No me queda demasiado tiempo. Aquí estoy, confinado a esta
maldita cama, contando los días de vida; porque ya no me restan muchos y lo se
aunque no me digan nada. Mis huesos no resisten el peso de mi cansada humanidad
y ni la silla de ruedas me sostiene… Estoy aquí y quiero irme ya de este mundo…
No quiero ser una molestia ni ver como los que dicen ser mi sangre se disputan
sin disimulo lo que les pueda legar…. ¡Desgraciados! Si supieran la sorpresa que
les espera, se les borraría la sonrisita socarrona de sus repugnantes caras… Hoy
tengo casi noventa años y mi camino en este mundo se termina, pero fui joven y
poderoso, tuve los míos y fundé un imperio. En mi última hora, empero, debo
reconocer que no fui limpio, fui ambicioso, despiadado e hice sufrir a mucha
gente…
¡Oh, mis huesos! Me duelen a cada movimiento, siento mi
cuerpo como dormido y ya no hay medicación que calme el dolor, pero es aún más
atroz el dolor que tengo en el alma. Dicen que es la última oportunidad que el
Altísimo nos brinda de expiarnos antes de partir. ¡No me envíen ningún hipócrita
curita que se enseñoree con mi desgracia! Hijos de puta, bien que se han llenado
los bolsillos con mi dinero, gracias a la credulidad y la falsa piedad de mi
esposa. Que Dios la tenga donde quiera tenerla… Mujercita impertinente si las
había. Colérica de día, impávida de noche. Cumplía con su deber cerrando los
ojos la muy maldita, como si con eso pudiera taparme los míos frente a lo que en
realidad ocurría. Se murió sin saber que yo sabía de su "asuntito" con mi socio.
Ahí, dentro de uno de nuestros automóviles, en la cochera, los descubrí una
tarde sin que hubieran notado mi presencia. Chillaba como una rata la puta zorra
mientras Javier la empalaba sin piedad. Allí estaba la gran señora de sociedad
revolcándose como una ramera cualquiera. Me quedé contemplando la escena, herido
en mi amor propio y no por que amara a María Inés, mi adúltera esposa. Me sentí
egoístamente traicionado por mi socio, porque su solapada codicia había
sobrepasado todos los límites posibles y se había atrevido a mancillar mi honor.
Pero… ¿Qué honor? Si me había casado sin amor alentado por mis padres en un
matrimonio que por las riquezas heredadas por ambas familias a lo largo de los
años daría aún más réditos en el futuro. Una mera transacción financiera
disimulada tras la atracción medida y el ardor de la primera juventud. Nació
después Alejandro, nuestro único hijo; un chico malcriado que lamentablemente
heredó nuestros peores rasgos de carácter. Debo confesar que me desentendí de él
dejando en manos de su madre su crianza, yo solo estaba para satisfacer sus
caprichos para que no molestara y luego me di el lujo de pretender que al crecer
fuese un chico serio y responsable.
El odio sopló en mi alma aquella tarde en que descubrí a
María Inés fornicando con Javier. ¿Cómo se habían atrevido a desafiar la
omnipotencia del renombrado Ignacio Llorente, destacado propietario de hectáreas
enteras de afamados viñedos? Mi socio… solo un engreído peón en el inmenso
tablero de ajedrez de mis negocios que yo manejaba con mano firme y decidida.
Poseía una ínfima parte en la empresa, heredada de su padre al que el mío le
había efectuado ese pago de cambio chico por un gran favor que le había hecho en
el pasado. Ya me había encargado yo de que tuviese sus cómodos réditos sin que
me importunara en absoluto en las grandes decisiones. Era tan pagado en sí mismo
que resultaba un juego de niños el manejarlo como una marioneta pero aquella
tarde había sabido devolverme de forma acertada el ostracismo empresarial al que
siempre lo había sometido. No fue una cuestión de sentimientos heridos lo que
alimento la fría venganza, sino que mi orgullo de macho cabrío había sido
vulnerado.
