El Verano de Patricia
Los hechos que voy a relatar a continuación ocurrieron hace
unos meses, durante mis vacaciones veraniegas.
Para situaros os diré que tengo 30 años y padezco de
parálisis cerebral desde nacimiento. A pesar de lo que se pueda imaginar sobre
mí a priori, tengo éxito en muchos aspectos de mi vida, (estudios, trabajo,
relaciones…).
Siempre, desde muy joven, he tenido éxito con las mujeres. Es
posible que mi forma de ser, mi facilidad para escucharlas y entenderlas, mi
forma de tratarlas, y también mi discapacidad (no se puede obviar), atraiga el
interés de cierto tipo de mujeres, aunque este último aspecto actúa más como
barrera que como elemento de atracción.
En el momento en el que sucedieron los hechos me encontraba
recuperándome de una relación algo "tormentosa" que había acabado meses antes.
Me había costado mucho reponerme de esa ruptura, pero ya me comenzaba a sentir
con fuerzas para seguir adelante sin mirar atrás.
Casi un mes antes, había conocido a una muchacha de 19 años.
Su nombre era Patricia y se estaba preparando para irse a estudiar a la
universidad. El mismo día que la conocí me llamó la atención por su físico.
Normalmente me suelo sentir atraído por mujeres de más edad, incluso mayores que
yo, pero aquella chica se la vía muy madura, tanto por su físico como por su
actitud.
Era rubia, mediría 1’70, delgadita pero con unos pechos
notorios, usaría una 95 de sujetador, y un trasero que no se podía dejar de
admirar.
La vi un par de veces más. Iba por mi trabajo para buscar
alguna ocupación durante el verano, y así reunir dinero para ayudar en sus
inicios como universitaria y no depender por completo de sus padres. Siempre que
se pasaba por allí no podía evitar observarla. Seguramente se dio cuenta en más
de una ocasión, soy malo disimulando, pero me percaté que a ella no le
importaba.
La última vez que se pasó por la oficina fue porque mi
compañera le había encontrado un trabajo como dependienta en una tienda de ropa.
Verla llegar me resultó muy grato y la saludé con una sonrisa a la que ella
respondió con otra, acompañada de un saludo verbal.
Como de costumbre, ni me planteé intentar entablar una
conversación porque asumí que no serviría de mucho; mis dificultades en el habla
y el lugar lleno de ruido y personas hablando, no se prestaba a nada, pero por
sorpresa mía, fue ella la que dirigió sus pasos hacia mi mesa.
Disculpa, me han llamado porque parece que hay una
oferta de trabajo. – me comunicó ella.
Si, - le respondí. – pero ese tema lo lleva mi
compañera.
Ya, lo se, pero está ocupada con otra persona y creo
que tardará un ratito, por lo que he alcanzado a escuchar. ¿Te importa
si espero aquí? – me preguntó con cara de estarme pidiendo un gran
favor.
Me quedé sorprendido por lo inesperada de aquella situación,
pero reaccioné rápido y, con un gesto cortés, le indiqué que se sentara en la
silla que estaba frente a mi mesa.
Tu eres el famoso Jacob, ¿verdad? – me preguntó
pero no me dejó tiempo para responder. – He oído hablar mucho de ti,
y muy bien por cierto. Dicen que eres un informático excelente.
Bueno, ya sabes como es la gente, tiende a exagerar.
– le respondí yo con la sonrisa que dicen siempre tengo en mi cara.
No seas modesto, – me replicó ella. – se de
buena tinta lo bueno que eres en lo tuyo y que también tienes la
costumbre de sacarte importancia. Conmigo no seas modesto.
Bueno, se hace todo lo que se puede y por suerte esto
se me da bien. – le dije volviéndole a sonreír.
Sin darme cuenta empezamos una conversación que se prolongó
hasta la hora del desayuno, momento en el que mi compañera salió a tomarse el
cortado de rigor y, por tanto, Patricia tendría que esperar a que regresara.
Uf!, creo que mi compañera se te ha escapado, tendrás
que esperar a que vuelva. – le informé en tono de disculpa.
Tranquilo, – me dijo mientras miraba su reloj. –
esta mañana la dedicaré solo a esto, es algo que debo resolver hoy
mismo.
No suele tardar mucho, enseguida estará aquí y te
atenderá. – le dije mirando también el reloj.
Se hizo un minuto de silencio en el que yo desvié mi mirada
hacia el monitor comprobando como iba el proceso que tenía ejecutándose.
Oye, – me dijo reclamando mi atención. –
estaba pensando que quizás me podrías ayudar con mi portátil. Lo compré
hace unos días, pero en la tienda no me habían dicho que venía sin
sistema, y ahora me quieren cobrar por hacerme la instalación.
Pues vaya faena te han hecho, – le dije
solidarizándome con ella. – yo te podría instalar el sistema y los
programas que me pidas, pero llevaría algunas horas, así que necesitaría
quedarme con el portátil un fin de semana, por ejemplo.
Por mi no habría problema, – me respondió. –
seguro que en la tienda tardarían más y no lo dejarían como quiero.
Pues entonces te doy mi dirección y me llevas el pc
desde que quieras. – le dije mientras le acercaba papel y bolígrafo por
si necesitaba tomar nota.
Acto seguido le indiqué donde vivía y quedó en pasarse al día
siguiente. En ese instante mi compañera regresó y Patricia se encaminó hacia su
oficina despidiéndose de mí de forma amigable.
Sin saberlo, aquello fue el comienzo de una relación liberal
que duraría todo el verano. No soy partidario de este tipo de relaciones pero,
dada la juventud de ella, y sus intenciones de irse a estudiar fuera, no me
atraía la idea de tener algo serio.
Durante un mes estuvimos tonteando. Salíamos al cine, alguna
que otra cena informal, y varias meriendas campestres. En esas salidas lo más
que llegamos fue a meternos mano en el coche y unos buenos morreos que, la
verdad, nos ponían a 100.
Ganas de llegar más lejos no faltaban, pero mis sospechas de
que era virgen, y la falta de preservativos (no me era posible comprarlos yo
mismo y no es algo que me agrade pedir que compren por mi), me llevaba a
contenerme en las situaciones de excitación que tenía con ella.
Patricia, por su parte, no hacia gesto que me indicara sus
deseos de tener un encuentro sexual pleno. Se conformaba con nuestros morreos y
tocamientos, en el asiento trasero de aquel viejo, pero bien conservado coche
que le había cedido su padre nada más sacar el carné.
