No tengo noción de las horas que transcurrieron, sólo se que
me desperté más tranquilo. Miré a mi alrededor y vi a la gentil enfermera
sentada en un sillón a mi lado leyendo una revista, la miré en silencio y ella
percibió mi gesto al instante.
¿Necesita algo, Don Ignacio? – moduló sonriendo
ampliamente.
Las cortinas, descorre las cortinas mi Reina…
Usted no pierde las mañas, ¿verdad? – me contestó
mientras accedía a mi pedido, ágil como una gacela – Mi nombre es Reina
simplemente… siempre tengo que recordárselo – dijo acercándose
finalmente a mi rostro – Pero viniendo de usted es muy galante
escucharlo decir que soy "su" Reina, Abuelo… - sentenció dándome un
inesperado beso en la mejilla.
Abuelo… esa palabra me supo a hiel, pero eso era lo que yo
era, lo que quedaba de mi orgullosa presencia. Era un anciano al final de sus
días, aquello no era más que la irremediable realidad. Algunas voces que venían
del exterior me lo enfatizaron, pues eran mis nietos que acababan de llegar.
Ellos, un hombre y una mujer maravillosos, los únicos seres bonitos y buenos que
pudo producir mi estirpe. Creo que los escucho hablar a lo lejos con otra voz
que no puedo reconocer mientras mi vista se pierde ante la visión del cielo que
se me ofrece como un lienzo espectacular a través del amplio ventanal de mi
habitación. Un día diáfano de sol que me invita al remanso y me hace olvidar mi
situación momentáneamente. La claridad lastima mis cansados ojos pero no digo
nada, es tal la paz que me envuelve que nada puede sacarme de ese estado de
placidez interior que experimento. Un día de sol igual al de aquella jornada
cuando mi contador, el Sr Mertens, apareció por mi despacho a hacerme un
comentario nada casual…
Mi maltrecha aventura con Analía Solano había quedado
definitivamente atrás. Habían transcurrido poco más de diez años y yo ya tenía
más de cincuenta. Aunque más calmado, no quise superar la costumbre de andar
persiguiendo criadas o señoras de la alta sociedad. Mi matrimonio solo se
mantenía en apariencia ya que hacía años enteros que habíamos dejado María Inés
y yo de compartir el lecho. Había sido un acuerdo tácito, aunque jamás tocamos
el tema, y lentamente nos fuimos distanciando acabando por ser dos extraños en
aquella residencia. Mi preocupación ahora era encausar la vida disipada de mi
hijo Alejandro quien a sus veinticinco años no daba visos de encaminar su vida
como era debido… más bien acomodar su vida a mis pautas. Consentido por su madre
y corrompido por mis regalos, mi vástago llevaba una vida díscola. Se había
recibido de abogado pero no estaba interesado en absoluto en ejercer su carrera.
Vivía de noche y dormía de día. La de veces que tuve que ir en persona a sacarlo
de algún prostíbulo de mala muerte en las afueras de la ciudad, borracho como
una cuba profiriendo insultos hacia mí. Tenía razón en las cosas que decía por
más que yo no estuviera interesado en escucharlas. De algún modo se enteró de mi
historia con la hija de mi socio y cada vez que tenía oportunidad me lo echaba
en cara. Decía que yo era un cruel titiritero que manejaba la vida de los suyos
sin piedad, que hacía y deshacía a mis anchas, siempre arrasando con todo sin
importarme nada. Mi hijo me despreciaba y cuando se ahogaba en el alcohol
siempre sacaba a relucir el mismo tema. Estaba en lo cierto, dispuse de tal modo
las piezas que logré que Eduardo, mi sobrino, finalmente se casara con Analía.