Me retiré del lugar en la seguridad que no me habían
descubierto ya maquinando en mi mente la forma de retribuirle el golpe. Tenía
poco más de cuarenta años en ese entonces, era un hombre lo que se dice
atractivo. Mi cabello oscuro como la noche ya comenzaba a tomar tonos grises
aunque fuese tímidamente, y a pesar de mi mediana estatura nunca había tenido un
físico que tuviera tendencia a engordar. Siempre había tenido éxito con las
damas y aún casado no me privé de otros deleites. Toda mujer que me resultara
apetecible y fuese receptiva pasó por el rigor de mi pene que las dejó siempre
contentas aunque no me lo dijeran con palabras exactamente. Criadas de turno,
alguna que otra insatisfecha amiga de mi esposa, o consorte de algún empresario,
todas ellas fueron botín de guerra para alimentar mi insaciable ego… todas hasta
la hija de mi socio Javier Solano…
A sus diecisete años, Analía era una chica que no tenía muy
claro qué hacer con su vida, paseaba su insolencia con aire distraído,
provocando la tórrida admiración de todos esos estúpidos imberbes que formando
un séquito siempre estaban a su alrededor. Hasta mi sobrino Eduardo había caído
en sus redes y aunque nunca se le había declarado, su interés en ella era más
que notorio. Refugiada en la comodidad de la segura fortuna paterna, hacía y
deshacía sin obedecer a nada ni a nadie excepto a ella misma. Sus embelesados
padres jamás tuvieron la fuerza de carácter suficiente para encaminarla y bueno,
el resultado estaba a la vista. Una joven errante aunque no bohemia, vanidosa y
hueca que aunque no era lo que se dice hermosa, tenía muy en claro el poder de
su extraño magnetismo.
Ya me había dado cuenta hacía tiempo que Analía me tenía en
la mira. En realidad, no me resultaba atractiva, alta, delgada, con pocas curvas
y aún menos pechos. Lo único destacable era su piel muy blanca y sus helados
ojos azules casi sin expresión, junto a una larga y rizada cabellera rojiza. A
pesar de su fama, no me sentí cautivado en absoluto, en parte porque no era el
tipo de fémina que me gustara, y por otro lado porque nunca había dejado de
verla como lo que en realidad era: una chiquilla insoportable… Más, después de
haber descubierto a su padre con mi mujer, recordé su velado interés hacia mí y
decidí aprovecharlo…
Resultó evidente que me había elegido en sus sueños para que
fuese el primero, en vez de hacerlo entre toda esa caterva de zánganos que
pululaba a su alrededor. Quería un hombre con todas las letras y yo siempre
hasta ese entonces me había hecho el desentendido, pero después de lo ocurrido
su visión ya no me resultaba tan desagradable. Nada en mis preferencias había
cambiado, tan solo la fría venganza alimentaba mi morbo. Como la fiera que mata
por hacer daño y no por alimentarse. No me resultó difícil seducirla, preparar
el terreno para la estocada final. Comencé por cruzarme "casualmente" con ella,
a la salida de sus clases, saludarla con mi mejor sonrisa y ofrecerle siempre
alguna que otra frase galante. No transcurrió demasiado tiempo antes que Analía
subiera a mi coche de prisa y a escondidas cuadras más adelante. Salíamos
raudamente del lugar rumbo a la espesura del parque y nos quedábamos
conversando. Varias veces la noté temblar anhelando un beso que yo demoré varios
días en darle. La quería rendida y sin reservas, tener el dominio absoluto de la
situación… Decidí imprimirle más velocidad al asunto cuando Analía comenzó a
hablar de la posibilidad que sus padres se enteraran, pero aquella tarde nunca
pensé cuan lejos podría llegar ni que tan experimentada podía llegar a ser la
insulsa pelirroja. La pasé a buscar como de costumbre cerca de su local de
estudios y desde allí enfilé hacia nuestro acostumbrado refugio. Fue obvio que
ninguno de los dos estaba con ánimos de charlar y ella fijó sus expectantes ojos
en los míos ya adivinando lo que vendría sin remedio. Pasé mi brazo derecho por
encima de su asiento e inclinándome sobre ella posé mis labios en los suyos en
un beso casto, tibio y dulce, introduje lentamente mi lengua en su boca, de
inmediato ella reaccionó con un gemido y con la suya me enredó en un beso
hambriento y devastador. Después de unos instantes casi eternos ninguno de los
dos quiso despegarse y juré que si en ese momento hubiese colado mi mano debajo
de su falda y hubiera llegado hasta su tesoro, me habría empapado los dedos.
Preferí jugar con su excitación que me quemaba la boca con aquel beso y
deslizando mi mano izquierda por su pecho desabroché con paciencia su blusa
hasta hallar sus senos protegidos bajo la tela del sostén. Sin dejar de besarla
liberé uno de ellos y me separé de ella para contemplarla. Sin susto, pero con
ligera aprehensión Analía me miraba creyendo que ahí mismo me haría con su
virgo, a juzgar por la erección que yo lucía bajo los pantalones de mi impecable
traje. Aparentemente sin darle importancia a los gritos que me daba mi falo bajo
mi ropa mi boca bajó por su cuello hasta esa flor blanca de rosado fruto
haciéndola presa de mis atenciones orales. Ella gemía entrecortadamente y su
cuerpo atrapado entre mis brazos pugnaba por moverse al compás de ese ritmo de
locura que sus ganas le dictaban. Me quitó de encima de un empellón y me miró
con descarada lujuria. Alargó su mano hasta mi entrepierna que no mentía sobre
mi propio ardor.
