Sofía, mi amante vampira (continuación)
¿Todo habría sido un sueño? ¿O habría sido real? ... Podría
haber jurado que todo era real. El aroma de otra mujer que no era yo estaba
allí, impregnándolo todo, la almohada, las sábanas, mi pelo, mi cuerpo ...
Acaricié de nuevo las sábanas y llevé la mano a mi sexo. Necesitaba acariciarlo,
sentir el calor de mi entrepierna. Hice unos círculos en los diminutos pelitos
que cubrían mi intimidad, recordando cada caricia de la noche anterior, cada
gesto, cada beso, cada mordisco ... Mmmmmmm. Me excité de nuevo y mordisqueé mi
labio inferior, hasta que sangró un poco, pero eso aún me excitó más y más.
Comencé a frotar con furia mi clítoris. Estaba segura de que iba a venirme en un
tremendo orgasmo ... Exploté en un impresionante orgasmo que me hizo caer
rendida, entre mis sábanas. El olor a sexo inundaba por completo la habitación.
De repente, un mensaje me sacó de mi hipnotismo. Era del
amigo que me presentó a su novia, y que ésta, a su vez, me había presentado a la
amiga que se había convertido en mi amante. Decía lo siguiente: "¿Tienes planes
para esta noche? Me han dicho que querían verte ...". Todavía empapada por
gotitas del sudor que se escurría por mi frente y las manos temblorosas por la
actividad que acababa de realizar, leí una y otra vez el mensaje. No daba
crédito a lo que leían mis ojos. Suspiré. Sabía el bar donde estarían, y la
habitual hora a la que solían quedar. Claro que me moría de ganas de volver a
ver a Sofía ... Claro está, si eso significaba que todo había sido un sueño mío.
Me dirigí a la ducha, dispuesta a refrescarme un poco.
Obviamente, no me refería sólo a mi cuerpo, que casi ebullía por el calor que
manaba de cada centímetro de mi anatomía, sino también al de mi mente. Mis
sentidos se obnubilaban ante cada recuerdo de la noche vivida el día anterior.
Al enjabonar mi cuerpo, me imaginaba que mis manos eran las suyas, las que
abarcaban mis pechos y retorcían mis pezones eran sus dedos, los mismos que se
introducían en mi intimidad y me arrancaban suspiros de indescriptible placer
... y volví a excitarme. Lejos de conseguir el efecto contrario, sentir cómo el
agua caía de la alcachofa de la ducha sobre mi piel me excitaba sobremanera, y
no pude resistir volver a llevar mis dedos a mi cueva. Lo que comenzó como una
tímida caricia acabó conduciéndome a un orgasmo indescriptible. Imaginar a Sofía
clavando sus colmillos en mi cuello mientras me hacía suya me producía múltiples
escalofríos y el placer inundó la bañera.
Afuera, mi móvil vibraba y sonaba, entonando la melodía que
tenía puesta cada vez que recibía una llamada. Después, el silencio, que, por
cierto, duró poco. Bipp bipp. Mensaje recibido. Al poco rato otra vez, otro
mensaje.
Me di prisa en acabar la ducha, en cuanto acabé previamente
mi orgasmo. Después, me quité el jabón del cuerpo y me sequé. Salí con una
toalla enroscada en mi cabeza, y otra a la altura de mis senos. Cogí el teléfono
y vi las llamadas y los mensajes. El número no lo tenía guardado y no sabía
quién era, pero de todos modos decidí abrirlos y leerlos. Uno decía lo
siguiente: "Creo que lo de ayer no estuvo mal ... No sé si me recordarás ...".
Mi corazón dio un vuelco, ¡no era un sueño! ¡Era real! ... Estaba segura ...
Abrí, con las manos temblorosas, el otro mensaje: "Tus besos, tu piel, tus ojos
... ¿A qué sabe un sueño? ... A ti ...".
Un cosquilleo invadió todo mi cuerpo ... ¿Significaba eso que
se acordaba de mí y que quería volver a verme?
Marqué con nerviosismo el número de mi amigo, que también me
había llamado. Me contestó con voz somnolienta. Yo, por mi parte, estaba que no
cabía en mi gozo. Se rió con ganas al oír mi voz. Yo estaba como transportada a
otro mundo: al de los sentidos, al del placer sin límites. Me había despertado
como en una ensoñación donde yo era una ninfa, quizás ninfómana, no lo niego,
pero es que la noche que había pertenecido a Sofía me había hecho cambiar de
manera radical.
Él: -Vaya, parece que alguien se ha despertado especialmente
... rara, ¿no? –y soltó una de sus características risitas.
Yo: -Bueno, vi tus perdidas. Disculpa que no te cogiera antes
el teléfono. Estaba en la ducha.
