La historia de Claudia (16)
La jornada siguiente fue muy ajetreada para las dos sumisas
mientras Inés, sin perder tiempo, empezaba las gestiones para acondicionar el
departamento donde las tendrían encerradas con Blanca para prostituirlas. Se
ocupó, además, de ultimar los detalles para la actividad del sábado, cuando
ambas perras serían victimizadas de un modo muy especial.
A todo esto la cachorra despertaba cerca del mediodía en el
cuarto de huéspedes donde la habían hecho dormir Jimena y Natalia, y ambas,
desnuda como estaba, con su collar, los brazaletes y las tobilleras, la llevaban
al comedor para darle algunas órdenes:
-Ahora te sacás todo eso, te vestís y te vas al supermercado
para hacerme algunas compras. Aquí está la lista y la plata, y apurate que te
vas a ocupar del almuerzo.
-Sí, señorita Jimena. –dijo Laura y se marchó para vestirse y
cumplir con la orden. Le esperaba una tarde movida, ya que las chicas habían
pedido el día libre en sus trabajos y Natalia, que estudiaba Derecho, no pensaba
asistir a clase ese día.
Mientras tanto, Claudia, que había pasado la noche en el
piso, junto a la cama donde Elina durmió plácidamente, debió esa mañana, agotada
como se sentía, encargarse de preparar y servir el desayuno de la señorona, que
se proponía aprovechar al máximo esa jornada en la que aún la tendría en sus
manos. Y así fue.
Cuando tomó el desayuno hizo que la sumisa lo hiciera en el
piso y después que lavara las tazas, los platos y los cubiertos utilizados.
Cuando terminó se la llevo al dormitorio, donde volvió a usarla sexualmente. Más
tarde, después de un reposo, la condujo en cuatro patas al fondo llevándola de
la cadena del collar. Allí estaba Gandul, que al advertir a su dueña se acercó
ladrando a saludarla con cariñosas lamidas en la mano.
Claudia, al ver al perro, pensó que le hubiera gustado
asustarse y en vano buscó en ella algún resto de dignidad, de pudor, de miedo,
de racionalidad que le permitiera esa reacción ante la posibilidad de que Gandul
volviera a violarla. Pero nada de eso encontró. El episodio de la noche anterior
con ese perro había sido una bisagra en su vida, como una puerta por la que la
habían hecho ingresar al reino animal como un animal más, y eso era ahora, un
animal de placer para quien quisiera usarla. Recordó a la señora, "mi dueña" -se
dijo; a Inés, a la cachorra, a su trabajo en la radio, "no quiero volver ahí"
–pensó. No había ya nada en ella de lo que alguna vez la hiciera persona, mujer.
No había ni siquiera lágrimas para llorar esa pérdida, y cuando el perro empezó
a olisquearla entre las piernas apretó sus nalgas contra ese hocico húmedo
deseando ser penetrada, pero después de algunos lengüetazos Gandul se alejó
dejándola caliente.
Elina lanzó una carcajada:
-¡Jajajajajajajajajaja! Parece que mi buen Gandul no tiene
ganas de cogerte, perra Claudia... ¿Y vos?... ¿Querías que te sometiera? –y así
diciendo le inspeccionó la concha.
-¡Sí, grandísima puta! ¡Empezaste a mojarte! ¡jajajajajajajajajajajaja!
¡Sí! ¡Bastó que el perro te lengüeteara para que te pusieras bien cachonda, ¿eh?
¡jajajajajajajajajaja!... Pero no te preocupes, perra en celo, porque seré yo
quien te coja bien cogida... De aquí hasta la hora de devolverte a tu dueña te
voy a dar tanto que te voy a entregar con la concha y el culo como morrones
colorados. ¡jajajajajajajajaja! –y tirando de la cadena se la llevó al
dormitorio preguntándose cómo tomaría la señora Blanca esta animalización de su
sumisa.
A esa hora Laura regresaba con la compra y entregaba la bolsa
a Jimena, a la cual se le había ocurrido algo que haría muy excitante ver comer
a la perrita.
La chica abrió la bolsa para revisar el contenido. Había dos
salamines, un trozo de queso, galletas express y algunas manzanas.
-Perfecto. –dictaminó y enseguida mandó a la peladita a la
cocina con la orden de que preparara una picada y trajera también la botella de
gaseosa y dos vasos.
-En la alacena vas a ver una bandeja para traer todo. Te
esperamos en el comedor. –concluyó diciendo y la cachorra se fue a cumplir con
las instrucciones. Había dado dos pasos cuando Jimena la detuvo:
-¿Qué haces? ¿Dónde viste una perra que camine? ¡En cuatro
patas inmediatamente!