Eso hay que calmarlo – me dijo con inusitado descaro
y se dedicó a restregarme el paquete atrapando el glande entre dos de
sus dedos comenzando a menearme.
Entrecerré los ojos en un claro gesto de entrega y creo que
hasta se me escapó un suspiro al tiempo que ella dejó soltar una mal contenida
risita. Inesperadamente sentí sus manos como en un rápido gesto desbrochaban mi
cinturón, abrían el botón y el inconfundible ruido del zipper deslizándose hacia
abajo me dieron la pauta de lo que seguiría. Sus hábiles manos en menos de un
segundo habían liberado mi hombría, pero ella no se conformó con eso; tomándome
de las caderas me pidió que me bajara la ropa aún más, no fuese que nada de mi
masculinidad quedase sin estar al descubierto como ella quería. Permití que
quedara primariamente satisfecha con ese detalle, no sin dejar de sorprenderme
por su desconocida destreza. Finalmente tuvo ante sí su trofeo que no tardó en
atender con sus labios, no sin antes obsequiarme con sus "inocentes" manos una
buena y experta paja que casi me hace eyacular en su mano. Me había dejado casi
a punto cuando su boca me devoró hasta la mitad de mi tronco mientras su lengua
hacía dibujos calientes sobre mi desesperado glande y sus manos atrapaban mis
testículos sometiéndolos a un tratamiento manual que hacía subir mi temperatura
hasta límites insospechados. No tardé demasiado frente a la contundencia de
aquellas artes, en inundarle la boca con mi simiente en descargas que de tan
excitado que estaba me hicieron doler hasta el fondo de mi sexo. Se tragó hasta
la última gota de mi leche sin chistar la muy puerquita y terminada su labor me
quedó mirando como vencedora virtual de una batalla que para mí ni siquiera
había comenzado. Si bien me había satisfecho con aquella inesperada mamada, mi
plan seguía en pie, sabiendo que era ella la que evidentemente había quedado con
ganas de mucho más.
No podía permitir que llegaras a tu casa en ese
estado Ignacio – espetó saboreando su victoria.
Te agradezco tu preocupación, pero no es la primera
vez que haces esto, ¿no?
Ya sabes que no, con algo tengo que satisfacer a
Germán, mi festejante y salvaguardar mi virginidad mientras tanto….
Porque quiero que seas tú el que me patee el nido…
Lo dijo en un tono que denotaba su falta de tacto y además de
experiencia, típico de esas mujeres que confunden vulgaridad con voluptuosidad.
Pasé el detalle por alto porque lo que me importaba era vengarme, si de veras
hubiera querido mantener algo mucho más serio con ella ahí mismo hubiera
abandonado la empresa. La caliente velada culminó con los ánimos más calmados y
la ropa ordenada con la promesa de un encuentro más candente y comprometedor.
Así fue, quise que las cosas transcurrieran del modo que a Analía le resultase
más cómodo, sabía que vendría a mí y que no tendría necesidad de buscarla. Solo
intervendría si las cosas se desmadraran por su impericia.
Volvimos a tener algunas sesiones de sexo oral tanto en mi
auto así como después en el jardín de su casa de la playa las veces que íbamos
con María Inés a pasar algunos días atendiendo a la gentil invitación de la
familia Solano. A escondidas, entre la tapia de arbustos que separaba la cerca
de la piscina, allí ella se arrodillaba ante mí y me degustaba el palo como si
de una golosina se tratase ante mi atenta mirada y mis gemidos contenidos. ¡Vaya
que tenía arte la zorrita! Otras veces le devolvía el favor allí mismo sobre el
pasto saboreándole la almeja mientras con una mano le tapaba la boca
trabajosamente para que sus gritos de goce no llegaran hasta la casa. La volvía
loca que me masturbara frente su cuerpo despatarrado después de haberla
complacido y le embadurnara el pecho con mi esperma caliente. Aquello era una
locura tras otra y para mí comenzó a ser un trago difícil ya que además de tener
que controlar mis reacciones tenía que también controlar las suyas. Con cada
encuentro si bien mi instinto primario quedaba satisfecho, bien sabía que ella
quedaba cada vez menos complacida y más excitada. Lo único que hacía era
magrearla de todas las formas posibles y me resistía a brindarle placer oral ya
que no tenía por costumbre depilarse el sexo y eso me causaba rechazo. Algunas
veces no tenía más remedio que hacer de tripas corazón y hacer el sacrificio
correspondiente, para que el hecho de usarla y desecharla después no quedara tan
evidente al menos en ese momento.
