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La guarra de mi prima me convenció
TODORELATOS » RELATOS » EL SECRETO DEL PATRIARCA (1)
[ El que ríe por ultimo ríe mejor. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 06 de Octubre, 2008.
Fecha: 16-Nov-07 « Anterior | Siguiente » en Confesiones (2066 de 2280)

El Secreto Del Patriarca (1)

Khyra
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Todas ellas fueron botín de guerra para alimentar mi insaciable ego… todas hasta la hija de mi socio Javier Solano… Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

No me queda demasiado tiempo. Aquí estoy, confinado a esta maldita cama, contando los días de vida; porque ya no me restan muchos y lo se aunque no me digan nada. Mis huesos no resisten el peso de mi cansada humanidad y ni la silla de ruedas me sostiene… Estoy aquí y quiero irme ya de este mundo… No quiero ser una molestia ni ver como los que dicen ser mi sangre se disputan sin disimulo lo que les pueda legar…. ¡Desgraciados! Si supieran la sorpresa que les espera, se les borraría la sonrisita socarrona de sus repugnantes caras… Hoy tengo casi noventa años y mi camino en este mundo se termina, pero fui joven y poderoso, tuve los míos y fundé un imperio. En mi última hora, empero, debo reconocer que no fui limpio, fui ambicioso, despiadado e hice sufrir a mucha gente…

¡Oh, mis huesos! Me duelen a cada movimiento, siento mi cuerpo como dormido y ya no hay medicación que calme el dolor, pero es aún más atroz el dolor que tengo en el alma. Dicen que es la última oportunidad que el Altísimo nos brinda de expiarnos antes de partir. ¡No me envíen ningún hipócrita curita que se enseñoree con mi desgracia! Hijos de puta, bien que se han llenado los bolsillos con mi dinero, gracias a la credulidad y la falsa piedad de mi esposa. Que Dios la tenga donde quiera tenerla… Mujercita impertinente si las había. Colérica de día, impávida de noche. Cumplía con su deber cerrando los ojos la muy maldita, como si con eso pudiera taparme los míos frente a lo que en realidad ocurría. Se murió sin saber que yo sabía de su "asuntito" con mi socio. Ahí, dentro de uno de nuestros automóviles, en la cochera, los descubrí una tarde sin que hubieran notado mi presencia. Chillaba como una rata la puta zorra mientras Javier la empalaba sin piedad. Allí estaba la gran señora de sociedad revolcándose como una ramera cualquiera. Me quedé contemplando la escena, herido en mi amor propio y no por que amara a María Inés, mi adúltera esposa. Me sentí egoístamente traicionado por mi socio, porque su solapada codicia había sobrepasado todos los límites posibles y se había atrevido a mancillar mi honor. Pero… ¿Qué honor? Si me había casado sin amor alentado por mis padres en un matrimonio que por las riquezas heredadas por ambas familias a lo largo de los años daría aún más réditos en el futuro. Una mera transacción financiera disimulada tras la atracción medida y el ardor de la primera juventud. Nació después Alejandro, nuestro único hijo; un chico malcriado que lamentablemente heredó nuestros peores rasgos de carácter. Debo confesar que me desentendí de él dejando en manos de su madre su crianza, yo solo estaba para satisfacer sus caprichos para que no molestara y luego me di el lujo de pretender que al crecer fuese un chico serio y responsable.

El odio sopló en mi alma aquella tarde en que descubrí a María Inés fornicando con Javier. ¿Cómo se habían atrevido a desafiar la omnipotencia del renombrado Ignacio Llorente, destacado propietario de hectáreas enteras de afamados viñedos? Mi socio… solo un engreído peón en el inmenso tablero de ajedrez de mis negocios que yo manejaba con mano firme y decidida. Poseía una ínfima parte en la empresa, heredada de su padre al que el mío le había efectuado ese pago de cambio chico por un gran favor que le había hecho en el pasado. Ya me había encargado yo de que tuviese sus cómodos réditos sin que me importunara en absoluto en las grandes decisiones. Era tan pagado en sí mismo que resultaba un juego de niños el manejarlo como una marioneta pero aquella tarde había sabido devolverme de forma acertada el ostracismo empresarial al que siempre lo había sometido. No fue una cuestión de sentimientos heridos lo que alimento la fría venganza, sino que mi orgullo de macho cabrío había sido vulnerado.

