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Cambié los micros por las pollas
TODORELATOS » RELATOS » EL RESURGIR DE UNA MUJER CALIENTE
[ Se esta víbora te pica, no hay remedio de botica. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 11 de Octubre, 2008.
Fecha: 26-Nov-07 « Anterior | Siguiente » en Orgías (1812 de 1924)

El resurgir de una mujer caliente

ROJOSATEN
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En la playa su cuerpo volovió a sentir lo que abel la habia mostrado. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

EL RESURGIR DE UNA MUJER CALIENTE

Rojo.saten@hotmail.com

Tras mi vuelta de Madrid, me sentía una mujer nueva, más sensual, más segura de mi misma. Abel Había despertado en mí una mujer caliente que había estado dormida durante mucho tiempo.

De Abel no había vuelto a saber nada. Yo no le había llamado, después de la escena de la estación, y el no había enviado ningún correo. Me dispuse a seguir mi vida, disfrutando de todos los placeres y oportunidades que esta me daba.

Fui unos días a un pueblecito cerca de Noja, al norte peninsular, para pasar unos días en la casa que mis padres alquilan todos los veranos. A los niños les encanta porque dispone de un amplio terreno donde pueden jugar y sentirse libres, además la playa no está a más de quince minutos.

Un día en que mis padres se llevaron a los niños al parque de Cabárceno, yo me dispuse a pasar un día de playa tranquilo. Me fui después de desayunar tranquila y hacer unas compras. Desgraciadamente, para mí, la playa principal estaba atestada de gente, y lo que menos me apetecía es estar sorteando toallas y cuerpos. Tampoco eran horas ya de coger el coche e ir en busca de otra playa que posiblemente estuviese igual de concurrida. Como única solución pensé en ir a la playa nudista que estaba pegando a la principal, pero un poco más recogida y sin servicios esenciales.

Anduve por el estrecho sendero que conducía a las dunas que separaban las dos playas. El calor hacia que mi cuerpo sudase y la fina camiseta se pegase a mi piel, dejando entrever mi anatomía casi desnuda, pues no me había puesto sujetador. Cuando coroné las primeras rocas, pude ver que la playa estaba con muy poca gente. A pesar de ser una playa nudista, también había bañistas textiles.

Acomodé la toalla cerca de la orilla para no tener que desplazarme demasiado a la hora de darme un chapuzón. Me quité la ropa y me quedé con la braga del bikini. Me sentí orgullosa de mis pechos cuando estos se liberaron, y recibieron las caricias del sol. Alguno que estaba por allí cerca, no perdió de vista mi pequeño streprease.

Me tumbe en la toalla, y coloque los auriculares de mi MP3, dispuesta a pasar un dia relajado, haciendo nada, absolutamente nada. Había pasado media hora, cuando me apeteció darme el primer chapuzón, me levanté, y cuando me dirigía al agua, me acordé que no había llevado un tanga para cambiarme, así que aproveché el estar en una playa nudista, para hacer mi primer desnudo integral en público.

Al principio me pareció que todo el mundo se fijaba en mí, pero pronto esa sensación me abandonó. El agua estaba estupenda, y era muy placentero sentir el líquido templado por todo mi cuerpo sin ninguna prenda que molestase. ¡Qué maravilla! ¡Los años perdidos por un tonto pudor!.

Cuando regresé a la toalla, llegaba un grupo de chicos jóvenes. Creo que se decidieron a colocarse cerca de la toalla cuando vieron mi desnudez. Pensé que con toda la playa que había, se tenían que poner cerca de mí.

Me tumbé al sol, para que los rayos de sol secasen mi cuerpo. A los pocos minutos, los chicos comenzaron con sus tonterías, para iniciar un acercamiento a mí. Que si tenia fuego, que si una pelota que se escapa, que si hacen que se pelean, en fin todo un sin fin de movimientos que muchas de nosotras conocemos.

Me dispuse a darme bronceador, y cuando me fui a dar en la espalda, una voz sonó a mi lado.

Perdone ¿quiere que la de yo?

No gracias. Respondí un poco seca.

Pero el joven no era de los que se resignan ante la primera negativa, así que tomó el bote en sus manos, y se colocó a mi espalda a pesar de mis tímidas protestas.

No se preocupe, no la rozaré nada. Dijo riéndose.

No quise parecer una mojigata así que le dejé hacer. Puso una pequeña cantidad en sus manos, y comenzó a extenderme el viscoso y frío líquido por mis hombros. No se limitó a solo a dármelo, sino que comenzó una serie de movimientos que fueron de mi agrado.

Está muy tensa, ¿me permite que la dé un masaje?

Aún no sé por qué le dije que si, pero me coloqué boca abajo en la toalla, y comencé a notar el paso de sus manos por mi espalda. Los demás chicos le comenzaron a decir todo tipo de frases, como ¡que suerte tienes!, ¡cuidado con las manos! y cosas así.

Sus manos pasaban por mi espalda cada vez más decididas, cada vez abarcando más territorio. Yo le dejaba hacer, porque el placer que sentía era grande, y además necesitaba un buen masaje. Estuvo bastante tiempo deslizando sus manos, y cuando trabajaba mis costados, sus manos se posaban en los flancos de mis pechos, reteniendo los movimientos, supongo que en espera de mi reacción. Pero no iba a ser yo quien le dijese nada, así que envalentonado, procedió a bajar a mis glúteos.