Pero aquel verano no acabó sin que yo me quedara sin mi
presea. Ella había viajado con sus padres al exterior y me hacía ardientes
llamadas a mi despacho denotando que ya estaba a punto de caramelo para que yo
me la comiera de una buena vez. Apenas regresó, una tarde se las arregló para
mentir convincentemente a los suyos, yo hice mi parte fingiendo un viaje a otra
ciudad que nunca hice y la esperé agazapado en mi oficina. Afortunadamente,
siempre había puesto distancia entre mis empleados y yo, por eso tenía mi
despacho en un lugar que equidistara del viñedo y la bodega en sí, yo estaba en
plena ciudad, los negocios en las afueras porque así siempre había sido y así
debía seguir siéndolo. Se presentó pues vistiendo un vestido vaporoso de
breteles, sencillo de quitar por supuesto. La recibí tranquilo, el tiempo
sobraba y la connivencia del Demonio hizo el resto. Analía no se hizo de rogar y
se colgó a mi cuello besándome con un beso caliente, húmedo, invasivo, le
correspondí como era debido pero allá en el fondo de mi mente sonó una alarma;
eran tantas las ganas de consumar el desquite que temí por vez primera en mi
vida que mi fiel compañero de andanzas no me respondiera en ese instante y que
la rabia que me consumía hace meses me jugara una muy mala pasada. Intenté
sacarme esos fantasmas de mi mente y me dispuse a entregarme a la lujuria de
aquellos besos. Deslicé mis manos hacia su culito firme y redondo y subí la
falda de su vestido comprobando que no llevaba nada debajo. Ese detalle me
desinhibió como por arte de magia y mi pene agradecido respondió al instante
haciendo sentir su indolente prepotencia contra el cuerpo de la rendida
jovencita. Manoseé más que acaricié su cuerpo con la bajeza propia de un
violador, a ella pareció gustarle ese detalle resoplando en mi oído como yegua
al galope y como tal estaba desbocada. Deshizo el nudo de mi corbata son sus
ágiles dedos y casi en un mismo movimiento desabrochó mi camisa y mis pantalones
que cayeron al suelo. La aparté de mí por un instante para terminar de quitarme
mis prendas y mis zapatos, solo me quedé con la camisa puesta, era como si me
quedara vestido a medias aunque solo era un nimio dato porque estaba
completamente desnudo. No lo hice adrede porque desnudarme implicaría un acto de
total entrega del cual estaba completamente alejado en ese momento. Yo era el
depredador y ella la simple presa y solo eso contaba para mí.
Analía cumplió con el trámite de quitarse el vestido y caer
de rodillas frente a mí para consumar su experto ritual. Tomó mi falo con una
mano pegándolo a mi vientre y empezó a masturbarme suavemente mientras con su
boca y su lengua hacía maravillas por mis testículos. Después de hacerme hasta
marear subió hasta la cumbre de mi hombría y se zambulló en ella brindándome el
placer suficiente como para de pronto apartarla, ponerme a su altura y arrojarla
al suelo. Ella quedó apoyada en sus codos mirándome con una mezcla de rendida
pasión e incipiente poder. No quise mimarla y a ella no pareció importarle, solo
me repetía por lo bajo que la tomara de una vez. Comprobé la veracidad de sus
palabras y me bastó una sola caricia en su sexo para saber que estaba
completamente lubricada. Le sonreí casi con malicia y apunté mi ariete hacia esa
vagina palpitante, anhelante por ser descubierta por un verdadero macho que
estaba dispuesto a hacerle el gusto. Aún así no quise que su primera vez
estuviese totalmente despojada de delicadeza, aunque me pedía casi a gritos que
la penetrara de prisa, le arrebaté su virginidad de a poco, empujando suavemente
sobre su entrada avanzando con lentitud y al hallar el obstáculo de su himen ahí
sí me lo llevé por delante de un solo golpe. La zorrita gritó con toda la fuerza
de su garganta y arañó mi espalda. Me fui abriendo paso por su trémula carne
lenta y firmemente, avanzaba un poco más, retrocedía un poco menos, otro poco
más, otro poco menos… A medida que su cuerpo se acostumbraba al vibrante
invasor, sus movimientos al principio tímidos se fueron haciendo constantes
acompasándose aunque fuera torpemente hasta que encontró la secuencia adecuada
para acompañarme en mis embates.