Me retiré del lugar en la seguridad que no me habían descubierto ya maquinando en mi mente la forma de retribuirle el golpe. Tenía poco más de cuarenta años en ese entonces, era un hombre lo que se dice atractivo. Mi cabello oscuro como la noche ya comenzaba a tomar tonos grises aunque fuese tímidamente, y a pesar de mi mediana estatura nunca había tenido un físico que tuviera tendencia a engordar. Siempre había tenido éxito con las damas y aún casado no me privé de otros deleites. Toda mujer que me resultara apetecible y fuese receptiva pasó por el rigor de mi pene que las dejó siempre contentas aunque no me lo dijeran con palabras exactamente. Criadas de turno, alguna que otra insatisfecha amiga de mi esposa, o consorte de algún empresario, todas ellas fueron botín de guerra para alimentar mi insaciable ego… todas hasta la hija de mi socio Javier Solano…

A sus diecisete años, Analía era una chica que no tenía muy claro qué hacer con su vida, paseaba su insolencia con aire distraído, provocando la tórrida admiración de todos esos estúpidos imberbes que formando un séquito siempre estaban a su alrededor. Hasta mi sobrino Eduardo había caído en sus redes y aunque nunca se le había declarado, su interés en ella era más que notorio. Refugiada en la comodidad de la segura fortuna paterna, hacía y deshacía sin obedecer a nada ni a nadie excepto a ella misma. Sus embelesados padres jamás tuvieron la fuerza de carácter suficiente para encaminarla y bueno, el resultado estaba a la vista. Una joven errante aunque no bohemia, vanidosa y hueca que aunque no era lo que se dice hermosa, tenía muy en claro el poder de su extraño magnetismo.

Ya me había dado cuenta hacía tiempo que Analía me tenía en la mira. En realidad, no me resultaba atractiva, alta, delgada, con pocas curvas y aún menos pechos. Lo único destacable era su piel muy blanca y sus helados ojos azules casi sin expresión, junto a una larga y rizada cabellera rojiza. A pesar de su fama, no me sentí cautivado en absoluto, en parte porque no era el tipo de fémina que me gustara, y por otro lado porque nunca había dejado de verla como lo que en realidad era: una chiquilla insoportable… Más, después de haber descubierto a su padre con mi mujer, recordé su velado interés hacia mí y decidí aprovecharlo…

Resultó evidente que me había elegido en sus sueños para que fuese el primero, en vez de hacerlo entre toda esa caterva de zánganos que pululaba a su alrededor. Quería un hombre con todas las letras y yo siempre hasta ese entonces me había hecho el desentendido, pero después de lo ocurrido su visión ya no me resultaba tan desagradable. Nada en mis preferencias había cambiado, tan solo la fría venganza alimentaba mi morbo. Como la fiera que mata por hacer daño y no por alimentarse. No me resultó difícil seducirla, preparar el terreno para la estocada final. Comencé por cruzarme "casualmente" con ella, a la salida de sus clases, saludarla con mi mejor sonrisa y ofrecerle siempre alguna que otra frase galante. No transcurrió demasiado tiempo antes que Analía subiera a mi coche de prisa y a escondidas cuadras más adelante. Salíamos raudamente del lugar rumbo a la espesura del parque y nos quedábamos conversando. Varias veces la noté temblar anhelando un beso que yo demoré varios días en darle. La quería rendida y sin reservas, tener el dominio absoluto de la situación… Decidí imprimirle más velocidad al asunto cuando Analía comenzó a hablar de la posibilidad que sus padres se enteraran, pero aquella tarde nunca pensé cuan lejos podría llegar ni que tan experimentada podía llegar a ser la insulsa pelirroja. La pasé a buscar como de costumbre cerca de su local de estudios y desde allí enfilé hacia nuestro acostumbrado refugio. Fue obvio que ninguno de los dos estaba con ánimos de charlar y ella fijó sus expectantes ojos en los míos ya adivinando lo que vendría sin remedio. Pasé mi brazo derecho por encima de su asiento e inclinándome sobre ella posé mis labios en los suyos en un beso casto, tibio y dulce, introduje lentamente mi lengua en su boca, de inmediato ella reaccionó con un gemido y con la suya me enredó en un beso hambriento y devastador. Después de unos instantes casi eternos ninguno de los dos quiso despegarse y juré que si en ese momento hubiese colado mi mano debajo de su falda y hubiera llegado hasta su tesoro, me habría empapado los dedos. Preferí jugar con su excitación que me quemaba la boca con aquel beso y deslizando mi mano izquierda por su pecho desabroché con paciencia su blusa hasta hallar sus senos protegidos bajo la tela del sostén. Sin dejar de besarla liberé uno de ellos y me separé de ella para contemplarla. Sin susto, pero con ligera aprehensión Analía me miraba creyendo que ahí mismo me haría con su virgo, a juzgar por la erección que yo lucía bajo los pantalones de mi impecable traje. Aparentemente sin darle importancia a los gritos que me daba mi falo bajo mi ropa mi boca bajó por su cuello hasta esa flor blanca de rosado fruto haciéndola presa de mis atenciones orales. Ella gemía entrecortadamente y su cuerpo atrapado entre mis brazos pugnaba por moverse al compás de ese ritmo de locura que sus ganas le dictaban. Me quitó de encima de un empellón y me miró con descarada lujuria. Alargó su mano hasta mi entrepierna que no mentía sobre mi propio ardor.

