Como recordarán, estaba masturbándome al aire libre mientras
observaba el culo abierto de mi madre. De repente, mi madre se incorporó y
empezó a gritarle a alguien que saliera de su escondite de inmediato. Me volteé
y vi que se trataba de Jacinto, un chico alto, enclenque y con acné que
trabajaba en el rancho. Para más detalles, recomiendo que lean las dos partes
anteriores de esta serie, que, dicho sea de paso, están muy buenas.
Jacinto se apartó del árbol. Trató de disimularlo como pudo,
pero se notaba que, hasta hace un instante, su pito había estado libre. No supe
por qué, pero un sentimiento me embargó en ese preciso momento: quería ver lo
que se ocultaba detrás de esas manos.
Mi madre estaba de pie con los brazos en jarro. No hacía
ningún esfuerzo por tapar se entrepierna. Su playera había caído naturalmente de
manera tal que sus pechos quedaban tapados. Sin embargo, sus pezones endurecidos
se apreciaban con claridad.
-¿Y bien? ¿Qué carajo hacías ahí, Jacinto? Di la verdad.
-Pues… Yo… Señora, no se enoje, por favor.
-Entonces, ¿por qué no haces lo que te digo? Venga, dime qué
hacías…
-Señora, no puedo perder mi empleo. Mi familia, soy el…
-¡Si no quieres que te mande a volar, di de una puta vez que
hacías! ¿Es que cuesta tanto?
-Bueno… Yo estaba… haciéndome… Estaba masturbándome, señora.
-¡Ah, mira nada más! ¿Y qué veías? Tenías ojos de huevo
frito, Jacinto.
-Pues… su culo, señora.
-¿Eso nada más?
-Bueno, también me excitaba lo que estaba pasando. ¡Vamos!
¡Estaba mostrándole su agujero a su hijo!-dijo Jacinto señalándome.
Yo era el mudo testigo de lo que ocurría. Tenía mis manos en
la espalda y la vista clavada en mis pies.
-¡Nada más mire cómo se ha puesto!
Mi erección no había disminuido casi nada. Exhibía una carpa
admirable que apuntaba al cielo.
-Es natural. Ha estado mirando lo que más le gusta en el
mundo.
-Pero… ¡Usted es su madre, señora!
-¿Y qué? Nos amamos. Es lo más normal del mundo. Me refiero
al amor filial. ¿No crees que el amor entre los miembros de una familia es algo
precioso? Y, si se lleva a las relaciones sexuales, puede ser perfecto.
-Si yo siquiera pensara en mi madre haciendo eso que usted
estaba haciendo, me echan de casa.
-Pues son unos jodidos reprimidos. ¿A que tu madre te puse
cachondo alguna vez?
-Mi mamá no es bonita. Es gorda y vieja.
-Entiendo. ¿Y tus hermanas? ¿Ninguna te parece bonita?
-¡Pues claro! ¡Las dos!
-Y me vas a negar que alguna vez no te excitaste con ellas.
Jacinto guardó silencio por un momento.
-Pues… sí. En alguna que otra ocasión.
-¿Lo ves? Es normal.
-No señora. Lo que pasa es que no encuentro una novia para
desahogarme. Es me pasa.
-¿Hablas en serio? Pero si eres un chico guapo, Jacinto. No
comprendo.
-Es que con el trabajo no me queda tiempo libre…
-¡No me digas! Entonces, es un poco culpa mía. Quiero decir,
soy la que te dice qué hacer y cuándo. Cielos, no me había dado cuenta. Jacinto,
¿desde hace cuánto que no follas?
-Desde que perdí la virginidad señora, a los 18 años. Hace
cinco años.
-¡Dios mío! ¡Eso es demasiado tiempo!-Mi madre realmente se
veía afligida. Me vio y pude leer cierta expresión en su cara. Decía "¿Puedo?".
En ese momento, los celos actuaron y con toda potencia. ¡No
señor! ¡Nada de eso! ¿Por qué Jacinto podría follar con mi madre? ¿Sólo porque
estaba cachondo desde hacía cinco años? ¡Una mierda! El chico ni siquiera era de
la familia.
Meneé mi cabeza de forma imperceptible y miré a mamá con mi
mirada más severa. Ella era mía y del tío Alberto.
Mamá puso cara de circunstancia y clavó la vista en el suelo.
