Volvía al D.F. después de cinco años sin pisarlo, el
aeropuerto Benito Juárez me recibió ya reformado pero con los mismos defectos de
siempre, con sus policías corruptos llamados mordelones, pero con ese sabor a
desastre que me cautivó desde el primer día. Raimundo, mi antiguo chofer, me
estaba esperando a la salida. No lo veía desde que me fui de México, el cabrón
seguía igual, con sus pelos pincho y su blanquísima sonrisa.
-¿Qué paso, Patrón?-, con esta expresión tan mexicana y un
fuerte abrazo me recibió nada mas salir de la aduana.
Me encantó verle después de tanto tiempo, no podía olvidar
los duros años que habíamos pasado juntos, y los múltiples incidentes en las que
nos habíamos visto inmersos. Varias veces su pericia al volante, nos había
librado de situaciones desagradables, pero en muchas mas ocasiones gracias a que
se había mantenido abstemio, pudo cargarme hasta la cama después de una
borrachera.
-¿Al hotel de siempre?-, me preguntó como si no hubiera
pasado mas de unos días desde que no nos veíamos. Su actitud me recordó a Fray
Luis de Leon que después de salir de la cárcel, abrió sus clases con una frase
que ha pasado a la posteridad: "Como decíamos, ayer".
Le respondí con un escueto "Si", metiéndome en la Suburban,
un todoterreno americano de siete plazas y mas de dos toneladas de peso. Siempre
me había chocado tanto su tamaño como la comodidad con la que trataba a sus
pasajeros.
Emprendimos camino hacia Reforma, la capital parecía anclada
en el tiempo, con su caótico tráfico, sus vendedores ambulantes y los cables
colgando por todos lados, pero seguía siendo la mayor ciudad del mundo,
peligrosa y atrayente, contaminada y señorial, indígena y cosmopolita. El D.F.
fue, es y será el D.F., una ciudad que aterra y enamora por igual.
No podía dejar de mirar por la ventanilla, tratando de
absorber toda lo que veía, los polis con sus Harleys, los niños fresas con sus
coches último modelo, los inditos con su humilde caminar totalmente cargados.
Sin darme cuenta La diana me recibió mostrándome sus voluptuosas nalgas, culo de
negra en un negra aleación que representa a la diosa de la caza. Y a lo lejos el
Angel.
Me he considerado siempre un hombre duro, pero en ese momento
me emocioné, había vuelto a mi segunda patria.
-¿Cuánto tiempo se va a quedar?, Don Fer-, me pregunto Ray,
tratándome de dar conversación.
-Una semana, por desgracia-, le solté sin caer en ese momento
que esa frase vacía en este caso, estaba llena de significado.
-Y ¿Qué?, ¿Ha llamado a alguna de sus conquistas?.
- No has cambiado nada, maldito Pelos-, le contesté riendo a
carcajadas.
-¿No me dirá que se ha vuelto puto?, menudo desperdicio para
las viejas- , me respondió en plan jocoso.
-No he llamado a nadie de antes, ya sabes, no me gusta
ponerme chanclas que ya dejé tiradas-, lo que no le expliqué que por primera vez
en mi vida tenía una cita casi a ciegas.
Esa misma noche, exactamente en tres horas había quedado con
María, una maravillosa escritora que no conocía en persona, pero con la que
durante los últimos meses, había mantenido una mas que frecuente comunicación
vía internet, y que en las últimas semanas había experimentado una subida de
muchos grados respecto a la temperatura, pasando de un mero intercambio de
textos, a una complicidad sexual donde fantaseábamos con nuestros tabúes y
nuestros miedos.
Todo había comenzado cuando publicaron mi último libro, y no
sé como recibí en mi e-mail una durísima crítica de una chilanga, en la que me
acusaba de haber hecho una apología del "macho", y donde me exigía una
rectificación. Me hizo gracia el tono airado con el que me amonestaba, y algo me
indujo a investigar quien coño era antes de contestarla. Fue muy fácil,
casualmente teníamos el mismo editor. Resultaba que la mujer era también
escritora, y tras leer uno de sus libros, tuve que reconocer que era mejor que
yo, si tenía algún defecto era que en su buenísmo, todavía tenía esperanza en el
ser humano.