Eso hay que calmarlo – me dijo con inusitado descaro y se dedicó a restregarme el paquete atrapando el glande entre dos de sus dedos comenzando a menearme.

Entrecerré los ojos en un claro gesto de entrega y creo que hasta se me escapó un suspiro al tiempo que ella dejó soltar una mal contenida risita. Inesperadamente sentí sus manos como en un rápido gesto desbrochaban mi cinturón, abrían el botón y el inconfundible ruido del zipper deslizándose hacia abajo me dieron la pauta de lo que seguiría. Sus hábiles manos en menos de un segundo habían liberado mi hombría, pero ella no se conformó con eso; tomándome de las caderas me pidió que me bajara la ropa aún más, no fuese que nada de mi masculinidad quedase sin estar al descubierto como ella quería. Permití que quedara primariamente satisfecha con ese detalle, no sin dejar de sorprenderme por su desconocida destreza. Finalmente tuvo ante sí su trofeo que no tardó en atender con sus labios, no sin antes obsequiarme con sus "inocentes" manos una buena y experta paja que casi me hace eyacular en su mano. Me había dejado casi a punto cuando su boca me devoró hasta la mitad de mi tronco mientras su lengua hacía dibujos calientes sobre mi desesperado glande y sus manos atrapaban mis testículos sometiéndolos a un tratamiento manual que hacía subir mi temperatura hasta límites insospechados. No tardé demasiado frente a la contundencia de aquellas artes, en inundarle la boca con mi simiente en descargas que de tan excitado que estaba me hicieron doler hasta el fondo de mi sexo. Se tragó hasta la última gota de mi leche sin chistar la muy puerquita y terminada su labor me quedó mirando como vencedora virtual de una batalla que para mí ni siquiera había comenzado. Si bien me había satisfecho con aquella inesperada mamada, mi plan seguía en pie, sabiendo que era ella la que evidentemente había quedado con ganas de mucho más.

No podía permitir que llegaras a tu casa en ese estado Ignacio – espetó saboreando su victoria.

Te agradezco tu preocupación, pero no es la primera vez que haces esto, ¿no?

Ya sabes que no, con algo tengo que satisfacer a Germán, mi festejante y salvaguardar mi virginidad mientras tanto…. Porque quiero que seas tú el que me patee el nido…

Lo dijo en un tono que denotaba su falta de tacto y además de experiencia, típico de esas mujeres que confunden vulgaridad con voluptuosidad. Pasé el detalle por alto porque lo que me importaba era vengarme, si de veras hubiera querido mantener algo mucho más serio con ella ahí mismo hubiera abandonado la empresa. La caliente velada culminó con los ánimos más calmados y la ropa ordenada con la promesa de un encuentro más candente y comprometedor. Así fue, quise que las cosas transcurrieran del modo que a Analía le resultase más cómodo, sabía que vendría a mí y que no tendría necesidad de buscarla. Solo intervendría si las cosas se desmadraran por su impericia.

Volvimos a tener algunas sesiones de sexo oral tanto en mi auto así como después en el jardín de su casa de la playa las veces que íbamos con María Inés a pasar algunos días atendiendo a la gentil invitación de la familia Solano. A escondidas, entre la tapia de arbustos que separaba la cerca de la piscina, allí ella se arrodillaba ante mí y me degustaba el palo como si de una golosina se tratase ante mi atenta mirada y mis gemidos contenidos. ¡Vaya que tenía arte la zorrita! Otras veces le devolvía el favor allí mismo sobre el pasto saboreándole la almeja mientras con una mano le tapaba la boca trabajosamente para que sus gritos de goce no llegaran hasta la casa. La volvía loca que me masturbara frente su cuerpo despatarrado después de haberla complacido y le embadurnara el pecho con mi esperma caliente. Aquello era una locura tras otra y para mí comenzó a ser un trago difícil ya que además de tener que controlar mis reacciones tenía que también controlar las suyas. Con cada encuentro si bien mi instinto primario quedaba satisfecho, bien sabía que ella quedaba cada vez menos complacida y más excitada. Lo único que hacía era magrearla de todas las formas posibles y me resistía a brindarle placer oral ya que no tenía por costumbre depilarse el sexo y eso me causaba rechazo. Algunas veces no tenía más remedio que hacer de tripas corazón y hacer el sacrificio correspondiente, para que el hecho de usarla y desecharla después no quedara tan evidente al menos en ese momento.

