Mi suegro: un macho irresistible
"¡Llego tarde, llego tarde, llego tarde...!" me repetía a mí
mismo una y otra vez, mientras mi auto apenas podía marchar entrecortadamente
entre el endemoniado tránsito matutino de Buenos Aires. ¡Carajo!, ya imaginaba
la agria cara de mi jefe, esperándome con su habano eterno entre los labios.
Tenía una cita a primera hora, seguramente para hablar de mi nueva nota. Ese
cabrón siempre tomaba decisiones de último momento y nadie podía saber qué
mierda había que hacer para satisfacer sus órdenes, o mejor dicho sus caprichos.
No sé como hice para llegar, estacioné el auto en el subsuelo
del edificio y como torbellino, en minutos que me parecieron años, alcancé el
ascensor que me conducía al piso de la redacción del diario, donde tenía su
oficina mi jefe: el Sr. Bataglia, siempre nervioso y exasperado. Al cruzarme con
su secretario, alcancé a escuchar que me decía sobresaltado: "¡Preparate, hoy no
está en un buen día!". Me serené por un momento, me pasé la mando por la cabeza,
respiré hondo y golpeé la puerta sin dejar de refrendarme: "llego tarde, llego
tarde...".
-¡Llegás tarde! – me golpeó la voz de Bataglia cuando abrí la
puerta.
-Lo siento, Enrique, disculpame, pero...
-Sí, sí, te topaste con una manifestación, ¿no?
-Y... sí....
-No cambiás más, querido – me dijo sin mirarme, atento a una
crónica de varias páginas – Esta ciudad ya no es la "Reina del Plata", m’hijito,
sino de las manifestaciones. Hay una cada media hora y para todos los gustos...
-Sí, la calle es un desastre – susurré entre nerviosas risas.
-Exactamente por eso, Darío, lo que tendrías que hacer es
salir con más tiempo de tu casa ¿no te parece?
Mi jefe pitó su habano y se sentó tras el escritorio lleno de
papeles. Mientras ordenaba y revisaba varias cosas a la vez, me habló en tono
monocorde:
-Vayamos al punto, Darío. ¡Te mando para la Patagonia!.
-¿Qué? ¿A la Patagonia? ¿Pero... entonces...? ¿Qué pasa con
mi nota?
-Precisamente, vas a "ir a buscar" la nota. Vos sos bueno en
eso, en buscar notas de color, insólitas, raras... ¿O no te acordás la última
que te publicamos en la revista?.
-Sí, claro, sobre los indígenas del noroeste. Pero... ¿me
mandás sin más, a la deriva?
-¿Y qué querés, una invitación impresa en letras doradas?.
Dejate de joder. Podés ir con un auto del diario. Los gastos los cargás a la
empresa. Te vas solo y te llevás todo lo que necesitás... cámara, lap top,
celular...
-Pero Enrique, vos sabés que habíamos hablado de otra cosa...
-¿Te referís a la cobertura a la Cumbre Latinoamericana?, no,
querido, estás en pedo, olvidalo... para eso está Domínguez. Vos sos mejor en
otro tipo de notas.
-Pero es que le prometí a Sonia que en estos días...
-Mirá, Darío, más vale que le pongas garra a tu trabajo, y si
me permitís: ¡justamente!, esa sería una manera ideal de arreglar tus líos
matrimoniales.
¡Bien sabía yo que tenía que ser el número uno en mi
trabajo!. Y no precisamente para salvar mi matrimonio en crisis, sino porque yo
había ingresado al diario gracias a mi jefe. Por recomendación suya, del gerente
de redacción del diario y de la revista "Mundos", él, el Sr. Enrique Bataglia,
nada menos que... ¡mi suegro!. Y yo hacía malabares para sobresalir como
periodista ante los ojos de todo el personal, para que nadie dijera "Darío está
aquí porque es el yerno de Bataglia". No solo debía soportar eso, sino también
que el muy hijo de puta se metiera ahora con mi matrimonio a punto de fracasar.
Lo peor era que el cabrón me tenía a su merced. No solo con
sus antojos dentro del diario. Con Enrique Bataglia me pasaba algo especial.
Cada vez que lo veía, mi identidad sexual entraba en zonas cada vez más
inciertas. ¡El muy cerdo me atraía terriblemente!.
-La idea vendría a ser igual que cuando viajaste al norte ¿me
entendés, querido?. Te dejo libertad de acción y no dejes de enviarme noticias
tuyas. ¿Alguna pregunta?
Me dio un papel con un memorando, indicaciones, mapas y el
perfil que debía tener la nota. Lo miré mientras él seguía con su habano,
inmiscuido en sus otros asuntos. Su actitud hacía sentir perpetuamente que
cualquier otro asunto era más importante que uno.
Sin embargo: ¡Qué macho irresistible!. Llevaba una camisa
blanca arremangada hasta antes del codo. Sus brazos anchos y llenos de pelos
negros se movían en todas direcciones. Su corbata gris colgaba poco elegante y
con el nudo flojo, por lo que los dos primeros botones desabrochados dejaban
asomar algunos vellos rebeldes. La tela de la camisa era muy fina y traslucía la
sombra de un torso cubierto de oscuro vello. Estaba sudada y bajo los sobacos
podía ver la aureola húmeda de su transpiración.