La tensión acumulada en esta zona, se fue relajando, a la vez que sus manos amasaban, tiraban, y por qué no decirlo abrían mis glúteos para que mi vagina se mostrase totalmente abierta, y húmeda. Me di cuenta que había dejado de oír a los chicos, así que giré un poco mi cabeza par a verlos. Como me imaginaba, habían hecho un semicírculo para que la escena pasase más desapercibida. Les sonreí, y cerré los ojos para seguir disfrutando.

El chico siguió amasando mis glúteos, y de vez en cuando sus pulgares rozaban mi ano, o se introducían levemente en mi vagina.

¿Le esta gustando?

¿Que si me gustaba? Estaba en la gloria, y pensé que si seguía así terminaría por correrme. Asentí con la cabeza, y eso pareció que le animó más, porque sus movimientos se hicieron más atrevidos, hasta el punto que me estaba masturbando sin ningún tipo de reparo.

Notaba como sus manos pringadas del bronceador, entraban suaves y decididas en mi interior, y como mi clítoris inflamado era pellizcado suavemente por sus dedos. Comencé a mover mis caderas primero ligeramente, y cuando el placer se estaba descontrolando, y los movimientos de mis caderas se hacían mas ostentosos, noté como más manos se posaban sobre mi cuerpo, y como buscaban recodos por donde meterse. Tardé varios segundos en reaccionar, pero finalmente me negué, e incorporándome, le dije al joven que me estaba dando el masaje, que eso ya era multitud, y no estaba dispuesta a ello.

El joven miró a sus compañeros, y les dijo que le esperasen en las toallas. Quiso seguir con el masaje, pero la verdad es que a pesar de estar tremendamente caliente, ya no estaba a gusto, y le dije que ya era suficiente. Pareció que se rendía, pero dio media vuelta y al oído me dijo que si quería ir con él al piso que tenían alquilado. Me negué, pero volvió a la carga, y al mirarle a los ojos, algo en mi interior hizo decirle que sí. La verdad es que necesitaba tener sexo. Después de Abel, nadie había me había poseída. Me tenía que conformar con darme alivios en mi cama, hasta que el sopor del sueño me invadía.

Si la verdad es que estaba caliente, muy caliente. El chico se despidió de sus amigos, y recogiendo sus cosas, se dirigió a mí, que ya me había puesto la ropa, dejando en mi bolsa la braga del bikini.

Me cogió de la mano, y nos fuimos por la arena de la playa, atravesamos como dos enamorados el camino que se dirigía al aparcamiento, y cogiendo el coche, me dirigí hacia Noja, donde tenia el piso alquilado.

Por cierto, me llamo Martín.

Yo Yoli.

Me dio un ligero beso en los labios mientras me colocaba el cinturón de seguridad.

La carretera era sinuosa, y cuando habíamos recorrido unos kilómetros, Martín puso sus manos en mis muslos. Le dejé hacer. Siguió moviendo su mano ascendiendo por mi pierna, y haciendo que mi falda subiese hasta mis ingles. Se sorprendió al no encontrar ninguna prenda que impidiese llegar hasta mi coño. Acarició levemente mis labios vaginales, notando claramente su humedad. Abrí mis piernas lo que pude, para que no tuviese duda alguna de que deseaba que me diese todo el placer que pudiese.

Se hizo derogar unos minutos, y yo movía mis piernas de modo que sus dedos se acercasen a la entrada de mi ya encharcado coño. Pero Martín seguía sin decidirse, así que una voz irreconocible salió de mi garganta.

O me masturbas ahora mismo, o te dejo aquí mismo y vas a pié.

Le miré decidida, y con un gesto que denotaba seguridad, una seguridad que no creía que tuviese.

Martín asintió a la vez que sonreía, y procedió a masturbarme al instante. Movía sus manos como un maestro, y mientras, yo me frotaba los pechos con una mano. Mi calentura era extrema, y por fin tuve un tremendo orgasmo, cerrando las piernas y atrapando los dedos de Martín en mi interior. Desaceleré el coche para evitar tener un accidente.

Martín retiró su mano de entre mis muslos, y tomándola con mi mano, deposité un suave beso en ella, percibiendo el fuerte olor de los líquidos que habían manado de mi interior hacía unos instantes.

Llegamos a Noja, y fui callejeando por el pueblo, con las explicaciones que Martín me decía. Subimos al piso con la urgencia de dos personas que se desean.

Cuando cerró la puerta tras de mí, me abrazó y me dio un beso que casi me quita la respiración. Yo no quería quedarme atrás. Hasta entonces había sido el quien había llevado la iniciativa. Me separé un poco de él y nos dirigimos hacia el dormitorio que me indicó. Desde luego se notaba que el piso lo habitan unos chicos jóvenes, porque el revuelo era tremendo. Le di un suave empujón para tirarle sobre la cama. Se incorporó un poco y se quedó mirándome.

Comencé un lento striptise con la poca ropa que me quedaba. Al quitarme la camiseta, mis pechos quedaron apuntando hacia él pidiendo guerra. Martín quedó mirando fijamente sin articular palabra. Seguí con la falda, que me fui quitando con toda la parsimonia del mundo, hasta quedar desnuda frente a el, con las sandalias como única prenda de vestir.

