El Coronel Rodríguez estuvo torturando a Sharon cerca de una
hora. Lo hizo despacio y con cuidado para que ella no perdiera el sentido en
ningún momento. Rodríguez se estuvo masturbando casi de continuo disfrutando de
ver cómo la joven desnuda y maniatada a la silla se retorcía de dolor indefensa
cada vez que la electricidad recorría sus pechos. Sharon pedía piedad una y otra
vez llorando y gimiendo desesperada, excepto cuando la corriente eléctrica le
impedía articular palabra. En realidad Rodríguez midió adecuadamente la
intensidad de las descargas de manera que éstas en ningún momento fueron muy
intensas aunque sí lo suficiente como para que ella perdiera el control de sus
esfínteres y se orinara encima. Finalmente, cuando ya casi le dolía la polla de
tanto masturbarse, Rodríguez salió de la habitación y dejó sola a la extenuada
joven cubierta de sudor y lágrimas.
En realidad, no fue por mucho tiempo, pues unos minutos
después entraron tres soldados con la orden de conducirla inmediatamente a la
cámara de tortura. Los tres la miraron y sonrieron cruelmente al verla con los
electrodos aún en los pechos. No había ninguna prisa y la bella gringita estaba
allí desnuda y maniatada, totalmente indefensa. La pobre Sharon los miró a su
vez aterrorizada y gimió tras su mordaza.
- Mira lo que tenemos aquí, dijo riendo uno mientras se
acercaba a ella y se sacaba la polla de los pantalones. Vamos a follarnos a esta
chiquita.
Y los tres se abalanzaron sobre ella ignorando sus gritos de
terror. Uno de los soldados le arrancó de un tirón la cinta aislante de los
pezones y provocó en ella un grito desgarrador. Ignorando sus alaridos le agarró
las tetas con las dos manos acariciando los pezones repetidamente con los
pulgares. Sharon gemía de dolor y suplicaba con los ojos llorosos a aquel
soldado que dejara de hacerle eso, pues tenía los pezones enormemente
sensibilizados, enrojecidos e incluso con algunas leves quemaduras. Por
supuesto, el cruel soldado no le hizo ningún caso.
- Qué tetas tiene esta gringa dijo el tío empezando a
chupárselas y sin dejar de masajearlas o estrujarlas.
Los otros dos rieron divertidos, hasta que uno de ellos la
cogió del pelo y dirigió su cara hacia la polla que se acababa de sacar de los
pantalones.
- Muy bien, le dijo poniéndole la polla delante de la cara,
antes de llevarte a la cámara de tortura con tus amigas vamos a ver qué tal
follas.
Dicho esto le arrancaron la mordaza y sin dejarle ni
protestar le obligaron a meterse una polla en la boca. Sharon lloraba y gemía
obligada a practicar otra asquerosa felación. Mientras la violaban no podía
dejar de pensar en los gritos de Missy. ¿Qué le estarían haciendo esos bestias?.
Ella misma tardaría poco en averiguarlo. Entretanto, esos tres no dejaban de
sobarla y abusar de ella, obligándola a comerse sus pollas malolientes y
lamiéndole su sudoroso cuerpo como si nunca hubieran estado con una mujer.
- Vamos a llevarla a la cama, dijo uno impaciente. Así
follaremos más a gusto.
Así lo hicieron y desataron a Sharon de la silla, pero sin
quitarle las esposas de las muñecas. La joven ni siquiera tenía fuerzas para
resistirse así que dejó que la arrastraran hasta el camastro y que la tumbaran
en él con los brazos aún atados a la espalda. Rápidamente le separaron bien las
piernas atando cada tobillo a los barrotes inferiores de la cama. Sin esperar
más, uno de los soldados que ya se había desnudado se posó encima de ella y la
penetró con facilidad. Sharon gimió al entrarle el largo pene de una sola vez y
arqueó todo su cuerpo cuando el tío la penetró por segunda vez, pues tenía la
entrepierna muy lubricada.
El soldado en cuestión tenía un pene grueso y largo como la
joven gringa nunca había sentido en sus entrañas. El tío empujaba y empujaba
profunda y acompasadamente mientras su cuerpo sudoroso se frotaba contra el de
ella y no dejaba de decirle piropos y obscenidades entrecortadas. Con cada
sacudida Sharon gemía cada vez más fuerte con los ojos entrecerrados. Se había
abandonado completamente y ya no ejercía ninguna resistencia. Ese cabrón no
paraba y si seguía follándosela con esa fuerza e intensidad, ella terminaría por
correrse. En un momento dado Sharon creyó ver a los otros dos soldados que ya
desnudos se masturbaban esperando su turno y comprendió que no renunciarían a
violarla.