No dejaba de mirarlo. ¡Qué atrapantes me parecían esas puntas
rematando los prominentes pectorales! Ahí también la tela se oscurecía, dejando
poco trabajo a mi imaginación y mostrándome el círculo perfecto de sus fabulosos
pezones. Aprovechando que su vista estaba atenta a sus anotaciones ocasionales,
miré su rostro viril y anguloso. No era una beldad, pero nada en ese hombre
maduro podía pasar desapercibido. ¿Serían sus ojos marrones y pequeños? ¿Las
hendiduras verticales a cada lado de su perfecta boca? ¿Su bigote ancho y
generoso? ¿Serían esos labios pulposos? ¿O la continuación de su perfecta cabeza
calva hacia el cuello firme y grueso?. De todos modos, ese tipo me producía una
cosa extraña y excitante a la vez.
-Señor Bataglia, tiene su reunión de las 9 con los directivos
de la Agencia Telam – sonó una voz desde el conmutador.
-¡Mierda! – murmuró mi suegro entre dientes, y presionando un
botoncito habló sin quitarse el habano y acercando su boca al aparato, mientras
se quitaba la corbata - ¡Tráigame una camisa limpia, Iriarte!
Tan rápido como le daban las piernas, Iriarte, el secretario,
entró sin llamar con una nueva camisa blanca en la mano. Mi jefe, que ahora
atendía una llamada de larga distancia, se puso de pié y empezó a desabrocharse
la camisa. Quedé inmóvil en mi asiento y sin perder detalle de los movimientos
del hombre que alimentaba todas mis fantasías. Su torso era corpulento y algo
rollizo, muy peludo y anchísimo. Sus pezones marrones eran como mamas que me
miraban indiscretamente. Sonia los tenía del mismo color, pensé. Me puse el
memorando en el regazo, porque quería ocultar la erección que estaba teniendo.
Iriarte le tenía la camisa preparada y extendida, y seguía cada movimiento de su
superior a sus espaldas, servicial y reverencial como si Bataglia fuera de la
realeza.
Pero mi suegro discutía cada vez más acaloradamente con su
interlocutor, olvidándose de que estaba semidesnudo. Con el habano en la mano,
discutía a los gritos un asunto imposible de descifrar para mí, y más aún
prestando toda la atención a ese pecho que desbordaba testosterona. Por un
momento tomó conciencia de que debía cambiarse de camisa, entonces desabrochó su
pantalón. ¡Maravilla!, al abrirlo asomó su calzoncillo celeste, y la hilera de
pelos que descendía desde su abdomen se contorneaba en dibujos fantásticos hasta
desaparecer debajo del elástico.
Por fin, Iriarte pudo embocar los agujeros de las mangas en
los brazos inquietísimos, y el jefe terminó por calzárselas. Quedó un rato de
aquí para allá con la camisa abierta. Yo estaba en la gloria ¡Qué hermoso varón!
Con alguien así, no dudaría en hacerme gay – elucubraba en mi más profundo
interior – sí, de eso estaba completamente seguro. Él se abotonó lentamente la
camisa y su descarada semidesnudez quedó enfundada otra vez. Metió los faldones
de su camisa entre el pantalón semiabierto y se acomodó nuevamente haciendo
calzar su bulto en el paquete de su bragueta. Iriarte le alcanzó la corbata que
conservaba aún el nudo, se la puso por sobre la cabeza y la ajustó un poco al
cuello. Le hizo una seña a su secretario que fue a buscarle el saco. Cuando
colgó el teléfono, me miró indiferentemente, terminándose de vestir:
-¿Alguna pregunta entonces, Darío?
Sí,... ¿porqué no vamos a la cama?, pensé para mis adentros.
Pero, lógicamente, no se lo dije.
-Ninguna, Enrique... solo quería decirte que...
-¿Qué? ¡Hablá, que no tengo todo el día!
-Me parece que tenés la bragueta abierta – dije metiendo mi
cabeza levemente entre los hombros.
-¡Mierda! – vociferó poniendo su pantalón en orden. Miré con
indecible interés todo el espectáculo de sus manos maniobrando por sobre el
bulto.
-¿Algo más? – preguntó
-No.
-Entonces nos vemos a la noche.
-¿A la noche?
-Sí, en tu casa. ¿No te acordás que Sonia nos invitó a cenar?
¡Joder! ¡me había olvidado! No podía irme peor ese día...
-Ah, cierto – balbuceé de mala gana – sí, nos vemos a la
noche.
-Y ahora, por favor, te ruego que te vayas, tengo una reunión
importante.
Claro, lo mismo de siempre, esos comentarios de mierda.
Quedaba bien en claro que uno no era más que un cero a la izquierda para él.
Todo lo demás era lo importante. Lo saludé pero él ya estaba con la atención en
unos papeles que le daba su solícito secretario. Iriarte, levantando las cejas,
me saludó escuetamente y yo desaparecí del despacho.
Pasé ese día en la redacción, entre el trabajo atrasado y
ocupándome de la organización de mi nueva nota. Si iba a viajar, tenía que
resolver varias cosas. Cuando llegué a casa, ya entrada la tarde, estaba
agotado. Y para peor, aún quedaba la cena con mis suegros. ¡Lindo ambiente
familiar! Mi matrimonio en el peor de sus momentos, Sonia con un humor de perros
y sus eternos reproches, después tendría que soportar la histeria eterna de mi
suegra y la presencia (como si no fuera suficiente sufrirla en mi trabajo) de mi
descalificante suegro. Cartón lleno, pensé, mientras entraba a mi dormitorio y
me quitaba la ropa para meterme debajo de la ducha. Me sumergí bajo el chorro de
agua casi fría, quedándome ahí con las manos apoyadas en la pared. No habían
pasado cinco minutos cuando detrás de la cortina, escuché:
-¿Darío, vos te fijaste a qué hora llegaste? ¿Hoy no podías
llegar más temprano?