Me acerqué a el, y me puse a desabrocharle la camisa. Uno a uno los botones cedieron a la presión. Me acerqué a su pecho y comencé a succionar sus pezones. Un suspiro de placer me confirmó que era de su agrado la caricia. Los pellizqué y conseguí que se pusiesen duros. El me cogía de la nuca y me apretaba contra su pecho.

- Muérdelos, dame todo el placer del mundo.

Descendí con mis labios hasta llegar a su pantalón. Comencé a quitarle el cinto, y a desabrochar los botones del pantalón. El bóxer que asomaba, a duras penas podía disimular la tremenda erección. La punta del pene asomaba morada por encima de la prenda. Con ayuda de Martín, conseguí quitar los ajustados pantalones, y siguió el mismo camino el bóxer. Estaba realmente excitada, y quería aprovechar a tope lo que aquel día tan excitante podía depararme. Me abalancé sobre el pene, procediendo a lamer el glande, ensalivándolo dulcemente para que no se irritase. A cada caricia mía, Martín emitía un gemido de placer, parecía que estaba tan excitado como yo. Agarré el pene con ambas manos y procedí a masturbarlo para que alcanzase todo su esplendor, antes de proceder a introducírmelo en mi coño, que hervía de impaciencia. Sería un polvo breve pero intenso. Martín no daba crédito a mi respuesta, había pasado de ser el dominador de la situación, a ser dominado y estoy segura que no le importaba. Su respiración comenzó a hacerse más rápida, no quería que se corriese, así que procedí a ponerme a horcajadas sobre él y comencé a descender suavemente sobre su pene. Sentí en mi interior como se abría paso, hasta parecer que llegaría hasta la garganta. Fueron tan solo unos segundos los que estuvimos quietos, disfrutando de la situación.

Comencé a subir y bajar acompasadamente apoyándome en su pecho. Miré hacia mi coño y pude ver perfectamente como su pene entraba y salía de mi interior, arrancándome suspiros y gritos.

- Dame fuerte cabrón, párteme en dos con tu polla.

No me reconocía diciendo aquellas palabras, pero también es verdad que no me reconocía en la situación en la que estaba, follando con un desconocido en su piso. Pero Abel me había abierto a una nueva vida, y no pensaba parar.

Martín puso sus dos manos en mis glúteos para ayudarme en el movimiento. Yo ahora hacía círculos sentada sobre él. Se aferró con una mano a mis pechos, mientras que con la otra palmeteaba viciosamente mis glúteos. Estas "carias" desconocidas hasta entonces por mí, hicieron que tuviese un fuerte orgasmo. Mis gritos se tenían que oír desde fuera de la rulote, así que Martín procedió a ponerme una mano en la boca. Yo comencé a chupar sus dedos, en cuanto que el orgasmo fue cediendo en intensidad. Fui recorriendo sus dedos, la palma de su mano, su brazo…

Me eché hacia atrás, para que èl se pudiera incorporar, y así sentados el uno sobre el otro, comenzamos de nuevo a movernos. Sus manos recorrían mis pechos, hasta descender a mi inflamado clítoris. Me hacía un poco de daño con el dedo, así que se lo cogí y procedí a chuparlo y a ensalivarlo. Después yo misma le guié para que la caricia fuera más placentera. Eché ligeramente la espalda hacia atrás, para que pudiese trabajarme con la mano. Aceleré el ritmo de mis caderas en el momento en que noté que el orgasmo era inminente. Se agarró fuerte a mis caderas, y sentí como los chorros de esperma se introducían en mi interior, calientes, abundantes. Fue entonces cuando caí en la cuenta de que no se había puesto preservativo. Después de unos instantes noté como su pene se iba relajando en mi interior, así que puse una mano en forma de copa, y fui levantándome para limpiarme.

- Ha sido fabuloso. Gracias por un polvo así.

- Espera un momento, te prometí que la noche sería especial, y así tiene que ser. Esto no es más que el comienzo.

Se levantó y puso en marcha el televisor, tras unos segundos, aparecieron en la pantalla una pareja haciendo el amor. ¡Éramos nosotros! Había grabado todo.

- No te preocupes, después te la puedes quedar, o la podemos borrar. ¿Quieres tomar algo mientras las vemos?

- Una cerveza estaría bien.

Me sirvió la bebida, y nos sentamos a ver la película en la que yo era protagonista. Era la primera vez que me grababa haciendo el amor, y resultaba de lo más excitante verse ahí. Comencé a sentir que mi coño pedía guerra de nuevo. Martín se debió de dar cuenta por la forma en que le miré.

- ¿Cómo la has podido preparar?

- No preguntes. Dijo a la vez que soltaba una sonora carcajada.

Me imaginé que no era la primera a la que grababan.

- Espera unos minutos y la fiesta continuará. Te prometo que saldrás satisfecha de aquí, y con muchachas de tus fantasías hechas realidad.

- Parece que el día promete. Dije dándole un buen morreo.

- Quiero presentarte a unos amigos que me ayudarán a tal fin.

Se levantó y se dirigió a la puerta. Tras abrirla, entraron los tres amigos que habían estado con él en la playa. Supongo que esperarían mi reacción, porque todos se quedaron mirándome.