A pesar de no llegar al final, disfrutaba mucho de aquellos
calentones que tenía con ella. Nunca nos sacábamos ninguna prenda, la ropa era
como nuestra red de seguridad que impedía llegar más lejos de lo que
considerábamos seguro. No obstante, en varias ocasiones mi mano se llegó a colar
debajo de sus siempre ajustadas blusas, logrando así palpar aquellos hermosos
senos, y sentir su calor teniendo solo la tela del sujetador como barrera.
Pocos días antes de los hechos de los que hablo a principio
de este relato, me atreví a llegar un poco más lejos. Estábamos en nuestro lugar
de merienda favorito, un pequeño espacio entre pinos en el que apenas se oían
los coches que, esporádicamente, pasaban por la carretera que dejábamos atrás,
adentrándonos en el pinar que nos ofrecía un escondite perfecto para nuestros
juegos eróticos.
Como de costumbre, poníamos una manta en el suelo y ella me
ayudaba a colocarme sobre ella. Luego cogía una típica cesta de mimbre, se
sentaba frente a mí y sacaba la comida, mientras me contaba como iba en la
tienda, alguna anécdota o sus preparativos para su traslado a la universidad.
Solíamos ponernos bajo un pino para que su tronco me sirviera
de respaldo, y a ella le gustaba sentarse entre mis piernas, de espaldas a mi, y
se recostaba sobre mi pecho mientras yo la rodeaba con mis brazos. En esa
posición pasábamos la mayor parte del tiempo, comíamos, hablábamos y luego yo
iniciaba el ritual erótico besándola en el cuello, a lo que ella respondía con
un suspiro y caricias en mi rostro.
Normalmente era en ese momento cuando nos metíamos en el
coche por si nos veía alguien, pero ese día no la dejé incorporar y ella no puso
objeción a quedarnos allí fuera. Sin duda estaríamos más cómodos que en el
asiento trasero de aquel coche, tendríamos más libertad de movimientos y, como
no nos sacábamos la ropa, tampoco importaba mucho si algún mirón andaba por los
alrededores, cosa difícil en aquel denso pinar.
Mis labios seguían recorriendo su cuello y hombro, ese día
llevaba una camisa de asillas blanca, ajustada como siempre, que permitía
adivinar su grado de excitación por lo marcado que resaltaban sus pezones.
Llevaba también unos vaqueros, como era habitual en nuestras escapadas
campestres, aunque a mi no me gustaba demasiado ya que esa gruesa tela no
permitía mucho contacto con sus piernas y sexo.
No tenía intenciones previas de hacer algo nuevo, pero en ese
momento vi que podría atravesar la barrera que habíamos mantenido desde un
principio, aunque no deseaba atravesarla del todo.
Yo seguía con mis besos en cuello y hombro, y mis manos sobre
los pechos que tanto me gustaban. Ella, como era habitual, se dejaba hacer
soltando, de vez en cuando, un suspiro acompañado de movimientos corporales que
me provocaban excitación.
Comencé a bajar mi mano izquierda, ella ya esperaba esta
acción por otras veces, pero no se imaginaba que iba a detenerme en el botón de
sus pantalones e iniciar la operación para desabrocharlos. Por un gesto de
inercia, ella puso su mano sobre la mía haciéndome parar y girando su cabeza
para mirarme a los ojos. Su expresión era de sorpresa mezclada con excitación.
Creo que veía aquello como un traspaso de fronteras no esperado, a lo que
reaccionaba con un gesto con el que me pedía alguna palabra que la tranquilizara
y le hiciera ver que era conciente de lo que estaba haciendo.
Tranquila cariño, – le dije en voz baja. –
confía en mi.
Ella respondió con un movimiento afirmativo de cabeza y
soltándome la mano, no sin antes apartarla del botón que ella misma desabrochó,
facilitándome mucho el trabajo.
Se volvió a acomodar reposando su espalda sobre mi pecho,
dejándome hacer lo que pretendía. Mi mano derecha se situó justo bajo sus
pechos, acariciándolos lentamente, mientras la izquierda continuaba el trabajo
bajando la cremallera de aquel ajustado vaquero descubriendo así, por primera
vez ante mis ojos, la ropa íntima que usaba.
Era una braguita blanca de algodón. No esperaba que una joven
tan exuberante usara ropa interior tan tradicional, pero desde luego que había
coincidido completamente con mis preferencias, soy muy clásico para estas cosas.
Lo que si eran finas, tanto que se adivinaba perfectamente el contorno de sus
labios vaginales y permitió percatarme de algo que me encanta, se depilaba
completamente.
Presté atención a su estado, su respiración era muy intensa,
solo el hecho de abrirle el pantalón la había puesto tan excitada que sus
suspiros y movimientos corporales eran más acusados que nunca. Mi mano derecha
daba buena cuenta del estado de sus pezones, y con la izquierda comencé a rozar
su sexo por encima de las braguitas. La humedad de aquella fina tela era cada
vez más evidente. Mi erección empezaba a resultarme incómoda, pero liberar mi
pene era ir más lejos de lo que pretendía aquel día, así que me contuve.
Intensifiqué las caricias que estaba aplicando a la vagina de
mi joven amante, mi objetivo era llevarla hasta el orgasmo lo más rápido
posible, ya que si prolongaba mucho aquella situación, yo no iba a poder
contenerme y sabía que ella no iba a oponer ninguna objeción a que la penetrara
en aquel estado.
Por suerte para ambos, no tardó mucho en llegar al clímax. Su
cuerpo se arqueó completamente, de su boca escapó un ahogado grito de placer,
sus manos se aferraron fuertemente a mis brazos como pidiéndome que la
sostuviera en aquel descontrol que sufría su cuerpo, causado por el orgasmo más
intenso que había sentido nunca, según me confesó pasado unos días.
Segundos después quedó relajada sobre mí. Sentir su cuerpo
tan tranquilo, después del estado en el que se encontraba un instante antes, me
hizo sentir muy bien, y percatarme de la paz del entorno donde nos
encontrábamos. Abracé a Patricia, aún inmóvil sobre mi, y con mucha ternura me
dispuse a subirle la cremallera del pantalón, ocultando aquel tesoro húmedo del
que deseaba disfrutar, pronto, en su plenitud.
Patricia, poco a poco, comenzó a reaccionar. Se abrochó el
botón sin moverse de su posición, acto seguido se incorporó y se arregló la
camisa, colocándose los senos en las copas del sujetador y las asillas sobre sus
hombros. Se giró mirándome con una mirada tierna y acercó sus labios a los míos,
dándome un beso de gratitud.