- Cómo disfruta esta zorra, dijo uno, al ver el rostro de
placer de la muchacha. Sí, es tan puta como su amiga, dijo el otro. Eso
sorprendió a Sharon, ¿disfrutar?, ni siquiera se había dado cuenta, la estaban
violando.
El primer soldado aguantó un buen rato follando y finalmente
la sacó para eyacular sobre el pecho de ella. El soldado gritó y gimió y el
esperma caliente y pastoso le calló encima a la chica, pero Sharon ni siquiera
abrió los ojos, pues una polla nueva sustituyó sin pausa a la anterior y vovió a
penetrarla. Los tres tíos se tiraron a la gringa uno tras otro varias veces y le
dejaron la cara y el pecho perdidos de semen. Durante el proceso Sharon se
volvió a correr un par de veces. Nunca había tenido tantos orgasmos seguidos.
Cuando por fin se cansaron, le desataron los tobillos y se la
llevaron de allí. Tras arrastrarla brutalmente por los pasillos llegaron hasta
una puerta metálica y la abrieron empujándola hacia adentro.
Al ver el panorama que había dentro, Sharon quedó paralizada
de terror pues una docena de soldados semidesnudos estaba torturando a su amiga
Missy y a la joven indígena.
- No, no, dejadme, no, gritó Sharon desesperada reculando
hacia el pasillo, pero los soldados la empujaron dentro.
En ese momento Sara colgaba de sus tobillos cabeza abajo con
las piernas bien abiertas y los brazos atados a la espalda y a una cuerda que
recorría su cintura. Dentro de su coño habían clavado una vela encendida de la
que caían continuamente gotas de cera caliente por toda la entrepierna, el culo
y el vientre de la joven. En los pezones le habían clavado sendas pinzas de
cocodrilo que mordían su carne con saña y dejaban escapar unos pequeños regueros
de sangre. Las dos pìnzas estaban unidas entre sí por una cadena y un soldado
que mantenía la polla dentro de la boca de la joven prostituta le obligaba a
mantener la mamada jalando de la cadena. Otros dos soldados esperaban su turno
bebiendo cerveza a su lado.
Sin embargo, la mayor parte de ellos se estaba ocupando de
Missy que claramente se estaba llevando la peor parte.
Su pelo rubio y los abultados pechos de Missy habían atraído
desde el principio a la mayor parte de esos sádicos soldados hacia su persona.
Desde el preciso momento en que llegaron a la cámara de tortura le arrancaron
los restos del bikini y la violaron tantas veces que la muchacha perdió la
cuenta. Ni siquiera respetaron su ano pues un par de soldados la sodomizó sin
hacer caso a sus protestas. Tras la larga violación, empezaron a torturarla.
Para ello la encaramaron a un caballete de madera con una
pierna a cada lado y los brazos atados a la espalda. Inmediatamente la cuña del
caballete le empezó a aprisionar la entrepierna y Missy no tuvo más remedio que
mantenerse de puntillas para evitar el doloroso contacto. Uno de los matarifes
la había amordazado con una bola de goma y preparó sus preciosas mamas para el
tormento. Para ello le aprisionó la base de cada pecho con sendos cinturones de
cuero que cerró con una hebilla.
A los pocos minutos las tetas de Missy parecían dos globos
prietos y azulados por la falta de circulación. Entonces el verdugo empezó a
torturarla con toda tranquilidad casi científicamente. Para ello cogió una caña
flexible de unos quince centímetros y se puso a golpearla en la tersa piel de
los pechos. El experimentado verdugo arqueaba la caña con un dedo y luego la
soltaba de golpe estrellándose contra la piel de la muchacha con un fuerte
chasquido. Missy gritaba y lloraba por el cruel castigo mientras la caña marcaba
su piel con líneas rojizas. Debido a los golpes, Missy perdió repetidamente el
equilibrio y su entrepierna chocó una y otra vez contra la cuña de madera
haciéndole gritar de dolor.
