"Sofía, mi amante vampira"
La música estaba muy alta. El bar, lleno de gente. Las mismas
caras, siempre; fin de semana sí, fin de semana también. El ruido enturbiaba mis
sentidos. Miré a un lado y a otro. No había nada que llamase mi atención. A mi
lado, había un tío que intentaba tirarme los tejos de manera descarada. Pasé de
él, pero él seguía y seguía .¡Qué pesado era! ¿Por qué no se iba y me dejaba
tranquila? Decía algo así como que me invitaba a una copa. De repente, vi a un
viejo amigo. ¡Qué alivio sentí! Por fin un poco de normalidad ... Me tomé un par
de chupitos con él y me presentó a su novia. Era majilla, por así decirlo. A su
vez, ella me presentó a una amiga suya ... ¡y vaya amiga!
Tenía unos ojos de color azul eléctrico que podían helar la
sangre de cualquiera. El volumen brutal hizo que comenzase a dolerme la cabeza y
salí del bar. Previamente, busqué con la mirada aquellos ojos que me habían
fascinado por completo, pero no la encontré. Algo desanimada, me senté en un
portal que había enfrente del bar. Pensé que nadie se percataría de mi ausencia
... pero estaba equivocada. Me encontraba sentada en los escalones cuando oí
unos pasos que iban hacia mí. Levanté la cabeza y la vi.
Allí estaba ella, esa diosa de ojos azules eléctricos que me
habían hechizado. Una larga melena de bucles negrzucos y mechones rojizos
completaba ese rostro angelical. Su piel era sumamente blanca y llevaba un corsé
negro, una corbata y unos pantalones del mismo color que el resto de la ropa. Se
llamaba Sofía y tenía unos espléndidos 26 años. Me sonrío y me propuso ir a su
casa, a conversar y tomar una copa. Acepté, guiada por una especie de voz
interior.
Una cosa llevó a la otra. Comenzamos a beber. Una copa por
aquí, una copa por allá. Se quitó sus botas y dejó al descubierto una maravilla
de pies de la talla 37 que estaban cuidados a la perfección, y llevaba las uñas
pintadas del mismo rojo intenso con el que pintaba sus labios. Se acomodó en el
sofá junto a mí. No sé cómo fue, pero comencé a acariciar sus cabellos, y una
risa nerviosa brotó de mi boca, pero ella me acalló con un beso corto. Después,
se separó de mí:
-¿Te ha molestado? -preguntó.
-Para nada, ¿y a ti?
- A mí tampoco.
Nuestras lenguas comenzaron a explorarse nuevamente, esta vez
con más avidez y deseo. Ella desató mi top anudado al cuello con una gran
habilidad y clavó sus largas uñas en las palmas de mis manos. Es curioso: al
mismo tiempo que sentí algo de placer, ... me gustó. Comenzó a mordisquear mi
labio inferior y yo me dejé llevar, colocándome encima de ella, con mis senos al
descubierto. Ella me retorció los pezones. Me dolió, pero volvió a gustarme.
Jadeé su nombre. Me dejé llevar por el deseo ... Y de repente me mandó callar.
Puso su dedo índice en mis labios y me condujo a su habitación.
Allí, extasiada de tener para mí a una diosa del sexo, y algo
ebria por el alcohol, me dejé llevar, presa del deseo y la pasión locos que
estaban naciendo en mi interior. Ella ató mis manos al cabecero de su cama de
matrimonio y comenzó a devorar mi cuerpo, por encima de la ropa, y después me la
quitó, dejando al descubierto mis pechos, de tamaño mediano, mis muslos y mi
monte de Venus, ligeramente poblado por una pequeña capa de pelitos. Parecía que
Sofía quería llevar la iniciativa; y no sería yo quien la contriase.
En un rápido movimiento, ella se colocó sobre mí,
abalanzándose sobre mi cuello y comenzó a mordisquearlo, hasta que sentí un
agudo dolor, que, en contra de lo que imaginé, me arrancó un fuerte orgasmo, ya
que de mi entrepierna empezaron a brotar un sinfín de jugos. Ella parecía
deleitarse en morder mi cuello y succionar mi herida, de la cual pareciese que
fuese a brotar sangre, pero poco o nada parecía importar ésto a Sofía, mi
querida vampiresa. Me dejé hacer por ella, mi ama y señora por esa noche loca.
Acto seguido, descendió a mis pechos desnudos y los acarició, mordió y arañó; y
cuando creí que iba a morir de placer me besó nuevamente en los labios. ¡Qué
delicia! ¡Qué gusto! ¡Creí morirme de placer!
Aquella noche descubrí no sólo mi lado lésbico, sino también
mi lado más salvaje ... y sumiso. Al amanecer, estaba de nuevo en mi cama, en mi
casa, con las ventanas semiabiertas y cubierta de arañazos, mordiscos y marcas
... y con una duda: ¿fue todo un sueño? ... ¿O había sido real?