Segundos después, levantó la cabeza y me miró con el ceño fruncido.
-¿Sabes? El pobre Jacinto ha pasado mucho más tiempo que tú
sin hacer el amor. Encima, él ya lo ha probado, así que sabe bien lo que se está
perdiendo. Como si eso fuera poco, hace rato que él está en edad de disfrutar
del sexo. No puedo creer lo egoísta que eres.
-Pero, mamá…
-A ver, Jacinto, muéstrame tu pene.
-Señora…
-¡Obedece, maldita sea!
Mi madre poseía un espíritu indomable. Si se proponía algo,
no paraba hasta lograrlo, y era dificilísimo hacerla cambiar de parecer. En ese
momento su objetivo era follar con Jacinto. La situación se había ido poniendo
cachonda de a momentos, y no iba desperdiciar una verga erecta y disponible. Tío
Alberto se despertaba tarde los fines de semana, y ni siquiera una mamada lo
despertaba.
Sí, mi madre follaría esa mañana.
Jacinto apartó las manos de su entrepierna. Tenía el cinturón
desabrochado, el pantalón sin abrochar y una hinchazón tremenda bajo su ropa
interior. Bajó el elástico del calzoncillo y su verga salió a la luz de ese
amanecer. Su tamaño era considerable. No llegaba a ser como la del tío Alberto,
por supuesto, pero definitivamente era interesante. Debía medir unos 16 cm. por
lo menos.
-Tu querías ver mi culo para masturbarte, ¿no? Pues bien, te
complaceré. Y con creces, Marcos-dijo mamá.
Se puso a cuatro patas, levantando el culo.
-Acércate Jacinto. Vas a seguir mis instrucciones al pie de
la letra. Primero sácate los pantalones y la ropa interior. Debes estar cómodo.
Jacinto obedeció. Intuía lo que le esperaba. Su cara parecía
la de un maníaco hipnotizado.
-Presta atención-dijo mi madre-. ¿Tienes tu pito bien duro?
-Al máximo señora. Su culo es hermoso, inclusive un cadáver
se pondría duro contemplándolo.
-Eres un encanto. Ahora bien, vas a meterme esa herramienta
tuya por el culo.
-¿Habla en serio?-suspiró Jacinto, con lágrimas en los ojos.
-Por supuesto. Pero debes tener cuidado, querido. Ponle un
poco de tu leche para humedecerlo.
Jacinto lo intentó.
-Lo siento, señora-gimió-, pero ya se me secó el pito.
-¡Pues usa tu imaginación!
El pobre chico, en su desesperación, dejó caer un escupitajo
y lo esparció por el hermoso círculo ligeramente oscuro que era el ano de mamá.
¡Todavía recuerdo la violenta excitación que sentí al ver cómo ese índice
invasor se deslizaba por ese agujero que yo deseaba tanto!
-¡Bien, muy bien, mi Jacinto! Escúchame bien ahora, mete tu
pito despacio, que vaya entrando solo. Cuando esté por la mitad, retíralo. ¡Pero
ten cuidado, mamón! ¡No vayas a lastimarme!
-Nunca, señora.
La verga entró muy lentamente. Milímetro a milímetro, ese
pedazo de carne enrojecida se introdujo en el esfínter de mi madre. Ella,
mientras tanto, soltaba breves suspiros de placer. A veces susurraba alguna
palabra. "Así", "eso", "maravilloso", "sigue" y "encanto", decía. Parecía sentir
un placer sublime.
Por mi parte, mi chota nunca estuvo tan dura. Creí que me
explotaría. Por alguna extraña razón, no quería masturbarme. Simplemente,
deseaba observar a mi madre siendo enculada por ese muchacho tan patético. Me
resultaba un poco raro verla penetrada por alguien que no fuera el tío Alberto.
Además, él nunca se la metía por atrás.
Oye, mami-dije, acercándome a su rostro-, ¿por qué el tío
nunca te la mete por el culo?
-Aaaah… Pues… Él me lo… rompería… con esa… verga tan dura… y
grande… ¡Eso, sí!
-¡Señora, ya llegué a la mitad! ¡Voy a sacarlo!
El gemido que profirió mi madre fue monumental. Nunca le
había visto la cara de goce supremo que puso.
