EL HÉROE INCONSCIENTE 3: EN EL ESTABLO.
Soc se encontraba en una de sus situaciones favoritas:
abrazando a un adolescente que reposaba la cabeza sobre su pecho.
-Oye, ¿Y Robert?
-¿Qué?
-¿Por qué le lanzas esas miradas tan tiernas? –aventuró el
profesor.
El chico calló un rato. Soc acariciaba ahora su cintura y su
vientre, buscando el suave terciopelo de sus ingles.
-Me gusta –dijo al fin.
-Me lo imaginaba. A mí también. Me encantaría chuparle ese
rabo enorme que luce. Mide por lo menos veinte centímetros.
-Mide más.
-¿Cómo lo sabes?
-Por la noche. Dormimos en la misma tienda. Hago mis
exploraciones…
-¿Se la has chupado? ¿Mientras dormía?
No respondió. Simplemente sonrió. Una sonrisa exquisita que
reclamaba un beso. Después, Soc retomó las riendas.
-Eres un cerdo. ¿Te gustó?
-Sí. He repetido cada noche.
-¡Mira al tímido! ¿Cuántas noches lleváis acampados?
-Seis.
-Pues tu séptima mamada va a ser…
Atrajo la dispuesta boca del chico hacia su polla, que
esperaba preparada. El muchacho jugó un rato con el capullo, más para saborear
que para dar placer. Luego tragó toda la carne. Movía la cabeza con gracia,
ahora subiendo, ahora bajando. En un momento dado, el profesor tiró de él para
llevarlo sobre el suelo de paja. Se tendieron, Soc abajo y Gabriel arriba, sin
dejar de chupar. La polla del chico solicitaba cariño, y pronto lo recibió. Pero
el hombre abandonó pronto ese manjar ya saboreado y se dirigió hacia otro mucho
más sugerente. La lengua experta se acercó plácidamente hacia el agujero y lo
lamió, llamado a la puerta. Con este apéndice captó aún más suavidad. El culo
del chaval era un auténtico caramelo. Buscaba zarandearle todos los sentidos, y
lo conseguía, porque de vez en cuando Gabriel dejaba de chupar para gemir
discretamente. Como a los más jóvenes, una chupada en el culo lo volvía loco, al
mismo tiempo que tomaba conciencia del gozo inconmensurable que un simple anillo
puede ofrecer.
Se levantó de repente el profe y se colocó tras el
adolescente, disfrutando de la panorámica excepcional de su trasero bien abierto
y de su espalda atlética. El tímido no decía nada, pero se mostraba dispuesto.
Apuntó y disparó, con dulzura, hacia adentro. Su polla recibía el mejor agasajo,
como en un baño termal, la calidez del recto del chico le abarrotó de sangre la
polla. El joven no se movía, era todo sensibilidad a flor de piel. Llegado el
momento de iniciar el vaivén, los dos amantes se fundieron en un abrazo: Soc,
desde atrás, cuidando que el afecto presidiera siempre sus relaciones; Gabriel,
expectante, dispuesto, con la frente contra la paja y buscando con los brazos al
ser que lo penetraba para comunicarle su disposición y goce, para animarlo en
tan sublime empresa.
-¡Eh, ¿dónde os habéis metido? –sonó lejana la voz de Robert.
Gabriel se sobresaltó y quiso desprenderse de la lanza que lo
clavaba. Soc lo sujetó y lo tranquilizó.
-Nos va a pillar –exclamó el muchacho.
-Mejor.
-¿Estás loco? Es muy machista y…
-Vamos a ponerlo a prueba.
-Gabriel, ¿dónde estás? –sonó un poco más cerca.
-No respondas. Dejaremos que nos encuentre a ver cómo
reacciona.
-Me van a echar de la patrulla –sollozaba el muchacho.
Soc lo abrazó cariñosamente sin salir de su interior. Para
que tomara confianza recuperó la follada como si nada sucediera. Él también
estaba nervioso, pero confiaba que todo saldría bien. Intentó concentrarse en el
placer que la piel de su sexo le transmitía.
-Oye, esconderse no tiene gracia –insistía Robert,
acercándose-. Ya somos mayores para eso.
En el silencio del pajar podía escucharse el bombeo incesante
a que era sometido el suave trasero de Gabriel. Los pasos se acercaban. El
recién llegado estaba en la puerta del pajar, acostumbrando sus ojos a la
oscuridad.
-Vaya. Debí imaginarlo –dijo, en un tono ambiguo que tanto
podía ser un reproche como una aprobación.
Se quedó un minuto mirando como la polla del hombre
conquistaba las entrañas del joven. Finalmente dio media vuelta.
-Robert –llamó Soc-. ¿A dónde vas?
-A continuar el trabajo –respondió después de un largo
titubeo. Su voz sonaba nerviosa.