- Tengo cuerpo y ganas para todos. Respondí, asombrándome de mis propias palabras.

Fue el pistoletazo de salida para los cuatro chicos. Los recién llegados no perdieron el tiempo en milongas, y se desnudaron completamente. Yo me senté en la cama para ver como se iban quitando la ropa. Ante mí aparecieron unos cuerpos jóvenes, fibrosos, y que sin ser nada del otro mundo, sí que estaban muy bien proporcionados. Se quedaron de pié, desnudos, y mirándome para ver que es lo que sucedía. Estaba dispuesta a no perder la iniciativa. Miré a mí alrededor y vi un frutero con distintas frutas. Me llamaron la atención unos higos. Tomé uno de ellos y lo partí por la mitad. Apareció su carne jugosa y dulce. Lo mordí mirando a los chicos lujuriosamente. Pasé mi lengua por mis labios, apreciando el dulzor del fruto. Después pasé una de las mitades por mis pezones, sin dejar de mirar a los chicos, que ya tenían síntomas claros de excitación a tenor de sus penes erectos. Continué pasando el fruto por mis pechos, y seguí por mi vientre hasta acercármelo a mis labios vaginales. Los chicos me decían todo tipo de piropos, cada vez más subidos de tono. No sé explicarlo, pero me sentía como una diosa del sexo. Proseguí pasando el fruto por toda mi piel, y cuando hube recorrido todo mi cuerpo, y los chicos estaban totalmente enloquecidos, me dirigí a ellos desafiante.

- ¿Os vais a quedar hay quietos?

Los chicos al unísono se acercaron a mí. Uno de ellos cogió la cámara que estaba grabando, y procedió a grabar primeros plano del encuentro, relevándose en cuanto las circunstancias lo exigían. Me tumbaron en la cama, y procedieron a lamerme todo el cuerpo quitándome el azúcar del fruto. Era maravilloso sentirse besada por varias bocas y acariciada por tres pares de manos. Contra lo que pueda parecer, todo se hacía con un cierto respeto, con suavidad, sin brusquedades. Me vi de repente elevada por sus manos, haciendo que mi espalda se arquease, a la vez que sus manos acariciaban cada músculo. Me depositaron sobre la cama de nuevo. Todavía me sentía flotando cuando uno de los chicos, Javier, puso su pene en mi boca. Procedí a lamerle todo su miembro ensalivándoselo a conciencia. Carlos comenzó a lamerme el coño, moviendo su lengua frenéticamente, mordisqueando mi clítoris y jugando con él. Martín se abalanzó sobre mis pechos, endureciendo mis pezones hasta el límite. Los sobaba amasándolos con glotonería. Gemía y movía mis caderas al compás de sus manos y de sus lenguas. No pude aguantar más y estallé en un inmenso orgasmo que sorprendió a mis amantes, debido a la intensidad de mis movimientos y de mis gritos. Dejaron que me recuperase un poco, eso sí, sin estarse quietos.

Me pusieron a cuatro patas y proseguí chupando el pene de Javier mientras Martín me introducía su miembro. Carlos no permanecía inactivo y por debajo de mí me chupaba y mordisqueaba mis pechos. Yo disfrutaba de los placeres que me estaban dando, y también podía sentir como Luis se acercaba con la cámara para grabar unos primeros planos, que ya preveía de gran carga erótica. Mientras grababa aprovechaba a pasar una mano por mi piel, para mantener intacta su erección. Yo por mi parte, cuando pasaba acariciaba su paquete cada vez que se ponía a mi alcance.

Cambiaron de posición. Ahora era Martín el que grababa y Luis al que chupaba y pajeaba su pene. Javier se puso tras de mí y me introdujo con suma facilidad su miembro. Carlos se colocó junto a Luis y me dio a chupar su erecto pene. Me agarré a sus glúteos para no perder el equilibrio al pasar de un pene al otro. De vez en cuando les juntaba y los lamía al unísono, siendo esta una caricia que mis dos amantes agradecían con sonoros gemidos. Javier me bombeaba con acompasado ritmo, chocando sus testículos contra mis nalgas. De vez en cuando palmeteaba mis nalgas, produciéndome una agradable sensación. Aceleró el ritmo cuando su orgasmo estaba comenzando, sacando su pene para que un gran chorro de semen caliente saltase a mi espalda, incluso parte fue a parar a mi pelo. Seguí pajeando a mis dos amantes, mirándoles a los ojos y comprobando en sus caras que el orgasmo estaba cerca. Me puse de rodillas y procedí a aumentar la velocidad de la masturbación. Increíblemente, comenzaron a orgasmar a la vez. Sus dos chorros de semen impactaron contra mi cara y parte fueron a parar a mi boca, que no pudo albergar tanta cantidad, cayendo algunas gotas por las comisuras de mis labios. Me sentía satisfecha de poder dar placer a estos cuatro machos. Mi cuerpo estaba envuelto en sudor y semen. Mis amantes me rodearon y casi en volandas me introdujeron en la ducha para que pudiera descansar y ducharme.

