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TODORELATOS » RELATOS » SOFíA, MI AMANTE VAMPIRA (2)
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 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 14-Nov-07 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos (1383 de 1634)

Sofía, mi amante vampira (2)

gatavampirica
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Continuación de Sofía, mi amante vampira La protagonista vive pendiente de un nuevo encuentro con Sofía, la vampira que le quita el sueño ... o más bien ... le incita a soñar despierta, a gozar del placer lésbico ... y del fascinante mundo de la sumisión Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Sofía, mi amante vampira (continuación)

¿Todo habría sido un sueño? ¿O habría sido real? ... Podría haber jurado que todo era real. El aroma de otra mujer que no era yo estaba allí, impregnándolo todo, la almohada, las sábanas, mi pelo, mi cuerpo ... Acaricié de nuevo las sábanas y llevé la mano a mi sexo. Necesitaba acariciarlo, sentir el calor de mi entrepierna. Hice unos círculos en los diminutos pelitos que cubrían mi intimidad, recordando cada caricia de la noche anterior, cada gesto, cada beso, cada mordisco ... Mmmmmmm. Me excité de nuevo y mordisqueé mi labio inferior, hasta que sangró un poco, pero eso aún me excitó más y más. Comencé a frotar con furia mi clítoris. Estaba segura de que iba a venirme en un tremendo orgasmo ... Exploté en un impresionante orgasmo que me hizo caer rendida, entre mis sábanas. El olor a sexo inundaba por completo la habitación.

De repente, un mensaje me sacó de mi hipnotismo. Era del amigo que me presentó a su novia, y que ésta, a su vez, me había presentado a la amiga que se había convertido en mi amante. Decía lo siguiente: "¿Tienes planes para esta noche? Me han dicho que querían verte ...". Todavía empapada por gotitas del sudor que se escurría por mi frente y las manos temblorosas por la actividad que acababa de realizar, leí una y otra vez el mensaje. No daba crédito a lo que leían mis ojos. Suspiré. Sabía el bar donde estarían, y la habitual hora a la que solían quedar. Claro que me moría de ganas de volver a ver a Sofía ... Claro está, si eso significaba que todo había sido un sueño mío.

Me dirigí a la ducha, dispuesta a refrescarme un poco. Obviamente, no me refería sólo a mi cuerpo, que casi ebullía por el calor que manaba de cada centímetro de mi anatomía, sino también al de mi mente. Mis sentidos se obnubilaban ante cada recuerdo de la noche vivida el día anterior. Al enjabonar mi cuerpo, me imaginaba que mis manos eran las suyas, las que abarcaban mis pechos y retorcían mis pezones eran sus dedos, los mismos que se introducían en mi intimidad y me arrancaban suspiros de indescriptible placer ... y volví a excitarme. Lejos de conseguir el efecto contrario, sentir cómo el agua caía de la alcachofa de la ducha sobre mi piel me excitaba sobremanera, y no pude resistir volver a llevar mis dedos a mi cueva. Lo que comenzó como una tímida caricia acabó conduciéndome a un orgasmo indescriptible. Imaginar a Sofía clavando sus colmillos en mi cuello mientras me hacía suya me producía múltiples escalofríos y el placer inundó la bañera.

Afuera, mi móvil vibraba y sonaba, entonando la melodía que tenía puesta cada vez que recibía una llamada. Después, el silencio, que, por cierto, duró poco. Bipp bipp. Mensaje recibido. Al poco rato otra vez, otro mensaje.

Me di prisa en acabar la ducha, en cuanto acabé previamente mi orgasmo. Después, me quité el jabón del cuerpo y me sequé. Salí con una toalla enroscada en mi cabeza, y otra a la altura de mis senos. Cogí el teléfono y vi las llamadas y los mensajes. El número no lo tenía guardado y no sabía quién era, pero de todos modos decidí abrirlos y leerlos. Uno decía lo siguiente: "Creo que lo de ayer no estuvo mal ... No sé si me recordarás ...". Mi corazón dio un vuelco, ¡no era un sueño! ¡Era real! ... Estaba segura ... Abrí, con las manos temblorosas, el otro mensaje: "Tus besos, tu piel, tus ojos ... ¿A qué sabe un sueño? ... A ti ...".

Un cosquilleo invadió todo mi cuerpo ... ¿Significaba eso que se acordaba de mí y que quería volver a verme?

Marqué con nerviosismo el número de mi amigo, que también me había llamado. Me contestó con voz somnolienta. Yo, por mi parte, estaba que no cabía en mi gozo. Se rió con ganas al oír mi voz. Yo estaba como transportada a otro mundo: al de los sentidos, al del placer sin límites. Me había despertado como en una ensoñación donde yo era una ninfa, quizás ninfómana, no lo niego, pero es que la noche que había pertenecido a Sofía me había hecho cambiar de manera radical.

