Un fin de semana con Lucía y compañía… (Continuación)
Caballero, yo de usted entraría mejor al aseo de
señoras, creo que alguien se había dejado el grifo del lavabo abierto y
está el suelo todo encharcado. Parece mentira que en un restaurante tan
nuevo no tengan grifos con temporizador, voy a avisar al encargado para
que venga a recoger el agua, porque si no tendremos que salir del
restaurante en patera – dijo Carlos airado al hombre que esperaba su
turno para entrar al baño mientras cerraba la puerta y prácticamente
acompañaba al señor a la puerta del aseo de señoras que afortunadamente
se hallaba vacío. El desconocido le dio las gracias, se notaba el poder
de convicción de Carlos, que en sus comienzos había hecho sus pinitos
como comercial -.
Se dirigió a la mesa donde estaba su señora esposa con
toda la sangre fría que se puede tener después de haberse tirado a su amante
en las propias narices de ésta, y entonces se percató de que no habían
pasado ni diez minutos desde que comenzó su ‘odisea’, por lo que nadie
sospechaba gran cosa, sólo él decía para sí:
Dios, jamás pensé que me alegraría de ser ‘precoz’
una vez… - se decía mientras ya sentado en la mesa esbozaba una sonrisa
maliciosa -.
Mientras, Lucía acababa de vestirse y de re-maquillarse
gracias a que hoy en día en el bolso de una chica hay de todo, abrió
ligeramente la puerta, y tras comprobar que no había moros en la costa,
enfiló el pasillo dispuesta a reunirse con sus amigas. Probablemente, el
caballero al que Carlos persuadió para que entrase al baño de chicas, aún
seguiría recreándose allí. Elena y Virginia la esperaban para el postre
hablando animadamente.
Niña, a mí la comida no me ha triunfado mucho, así
que me voy a pedir un postre hermoso porque con cuatro bailes el sushi
éste se me habrá bajado a los pies, y no os quiero dar la noche, - decía
Elena animada mientras le echaba un ojo a la carta en busca del clásico
‘pijama’ -.
Por cierto, ¿os habéis fijado en que está aquí el
jefazo con la Doña? – decía Elena indecisa entre el helado de té verde o
el de sésamo -.
Sí, me lo he cruzado antes cuando he ido al baño, ni
me ha mirado, últimamente está de un repelente… – disimuló Lucía
mientras instintivamente llevaba su mano al pecho, palpando el bocado
que Carlos le había propinado en pleno ataque de frenesí -.
Virginia sugirió pedir un vino dulce japonés hecho a base
de ciruela para acompañar los postres, y entre chistes brindaron animadas.
¡ Por nosotras, y por ésta noche que es joven ! - se
lanzó Virginia animada -.
Sí, por nosotras, por la noche joven… ¡ Y porque
follemos ! – dijo Elena poniendo el toque picarón al asunto, mientras
las chicas se desternillaban de risa, haciéndose objetivo de las miradas
de todos los clientes del restaurante -.
Eso, por nosotras, por la noche, y porque follemos…
(otra vez), - dijo Lucía para sí mientras bebían aquel vino de ciruela,
que según Elena, era lo mejor que habían inventado los ‘japos’ aquellos
-.
Después de pagar la cuenta y dejar una propina generosa a
la camarera del kimono vistoso, las chicas se dirigieron a la salida del
restaurante, y los ‘amantes’ se despidieron con una mirada furtiva y una
sonrisa picarona, aprovechando que la señora de Carlos se encontraba en el
aseo de señoras, contiguo al que había sido esa noche el protagonista de los
escarceos amorosos de su marido.
Niña, ¿y esa mirada? – dijo Virginia, que la había
pillado en plena mirada lasciva -. ¡ A Lucía le mola el jefe ! – gritaba
ésta divertida mientras caminaban pensando dónde proseguir la juerga esa
noche -.
Sí, me mola el jefe… me mola tanto que me lo he
tirado en el cuarto de baño, contra la pared, a lo salvaje, como los
conejos – declaraba Lucía irónica, en realidad le excitaba soltar una
verdad como esa a los cuatro vientos con la convicción de que a ninguna
de sus amigas se les ocurriría creerla en ningún momento -.
