Dedicado enteramente a mi más ardiente admirador…
Soy por norma un hombre atildado. No puedo quejarme. Vivo de
mi profesión universitaria, tengo una bella y apasionada esposa de origen
extranjero y una hija adorable. Soy un hombre afortunado y básicamente exitoso.
Disfruto la vida en toda su intensidad o al menos eso es lo que trato de hacer
cada segundo de mi existencia. Es lo único que me voy a llevar cuando me toque
partir: las sensaciones placenteras y de las otras que he experimentado.
A pesar de de mi compostura, reconozco que dentro mío arde un
fuego inextinguible. Venero al género femenino tanto que no me importa su
orientación sexual. Los hombres deberían saber que nada se compara con la
exquisitez de la sensibilidad femenina para entregar su pasión y entregarse
ellas mismas cuando logran quitarse esos falsos pudores que nosotros, los
hombres, les hemos impuesto a lo largo de los siglos. Tengo la respuesta sexual
a flor de piel, pero aún así no soy promiscuo. Me gusta la mujer que se quita
las vestiduras del alma y se muestra como una hembra soberbia. Disfruté de
muchas a lo largo de mis más de cincuenta años. Siempre me consideré un superado
en cuanto a sexo se refiere, pero bien dicen que "el que a hierro mata a hierro
muere"…
Soy afecto a la literatura y leo de todo un poco, desde el
más encumbrado de los clásicos universales hasta el más humilde aporte de un
aficionado en una web de relatos. Hace un tiempo que me agrada leer historias
subidas de tono, algunas más explícitas, otras menos. Con casi todas he
terminado masturbándome, aliviando la tensión producida. Con otras he tenido la
fortuna de compartir mi secreto ardor con mi esposa, aunque ella ni siquiera lo
haya percibido. Es otro placer el que siento al auto complacerme, distinto al
que mi amante compañera me sabe brindar muy bien y el que también disfruto hasta
el delirio. Pero hace poco tiempo me topé con un relato que me encendió como
ninguno, escrito por una dama de fina destreza y mejor imaginación. Mi vista
comenzó a nublarse frente a aquella lectura, y mis sentidos se afiebraron
poniéndome tan caliente que sentí cómo mi falo comenzaba a engordar y estirarse,
por lo que tuve la necesidad de acariciar mi paquete mientras continuaba la
lectura. Y al final, estaba tan rígido y excitado que, antes de sentarme ante la
computadora para responderle, tuve que masturbarme en el baño. ¡Fue una
explosión de semen caliente eyaculada en su homenaje de gran escritora!
Se que no es tu estilo nena, pero la excitación que me
provocas merece que llame las cosas por el nombre con que las siento. No me
pidas que me exprese bonito como lo haces porque mira lo que me has hecho. Mi
sangre bulle por las venas cuando te imagino en las situaciones que describes
con tanta maestría. Comienzo a pensar locuras y me adivinas cada reacción
anticipándote a mis acciones. Juegas conmigo adrede y yo te lo permito, me
seduces sin conocerte y comienzo a depender de tus respuestas y de tus correos.
Siento celos absurdos de ese hombre que te ha inspirado a escribir lo que
escribes. ¡Cómo quisiera ser yo quien te recorra y te haga explotar!. Ya no me
excitas, me calientas, me recalientas, no sabes cuanto lamento la estrechez de
mis pantalones cuando leo tus mensajes. Tengo que buscar alivio urgente pero mi
morbo aumenta de tal modo que primero me deleita el refregarme sobre mi ropa
anticipando el fino arte onanista que dices que tengo.
Que delicioso descaro tienes, tesoro. Ni que me hubieras
visto, pero tu condición de hembra bien colmada te permite conocer a la
perfección los secretos del ardor masculino. Huyo al baño, y libero mi fiera,
ese pedazo de carne caliente que pende entre mis piernas, pareciera que liberara
un suspiro y tuviera vida propia suplicando que una mano amiga le seque las
lágrimas que corren por su cabeza sin cesar. Oh, nena, nena, nena, estoy tan
caliente que tengo que cerrar los ojos mientras mi mano se cierra sobre mi
tranca fundiéndose en un solo conjunto. Qué ganas de clavarte hasta el fondo que
tengo, que ganas de cogerte hasta que me digas que no puedes más. Más, más, más,
ahhhhh. Abro los ojos y levanto el rostro, mientras no dejo de meneármela con
escalofriante suavidad; me miro al espejo y me veo descompuesto de placer y como
en un espejismo allí te presentas, desnuda como una muñeca de nácar, con tus
pechos blancos, llenos, antojables. Dámelos que quiero saciar mi sed y llenar tu
fuente porque también quiero perderme entre tus piernas amor… Me estoy volviendo
loco, me muero por beber de tu cántaro de vida. Pásame la lengua, me dices y te
me ofreces en el total abandono y la calentura que tengo te obedece. No me digas
eso, que estoy al palo, no quiero hablarte así muñeca, ¿pero no ves que tengo la
pija como un hierro que no quiere fundirse a no ser en tu chorreante gruta? Te
la metes en la boca como una posesa, porque tú también me deseas y te
enloqueces, la sorbes, la chupas, la saboreas, pero me la aprisionas en la base
junto a mis repletos testículos en el momento justo que iba a eclosionar en tu
dulce boquita. Quieres más y te lo doy….
Te acaricias para mí, porque sabes que eso me enloquece. Me
anticipa la delicia de tus jugos bañándome el falo. No quieres derramarte a no
ser que me tengas dentro tuyo y me lo pides y no puedo negártelo porque me
tienes absolutamente postrado a tus pies mi deliciosa vestal del deseo. Empiezo
a cogerte con cadencia precisa, con sugerente fuerza porque quiero que acabes de
una vez y yo también, tus jugos me empapan, tu aroma me enloquece, grito tu
nombre y me invades la boca con tu lengua abrasadora, caliente, mojada,
exquisita. No creo que pueda aguantar mucho más.
No te rías chiquita, mira a este veterano cómo está por tu
causa. Ven, dame un poco de alivio y llévame contigo adónde quieras. Se mi
amazona… Me montas, me cabalgas, gimes en tu plenitud de hembra bestial, no hay
nada que calme tu calentura excepto mi leche caliente que pugna por salir y te
inunda. Ruego en mi interior que hagas tu conjuro y tu cuerpo adorado me ordeñe
o tendré que echarle un polvo de campeonato a mi esposa esta noche. ¿Pero que
estoy diciendo si al hacerlo con ella te veo a ti? Oh, así, así, me voy, me
acabo, me acabo… ssssiiiiiiii.
Oh Dios!!! Las últimas gotas de mi simiente espesa caen al
suelo al calmarse el último estertor de mi pene. Abro los ojos y veo que te has
ido, volviendo a la secreta morada de mi alma, ese sitio que has reclamado para
ti de modo imperativo y solemne. Te quiero, te deseo, me muero por ti, hembra
adorada. Te tengo que contar esta experiencia, se que te gustará, me muero por
escribirte de nuevo y saber que me tienes en tus lúbricos sueños. Oh, mi tesoro,
no hay nadie en este mundo que te idolatre tanto como yo….