-¡Cuenta hasta cinco y métela de nuevo!-ordenó mamá-. Cariño,
¿sabes una cosa? ¿Sabes qué haría inmensamente feliz…? ¡Aaaaaah! ¿Sabes qué
haría feliz a mamá?
-¿Qué, mamita? Pide lo que quieras-Empezamos a "chocar"
nuestras lenguas.
-Ve y tócale los huevos a Jacinto. Verás de lindo…
¡Aaaaaaaah!
-¡La saco de nuevo!
-¡Eso! Cuenta… hasta… cinco… y vuelve… a… metérmela…-dijo mi
madre mientras en pleno morreo conmigo. Anda, hijito, tócale los huevos…
-Señora, no sé cuánto más pueda aguantar…
La propuesta de mi madre no me sorprendió. Era tal la
calentura que experimentaba, que no lo pensé dos veces y empecé a magrearle las
bolas al hijoputa de Jacinto, que bastante bien la estaba pasando ya…
Al principio, me resultó curioso. Luego de unos segundos me
acostumbré y empecé a disfrutar del tacto. Sopesaba esos testículos con
delicadeza, sabiendo lo mucho que duelen si se los maltrata. A Jacinto parecía
volverlo loco. Me hizo torpes caricias en la cabeza.
Quise llevármelos a la boca siguiendo un impulso instintivo,
pero Jacinto no podía aguantar ni un instante más.
-¡Señoraaaaaaaaa!
-¡Sácala, sácala ahora!
Jacinto se corrió a mitad de camino. Una parte de su esperma
quedó en el ano de mamá, un poco salpicó mi mano y la mayor parte formó un
sendero que iba desde el culo de mi mamá hasta la mitad de su espalda.
Lo que siguió fue bastante extraño. Mamá se percató de que ya
podrían estar viéndonos al consultar su reloj. Nos ordenó que nos vistiéramos y
que cada quien fuera a donde le correspondía. Me despedí de Jacinto con un vago
"Hasta luego", pero tuve el presentimiento de que algo más me ocurriría con ese
muchacho. Tenía su esperma en mi mano. Un vínculo se había creado entre
nosotros.
De ahí en más, fue un verdadero tormento. Cada vez que podía,
espiaba a mi madre o a mi tía haciendo el amor con el tío Alberto o teniendo
sexo con Jacinto u otro peón (Desde que folló con Jacinto, mamá encontró
excitante ir a follar con algún trabajador. Y luego le pasó el dato a mi tía).
Cumplí los catorce pensando en que ése era mi último año de
virginidad y viendo en qué par de hembras se estaban convirtiendo mis hermanas.
Sin embargo, la lentitud del paso del tiempo era insoportable.
Lo que me ocurrió cierta vez, mientras intentaba dormir la
siesta, merece ser contado.
Estaba pajeándome a solas en mi habitación. Imaginaba que
mamá advertía lo desesperantes que estaban resultando mis catorce años, y que
venía a despertarme una noche calurosa, vestida únicamente con la sudadera que
usaba para dormir. Me agitaba suavemente.
-Marcos, despierta-decía ella, en mi fantasía, con la voz que
usaba para hablar con el tío Alberto antes de hacer el amor.
-¿Mamá? ¿Qué quieres?-murmuraba, con la mitad del cuerpo
dormido.
-Marcos, he notado cómo te sientes. He notado la cantidad de
veces que te pajeas por día, cómo me miras cuando el tío Alberto y yo nos
amamos, cómo clavas la vista en el culo y las tetas de la tía Amalia cada dos
por tres. Marcos, hasta reparé en cómo miras a tus hermanitas...
En mi fantasía me ponía rojo. Bajaba la vista y quedaba en
silencio. No encontraba ninguna excusa. Mi comportamiento era el de un enfermo.
Hasta mis notas en la escuela habían bajado considerablemente. Pero todo lo que
decía mamá era cierto. Se había dado cuenta de todo... Entonces ella, con su
cariño de costumbre, me hacía una caricia delicada y muy agradable en la
barbilla. Levantaba mi cabeza con suavidad y hacía que viera sus ojos.
-Marcos, sería una mala madre si permitiera que sigas
pasándola así. Imagino lo difícil que debe ser para ti soportar cada vez que el
tío Alberto hace el amor conmigo o con la tía sólo mirando, sin poder
participar...