-¡Pero, carajo! ¿Ni cuando me doy una ducha puedo estar dos
minutos tranquilo?
-¿Trajiste el vino, por lo menos?
-No
-Claro, yo sabía, debí adivinarlo, ¿Y ahora? ¿Con qué sirvo
el pescado?
-Sonia, tu padre siempre trae el vino, y como siempre trae
del malo, por lo menos ya debemos tener media docena de botellas sin abrir de
esa mierda que trae tu papá... ¡Poné en la mesa una de esas y listo!
-Claro, total la vergüenza la paso yo.
-Sonia, tuve un día terrible...
-Ya veo... parecería que sos el único que tiene días
terribles... si al menos te hubiera importado llegar un poco más temprano...
-Preguntale a tu padre porqué no llegué temprano, después de
todo, por culpa de él llegué a esta hora...
-Sí, claro... ahora la culpa la tiene papá...
-¡Sonia! ¡Dejame en paz! ¿Querés? – grité, y de una manera
tal que ella quedó sin palabras y se retiró del baño mascullando maldiciones.
Sí, ya era bastante tarde. Enseguida escuché el timbre de la
puerta y a mis suegros que ya estaban entrando a la sala. Los gritos de mi mujer
corroboraron el hecho: "Querido, ya están aquí...!". Ya están aquí, ya están
aquí, repetí con voz chillona, cerrando la ducha y envolviéndome en una
toalla. Coraje, me dije, hay que salir al ruedo. Me eché un poco de colonia y
salí del baño. Me estaba poniendo mi calzoncillo cuando de pronto se abrió la
puerta de mi dormitorio.
-¿Se puede? – gritó mi suegro con su habano en la boca y sin
llamar a la puerta –... Pero mi querido yerno ¿todavía estás en bolas?
-Acababa de ducharme, es que llegué tan tarde que...
-Sí, sí, vos siempre llegando tarde. Ya lo sé. ¿Pero... estás
bien?
Bataglia se había acercado y apoyado en el respaldo de la
silla en la que estaba sentado poniéndome las medias, me hablaba con un tono de
voz suspicaz. Me extrañaba mucho que él, justamente, se preocupara de cómo
estaba yo.
-¿Porqué? – le pregunté.
-Bueno, Sonia tenía una cara cuando entramos...
-¿Ah, sí? – contesté indiferente.
-Decime, Darío ¿Qué es lo que pasa con ustedes dos?
-¿Qué querés decir, Enrique?
-¡Quiero decir que... los problemas de los matrimonios,
generalmente empiezan aquí! – dijo, apoyando la palma de su mano en la cama.
Yo lo miraba, indagando sus maquinales expresiones, mientras
me ponía una camisa limpia y buscaba mis pantalones. Mi suegro me miraba también
esperando una respuesta, que yo no quería, (aunque hubiera sabido) responder.
-¡A la mesa! – gritó Sonia desde el comedor.
-¿Dónde están? ¡Enrique, Darío, que se enfría la comida! –
recalcó la voz de guacamayo de mi suegra.
-Después hablamos, ¿de acuerdo? – me dijo Enrique, mirándome
seriamente a los ojos y haciéndome un gesto con sus cejas levantadas.
-Vayamos a la mesa – dije turbado, terminando de acomodar mi
ropa. Enrique se quedó observándome, quitó su habano de la boca, y empezó a
asentir con la cabeza:
-¡Qué rico perfume que tenés hoy! – me susurró, dejándome
asombrado por semejante observación. ¿Qué se traía entre manos ese hombre tan
irónico? Quedé perplejo mientras me sonreía detrás del humo de su cigarro y nos
encaminábamos hacia el comedor.
La cena estuvo insufrible, como siempre. Mi mujer, que no se
caracterizó nunca por ser siquiera una modesta cocinera, se lamentaba por lo
horrible (en eso no podía estar más de acuerdo con ella) que le había salido el
pescado. Mi suegra, por otra parte, no encontraba ningún defecto en las
habilidades gastronómicas de su hija por cierto, y no paraba de querer
convencernos – inútilmente – de que la cena estaba exquisita. Enrique sonreía,
como persona que sabe con qué bueyes está arando, dejaba pasar la situación, y
me miraba de vez en cuando. Yo me había quedado confuso con esa irrupción suya
en mi cuarto, esas preguntas, su tono de voz... me sentía examinado por él más
que nunca.
Comimos el postre, que no estuvo tan mal, y mi mujer propuso
tomar el café en la sala. Mientras las dos mujeres habían llevado las cosas a la
cocina, mi suegro aprovechó para sentarse conmigo en el sofá. Encendió un nuevo
habano y respiró profundamente, como quien es dueño de la situación. Se abrió
dos botones de su camisa azul, y me miró con una leve sonrisa.
¡Ahí lo tenía de nuevo ante mí...! Me sentí terriblemente
incómodo y hasta estúpido por desearlo tanto. Bajé la mirada y me encerré en mí
mismo, sin saber qué decir. Era claro que él esperaba la continuación de nuestra
charla. Levantó una pierna a horcajadas y la apoyó sobre la otra, abriendo sus
muslos de tal manera que mi vista hizo un gran esfuerzo para no escaparse hacia
su suculenta entrepierna.
-¿Entonces? ¿Listo para irte de viaje?
-Aún no se lo dije a Sonia.
-No te preocupes, yo se lo digo si querés...
-No hace falta – dije, tajante.