Su mirada bajó y se percató de que aun conservaba mi
erección.
Yo he disfrutado mucho, pero tu ... – me dijo con
rostro de culpa.
Tranquila mi niña, yo he disfrutado también
haciéndote gozar. – le respondí guiñándole un ojo.
Te debo una, cariño, y yo siempre pago mis deudas.
– me comunicó volviéndome a besar de forma más intensa que antes.
Aquellas palabras me sonaron a una declaración de
intenciones, pero no imaginé que significara un cambio radical en su actitud.
Hasta ese día, lo nuestro era una relación light, nos veíamos
un par de días entre semana y salíamos algún sábado en el que no tenía plan con
sus amigos. Yo, por otra parte, tenía mis rollitos tontos con mujeres que
conocía por Internet, aunque sin intención de pasar de ahí. Pero después de esa
tarde campestre, todo cambió.
Comenzamos a vernos a diario, me llamaba por teléfono desde
su trabajo diciéndome que tenía ganas de verme. Nuestros encuentros empezaron a
ser de alto riesgo. Ella tomaba la iniciativa y en una ocasión hasta llegó a
apoderarse de mi pene introduciendo su mano en mis pantalones. Si no llega a ser
porque estábamos estacionados en la calle donde vivo, hubiera dejado que me
hiciera lo que quisiera, pero no era plan que nos vieran los vecinos en aquella
situación.
Pocos días después me llamó por teléfono.
Cariño, te llamo porque me acabo de enterar que mis
padres se van de fin de semana. – me contó nada más descolgar el
teléfono.
Ah ¿si? – atiné a responder de forma torpe sin
reparar en lo que conllevaba la ausencia de sus padres.
Si cariño, y estaba pensando que... – hizo una
pausa como temiendo mi reacción a lo que iba a decirme. – no me
gustaría quedarme en esta casa sola, ya sabes que está algo apartada.
Me di cuenta de lo tonto que soy a veces, ¿cómo no había
caído?. Me lo estaba poniendo en bandeja y quería que yo tomara la iniciativa
para no quedar como una lanzada, cosa que sabía que no era por el tiempo que
llevábamos, aunque era evidente que deseaba mucho tener un encuentro sexual
pleno conmigo.
No cariño, tranquila que no voy a dejar que estés
sola, – le dije en tono tranquilizador. – si a tus padres no les
importa, me quedaré contigo todo el fin de semana.
Gracias mi niño! – exclamó inmediatamente. – a
mis padres no les importará, al contrario, les dará tranquilidad saber
que estoy acompañada por ti, ya sabes que te tienen mucho respeto y
confianza.
Pues en ese caso habrá que cuidarte bien para que
sigan confiando en mi. – dije en tono pícaro.
Estoy segura de que estaré mejor atendida que nunca.
– me respondió en el mismo tono.
Después de concretar la hora en la que vendría a recogerme,
nos despedimos cariñosamente y colgamos. Inmediatamente después me asaltaron las
dudas al recordar los dos "problemas" que debía resolver: como conseguiría
preservativos, y como haría si fuera virgen. Mi mente me comenzó a hablar "El
primer problema quizás ella ya lo tenga previsto, es una chica muy decidida y,
sin duda, ha preparado esto a conciencia. Si hablas de esto con ella… tal vez
rompas el juego que tenéis montado, y se pierda ese toque de improvisación que
tanto os gusta."
Sobre su posible virginidad, se puede ver como una tontería,
pero me preocupaba hacerle daño. Mis movimientos, a veces, son bruscos por mi
discapacidad y eso, unido a que tengo un pene de tamaño considerable, me causaba
el temor de no hacerlo con la suavidad que requería una chica con su himen
intacto.
Es algo que siempre me ha preocupado, quizás sea una de las
razones por las que siempre me decanto por mujeres de más edad, pero ya no
pensaba dar marcha a tras, deseaba a Patricia y quizás aquella fuera la última
oportunidad de poseerla antes de que se fuera a la universidad. "Con un poco
de suerte, esta no será la primera experiencia que tenga, y su indecisión
inicial se deba a que su primera vez fue con un chico de su edad y con poca
experiencia, por lo que no guarda un buen recuerdo de aquello. Luego, tras
sentir lo que ha sentido conmigo en nuestra merienda de hace unos días, ha
redescubierto el sexo y está deseosa de experimentarlo plenamente con alguien
que supiera darle placer", me dije a mi mismo.
Decidí no preocuparme y preparar mi mochila con lo que
necesitaría ese fin de semana. Un par de mudas, un pijama, mi neceser y la
maquinilla de afeitar, a Patricia le gustaba que estuviera siempre bien afeitado
para que no le pinchara al besarla, su piel era delicada.
Me parecía estúpido pero estaba poniéndome nervioso. Yo, que
había viajado en varias ocasiones, en el pasado, para encontrarme con mis
amantes, y ni siquiera en mi primera vez me puse nervioso, ahora si lo estaba.
Sin duda era una situación nueva para mi, estar con una chica joven a la que
deseaba poseer, en casa de sus padres, todo un fin de semana, solos… era mucho
para mi en aquel momento. Se me pasó por la cabeza la idea de ir al baño y
"descargarme" como yo llamo a mis masturbaciones, eso me tranquilizaría y
permitiría controlar mejor la situación, pero ya se aproximaba la hora en la que
me vendría a recoger, y no sabía si me daría tiempo. Al final no tuve
oportunidad, el timbre sonó y ella apareció tras abrir la puerta.
Era evidente que me declaraba sus intenciones al ver el
modelito que se había puesto para irme a buscar. Eran los mismos pantalones y
camisa que llevaba en nuestra memorable merienda, no se los había vuelto a poner
desde entonces, que yo supiera, como queriendo reservar aquellas prendas para
una ocasión en la que pudiéramos continuar lo que habíamos iniciado aquel día.
Nos dimos el beso de rigor y me dijo que debíamos darnos
prisa porque no había encontrado aparcamiento, dejando el coche en el vado del
vecino. Sin más preámbulos le entregué mi mochila, se la enganchó en su hombro
derecho, y acto seguido sacó mi silla rodando hasta la escalera, cargándola en
peso para bajarla hasta el zaguán del edificio, sin ascensor, donde vivo con mi
familia. Patricia ya hacía aquel procedimiento por inercia. No solo me gustaba
su físico, era un conjunto de cualidades las que me atraían de ella, y me
resultaba muy grato el modo tan natural con el que afrontaba mi discapacidad,
sabiendo en cada momento la ayuda que necesitaba.
