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El árabe que me puso mirando a la meca
TODORELATOS » RELATOS » UNA ROSA SOBRE EL PIANO
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 TODORELATOS.COM Fecha: 08 de Octubre, 2008.
Fecha: 11-Nov-07 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad (3141 de 3514)

Una rosa sobre el piano

ROJOSATEN
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Un relato, un viaje, un colegio, y un piano. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

UNA ROSA SOBRE EL PIANO

Rojo.saten@hotmail.com

Soy un hombre de 45 años, y sin demasiados amigos con los que compartir las muchas horas de disfrute que mi trabajo me permitía. Para rellenar las horas de soledad compré un ordenador y me conecte a Internet, pero la verdad es que al poco tiempo me comenzaron a aburrir las conversaciones recurrentes, de sexo y poco más. Nadie interesante con quien compartir una charla normal de vez en cuando. En las noches de sexo rápido, o de masturbación como prefieran, me conectaba a las páginas de relatos eróticos. Era una lectura rápida, para un desahogo rápido. No había muchos de ellos que me llamasen la atención especialmente.

Un día, como caído del cielo tope con un relato que se salía un poco de lo que hasta entonces había leído. Lo firmaba una chica joven, sin nacionalidad, y sin edad. Aún no se por qué, pero me decidí a escribirla un mensaje, sin apenas convicción de recibir una respuesta.

Para mi sorpresa, a lo pocos días recibí una invitación a unirme a su messenger. Sorprendido la conteste afirmativamente, pero la verdad es que nunca coincidíamos en la red.

Un día en el trabajo estando conectado al messenger, un letrero a la derecha de la pantalla me anunciaba que se había conectado. Rápidamente pinché en su casilla, y tras segundos de espera, un "hola" apareció en el pequeño recuadro de dialogo. Fue el inicio de una amistad, que derivó tras unos meses de conversación casi diaria, en amantes virtuales. Ella residía en Québec, donde cursaba estudios de piano. Alín como la llamaré, tenia 20 años, y desde el primer día me llamo la atención los rasgos de su cara. Su cuerpo y su mirada colmaban todas mis fantasías, y desde ese primer día, a pesar de la distancia horaria, nos hicimos asiduos de la red, robando sueño y estudios.

La primera vez que la vi desnuda en la pantalla, mi corazón latía acelerado como el de un joven su primera vez, ante la visión de la ropa desapareciendo de su cuerpo una tras otra. Seguidamente, y con los mismos nervios, me fui despojando de mis prendas hasta aparecer desnudo frente a ella, esperando su aprobación hacia mí. Por toda respuesta, acercó la mano a la pantalla como queriendo tocarme. Fue un momento mágico, cargado del erotismo de la novedad. Aquella primera vez, dio paso a unas salvajes situaciones, en las que nuestra fantasía, sobre todo la de ella, no tenía límites. Utilizamos todo lo que se ponía a nuestro alcance, e incluso un día me propuso que la viese haciendo el amor con otro mientras yo hacia lo mismo con otra chica. Fue placentero, pero nos dejó un poso que no tardó mucho en ahogarnos. Nuestra relación no podía dar más de sí, y entre sollozos se lo dije. Su cara de niña reflejó el dolor, y suplicando me decía que haría lo que fuese, lo que yo quisiese, pero yo sabía que lo que más deseaba no podía ser. Jamás podría tenerla entre mis brazos. De eso hacia diez días.

Solo fui consciente de lo que estaba haciendo, cuando el avión surcaba el amplio océano. Siete días antes había tomado una decisión precipitada y quizás alocada. Esa noche tomé la decisión de tomar el primer vuelo que hubiese a Québec. Serian muchas horas de vuelo, en los que el tiempo pasaría despacio. Y tras tres horas de vuelo, era consciente que me había tirado a la piscina, y no sabía siquiera si había agua. Ella no sabia nada, no había tenido noticias desde entonces. ¿Que pensaría al verme? ¡Quizás se decepcionase al tenerme delante! ¿Y entonces?

Por fin llegué a mi destino, y el frío sonrojó mis mejillas en el momento en que salía por la puerta del avión. El trayecto hasta el hotel donde me hospedaría, me sirvió para templar mis nervios, y debido a la hora que era ya, decidí esperar al día siguiente para ir al colegio donde estudiaba Alín. La noche fue inquieta, y antes de dormirme mi mente se reveló contra mí, diciéndome que regresase.