-Está bien, está bien – respondió mi suegro levantando las
manos y subiendo los hombros – como ustedes no están teniendo buena
comunicación... sólo quería ser útil...
-Enrique, por favor – empecé a decir exasperado, poniéndome
de pié – las cosas entre Sonia y yo...
-¡Van como la mierda! – interrumpió Enrique - ¿o te creés que
ella no me cuenta?
-¿Qué? – pregunté azorado
Enrique me miró torciendo y meneando la cabeza con total
naturalidad, en señal de omnipotente comprensión.
-¿Pero qué cosas te cuenta Sonia? – insistí viendo que él se
cruzaba de brazos y me echaba el humo casi en la cara.
-Darío, ¿vos tomabas el café con azúcar, no? – preguntó mi
suegra que volvía de la cocina con una cafetera enorme.
-Pero... si sabés que yo no tomo café... – le dije mirando
hacia el techo.
-¡Ay, es cierto, que tonta... me había olvidado! – dijo
estúpidamente – ¡Sonia, entonces traé un pocillo menos!
-Yo tampoco quiero café – dijo Enrique a Sonia, que entraba a
la sala – me llevo una cerveza, y también me llevo a Darío al jardín, tengo que
hablar algunas cosas con él.
-¿De trabajo? – preguntó Sonia
-Sí – dije yo, mirando a mi jefe – el diario me envía a la
Patagonia.
-¡Ay, qué bien! – dijo mi suegra riendo como una idiota y
uniendo varias veces sus palmas – ¡acordate de traer chocolates y torta galesa!
Sonia se sintió contrariada, pero al ver la mirada triunfante
del padre, enseguida exclamó con agrio humor:
-Me alegro. Supongo que a los dos nos vendrá bien unos días
de descanso.
-¿Descanso? – preguntó la madre.
-Sí, y no vernos por un tiempo – le contestó mientras mi
suegra hacía una tonta mueca de no entender mucho.
-Ya venimos – dijo Enrique finalmente – Salgamos un momento,
m’hijito.
La frescura de la noche me restauró un poco del clima
asfixiante de la sala. El jardín trasero de mi casa estaba bastante oscuro y
pronto mi suegro me siguió entre los arbustos, hasta las bancas del fondo.
-Qué linda noche – susurró abriendo los brazos y respirando
bajo la cálida brisa nocturna.
-A mí no me parece una linda noche...
-Escuchame una cosa, Darío...
-¡No. Escuchame vos...! ¿Qué mierda querías decirme con eso
de que Sonia te cuenta cosas de nosotros?
-Eh... bajá el tono de voz, querido... no te olvides con
quién estás hablando.
Tragué saliva, pero más me tragué mi bronca. Ante ese hombre,
siempre me sentía en inferioridad de condiciones. Sus pequeños ojos castaños me
miraban como sacando chispas. El resplandor nocturno acentuaba la sensualidad
que solo yo sabía ver en su hermoso rostro. Hermoso sí, pero terrible a la vez.
Y en ese momento sentí una clara mezcla de odio y de irresistible atracción
física.
-Está bien – repuse – perdoname si me pongo así, pero es que
no me gusta que ella comente con vos ciertas...
-Ciertas cosas que suceden en todo matrimonio. Dejate de
joder, hombre. ¿O te creés que yo nací ayer? En el matrimonio las cosas son de
una manera, hay que aceptarlas y punto. Yo tengo muchos más años que vos, y no
me voy a asombrar con nada a esta altura de mi vida ¿te das cuenta?.
-¿Pero ella qué te contó?
-¡Que ya no cogen más! – dijo Enrique. Lo tajante de su
expresión, mientras tomaba un sorbo de su cerveza, me hizo odiarlo más, y me
mordí el labio por no gritarle ahí mismo.
-Así que eso te contó...
-Es como yo te decía, querido – continuó irónico – cuando la
cama no funciona...
-Pero sí funciona...
-¿Y cuándo fue la última vez que funcionó?
-Bueno...
-Darío... – dijo acercándose más a mí, en un tono más
confidencial – yo no sé que les pasa a ustedes dos: son jóvenes, sin hijos, todo
por delante... ¿qué problema tienen?
Entonces, apoyando una mano sobre mi hombro y fijando su
vista en mis ojos de una manera que me hizo temblar, me dijo casi en secreto:
-¿O el problema lo tenés vos?
-¿Qué?
Y él, se sentó en un extremo de la banca e hizo una seña con
la botella de cerveza de que me sentara junto a él. Yo obedecí, intimidado, y a
la vez presa de su seductora superioridad.
-¿Tenés problemas de verga?
-¿Qué decís?
-¿Se te para?
-¡Claro que sí!
-¿Entonces? Sonia me cuenta que ya ni la tocás, que parecería
que perdiste todo interés en ella, que te es totalmente indiferente...
-No es eso, Enrique... lo que pasa...
-¿Pero qué pasa? ¿Ella no te gusta más?
-Yo...
-O... – y se acercó más y más a mí, pasando un brazo por
encima de mi hombro y juntando su cuerpo al mío - ...o es que... ¿tenés otra
mujer?
-¿Otra mujer?, Enrique, no sabés lo que estás diciendo. Pero,
por favor, ¿Cómo voy a tener otra mujer?
-Bueno, no sería nada extraño. Sabés que los hombres somos
así – me decía cada vez más interesado y concentrado en el tema. Yo todavía no
sabía muy bien que estaba tramando. De pronto veía en él esa actitud coloquial,
patriarcal, y no entendía muy bien qué estaba pasando: pero algo en mí iba
haciéndose cada vez más vulnerable y experimentaba algo parecido a una cierta
entrega.
