Un fin de semana con Lucía y compañía…
… ¿Cómo fingir serenidad ante un hombre que te enciende por
dentro? ¿Cómo aparentar una relación de cordial amistad y compañerismo si cada
vez que piensas en él te invaden el pensamiento los recuerdos más ardientes de
tu vida? Eso mismo se preguntaba una y otra vez Lucía mientras el agua tibia de
la ducha resbalaba por su cuerpo. Envuelta en una toalla blanca salió del baño y
se adentró en el dormitorio, en el que el aroma a sexo aún persistía.
Echada en la cama revuelta, cerraba los ojos y casi podía
sentir la respiración agitada de su amante mientras que con sus manos recreaba
las caricias que escasos minutos antes él le había dedicado, se estaba
excitando. La habitación del hotel estaba provista de un inmenso espejo delante
de la cama que le dejaba ver con todo lujo de detalles los rincones de su
intimidad de los que conocía sólo el tacto. Por esa razón abrió los ojos y
observó atenta mientras deslizaba sus manos por su piel húmeda, y observaba la
reacción de sus pezones erizándose ante en contacto de sus dedos,
sorprendiéndose de la inquietud que despertaba en su sexo su propia imagen en el
espejo, que en esos momentos le resultaba tremendamente sexy.
Continuó acariciándose un pecho, apretándolo a veces mientras
su otra mano se deslizaba por su vientre, tropezaba con su piercing del ombligo
y llegaba por fin a su intimidad, completamente húmeda por la excitación, la
cual intentaba aplacar con sus juguetones dedos. Se acariciaba el clítoris en
círculos, y se miraba con los labios entreabiertos y una expresión de curiosidad
y gozo. Sus dedos exploraban ya profundamente su sexo y ella suspiraba y se
agitaba inquieta, aunque ahogaba sus gemidos porque estaba sola, si Carlos
hubiera estado en ese instante con ella, lo habría deleitado con semejante
poesía… Sus dedos inquietos aumentaban el ritmo, se mordía los labios y arqueaba
la espalda ante la llegada de un orgasmo corto pero intenso, casi eléctrico, que
la dejó desmadejada sobre la cama, con la frente perlada de sudor, su
respiración se iba calmando a medida que la invadía el sueño…
Lucía abandonó el hotel parapetada tras sus gafas de sol
oscuras, dirigiéndose a la salida enfundada en un vaquero y unos zapatos rojos
de tacón que le daban un aire informal, pero distinguido y sensual, cosa que el
recepcionista del hotel también había captado, ya que se apoyaba con las manos
en el mostrador de recepción, echando el cuerpo hacia delante mientras la
perseguía con la mirada. Ella, sintiéndose observada, volvió atrás la cabeza,
esbozó una sonrisa, y bajó las escaleras de la entrada perdiéndose de vista…
Esa tarde en el trabajo Lucía estuvo especialmente audaz, lo
que le hizo cosechar alguna que otra victoria, tenía ese brillo en los ojos que
tiene alguien que ha vivido una noche de pasión desatada, y en realidad era
cierto, pero a la vez la atormentaba la incertidumbre de no saber cuándo se
repetiría, ni siquiera si se volvería a repetir…
Durante la tarde, disfrutó del placer de ver al hombre que
horas antes había estado tan dentro de ella, dándoselo todo, y compartieron esas
miradas cómplices que sólo ellos captaban, y a la vez se sometió a la tortura de
tener que aceptar impasible, cómo la trataba a ella, a su musa, como a una
subordinada más.
Al salir del trabajo, respiró pensando que era sábado por la
noche, y que había quedado para cenar y tomar una copa con Elena y Virginia, dos
chicas que conocía del entorno del trabajo y con las que de vez en cuando solía
quedar para hacer la típica reunión de mujeres en la que se habla de
trivialidades, así que se fue a casa pensando qué modelito ponerse, ya que entre
chicas siempre existe esa especie de amistad competitiva, y Lucía siempre solía
dejar el listón bien alto.
De camino a casa, en hora punta, se hacía complicado salir de
la ciudad, el tráfico era bastante espeso y los coches formaban cola en los
semáforos en rojo de la avenida, Lucía miraba a los lados observando la cara de
sopor de los demás conductores, inquietos todos por las ganas de llegar a casa.
Sólo una moto avanzaba haciendo peripecias entre el escaso hueco que quedaba
entre los coches, Lucía observaba por el retrovisor pensando:
Menudo capullo, como me ralle el coche me bajo y le
meto, ojalá que pase de largo…
Pero el chico de la moto se quedó parado justamente al
lado del coche de Lucía, la verdad es que llevaba una moto bastante chula, y
ella, aficionada a todo tipo de vehículo con ruedas, miraba al frente
simulando que no se había dado cuenta de su presencia, hasta que el chico
aceleró de pronto y ella miró al escuchar el ruido del motor, para encontrar
al chico, casco incluido, con la cabeza girada totalmente hacia la
ventanilla del coche, a lo que ella, después de un buen rato de atasco y con
el humor bastante escaso apoyó la mano en el cristal del coche y levantó el
dedo ofensivo, gesto feo por su parte al que el extraño respondió subiendo
la visera del casco y guiñándole un ojo, para continuar después su marcha
esquivando coches.