Nada más comenzó a bajar con la silla y la mochila, me
percaté de que había cometido una torpeza dejándola bajar con la doble carga, la
mochila la habría podido bajar yo mismo, pero cuando se lo dije ya estaba
llegando al último tramo de escalones, y me indicó que bajara y no me preocupara
porque el peso no era tan grande.
Yo me despedí de los de casa mientras cerraba la puerta y
dirigí, mis torpes pasos, hacia los escalones que me llevarían al zaguán donde
esperaba Patricia con la silla preparada.
De forma algo apresurada, nos desplazamos hasta el coche que
se encontraba abierto. Me subí en el asiento del copiloto, y metí la mochila
dentro para que mi acompañante pudiera plegar la silla e introducirla en el
maletero
Llegamos a su casa en 10 minutos y, nada más llegar, cerró la
portada que salvaguardaba el perímetro de aquella gran residencia. Ya había
estado allí semanas antes, invitado por sus padres deseosos de conocer al chico
del que tanto hablaba su hija. Patricia era hija única de un matrimonio
adinerado. El padre era empresario de la construcción, y la madre abogada. A
pesar de ello, no era la típica niña rica, tal vez porque sus padres habían
prestado mucha atención en su educación, haciéndola entender el verdadero valor
de las cosas.
La casa era de una planta, con un jardín que la rodeaba, una
piscina en su parte trasera y un solario con dos hamacas, seguramente madre e
hija tomarían el sol en topless allí mismo, no había visto aún los pechos de
Patricia al desnudo, pero no se le notaba marca alguna en su escote ni hombros.
Entramos en su casa y me llevó hasta la habitación de
invitados. Aquello iba a ser un juego al que estaba encantado de jugar. No
íbamos a ponérnoslo tan fácil y hacerlo nada más llegar, el fin de semana era
largo y surgiría la ocasión, posiblemente, esa misma noche.
Me dejó en la habitación mientras ella iba a preparar algo de
cena. Saqué las cosas de la mochila y las fui colocando en la repisa que había
en una pared del cuarto. No valía la pena colocar nada en el armario por dos
noches. Dejé el pijama sobre la cama y luego me dirigí hacia la cocina donde
estaba ella en plena faena.
La cocina era de estilo americano, aunque no se si se llama
realmente así. Tenía una especie de barra, a modo de mesa, que daba a un gran
salón. Era extraño que una casa así tuviera una cocina tan pequeña y sin apenas
división, pero posiblemente no se cocinara mucho en aquella vivienda, al pasar
gran parte del día fuera.
Patricia estaba preparando algo especial para mi, un plato
que me encanta, lasaña. Ya tenía todo preparado, se ve que había empezado antes
de irme a buscar, y ya solo le faltaba disponer todo en la bandeja y empezar a
cocinarla.
Yo me dediqué a observarla mientras se movía ágilmente en
aquella pequeña cocina, le había preguntado si la podía ayudar en algo a lo que
respondió, con una mirada pícara, que ya la estaba ayudando estando allí con
ella.
Mientras me daba la espalda, me fijé en su trasero. Era una
parte de su anatomía a la que había prestado poca atención, aunque no era porque
no la mereciera. Lo había palpado alguna vez, y sentido cuando se sentaba sobre
mis piernas, pero mi debilidad por sus pechos me hacía centrarme en ellos y
dejar su hermoso culito en un segundo plano.
Entre la conversación que teníamos y las miradas de
complicidad que nos intercambiábamos, la cena se cocinó en menos tiempo del que
esperábamos, y procedimos a cenar mientras continuábamos la amena conversación.
La lasaña estaba riquísima, sin duda había puesto esmero en
su preparación. Dimos buena cuenta de ella en poco tiempo y, sin mucha demora,
nos pusimos a recoger la mesa. La ayudé poniendo los platos y cubiertos en el
lavavajillas mientras ella guardaba lo que había sobrado en la nevera.
Una vez terminadas las labores de limpieza y aseo bucal
personal, nos sentamos en el gran sofá del salón.
He pensado que podríamos ver algunas pelis. – me
comunicó mientras me señalaba una estantería llena de DVDs.
Me parece buena idea. – le respondí mientras
miraba hacia donde señalaba.
¿Me ayudas a elegir una, o vas a decir que confías en
mi buen gusto como cada vez que vamos al cine? – me preguntó con
tono desafiante y bromista a la vez.
Sin dudarlo me levanté del sofá y me senté en mi silla,
tendiéndole mi mano e invitándola a incorporarse. Ella, con una sonrisa de
satisfacción, cogió mi mano y se levantó del sofá, desplazándonos juntos, y sin
soltarnos, hasta la estantería de los DVDs.
Era difícil elegir entre tal cantidad de películas. No pude
pasar por alto el coste de aquella colección donde todo eran copias originales,
nada de grabaciones piratas. Desde luego, se lo podían permitir gracias a los
elevados ingresos de los que disponían, aún así me costaba entender que no
tuvieran una sola película bajada de Internet.
Tras varias propuestas de Patricia, nos decantamos por una
comedia. Era una peli de la que había oído hablar bien, aunque nunca había
tenido la oportunidad de ver.
Patricia se encaminó hacia el mueble de la televisión, se
agachó y abrió las puertas de cristal que protegían el reproductor de DVD.
Cariño, – me dijo, girando la cabeza hacia mi,
mientras esperaba que se cargara el DVD de la película. – ¿por qué no
nos ponemos cómodos para ver la tele? Creo que con el pijama estaremos
mejor.
La idea me gustaba, estar los dos en pijama sentados en el
sofá mientras veíamos una peli, era algo que me excitaba. No puse objeción y nos
fuimos a las habitaciones para cambiarnos.
Mientras me ponía los pantalones me di cuenta de que eran,
quizás, demasiado cortos. En casa solo los usaba para dormir y apenas salía de
mi habitación con ellos, excepto para irme a dar la ducha de cada mañana,
momento en el cual todos aún dormían en casa.
Aquellos pantalones no ocultarían mi miembro si se producía
la mínima erección. Una alternativa era ponerme unos calzoncillos por dentro,
eso sujetaría mi pene, pero luego pensé que era innecesaria tal incomodidad.
Patricia ya se había apoderado de mi miembro días antes, deseaba tenerlo de una
vez, así que era el momento de empezar a jugar fuerte, la noche sería muy
caliente.