Debo confesar que no me importaba en absoluto que lo
disfrutara o que alcanzara algún orgasmo. No me podía sacar de la cabeza la
imagen de su padre estocándose a mi mujer y fui imprimiendo cada vez más
velocidad a medida que revivía en mi interior lo que había presenciado. Analía
empezó a gemir con verdaderas ganas pero yo no podía escucharla, estaba embotado
y solo volví a la realidad cuando sentí un baño caliente mojándome la tranca y
las contracciones de aquella gruta recién estrenada meciendo al invasor que la
había llevado sin quererlo al séptimo cielo. Su goce, lejos de complacerme me
fastidió sobremanera. Me separé y la tomé de un brazo obligándola a
incorporarse, me miró con cara de no entender nada pero le gustaba mi violencia,
podía percibirlo en su total sumisión ya no entrega de su parte. Aparté de un
manotazo las cosas que había sobre mi escritorio y algunas cayeron
estrepitosamente sobre la alfombra; tomé a mi presa por su cabello y la forcé a
inclinarse hacia adelante; instintivamente ella levantó una de sus piernas para
facilitarme la maniobra y se la enterré sin más trámite mientras con una mano la
daba nalgadas de vez en cuando, sus gemidos de auténtico placer inundaron el
ambiente y yo parecía un fauno enloquecido tras suyo penetrándola sin piedad ni
descanso.
Mis manos estrujaban su piel en el intento de saciar mi
salvaje sed hasta que sentí que mi lava estaba a punto de desbordar. Me retiré
de ella y apoyando mi pene sobre sus nalgas pinté su trasero con una
incontenible explosión de mi semen. Finalmente ella se incorporó restregando por
su piel cual si fuese crema el jugo de vida que le había depositado; me sonrió
rendidamente satisfecha mientras yo permanecía aturdido sin poder de reacción.
Había sido la sesión de sexo más brutal y descarnado que había tenido jamás.
Sentí asco y hasta ganas de vomitar me dieron. La despedí dándole un par de
billetes para que se tomara un taxi y desapareciera lo más pronto posible. No
puedo recordar cuánto tardó en marcharse pero sí me acuerdo del vacío que sentí
a partir de ese momento; si bien me había vengado aún no podía medir las
consecuencias de lo que acababa de hacer. No podía prever que me ganaría una
enemiga de armas tomar cuando finalmente y como lo había previsto desde un
principio, me deshice de ella, luego que después de unos pocos encuentros más
comprobara que aquella joven era más peligrosa de lo que yo había imaginado y
más aún cuando comencé a descubrir aquellos tenues hematomas en sus muslos,
signo inequívoco, aunque lo negara tenazmente, que no solo se estaba acostando
conmigo sino que había alguien más y que le ofrecía un sexo aún más violento que
el que yo podía y quería brindarle. Me amenazó diciéndome que si la abandonaba
le contaría todo a su padre, fue cuando le solté que su progenitor no haría nada
en mi contra porque no le convenía saber que yo había descubierto su aventura
con mi esposa. No le fue difícil darse cuenta que la había utilizado y ese mismo
día me juró que pagaría con lágrimas y sangre lo que le había hecho. Con mi más
cínico gesto le confesé mis planes de casarla con mi sobrino, que era el único
que estando tan ilusionado con ella podía tolerar su pasado. "Todo queda en
familia" le dije y ella me respondió con una sonora bofetada que al recordarla
aún me quema en el rostro…
Ahí llega la enfermera… con su compradora sonrisa, enfundada
en su inmaculado uniforme, blandiendo la jeringa con el calmante que me sumerge
en la inconsciencia por unas horas. Me habla bonito con palabras dulces que
convencen al más duro. Una mulata atractiva de carnes firmes pero ni siquiera ya
me conmueven semejantes detalles. Mi sexo es una flor marchita entre mis piernas
que no vive ni siquiera de recuerdos. Si tuviera décadas menos otra sería la
historia, pero pensándolo bien tampoco pensaría en seducirla. Mi vida en ese
entonces tenía sentido, lo había descubierto gracias a Eloísa…. Eloísa mi vida…
mi amor…. Me estoy durmiendo…. Oh Dios, si puedes escucharme no permitas que me
muera sin tenerla en mi último recuerdo… Déjame recordarla antes que dispongas
de mí cómo te venga en gana…