Después de debatirlo unos instantes, las chicas
decidieron ir al ‘Moonlight’, el local de moda. Era uno de esos sitios con
dos plantas, un espacio chill out arriba, más tranquilito, y una zona house
abajo más cañera. En el Moonlight trabajaba de vez en cuando Christian, que
era un chico que Lucía conoció hacía un tiempo en un Chat friki. Desde
entonces hablaban de vez en cuando, y se conocieron una vez que Christian
trabajó en otro pub cercano al Ático de ésta. Aunque esa noche no pasaron de
la conversación de besugo entre camarero y clienta tal como - ¿Qué te pongo?
– Un Barceló con limón, gracias - , Lucía observó que Christian era un chico
bastante atractivo, y en sus conversaciones del Messenger había apreciado
que tenía el coco bastante bien amueblado, o sea que si Cristian trabajaba
en el Moonlight esa noche, al menos tenía la certeza de que habría un chico
interesante entre la multitud.
Subieron al chill out del pub, aún era temprano, no era ni
medianoche, por lo que no había mucha gente. Sonaba ‘Crazy’ de ‘Gnarls Barkley’,
detrás de la barra, una chica y dos chicos, pero ni rastro de Christian, y
Lucía, algo decepcionada, pidió dos Barceló-cola y otro con limón, de los que
bebieron mientras bailaban y hablaban divertidas.
A medida que avanzaba la noche el ambiente se fue animando y
el pub se fue llenando, las chicas seguían bebiendo y riendo, ya algo más
desinhibidas puesto que llevaban varias copas, hasta que un chico agarró a Lucía
con una mano por la cintura y con la otra le tapó los ojos diciéndole al oido:
¿Quién soy?
Lucía, pensando que era el típico buitre que quería
hacerse el gracioso ante sus amigas, soltó un rotundo:
Pues eres… eres… un muñeco de mierda con un tío
dentro… - Virginia y Elena estallaron en una enorme carcajada mientras
el desconocido retiraba la mano de los ojos de la chica y le decía al
oído: -
Vecina, eres una borde del carajo, me encantas…
Lucía se excusó algo ruborizada por la bordería, e hizo
las presentaciones de rigor entre su vecino Luis y sus amigas, quienes
entablaron una animada conversación con aquel chico tan cachondo, dejando a
Lucía en un segundo plano. Ésta, viendo como Luis había captado por completo
la atención de sus amigas, sobre todo de Elena con la que parecía flirtear
constantemente, aprovechó la ocasión para bajar a la zona house del
Moonlight, ya que el ambiente de arriba le comenzaba a aburrir.
El ambiente abajo era más cálido, la gente bailaba
animada entre una espesa nube de humo de tabaco, y lo que no era tabaco…
Lucía se escabulló como pudo entre la multitud intentando alcanzar la barra,
dónde para su sorpresa distinguió a Christian poniendo copas a diestro y
siniestro. Se acercó para pedir su Barceló con limón de rigor y saludar al
chico, quien al verla, la agarró efusivo de los hombros, le propinó dos
sonoros besos y le puso su copa, la cual cobró, porque el chico gozaba de
tal integridad que era incapaz de invitar a nadie en su lugar de trabajo,
detalle que agradaba a Lucía, que se tomó su copa bailando animada entre la
multitud mientras Christian no dejaba de mirarla, por desgracia estaba tan
ocupado que no pudo prestarle toda la atención que habría deseado dedicarle.
El calor y el ambiente tan cargado de aquella zona del
Moonlight, y por supuesto los cuatro cubatas que llevaba Lucía entre pecho y
espalda contribuyeron a que necesitase salir a la calle a tomar el aire,
pues se empezaba a encontrar indispuesta. Salió sin despedirse de nadie y se
sentó en el banco de un parque cercano, cerró los ojos y se echó hacia atrás
facilitando que la ligera brisa de aquella noche de verano impregnase su
rostro y la ayudase a salir de su aturdimiento.