Laura obedeció y entonces Jimena le sacó la bolsa de la mano:
-Abrí la boca. –le ordenó, y Laura tuvo que ir a la cocina en
cuatro patas y sosteniendo las manijas de la bolsa entre sus dientes.
Un rato después se presentaba llevando la bandeja con la
picada de salamín y queso, el paquete de galletas, dos vasos y la botella de
gaseosa. Depositó todo en la mesa, ante las chicas, y quedó a un lado aguardando
con la cabeza gacha y las manos atrás.
-Vení, perrita. –le ordenó Natalia. –Echate a mis pies. –y la
cachorra obedeció sumisamente acurrucándose junto a las piernas de la rubia.
Cuando terminaron el frugal almuerzo Jimena se inclinó hacia
Laura y acariciándole la cabeza le dijo:
-Seguro que tenés hambre, ¿eh, perrita?
-Sí, señorita Jimena.
La morena se enderezó y con un guiño cómplice a Natalia le
ordenó que levantara la mesa, que lavara todo y que después se preparara una
picada y cuando tuviera eso listo lo trajera al comedor, donde la estarían
esperando.
-Sí, señorita Jimena. –contestó la cachorra antes de abocarse
a la tarea. Cuando se marchó hacia la cocina Jimena le dijo a la otra:
-Te cuento cómo se me ocurrió hacerla comer... –y le explicó
su plan.
-¡Fantástico, Jime!... –fue la exaltada respuesta de la
rubia. –Ya me estoy mojando de sólo pensarlo, jejeje...
Poco después la sumisa regresaba llevando en la bandeja lo
ordenado. Entonces Jimena le dijo:
-Seguinos. –y con Natalia se encaminaron al dormitorio. Allí
hicieron que Laura dejara la bandeja en el piso y que las desnudara, lo que la
cachorra hizo con manos temblorosas de tanto que la excitaban ambas chicas.
Después, entre miradas y risitas cómplices, se tendieron en la cama de espaldas
una junto a la otra, con las piernas flexionadas y abiertas.
-Bueno, perrita –le dijo Jimena. –ya que tenés hambre te
vamos a dejar comer, jejeje. –y se abrió bien los labios de la concha mientras
Natalia hacía lo mismo.
-Aquí, peladita... –andá poniéndome aquí en la concha unos
pedacitos de queso y a Naty le ponés algunas rodajas de salamín, y después vas
comiendo de nuestra conchas.
-Pero... –empezó a decir Laura, atribulada.
-Qué. –dijo Jimena enderezándose hacia ella con el ceño
fruncido. -¿Te vas a retobar?
-No... no, señorita Jimena, está bien... Yo hago lo que
ustedes quieran... –y puso tres rodajas de salamín en la concha de Natalia y
otros tantos pedacitos de queso en la de la morena, para después ubicarse de
rodillas entre las piernas de la rubia. Acercó su cara y comenzó a comer. La
mezcla de aromas y de sabores que emanaba del alimento y de las conchas, que
habían comenzado a soltar jugos, exacerbaba sus sentidos provocándole rechazo al
principio y después una excitación que anulaba cualquier intento de
racionalidad. Fue de una concha a la otra hasta que tragó toda la comida
mezclada con flujos y con sus lágrimas que le bañaban las mejillas surgiendo de
una fuente de sentimientos tan intensos como inexpresables. Estaba muy caliente.
-Bueno, ahora que terminaste de comer limpiá la mesa con la
lengua... ¡jajajajajajaja! –le ordenó Jimena y Natalia también rió mientras
tomaba a Laura por el cuello y le aplastaba la cara contra su concha:
-¡Vamos, perrita, limpiá! –y la cachorra empezó a lamer en
tanto sentía que se mojaba cada vez más e iba creciendo en ella el deseo de ser
penetrada.
.............
Minutos después de las nueve de la noche las cuatro estaban
en casa de Blanca, donde también se encontraba Inés.
Claudia había sido bajada del coche tal como Elina la llevara
el día anterior, desnuda y con sus accesorios, pero esta vez no se conmovió
cuando desde un vehículo que pasaba surgieron gritos desaforados y ruidosos
aplausos antes de que el conductor debiera frenar con un chirrido de neumáticos
y corregir bruscamente la marcha para evitar el choque contra un auto
estacionado.
Mientras bebían café y ambas sumisas permanecían arrodilladas
con las nalgas en los talones, la cabeza gacha y las manos atrás, Blanca quiso
saber cómo lo habían pasado las ganadoras de la subasta y cuál había sido la
conducta de sus perras.