Al día siguiente, después de desayunar, y con los efectos del cambio horario reflejado en mi rostro, comencé la búsqueda del colegio, del que solo sabía su nombre. Un amable empleado del hotel, que hablaba perfectamente el castellano, hizo todas las gestiones oportunas hasta conseguir averiguar donde estaba el colegio, que no coincidía exactamente su nombre coloquial con el oficial.

Tras agradecerle la amabilidad, tomé un taxi que me acercó tras un largo periplo, hasta las puertas del colegio. El edificio me resultó sobrecogedor, y me recordó a los internados de las películas de terror. Y terror fue entrar en la escuela, casi en silencio, para averiguar donde estaba Alín. Entré en recepción, y de nuevo las dificultades del idioma me hicieron sentir más incómodo. No domino el francés, y mi ingles es tremendamente malo. Afortunadamente la recepcionista me paso con una profesora que tenia toda la paciencia del mundo, y que poco a poco logró entender lo que quería.

Pero no había contado con que me preguntarían el parentesco que me unía a ella. Un requisito sin el cual no me darían la dirección de la alumna, porque el colegio estaba ese día de fiesta. Todo estaba preparado para el concierto del segundo trimestre que se celebraría por la tarde.

Mi cara les debió parecer todo un poema, porque cuando apareció otra profesora y me vió, debió preguntar que es lo que pasaba, -no la entendí- y después me volvió a mirar sonriendo. La comentó algo a la profesora que me atendía en un principio, y aunque a duras penas lograba entenderla, sí que sonaron a música celestial cuando entendí que Alín estaba en uno de los salones, preparando una pieza que interpretaría por la tarde.

La profesora me acompañó hasta el salón, y los latidos de mi corazón parecían retumbar contra las paredes. A mis oídos llegaron las notas de una pieza desconocida para mí. Abrimos lentamente la puerta, y la profesora me hizo ademán de que guardase silencio mientras me señalaba la butaca donde sentarme. No gire la cara cuando me explicó que me dejaba solo, pues tenía cosas que preparar, y me rogó que no la distrajese, solo atiné a decir un gracias casi ininteligible.

Allí estaba, mi amor cibernético. Se me hizo raro verla en tridimensional, pero todavía me pareció más hermosa. Estaba enfrascada en la pieza, y la oscuridad que la rodeaba, hicieron que mi presencia pasase desapercibida. Escuchaba embobado a la vez que miraba envidioso las teclas que acariciaban sus manos, revoloteando sutiles sobre el piano. Ensimismado, tardé en percatarme que la música había cesado. Alín estaba apoyada con los codos en el teclado, mientras sus manos tapaban su cara.

Por un momento creí que se había dado cuenta de mi presencia, pero sus manos comenzaron a sacar unos acordes que si eran conocidos por mí. Era el comienzo de una de nuestras canciones favoritas. Los acordes graves del piano rebotaron en mi interior, y mis ojos se humedecieron.

 

Aquella rosa muerta en la calles espera
Mensaje tras mensaje, preparándose a volar
Porque habías sido tú mi compañera
Porque ya no eres nada, y ahora todo esta de mas

Todo momento en la vida tiene su banda sonora, y aquel momento tenia esta música que ya nos había hecho vibrar en alguna ocasión.

Si no te supe amar, no fue por ti
No creo en el amor y no es por mí
Si no te supe ver y te perdí
Si cada día que me das te hace sufrir
No, no

Volver a verte otra vez,
Con los ojitos empapados en ayer
Con la dulzura de un amor que nadie ve
Con la promesa de aquel ultimo café
Con un montón de sueños rotos

Su calida voz perdía su aplomo en alguna ocasión, cuando se entrecortaba de la emoción. Yo miraba ensimismado, pegado a la butaca sin saber que hacer.


Volver a verte otra vez
Volver a verte otra vez
Con un montón de sueños rotos

Deje el orgullo atrás por un instante
Me prepare a estar sola una vez mas

Su pelo se balanceaba sobre sus hombros al compás que sus manos conformaban los acordes de la canción

Si no te supe amar, no fue por ti
No creo en el amor y no es por mí
Si no te supe ver y te perdí
Si cada día que me das te hace sufrir
No, no

¡Sin saber que decir, sin saber si acudir!. En pocas palabras, estaba petrificado y sin capacidad de reacción.