Nada más terminar, fui rodando al salón. Ya ella me esperaba
allí, y verla me hizo sentir estúpido una vez más. Yo dando vueltas al tema de
los pantalones y ella se había puesto una camisa que apenas le llegaba a tapar
sus braguitas. La camisa era azul, unas cuantas tallas más de las que usaba
normalmente, sus piernas estaban totalmente desnudas, iba descalza, y pude
adivinar que no llevaba sostén por los libres movimientos de sus pechos al
caminar hacia mi.
¿Te gusta lo que me he puesto? – me preguntó con
un tono pícaro.
Uuf, creo que me va a costar entender la película
porque no podré dejar de mirarte. – atiné a responder torpemente.
Eso no sería nada malo, más bien todo lo contrario.
– me respondió mientras empujaba mi silla hasta el sofá y me invitó a
pasarme a él.
Con un movimiento ágil saltó desde atrás y se sentó a mi
lado, evitándose dar la vuelta completa al sillón. Cogió el mando y le dió al
play, volvió a dejar el mando en la mesita y se acomodó, pegadita a mi, haciendo
que sintiera el calor de su cuerpo en mi costado.
Se situó a mi izquierda, el lado de mi cuerpo que mejor
controlo, ella lo sabía. Tras unos minutos, aún la película estaba en la primera
escena, moví el brazo izquierdo para liberarlo de la prisión producida por ella.
Se apartó ligeramente sin dejar de mirar la televisión, y aproveché para elevar
el brazo y pasarlo por detrás de ella, a lo que correspondió volviéndose a pegar
a mi y doblando sus piernas para subirlas al sillón, adoptando la postura de la
Sirenita de Copenhague.
Su posición me gustaba, me permitía ver sus piernas recién
depiladas, poseían un moreno propio de la época. La camisa no era
suficientemente larga y, con los movimientos para acomodarse a mi lado, se le
había subido hasta la cintura, dejando al descubierto sus blancas braguitas.
Ella no dejaba de mirar la televisión pero, sin duda, era conciente de que yo
recorría su cuerpo con la mirada.
Mi brazo se había situado tras de ella, pasaba por el medio
de su espalda, y mi mano se alojaba en su costado izquierdo, un poco por debajo
de su pecho. Giré la cabeza para continuar viendo la peli, tal como hacía ella,
pero mi mente solo pensaba en Patricia.
Casi por inercia, mi mano comenzó a moverse en su costado,
acariciando lentamente esa parte de su cuerpo, y con movimientos cada vez más
amplios, llegué a rozar su pecho. A esto ella reaccionó con un ligero suspiro y,
como buscando cobijo, se acurrucó sobre mi, apoyando la cabeza sobre mi hombro,
estirando algo más las piernas y agarrando mi mano derecha que se encontraba
quieta sobre mis piernas.
Con la nueva posición la tenía a mi disposición. Estaba
apoyada en mi, entregada y esperando a que yo decidiera el momento de dar el
siguiente paso, no era necesario demorar más aquello que ambos deseábamos. De
modo suave me solté de su mano y la llevé hasta su barbilla, la elevé despacio
hasta que su rostro quedó frente al mío y me dispuse a besar sus labios.
Ella estaba como si no fuera la dueña de su cuerpo,
reaccionaba a mis caricias y mis besos sin realizar ningún movimiento que yo no
le hubiera pedido antes. Era una sensación increíble, era completamente mía en
aquel sofá, y comprendí que deseaba ser guiada por mi. En el mes que llevábamos
saliendo, había alternado momentos de sumisión con otros de iniciativa, sabía
muy bien que papel adoptar en cada momento, pero era la primera vez que adoptaba
un rol tan sumiso.
Yo, asumiendo el papel de guía que ella me había asignado, la
tomé del brazo limitando sus movimientos, y la volví a besar, esta vez con más
pasión. Introduje mi lengua en su boca, a lo que ella correspondió abriéndola y
dejándome fácil acceso. Ella recibió mi lengua con la suya, jugueteando y
chupándola de forma muy suave. Mientras nuestras bocas estaban en contacto, mi
mano derecha se trasladó hacia sus pechos, palpándolos y acariciándolos en todo
su contorno, como queriendo aprenderme su forma de memoria sin verlos.
Estuve así unos minutos, sus pezones ya estaban duros al
tacto, y su respiración era ya intensa. Me separé de ella y me giré para tenerla
frente a mi, ella se incorporó y bajó la mirada hasta mis pantalones. No me
había percatado pero ya mi pene asomaba por la pierna del corto pantalón y
mostraba una erección casi total. Su cara mostró algo de sorpresa, era la
primera vez que me la veía en su totalidad y, aunque ya lo había tocado y hecho
una idea de su tamaño, no era lo mismo que verlo directamente.
No tengo un pene enorme, ni mucho menos, más bien yo lo
considero de tamaño estándar, pero supongo que en relación a mi cuerpo delgado,
y casi 1’70 de altura, las dimensiones de mi miembro destacan más, y sorprende
siempre al verlo por primera vez erecto.
Patricia, continuando con su papel de sumisa, no hizo ningún
movimiento, estaba sentada mirando mi miembro y esperando a que yo diera el
siguiente paso. Me desprendí de la camisa y luego me puse de rodillas en el
sillón. Ella levantó la vista y me colocó su mano en el pecho, yo me incliné y
volví a besarla muy suavemente, mientras mis manos bajaron por sus costados y
cogieron el borde de su camisa para luego comenzar su ascenso. Subí lentamente
la camisa y sus pechos quedaron a mi vista por primera vez, sin detenerme
continué subiendo para sacársela, a lo que ella me respondió subiendo los brazos
para facilitarme el trabajo.
Era una vista maravillosa. Ante mí estaba ella casi desnuda,
solo conservaba sus braguitas y sabía que se las podría sacar cuando yo
decidiera. Años antes, en una situación así, me hubiera lanzado sobre ella,
arrancado las bragas, y penetrado sin miramientos, ella no hubiera puesto
oposición alguna, pero la experiencia me había otorgado cierto grado de
autocontrol y capacidad para mantener controlada la excitación de mi pareja, y
poder así alargar el disfrute de esos momentos. Aún debía retrasar un poco el
momento de poseerla, aquello debía disfrutarlo durante más tiempo y hacerla
disfrutar a ella al máximo.
Acercándome lentamente llegué hasta sus pechos para probarlos
por primera vez, toqué el pezón derecho con mi lengua, y luego dibujé pequeños
círculos sobre su areola. Ella puso la mano en mi nuca al tiempo que soltaba un
ligero suspiro y se estremecía ligeramente. Repetí la operación en el otro pecho
con resultado parecido, y proseguí con unas chupadas enérgicas que hicieron
introducir en mi boca una parte importante del volumen pectoral de Patricia,
cosa que le produjo un estremecimiento y gemido mucho mayor que el anterior.