Así estuvo un buen rato hasta que cambiaron de tercio. Lo
siguiente fue coger unos pequeños alicates. Antes de empezar, el verdugo se los
enseñó a Missy abriéndolos y cerrándolos a pocos centímetros de sus
aterrorizados ojos y acariciándola con ellos.
- Ahora voy a darte unos pellizcos con esto, quiero oír cómo
gritas.
Missy pidió piedad desesperada mientras sentía cómo el frío
metal le acariciaba la piel, pero eso no le sirvió de nada. Tras pasear un rato
las tenazas por el perfecto cuerpo de la joven, el muy bestia escogió por dónde
iba a empezar, le cogió un pellizco en el culo y no soltó la presa hasta que
Missy empezó a llorar a lágrima viva entre gritos desesperados. Tras eso siguió
pellizcándola por todo el cuerpo con crueldad y sadismo y dejó para el final los
pezones de la chica. Antes de someterla a esa dolorosa prueba le explicó con
detalle lo que le iba a hacer sin mostrar ninguna piedad por sus ruegos y
súplicas.
De este modo, a Missy le retorcieron los dos pezones con las
tenazas uno tras otro. En medio del tremendo dolor ella sintió que casi se los
arrancaban, pues el verdugo llegó a retorcerlos 180 grados sobre sí mismos.
Para su desgracia, Missy no perdió el sentido en ningún
momento durante la tortura, de modo que, cuando acabaron con lo de las tenazas,
la aterrorizada y llorosa joven pudo ver a la perfección cómo preparaban lo
siguiente. El verdugo se fue hasta una mesa y trajo un soplete y una caja en la
que resonaba algo metálico. El verdugo pasó el soplete a un compañero y sacó una
aguja de la caja para que la viera su víctima. Se trataba de un larga aguja de
acero delgada y puntiaguda de unos quince centímetros de largo. El sádico
soldado se la enseñó a la prisionera con una sonrisa cruel y sanguinaria. A
Missy casi se le salieron los ojos de las órbitas al ver cómo el verdugo
encendía el soplete y colocaba la aguja en la llama para que se fuera
calentando. En pocos minutos la aguja se puso de color rojo intenso y el verdugo
se dispuso a clavársela por mitad del pecho derecho. Missy gritaba y pedía
piedad sin poder apartar la vista del metal al rojo. La joven hizo todo lo
posible para liberarse pero todo era inútil. Sin embargo, cuando estaban a punto
de clavarle la aguja le salvó la repentina aparición de Sharon.
Ésta, por su parte comprendió de inmediato el tipo de
suplicio al que estaban sometiendo a su compañera y se puso a gritar despavorida
intentando huir de sus guardianes. Los soldados se alegraron de ver a la otra
norteamericana y entonces a alguien se le ocurrió la feliz idea. Un soldado
cogió a Sharon por el cabello y le obligó a acercarse hasta Missy.
- Mira lo que le estamos haciendo a tu amiga. Sharon vio
horrorizada las marcas de la tortura en los pechos de su amiga y su gesto
crispado de dolor.
- ¿Qué te han hecho estos bestias?, le dijo compadeciéndose
de ella.
El verdugo intervino.
- Hasta ahora sólo la hemos acariciado un poco pero ahora nos
disponíamos a clavarle agujas candentes en los pechos, y diciendo esto le acercó
la aguja aún caliente al pecho de Sharon. Ésta apartó el pecho a tiempo gritando
desesperada. El rechazo hizo que el verdugo volviera a atrapar a Sharon del
cabello y le dijo.
- Lo iba a hacer yo mismo, le dijo enseñándole la aguja, pero
ahora prefiero ver como torturas tú misma a tu amiga.
Sharon no podía creer lo que oía.
- ¿Qué?, ¿acaso estás loco?.
- Tú verás muñeca. O le clavas esta aguja en las tetas o te
lo hacemos a ti.
- No, no, por favor, dijo ella, eso no.
- Vamos, ¿qué prefieres?, ¿tú o ella?
Sharon no sabía qué hacer. Aquello era monstruoso, pero ella
no era tan valiente.
- Decídete de una vez.
- No, contestó Sharon, resueltamente, no lo haré.
- Muy bien dijo el verdugo. Poned a la zorra pelirroja en el
caballete y traedme una mordaza que nos va a dejar sordos con sus gritos. Sharon
se volvió a revolver de sus guardianes.