Volver a verte otra vez,
Con los ojitos empapados en ayer
Con la dulzura de un amor que nadie ve
Con la promesa de aquel último café
Con un montón de sueños rotos

Volver a verte otra vez
Volver a verte otra vez
Con un montón de sueños rotos

Estaba seguro que sus ojos estaban desprendiendo unas lagrimas que a mi me gustaría recoger con los labios.

Volver a verte otra vez,
Con los ojitos empapados en ayer
Con la dulzura de un amor que nadie ve
Con la promesa de aquel último café
Con un montón de sueños rotos

Volver a verte otra vez
Volver a verte otra vez
Con un montón de sueños rotos

Tras terminar la canción, quedó parada con el mentón en su pecho, y sus brazos estirados sobre sus piernas. Unos leves gestos de sus hombros me confirmaron que estaba llorando. Permaneció así unos instantes, y tras sacudir ligeramente la cabeza, tomo posición para comenzar a tocar una segunda canción.

Dime que fui para ti, esa noche llorando
Si fue el final feliz que estabas esperando
Dime que fui para ti, semanas de espanto
Ese juego de mesa, para de vez en cuando

No tuve más alma para darte
No tuve más calor que darte
No me dolerá esta caída
Mi casa esta vacía

No pude aguantar más, y me levante de mi asiento, cuando su voz desgarrada rompía la oscuridad. Me acerqué por detrás, y no me oyó. Solo cuando estaba a dos metros de ella, giró levemente la cabeza. Me miró fijamente, e incomprensiblemente no dejó de tocar la melodía mientras en su cara se reflejaba la alegría, la sorpresa y la emoción a partes iguales. Solo cuando puse mis manos en sus hombros apoyó su cara en mi mano, y tras frotar su mejilla en ella, se levantó lentamente. Estábamos a pocos centímetros el uno del otro, y nuestros sentidos se centraron en determinar los olores, las formas, en fin, todas aquellas cosas que la tecnología no nos había dado.

Aparté su pelo de su cara, y tras secar las lagrimas de las mejillas, acerqué mis labios a los suyos, fundiéndonos en un beso, largo, húmedo. Nos devoramos, nos estrujamos el uno al otro, queriéndonos fundir en un solo ente. El mundo desapareció a nuestro alrededor y por arte de magia, incluso la luz pareció descender su luminosidad. Reímos y lloramos, y cuando la dije de marchar, me retuvo colocándome mi mano en su pecho. La miré a los ojos, mientras una corriente pasaba por mi brazo y se distribuía por todo mi cuerpo, en especial por mi vientre, que después de la tensión de los últimos días, estaba cobrando vida.

Con el relato de este piano nos conocimos, y es justo que le hagamos los honores.

En pocos segundos había recobrado la fuerza que me había demostrado a través de la pantalla. Volvía a ser la fiera que me devoraba, y ahora me tenía junto a ella.

Me siguió pareciendo que la luz languidecía a cada momento hasta casi hacerse un ambiente sutil. Después se oyó el cerrar de una puerta. Alín se giró y sonrió.

Ahora estaremos tranquilos

No entendí nada, y hasta minutos después no me lo explicó. ¡Gracias Diana! por tu comprensión. Alín cerró la tapa del piano de cola, se quitó los zapatos y subió en él, apoyando los pies en la tapa.

Siéntate.

Después abrió las piernas enseñándome un tanga violeta, que apenas tapaba un sexo que yo adivinaba palpitante.

Ahora tienes la oportunidad de hacerme lo que tantas veces me decías, si es que no eres demasiado mayor claro.

Alín rió. Definitivamente volvía a ser la chica retadora y dominante que había conocido.

Separó aún más las piernas en clara invitación a mis labios. Subí mis manos por sus piernas mientras su falda ascendía al mismo ritmo. Cuando su viaje concluyó, quedó doblada sobre su vientre. Miré la cara de Alín y pude ver sus ojos brillantes y los labios que se mordía. Pasé mis manos por detrás de sus caderas enrollando los dedos pulgares en las tiras del tanga, Tire a los lados y este cedió a los pocos envites. Retiré la prenda con la delicadeza del que abre un regalo esperado. Ante mí aprecio una preciosa vagina, con el pelo totalmente arreglado. Miré de nuevo a su cara antes de sumergirme en ese dulce mar de su sexo. Cuando mi lengua comenzó a acariciar sus muslos, Alín lanzó un pequeño suspiro, y acomodó mejor sus glúteos para estar más cómoda. Seguí mi camino que conducía a su gruta de placer, a sus labios sonrosados y frescos. Pasé lentamente la lengua por su coño, recorriéndolo longitudinalmente. Tenía un sabor limpio y un delicioso aroma. Hacía muchos años que no había tenido uno tan joven cerca.