Pero aquel verano no acabó sin que yo me quedara sin mi presea. Ella había viajado con sus padres al exterior y me hacía ardientes llamadas a mi despacho denotando que ya estaba a punto de caramelo para que yo me la comiera de una buena vez. Apenas regresó, una tarde se las arregló para mentir convincentemente a los suyos, yo hice mi parte fingiendo un viaje a otra ciudad que nunca hice y la esperé agazapado en mi oficina. Afortunadamente, siempre había puesto distancia entre mis empleados y yo, por eso tenía mi despacho en un lugar que equidistara del viñedo y la bodega en sí, yo estaba en plena ciudad, los negocios en las afueras porque así siempre había sido y así debía seguir siéndolo. Se presentó pues vistiendo un vestido vaporoso de breteles, sencillo de quitar por supuesto. La recibí tranquilo, el tiempo sobraba y la connivencia del Demonio hizo el resto. Analía no se hizo de rogar y se colgó a mi cuello besándome con un beso caliente, húmedo, invasivo, le correspondí como era debido pero allá en el fondo de mi mente sonó una alarma; eran tantas las ganas de consumar el desquite que temí por vez primera en mi vida que mi fiel compañero de andanzas no me respondiera en ese instante y que la rabia que me consumía hace meses me jugara una muy mala pasada. Intenté sacarme esos fantasmas de mi mente y me dispuse a entregarme a la lujuria de aquellos besos. Deslicé mis manos hacia su culito firme y redondo y subí la falda de su vestido comprobando que no llevaba nada debajo. Ese detalle me desinhibió como por arte de magia y mi pene agradecido respondió al instante haciendo sentir su indolente prepotencia contra el cuerpo de la rendida jovencita. Manoseé más que acaricié su cuerpo con la bajeza propia de un violador, a ella pareció gustarle ese detalle resoplando en mi oído como yegua al galope y como tal estaba desbocada. Deshizo el nudo de mi corbata son sus ágiles dedos y casi en un mismo movimiento desabrochó mi camisa y mis pantalones que cayeron al suelo. La aparté de mí por un instante para terminar de quitarme mis prendas y mis zapatos, solo me quedé con la camisa puesta, era como si me quedara vestido a medias aunque solo era un nimio dato porque estaba completamente desnudo. No lo hice adrede porque desnudarme implicaría un acto de total entrega del cual estaba completamente alejado en ese momento. Yo era el depredador y ella la simple presa y solo eso contaba para mí.

Analía cumplió con el trámite de quitarse el vestido y caer de rodillas frente a mí para consumar su experto ritual. Tomó mi falo con una mano pegándolo a mi vientre y empezó a masturbarme suavemente mientras con su boca y su lengua hacía maravillas por mis testículos. Después de hacerme hasta marear subió hasta la cumbre de mi hombría y se zambulló en ella brindándome el placer suficiente como para de pronto apartarla, ponerme a su altura y arrojarla al suelo. Ella quedó apoyada en sus codos mirándome con una mezcla de rendida pasión e incipiente poder. No quise mimarla y a ella no pareció importarle, solo me repetía por lo bajo que la tomara de una vez. Comprobé la veracidad de sus palabras y me bastó una sola caricia en su sexo para saber que estaba completamente lubricada. Le sonreí casi con malicia y apunté mi ariete hacia esa vagina palpitante, anhelante por ser descubierta por un verdadero macho que estaba dispuesto a hacerle el gusto. Aún así no quise que su primera vez estuviese totalmente despojada de delicadeza, aunque me pedía casi a gritos que la penetrara de prisa, le arrebaté su virginidad de a poco, empujando suavemente sobre su entrada avanzando con lentitud y al hallar el obstáculo de su himen ahí sí me lo llevé por delante de un solo golpe. La zorrita gritó con toda la fuerza de su garganta y arañó mi espalda. Me fui abriendo paso por su trémula carne lenta y firmemente, avanzaba un poco más, retrocedía un poco menos, otro poco más, otro poco menos… A medida que su cuerpo se acostumbraba al vibrante invasor, sus movimientos al principio tímidos se fueron haciendo constantes acompasándose aunque fuera torpemente hasta que encontró la secuencia adecuada para acompañarme en mis embates.