Mi escrito de respuesta consistió en un relato erótico, donde
ella era la pobre protagonista feminista mexicana, que era usada y abandonada
por un "Macho" español. Le debió gustar, porqué a los pocos días recibí un
correo, con una historia donde el Don Juan pierde su virilidad de un mordisco de
su amada. Y de esa forma con mensajes de ida y vuelta, fuimos convirtiéndonos en
amantes, nuestros cuerpos no se habían juntado nunca, pero en nuestras mentes
habíamos ya participado en tríos, orgias, e incluso nos habíamos enamorado.
Últimamente, habíamos descubierto que nos interesaba mas que nada la dominación,
de esa forma, alternativamente María se había convertido en sumisa y ama, y yo
había experimentado o dado crueles castigos. Cuando supe que tenía que asistir a
unas conferencias en la universidad autónoma de México, nuestros mail se
centraron en que íbamos a hacer el día que nos viéramos, en cómo podíamos
reaccionar, si la química física podía igualar a la literaria, y quien iba a ser
el dominante y el dominado. Decidió ella, durante toda su vida había defendido
los derechos de la mujer y por una vez quería experimentar lo que era ser usada.
El coche se había detenido en su destino, el María Isabel
Sheraton seguía como siempre, lujoso pero eficiente, y con un gran servicio.
Raimundo ya me había registrado, por lo que con ayuda del bell-boy, el botones
en España, subimos mi equipaje.
-¿A qué hora le recojo?- me preguntó el chofer.
-¡Será si me redejo!, le respondí indignado usando el doble
sentido tan usual en México.
Tras unos momentos de confusión, Ray me espetó con una
carcajada:
-¡No me chingue!, Patrón, ¿a qué hora paso por usted?-
-A cuarto para las nueve-, le contesté usando la forma del
país que me había adoptado y no la normal en España que sería "a las nueve menos
cuarto".
-Sale, a esa hora le espero en la puerta-, me dijo cerrando
la puerta.
Tenía tiempo suficiente para tomar una ducha, y afeitarme.
Quería dar una buena impresión, si la mujer era solo la mitad de apasionada que
sus cuentos, esa noche iba a ser memorable. Debajo del agua, al enjabonarme, no
podía dejar de pensar en las fotos que me había mandado bailando. Eran unas
instantáneas artísticas, nada pornográficas, pero el erotismo que manaba de su
figura desnuda, envuelta en una vaporosa tela, fueron suficientes para que mi
corazón empezara a bombear, como loco, sangre a mi entrepierna. Tuve que abrir
el agua fría para evitar desgastar mis energías antes de tiempo.
Me vestí de una manera informal con un traje de lino, la
noche era calurosa, por lo que decidí no ponerme corbata. Y mirándome al espejo,
me gustó lo que veía, todo hombre es un edonista enamorado de sí mismo, inmaduro
y mentiroso, pero aún sabiéndolo no tenemos ganas de cambiar. Al cerrar la
habitación, pensé que ojalá no volviera solo esa noche.
-Al Angus-, le pedí a Ray al subirme en el coche. Había
elegido ese restaurante de la zona Rosa, por dos motivos, estaba cerca del
hotel, y lo más importante, era un sitio familiar, donde me iba a sentir cómodo.
Llegamos en cinco minutos, el tráfico había sido indulgente
con nosotros, por lo que después de ser sentado por la espléndida jefa de sala,
tuve que esperar cerca de un cuarto de hora antes que ella, hiciera su
aparición.
Al verla entrar, la reconocí al instante, sus ojos negros son
inconfundibles con su expresión de una profundidad casi religiosa. Cortado por
la situación, me levanté a separarle la silla, para que se sentara.
-Vaya hay caballeros todavía-, me dijo coquetamente.
-Ya sabes, soy gachupín, y eso en náhuatl significa hombre a
caballo-, le respondí divertido.
Este fue el comienzo de una magnífica velada, durante la cual
conversamos, nos reímos, pero sobretodo nos conocimos. Nada en ella, me
disgustaba. Todo lo contrario, era una mujer de bandera, digna representante de
su raza, morena de pelo, dorada de piel y con un suave acento que resaltaba su
feminidad.