Se echó ligeramente hacia atrás apoyándose con una mano, mientras con la otra acariciaba mi pelo y me guiaba sutilmente. Mis dedos jugueteaban con los pliegues de sus labios vaginales, y de su boca comenzaron a salir pequeños suspiros, a la vez que su respiración se agitaba. Movía sus caderas rítmicamente, quizás con el ritmo de alguna melodía acomodada en su cabeza. Poco a poco, a la vez que el ritmo de mi lengua, y mis dedos se aceleraban, Alín se tumbó totalmente sobre el piano. Se subió la falda del uniforme hasta la cintura, y apoyó los pies para que su sexo quedase más expuesto a mis caricias.

Yo estaba totalmente excitado. Mi pene pugnaba para salir de su encierro, y en alguna ocasión tuve que recolocármelo dentro del pantalón, para evitar el dolor que sentía. Levantaba de vez en cuando mi cabeza, para deleitarme con la expresión de su cara. En una de estas ocasiones nuestras miradas se cruzaron.

Cuanto te deseaba mi amor,

Sonreí mientras ella se incorporaba. Fue desabrochando lentamente su camisa y ante mi apreció un precioso sostén del mismo color que el tanga. Casi transparente dejaba entrever sus pezones duros y las aureolas pequeñas, como a mi me gustaban. Sonrió pícaramente mientras se lo desabrochaba, y pude ver así aquellos magníficos pechos que tantas veces había deseado ante la pantalla del ordenador.

Se acarició levemente por todo su cuerpo. Sus pechos, su vientre, su sexo. Todo era movimientos sublimes, suaves. Su pelo se acomodaba en sus hombros, cada vez que su cabeza se inclinaba a uno u otro lugar.

Sentado como estaba en el taburete, me limité a observar el concierto privado que aquella diva estaba interpretando para mí. Acariciaba sus muslos, más para cerciorarme que todo aquello no era uno de los muchos sueños eróticos que había tenido con ella, que para producirla ningún placer.

Lentamente cesaron sus movimientos, y se fue tumbando de nuevo haciéndome gestos para que subiese con ella. Me incorporé, y reptando por su cuerpo fui a encumbrar en sus acogedores pechos, no sin antes pasar por el valle de su vientre, su ombligo, su pecho…

Mientras mis labios se aferraban a sus pezones, mi mano recorría su cuerpo, sin dejar ni un centímetro de piel. Finalmente mi mano recaló en su sexo, donde antes de entrar la miré de nuevo, como queriendo pedir permiso. Sus rasgados ojos me miraron por unos instantes. Después me tomo de la cabeza para acercarme a sus labios.

Mis dedos se adentraron en el húmedo sexo, y buscaron sus puntos más calientes. Comenzaron un vaivén armonioso, animándola a mover sus caderas. Los movimientos de Alín se hicieron más fuertes, síntoma de que su orgasmo se acercaba.

Puse mi meñique en la entrada de su ano, y los líquidos que manaban de su vagina, facilitaron la entrada hasta la primera falange, donde encontró mayor resistencia. Los gemidos de Alín se tornaron gritos a duras penas ahogados, y multiplicados por la sonoridad del escenario. Tomó mi Cabeza entre sus manos mirándome fijamente con los ojos muy abiertos, mientras el orgasmo la hacía levitar sobre el piano. Fueron tan grandes los espasmos, que miedo me dio de caer los dos al suelo.

Su cuerpo se fue relajando al igual que su respiración, hasta quedar casi inmóvil sobre el negro lacado. Si no hubiese sido por el ligero movimiento de su pecho al respirar, hubiese parecido que carecía de vida. Saqué mis dedos de su interior, pero no pude retirarlos demasiado, ya que me tomó de la mano y se la llevó primero a su nariz, y posteriormente a su boca, donde fue chupando los dedos uno a uno.

Acercó la mano a su cara, y un hilo de voz salió de sus labios.

