Saqué la cabeza por la cremallera de la tienda para ver a que
venían tantos malditos gritos.
-¡No digas que me quieres si luego andas besando a maricas
insatisfechos!-gritaba Berta a Raúl. Los demás, estaban sentados cenando, con la
cabeza agachada y sin atreverse a decir nada. Los otros dos, estaban de pie
reprochándose cosas. ¿Era yo el marica insatisfecho?
-No la pagues con él, coño, que no tiene culpa-chilló furioso
Raúl.
-Es verdad, se iba a liar con Marcos- gritó Mue alegre, que
por lo que vi, estaba emporrada.
-Mue coño...-susurró Marina, dándole una patada para que se
callase.
Yo salí lentamente, como de las sombras.
Pero Berta y Raúl estaban demasiado ocupados en su pelea como
para detenerse a observarme.
-¿Y que coño hacías conmigo si te gustaba ese?
-¡Joder Berta, pareces medio tonta a veces!- dijo Raúl
riéndose.
-No me insultes subnormal- gritó enfurecida Berta,
agarrándole del brazo.
-Suéltame Berta- pedía Raúl con paciencia.
Yo no sabía que hacer. Se me empezaron a caer lágrimas. No
podía aguantar más. Y entre ese caos, Berta y Raúl se insultaban, Mue y Alberto,
les había dado por volver a liarse, y yo no podía más. No podía.
Y hablé, entre sollozos, pero hablé.
-Me voy… me voy…- y por fin se dieron cuenta de que estaba
allí. Marina se levantó para abrazarme, pero la rechacé-. Alberto… ¡Alberto!,
llévame al pueblo, ya cogeré desde allí un taxi o algo.
-Joder Martí, vamos a dar una vuelta- repetía Marina,
intentando abrazarme para yo volver a zafarme de ella.
-No, no puedo más- seguía sollozando.
-Sí, ahora haz de víctima- me despreció Berta con cara de
asco. Ese comentario me hizo sentir más mierda. Sin venir a cuento, Marina se
acercó a ella y le dio un guantazo. Estaba dolida a más no poder por mí.
-Él no ha hecho nada. Así que si no quieres abrir los ojos
para ver que el único capullo aquí es Raúl, deja de jodernos la acampada- le
dijo Marina a Berta con los dientes apretados.
Berta, dolida por su orgullo, entró en la tienda. Teniendo en
cuenta las circunstancias, acabé dejándome abrazar por mi amiga, mientras los
otros se acercaban a mí. ¿Qué coño les pasaba? No era un niño con una rabieta.
Simplemente lloraba porque me sentía culpable. Por joderles la acampada, por
joder a Berta, por no saber ni lo que sentir… por ser un degenerado, como había
insinuado ella.
-A la mierda- oímos gritar a Berta mientras, abrigada, salía
de la tienda y se encaminaba por el sendero. Nadie hizo esfuerzo por seguirla.
Necesitaba su tiempo.
-Ven, no has comido nada en todo el día- me dijo Marina como
si fuese mi madre, arrastrándome a sentarnos en el círculo. Todos, excepto Raúl,
cenamos, en un amiente con cierta tensión en el ambiente. Mi amigo, había
entrado en mi tienda. Querría descansar.
Eran pasadas las tres y media. La noche era de un oscuro
tenebroso, y la luna casi no iluminaba nada. Habían nubarrones por el cielo, sin
amenazar tormenta, pero presentes. Durante todo el día había refrescado, y por
la noche, la diferencia era abismal.
Seguíamos en el círculo. Nos habían dado las tantas
recordando esto, hablando de lo otro. Y nos preocupábamos. Berta, la mutante
enfadada, llevaba casi cinco horas sin aparecer. No pensábamos que tardaría
tanto. Personalmente, prefería no verla. Me sentía… avergonzado, humillado,
destrozado… pero de ahí a pensar que le había pasado algo… ¡Dios! ¿Estaría bien?
La duda empezó a brotar lentamente con un ‘¿Dónde está
Berta?’, con ‘¿Estará bien?’ y preguntas retóricas por el estilo.
Cuando nos dimos cuenta de la hora que era, las cuatro y
media, no pudimos más.
-Joder gente, vestíos, vamos a buscarla- propuso finalmente
Héctor.