Me aparté para ver su rostro, el cual expresaba un grado de
excitación elevado. Mientras la observaba, mi manos se colocaron en sus senos
acariciándolos suavemente para luego, con movimientos lentos, elevé los brazos
para cogerla de los hombros y recostarla sobre el sofá. Su cabeza se posó en el
mullido apoyabrazos del sillón, sus piernas se estiraron completamente, y sus
brazos se colocaron a cada lado de su hermoso cuerpo creando una imagen digna de
ser catalogada como obra de arte.
Su excitación hacía que respirara con un ritmo más rápido del
normal, su pecho se elevaba y descendía al compás de sus inspiraciones y
espiraciones. Me rodé para tener sus labios al alcance de los míos, me incliné
sobre ella y la besé una vez más, de modo muy delicado, apenas rozando su boca,
lo que le causó una mayor excitación e hizo que elevara su cabeza en busca de un
mayor contacto con mis labios.
Me aparté y ella clavó sus ojos en los míos, era una mirada
de deseo, excitación y hasta algo de lujuria aunque seguía sin dar muestras de
llevar la iniciativa. Volvió a reposar la cabeza en el sofá y yo me dispuse a
emprender un recorrido por su perfecta figura. A medida que bajaba iba rozando
con mis labios, o lengua, determinadas partes de su anatomía. A la altura de sus
senos, zona a la que ya había prestado muchas atenciones, no quise detenerme
demasiado, me limité a rozar con la lengua su estrecho canalillo y continuar mi
viaje hacia el sur.
Entre besos y lamidas llegué al elástico de sus braguitas.
Mis manos, que permanecían en un segundo plano, tomaron el protagonismo y una se
colocó entre sus muslos, mientras que la otra se introdujo unos centímetros por
debajo del elástico de la cintura. La mano que situé entre sus muslos, subió
lentamente hasta entrar en contacto con la tela que tapaba su rajita, en ese
momento dejó escapar un gemido muy acusado y noté como ya había humedad en la
zona. Inicié unos movimientos con la mano recorriendo su vagina de arriba a bajo
y de a bajo a arriba, separó ligeramente las piernas dejando mayor espacio entre
ellas, al tiempo que cerraba fuertemente sus puños en señal de que su cuerpo
experimentaba un estado de absoluta excitación.
Era la hora de descubrir lo que tapaba el único trozo de tela
que llevaba en su cuerpo. Con una mano por cada lado, tiré de sus braguitas
hacia abajo, sin ninguna prisa. Ella elevó ligeramente su trasero para
facilitarme la operación, quedando a la vista una bellísima rajita, totalmente
depilada y ya brillante por la humedad de sus fluidos. Continué bajándole las
bragas hasta terminar de recorrer sus perfectas piernas, sacándoselas
completamente y dejándolas caer en el suelo.
Ya estaba completamente desnuda, me detuve unos segundos a
contemplarla y acariciar sus piernas, ella me miraba sin decir nada, respirando
fuerte y humedeciendo sus labios de vez en cuando. Decidí proseguir y tocar, por
primera vez, el sexo de Patricia sin telas por medio. Primero fueron pequeños
roces que luego se transformaron en frotamientos más intensos. Por sus gemidos
supuse que le faltaba muy poco para alcanzar el orgasmo, así que decidí llevarla
hasta él sin más tardanza. Acerqué la cabeza y, separando sus labios vaginales
con la mano, pasé mi lengua entre medio de ellos hasta toparme con su clítoris,
con el que jugueteé con movimientos rápido de lengua, para acabar con una
chupada parecida a la aplicada anteriormente a los senos. Ella soltó un ahogado
grito mientras arqueaba su espalda y sujetaba mi cabeza con sus manos. Había
tenido el primer orgasmo de la noche, y me daba la impresión que no sería el
último.
Pasado un rato recobró el control de su cuerpo, se incorporó
y levantó del sofá, quedando de pie delante de mi.
Creo que es mi turno, señor Jacob. – me dijo en
tono picarón y con una sonrisa de deseo.
Pues aquí me tiene, señorita. A ver que tiene pensado
hacerme.
Ella se arrodilló en la alfombra que había a nuestros pies,
sin mirar cogió el mando y apagó la televisión que aun permanecía encendida,
volvió a dejar el mando en la mesa y, extendiendo sus brazos, agarró mis
pantalones, tiró de ellos y me los terminó de sacar de forma ágil. Se situó
entre mis piernas y se echó sobre mi, colocando sus pechos a la altura de mis
genitales y besando mi pecho de forma cariñosa. Sentir sus senos presionando mi
pene fue una sensación increíble. Empezó a moverse frotando su cuerpo contra el
mío, para luego proceder a realizarme una cubana que casi me vuelve loco.
Patricia no dejaba de mirarme, quería ver el placer que me
estaba proporcionando expresado en mi rostro. Ahora era ella la que llevaba el
control, yo me dejaba hacer lo que quisiera del mismo modo que había hecho ella
anteriormente. Llevaría un par de minuto con mi pene entre sus pechos cuando
paró, se apartó ligeramente y agarró mi miembro con su mano derecha, mientras
con la izquierda empezó a acariciar mis testículos. Lentamente acercó su cabeza
hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para pasar su lengua por la
cabeza de mi falo. Poco a poco intensificó los lametazos llenando de saliva toda
la punta, y dejando luego que fuera escurriendo a lo largo del pene.
Levantó la vista y, mirándome a los ojos, se fue
introduciendo mi miembro en su boca hasta poco menos de la mitad para luego,
mientras lo chupaba, lo extraía lentamente hasta que salía de su boca
produciendo un sonido parecido al que causa el descorche de una botella. Repitió
varias veces esta operación provocándome, cada vez que me la hacía, un placer
difícil de describir.
Con la mano me realizó una masturbación breve pero intensa,
seguidamente me elevó el pene hasta apoyarlo completamente en mi abdomen,
chupándome los testículos luego. Jamás me habían producido tanto placer con una
mamada, si hubiera seguido un poco más hubiera eyaculado sobre ella, pero decidí
pararla y retomar el control.
Me incorporé y le pasé la mano por el pelo en forma de
caricia. Ella permanecía arrodillada al estilo japonés, esperando a que le
indicara lo que quería hacer ahora.
Mi niña, ¿tienes preservativos en casa? – me
decidí a preguntarle.
Compré hace días, cariño. Los tengo en el bolso.