Lucía quedó montada en cólera apretando los puños sobre
el volante, ante el gesto del chico de la moto que ella consideró una
tremenda chulería. Por suerte, el tráfico se reanudó con fluidez y consiguió
llegar a casa.
Lucía vivía desde hacía poco tiempo en un Ático de nueva
construcción, bastante amplio, con pocos muebles pero decorado con gusto,
funcional. En el ascensor subió con Luis, su vecino de enfrente, un profesor
de gimnasia de treinta y pocos años, con unos ojos verdes grandes y
expresivos, y un físico no excesivamente machacado en el gimnasio, pero
bastante cuidado.
Luis era de esas personas super sociables y cordiales, un
vecino encantador, de esos que te dicen ‘para lo que haga falta’, pero según
miraba Luis a Lucía, a ésta le parecía que ese ‘para lo que haga falta’
quería en realidad decir ‘para cuando tengas un calentón’, además por lo que
él le había comentado, hacía varios años que estaba separado y vivía con
otro compañero, también profesor, durante el curso. Ella no conocía al otro
profe, pero en sus pensamientos más picarones deseó que estuviese tan de
buen ver como Luis.
Se despidió de éste deseándole un buen fin de semana, y
se dirigió por el largo pasillo hacia la puerta de su piso, contoneándose un
poco ‘en exceso’ mientras andaba, deseando que Luis le diese un ‘repaso’ con
la mirada, y al cerrar la puerta y verle aún observándola al final del
pasillo, sin duda había conseguido su objetivo, por lo que saludó con la
mano y cerró la puerta sonriente y triunfante.
Ya en casa, se dio una ducha rápida y se dirigió a su
dormitorio pensando en qué ponerse para la ocasión. Escogió un vaquero
ajustado de esos que ella llamaba ‘trasero mágico’, una camiseta negra
ajustada con el logo de su marca favorita, con un cinturón a juego, y unos
taconazos de charol negro, que le hacían unas piernas super estilizadas. Se
puso un perfume de esos que dejan huella incluso cuando intentas abrirte
paso entre la multitud de una discoteca abarrotada de gente y se dio el
visto bueno ante el espejo.
Esa noche le tocaba pasar a ella a recoger a las chicas,
no por ningún motivo en particular, sino porque Lucía conducía un coche más
cantoso que el de sus amigas, era un descapotable rojo de gama media, pero
llevaban algún tiempo bromeando con la idea de salir de fiesta a ‘romper la
noche’ en el descapotable, y aquella era la ocasión idónea.
Elena vivía en un piso tan sólo a unas manzanas del de
Lucía, así que tardó un par de minutos en estar esperando en el portal,
después de darle un toque al móvil para que bajase. Lucía se acomodó en el
asiento de cuero y se puso una canción que le gustaba, ya que había llegado
un poco pronto y pensaba que ella tardaría en bajar, pero no había pasado ni
un minuto cuando se encendió la luz del portal del edificio y vió a una
Elena con una sonrisa radiante bajar a toda prisa por las escaleras,
intentando mantener el equilibrio sobre las botas negras de super tacón que
llevaba.
Elena era una mujer excepcional, rondaba los 40 años y
estaba recién separada, pero se conservaba de manera envidiable. Tenía unas
piernas super estilizadas, y esa noche había decidido sacarles partido
luciendo una minifalda vaquera, que junto a su camiseta negra y las botas
altísimas a juego, causaría sin duda envidia a más de una veinteañera.
Ya en el coche, se saludaron con un abrazo estilo
‘Teletubbie’, ya que tenían mucha complicidad y en el trabajo nunca había
ocasión ni era el momento adecuado para demostrárselo, y se dirigieron entre
bromas al restaurante donde habían quedado con Virginia, a la que le habían
concedido el honor de escoger el sitio donde cenar esa noche.
Virginia había elegido un restaurante japonés que habían
abierto recientemente cerca del piso que compartía con sus compañeras de
universidad, y esperaba impaciente en la puerta a las chicas.
Después de los saludos de rigor entre las tres chicas a
la puerta del restaurante, entraron, y una camarera muy amable, ataviada con
un kimono negro muy vistoso las acomodó en una mesa para tres, Elena y
Virginia a un lado y Lucía en frente.
Por supuesto, iban a cenar sushi a parte de algún otro
plato, pero Lucía y Elena se encontraban debatiéndose sobre qué vino pedir,
Lucía quería sake, por lo de probar el vino japonés, mientras que Elena
decía que se dejase de mariconadas, que ella quería un Emilio Moro, y
Virginia las observaba divertida diciendo que ella con una coca-cola iba
servida. En eso estaban cuando Lucía de pronto quedó callada, con un gesto
de sorpresa, pues acababa de ver entrar a Carlos con su mujer, quienes se
disponían a disfrutar de una cena romántica.
Elena, viendo el repentino cambio en el rostro de Lucía,
le dijo:
Niña, ¿te pasa algo?, parece que has visto un
fantasma.