-¿Se portaron bien o debo castigarlas? –preguntó.
-No se preocupe, querida. –dijo Elina. –Le prometí a Inés
tenerla cortita y así lo hice, como podrá ver por el rojo de sus nalgas y las
marcas que dejó mi cinturón, jejeje.
-Esta cachorrita también se portó bien, señora. –intervino
Jimena. –Incluso le enseñamos a ladrar y lo hace bastante bien, jejeje.
-¡No me digas! ¡Pero qué lindo! –se entusiasmo la señora e
inmediatamente le ordenó a Laura que ladrara.
La cachorra estaba lejos de haber alcanzado el nivel de
degradación de Claudia y sintió que sus mejillas le ardían de vergüenza. Sin
embargo, venciendo su pudor, enronqueció la voz y emitió unos ladridos muy
convincentes que provocaron la algarabía general.
-¡Muy bien, cachorra, muy bien! –exclamó Blanca. –Veo que sos
cada vez más una perra.
-Y ésta lo es todavía más, mi querida, señora. –dijo Elina
señalando a Claudia. -¿Me permite contarle algo?
-Pero por supuesto, señora. –concedió Blanca intrigada.
Elina entonces comentó lo ocurrido entre Claudia y Gandul
ante el asombro morboso y complacido de Blanca e Inés, y cuando terminó dijo:
-Espero que no le moleste lo que hice, mi querida señora.
-¡Pero no, Elina! ¡Al contrario! ¡Estuvo usted muy bien! –le
contestó Blanca y después dijo dirigiéndose a Claudia:
-Así que ahora ya sos una perra total, Claudita, jejeje...
-Sí, señora. –contestó la sumisa con tono grave y serio. –Soy
una perra. Soy su perra Claudia o cualquier otro nombre que usted quiera darme.
-No, Claudia está bien, porque ése era el nombre de cierta
patroncita fría y altanera que tuve hace tiempo. –dijo Blanca sonriendo
perversamente.
Momentos después despedía a la señorona y a las lesbianitas y
quedaba a solas con Inés y con sus sumisas, a las que inmediatamente mandó a
vestir para que se fueran.
Del dormitorio ambas volvieron al comedor y Blanca les dijo
mientras las llevaba hacia la puerta de calle:
-Mañana las quiero a las dos aquí a las seis de la tarde.
¿Entendido? Ahora se toman un taxi, vos dejás a la cachorra en su casa y después
te vas para la tuya.
Ambas asintieron, saludaron a su dueña en cuatro patas
besándole la mano y se retiraron. Poco después Inés hacía lo propio mientras en
el taxi Claudia iba en silencio cuando Laura le dijo:
-No puedo creerlo, Claudia...
-¿Qué cosa no podés creer?
-Que... que esa señora te haya... te haya hecho coger por su
perro...
-Creelo porque es cierto.
-Pero... ¡debe ser asqueroso! –dijo la peladita horrorizada.
-No.
-No ¿qué?
-No es asqueroso.
-Pero...
-Al principio sí me dio asco, pero era un asco racional,
¿entendés? –empezó a explicar Claudia mientras Laura la miraba incrédula.
–Después ya dejé de pensar y empecé a sentir, únicamente a sentir... a sentir
esa pija dentro de mí, ese cuerpo pesado que se agitaba sobre mi espalda, esas
patas que me apretaban los costados... Yo ya no pensaba nada, Laura... Yo
solamente gozaba mucho, muchísimo... cada vez más... Y no pensé nada cuando esa
señora
me puso la pija del perro en la boca y me hizo tragar un poco
de leche... no pensé nada, únicamente tragué...
La cachorra la miraba como hipnotizada y Claudia le dijo:
-Y vos mejor que te vayas preparando, porque estoy segura de
que te van a hacer lo mismo...
-¡Nooooooo! –gritó sacudida por un escalofrío.
-Sí, te lo van a hacer. ¿No viste cómo les gustaba cuando la
señora Elina les contaba eso sobre mí? Te lo van a hacer, Laura. Te lo van a
hacer. –insistió Claudia y la cachorra estalló en un llanto nervioso y
angustiado.
-Pero... pero somos... ¡somos personas! –argumentó entre
lágrimas.
-No, yo ya no soy una persona. –sentenció Claudia con un tono
que estremeció a la peladita. –Yo puedo hablar... puedo pensar un poco todavía,
pero ya no soy una persona, soy un animal, una perra.
-¡No! ¡Vos sos una persona!
-Soy una perra. –insistió Claudia y ya no volvieron a hablar.