– me respondió incorporándose para ir en su busca.
El bolso estaba colgado en una percha en el pasillo de la
entrada. Escuché como se alejaban sus pasos desnudos y como se acercaban luego.
Se plantó frente a mi con una caja de 10 unidades en una mano, la sujetaba a
modo de exposición como si de un anuncio publicitario se tratara, eso me causó
una risa que le contagié a ella.
Anda vamos. – me dijo ofreciéndome la mano que
tenía libre.
¿Dónde me llevas? – pregunté mientras me agarré a
su mano y me senté en la silla de ruedas que seguía junto al sofá.
Ya hemos tenido suficientes incomodidades en mi coche
y en el campo, vamos a usar la cama hoy que podemos. – me explicó
mientras me daba la caja de preservativos y tomaba el control de la
silla.
No sabía si me llevaba a su cuarto o al mío, sentí
curiosidad. Una vez más me sorprendió cuando me percaté que se dirigía a la
habitación de sus padres. Desde luego que si era cuestión de estar cómodos, nada
mejor que una cama de matrimonio.
Nada más llegar hizo otro alarde de agilidad y se subió a la
cama de un salto. Se extendió a lo largo y se colocó de costado, con su brazo
sujetando su cabeza como posando para que un pintor la dibujara. Con una
palmadita en la cama me invitó a acompañarla. No la hice esperar y, dejando la
cajita en la mesilla más cercana a mi, me subí a la cama colocándome acostado
frente a ella.
Estábamos en la cama de sus padres, desnudos, aún con el
sudor producido por la actividad en el sofá, y agitados por la excitación. Puse
la mano sobre su cadera y se la masajeé suavemente mientras la miraba a los
ojos, luego llevé la mano hasta su espalda para atraerla hacia mi, situándola
tan cerca que sentía cada centímetro de su cuerpo contra el mío. Besándola, por
enésima vez en aquella noche, retomamos la intensidad pasional del salón. Sus
brazos me rodearon y sus manos me acariciaban la espalda mientras nuestras
lenguas se batían en duelo entre su boca y la mía.
Tras un rato, nos giramos noventa grados, situándome boca
arriba y ella sobre mi. Separando sus labios de los míos, me sonrió y acarició
el rostro en un gesto tierno, estiró el brazo y alcanzó la caja de preservativos
que se encontraba donde yo la había dejado, sacó uno, volvió a dejar la caja en
el mismo lugar y se incorporó poniéndose de rodillas sobre el colchón. Como
siguiendo un procedimiento memorizado, sacó del envoltorio y situó el
preservativo en la punta de mi pene erecto, pinzó con dos dedos el extremo del
condón evitando que quedara aire en su interior y lo fue estirando suavemente
con la otra mano, enfundándolo perfectamente. Sus manos se posaron en mi vientre
y, sin hacer movimientos bruscos, se volvió a recostar a mi lado esperando a
recibirme.
Había llegado el momento cumbre, no solo de la noche, sino de
todo el tiempo que llevábamos viéndonos. Me giré quedando prácticamente sobre
ella, acaricié suavemente su cadera y me dispuse a adoptar la mejor posición
para penetrarla.
Cariño, – reclamó mi atención haciendo que me
quedara inmóvil. – házmelo con suavidad porque es mi primera vez.
Aquellas palabras confirmaban uno de mis temores, era virgen.
Me quedé quieto un segundo, necesitaba asimilar la situación con la que me había
topado de pronto. Ella había esperado hasta el último momento para decirme
aquella confesión, pero no la iba a recriminar por ello, seguramente había hecho
lo mejor para evitarme preocupaciones anticipadas. Mi rostro debió reflejar el
temor que me entró a hacerle daño.
Tranquilo mi niño, – me dijo acariciándome con
ternura. – estoy preparada para recibirte, quiero perder la
virginidad contigo, lo deseo casi desde que te conocí, estoy segura que
me harás disfrutar como nunca lo he hecho.
Mi vida, – respondí casi emocionado por sus
palabras. – esto será muy especial para ambos.
Mientras ella afirmaba mis palabras con un movimiento de
cabeza, agarré su mano y la llevé hasta mi miembro. Enseguida entendió lo que
tenía que hacer. Lo sujetó con la yema de los dedos y lo dirigió hasta su
vagina, con un ligero movimiento recorrió su rajita hasta encontrar la apertura
por donde debía entrar, dio un ligero tirón para introducir la punta de mi pene
en su interior, retirando la mano luego al tiempo que dejaba escapar un suave
suspiro.
Mantuve la posición unos segundos para luego, muy lentamente,
irme acoplando sobre ella al tiempo que me introducía dentro de su cuerpo. No
tardé en toparme con la tela que confirmaba su virginidad. Iba a ser el primero
en explorar las profundidades de Patricia. Miré hacia su cara para poder ver si
le producía excesivo daño mi incursión, ella me hizo un gesto de aprobación y,
sin más dilación, empujé hasta que su himen cedió dejándome vía libre hasta lo
más profundo de su hermoso cuerpo.
Ella soltó un grito seco, arqueando ligeramente su cuerpo, su
cara reflejaba una mezcla de dolor, placer y sorpresa al experimentar la
sensación por primera vez. Permanecí dentro de ella, inmóvil, hasta que noté su
relajación. Había desvirgado a una chica por primera vez, la había hecho mujer.
La idea me hizo sentir especial y quise agradecerle con un beso el concederme
tal honor.
Continúa mi niño, hazme gozar. – me pidió con voz
ahogada.
Sin decir nada empecé a bombear poco a poco, incrementando el
ritmo a medida que comprobaba que Patricia estaba disfrutando con mis
movimientos. Sus manos se posaron en mi espalda, atrayéndome hacia ella, sus
piernas subieron y me rodearon haciendo que la penetración fuera aún más
profunda. Alcancé un buen ritmo, sus gemidos eran cada vez más audibles llegando
a extenderse por toda la casa, esto aumentó mi excitación y me hizo perder el
control que había mantenido hasta ese momento. Empujé con fuerza notando como mi
pene entraba completamente dentro de ella, sus gritos de placer me indicaban que
estaba fuera de si.
Me corro, me corro, ay mi niño sigue así que me
corroooo! – comenzó a decirme entre sus gritos.
Yo estaba al borde del clímax y no iba a aguantar mucho más.