- No, eso no, otra vez no, decidme lo que debo hacer.
El verdugo sonrió.
- Así me gusta. Mira, ahora vamos a desatar tus manos y tú
misma vas a torturar a tu amiga.
Efectivamente le desataron los brazos y le dieron una aguja.
Sharon cogió el instrumento temblando y se acercó con él con ánimo de clavárselo
a Missy. Llegó incluso a pincharle con él en el lateral de del pecho, pero al
oír la queja de ella no pudo seguir y tiró la aguja al suelo.
- No puedo, dijo Sharon llorando y abrazándose al cuerpo de
Missy. Hacedme lo que queráis pero yo no puedo hacerle esto. Uno de los soldados
estuvo a punto de abofetear a Sharon, pero otro le paró.
- Déjala, esto es mucho mejor. Está bien zorra, no os haremos
más daño pero a cambio tenéis que hacer el amor entre vosotras. Sharon le miró
sorprendida mientras todos los soldados celebraban la idea.
- Sí, que follen entre ellas.
Sharon estuvo a punto de negarse, pero la alternativa era muy
cruel así que a regañadientes se plegó a lo que le ordenaban. De este modo
empezó a acariciar el dolorido cuerpo de Missy mientras la besaba aquí y allá.
Los soldados sonreían y animaban a la muchacha mientras ésta iba cada vez un
poco más lejos. Compadecida por el dolor de sus pechos, Sharon comenzó a lamer y
besar las heridas de su compañera mientras liberaba sus senos de los apretados
cinturones.
Missy se quejó al notar dolorida cómo la sangre volvía a
circular por sus mamas y sus gemidos se hicieron cada vez más evidentes cuando
Sharon se puso a curarle los pezones con su lengua. Sharon alivió el dolor de su
amiga ávidamente, chupándole los pezones con delicadeza y cuidado. Ni que decir
tiene que los soldados se pusieron a mil con la dulce escena.
- Mastúrbala, vamos, haz que se corra. Sharon ni siquiera se
planteaba desobedecer a aquellos pervertidos, así que llevó su mano hasta la
entrepierna de ella y se puso a masturbarle acariciando con delicadeza el sexo
de Missy. Ésta estaba extraordinariamente mojada como si le pusiera cachonda que
la torturaran. De hecho, Missy se puso a gemir de placer, con los ojos en blanco
y dejando escapar goterones de baba de su boca.
- No puedo creerlo, le susurró Sharon. ¿Acaso te gusta lo que
te están haciendo?, ¿te gusta que te torturen?. Missy la miró de reojo, pero no
pudo contestarle pues empezó a correrse intensamente. La bella norteamericana se
estremeció de placer entre los gritos de aprobación y los aplausos de los
soldados.
- Ven aquí preciosa, le dijo uno a Sharon cogiéndola
violentamente del brazo. Entre varios volvieron a acostarla en el suelo para
volver a follar con ella. La gringa se resistió, por supuesto, aunque no mucho,
de modo que en pocos segundos estaba otra vez acostada en el suelo y alguien
volvía a penetrarla. Otro le cogió por los brazos estirándolos por encima de su
cabeza, pero ella ya no se resistía ni hacía fuerza, sino que abría las piernas
y sólo se limitaba a gemir y gemir con los ojos cerrados y la boca entreabierta,
segura de que el próximo orgasmo llegaría muy pronto. Tampoco se resistió cuando
otro soldado le tocó los labios con su pene. Sharon abrió la boca y dejó que se
la follaran también por ahí. Los violadores de Sharon, si es que eso se podía
denominar ya violación, siguieron con ella un buen rato e incluso en cierto
momento la hicieron rotar sobre sí misma para encularla.
La primera polla que le perforó el ano le hizo gritar de
dolor, pero pronto se le dilató lo suficiente para no hacerle tanto daño.
Doblemente penetrada, Sharon volvió a correrse otra vez. Ya había perdido toda
dignidad o remilgo así que aceptó con toda naturalidad a los hombres que uno
tras otro se turnaron para tomarla.