................
Al día siguiente Laura fue a su trabajo en la veterinaria y
de allí a la facultad. Llegó con tiempo y esperó la hora de entrada al aula
tomando un café en el bar.
Estaba tan sumida en sus pensamientos sobre Claudia y la
conversación que habían tenido que no oyó el saludo de Paola y sólo reparó en
ella cuando la chica se le sentó al lado.
-Ah, hola. –la saludó Laura lamentando esa interrupción
aunque tratando de ser cortés.
-¿Qué te está pasando, Lau? –quiso saber Paola. –Estás rara
últimamente. ¿No querés contarme?
-No, Paola. Son cosas personales.
-Bueno, pero es que me interesan tus cosas, ¿sabés?... Me
interesás, Lau--... –insistió la chica con voz insinuante.
Al oírla, la peladita dejó de lado sus reflexiones sobre
Claudia y se dispuso a prestarle atención.
-Ah, bueno, pero antes no era así y sabés muy bien a qué me
refiero. –le dijo mirándola fijamente.
Paola desvió la vista.
-Es que... creo que me asustaste, ¿sabés?... –dijo sonriendo
nerviosa.
Laura adivinó para dónde iba su interlocutora y sospechó que
podría ocurrir algo importante. Paola le atraía mucho y aunque desde que era
sumisa de la señora se había olvidado de ella, el reencuentro iba despertando
otra vez sus deseos. No se le pasaba por la cabeza tener algo con Paola a
espaldas de su dueña, pero ya vería en qué desembocaban las cosas.
-¿Yo te asusté? –le dijo para alentarla a que siguiera
franqueándose.
-Sí, Lau, es que... yo... ¡ay, me cuesta!... –vaciló la chica
que ahora tenía la vista en el piso y se retorcía nerviosamente las manos, pero
luego de vacilar un instante continuó hablando:
-Es que yo... yo nunca tuve nada con una chica, ni siquiera
como fantasía, jamás había pensado en algo así... y de pronto vos empezaste a...
insinuarte, creo, y yo me asusté porque... porque me hacías sentir cosas, cosas
fuertes, ¿entendés?...
-Sí, entiendo. Seguí.
-Y bueno entonces, cada vez que me sugerías algo yo me
escapaba haciéndome la boluda... pero no podía dejar de pensar en vos... mirá,
hasta hace unos días yo salía con un chico, pero cuando estaba con él te tenía a
vos en la mente... ese día que viniste sin ropa interior y yo me burlé fue
porque en realidad me volaste la cabeza... y cuando una vez vino a buscarte esa
chica morocha, ¿te acordás?... bueno yo... yo te vi y me puse celosísima... y
después cuando apareciste así, rapada, no sé... no sé qué me pasó... empecé a
imaginarme cosas locas... muy locas...
-¿Qué cosas?
-Me da vergüenza... son delirios...
-A lo mejor no... –arriesgó la cachorra sin saber a qué se
refería Paola pero intuyendo que esos delirios podrían ser la puerta de ingreso
a una situación por demás interesante.
-Dale, contame. –insistió cada vez más ansiosa.
Paola agachó aún más la cabeza y dijo con voz muy baja:
-Bueno, qué se yó, Lau... tuve la fantasía de que... de que
te habías rapado por... por orden de alguien o que alguien te... ¡ay,
perdoname!...
La cachorra se puso tensa luego de que Paola diera tan
asombrosamente en el blanco, y tras tomar aliento dijo:
-Acertaste.
La chica la miró a los ojos:
-¿Cómo?... qué decís...
Laura consideró que debía saber más antes de seguir avanzando
y preguntó:
-¿Y vos qué conocés sobre eso de dar órdenes?
-No, bueno... yo sé que hay personas que... yo algo leí...
–contestó Paola, aturullada y con las mejillas rojas de vergüenza, y Laura se
dijo que era el momento de lanzarse a fondo:
-Ya veo. Leíste sobre sumisión.
Paola volvió a bajar la cabeza, hizo una pausa y dijo:
-Sí... leí sobre eso... ¿pero vos...?
-Yo ¿qué?
-Vos... ¿vos sos... sumisa y te rapaste por orden de
alguien?... –preguntó la chica con un hilito de voz.
Laura miró la hora y dijo llamando al camarero:
-Es la hora de clase, Paola. Vamos. Después seguimos. –y tras
dejar sobre la mesa el dinero de su café se dirigió hacia el aula sin mirar
atrás.
Paola quedó temblando durante algunos segundos y por fin la
siguió presa de fuertes y contradictorios sentimientos.