-¿Porqué me decís eso? ¿Acaso vos...?
-Claro... yo me he tirado alguna que otra canita al aire – me
dijo en tono socarrón y extrañamente cómplice – sino... ¿cómo te creés que pude
aguantar tanto tiempo a mi mujer? ¿Vos entonces no...?
-¡No! – dije categóricamente – y yo no creo que haya que
"aguantar" a la mujer de uno.
-De acuerdo. Entonces, decime ¿cómo hacés, a tu edad, para
soportar la abstinencia? Vamos, Darío, ¡todavía no tenés ni 30 años!, yo a tu
edad cogía cuatro veces a la semana, no me vas a decir que te las arreglás
pajeándote, porque no te creo...
Yo no respondía. Ese hombre estaba invadiendo mi intimidad
sin ningún derecho... yo explotaba de ira, de indignación, de impotencia... y
quise abofetearlo pero permanecía pasivo ante sus palabras como un tarado.
Prefería estar con él muy a pesar mío, escucharlo, ver dónde desembocaba esa
especie de charla de hombre a hombre, porque aunque la situación me parecía una
especie de parodia, sentía una excitación indescriptible y rara al lado de ese
hijo de puta. Cada tanto él tomaba un sorbo de cerveza de su botella,
alternándolas con pitadas a su habano.
-Ay, ay, ay – dijo suspirando vagamente - ¡Pero qué linda
está la noche! ¿No tenés calor?
Viendo que yo no respondía, afirmó:
-Yo sí – dijo, mientras desabotonaba lentamente su camisa. De
reojo pude advertir su magnífico pecho entre las sombras de la noche – No,
Darío... yo no me creo que vos no cogés con nadie.
-Si ya te dije que...
-Es claro que no te gusta tu mujer, eso lo puedo entender...
– yo iba a reponder, pero él continuó sin dejarme hablar – está bien, está
bien... pero... no será que a vos... ¿no te gusta "ninguna" mujer?
Me quedé de una pieza y no pude articular palabra. Él me
atrajo con su mano en mi hombro:
-¿Es eso? ¿... No te gustan las mujeres acaso?
Ante mi silencio, mi suegro miró hacia la casa, como
asegurándose de que no hubiera nadie cerca. Yo estaba aterrado, y él continuó
diciéndome, en voz más baja todavía:
-A mí me parece que es eso, ¿no? Vos sabés que desde que te
conocí, siempre sospeché que vos eras "medio rarito".... ¿Porqué no me
contestás? – me dijo, tomándome de la barbilla y apuntando mi rostro hacia el
suyo - ¿te pone nervioso que te pregunte esto? No te preocupes, esta es una
charla hombre a hombre.
Yo sentía su aliento a cerveza mezclándose con el mío y no lo
podía creer. Me repugnaba y me embriagaba de deseo a la vez. Ese hombre me
estaba preguntando sobre un tema que había sido conflictivo durante toda mi
vida. ¡Él!, la persona más odiada y a la vez más deseada que había conocido
jamás. Por fin, cobré valor y empecé a decir:
-Enrique...
-Sí, Darío, hablá con confianza nomás...
-No sé que responderte... mirá... no es un tema fácil para
mí.
Enrique sonrió levemente, asintiendo con las cejas en alto:
-¿Te gustan los hombres?
-Yo...
-Si ves un hombre en pelotas, ¿te excitás?
-No sé...
-Y si un hombre te toca... ¿no tenés ganas de tocarlo
también? – su mano iba descendiendo un poco por mi hombro - ¿qué te pasa cuando
ves a esos machos haciendo deportes por televisión? ¿Y cuando te pajeás? ¿Pensás
en tipos en bolas?
-¿Porqué me preguntás todo eso?
-Hacía mucho que quería preguntarte esas cosas.
-¿Para qué?
-Para saber si alguna vez te encamaste con algún tipo.
-¡No, nunca!
-¡Pero te gustan...! ¿Los preferís jovencitos? ¿O tal vez
maduros, como yo? – me decía aferrándome por los brazos, con una firmeza que me
hacía vibrar entre hormigueos de toda mi piel.
-Dame la mano – me dijo, con tono firme
-¿Para qué?
-¡Dame la mano, te digo! – repitió con más vehemencia. Yo
obedecí. Él la agarró y me la llevó a su pecho desnudo. Yo sentí hundirme en esa
pelambrera increíble y él me la restregó por sus dos pectorales -¿Qué sentís?
Estás tocando a un hombre... ¿te gusta?
-Enrique... yo...
-¿Te gusta? – insitió. Yo respiraba angustiado, me gustaba
mucho lo que tocaba pero no me animaba a decírselo. Mi suegro dejó la botella en
el suelo y se quitó el habano que aún tenía en la boca dejándolo en el borde de
la banca. Me miró muy serio y yo bajé la mirada. Entonces él me volvió a tomar
de la pera y me obligó a mirarlo de frente. Con una voz que no le había
escuchado nunca, sensual, acariciante, me volvió a interrogar:
-¿Te gusta, Darío?
-Sí – le dije con voz imperceptible, después de un breve
silencio.
-Entonces, seguí tocando – me dijo, apartando los lados de su
camisa abierta.
-Pero... – intenté decir, mirando preocupado hacia la ventana
de la sala
-Aquí estamos solos. Ellas no vendrían nunca hasta aquí – me
dijo mirándome a los ojos. Entonces sin dejar de tomar mi mano, la condujo hasta
bajar a su entrepierna. Sentí la dureza de su erección y creí morir.