- Amor mío, te quiero. Creí que te había perdido. No me sentía con fuerzas para el concierto de esta tarde. Que locura más hermosa has hecho.

- No podía soportar la idea de no verte por lo menos una sola vez. Aunque solo fuera una sola…

- Ssshhh

Se incorporó y tomándome de la mano, bajamos del piano. Me hizo gracia el estado de su uniforme. Esperaba que tuviese otro para la tarde.

Me sentó en el taburete, y arrodillada delante de mí, acarició mi pene por encima del pantalón. Se apoyó cariñosa en mi pierna, tratando aún de creerse que estuviese allí. Puse mis manos en su cabeza y enredé mis dedos en su cabello. Me gustaba su tacto suave. Fue bajando la cremallera del pantalón, y con dificultad sacó mi pene de su encierro. Cuando acercó sus labios, la cremallera me hizo daño en mi miembro.

Alín rió, y procedió a desabrocharme el cinto para bajarme el pantalón y el slip. En cuanto quedo libre mi pene, lo tomo y comenzó a dar pequeños toques con su lengua. Al recibir tales caricias a punto estuve de correrme, tal era la calentura que tenia. Aguanté como pude, mientras ella se deleitaba chupando, sorbiendo, cogiendo mis testículos completamente cargados y metiéndoselos en la boca.

Me quité los zapatos y calcetines, así como el pantalón. El bóxer también siguió el mismo camino, y ya libre de toda prenda me dispuse a disfrutar. Era gratificante ver mi pene desaparecer en su totalidad dentro de su boca. Aguantaba con el pene dentro, para después devolverlo a la libertad cubierto de una espesa saliva. Tuve que avisarla cuando un primer espasmo daba comienzo a un esperado orgasmo.

Alín entonces se la sacó de la boca, y poniendo sus dedos índice y pulgar bajo el anillo del pene, presionó para detener la eyaculación, y bajar la erección. Me quedé con la miel en los labios, pero contento por poder seguir disfrutando de ella.

Quedé apoyado de espaldas en el piano mientras la erección bajaba. Alín seguía mirando mi pene, y cuando consideró controlada la situación me tomo de la mano y tirando de mi me llevó a un lado del piano, entre el fondo del escenario y este. En el suelo sobraba un trozo de moqueta. Me quito el resto de la ropa que me quedaba, por no decir que casi me la arranca, y me indicó que me echase en el suelo.

Se puso de rodillas junto a mí, y la fui quitando la ropa que tenía, hasta dejarla totalmente desnuda. ¡Que hermosa era! Se recostó junto a mí, y comenzó a masturbarme con su mano izquierda mientras nos besábamos, mientras nos mordíamos los labios o los succionábamos.

Dejó de besarme y procedió a meterse el pene en la boca, mientras con la mano lo frotaba rítmicamente, llevando la tensión del frenillo al límite. Mientras yo, con una mano acariciaba sus nalgas, o pasaba la mano por su espalda.

Alín me estaba haciendo un traje de saliva a mi pene, y ella misma recogía con la lengua los fluidos, y los devolvía a su boca.

Quería besarla, tocarla, pero ella no dejaba de trabajarme el pene.

Cuando decidió que era suficiente, se puso sobre mí y dirigió mi pene a su coño. No hizo falta mucho, ya que estaba totalmente lubricada de su anterior orgasmo. Pronto comenzó a jadear más. Yo sujetándola de la cintura me limitaba a bombear dentro de ella. Nos besábamos con las lenguas fuera de nuestras bocas. Yo bombeaba cada vez más rápido hasta que sin avisarme se sacó el pene de su vagina. Se colocó de lado y yo pude penetrarla por detrás, mientras hacía míos sus pechos.

Alín mantenía una pierna elevada para que mi pene entrase lo más posible y por qué no decirlo, para evitar que se saliese. Sus pezones se perdían entre mis dedos, que humedecía metiéndoselos en la boca. No parábamos de jadear, y de vez en cuando miraba hacia la oscuridad temiendo que alguien pudiese vernos.

Tranquilo, nadie vendrá.

Me giró de costado, quedando ahora ella encima dándome la espalda. Era tanta la fuerza que en ocasiones mi pene se salía de su interior.