Volvió a reírse. Me puso nerviosa tanta risa, pero no pude
evitar sonreír yo también, envuelta en mi toalla y con el agua todavía
escurriéndose por mi cuello.
Yo: -Si me disculpas, tengo que secarme el pelo.
Él: -Vamos, vamos, sólo quería bromear contigo. ¿Tiene algo
de malo?
Ahí me pilló fuera de combate. No supe qué decir, así que él
prosiguió hablando.
Él: -Vi que ayer salías del bar sola. ¿Te fuiste pronto a
casa?
Yo: -Sólo necesitaba tomar aire fresco. Ya sabes tú que me
agobian los sitios llenos de gente.
Él: -Ya, pero casualidades de la vida, tampoco estaba la
amiga de mi novia ... Sofía se llama, ¿no?
Yo: -¿A qué estás jugando?
Él: -¿Yo? Parece mentira que no me conozcas ...
Soltó una risotada al otro lado del teléfono.
Yo: -Bueno, ¿qué quieres? Acabo de salir de la ducha y voy a
coger frío.
Él: -Si quieres voy allí y te caliento, ja ja ja.
Otra vez su risa. Comenzaba a ponerme histérica. Me dieron
ganas de colgar el teléfono, pero me contuve, aún tenía que formularle otra
pregunta.
Yo: -Oye, ¿has sido tú quien le ha dado mi número a Sofía?
Él: -¿Por qué lo dices? ¿Cambiaría algo las cosas?
Mucho –pensé, pero no dije nada. Sólo suspiré.
Él: -¿Estás ahí? ¿Luna?
Asentí. Tomé aire y continué con la conversación.
Yo: -Sí, sí. Me estaba secando.
En ese momento mi móvil parpadeó. Mensaje recibido.
Yo: -Escucha, te llamo cuando vaya a salir de casa esta
noche. Ahora tengo que dejarte.
Él: -¿Ya te vas? ¿Me dejas aquí?
Yo: -Tú tienes novia ... Y tengo cosas que hacer. Hasta
luego.
Él: -Pero ... Bueno ... Está bien. Hasta luego.
Miré el mensaje. Era de Sofía. Enmudecí. Lo que leí me había
dejado atónita. Sus palabras causaron mi estremecimiento: "No hagas preguntas.
Sólo obedéceme. Eres mía, me perteneces. Mira las marcas en tu blanca piel. Te
las he hecho yo. No soy un sueño, soy real. A medianoche, en El lago azul".
Me costó concentrarme el resto del día. Tenía que organizar
unos papeles que me habían mandado para el lunes y acabar de limpiar la casa,
pero me costaba retener mi atención hacia algo que no fuesen esos mensajes y
cada una de las marcas de mi piel. Tampoco tenía ganas de comer, al menos
comida. Sólo me apetecía volver a saborear esos labios que me habían hechizado,
sin remedio. Igual que sus ojos, de azul eléctrico. Igual que sus manos, de
delicadeza exquisita cuando tocaron mi piel, igual que sus uñas, cuando
desgarraron una parte de mí.
Por fin, el reloj marqué las once y me arreglé con unos
pantalones negros, unos botines del mismo color y una camisa de gasa
semitransparente con un top debajo, toda de negro. Salí de mi casa, dispuesta a
encontrarme con mi amigo, pero con una ansia loca por que fuese medianoche, y
ver a Sofía. En el bar estaba él, dándose el lote con su novia. Tuve que
carraspear un poco para hacerme notar. Pedí un cubata y me senté en la mesa
junto a ellos. Hablamos distraídamente y me debieron notar nerviosa, porque cada
dos por tres miraba mi reloj. A las doce menos cinco fui a pagar mi consumición,
pero en la barra el camarero me dijo que alguien ya había pagado por mí. A
cambio, me tendió un pequeño papel doblado de color claro, sin llegar a blanco,
de un aspecto similar al papel reciclado. Lo llevé a mi nariz y aspiré el aroma.
Estaba claro que olía a Sofía, a su feminidad.
Me despedí de mi amigo y su novia, y me encerré en el baño,
dispuesta a llamarla. Necesitaba oír su voz, y de pronto alguien se puso tras de
mí. Sentí un escalofrío recorrer mi espalda, fruto de sentir cómo unas uñas
recorrían mi columna vertebral. Intenté zafarme de esa persona, pero el olor le
delató. Me habló al oído: "¿Es ésa la forma de tratar a tu ama?". Me di la
vuelta y allí estaba ella, la dueña de mis marcas. Apenas la había mirado cuando
se abalanzó sobre mi boca, devorándome y haciéndome suya. Creí morir de placer,
nuevamente.