Durante la clase se intercambiaron insistentes miradas y a la
salida Paola la tomó de un brazo.
-Por favor, Lau... no podés dejarme así...
-¿Así, cómo?
-Así, sin decirme si sos...
-¿Si soy sumisa?
-Sí...
-Chau, Paola, la próxima hablamos de eso, estoy
apurada. –dijo la cachorra y librándose con un gesto brusco de la mano
de la chica se alejó.
.............
En camino hacia la casa de la señora, Laura iba repasando
toda la conversación y a medida que recordaba cada palabra, cada frase, cada
gesto o expresión de Paola, crecía en ella la certeza de que esa chica no miraba
desde afuera la práctica de la dominación-sumisión. "Seguramente no tiene
ninguna experiencia" –se dijo, -"pero apuesto a que sí tiene sentimientos,
sensaciones, deseos. No es una simple lectora. Y seguro que no es Ama, no parece
dominante sino sumisa y está muerta conmigo. Me lo dijo, se atrevió y me lo
dijo. Hice muy bien en dejarla con la intriga sobre mi condición, porque la duda
la va a volver loca hasta el miércoles. Va a pensar en mí todo el tiempo y si no
me equivoco, si es una sumisa y me muevo con inteligencia, seguro que termino
atrapándola y llevándosela a la señora. Y si es así mi dueña me va a premiar
dejándome pasar una noche con ella, como hizo con Claudia cuando me llevó a mí."
De imaginarlo empezó a mojarse, y no sólo por el hecho de
tener una noche de sexo con una hembra tan apetecible, sino además por todo lo
que antecedería a esos momentos: el lento tejer de la tela de araña en torno de
la presa, su previsible resistencia, su progresivo doblegamiento, su captura, la
entrega a la señora.
"¿Claudia habrá sentido lo mismo cuando me cazó a mí?" –se
preguntó. "Sí, seguro que sí... seguro que sintió esto tan fuerte que yo estoy
sintiendo. Tengo que contarle a la señora. Hoy mismo le cuento."
Minutos después llegaba a destino y era recibida por Inés. La
saludó besándole la mano y la peluquera, después de besarla en la boca, la tomó
de un brazo y la condujo al comedor donde estaban la señora y Claudia, ésta con
su vestido de sirvienta.
Laura se puso inmediatamente en cuatro patas y fue hasta su
dueña.
-Buenas tardes, señora. –dijo y besó la mano que Blanca le
extendía.
-Vos y esta otra van a estar aquí hasta el domingo a la
noche. Inés también se va a quedar, así que van a tener dos días muy movidos.
-Lo que usted diga, señora. –dijo Laura e inmediatamente
preguntó si podía contarle algo.
Cuando Blanca la autorizó narró con pelos y señales su
encuentro con Paola, e incluyó su impresión de que se trataba de una sumisa.
-Si yo estuviera en lo cierto, ¿usted me autorizaría a que yo
se la traiga, señora?
-¿Está buena esa perra? –quiso saber Blanca.
-Sí, señora, está muy buena, es muy linda de cara y tiene un
cuerpo que...
-Jejejeje... –rió Blanca. -Por supuesto que te autorizo a que
la caces para mí, cachorra. Pero te advierto algo: desplegá toda tu seducción
para atraparla, pero pobre de vos si te permitís alguna libertad sexual con
ella. ¿Está claro?
-Sí, señora, yo jamás haría eso.
-Muy bien, cachorrita, muy bien. Adelante entonces y si me la
traés te voy a premiar dejándote pasar una noche con ella.
-Gracias, señora. –dijo Laura recordando cuánto había sufrido
por los rechazos de Paola y deleitándose anticipadamente con el placer que la
cacería iba a depararle.
Instantes después la señora las mandó a las dos al
supermercado.
-Vos. –le dijo a Claudia. –Tomá la lista de la compra y el
dinero.
Cuando salieron, una 4x4 con vidrios polarizados estacionada
a poco metros, se puso en marcha lentamente acompañando el andar de las dos
sumisas. Cuando Claudia y Laura estaban por llegar a la esquina el vehículo se
adelantó, se detuvo y de él bajaron tres mujeronas que se les fueron encima. Sin
darles tiempo a otra cosa que gritar un poco, asustadísimas ante el sorpresivo
ataque, las redujeron y a golpes y a empujones las metieron en la camioneta.
-¡No! ¡Nooooo! ¡¿Quiénes son ustedes?!
-¡Nooooooo! ¡Déjennos! ¡No!
-¡¿Qué quieren de nosotras!?