Fue en el postre, cuando María me dijo:
-¿No tienes nada que preguntarme?-
En su traviesa mirada descubrí a que se refería:
-Si, ¿cuánto tiempo vas a tardar en darme tu tanga?-
-Espera que voy al baño….- me dijo levantándose, pero no la
dejé.
-Quiero que te la quites aquí, enfrente de toda esta gente-
Me miró asustada, la estaba poniendo a prueba y ella lo
sabía. Avergonzada, se volvió a sentar en la silla, disimulando poco a poco fue
levantando su falda, y ya totalmente roja, con las dos manos se bajó la prenda.
Nadie se había percatado de sus maniobras, cuando con una sonrisa me la dio en
la mano. Era de encaje rojo, la poquísima tela no podía tapar nada, pero su
razón de ser no era otra que ser vista.
Cogiéndola entre mis dedos, la extendí de forma que todos los
comensales pudieron disfrutar de su visión aunque solo yo, pude hacerlo de su
textura y de su olor.
-Huele a hembra-, le dije satisfecho.
-Si, me he masturbado con ella tal como me ordenaste, ¿Amo?-,
fue su contestación.
-Bien hecho, pero ahora ya sabes, que toca-
-Si-, me respondió antes de desaparecer debajo de la mesa. Lo
hizo de una forma tan natural que pasó desapercibida, y solo cuando sentí como
unas manos me bajaban la bragueta, comprendí que nunca se iba a echar atrás y
que esa noche tenía a una mujer que cumpliría todos mis caprichos y todas mis
órdenes. Era toda una experta, se lo tomó con tranquilidad, lo primero hizo fue
liberar mi miembro de su prisión y con su lengua exploró todos los recovecos de
mi glande, antes que ansiosamente su boca se apoderara de toda mi extensión. Sus
manos no se quedaban atrás, jugueteando con mis testículos, mientras su dueña
empapaba con sus maniobras todo mi sexo.
Me resultaba difícil seguir disimulando mi excitación, no
solo era que el percibir como la húmeda calidez de su boca me calentaba, ni como
sus manos me estimulaban con una dura y rítmica friega vertical, ni siquiera los
cincuenta tipos que me miraban, lo que realmente me excitaba era pensar en cómo
iba a hacer uso de ese bello cuerpo que se escondía detrás de ese vestido, en
las posturas y experiencias que esa noche, íbamos a practicar. María aceleró sus
maniobras al sentir como mis piernas se tensaban presagiando mi explosión,
succionando y mordiéndome el capullo, mientras que sus dedos pellizcaban
suavemente mis huevos. Todo mi cuerpo hirvió cuando con grandes ráfagas de
placer me derramé en su boca. Su lengua le sirvió de cuchara, recogiendo y
bebiendo todo mi semen, dejándolo húmedo pero limpio sin trazas del gozo que me
había brindado.
De la misma forma, que me había bajado el cierre del
pantalón, me lo subió. Y avisándola con mi mano que no había moros en la costa,
la vi salir de debajo de la mesa. Su ojos estaban brillantes, sus mejillas
coloradas, eran todos ellos síntomas de una mujer estimulada, azuzada por la
travesura que había cometido y excitada por lo que iba a hacer.
-¿Te ha gustado?-, me preguntó mi opinión.
Como única respuesta, pedí la cuenta. Después de pagar, la
cogí de la cintura, con la intención de irnos, pero antes de salir, la camarera
me llamó con un gesto. Al acercarme donde estaba, discretamente me entregó un
papel diciéndome que la llamara si quería que una tercera persona participara en
nuestros juegos. No habíamos sido tan disimulados, por lo menos una persona nos
había descubierto, y sin poder creerme mi suerte, le había gustado.
Ray tenía la suburban en la puerta, por lo que nos subimos de
inmediato a la parte de atrás de la camioneta. Nada mas sentarnos le dije al
chofer que quería dar una vuelta por la ciudad antes de ir al hotel.