De improviso Rodríguez apareció en la cámara de tortura en el
momento en que la joven estaba siendo otra vez doblemente penetrada por sus dos
agujeros. La repentina aparición del oficial hizo que los soldados se pusieran
de pie de inmediato y saludaran militarmente, desnudos como estaban y con las
pollas tiesas y brillantes. El Coronel miró a Sharon sonriendo y ésta se
incorporó también un poco avergonzada tapando sus pechos con los brazos. La piel
de la joven brillaba de sudor y restos de lefa y al ver a ese terrible hombre se
quedó parada con la cabeza baja llena de vergüenza.
- ¡Eres una puta!, le gritó él tras abofetearla.
Ella le miró furiosa y estuvo a punto de contestarle, pero se
mordió la lengua. Rodríguez no se dejó intimidar por el gesto de ella y le
ordenó que levantara los brazos y pusiera las manos en la nuca. Sharon estuvo a
punto de no hacerlo pero al Coronel le hizo falta poco más.
- Vamos, haz lo que te digo o te subiremos al caballete con
tu amiga.
Sharon obedeció y levantó los brazos dejando sus pechos al
descubierto.
- ¿Aún te duelen esclava?, dijo el coronel jugueteando con
sus pezones entre los dedos.
Sharon se quejó sonoramente, pero en ningún momento bajó los
brazos. En su lugar lo hizo Rodríguez que acercó unos grilletes que colgaban de
una cadena y se los puso a la joven en las muñecas. Ella no dejaba de mirarle
desafiante, pero Rodríguez sólo se limitaba a sonreir mientras accionaba la
manivela de una polea. Rápidamente una fuerza tiró de los brazos de Sharon hacia
arriba, estiró su cuerpo y finalmente le hizo colgar de las muñecas y rotar
sobre sí misma.
- Preparadlas para pasar la noche, ordenó el coronel, y los
soldados se aprestaron a desatar a Sara y a Missy para colgarlas como a Sharon.
En poco tiempo las tres jóvenes desnudas estaban atadas de
modo similar, colgadas de las muñecas, con los pies de puntillas y los tobillos
atados entre sí y a una anilla que había en el suelo. También les pusieron en la
boca unas bolas de goma roja como mordaza para acallar sus protestas. Las tres
jóvenes miraban aterrorizadas a Rodríguez que blandía ahora un látigo de cuero y
chasqueaba con él contra el suelo. Ellas no lo sabían, pero el coronel aún no
había planeado azotarlas, eso quedaría para más adelante. Sólo se trataba de que
sus tres zorras probaran a qué sabe el látigo.
Desoyendo los gemidos y lloros de ellas Rodríguez echó el
látigo hacia atrás y lo restayó por sorpresa contra el cuerpo de Sara. Ésta
gritó como un animal cuando el cuero cortó su piel dejando una fina línea rojiza
en su vientre. Los soldados rieron y aprobaron el latigazo mientras las jóvenes
rotaban sobre sí mismas para evitar la mordedura del cuero. El siguiente azote
fue para Missy, el cuero se enroscó en su culo y la punta le golpeó en la ingle
haciéndole ver las estrellas.
- Y ahora a ti princesa, en las tetas, le dijo a Sharon.
Esta se volvió aterrorizada sobre sí misma de modo que
Rodríguez falló el golpe. Bueno, en realidad no pues el látigo le cruzó la
espalda de parte a parte, y nada más darse la vuelta otro latigazo le marcó las
dos tetas con una línea roja oblicua. Sharon gritaba de rabia y de dolor
mientras Rodríguez seguía flagelándola por pasarse de lista. Así recibió hasta
cuatro latigazos hasta que su verdugo se dio por satisfecho. Hecho esto se
acercó a la llorosa muchacha y se puso a acariciarle. Las lágrimas y la baba que
le caían de la boca se confundían ahora con el sudor que cubría su piel Era la
primera vez que alguien le azotaba de una manera tan cruel y Sharon estaba
confundida y aterrorizada. El Coronel Rodríguez le acarició el carrillo con el
látigo admirando las marcas rojas sobre su piel y casi en un susurro le dijo.
- Vamos, pequeña, no llores, esto no ha sido nada. Mañana es
Viernes Santo, así que vendremos a buscaros temprano y entonces serás azotada de
verdad. Sharon respondió llorando con más intensidad y apartando la cara. El
Coronel habló esta vez en un susurro al oído de ella. Las tres recibiréis
treinta o cuarenta latigazos y después.... seréis crucificadas. Esas palabras
fueron casi peores que el látigo y un escalofrío de terror recorrió todo su ser.