cuñada, cuyas bocas compartieron aquel sabroso cóctel de elixires.
La sesión, tras un pequeño paréntesis para descansar,
continuó aun durante algunas horas, en las que se probaron todas las variantes
del sexo todos contra todos, aunque la estrella de la velada fue mi cuñada, que
nadie, ni hombres ni mujeres, quiso quedar sin catar.
Solo quedaba algo por probar. En un momento dado de la
sesión, Carlos, dotado de un aparato de proporciones más que considerables,
trató de sodomizar a Lidia, que nunca lo había hecho. Para ello, pidió la
colaboración de su mujer, Celia, y entre los dos, con dedos y lengua, trataron
de ir ensanchando el estrecho y virgen agujerito, utilizando los flujos de mi
propia cuñada para facilitar la labor, pero por mucho que lo intentaron, fueron
incapaces de que la polla de Carlos pudiese penetrar en aquel recinto, porque
Lidia no podía soportar el dolor que los intentos le provocaban.
Mi mujer, que estaba en todas, se percató de la situación.
Pidió a Clara que le prestase el aceite de los masajes, del cual nadie se había
vuelto a acordar desde el principio de la reunión, y le dijo a Lidia que se
tendiese en la camilla boca abajo.
Comenzó a continuación a acariciar con mucha suavidad el
agujerito de su hermana, primero con los dedos secos y después con ellos
pringados por el aceite, y poco a poco fue relajando el esfínter, hasta que
consiguió meter su dedo índice, con el que realizó pacientemente un mete y saca.
Lidia empezó a experimentar una placentera sensación que no tenía nada que ver
con el dolor que había sentido durante el intento de Carlos. El músculo estaba
cada vez más relajado, así que se atrevió a introducir otro dedo. Su hermana no
solo lo soportaba, sino que estaba disfrutando intensamente de lo que le hacía.
Sacó los dedos y los sustituyó por la lengua, lamiendo primero alrededor del
ano, y después introduciéndole la lengua en el culo. Lidia empezó a jadear de
placer, muy próxima al orgasmo, y mi mujer creyó llegado el momento de volver a
intentar la penetración.
Ordenó a Carlos que se sentara en el sofá, y le dijo a Lidia
que se acercara y se pusiera de espaldas a él. Mi mujer cerró la mano sobre la
enhiesta polla de Carlos y le pidió a su hermana que se sentara despacio sobre
ella. Así lo hizo, y poco a poco, siguiendo las instrucciones que se les daban,
la polla fue penetrando en el dilatado agujero poco a poco, sin que Lidia apenas
sufriera daño alguno. Cuando se hubo consumado una total penetración, y los
cojones de Carlos entraron en contacto con las nalgas de mi cuñada, su hermana
le preguntó si sentía dolor, y al contestarle negativamente, le pidió que
empezara a moverse con suavidad. Así lo hizo, y de inmediato disfrutó de aquella
enculada.
Todos los presentes estábamos expectantes de lo que allí
acontecía, y el primero que reaccionó fue Luis, que al ver libre el coño de
Lidia, decidió colaborar a una doble penetración. Tras arrodillarse en el suelo,
consiguió enchufársela. Lidia, que ya había empezado a disfrutar de una polla en
su culo, estuvo a punto de volverse loca de placer al notar como también la
taladraban por delante. Sus gritos eran pura histeria. Pidió más pollas, y Juan
y yo nos acercamos a ella, uno por cada lado. Tomó una con cada mano y comenzó a
pajearnos.
Nadie quería quedarse al margen de aquella escena, así que
las tres mujeres restantes también se aproximaron. Mi mujer dirigió su boca a la
de su hermana, y comenzaron a besarse apasionadamente, mientras que Clara y
Celia se apropiaron de las tetas de Lidia y se dedicaron a morderlas, chuparlas
y acariciarlas. Pronto ésta estalló en un orgasmo tan intenso que parecía que no
se iba a acabar nunca. Eso fue como la espoleta para que comenzaran los orgasmos
en grupo. El primero fue Luis, que sacó su polla del coño de Lidia, y agarrando
a Celia por los pelos, la obligó a abrir la boca y tragarse toda la leche que
soltó. A Celia, sin contacto alguno con nadie salvo con quien la estaba dando de
beber, le sobrevino un orgasmo de gran intensidad.
Carlos, también viendo llegado el momento, obligó a Lidia a
levantarse y darse la vuelta, y regó las tetas de ésta con otra buena corrida.
Juan y yo, liberados en ese momento, también tuvimos que buscarnos la vida. Yo
cogí a Clara y él a mi mujer, e hicimos que nos hicieran terminar con una
mamada, y después, ambas compartieron las leches besándose furiosamente, al
tiempo que se acariciaban mutuamente el coño hasta conseguir una genial acabada.
Cuando nos despedimos, todos nos felicitamos por lo
satisfactoria y apasionante que había resultado la jornada. Todos estábamos
exhaustos, y con las vaginas y penes enrojecidos, pero había merecido la pena:
el placer experimentado había sido inenarrable.
Por la noche, cuando por fin llegamos a casa y estuvimos
solos, le dije a mi mujer: -la próxima vez que hagamos algo como lo de hoy, me
gustaría invitar a Marisa y su cuñada y a Manoli, que hace tiempo que no tenemos
nada con ellas-
Ella me contestó: -a quien quieras, tú eliges a las mujeres y
yo a los hombres, pero la que no quiero que falte nunca es mi hermana-