-¡Cállense y adentro, putas! –les ordenó una de las
desconocidas, de unos cincuenta años, vestida con musculosa blanca y calzas
negras.
Todo había ocurrido muy rápidamente y sin tropiezo alguno
para las secuestradoras, favorecidas por el hecho de que nadie pasó por allí en
ese momento. Una vez con las presas dentro de la camioneta, ésta arrancó a gran
velocidad conducida por Leticia, la joven rubia que había estado noches atrás en
casa de Inés compartiendo a la cachorra. La peladita la reconoció y cuando,
asombrada, iba a dirigirse a ella, la chica la miró por el espejo retrovisor y
le dijo sonriendo:
-Qué sorpresa, ¿cierto, bebé?
-Señorita Leticia... ¿qué...
-¿Sabés qué pasa, queridita? Me volví loca con vos la otra
noche en casa de Inés. –empezó a decirle Leticia mientras dos de las mujeres la
esposaban a ella y a Claudia con las manos en la espalda.
-Entonces les conté de vos a estas amigas y decidimos
agarrarte junto con esa otra perra. Inés me comentó que hoy iban a estar en casa
de Blanca y entonces nos pusimos a hacer guardia suponiendo que en algún momento
iban a salir, y como verás, todo salió perfecto, jejeje.
-Pero... ¿hasta cuándo nos van a tener?
-¿Hasta cuándo?... Olvídense de volver a ver a esa señora y a
Inés. Ahora son nuestras, bomboncito.
-¡¡¡Noooooooooooo!!! –gritó Claudia, desesperada.
-¡¡¡Déjennos ir!!! ¡¡¡Por favor, por favor!!!
La respuesta fue una carcajada general que las aterrorizó aún
más. Habían sido arrancadas de manos de su dueña por esas mujeres que quién sabe
adónde las llevarían y cuál iba a ser su destino de allí en más. Apretadas una
casi sobre la otra en el asiento trasero lloraban de miedo entre súplicas
inútiles en tanto las secuestradoras intercambiaban comentarios inquietantes y
las hacían víctimas de toqueteos lascivos.
-Buena cosecha, jejeje...
-Linda la sirvientita...
-Sí, lo primero que podríamos hacer es cogerla todas por el
culo.
-¿Y de esta otra qué me dicen? Miren qué cara de santita que
tiene.
-Yo así pelada le veo cara de chico bien guarro, jejeje, y
mientras me la esté cogiendo por atrás voy a pensar que me estoy montando a un
varoncito, jejeje...
-Y mientras tanto ese varoncito me va estar chupando la
concha... ¡jajajajajajaja!...
-¿Y si el varoncito se porta mal y se nos resiste?
-Entonces lo castigamos en forma hasta que entienda que con
nosotras no se juega, ¿verdad, chicas?
-De eso creo que ya se dieron cuenta. Miren cómo están
temblando, jeje...
Y era cierto. Las sumisas temblaban de miedo y a Claudia, con
el vestido abierto de arriba abajo, las tetas le bailaban una danza rítmica al
compás de su respiración agitada. No llevaba corpiño ni bombacha y una de las
secuestradoras, la que acaba de desprenderle todos los botones, llamó la
atención a las demás sobre ese detalle.
-¿Así te tiene esa señora? ¿Sin ropa interior? -y todas
rieron mientras la primera tomaba ambos pechos por debajo y los estiraba para
exhibirlos:
-¡Miren qué buenas ubres!
Claudia intentó echarse hacia atrás, pero una cachetada la
persuadió de que lo mejor era no ofrecer resistencia.
-¿Ella te ordena esto o lo hacés de puta que sos, nomás?
-No, yo... –empezó a balbucear, Claudia pero la que le
mantenía los pechos sujetos la interrumpió:
-Bueno, ya nos vas a contar unas cuantas cosas, puta, vos y
tu amiguita. Queremos saber a quiénes nos llevamos, aunque Leticia algo nos
contó.
-Pero... ¿adónde nos llevan?... ¿qué nos van a hacer?... –se
atrevió a preguntar Laura y esta vez fue ella quien recibió una cachetada tan
fuerte que le hizo saltar las lágrimas:
-Sos demasiado preguntona... ¿no creen, chicas?
-Sí, habría que ponerle un broche en la lengua por
charlatana.
Una de las desconocidas le tomó la cara entre las manos y le
dijo desde muy cerca:
-¿Oíste, pendeja?... Cuando lleguemos te voy a pinzar esa
lengüita, así no nos jodés con boludeces mientras te cogemos.
-Sí, y se la sacamos cuando tenga que chuparnos la concha.