Ya sabía que aquello no funcionaría y que el pobre muchacho no sería más que una
sombra al lado de aquella mujer, pero su secreta ambición y el ciego odio que
ella me tenía sería la amalgama perfecta para que la pareja se mantuviera en el
tiempo, mientras tanto ella seguiría viviendo a su aire, con sus amantes de
turno y la callada aprobación de mi sobrino que hacía la vista gorda viendo como
su cornamenta hacía filigranas sobre su cabeza.
Me empeñé en buscar una esposa adecuada para Alejandro,
revisé mentalmente las posibilidades pero ninguna me convencía, además él no
tenía ningún interés en casarse, pero como siempre ocurre en estos casos,
amenazarlo con desheredarlo resultó ser la mejor opción para que entrara en
razones. A regañadientes abandonó su vida nocturna y le instalé un despacho por
todo lo alto en el centro de la ciudad. Alejandro nunca se presentaba y los
casos que yo le obligaba a representar los manejaba encerrado en su cuarto sin
querer salir ni hablar con nadie. Hasta que extrañamente comenzó a cambiar sus
hábitos, salía por las tardes con rumbo desconocido y volvía generalmente a la
hora de cenar. Fue cuando mi contador vino a verme para darme inesperadamente
los motivos.
La razón tenía nombre de mujer y tenía la silueta de la hija
de Mertens. Se había enterado que la joven se encontraba con mi hijo casi todas
las tardes y se los había visto paseando distendidos por el centro comercial
varias veces. Mi contador me reprochó que Alejandro la estuviese cortejando de
manera informal, que aquello rozaba casi el límite de la deshonra y bla, bla,
bla… Me quedé estupefacto y gozoso a la vez, parecía que mi despistado retoño
estaba haciendo bien los deberes al hallar una posible candidata a esposa pero
las cosas debían hacerse del modo correcto. Aunque a esas alturas, la única
posibilidad que me estaba quedando era la peor ya que había pensado seriamente
en unir a Alejandro con la hija del Senador Ríos, pero ante el giro inesperado
de los acontecimientos tenía que conocer primero a la hija de mi contador antes
de tomar la única opción posible para mi hijo. Decidí con su padre que nos
visitara con su familia un domingo a la tarde aprovechando los días de
incipiente primavera para ir así conociendo en que terreno hipotéticamente
echaría raíces mi descendencia.
Recibimos a los Mertens con nuestra mejor disposición, mi
esposa, Alejandro y yo en el porche de nuestra residencia. El automóvil que los
trajo se detuvo y aunque tranquilo yo tenía un dejo de impaciencia que no podía
casi disimular. Primero descendió Julio y después su elegante esposa, finalmente
la hija de la pareja hizo su aparición. Lo hizo lentamente y buscó con la mirada
a mi hijo que le correspondió con un imperceptible guiño ubicándose a su lado.
Tomándola de la mano y acercándose a mí ambos quedaron frente a mis ojos siendo
Alejandro quien finalmente rompió el fuego.
Papá, quiero que conozcas a mi amiga. Eloísa Mertens.
Encantado, Ignacio Llorente… - dije automáticamente
extendiendo la mano para tomar la de la chica y besársela.
El gusto es mío, señor – me contestó ella con voz
suave.
Luego vinieron las demás presentaciones de rigor. La
invitación a pasar, el té de la tarde y la consabida recorrida por la casa;
después las largas charlas en la sala. Mi hijo había sabido elegir bien, Eloísa
no tenía más de veinte años, no era demasiado alta pero tenía un cuerpo grácil,
de líneas sensuales que el vestido amplio no lograba desdibujar por completo.
Una melena castaña oscura enmarcaba un rostro delicado dominado por aquellos
ojos almendrados, una nariz casi respingona y esa boca tierna lista para el
pecado por más virginal que el conjunto de la imagen se presentara. "Debí
haberme casado con una mujer como ella" me vi de pronto pensando en el medio de
la sala totalmente distraído y abstraído de la conversación. A la luz de todo lo
que había vivido, tener frente a mí a aquella criatura me hizo reflexionar de
ese modo sin darme cuenta que me había quedado mirándola fijamente como arrobado
escuchándola hablar con ese tono suave que arrullaba el oído y acunaba el alma.