-Para encontrarla…- replicó Alberto.
-Dios, es tu hermana- le contestó Mue.
-Ya, pero, ¿Dónde se habrá metido, cojones?’.
Nos abrigamos, cogimos linternas, y fui a despertar a Raúl,
sin saber que no estaba durmiendo, sino abrazado a mi chaqueta. No supe que
decir, y él sólo se incorporó.
-Voy con vosotros- dijo sin tener que decirle yo nada. Las
‘paredes’ de la tienda eras muy finas…
Nos separamos en tres grupos: Marcos, Mue y Alberto; Héctor y
Marina; y Raúl y yo. Berta tenía el móvil apagado, o fuera de cobertura. El caso
es que estaba incomunicada.
El grupo de tres, decidieron buscar montaña abajo. Héctor y
Marina, subir al lago. Y Raúl y yo, buscar por el bosque, el río…
Caminábamos distraídos por el bosque, denso y vasto y oscuro
e infinito. Alumbrábamos el paso con las linternas, sin conseguir muchos
resultados. De vez en cuando chillábamos su nombre, pero parecía inútil. El frío
era insoportable, y pese ir bastante abrigado, estaba helado.
Y el silencio entre Raúl y yo...
No quería perderle. Me negaba. Era… era mi razón para vivir,
aunque fuese como amigo.
Pero… ¡Dios! ¡Tantos peros, pero ninguna respuesta!
Habíamos perdido consciencia de donde nos encontrábamos.
Hacía tiempo que el caer del agua se había disipado, y el sol ya había
amanecido, a lo lejos, con destellos anaranjados. Eran cosa de las siete, y
estábamos tirados en medio de la nada. Alrededor, árboles. Y más árboles.
-Joder… ¿ahora que hacemos?- preguntaba él, sin perder la
calma.
Yo simplemente me limitaba a no contestarle, no por
indiferencia, sino por el simple hecho de no saber que hacer, de sentirme
perdido.
Optamos por sentarnos apoyados en la corteza dura, fuera de
la maleza.
Tras varios minutos de silencio, y un par de cigarros fumados
por el nerviosismo, hablé.
-¿Habrán encontrado a Berta?- susurré, pensativo, imaginando
un fin de posibilidades.
Raúl negó con la cabeza, en señal de desesperación.
-La que hemos liado- solté, sonriendo por primera vez en
muchas horas, desviando mi mirada, posada en una flor, a los ojos de Raúl, que
hizo una mueca.
-Al menos podría valer para algo…- insinuó, esperanzado.
No quería volver al tema. Pero por otra parte, lo necesitaba.
¿Cómo iba a quedarme así, después de todo? ¿Después de tantos años?
-No creo que lo podamos decidir ahora- argumenté de una forma
impetuosa-. Si… si tenemos que estar juntos… ya lo estaremos.
Y acto seguido, alargué mi brazo para poder acariciarle la
mejilla. Giró su cuello, besándome los dedos.
Era en esos momentos que necesitaba a Raúl amigo… necesitaba
un abrazo de él. Pero quizás podría malinterpretarlo.
Y que demonios. Entre el frío, me achuché a él, sintiendo
otra vez, cuando pensaba que había sido una invención, a mi mejor amigo.
No iba a pasar nada más.
FIN
-Volvíamos por la carretera, unas siete u ocho horas después.
Hubiese estado bien que lo hiciésemos juntos. Pero no fue así, ya que Berta
había decidido bajar al pueblo y seguir su vuelta sola.
Y Marina y yo cantábamos hardcore, Héctor dormía, y Raúl se
concentraba en el maldito GPS. Y no fue una historia feliz, pero alguien siempre
debe morir. Y dejamos los recuerdos atrás, para volver el día que tuviéramos que
volver a lo ocurrido. -
…Y la menté murió. Pero siempre, latirá.
[Después de mucho tiempo buscando cual sería el mejor final,
he optado por el más verosímil. No sé si estará a la altura de los anteriores. Y
puede que hubiese sido mejor dejar el recuerdo de una serie que nunca continuó,
que la de una que acabó mal. No sé. Sólo que creo que este es el mejor final que
se me ocurrió. Gracias por leerme, criticarme y amarme xD]
>MurderHopes<