-¿Y te gusta esto?
-Sí – le contesté cada vez más agitado.
-¿Alguna vez le tocaste la pija a alguien?
-No...
-Sentí, sentí lo dura que está...
Él aprisionaba mi mano contra su sexo duro a través de la
fina tela de su pantalón. Yo sentía todo el contorno de su miembro, su textura
caliente y la blandura mullida de sus grandes bolas. ¡Qué sensación única!
¡Nunca había sentido nada parecido!. Mi cuerpo apenas daba señales de obedecer a
mi razón. No podía dejar de temblar y apenas podía respirar, es que me embargaba
una emoción alienante.
-Tranquilo, tranquilo... – decía mi suegro con la voz más
sensual del mundo, a tiempo que miraba en dirección a la casa, vigilante en todo
momento. Entonces escuché el ruido de su zipper abriéndose e inmediatamente me
colocó la mano adentro de su bragueta. Ahora sentía aún más firme y más cercana
esa verga aprisionada todavía en su calzoncillo, la tela era tan ligera que creí
tocar sus genitales directamente. Enrique se desajustó el cinturón y abrió por
completo su pantalón. Mi mano, que estaba inerte y con pánico a moverse de donde
estaba, fue de nuevo guiada, esta vez hasta entrar por la abertura del
calzoncillo. Primero choqué con una mata de pelos duros e impenetrables, y solo
después, cuando avancé apenas, me topé con la carne firme de un tronco acostado
hacia la derecha.
-Sacala afuera, así la acariciás mejor – me indicó mientras
su mano trepaba hasta mi cuello.
-No puedo, Enrique... me parece que no debemos hacer esto...
-¿Tenés miedo de que alguien nos vea?
-Sí. Y tengo miedo de todo...
Mi suegro cavilaba rápidamente. Pero sin dejar de mirarme
lascivamente. ¡Esa cara! ¡Si al menos no tuviera esa cara irresistible!. Como yo
no reaccionaba, me dijo con un tono más enérgico:
-¡Levantate...!
-¿Para qué?
-Por favor, levantate – su tono era ahora casi suplicante.
¿Era el mismo Bataglia? ¿Había dicho "por favor"?. Yo obedecí. Permanecí de pié
frente a él. Sus manos buscaron mi pubis y lo frotaron por encima de mi
pantalón. Yo estaba entregado pero también paralizado, no podía hacer nada,
menos resistirme. Encontró la hebilla de mi cinturón, la jaló torpemente,
desabrochó la traba y bajó la cremallera. Apartó mi ropa y ante mi abrumadora
vergüenza sacó mi sexo afuera. Lo miró y luego me indagó subiendo la mirada
hasta mis asombrados ojos. Mi pene estaba flácido, aunque bañado en abundante
líquido preseminal. Me abochorné por no poder mostrarle de qué era capaz mi
hombría. Miré hacia abajo y pude percibir su gran bulto reventando entre la
abertura de su pantalón, mientras que mi pobre pitín seguía cada vez más
arrugado.
-No tengas miedo, Darío. ¿No te das cuenta de que a mí
también me gusta esto? – decía mirando lo que sostenía en sus manos. Entonces,
abrió la boca y decididamente engulló por completo mi retraído nabo. ¡No lo
podía creer! ¡Enrique Bataglia chupando una pija! ¡Y era la mía!. ¿Quién lo
creería? Lo tenía arrodillado a mis pies, al gran machote argentino, al
mujeriego y machista número uno, ¡al intocable e incuestionable Bataglia...!
-Solo los hombres sabemos como provocarnos el mayor placer
entre nosotros ¿te das cuenta?, no te resistas, te aseguro que los dos podemos
pasarla muy bien – y volvió a tragarme dejándome sin habla. Saboreó
magistralmente cada centímetro de mi sexo, engullendo también cada una de mis
bolas, siempre raspándome con el cepillo de su bigote enloquecedor. Pronto
comencé a sentir el ardiente calor de su experta boca y como jugaba su lengua
entre mi glande y mi prepucio. Solo eso bastó para que mi verga despertara
inmediatamente y alcanzara su erección más glamorosa. Cuando apenas la pudo
contener en su boca, Enrique se apartó, mirando el tremendo palo que le ofrecía
a la vista.
-¡Carajo! ¡Y yo que pensé que eras impotente! ¡Qué buena
verga tenés, yerno! ¡Así... así me gusta! ¿Ves?, no había nada que temer.
¡Dámela otra vez! – dijo abriendo bien la boca y sacando la lengua chorreante de
saliva.
Por toda respuesta, avancé mi pelvis y se la metí nuevamente
hasta que mis pelotas golpearon su áspera barbilla. Le iba a mostrar que no era
impotente. ¿Así que te gustaba la pija? – pensaba – ¡qué descubrimiento!
¡Bataglia, hijo de mil putas, voy a hacerte pagar todas las que me hiciste!
¡comé, pero comé bien la verga de tu yerno, es el carajo de este cero a la
izquierda! ¡Sí! ¡Chupá, chupá hasta que te ahogues, reverendo cabrón!.
Bataglia me miraba, ajeno a cada uno de mis pensamientos,
pero muy concentrado en su tarea de meter y sacar ese manjar. Desde la casa, se
escuchaban los cotorreos de nuestras esposas. Él se levantó y se quedó frente a
mí. Me sonrió, increíblemente seductor, mientras me desabotonaba la camisa.