Así, en aquel banco y con la brisa pegando en su
acalorado rostro, se acordaba de Carlos, que en parte era eso para ella, un
soplo de aire fresco que había entrado en su vida, sacándola de la absurda
monotonía en la que se encontraba para hacerla sentir más mujer que nunca.
Recordaba la anterior noche en el Hotel con él, donde en
la habitación, por temor a que alguien les viese juntos, también ellos
habían disfrutado de su cena íntima y particular.
Aquella noche sólo pidieron fresas y una botella de Möet
Chandon, tenían ambos el estómago hecho un lío por los nervios de aquella
escapada, pero también había mucho que celebrar.
Recordaba como entre risas y besos compartieron las
fresas, habían hablado un montón esa noche de las cosas que cada día no
podían decirse, pero la ocasión les permitió expresar todo lo que sentían
con mucho más que palabras.
Carlos sirvió las copas, ella se encontraba tumbada en la
cama, se había quitado sus zapatos rojos para estar más cómoda. Él, sentado
a su lado con la copa en la mano, la besaba y con la otra mano desabrochaba
con maestría y parsimonia los botones del vestido negro que ella llevaba esa
noche para él, para descubrir que debajo del vestido sólo había un minúsculo
tanga de encaje negro, pudiendo así contemplar el cuerpo de su amada en todo
su esplendor. Comenzó derramando un poco del dorado y burbujeante líquido de
su copa encima del pecho de ella, así como por accidente, sin dejar en
ningún momento de besarla. La miró fijamente a los ojos un instante, y
descendió cubriendo de besos el cuerpo de Lucía con el objetivo de recoger
con sus labios y su lengua el preciado líquido antes derramado. Ella
ronroneaba como una gatita en celo disfrutando de sus caricias, él besaba ya
sus pechos y lamía sus rosados pezones, despacio, sin prisa, deleitándose al
ver crecer la excitación en ella, que dejaba escapar algún que otro suspiro
sinuoso.
Carlos continuó con la exploración de aquel cuerpo que lo
volvía loco, sin descuidar por supuesto aquellos pechos que anhelaban tanto
sus caricias, descendió por el vientre de Lucía mientras vertía más líquido
en su cuerpo, ésta vez en su ombligo, para recogerlo igualmente con su
lengua, contrastaba el calor del cuerpo de la chica con el frío metal del
piercing que ella llevaba en el ombligo. Siguió bajando para detenerse justo
delante de la delicada pieza de lencería que cubría la excitada intimidad de
Lucía. Sentir la respiración agitada de Carlos tan cerca de su sexo la
excitaba muchísimo, y en un acto que delataba que quería sentir el aliento
de éste mucho más cerca, levantó la pelvis para ayudar a Carlos a despojarla
de la minúscula prenda. Él, para sorpresa de ella, sujetó con sus dientes
una de las tiras del tanga y en un hábil tirón la rompió, generando en Lucía
un gesto de sorpresa seguido de una sonora carcajada, para abrazarlo después
y entre húmedos besos y caricias recostarlo en la cama, quedando ella a
horcajadas sentada encima de él, controlando así la situación.
Lucía notaba la excitación de Carlos debajo, pero decidió
alargar más los preámbulos desnudándolo con deleite. Le quitó la camisa y
acarició su pecho, se paró a pensar entonces que Carlos tenía unos pezones
preciosos, realmente apetecibles, y una idea malévola invadió su mente.
Cogió un trozo de hielo de la cubitera donde reposaba el
champán, lo sujetó entre sus labios y entrelazando sus manos con las de su
hombre, se inclinó sobre su pecho y comenzó a acariciarlo, para continuar
propinándole unos ligeros mordiscos que hicieron a Carlos suspirar,
delatando así que aquello que ella le hacía lo volvía loco.