La sensación del agua fría cayendo por mi piel relajó mi caliente cuerpo, pero no mi calentura. Estaba extrañada yo misma de mi conducta, y la verdad es que no sentía ningún tipo de remordimientos. Pensaba salir de la ducha y seguir dándoles caña, demostrando la fortaleza sexual de las mujeres. En estos pensamientos estaba, cuando la cortinilla de la ducha se abrió y mis amantes aparecieron con una sonrisa en los labios.

- Esperamos que hallas descansado, porque la noche sigue.

- Cuando queráis encantos.

Me secaron entre todos con varias toallas, aprovechando la ocasión para sobarme a conciencia y subir mi calentura todavía más. Cuando estuve seca, me tumbaron en la cama boca abajo, y procedieron a extenderme aceite caliente por todo el cuerpo. Pocas veces se tiene la ocasión de que cuatro pares de manos te masajeen por todo el cuerpo. Es una sensación inenarrable. Estuvieron aceitando cada rincón de mi cuerpo durante un tiempo que se me hizo eterno, porque todo mi ser pedía guerra. Estaba dispuesta a disfrutar todo lo que mi cuerpo me pidiese. Tanta caricia no pasaba desapercibida para mis amantes, y sus penes reaccionaron mostrándose en toda su plenitud. Cuando consideraron que ya estaba suficientemente aceitada, me dejaron sobre la cama, mientras se reunían por unos instantes y tramaban sus nuevos planes para mí. Me fui volviendo poco a poco y mientras les veía deliberar sin perderme de vista, yo comencé a pasarme mis manos por mi piel, sintiéndola suave y cálida. No tardaron mucho en ponerse en movimiento. Martín fue el primero que tomó la iniciativa, y con una sonrisa se dirigió hacia mí. Se puso sentado ligeramente sobre mi vientre, y comenzó a pasar sus manos por mi cara, recorriendo y marcando cada pliegue, cada ángulo. Fue descendiendo por mi cuello, mis pechos… Yo cerré los ojos y me fui abandonando a sus caricias. Se tumbó junto a mí, y poco a poco me fue poniendo de lado, para tras levantar una de mis piernas, penetrándome con suma facilidad. Mientras se meneaba en mi interior, me cogía mis pechos procediendo a jugar con ellos. Los demás por unos momentos se contentaron con mirar, mientras Luis no perdía detalle con la cámara de video. Fue Carlos el primero que se acercó, comenzando a devorarme literalmente mi cuerpo. No dejaba rincón que escapase a su lengua, que usaba mejor que las propias manos. Martín se sentó en la cama para que yo pudiese estar sentada encima de él. Dándole la espalda, procedí a subir y bajar a un ritmo acompasado, mientras Carlos se había puesto de pié y me daba su pene para que lo pudiese chupar. Javier se acercó y se puso a mi lado. Luis por su parte dejó la cámara y se colocó al otro lado de mí. Entendí perfectamente lo que querían, y la situación quedó plasmada en la cámara de vídeo de esta manera: Martín me estaba penetrando estando yo sentada sobre él; Carlos de pié frente a mí, tenía su pene en mi boca, y se movía como si de una vagina se tratase; Luis y Javier cada uno a un lado, tenían sus penes en mis manos, y les estaba procediendo a masturbar. Aún no sé como me podía mover en esas condiciones. Todo mi cuerpo se estaba empleando a fondo para dar placer a mis cuatro amantes. Los gemidos de los cinco inundaban el piso. Mis ojos no se cerraban tratando de retener todo lo que estaba pasando en esa "noche de sexo y locura". Sentía que cada poro de mi piel recibía mil descargas que se transmitían a mi cerebro. No pude aguantar más, un nuevo orgasmo recorrió todo mi cuerpo, y se transmitió a los cuerpos de los jóvenes. Alguno de ellos estuvo a punto de terminar también, pero se retiraron a tiempo, con el fin de no quedar excluidos en lo que quedaba de noche.

- ¡Dadme vuestra leche! Grité desesperada, pero obviamente ninguno me hizo caso.

Martín salió de mi interior y acercando sus labios a mi oído preguntó:

- ¿Te está gustando Judith?

Afirmé con la cabeza mientras me mordía los labios.

- Pues esto va a seguir, pero recuerda que lo puedes parar cuando tú quieras, se trata de que todos disfrutemos. ¿De acuerdo?

Volví a asentir con la cabeza. Que si estaba dispuesta a disfrutar, ¡ya lo creo! Pensé que jamás en la vida me volvería a suceder nada como aquello. La verdad es que estaba intrigada por lo que aquellos chicos me tenían aún preparado, porque mi mente no imaginaba que era lo que aún nos quedaba por hacer. Bueno sí, pero no estaba dispuesta a ser penetrada por ahí. Pocas películas pornográficas había visto, pero ninguna se acercaba ni de lejos a la que sin duda estábamos protagonizando los cinco.

