Tendido en la cama no pensaba en nada. Mis manos tomadas de
la cabecera de madera de esa arena amorosa mientras trataba de controlar un
eyaculación que a todas luces duraría poco.
Sobre mí, tres de mis mejores amigas jugueteaban por una
apuesta perdida. Una de ellas restregaba sus pechos sobre mi cara, otra chupaba
mis pezones con gula y una tercera acariciaba mi inflamado pene son sus grandes
pechos.
Yo casi ni respiraba, -enséñanos tu boxer- había comenzado
todo y de repente yo estaba desnudo y ellas sólo en bragas torturándome de las
más deliciosa manera.
Mi lengua reptaba tratando de capturar los esquivos pezones
de mi amiga. Esos pechos blancos, pequeños pero deliciosos se balanceaban sobre
mí como la espada de Democles.
Los mordiscos en mis pezones de mi otra amiga, cuya oscura
piel hacía juego con su sadismo recién descubierto, me llevaban a un nirvana que
no había probado con anterioridad, mientras que la tercera, las mas
experimentada de todas, rozaba con sus pezones mi húmedo glande en una de las
caricias más exquisitas sentidas por este servidor.
De repente mi lengua y dientes se apoderaron del clarito
pezón de mi amiga arrancándole un gemido de placer que retumbó en mis oídos como
las trompetas del juicio final, a la vez un mordisco más fuerte que los
anteriores me hizo arquear mi cuerpo revolcándome de placer, mientras mi pene,
demasiado estimulado por mi cerebro soltaba chorros blancos de placer sobre mi
otra amiga que con lujuria restregaba mis pechos sobre mi empapado miembro.
-No duraste ni tres minutos- dijo una de ellas y los cuatro
estallamos a reir.