-¡Que lindo pechito que tenés! ¿Me lo mostrás? ¿Me mostrás
tus tetitas? ¡Deben estar muy ricas...!
Seguí embelesado los pequeños movimientos de sus dedos al
desnudar mi torso agitado. Al ver mi pecho, retrocedió un poco para admirarlo
detenidamente. Mordió su labio inferior y pasó sus manos por toda la piel sin
pelos de mi tórax. Tomó mis pezones y los pellizcó firmemente. Estuvo
acariciándolos, rotándolos, haciendo una deliciosa presión sobre ellos. Después
siguió con su boca, lamiendo y chupando con maestría mis tetillas. Era
subyugante, con cada succión, mi pija daba sacudidas a modo de respuesta,
largando chorritos de líquido transparente. Él tomó mis manos, y como si
estuviera impartiéndoles cátedra, también las colocó sobre cada una de sus
tetillas. Agarré esas puntas firmes sintiendo como se endurecían más al contacto
con mis dedos. Apreté, rocé, froté sus tetas, enredándome en la pelambrera que
las cubría.
-Darío, ¡cómo me pusiste! ¡estoy durísimo! ¿querés ver...? –
y empezó a apartarse el pantalón y el calzoncillo hacia abajo. Cuando descendí
mi vista, ya su enorme verga estaba pendulando en el aire, completamente libre
de todo ropaje. ¡La verga de mi suegro! ¡Por fin podía verla!.
-¿Querés tocármela? – me dijo suavemente y guiando mis manos
hacia su pubis, me invitó a agarrársela. Choqué mis torpes manos con esa dureza
deliciosa e impresionado por el contacto, me aferré por primera vez a una verga
en mi vida. ¡Y que verga!. La noche, en ese momento hizo su prodigio, pues en
ese mismo momento, las nubes se apartaron y la Luna irrumpió blanquísima en el
cielo, irradiando una luz casi feérica. Descorrí la piel del sexo de mi suegro y
el glande brilló con esa luz mágica. Era un miembro portentoso, lleno de venas y
rugosidades. En la base, colgaban dos bolas muy pesadas, se me antojaba que por
el mismo peso la piel del escroto se había alargado extremadamente y que por eso
se balanceaba con cada movimiento.
Entonces Enrique me tomó de la nuca, muy cuidadosamente, y
empezó a atraerme hacia su monumento. Mi boca se abrió, casi intuitivamente. En
mi boca sentía como la saliva se me hacía más abundante. Cada vez más cerca,
pude sentir su calor en mi rostro, y de pronto... ¡Ah!, metí ese sabroso fruto
rojo en mi boca. Su sabor era raro, nunca había probado cosa semejante. Abrí más
la boca... el bocado que tenía que tragar lo ameritaba. Media verga... tres
cuartos... ¡toda entera!, y enseguida sentí el cosquilleo de los abundantes
pelos púbicos de mi suegro en mi nariz.
No sé cuanto tiempo habré estado comiéndome su duro mástil,
perdí toda noción del tiempo... y casi del espacio, si no hubiera sido por
alguna que otra risotada de mi suegra, desde la casa.
-Sí... sí... así, ¡Cómo te gusta tragarla toda, cabroncito!
¿Cuántos años estuviste deseando hacer esto? ¿No era lo que querías, después de
todo? – me decía Enrique, en medio de movimientos pélvicos y acariciando con las
manos sus propios pezones. El muy hijo de puta sabía que tenía razón en todo lo
que decía.
Mientras chupaba, lamía y succionaba semejante aparato, mis
manos lo sujetaban por el velludo culo. Cada tanto iba acercando mis dedos hasta
metérselos bien dentro de las dos nalgas. ¡Qué hospitalario era su cálido
surco!. Uno de mis dedos tocó su ano... y él lanzó un suspiro contenido. Acerqué
otro y volví a recibir su exhalación esta vez más violenta y también su arqueo
corporal, entonces tomé coraje y abriéndole bien los glúteos, dirigí allí varios
dedos que empezaron a horadarlo sin piedad. Mi suegro estaba loco de placer, y
yo abría más y más, sin dejar de saborear su erección.
-Vení – me dijo de pronto, tomándome de la mano. Lo seguí y
nos metimos en la zona más oscura y apartada del jardín, justo entre unos
arbustos muy tupidos. Allí se desnudó por completo ante mi asombro temeroso. Se
dio vuelta, y abriendo su culo formidable me dijo:
-¡Quiero que me cojas...!
No podía creer lo que me estaba pidiendo. Más que pedir, me
lo estaba exigiendo, como era su costumbre con todo... y por un momento me quedé
inmóvil sin poder reaccionar.
-¿Qué esperás? ¡Dale, macho, metémela toda... haceme gozar
como un hombre, carajo...! – insistió abriendo bien los muslos y entregándome su
retaguardia.
Entonces me agaché frente a su trasero que apenas podía
vislumbrar, y le separé desmesuradamente los firmes gajos para alojar ahí mi
cara. Entonces empecé a chupar como poseído. Mi suegro se contoneaba
involuntariamente presa del placer más intenso. Era evidente que mi boca lo
ponía como loco. Mi lengua exploró su peludo y caliente ano. Lo tenía muy
abierto y dilatado, un culo lleno de experiencia, era innegable que le daba
mucho uso a esa parte de su cuerpo. Cuando sentí que estuvo bien lubricado, me
levanté y puse mi verga entre sus nalgas. Él mismo se fue ensartando en mi
miembro, que rápidamente desapareció en su interior. ¡Qué delicia!, sentí el
calor de su interior y su abertura adaptándose al tamaño de mi pene que a esa
altura había crecido hasta su punto máximo. Mi suegro lanzaba gritos contenidos:
-Ah... sí, sí... ¡Qué bien que cogés, Darío! ¡Qué verga,
macho! ¡Dámela toda, la quiero hasta el fondo... así, así...! – exclamaba con
voz ronca. Yo ardía y cada vez estaba más caliente. Me movía frenéticamente
entrando y saliendo de su culo, y sujetándolo por las tetas, a las que ya intuía
totalmente coloradas.