Cuando me hube repuesto de mi orgasmo, Luis trajo en pañuelo con el que procedió a taparme los ojos. En un primer momento me negué, pero de nuevo la voz de Martín me tranquilizó. Era curioso el efecto que este chico me producía. A pesar de la situación, era como si sólo estuviésemos los dos, y seríamos amantes desde hace mucho tiempo. Procedieron al fin a taparme los ojos, y después me levantaron para dejarme de pié en mitad de la habitación. Me levantaron los brazos, y con dos pañuelos me sujetaron a un armario. La postura no era incómoda, y mis sentidos se agudizaron para percibir cualquier ruido, cualquier olor que pudiera darme alguna pista de lo que iba a suceder. Pero ninguno de los sonidos que llegaban a mí, me daba pista alguna, así que sencillamente me puse a esperar los sucesos. A los pocos minutos sentí que mis amantes estaban a mí alrededor. Mi cuerpo empezó a sentir como varias bocas recorrían cada espacio, cada rincón, cada poro… Mi cuello, mis pechos, mi vientre, mis ingles, mis nalgas, mi sexo… nada quedó fuera del alcance de sus lenguas y de sus labios. Eché la cabeza hacia atrás para sentir cada caricia. Separaron un poco mis piernas, y noté como unas manos separaban mis labios vaginales, y como poco después una lengua exploraba el interior de mi sexo. Mi clítoris se endureció hasta el punto de que podía notarlo, como si tuviera vida propia. También mis nalgas estaban siendo acariciadas, y de vez en cuando un dedo pasaba por mi virginal ano. El chico que estaba acariciando y besando mis pechos, se estaba empleando a fondo. Mis pezones le estaban regalando una dureza extrema.

Estaba gozando como nunca, cuando unas manos se posaron en mi vagina, procediendo a separa los labios. Algo comenzó a introducirse en mi sexo. No era un pene. Era algo esférico. Cuando estuvo totalmente introducido en mí, otro artefacto comenzó el mismo camino. En mi interior se juntaron los dos aparatos, que en un momento dado comenzaron a vibrar. Se trataba de las famosas bolas chinas. Ni en mis sueños más eróticos, me había imaginado que las hubiese podido utilizar alguna vez. Una serie de escalofríos comenzaron a recorrer mi cuerpo. Me puse a morder mis labios, y mis piernas comenzaron a moverse cerrándose una sobre otra, en busca de un mejor contacto de las bolas con la vagina. Noté las sonrisas de mis amantes al percatarse del placer que mi cuerpo estaba recibiendo. Alguno agarró mis labios vaginales y los juntó más con los dedos, incrementando las sensaciones. Los chavales sabían muy bien lo que hacían. En esas estábamos, cuando en mi boca comenzó a caer un chorro de miel templada. No pude contener toda en la boca, y comenzó a caer por las comisuras de mis labios, para acabar en mis pechos, y seguir hasta mi vientre. Después las lenguas volvieron a la carga e hicieron desaparecer toda la miel de mi cuerpo. Entre las bolas, y las lenguas, no pude más y comencé un nuevo orgasmo, que debido a la postura en la que estaba, solo podía expresar por medio de gritos, que seguro se escucharon en el exterior. Mis gritos y gemidos duraron más de un minuto. Cuando mi orgasmo terminó, las bolas chinas seguían con su trabajo en el interior de mi vagina, y por lo que parecía, ahí seguirían un rato. Alguien se agachó, y cogiéndome las piernas las colocó sobre sus hombros, para comenzar a trabajar sobre mi clítoris. Recorría mis ingles y mis labios vaginales. Introducía la punta hasta tocar las vibrantes bolas.

- Me vais a matar cabrones. Metedme una buena polla de una vez. Les grité desesperada.

El que me tenía sujeta, me soltó dejando mis piernas en el suelo de nuevo. Separaron mis labios vaginales, y procedieron a sacar las bolas de mi interior. Noté una sensación de vacío, pero en mi interior seguía notando el cosquilleo que me habían provocado. Quedé con mis piernas abiertas a la espera de acontecimientos. De pronto noté la punta de un pene en la entrada de mi coño. Tenía un tamaño extraordinario. ¡Era un consolador! El tamaño era tan grande, que no podía entrar. Lo pusieron en marcha para que fuese más fácil la maniobra. Poco a poco el vibrador fue entrando en mi interior. A la vez que entraba, mi amante procedía a girarlo. No era consciente del tamaño, pero tenía que ser descomunal. Mis músculos vaginales fueron cediendo hasta ser capaces de alojar todo el aparato en mi interior. Cuando chocó con el interior, mi amante comenzó un suave mete y saca que me estaba volviendo loca. Estuvo así un buen rato, en el que volví a tener un nuevo orgasmo. Mi interior se tenía que estar enrojeciendo, porque comencé a notar un leve escozor. Así se lo dije a los chicos, que enseguida solucionaron el problema poniendo aceite en el vibrador. Sentí alivio poco a poco, a medida que el aceite lubricaba mi interior. Siguieron moviendo el aparato dentro de mí, hasta que me desataron y con los ojos tapados me llevaron a la cama, dejándome de pié en ella. Dos de los chicos se tumbaron en la cama, formando una especie de aspa. (Esto lo vi posteriormente en el vídeo). Juntaron sus penes con la mano, y otro me fue descendiendo hasta que mi vagina tuvo contacto con los dos penes. Me sorprendió la maniobra, tanto como que pudieran entrar en mi vagina sin ningún esfuerzo. Entonces entendí el por qué me habían metido semejante aparato anteriormente. Comencé a balancearme sobre ellos, sintiendo sus dos penes moviéndose en mi interior. Me quitaron el pañuelo de los ojos, y pude ver que mis dos amantes eran Martín y Javier, sin duda los dos que mejor estaban equipados. Miré a los ojos de Martín que era quien me pillaba de frente, y pude ver un grado de ternura en su mirada. Sus dientes asomaban en medio de una pícara sonrisa. En un gesto de complicidad me guiñó un ojo, a lo que yo respondí con un gesto de asentimiento, mientras me pasaba la lengua por mis labios, humedeciéndolos sensualmente. A la vez que me balanceaba sobre ellos, estos manejaban sus manos por todo mi cuerpo, en especial los pechos y mis nalgas. Javier de vez en cuando se atrevía a detenerse en mi ano, presionando suavemente, pero sin llegar a introducirlo. Se me ocurrió que mientras me movía, podía girarme y colocarme frente a Javier. Así lo hice, y lentamente con los dos penes en mi interior, fui girándome hasta quedar frente a Javier. Los dos muchachos emitieron un suspiro prolongado de placer, señal de que la maniobra les había gustado, e incluso creo que les sorprendió mi iniciativa. Humedecí dos dedos en mis labios, y me puse a pasarlos por los pezones de Javier, que arqueó su pubis al sentir tan excitante caricia. Martín por su parte animó a Carlos a acercarse y acariciarme todo el cuerpo, para que "no me enfriase". Luis no dejaba de grabar en todos los ángulos posibles. A estas alturas de la noche, ya me había olvidado de que todo se estaba grabando. Tenía cierta curiosidad por ver que es lo que salía en la cinta.