-Se lo ha tomado bien –susurró el profesor al oído del
follado. Y gritando un poco más: -¡Espera!
-¿Qué? –la voz sonó cercana.
-Quédate con nosotros.
-¿Para qué?
-Para disfrutar de lo que la naturaleza te ha dado.
Nada objetó. Se acercó un poco y contempló la escena sin
demostrar apetito. Sin embargo, su paquete había crecido considerablemente.
Gabriel escondía la cara entre la paja. Soc bombeaba con naturalidad. Con un
gesto le indicó que se aproximara. Su imponente rabo ya estaba al alcance de la
mano, camuflado bajo la tela. Lo agarró. Al notar el tacto de la mano, Robert se
echó atrás, pero no lo suficiente. Soc alcanzó a tirar del calzoncillo y el
monstruo apareció. Aunque algo torcida, la polla de Robert era descomunal.
Cuatro centímetros por lo menos superaban el palmo. El capullazo era enorme,
puntiagudo y amenazador. Unos huevos monumentales enmarcaban ese pedazo
prodigioso de carne, muy caídos y muy repletos. Soc notó un escalofrío sólo
imaginar que ese chico accediera a follarlo. Y apretó con más fuerza entre las
fibras del menor. Tiró de la polla y antes de darse cuenta la tenía en la boca.
El incorruptible sabor de la adolescencia inundó su garganta. Tragó cuanto pudo,
pero en seguida enloqueció de deseo de probar los formidables huevos. Se los
metió los dos en la boca. Cabían justo, y los lamió. No pudo, sin embargo,
contener toda la extensión de piel de la bolsa. Regresó al tronco y se dispuso a
resistir los envites del muchacho. Veía el pubis de Robert que se acercaba y se
alejaba, y enloquecía de verse tan cómodamente tratado, acogido felizmente en
unas tiernas entrañas, obsequiado con la contundencia de una polla sagrada.
La tímida cabeza de Gabriel se había levantado y observaba.
Diríase que deseaba honradamente la polla que Soc saboreaba. Robert, que
descubrió su rostro anhelante, se apartó de Soc y se arrodilló frente al
pequeño. La timidez, por el momento, había desaparecido. Gabriel disfrutaba de
su plato preferido, y Soc gozaba del espectáculo. Empujaba mientras se relamía
de ver el bello rostro del menor conteniendo la contundencia del pollón del
mayor. Al primero, los ojos le brillaban mientras los labios se cerraban
abarcando un perímetro opulento. Al segundo le saltaban los huevos con desahogo
y libertad, al ritmo acompasado de la mamada. La venida se acercaba, y Soc
necesitaba completarla con algún sabor exótico, así que tiró de Robert y lo
colocó de perfil. Gabriel seguía chupando como si se jugara la vida. "Un culo y
dos pollas, eso estaría bien para correrse", pensó. Y le arrancó el miembro al
pequeño, ofreciéndole generosamente los huevos. Gabriel estaba experimentando un
nuevo placer que lo complacía adecuadamente. Liberado el monstruo, lo comió
saboreando los restos de saliva del bello adolescente que se clavaba. Agarró su
nabo juvenil y lo masturbó. Ya tenía el culo y las dos pollas. Ya podía morirse.
Y se abandonó a la locura indescriptible y pasajera del clímax, regando los
interiores del arcángel, exponente de la belleza más sugerente. Una vez
recuperado, coordinó el ritmo de la penetración con la masturbación y devolvió
el regalo a su dueño, quien entre espasmos se corrió en la boca del tímido, que
agradeció tanta gentileza mediante unos trallazos elocuentes.
-Por cierto, Robert –dijo Soc, una vez recuperado el sentido
común-. Gabriel tiene algo que decirte.
-¿Yo? –balbuceó Gabriel, escondiendo el rostro.
-Vamos, díselo –empujó Soc.
Como respuesta, el muchacho volvió a comerse la polla aún
tiesa de su compañero para dejarla bien limpia. El superdotado se acercó
primero, para separarse después.
-Te gusta mi petardo, ¿eh? –concluyó.
Y se puso a golpear el tierno rostro imberbe del guapo mozo.
Éste abría la boca intentando cazar al vuelo el enorme sexo que se balanceaba
ante sus narices, pero no lo conseguía. Latigazos y azotes de una verga
impresionante en pleno rostro, como en las películas clásicas.
-¿Seguimos? –inquirió Sócrates, refiriéndose a la acción
sexual.
-Sí, será mejor que sigamos trabajando.