-La concha y el culo, porque van a chuparnos por todos lados.
El miedo y la angustia de las sumisas crecía a medida que las
secuestradoras se mostraban cada vez más crueles y al parecer dispuestas a
maltratarlas mucho, además de someterlas sexualmente.
Por fin la camioneta se detuvo ante la verja de entrada de
una casa ubicada en una zona residencial de la ciudad. Leticia accionó un
control remoto para franquear la entrada y el vehículo avanzó por un sendero
lateral que bordeaba un amplio jardín y se detuvo en la parte trasera de la
casa. Las secuestradoras descendieron y a empujones y tironeos llevaron a ambas
cautivas hasta una puerta de madera algo carcomida.
-¡Adentro, putas! ¡Vamos, muévanse! –les gritó Leticia
mientras abría la puerta.
-¡Vamos! ¡Vamos!
Mareadas por la enorme tensión que estaban viviendo y cada
vez con más temor, Claudia y Laura ingresaron entonces a un cuarto de paredes de
ladrillo, con el suelo de tierra apisonada y el techo formado por listones de
madera. Se respiraba un fuerte olor a humedad y contra la pared del fondo había
algunos trastos como un par de sillas desvencijadas, cajas de cartón y un
manequí sin su base, entre otros objetos en desuso.
-Bueno, putas –les dijo una de las desconocidas, -aquí se
quedan hasta que vengamos a buscarlas para empezar la fiesta. –e inmediatamente
todas se retiraron dejándolas encerradas con doble vuelta de llave.
La dueña de casa, una cincuentona llamada Nelly, rubia,
vestida con un pantalón y remera de gimnasia, se dirigió seguida por Leticia y
las otras dos hasta el living, dispuestas a hacer un paréntesis que serviría
para aumentar la desesperación de ambas sumisas.
En el living bebieron café, charlaron un poco trazando planes
respecto de lo que harían con sus presas y finalmente Leticia fue a buscarlas.
Laura la miró con ojos suplicantes:
-Así con miedo me excitás más, perrita. –le dijo la chica
mientras la arrastraba de un brazo hacia la salida.
-Y vos, puta, seguime. ¡Vamos! –le ordenó a Claudia.
-Bueno, aquí tenemos a nuestras perras, así que vamos a
empezar la diversión. –dijo Nelly yendo hacia ellas.
-No queremos retobamientos. –les advirtió. –Están para hacer
y dejarse hacer todo lo que a nosotras se nos antoje. ¿Entendieron?
Ninguna de las dos respondió y en cambio, desbordadas por la
desesperación, se largaron a llorar. Fue Rosario, una cuarentona de cabello
castaño y algo gordota la primera en reaccionar seguida por Julia, rubia de pelo
corto y algo mayor que la otra. A bofetadas echaron a las sumisas al piso y les
quitaron las esposas, para luego desnudarlas rápidamente.
-Hay que darles una buena lección de entrada para que se
dejen de boludeces. –dijo Rosario y entre todas alzaron a Claudia y a la
cachorra y las inclinaron una frente a la otra sobre la mesa principal. Una vez
en esa posición volvieron a esposarlas con las manos al frente y Nelly dijo:
-Voy a buscar unos cinturones. –y salió del living escuchando
a sus espaldas el llanto y los ruegos de las sumisas.
Lo que las angustiaba en extremo era presumir que jamás
volverían a manos de su dueña, esa mujer a la cual se sentían unidas por una
cadena indisoluble, por haber sido ella quien las iniciara en la sumisión, quien
les abriera la puerta a ese sentirse siervas, esclavas de una voluntad ajena que
las trascendía.
Al cabo de un momento Nelly volvió con cuatro cinturones,
tres de los cuales repartió entre sus compañeras de aventura.
-Elijamos las parejas. –dijo. –Yo me encargo de la morocha.
¿Quién conmigo?
-Yo. –contestó Rosario dejando a Leticia y a Julia la tarea
de castigar a la cachorra. Y decidido esto comenzó la función con un primer
cintarazo que Nelly descargó en el culo de Claudia.
-¡¡¡Aaaaaaaaayyy!!! –gritó la sumisa y Nelly, inclinándose
sobre ella le dijo:
-Cuando dentro de un rato te cojamos por el culo lo vas a
tener en llamas, puta, -y fue entonces cuando Rosario le dio el segundo golpe
aún más fuerte que el anterior.
Por su parte, Leticia y Julia ya se estaban turnando en
azotar a Laura, que bajo el rigor de la paliza mezclaba gritos con llanto y
ruegos inútiles mientras pataleaba y movía sus caderas de un lado al otro
tratando vanamente de librarse de los cintarazos que caían sin pausa sobre su
culito.