Martín separó mis nalgas, y con un gesto de sus manos, me indicó que me echase hacia delante.

- Soy virgen por ahí.

- No te preocupes, no te haremos daño, y si no te gusta paramos. Recuerda que estamos para gozar todos.

Noté que un líquido gelatinoso recorría el canal de mis nalgas, y alcanzaba la altura de mi ano. Un dedo de Martín introducía parte de ese líquido en el interior, y poco a poco fue presionando en la entrada, con total sutileza, sin forzar, dejando que fuesen mis músculos los que dieran la orden de avanzar. Yo mientras tanto me puse a chupar el pecho y los pezones de Javier, que con los ojos cerrados suspiraba en cada caricia que yo le daba. Los dos penes se movían dentro de mí como si tuvieran vida propia. Mi interior no tenía ni un solo punto que no estuviese siendo frotado por aquellos dos penes. Toda la piel estaba hipersensibilizada, y el placer me estaba llevando al éxtasis. Martín seguía trabajándome el ano, introduciendo suavemente el dedo, hasta que consiguió meterlo por completo. Se detuvo unos instantes para que mi ano se dilatara lo suficiente para permitir un mete-saca sin que me dañase. Carlos me puso el pene junto a la boca para que le trabajase su miembro. Todo mi cuerpo trabajaba para dar y recibir placer. Martín, cuando creyó que mi ano estaba preparado, procedió a menear su dedo en mi interior. Era una sensación nueva para mí. Por un lado en mi vagina tenía alojados dos penes, y mi ano estaba siendo desvirgado por un juguetón dedo, que no me daba dolor, sino placer. Esto acabó por derribar las pocas barreras que me quedaban, y me dispuse a gozar por todos los agujeros de mi cuerpo. Los gemidos de los cuatro se mezclaban con frases inconexas, y palabras subidas de tono, que caldeaban más aún el ambiente. Mi ano ya se había acostumbrado a la penetración, y Martín parece que también se dio cuenta, porque puso un segundo dedo a la entrada, y comenzó una suave presión. Un pequeño dolor hizo que pusiese mi mano en la suya para evitar que siguiese avanzando. Así la tuve unos instantes hasta que el dolor prácticamente desapareció. Entonces quité la mano y le animé a seguir. Martín así lo hizo. El segundo dedo seguía avanzando a través de mi dilatado ano, y podía notar como se unía al acompasado movimiento de los dos penes. Se rozaban, con la única separación de la fina membrana. Todas estas sensaciones eran demasiado para mí, y esta vez el orgasmo fue como una explosión en mi interior. Todo mi cuerpo se convulsionó de forma violenta y descontrolada, haciendo que Martín sin querer, acabase metiendo los dos dedos hasta el fondo, de golpe. Quedé quieta, varada en los dos penes que me ensartaban. Mis ojos parecían querer salirse de sus órbitas. Todos se quedaron quietos para ver cual era mi reacción, y quedaron sorprendidos con mis gritos.

- ¡Quiero más!, penetradme, abrirme todos los agujeros, llenadme con vuestra leche.