Levanté sus piernas, quedando mi pene más hundido en su sexo, y pudiendo así ella liberar sus manos para poder tocarse el clítoris y sus pechos. Los gemidos de Alín crecieron hasta parecer que se había quedado atascada en mi pene. Seguí moviéndome mientras le duraba el orgasmo. Haber estado a punto de correrme, hacía que ahora aguantase más.

Cuando terminó su orgasmo, la descabalgué poniéndola a cuatro patas. La introduje de un solo movimiento. La noté totalmente encharcada, y apenas a lo cuatro vaivenes comenzó a gemir de nuevo. Yo estaba como loco, la acariciaba la espada mientras me movía, o la agarraba fuerte las caderas para hacer mejor presión. Fue entonces cuando me dijo que no tomaba nada y que no tenía preservativos. Yo tampoco tenia, no había pensado en que pudiésemos hacer el amor ahí.

No te preocupes. La dije.

Seguí bombeando en su interior, hasta que noté que mi orgasmo estaba cerca. Fue entonces cuando me deje caer de espaldas, y ella comenzó a menear mi pene mientras con otra mano acariciaba mis testículos. No aguanté mucho, y las primeras gotas de semen fueron a caer en su cara. Cuando fue a poner la boca para recoger el resto del semen, la que dije que no en nuestra primera cita. Quedó sorprendida mientras las gotas de semen se repartían entre mi pecho su cuerpo y mi mano. Una gota cayó a la moqueta, quedando allí marcada.

Cuando todo terminó, quedamos los dos abrazados, sintiendo el calor de nuestros cuerpos.

¿Sorprendida?

Atiné a decir.

Que locura más hermosa, creí que nunca más te vería. Siento lo que te dije.

Si yo también lo siento, así como lo de la moqueta. Dije mientras me volvía hacia la pequeña mancha.

No te preocupes, esta tarde cuando toque la pieza, miraré hacia ella y me acordaré de lo bien que "tocas el piano".

Reímos mientras nos levantamos del suelo. Nos vestimos y arreglamos lo mejor que pudimos, y después bajamos de nuevo a recepción, donde nos encontramos con Diana, su amiga.

¿Que tal todo Alín?

Bien Diana y gracias por todo. Este es Chema del que ya te he hablado.

Encantado señor, me alegro de conocerle. Y de nada, me alegro de que todo vaya bien.

Marchó hacia una de las clases, quedándome perplejo sin entender nada. Alín me explicó entonces que Diana estaba al corriente de todo, ya que además de su amiga y compañera, era su confidente.

Ella es la que ha apagado las luces del escenario.

Me volví hacia la amiga, observé que era un poco más alta que Alín, y también muy guapa. Cuando se volvió a mirar, nuestras miradas se cruzaron. Con una leve inclinación de cabeza la di las gracias. Ella correspondió con un gesto similar, dibujando una sonrisa en sus labios.

Nos fuimos a comer después de que Alín llamase a sus compañeras de piso para decirlas que yo había ido a verla, y que nos íbamos a comer fuera. A través del teléfono pude escuchar la algarabía de las compañeras, animándola y dándola la enhorabuena. Alín sonrió al guardar e teléfono en su bolsillo, y se agarró fuerte a mi brazo.

Por la tarde, asistí al concierto, y cuando alín acabó su pieza, hubo un gran aplauso. Pude ver como miraba en la dirección donde se suponía estaba la mancha de mi semen. Estaba ensimismado aplaudiendo, cuando Diana se acercó a mí, y me susurró al oído.

Señor, cuídela bien, es una joya.

Asentí, y me volví a mirar al escenario. Hasta entonces todo había pasado tan deprisa que no me había parado a pensar en el futuro inmediato. Sacudí la cabeza y pensé que ya vendría mañana para pensar en ello. Seguí aplaudiendo, mientras mi amor bajaba del escenario en dirección a mí. La vi caminar con seguridad, como si sus pies fuesen diez centímetros sobre el suelo. Y cuando estuvo a mi lado, tras un suave beso en los labios, la entregué una rosa diciéndola al oído

Has estado fabulosa

No es mérito mío, hoy el piano estaba exquisitamente afinado.

Y se sentó junto a mí, poniendo la rosa en su regazo, en el que horas antes había estado mi cabeza. Mirando el piano, pensé que le debía de estar eternamente agradecido por darme una de sus piezas más valiosas, y pensé que las palabras de la música, van directas al corazón, sin pasar por los labios.

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