Él la abrazó fuerte, quedaron sentados en la cama frente
a frente, ella entrelazaba sus piernas alrededor de él, sus respiraciones
agitadas hacían que los punzantes pezones de Lucía rozasen continuamente los
de él, que se moría de ganas de hacerle el amor como un loco, pero a Lucía
aún le quedaba un pequeño deseo que cumplir en esa noche mágica.
Se deshizo de los brazos de su amante, se puso de pie en
la cama y buscó la botella de aquel caro champán al que había que sacar
partido, y emulando esa escena tan sensual de la película ‘Abierto hasta el
amanecer’, levantó una pierna llevando su fino pie hasta los labios de
Carlos, y dejó resbalar rodilla abajo aquel líquido helado que él recibía
como si fuese ambrosía digna sólo de dioses. La imagen de ella en esa
postura, con el tanga roto que dejaba ver ya más de lo que ocultaba,
resultaba de lo más excitante y evocadora para Carlos, que bebía y lamía de
aquel pie extremadamente sexy, haciendo que ella se estremeciese una y otra
vez. Después de esto Carlos estaba ya fuera de sí, le quitó a Lucía lo que
quedaba de su perjudicado tanga y se sumergió entre sus piernas, besando y
lamiendo el mojado sexo de Lucía mientras se aferraba a sus caderas. Ella
gemía y suspiraba cada vez más, movía sus caderas indicándole a Carlos que
necesitaba que la tomase sin más dilación. Lo recordaba ahora encima de
ella, penetrándola despacio, llevándola al séptimo cielo e impregnándola de
besos y caricias hasta hacerla llegar al clímax, pero fue en ese momento
cuando recordó que su Carlos estaría haciendo esa noche a esa hora lo propio
con su mujer, culminando como buen marido la maravillosa velada de esa
noche… y un par de lágrimas recorrieron sus mejillas…
Lucía se hallaba inmersa en sus divagaciones cuando se
percató de que alguien se sentaba a su lado en el banco, ella mantuvo los
ojos cerrados, dejando que el aire secase sus lágrimas mientras que las
imágenes de la anterior noche dejaban de pasearse por su mente.
Perdona, ¿te encuentras bien? – escuchó Lucía, quien
sin abrir los ojos ni inmutarse lo más mínimo se limitó a contestar -.
Sí, me encuentro bien, gracias… - de nuevo se hizo el
silencio -.
Ejem… a lo mejor te iría bien una tónica… o algo… -
sugirió el chico en tono amable -.
Al escuchar esto, Lucía salió del estado ‘catatónico’ en
el que se encontraba, abrió los ojos, se incorporó, y le dirigió una sonrisa
a aquel chico tan atento.
Estoy algo mareada, pero aún conservo la consciencia
¿eh?
Voy a buscar a mis amigas para decirles que me voy a
casa, muchas gracias por interesarte – dijo la chica haciendo un amago de
ponerse en pie -.
Sería mejor que no cogieses el coche esta noche, si
quieres yo puedo acercarte a casa, por cierto, me llamo Paco – dijo el
chico de sonrisa encantadora -.
Mi amiga Elena puede llevar mi coche, aunque… por
otra parte, no quiero aguarles la fiesta… me iría contigo, pero es que
mi madre siempre me ha dicho que no suba al coche con extraños – dijo
Lucía riendo -.
Bueno, entonces si vienes conmigo no harás oídos
sordos a los sabios consejos de tu madre, porque he venido en moto –
dijo Paco señalando hacia la puerta del pub, donde estaba aparcada su
Kawasaki Ninja, que para él era como la niña de sus ojos -.
¡ No me digas que esa ‘Kawa verde’ tan cantosa es
tuya ! Ya decía yo que me sonaba de algo – dijo ella con gesto de
sorpresa -.
Pues sí, esa es mi moto, pero… ¿por qué dices que te
suena? – dijo el chico algo extrañado -.
Pues… ¿te suena a tí esto? – dijo Lucía divertida
mientras levantaba el dedo corazón ante la mirada atónita del chico por
segundo vez esa noche -.
Los dos estallaron en una sonora carcajada, cayendo en la
cuenta de que ya se habían visto antes esa noche…
* Continuará *