No se hicieron esperar. Salieron de mí, y Carlos se tendió en la cama, para que me metiese su pene en mi vagina. Casi no la noté cuando me lo introduje, pues mi coño aún lo tenía dilatado por el tratamiento del consolador y de los dos penes. Me agarró por la nuca y me acercó a su cara para darme un morreo de película. En esta postura mi culo quedó ofrecido, y Martín poniéndose detrás de mí, colocó su lubricado pene en la entrada, para sin darme tiempo a decir nada, comenzar a presionar. Cuando mi esfínter notó la presión, se tensionó, produciéndome un gran dolor. Martín me dijo que me relajase, que no seguiría avanzando hasta que yo no le diese una señal. Aquello me relajó. Me quedé quieta hasta que el dolor fue remitiendo. Fue entonces cuando le dije a Martín que siguiese. Su pene se fue abriendo paso a través de mi ano, ya sin la resistencia inicial. Solo se detuvo cuando sus testículos toparon con mis nalgas. Ambos comenzaron a menearse al mismo tiempo y sentí en todos los poros de mi cuerpo su dulce taladro con la cintura anillada por sus brazos. Carlos posó de nuevo sus labios en mi boca, mientras que Martín acoplaba sus manos a mis pechos. Se movían en mi interior separados por la fragilidad de mis tejidos que se volvían elásticos, se adaptaban como guantes a sus sexos. Las acometidas de ambos, eran rítmicas, con una sincronización perfecta para que cada pene hiciese su trabajo sin estorbar al otro. Carlos no pudo más, y su semen golpeó el fondo de mi vagina. Mientras el orgasmo le sacudía, pellizcó viciosamente mis nalgas, hasta producirme un interesante dolor. Al poco tiempo pude notar como su pene se relajaba en mi interior, hasta salirse por sí mismo. Tras él, salió todo su semen, que se derramaba por mis piernas. Martín seguía bombeando rítmicamente mi ano. Sus manos no soltaban mis pechos, acariciando mis pezones a modo de puntas de lapicero. Comenzó a acelerar su respiración y su ritmo de penetración. Era la señal de que su orgasmo estaba próximo. Saqué su pene de mi interior, y girándome rápidamente cogí su pene con ambas manos y comencé a masturbarlo frenéticamente. Cuando las primeras gotas de semen asomaron, abrí la boca y me dispuse a tragar todo su líquido. Ni una sola gota se desperdició. Después me dispuse a dejar bien limpios los dos penes que ya daban síntomas de cansancio. Los dos chicos tumbados en la cama, recibieron mis caricias con palabras de agrado. Cuando terminé, me quedé mirando a Luis y a Javier.

- ¿Y vosotros que?

- Nosotros te tenemos una sorpresa final.

Me tumbaron de nuevo en la cama, y Javier comenzó a besarme desde la frente hasta la punta del pié. Despacio, con una sensibilidad extraordinaria. Después su pene se introdujo en mi vagina sin ayuda, como si fuese por libre. Levantó mis piernas hasta sus hombros, notando como su pene chocaba contra mi fondo. Después de los primeros movimientos, vi como Luis se colocaba detrás de Ángel, y procedió a darle aceite en las nalgas. Por unos momentos no entendí nada de lo que iba a pasar. Vi también como se lubricaba su pene, y sin ningún tipo de miramientos lo introducía en el ano de Ángel. Este notó la penetración, y dio un pequeño grito, más de placer que de dolor. Le comenzó a bombear frenéticamente, con cierta violencia. El pene de Ángel creció aún más dentro de mí. El espectáculo era alucinante. Puedo asegurar que mi calentura estaba en su punto más alto, a pesar de todos los orgasmos sentidos esa noche. Los dos chicos seguían con sus penetraciones, ante el ánimo de los otros dos. Yo en cierta manera sentía el trabajo de los dos penes, como si estuviesen unidos de alguna forma, y las sensaciones acabasen en mi ya cansado y casi dolorido coño. Desde luego era la sorpresa final, ¡y qué sorpresa! Ángel no aguantó más, y se derramó dentro de mí, uniéndose su semen al de los otros amantes. Salí de debajo, y me coloqué al lado de los dos, para ver mejor sus movimientos. Quedé hipnotizada con el pene entrando en el ano de Ángel. Este, mordía las sábanas de la cama, a la vez que sus manos se agarraban a éstas.

Luis comenzó a penetrarle más fuerte, a golpes, a la vez que sus gemidos se hacían más violentos. Cuando noté que su orgasmo comenzaba, saqué su pene y cogiéndolo lo dirigí a mis pechos, donde fue a parar todo el semen que violentamente, y en abundancia salía de su pene. Quedamos los cinco rendidos, tirados por varios rincones de la habitación.

- He de reconocer que jamás olvidaré este día. Y por supuesto quiero la cinta para mí.

Bebimos unas cervezas mientras se asentaba el sudor de nuestros cuerpos. Después los cinco nos metimos en la ducha. Aún no se como cupimos todos. Nos enjabonamos unos a otros en medio de grandes carcajadas. Por momentos temí que todo volviese a comenzar, porque nadie perdía la oportunidad de tocarme por todos los lados.

Pero el tiempo pasaba rápidamente. Me despedí de los cuatro, con sendos besos en sus bocas. Martín se ofreció a acompañarme en el coche, después regresaría en un taxi. Por el camino me acurruqué en sus brazos, y hablando se nos fue pasando el tiempo. Mi sexo desnudo recibía las caricias del asiento del coche. Cuando llegamos, nos despedimos con un beso y un abrazo. Martín me entregó la cinta de vídeo. Nos miramos a los ojos, y tras sonreír…

¿Te apetece un paseo?. Dijo Martín

¿Quieres ir a cenar?

Fue una noche deliciosa la que pasamos. A Martín no le volví a ver más, pero la cinta que me regalaron, aún me recuerda aquella noche, y más de una vez me he masturbado delante de la televisión, intentando revivir aquellos acontecimientos. Mi relación con el sexo cambió desde aquella noche salvaje y loca.

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