Nada mujer, pide el Emilio Moro si quieres…
Mientras intentaba disimular el nudo que se le había
hecho en el estómago, y deseaba que él no se percatase de su presencia, pero
la camarera del kimono vistoso los acomodó de manera que la señora de Carlos
le daba la espalda, pero éste quedaba sentado de frente hacia ella, y ya
mientras se sentaban le lanzó una mirada en la que ella creyó leer:
Perdóname, me has pillado ejerciendo de marido
complaciente, pero me alegro de verte.
Lucía intentaba aislarse en una burbuja con sus dos
amigas y el plato de sushi que tenían en el centro de la mesa, pero después
de disimular bastante bien un rato, le entró el pánico escénico y tras
disculparse con Elena y Virginia se dirigió hacia el baño del restaurante,
que afortunadamente quedaba en la dirección en la que no tenía que pasar al
lado de la mesa de Carlos y compañía.
Ya en el baño, Silvia se refrescaba un poco las muñecas y
el cuello mientras se decía:
Joder, estas cosas sólo te pasan a ti, seguro que si
hubiéramos ido al Burguer King a la señora de Carlos también le habría
apetecido hamburguesa, vaya tela… Pero ahora tú tranquila, vas a salir
del baño y vas a acabar de cenar como si tal cosa y te vas a ir con las
chicas a tomarte un copazo.
Ya más calmada se decidió a salir del baño, y al avanzar
por el pasillo una mano que provenía del aseo de caballeros tiró de ella y
la introdujo en éste. Lucía, al volverse, bastante asustada, comprobó que
era Carlos quien la había secuestrado:
Por Dios, Carlos, pero… ¿tú eres tonto, o te está el
gorro grande? ¡Qué susto!
Lucía, quería pedirte disculpas y no sabía cómo,
quien me iba a decir que estarías aquí, por lo visto éste es el
restaurante de moda, he venido con Cristina porque llevaba toda la
semana empecinada en venir… - decía Carlos sin apenas respirar mientras
aún le agarraba la muñeca con fuerza -.
A ver, Carlos, que no me debes ninguna explicación –
replicaba Lucía airada - , que puedes ir a cenar con tu señora esposa
donde te plazca, y ahora, si me disculpas… - dijo ésta mientras se
deshacía de la mano de Carlos con un gesto brusco y se daba la vuelta
para salir de allí -.
Al ver que Lucía se le escapaba de su improvisado
secuestro, Carlos la agarró por la cintura y le susurró tiernamente:
Vale, princesa, pero dime primero que no te enfadas.
Y comenzó a besarle suavemente el cuello, mientras la
estrechaba entre sus brazos, ella intentaba zafarse en un ataque de cordura,
mientras él le mordía el lóbulo de la oreja y la acariciaba en su eterno
abrazo.
Carlos, por favor, tanto a ti como a mí nos esperan
fuera, deja que me vaya – decía Lucía sintiendo flaquear sus fuerzas
mientras disfrutaba de las caricias que le propinaba Carlos quien había
introducido ya sus ágiles manos por debajo de la camiseta de ésta y
acariciaba sus pechos mientras la besaba apasionadamente -.
Si, era tarde para dar marcha atrás, pues Carlos y Lucía
se encontraban ya cegados por la pasión, ayudándose el uno al otro a
despojarse de la ropa mientras se besaban y acariciaban. El tiempo
apremiaba, pero nuestros dos amantes, encendidos, no necesitaban preámbulos
en una ocasión así, y Carlos, la cogió en brazos mientras Lucía enroscaba
sus largas piernas alrededor de la cintura de éste, y contra la pared de
azulejos con motivos orientales, la penetró sin miramientos mientras Lucía
dejaba escapar un pequeño grito, mezcla de dolor y placer, que Carlos
intentó ahogar con sus profundos besos.
Carlos sujetaba las manos de ella contra la pared, y
seguía penetrándola con un ritmo frenético, ella lo abrazaba fuertemente con
sus piernas, con los ojos cerrados y una expresión de placer extremo, hasta
que Carlos no pudo más y ya al límite se derramó en su interior, mordiéndole
a Lucía un pecho en pleno arrebato de pasión, a lo que Lucía respondió
clavando sus uñas en la espalda de éste… y quedaron así, desmadejados y
abrazados, mientras el cocktail de semejante polvazo comenzaba a resbalar
por los muslos de Lucía…
Y he aquí el dilema, alguien al otro lado de la puerta
comenzó a tocar insistentemente, y ellos salieron de su ensoñación para
intentar arreglar rápidamente el estropicio, pues sus ropas se hallaban
desperdigadas por toda la estancia…
¿Quién sería? Probablemente algún desconocido cliente del
restaurante con la sana intención de entrar a aliviarse… y aunque así fuera…
¿Cómo explicar la presencia de Lucía en el aseo de caballeros?
O mucho peor… a lo mejor era Cristina, que inquieta por
la ausencia de su marido, había acudido a comprobar si se hallaba
indispuesto…
*** Continuará… ***