Debo confesar que no me importaba en absoluto que lo disfrutara o que alcanzara algún orgasmo. No me podía sacar de la cabeza la imagen de su padre estocándose a mi mujer y fui imprimiendo cada vez más velocidad a medida que revivía en mi interior lo que había presenciado. Analía empezó a gemir con verdaderas ganas pero yo no podía escucharla, estaba embotado y solo volví a la realidad cuando sentí un baño caliente mojándome la tranca y las contracciones de aquella gruta recién estrenada meciendo al invasor que la había llevado sin quererlo al séptimo cielo. Su goce, lejos de complacerme me fastidió sobremanera. Me separé y la tomé de un brazo obligándola a incorporarse, me miró con cara de no entender nada pero le gustaba mi violencia, podía percibirlo en su total sumisión ya no entrega de su parte. Aparté de un manotazo las cosas que había sobre mi escritorio y algunas cayeron estrepitosamente sobre la alfombra; tomé a mi presa por su cabello y la forcé a inclinarse hacia adelante; instintivamente ella levantó una de sus piernas para facilitarme la maniobra y se la enterré sin más trámite mientras con una mano la daba nalgadas de vez en cuando, sus gemidos de auténtico placer inundaron el ambiente y yo parecía un fauno enloquecido tras suyo penetrándola sin piedad ni descanso.

Mis manos estrujaban su piel en el intento de saciar mi salvaje sed hasta que sentí que mi lava estaba a punto de desbordar. Me retiré de ella y apoyando mi pene sobre sus nalgas pinté su trasero con una incontenible explosión de mi semen. Finalmente ella se incorporó restregando por su piel cual si fuese crema el jugo de vida que le había depositado; me sonrió rendidamente satisfecha mientras yo permanecía aturdido sin poder de reacción. Había sido la sesión de sexo más brutal y descarnado que había tenido jamás. Sentí asco y hasta ganas de vomitar me dieron. La despedí dándole un par de billetes para que se tomara un taxi y desapareciera lo más pronto posible. No puedo recordar cuánto tardó en marcharse pero sí me acuerdo del vacío que sentí a partir de ese momento; si bien me había vengado aún no podía medir las consecuencias de lo que acababa de hacer. No podía prever que me ganaría una enemiga de armas tomar cuando finalmente y como lo había previsto desde un principio, me deshice de ella, luego que después de unos pocos encuentros más comprobara que aquella joven era más peligrosa de lo que yo había imaginado y más aún cuando comencé a descubrir aquellos tenues hematomas en sus muslos, signo inequívoco, aunque lo negara tenazmente, que no solo se estaba acostando conmigo sino que había alguien más y que le ofrecía un sexo aún más violento que el que yo podía y quería brindarle. Me amenazó diciéndome que si la abandonaba le contaría todo a su padre, fue cuando le solté que su progenitor no haría nada en mi contra porque no le convenía saber que yo había descubierto su aventura con mi esposa. No le fue difícil darse cuenta que la había utilizado y ese mismo día me juró que pagaría con lágrimas y sangre lo que le había hecho. Con mi más cínico gesto le confesé mis planes de casarla con mi sobrino, que era el único que estando tan ilusionado con ella podía tolerar su pasado. "Todo queda en familia" le dije y ella me respondió con una sonora bofetada que al recordarla aún me quema en el rostro…

Ahí llega la enfermera… con su compradora sonrisa, enfundada en su inmaculado uniforme, blandiendo la jeringa con el calmante que me sumerge en la inconsciencia por unas horas. Me habla bonito con palabras dulces que convencen al más duro. Una mulata atractiva de carnes firmes pero ni siquiera ya me conmueven semejantes detalles. Mi sexo es una flor marchita entre mis piernas que no vive ni siquiera de recuerdos. Si tuviera décadas menos otra sería la historia, pero pensándolo bien tampoco pensaría en seducirla. Mi vida en ese entonces tenía sentido, lo había descubierto gracias a Eloísa…. Eloísa mi vida… mi amor…. Me estoy durmiendo…. Oh Dios, si puedes escucharme no permitas que me muera sin tenerla en mi último recuerdo… Déjame recordarla antes que dispongas de mí cómo te venga en gana…

TodoRelatos.com © Khyra

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