María me susurro al oído, que porqué no íbamos directamente a
la habitación, que estaba muy caliente. Sonreí al escucharlo, pero tenía otros
planes, y cogiéndole de la cabeza, la besé diciendo:
-Súbete la falda-
Sonrojada o no, me obedeció sin rechistar, y por vez primera
pude contemplar su sexo depilado.
-Separa tus rodillas-
María empezaba a disfrutar de mi juego, y con una expresión
ansiosa abrió sus piernas. Era una tentación demasiado fuerte el tenerlo tan
cerca y no tocarlo, por lo que acariciando su pierna, me acerqué a su cueva y
con dos dedos comprobé lo mojada que estaba. La mujer miraba fijamente mis
maniobras, no pudiendo evitar el que un gemido saliera de su garganta cuando
llevándome la mano a la boca, probé sus fluidos.
-¡Fernando!-, dijo mi nombre como un ruego.
-Quiero ver como te masturbas, pero no te corras hasta que yo
te diga-, le respondí.
Se acomodó en el asiento, apoyándose en la puerta, de tal
manera que me daba una completa visión de ella, y a la vez evitaba que Raimundo
la pudiera ver por el retrovisor del coche.
Estábamos subiendo por la calle Insurgentes, cuando pude
observar como sus manos acariciaban sus pechos por encima del vestido, y como
coquetamente flexionaba una pierna para que el ángulo de mi mirada, me
permitiera ver como con una mano separaba sus labios.
El sudor ya había hecho su aparición en su escote, cuando con
las yemas empezó a torturar gradualmente su clítoris. Estaba en celo, el juego
de sumisión la estaba llevando como en una nube hasta cotas de excitación
impensables para ella.
Las manzanas de casas pasaban a nuestro alrededor, sin que
nos diéramos cuenta, ella concentrada en su propio placer y yo, como
hipnotizado, no podía retirar mi vista de ella. Dos dedos de una mano ya se
habían introducido en su interior, mientras que los de la otra, restregaban su
botón llevándola en volandas hacía su clímax.
-Enséñame los pechos-, le dije distrayéndola un poco, si
continuaba masturbándose a ese ritmo, iba a correrse sin remedio.
Disgustada, por su necesidad de derramarse, se fue abriendo,
botón a botón, su escote. Su sujetador rojo iba a juego con el tanga que tenía
en el bolsillo. Sensualmente me miraba, mientras se lo desabrochaba, y
orgullosamente, me los ofreció al liberarlos de su encierro.
-Que buena estás-, le solté sinceramente, al sostenerlos
entre mis palmas. No demasiado grandes, duros, y con unos oscuros pezones que
excitados me miraban.
-Gracias, amo-, me respondió gimiendo, al notar mis dedos
pellizcando sus aureolas.
-Tápate, luego haré uso de ellos-,la mujer me obedeció, a la
vez que le pedía al chofer que nos llevara al hotel.
Al terminar de abrocharse, me miró esperando que le dijera
algo.
-Ahora sí, quiero que antes de llegar al Sheraton, te hayas
venido-.
Habiendo obtenido mi permiso, se aplicó rapidamente a sus
maniobras, ya sin control buscó su placer, como si fueran un pene, tres dedos de
ella se internaban y salían de su gruta sin dejar de mirarme. Y cuando unas
descargas eléctricas surgieron de su interior, extendiéndose por todo su cuerpo,
sumisamente me pidió mi aprobación.
-¡Puedes!-, al oírlo, explotó. Su vagina como si fuera el
nacimiento de un río, manó desenfrenadamente flujo hacia el exterior, empapando
sus piernas y manchando la tapicería, mientras su pecho convulso se retorcía en
el asiento.
-Gracias-, me dijo expresando su gratitud, antes de
acomodarse la ropa, porque ya estamos llegando a nuestro destino.
Raimundo se bajó del coche, para abrirle la puerta. María se
entretuvo unos instantes antes de apearse, y susurrándome con su mejilla pegada
a la mía, me dijo:
-Esta noche soy tuya, mi amo, úsame, humíllame, pero por
favor déjame darte placer-.
-¡Lo harás!, preciosa, ¡Lo harás!-
Fin del capitulo 1