Entonces la Luna se ocultó nuevamente y quedamos en una
penumbra casi absoluta. Fue en ese momento que sentí que mi jefe iba a gozar.
Estiré mi mano y alcancé la gran verga que colgaba rígida entre sus piernas
abiertas. Lo empecé a masturbar en el mismo ritmo que sacudía mi pelvis para
penetrarlo. Su agitación fue acelerándose más y más, mientras sus gemidos subían
en volumen y densidad.
-¡Acabo, acabo...! – gritó, mientras mi mano recibía grandes
cantidades de esperma. El calor de su líquido me puso aún más excitado y empecé
a sentir esa deliciosa punción tan característica en toda la zona púbica, estaba
a punto de eyacular. Mi suegro, que aún no había terminado de lanzar su espeso
jugo, se zafó de mi invasión y giró rápidamente para arrodillarse ante mi falo.
Entonces tomándolo con las dos manos me hizo una paja maravillosa mientras
hundía la punta de mi verga entre sus labios abiertos. En esa posición, e
intuyendo su cara extasiada, tuve uno de los orgasmos más espléndidos del que
tuviera memoria. Todo mi semen fue a parar a su angurrienta boca. Me apoyé en
sus hombros, sintiendo cómo se me doblaban las rodillas del placer. Él, para que
no cayera, me sostuvo firmemente por mis muslos y cadera, con sus manazas
fuertes y calientes. Me abandoné al más categórico goce, y derramé mi ofrenda
viril en el interior de su boca ávida. Luego su lengua fue limpiándome todos los
restos de líquido, y repasó prolijamente todo mi glande, los pelos de mi pubis,
mis pelotas y la parte interna de mis muslos.
Caímos de rodillas al piso. No pudimos evitar abrazarnos. Y,
al mirarnos sentimos nuevamente una atracción muy fuerte. Tal vez por sentirnos
amparados entre las sombras reinantes, nos animamos a acercar nuestras bocas
para darnos un beso largo y apasionado. Lo sujeté por la cabeza, acariciando su
calva y bajé por sus mejillas hasta transitar cuello, espalda y cintura. Su
rostro se alojó en mi pecho y pude sentir el roce de su bigote una vez más entre
mis lampiños pectorales. Me dio pequeños besos ahí...
-¡Qué dulzura, Señor Bataglia! – me animé a decir,
sorprendido de que el hombre que yo conocía se permitiera esas ternuras.
-Es que no me conocés todavía, Darío.
-Bueno, creo que hoy te conocí un poco más.
-¿Volvemos a la casa?
-Sí, Volvamos.
Nos vestimos cuidadosamente y tratamos de serenarnos. Cuando
regresábamos por donde habíamos venido, Enrique me sujetó deteniéndome de pronto
por el brazo y me atrajo hacia sí. Me miró profundamente y lo vi abrir la boca.
Nuevamente nos besamos y nos fundimos en un fuerte abrazo. Yo estaba atónito...
sintiendo muchas cosas dentro de mí... e intuyendo una cierta peligrosidad: la
de haberme enamorado de mi suegro. ¿Entonces... no lo odiaba ya?
Por fin volvimos a entrar a la sala. Mi suegra, que estaba
comiendo su enésima porción de tiramisú, nos vio llegar:
-¿Ya hablaron todo lo que tenían que hablar? Santo Dios, los
hombres nunca pueden dejar el trabajo en la oficina...
-Pero, mujer, apenas fueron unos minutos... – le dijo,
lanzándome una oculta mirada con un gesto adorable.
-¿Unos minutos? ¡Casi una hora! ¿Se puede saber de qué
hablaron? – quiso saber mi esposa. Yo empecé a balbucear:
-Bueno... del viaje... de mi nota... de...
-De que es muy probable que viaje con Darío esta vez... –
continuó mi suegro.
-¿Qué? – se asombró Sonia, sabiendo lo incompatibles que
éramos Enrique y yo.
-Todavía no está decidido... pero si él quiere... me gustaría
tomarme unos días... y de paso... colaborar con la nota de mi yerno...
-¿Si él quiere? ¡Qué raro... vos nunca consultás a nadie para
hacer algo, y menos con las cosas del diario... lo hacés y punto...! – dijo
Sonia, extrañada.
-¡Tenés razón! – repuso más firme Enrique - ¡Voy con vos a la
Patagonia, Darío, y no se hable más! ¿Vamos, querida?
-Sí, cariño – contestó mi suegra tomando su bolso – Llamame,
Sonia, ¿sí?
-Sí, mamá. Hasta pronto, papá – saludó Sonia, levantando las
tacitas de café.
Mi suegro se acercó a mí, mirándome con toda la complicidad a
flor de ojos. Por lo bajo me susurró:
-¿Entonces... te parece bien si viajo con vos...?
-¡Sí! – respondí con la mejor de mis sonrisas.
Franco – Buenos Aires, 1º de Noviembre de 2007
francodellavalle@hotmail.com