El castigo se prolongó y los gritos de las martirizadas se
fueron convirtiendo en verdaderos aullidos. Sus torturadoras las veían temblar
de pies a cabeza, ya sin fuerzas para moverse en procura de esquivar los azotes.
Finalmente, hasta les faltó energía para gritar y se limitaban a gemir
débilmente a cada nuevo golpe cuando ya sus nalgas lucían extremadamente rojas y
quemaban al tacto, como bien pudo comprobarlo Nelly al palparlas antes de dar
por terminada la terrible azotaína.
Las perras cayeron al piso y allí quedaron, tendidas boca
abajo, refregándose las nalgas en procura de aliviar el doloroso ardor que las
atormentaba.
Nelly y Rosario se inclinaron sobre Claudia y la dueña de
casa le dijo:
-Oíme, puta, ¿creés que te trajimos acá para que descanses?
-Por favor... –rogó la sumisa con voz casi inaudible, pero
Rosario no estaba dispuesta a darle tregua. Le metió un dedo en el orificio anal
mientras Nelly sofrenaba los corcovos de Claudia y dijo:
-Bueno, hablamos de cogerlas por el culo, ¿cierto?...
Entonces, ¿qué estamos esperando?
-Llegó el momento. –acordó Julia llevando una mano a las
nalguitas de la cachorra, que seguía gimiendo de dolor en el piso.
Inmediatamente las cuatro se colocadores arneses con
consoladores y se abalanzaron sobre sus indefensas víctimas.
-¡Un momento! –exclamó Julia. –Dije que le iba a pinzar la
lengua a esta putita y eso es lo que voy a hacer antes de darle.
-Muy bien. –le contestó Leticia. –Andá a buscar broches que
te espero.
Nelly le indicó dónde podía encontrar los broches de colgar
ropa y allí marchó Julia dejando a Laura en manos de Leticia.
En vano intentó la cachorra conmover a la rubia rogándole una
piedad que no le iba a ser concedida.
-No es con piedad como voy a gozar de vos, bebé. –le dijo
Leticia. –Al contrario, me gusta maltratarte, ¿sabés?... siento que me excito
mucho.
Laura no pudo reprimir los sollozos que le atenaceaban la
garganta y dijo con voz quebrada:
-Por favor, señorita Leticia... hagan... hágannos lo que
quieran, pero... pero después déjennos ir... ¡por favor!...
Leticia se rió cruelmente:
-¡jajajajajajajaja!... ¿dejarlas ir?...je... Ni lo sueñes,
bomboncito. Vos y esta otra son perras de raza, un botín muy valioso al que no
vamos a renunciar hasta que nos hartemos, y te aseguro que va a pasar muuuuuucho
tiempo hasta que ocurra eso. Y además, cuando pase, ¿por qué dejarlas ir?...
¿Sabés lo que vamos a hacer?, vamos a venderlas, cachorrita, y claro que nos van
dar muy buen dinero por ustedes.
-¡Nooooooooo!... –se desesperó Laura. -¡¡¡¡No, señorita
Leticia!!!! ¡¡¡¡Por favor, eso no!!!! ¡¡¡¡Nooooooo!!!!
En ese momento volvió Julia y al escuchar los gritos de Laura
se inclinó amenazadora sobre ella:
-¡¿Otra vez chillando, vos?!
La cachorra la miró aterrada:
-Por favor, señora... ¡por favor!
–Ponela de espaldas en el piso y abrile la boca. –pidió Julia
y Leticia lo hizo rápidamente. Se sentó sobre el pecho de Laura con las piernas
a ambos lados y le apretó la nariz con dos dedos obligándola a que en pocos
segundos abriera la boca en busca de aire. Con precisión de cirujano Julia tiró
de la lengua y cuando la tuvo afuera le colocó dos broches en forma
perpendicular, uno en cada costado.
Laura tuvo la sensación de pinchazos e inmediatamente comenzó
a sentir un dolor sordo y continuo ante el cual quiso expulsar los broches
moviendo desesperadamente los labios y la lengua. Entonces Julia le dijo:
-Como llegues a quitártelos te juro que te meto este cinto en
el culo hasta el último centímetro empezando por la hebilla. ¿Oíste, putita? –y
Laura se estremeció de espanto al imaginarse esa tortura mientras oía gemir a
Claudia que ya estaba siendo cogida por Nelly en tanto Rosario le estiraba y
retorcía brutalmente los pezones entre carcajadas crueles.
(continuará)