Hice un nuevo cambio de ritmo echando el resto de energía que me quedaban, ya
notaba el cansancio debido al esfuerzo que debía hacer en esa posición nada
cómoda para mi. Su cuerpo se estremeció como si una corriente eléctrica lo
atravesara, sus gritos se transformaron en un ahogado sonido difícil de
describir y se produjo el arqueo corporal que me indicó que estaba sintiendo un
profundo orgasmo, momento en el que yo me dejé llevar, eyaculando dentro de su
vagina que sería inundada por mis fluidos si no tuviera el preservativo.
Apenas podíamos movernos, quedamos allí abrazados un buen
rato. Me aseguré de retirar mi miembro antes de que la erección desapareciera
para no tener un disgusto con el preservativo. Me aparté hacia un lado y ella se
giró hacia mí quedando frente a frente, acostados en la cama.
¿Te sientes bien, cariño? – me preguntó con algo
de preocupación, supongo que fue porque estaba con la respiración algo
agitada.
Tranquila mi niña, – la tranquilicé poniéndole la
mano en la cintura. – solo necesito descansar un poco, la postura del
misionero no es la mejor que se me da.
¿Ah, no? – me dijo riéndose. – pues cuando lo
hagamos en la postura que mejor se te de, me matarás de gusto.
La que me matarás serás tu a mi, – le respondí
dándole un cachete en una de sus nalgas. – en tu primera vez ya me
has hecho emplearme a fondo.
Estoy segura de que tienes mucho más que enseñarme.
– me dijo picándome de ojo y sonriendo pícaramente.
Aquel fin de semana lo hicimos hasta que acabamos con la caja
de preservativos. Ambos terminamos agotados y dedicamos el domingo a descansar y
eliminar toda prueba que delatara nuestra actividad sexual. Cambiamos las
sábanas de la cama, por suerte los padres tenían varios juegos iguales, por lo
que no se percatarían del cambio, ni creo que recordaran el que tenían puesto,
ya que tenían una asistenta que iba dos días por semana, y cambiaba a menudo los
juegos de sábanas. Revisamos los lugares donde lo habíamos hecho, salón, bañera,
habitaciones, piscina... Todo parecía en orden y faltaba poco para que los
padres llegaran, con lo que decidimos quedarnos a recibirlos y luego ella me
llevaría de vuelta a casa.
Escuchamos como se abría la portada y entraba el mercedes de
sus padres. Salimos a su encuentro.
¿Qué tal el viaje? – preguntó Patricia dando un
beso a la madre.
Algo agitado, hija. – respondió la madre mientras
entraba en la casa arrastrando su maleta con ruedas.
Nos perdieron el equipaje en la ida y tuvimos que
perder horas haciendo gestiones. – explicó el padre mientras
reclamaba, con un gesto, el beso de su hija.
Hola Jacob.. – me saludó la madre – ¿qué tal
se ha portado contigo la loquita de nuestra hija?
Muy bien, señora. – le respondí sonriendo y
haciéndole un gesto de complicidad a Patricia cuando la madre no miraba.
Bueno, voy a dejar las maletas en la habitación y a
darme una ducha, que la necesito. – anunció el padre mientras se
encaminaba hacia su cuarto.
La madre entró en la cocina, sacó de la nevera un bote de
zumo de piña y se sirvió todo el que quedaba, justo un vaso. Tomó un sorbo y
luego se dirigió al cubo de la basura para depositar el bote. Al abrir el cubo
se quedó mirando algo en su interior y me di cuenta en ese momento de que
habíamos olvidado borrar una prueba del delito. La caja vacía de preservativos
aún estaba en la basura de la cocina y la madre la había visto. Patricia también
se dio cuenta de nuestro despiste y me miró con preocupación.
Patri!, – exclamó la madre mientras dejó caer el
bote vacío al cubo. – te tengo dicho que no dejes que se llene el
cubo de la basura, que luego cuesta cerrar la bolsa y se rompe con
facilidad.
Perdón mamá, – se disculpó Patricia con cara de
alivio.
Venga, toma la bolsa y ponla en el contenedor cuando
salgas a llevar a Jacob, antes que tu padre la vea. – le ordenó la
madre mientras sacaba la bolsa del cubo y la cerraba.
Aún con el susto en el cuerpo salimos, despidiéndome
cortésmente de la madre. Por el camino nos entró un ataque de risa por la
situación que acabábamos de vivir. Vaya torpeza la nuestra. Los padres seguro
que se imaginaban lo que hacíamos en nuestras salidas, por mucho que
insistiéramos que solo éramos buenos amigos, no eran ciegos y creo que no
hacíamos mucho por ocultarlo. A la madre le bastaría con ver con que esmero se
arreglaba y preparaba las cestas para nuestras meriendas, o escuchar el tono con
el que hablaba por teléfono conmigo, pero siempre nos da corte sentirnos
descubiertos, y para ellos sería incomodo tener la confirmación de que su única
hija, que aún veían como niña en cierto modo, ya tenía vida sexual.
A partir de ahora los preservativos los guardas tu.
– me advirtió sin dejar de reírse.
Descuida. – respondí riéndome también.
La relación continuó hasta el final del verano. Después de
aquel fin de semana, seguimos saliendo como antes, pero con plena actividad
sexual. Nos teníamos que conformar con el asiento trasero del coche y nuestro
rinconcito entre pinos.
Las vacaciones fueron acabando y ella inició todos los
trámites y preparativos para irse a estudiar a la capital, muy lejos de allí.
Era algo que sabíamos, sucedería, pero no por ello dejaba de hacernos sentir
tristeza.
Los últimos días nos distanciamos, queríamos evitarnos
sufrimientos innecesarios. Ya habíamos llegado a un acuerdo, no habría
despedidas ni promesas que, sabíamos, no cumpliríamos. Ella mostró una madurez
asombrosa, no dudaba que era un mal trago para ella, al igual que lo era para
mi, pero tenía claro cuales eran sus objetivos, sus planes de futuro, y no eran,
para nada, compatibles con los míos ni con una relación a distancia que le
evitaría concentrarse, en exclusiva, en los estudios.
No tenía intención de volver, sus planes eran fijar su
residencia en la capital, idea que compartía con sus padres que ya tenían buenas
ofertas de trabajo y se trasladarían antes de las Navidades.
Cumpliendo la promesa hecha, no fui a despedirla ni nos
dijimos nada especial el último día que nos vimos. Únicamente recibí un sms que,
por la hora que era, supuse que me lo mandaba desde el aeropuerto, justo antes
de embarcar, y decía así:
"Gracias por este maravilloso verano que jamás olvidaré,
gracias por ser como eres y darme tanto sin esperar más de mi, gracias por
entenderme y perdóname por irme así. No respondas, por favor"
FIN