Y se puso en pie. Alargó una mano a Gabriel y lo ayudó a
alzarse. Lo abrazó torpemente y tiró de él hacia fuera. Nadie echó de menos a
los respectivos calzoncillos hasta que la carretilla estuvo llena y había que
salir. Fueron los dos, amigablemente conciliados. Durante los últimos minutos
los dos menores habían trabajado juntos y de muy buen humor. No se podía decir
que entre ellos hubiera nacido el amor pero sí esa cierta complicidad que los
jóvenes consiguen fácilmente cuando comparten algún secreto. Soc pensó que se
perderían por los alrededores para acrecentar su amistad. Le vino a la cabeza
una imagen muy clara de cómo Robert podía estar penetrando brutalmente a Gabriel
y su polla reveló animación. Pero se equivocó: los jóvenes entraron en las
caballerizas riendo sonoramente al cabo de pocos minutos. Lo miraron y rieron de
nuevo. Sus bultos también habían despertado.
Sacaron a pastar a todos los caballos y se quedaron un rato
observándolos. La complicidad iba en aumento, y el profe se sentía algo
marginado. De pronto se hizo un silencio inesperado y los scout se sentaron en
el suelo. Se miraron y acercaron sus labios. Al adulto se le hacía la boca agua.
Pero estaban muy expuestos, y así se lo hizo saber:
-Chicos, chicos, mejor volvamos a dentro.
Una vez dentro, se sentaron de nuevo, y el hombre lo hizo
frente a ellos, a un par de metros. Robert comenzó a manosearse el paquete,
dejando que la punta airosa de su polla apareciera por el elástico. Sólo de
verla Gabriel la agarró y no tardó en llevársela a la boca. Entre sus fauces
desaparecía más o menos la mitad. Cuando se cansó de la posición, Gabriel se
arrodilló frente a su amigo ofreciendo la elegante panorámica de su culo bien
abierto al adulto. La reacción no se hizo esperar. El profesor acudió a agasajar
a aquél formidable trasero con la dedicatoria de su versada lengua. Decenas de
lamidas intensas hasta que un tirón del mayor apartó al más bello para sentarlo
sobre su asta. Gabriel sonrió lascivamente cuando notó que algo tan grande iba a
ensartarlo. Soc, muerto de envidia, comenzó a masturbarse hasta que decidió
abrazar entre sus mandíbulas el bello sexo del pequeño, que se mostró agradecido
y amable.
Soc sentía un creciente vacío. Llegó a imaginar que Genís
entraba y los descubría en plena acción, y ello lo excitó aún más. Se colocó
media mano dentro para reforzar la imagen. Robert bombeaba con los ojos clavados
en su rostro, concretamente en su boca que tragaba el rígido pene del tímido.
Gabriel, sin embargo, gozaba de la cabalgata con los ojos cerrados.
Alcanzar la corrida costó un poco más. Primero llegó el más
joven, que estaba retozando en el séptimo cielo, insertado por detrás y devorado
por delante. Pocas gotas acudieron a congraciar el paladar educado del profesor.
Instantes después, los gemidos evidenciaron la explosión de Robert, que blasfemó
indecorosamente en el mejor momento. Soc, por su parte, se negaba a abandonar la
sensación que la polla juvenil le proporcionaba, al tiempo que trabajaba
airosamente su ojal. Lo vio el chico más avispado y finalmente se apiadó de él.
Se acercó, lo colocó boca arriba en el suelo y le levantó las piernas. El tímido
se rió un poco, sin mucho escándalo. Sin dejar de mirarle a los ojos, el jefe de
patrulla lo clavó sin miramientos, como si intuyera que una follada salvaje era
lo que más convenía en esa situación. Soc se adaptó a las circunstancias y se
relajó, pero alargó un brazo para encontrarse con el retraído, que se mostró
dócil y complaciente cuando alargó la lengua para proporcionarle una soberana
lamida de culo. Así, sintiendo un enorme rabo surcando sus entrañas y un
delicioso nido que saborear, el hombre ya sentía colmada su felicidad. Pero
Gabriel, quizá por agradecimiento, quizá por aburrimiento, buscó con la boca la
polla tiesa del adulto, la engulló y le demostró que había aprendido rápido a
chupar convenientemente. Soc llenó sus pulmones, aguantó la respiración y
transmitió el frenesí de ese instante intentando abarcar la máxima superficie de
las fibras del prodigioso culo con la lengua, al tiempo que escupía débiles
chorros de leche sobre el angelical rostro del mamador, que ahora ya no chupaba,
sino que curioseaba cándidamente los alrededores del glande mientras pegaba
lametazos.
Ninguno de los dos boy scouts se corrió. Robert cesó en su
empeño en cuanto vio que el hombre había llegado a su culminación y se dejó caer
sobre su amiguito, sacándola suavemente aún morcillona. Miró a Soc, que aún
gozaba con la lengua fuera, y éste le acarició el pelo, el cuello y la espalda.
El maduro, mientras tanto, se preguntaba cómo era que antes no había sabido
valorar la sobria belleza del superdotado. En medio de estos pensamientos, se
encontró con la lengua del otro que bajaba a compartir exquisiteces