Yo, al borde del llanto, le decía, haciéndome la víctima:
-Mamá, perdóname. No puedo evitarlo. Cada vez que... sólo con
ver cómo el tío te toca el culo... se me para la chota... y no puedo controlar
el deseo de hacerme una paja... Perdón, mamá.
-Tssss, tssss...-me tranquilizaba mi mamá con ternura -.
Tranquilo. Es normal que tu chota se ponga dura. A tu edad, el más mínimo
estímulo puede causarte eso. Pero eso se va a acabar esta noche, hijo.
Mamá deslizaba una mano por encima del edredón hasta donde
estaba mi pito. Me lo acariciaba un poco, sin apartar su vista de la mía. Claro,
mi verga se ponía dura casi al instante...
-Mamá... ¿Qué haces?
-Tranquilo, mi cielo. Desde hoy serás un hombre. Hoy harás el
amor conmigo. Dime que me amas.
-Mamá... sí, te amo.
-¡Oh, hijo, cómo tienes la chota! ¿Te la has medido como te
dije?
-Sí mami.
-¿Cuánto mide?
-Casi 16 cm. Y medio, mami...
-¡Oh, eso está muy bien, Marcos mi cielo!-decía mi mamá sin
dejar de acariciarme -. Quiero verla... ay, Marcos, estoy mojadísima...
Aunque mi mamá veía mi pene casi a diario, se asombraba mucho
cuando levantaba mis sábanas y veía mi pito en todo su esplendor. Aplaudía y
decía que estaba orgullosa de tener un hijo con un instrumento de amor así.
Pasaba un dedo por la puntita de mi chota, la agarraba, era feliz, tomaba mi
mano y la llevaba hasta una de sus tetas, me pajeaba lentamente, luego se
inclinaba y me la lamía casi con timidez, era muy feliz...
-Marcos, ¿Qué estás haciendo?
Era mi hermana Alicia, que por entonces contaba doce años. Me
tomó por sorpresa. Estaba tan excitado, tan metido en mi fantasía, que cerré los
ojos y me masturbé así...
Abrí los ojos con lentitud. Mi mano aún estaba cerrada
alrededor de mi pito.
Alicia no estaba sola. Clara, la menor, la acompañaba.
Paradita a su lado, contemplaba todo con los ojos muy abiertos.
-¿Qué estas haciendo?-repitió Alicia.
-Yo... esto...
-¿Por qué te sacudías tu pito? ¿Y por qué lo tenías tan
grande?-preguntó Clara.
No sabía qué hacer. Mis hermanas me habían agarrado con las
manos en la masa o con la mano en la verga. Yo, presa del nerviosismo, no podía
reaccionar. Seguía con mi mano en la verga, que estaba ahora como una morcilla.
¿Qué diría mi mamá? Había dicho claramente que, hasta que mis hermanas no
llegaran a su "nueva vida", no les mostrara ni les dijera nada sobre nuestra
idea sobre el amor.
-¿Por qué te sacudías el pito?-dijo Clara de nuevo.
-Hermanito, tenías el pito muy grande. Mucho más grande que
cuando te lo veo bañándote en el río.
-Sí, es que...
-Venga, dinos qué estabas haciendo-exigió Alicia. Puso los
brazos en jarras.
¿Qué podía hacer? Sin pantalones, con mi pene semierecto a la
vista y frente a mis hermanas... ¿Qué podía hacer? Me armé de valor y comencé a
explicarles:
-Bueno... a los hombrecitos, cuando crecen, les dan deseos
de… sentirse bien. Y para sentirse bien, se acarician el pito.
-Hermanito, tú no te lo acariciabas, ¡tú te lo querías
arrancar!-apuntó Alicia.
-Si… Bueno… Para sentir placer hay que acariciarlo con
fuerza…
-Ya-dijeron mis hermanas al unísono.
-Oigan, ¿por qué no van afuera a jugar? El día está muy
lindo. Ah, escuchen bien, no le digan a mamá lo que estaba haciendo.
-¿Por qué? ¿Está mal?-quiso saber Clara.
-¡No! Solo que… Es mejor que no se lo digan, las regañará a
ustedes si descubre que entraron a mi habitación. Ahora, váyanse a jugar.
Ellas regatearon, como todo niño. Finalmente aceptaron y pude
concluir mi paja.
Mientras la leche se secaba sobre mi barriga, pensé en cómo
gozaría de mis bellas hermanas cuando fueran mayores…
Ya lo creo que lo haría.