Él: -Vaya, parece que alguien se ha despertado especialmente ... rara, ¿no? –y soltó una de sus características risitas.

Yo: -Bueno, vi tus perdidas. Disculpa que no te cogiera antes el teléfono. Estaba en la ducha.

Volvió a reírse. Me puso nerviosa tanta risa, pero no pude evitar sonreír yo también, envuelta en mi toalla y con el agua todavía escurriéndose por mi cuello.

Yo: -Si me disculpas, tengo que secarme el pelo.

Él: -Vamos, vamos, sólo quería bromear contigo. ¿Tiene algo de malo?

Ahí me pilló fuera de combate. No supe qué decir, así que él prosiguió hablando.

Él: -Vi que ayer salías del bar sola. ¿Te fuiste pronto a casa?

Yo: -Sólo necesitaba tomar aire fresco. Ya sabes tú que me agobian los sitios llenos de gente.

Él: -Ya, pero casualidades de la vida, tampoco estaba la amiga de mi novia ... Sofía se llama, ¿no?

Yo: -¿A qué estás jugando?

Él: -¿Yo? Parece mentira que no me conozcas ...

Soltó una risotada al otro lado del teléfono.

Yo: -Bueno, ¿qué quieres? Acabo de salir de la ducha y voy a coger frío.

Él: -Si quieres voy allí y te caliento, ja ja ja.

Otra vez su risa. Comenzaba a ponerme histérica. Me dieron ganas de colgar el teléfono, pero me contuve, aún tenía que formularle otra pregunta.

Yo: -Oye, ¿has sido tú quien le ha dado mi número a Sofía?

Él: -¿Por qué lo dices? ¿Cambiaría algo las cosas?

Mucho –pensé, pero no dije nada. Sólo suspiré.

Él: -¿Estás ahí? ¿Luna?

Asentí. Tomé aire y continué con la conversación.

Yo: -Sí, sí. Me estaba secando.

En ese momento mi móvil parpadeó. Mensaje recibido.

Yo: -Escucha, te llamo cuando vaya a salir de casa esta noche. Ahora tengo que dejarte.

Él: -¿Ya te vas? ¿Me dejas aquí?

Yo: -Tú tienes novia ... Y tengo cosas que hacer. Hasta luego.

Él: -Pero ... Bueno ... Está bien. Hasta luego.

Miré el mensaje. Era de Sofía. Enmudecí. Lo que leí me había dejado atónita. Sus palabras causaron mi estremecimiento: "No hagas preguntas. Sólo obedéceme. Eres mía, me perteneces. Mira las marcas en tu blanca piel. Te las he hecho yo. No soy un sueño, soy real. A medianoche, en El lago azul".

Me costó concentrarme el resto del día. Tenía que organizar unos papeles que me habían mandado para el lunes y acabar de limpiar la casa, pero me costaba retener mi atención hacia algo que no fuesen esos mensajes y cada una de las marcas de mi piel. Tampoco tenía ganas de comer, al menos comida. Sólo me apetecía volver a saborear esos labios que me habían hechizado, sin remedio. Igual que sus ojos, de azul eléctrico. Igual que sus manos, de delicadeza exquisita cuando tocaron mi piel, igual que sus uñas, cuando desgarraron una parte de mí.

Por fin, el reloj marqué las once y me arreglé con unos pantalones negros, unos botines del mismo color y una camisa de gasa semitransparente con un top debajo, toda de negro. Salí de mi casa, dispuesta a encontrarme con mi amigo, pero con una ansia loca por que fuese medianoche, y ver a Sofía. En el bar estaba él, dándose el lote con su novia. Tuve que carraspear un poco para hacerme notar. Pedí un cubata y me senté en la mesa junto a ellos. Hablamos distraídamente y me debieron notar nerviosa, porque cada dos por tres miraba mi reloj. A las doce menos cinco fui a pagar mi consumición, pero en la barra el camarero me dijo que alguien ya había pagado por mí. A cambio, me tendió un pequeño papel doblado de color claro, sin llegar a blanco, de un aspecto similar al papel reciclado. Lo llevé a mi nariz y aspiré el aroma. Estaba claro que olía a Sofía, a su feminidad.

Me despedí de mi amigo y su novia, y me encerré en el baño, dispuesta a llamarla. Necesitaba oír su voz, y de pronto alguien se puso tras de mí. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, fruto de sentir cómo unas uñas recorrían mi columna vertebral. Intenté zafarme de esa persona, pero el olor le delató. Me habló al oído: "¿Es ésa la forma de tratar a tu ama?". Me di la vuelta y allí estaba ella, la dueña de mis marcas. Apenas la había mirado cuando se abalanzó sobre mi boca, devorándome y haciéndome suya. Creí morir de placer, nuevamente.

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