Respiré profundo y sentí un dolor en el pecho, como si algo se hubiese quebrado
dentro de mí. Me sentí reconfortado, supe que ella sería un remanso no solo para
mi hijo sino para todos nosotros en la casa. Sin tenerlo demasiado claro, me di
cuenta que todos aprenderíamos mucho de ella.
No pasó mucho tiempo para que Eloísa se convirtiera en la
prometida de Alejandro y mostrara que era una chiquilla con una generosidad y
entrega envidiables. Servía como voluntaria en el orfanato y por las tardes
podía vérsele por allí brindando lo mejor de sí a esos pequeños desdichados que
difícilmente tendrían mejor suerte en la vida. Me sentí conmovido sinceramente
por ese gesto y me convencí aún más que ella sería la compañera adecuada para mi
descarriado hijo. Me ilusionaba ver mi casa llena de risas infantiles y muchas
veces acabé imaginando a mis posibles nietos corriendo por el amplio jardín.
Pero también con el tiempo y muy a mi pesar comencé a ver a Eloísa con otros
ojos, me molestaba secretamente verla con Alejandro o cuando los sorprendía
besándose casi a escondidas por algún rincón. Intenté sacarme de la cabeza
semejantes pensamientos pero sencillamente todo se me fue de las manos. Faltaba
una semana para la boda y mi hijo me pidió que fuese a buscar a su prometida al
orfanato, me dolió hacerlo, ya no podía soportar aquella mirada que ella siempre
me daba, clavando sus ojos en los míos como desnudándome el alma reclamando algo
que le hubiera quitado con ese modo tan dulce de pedir algo sin decir palabra.
Nos saludamos como siempre y la llevé hasta la casa, bajamos del coche en
silencio y abrí la puerta para dejarla pasar primero. En un arrebato la tomé con
un brazo por la cintura y la atraje hacia mí y sin mediar nada más le robé un
beso que para mi total sorpresa Eloísa correspondió arrojando su bolso al suelo
y pasando sus brazos por mi espalda para abrazarme en un gesto que me venció por
completo. Su actitud atemperó la pasión inicial y nos entregamos en un beso
suave, cálido y cómplice con esa danza casi tímida de nuestras lenguas.
Repentinamente, el hechizo se rompió y llorando se despegó de mí y salió
corriendo hacia el interior de la casa.
Quedé totalmente desconcertado, no podía salir tras ella para
pedirle disculpas. En todo caso debía pedírselas a mi propio hijo por haberme
enamorado de su futura esposa. Todo estaba en contra, era mi nuera, yo era
treinta años mayor, el escándalo sería mayúsculo porque no se trataba de una
simple aventura. Deseaba a esa mujer con todas mis fuerzas, tan solo porque la
amaba, me moría de celos y no podía quejarme, me lo tenía merecido después de
haber jugado con tanta gente. No volvimos a hablarnos hasta el mismo día de la
boda. Estaba bellísima cuando la vi entrar a la Iglesia del brazo de su
orgulloso padre, mientras deseaba con toda mi alma cambiar mi lugar por el de mi
hijo en ese instante. En la fiesta, cuando me tocó bailar el vals con ella, le
susurré al oído en medio de mis mejores sonrisas que la amaba y que envidiaba a
Alejandro porque esa noche la haría suya. Me rogó que no siguiera con mis dichos
irracionales, que estaba confundido, que lo del beso había sido un error de su
parte. No era el momento ni la ocasión para polemizar, pero yo no podía olvidar
su entrega y acabé embriagándome con el mejor champagne aquella noche intentando
olvidar que otro en mi lugar recibiría quizás el obsequio de su primicia, algo
que en aquellos tiempos solía aún ocurrir. Pero ese otro era mi hijo. Ya con eso
me había terminado de ganar un muy buen merecido lugar en cualquier lugar de la
Eternidad cuando me muriera, estaba seguro que el Cielo de ningún modo me
recibiría…
Al regreso de los tortolitos de la luna de miel, decidí dejar
la empresa en manos del ultra confiable Mertens y me fui de viaje con mi esposa
por varios meses a recorrer mundo. Quería alejarme y olvidarla, convencerme que
Eloísa había sido solo un capricho que no podía satisfacer, empero fue inútil el
intento de minimizar y desvalorizar lo que sentía. Al volver de mi viaje, la
noticia de que sería abuelo me provocó una serie de sentimientos encontrados que
no supe bien manejar, aunado a que Alejandro de nuevo había comenzado a las
andadas. Cumplido el plazo, Eloísa dio a luz a un hermoso niño al que bautizaron
con el nombre de Germán… Germán Llorente… sonaba bonito y me llenaba de orgullo…
Mi trato con ella era distante, aunque no soportara su medido
desdén, y aún así no deseaba hallar explicaciones. Estaba resignado y ya mis
consabidas escapadas no me producían ninguna emoción. Estaba profundamente
amargado y me sentía impotente ante la ya abierta desidia de mi hijo al que no
parecía importarle nada, más que la compañía de la botella y las prostitutas. Me
dolía el mal disimulado rictus de Eloísa, que a sus jóvenes años había tenido
que sufrir el abandono tácito de su marido y los comentarios mordaces de quienes
la rodeaban. Y en el medio yo, con eso que sentía por ella, mezcla de amor y
lascivia, que me quemaba por dentro y me mantenía al borde del abismo. No puedo
explicarme que fue lo que ocurrió, solo estoy convencido que el tiempo espero la
oportunidad exacta para unirnos.
Arreciaba la tormenta de nieve aquella noche, recuerdo que
llegué maldiciendo a la casa hallando extraño que no hubiera nadie;
repentinamente recordé que María Inés no se encontraba en la ciudad, aduciendo
compromisos impostergables de la sociedad de Beneficencia, estaba no se donde,
aunque si sabía con quién. Alejandro tampoco daba señales de estar en la
residencia y subí por instinto las escaleras rumbo a las habitaciones. Al pasar
por la de mi hijo golpeé la puerta con los nudillos, lo hice dos veces sin
obtener respuesta, y la luz que se colaba por la hendija semi abierta me
extendieron la muda invitación. Confieso que abrí con temor y entré con un vacío
en el pecho; no se con qué me pensaba encontrar pero no con la escena que vería,
tan natural como conmovedora, la que acabaría inexplicablemente de empujarme
hacia las profundidades de lo prohibido.
En la mecedora estaba sentada Eloísa con una bata de satén
blanco cubriendo su anhelado cuerpo, en sus brazos el pequeño Germán
alimentándose de su seno y yo parado a prudencial distancia de ambos. La imagen
me llenó repentinamente de ternura pero también de morbo y el sobretodo que
llevaba colgado de mi brazo, disimuló de buena forma la inmediata erección que
estaba traicionando todos mis argumentos morales. Me sentí culpable pero no
podía evitar sentirme excitado a la vez. Ella levantó la vista y me miró
inquisitivamente adivinando lo que me estaba sucediendo. Su boca entreabierta me
incitaba, me tentaba, me volvía loco, exhalé un suspiro y me acerqué, balbuceé
diciendo "Es hermoso" ya no se si me refería al niño, a su pecho o a la
situación en sí, creo que a todo. Nada más extendí mi mano y con delicadeza
acaricié la cabeza de mi nieto que se había quedado dormido con el pezón de su
madre entre los labios. Eloísa acabó por desprender al bebe con suma ternura e
intentó cubrirse. "Quédate así, no te cubras" le rogué en un suspiro, rocé como
al descuido la piel de su escote y me fui inclinando hacia ella, acaricié su
rostro y la besé con suma y afectuosa devoción. Lo hice de un modo
escandalosamente suave porque nada dentro de mí me decía que debía apurar el
trago, mi lengua invadió su boca tímidamente y la suya la recibió de igual forma
y ambas se abrazaron cómplices danzando con escalofriante lentitud, mimándose
sin cesar. Daban ganas de no separarse nunca y si en ese instante me hubiese
muerto, hubiera sido el hombre más feliz del mundo. Pero había sellado mi
destino y el de ella también con ese beso tan revelador y cómplice. Lo demás
transcurrió naturalmente, no hubo palabras ni explicaciones al menos esa noche.
Eramos nada más que un hombre y una mujer que habían coincidido a través de
distintos senderos en la ocasión y la conjugación de pasiones precisa. Nada
ocurrió empero, después, ya que aunque la esperé en la sala sentado junto a la
estufa a leña ella no apareció, prefirió quedarse con su pequeño y ese detalle
lejos de hacerme enojar me enterneció aún más. El fuego crepitaba furioso
devorando la leña sin ninguna clemencia, fijé mis ojos en el espectáculo
hallando similitudes con lo que ocurría dentro de mi alma y terminé por
angustiarme. Estaba a punto de traicionar a mi hijo y convertir a su esposa en
mi amante, porque sabía que tarde o temprano eso ocurriría, eso me lastimaba y
algo debió haber cambiado dentro mío porque en otro momento y quizás con otra
persona no hubiese reparado en lo más mínimo en eso. Sorpresivamente me distrajo
la voz de la criada.
Señor, ¿necesita algo más?
No, gracias Dora. Puedes retirarte… - le contesté
palmeando su espectacular trasero.
La criada se marchó entonces zarandeando el culo
provocadoramente, de más está decir que ya había demasiada confianza entre
nosotros, pero esa noche yo no tenía inguna intención de librar ninguna batalla
carnal al menos con ella. Era una buena hembra, caliente, dispuesta y salvaje,
pero yo tenía hambre de ternura, y no de sexo por el sexo mismo. Creo que me
quedé dormido pensando en muchas cosas, recordando que Eloísa por la mañana se
marchaba con mi nieto a pasar unos días en la casa de sus padres denotando una
indiferencia por mi hijo que no había percibido anteriormente. Me disgustó
pensar que el chofer esta vez tendría que ir solo al burdel a sacar a rastras a
mi único heredero porque yo no tenía fuerzas.
Una húmeda tibieza en mi entrepierna me despertó en la
mañana. Aletargado sentí mi miembro protegido, mimado y mecido por aquella
lengua experta que había logrado alertarme a mí antes que a mi pene. Me costó
abrir los ojos ya que me gustaba sobremanera lo que estaba sintiendo, pero
reconocí a Dora en aquel quehacer tempranero. Hacía ruidos leves al
saboreármela, los débiles chasquidos que hacía con su lengua sumado a ese casi
ronroneo de gata en celo tan característico de ella me hicieron recuperar la
conciencia al tiempo que mi falo crecía considerablemente dentro de su boca.
Complacida con lo que había obtenido siguió con su tarea y al verla allí de
rodillas frente a mí, la lascivia que sentía no hizo más que aumentar. Tomé su
cabeza por los lados y aferrándome de sus cabellos comencé a moverme
ritmicamente hundiéndome en lo profundo de su garganta. Me la estaba cogiendo
por la boca y la sensación de dominio que experimentaba encendía aún más mi
morbo, aquello era mucho más excitante que la espectacular mamada que me estaba
propinando. Dora se atragantó con mi tranca y se apartó de ella dejándola bañada
en su propia saliva. Como en una visión, Dora desabrochó la blusa negra de su
uniforme ofreciéndome la visión de esos pechos espectaculares, plenos, soberbios
con ese par de pezones oscuros y erguidos a más no poder que dominaban toda la
escena. Acabó por desordenarme la ropa de la cintura para abajo y tomando ese
suculento par de tetas me atrapó el pedazo haciéndome una buena rusa, logrando
que el canal de su escote quedara encharcado con mi lubricación y los restos de
su bucal bendición. El morbo me nubló la mente y como un poseso me arrojé de
rodillas contra el suelo para quedar bien a la altura de esos manjares que no
tardé en degustar como a ella le complacía. Le mordí con la punta de los dientes
sus pezones, era algo que la enloquecía de placer y le excitaba mucho más eso
que el recorrido de mi boca por ellos; no obstante bebí mis propias gotas de
previo placer al lamer literalmente todo su escote. Llevé una de mis manos a su
entrepierna comprobando que su ropa interior ya estaba humedecida por esos
fluidos hirvientes que ya el trajín del magreo que me estaba dando le había
provocado. La tomé de la cintura y la recosté en el sillón, separé sus piernas y
ella ya gemía a los gritos anticipando el placer inmenso que estaba por
brindarle. Sin más preámbulos hice a un lado con los dedos el calzón de seda que
yo mismo le había obsequiado y hundí mi rostro en su sexo derretido como hielo
al sol. Mi lengua atacó la entrada de su vagina y la moví como si estuviera
penetrándola dejando sin atender el clítoris para hacerla desearla más. Dora
comenzó a putearme y ahí supe que ella estaba a punto. Me dediqué a frotar su
botón con mis dedos mientras mi lengua seguía con su tarea de locura hasta que
sus jugos me quemaron la boca en un desborde de auténtica lujuria. Sorbí su
derrame hasta la última gota y lamí su raja de arriba abajo una y otra vez hasta
que atrapé su clítoris con mis dientes y castigué con la fusta de mi lengua
aquel monte diminuto de lúbrico sabor. Desesperado por tenerla me incorporé como
pude y lo suficiente; y sobando mi pedazo, gruñiendo como un animal se la mandé
guardar bombeando dentro de ella enloquecido al son de sus desesperados
chillidos. La danza fue corta, era tal la calentura que sentía que honestamente
no se si ella volvió a alcanzar otro orgasmo, solo se que en el paroxismo en el
que estaba sumergido, mi leche gritó desde lo más profundo de mis pelotas justo
a tiempo para retirarme de ella y acercarle mi pija a la boca. Intento inútil
porque apenas se vio libre le dedicó la primera ráfaga en plena cara, pero Dora
rápida como un rayo la atrapó con sus labios sorbiendo desesperada el resto,
devorando mi hombría y su producto con auténtica fruición. Quedamos sin aliento,
desmadejados, con la ropa desordenada, el instinto satisfecho y por mi parte el
alma hecha trizas…
Gracias reina – le dije más calmado
Usted sabe que es un placer, señor – me contestó Dora
guiñándome un ojo mientras se alejaba rumbo al baño a asearse.
Gracias reina… gracias reina… gracias reina…
Don Ignacio… ¿se siente bien? No tiene nada que
agradecerme. Aquí me pagan por atenderlo bien, abuelo… A propósito han
venido sus nietos a visitarlo, ¿desea recibirlos?
Por supuesto muñeca… - repliqué quisiendo emular el
viejo gesto de palmotear traseros…
Shh, ¡quieto! – me reprendió casi infantilmente y sin
enojo alguno – Ya dijo el médico, nada de emociones fuertes… Mire aquí
está Germán. yo me retiro por un momento así ustedes hablan tranquilos
pero solo por un ratito…
La enfermera se marchó dejándome a solas con mi nieto, ese
hombre, profesional exitoso que había formado un hogar sin casarse, quizás era
más felíz que todos nosotros que siempre respetamos las instituciones familiares
y así nos fue… Pero esa es otra historia, ahora prefiero simplemente conversar…