No era la primera vez que
practicaba sexo, pero sí la primera con otra chica, y la primera con aquel nivel
de ternura, la primera con emociones tan fuertes como el placer físico. Sabía
que no nos volveríamos a ver, y supongo que aquello eliminó barreras culturales
y tabús educativos. Espero que le entregara a Duci lo mismo que ella me entregó
a mí.
Había sido la última en
incorporarme al coro juvenil, y todavía no había tenido muchas oportunidades de
integrarme socialmente en el grupo. O sea que la directora, por la tarde del
primer día del encuentro internaciunal de corales escolares, me lo pidió:
—Tenemos un pequeño problema,
somos un número impar, y las habitaciones son de dos. Resulta que a la coral de
las húngaras les pasa lo mismo, y como que he visto que en inglés nos cuesta a
todas bastante entendernos con ella, y tu y una de las chicas del otro grupo
habláis alemán fluido, hemos pensado que podrías compartir habitación, si no te
importa.
Efectivamente, ya la conocía. Me
había fijado en ella cuando entre los dos grupos que compartíamos hotel
intentábamos hablarnos en inglés escolar con resultados mediocres; a la chica se
le escapó una expresión alemana, le continué en esta lengua y hablamos un poco.
Me había contado, por ejemplo, que se llamaba Duci, que su nombre era una forma
familiar húngara de Magdalena y que su madre era austríaca, de aquí que dominara
el alemán.
Naturalmente, por la cuestión de
la lengua, era la que más había llamado la atención, cantaba de soprano, como
yo, y parecía de aquellas que disfrutan al máximo al hacerlo. Pero alguna cosa
había con ella en su grupo, no se la veía integrada, aunque pensé que podría ser
precisamente una cuestión de idioma.
El primer día del encuentro lo
habíamos dedicado al ensayo con la otra coral, no fue hasta justo después de
cenar, cuando en el hotel nos repartieron las habitaciones, al parecer había
habido un error en las reservas y tuvieron que habilitar algunas plazas de más
sobre las que habían previsto. La directora de la otra coral, en un inglés casi
incomprensible, me presentó formalmente a Duci y nos condujo a la puerta de la
habitación.
El hotel era antiguo, la
habitación estaba helada —seguramente alguien había dejado la ventana abierta
porqué la calefacción estaba a tope—, y la cama era... de matrimonio.
Miré a Duci, ella me miró a mi,
miró la cama, diría que se puso algo roja y me dijo:
—¿No te importa, verdad?
—En absoluto, con la temperatura
que hace, seguro que es mejor.
En cinco minutos ya estábamos en
la cama debajo de las mantas, temblando de frío.
—A ver si esto se calienta, que
estoy como un témpano —le dije.
—Para ti, debe ser peor ¿verdad
que en vuestro país no hace mucho frío nunca?
—No, sólo recuerdo haber visto
nevar un par de veces en mi ciudad, realmente no estoy acostumbrada a las bajas
temperaturas. Ven, acércate y nos calentamos la una a la otra.
De momento, Duci no se movió.
Fui yo quien la agarré por un hombro y la hice girar hacia mi. La abracé, y al
cabo de unos segundos ella también a mi.
Hasta aquel instante no había
pensado en absoluto en las implicaciones de este acto, sencillamente había
obrado como tantas otras veces que yendo de excursión a la montaña, en una
tienda de campaña, me había acurrucado contra compañeros y compañeras, claro que
cada uno dentro de su saco de dormir, y aquí, solo los pijamas separaban
nuestros cuerpos.
Temblaba todavía un poco y me
movía para entrar en calor, con las manos frotaba la espalda de Duci, que al
poco me imitó. La tenía allá mismo, pegadísima, y era imposible no notarlo.
Notaba sus pechos contra los míos, notaba sus muslos y todavía más cuando
entrelazamos las piernas, tenía su cara a centímetros de la mía y notaba su
aliento, el olor de su cabello.
Indudablemente, me gustaba. Y
había un componente sexual en ello.
Soy precoz, por aquellos tiempos
practicaba asiduamente el autoerotismo, también ya había estado alguna vez con
chicos: caricias y tocamientos, besos más bien torpes, intentos de sexo oral y
unas cuantas penetraciones rápidas; ningún novio, supongo que mis encuentros
habían sido más por ganas de probar, por afirmación personal o puramente por
placer físico que por una cuestión de sentimientos. Respecto a las chicas, sí,
realmente me la había planteado y llegado a la conclusión de que podría ser
interesante o divertido, pero no de manera inmediata.
Mientras estaba allí pegada a
Duci como una lapa, no pensaba en todo esto, sencillamente me gustaba, y estaba
allí haciéndolo.
Lentamente íbamos entrando en
calor, y no sólo en el sentido de la temperatura que miden los termómetros. Noté
que tenía los pezones duros y que los de ella probablemente también lo estaban.
Mi muslo penetro entre los suyos y fue a impactar a su entrepierna. No hubo
reacción inmediata per luego , su rodilla también avanzó entre mis piernas y
empecé a notar el la pierna que le tenia clavada unos movimientos rítmicos muy
suaves de roce. La imité, mi pubis empezó a frotar contra su pierna, aumentando
rápidamente mi temperatura interna.
Pero aquella noche, la cosa no
pasó de aquí, fue ella la primera que se relajó, aflojando el abrazo y
finalmente quedando tendida boca arriba. La solté, y al cabo de poco me pareció
que dormía. Me giré de espaldas a ella para dormirme en la cama que ya estaba
relativamente caliente, pero no podía. Necesitaba más contacto. Tenía ganas de
tocarla pero no quería despertarla. Al final mi mano, se metió dentro de mi
pijama y fue a mi misma a quien tocó. Con suavidad, despacito como a mi me
gusta, me relajé al máximo para alargar el momento del orgasmo y conseguir que
las convulsiones no la despertaran.
Duci me despertó sacudiéndome un
hombro:
—Ya es la hora, tienes que
despertarte, yo casi estoy ya me he duchado. Venga, rápido que harás tarde.
La habitación estaba caliente de
toda a noche con la calefacción a tope. Duci, de pié, envuelta en una toalla. Me
fui levantando, preparé las cosas, pero no entré en el baño hasta que ella se
quitó la toalla. Por la noche no me había fijado cuando de desnudaba a mi
espalda en el otro lado de la cama. Era algo más delgada de lo que me había
parecido hasta entonces. Los pechos algo más pequeños que los míos, que no
llegan a medianos, pero más ancha de caderas, el pubis con un manojo de pelo muy
negro y rizado en el monte de venus que contrastaba con la piel blanca y sin
marcas de sol del bañador.
Era evidente que se daba cuenta
de que la estaba mirando y que se dio una vuelta para que la viera por todas
partes. Me iba a meter en el baño, pero lo pensé mejor, me puse en pie y me
desnudé del todo en la habitación mientras ella se ponía las braguitas y los
sostenes. También me miraba. Entré en la ducha.
Cuando salí, ella ya se había
ido a desayunar, estaba con sus compatriotas y durante todo el día: dos
conciertos y una corta visita turística por grupos, sólo la vi de lejos aunque
no pude dejar de pensar en ella: dos noches más dormiríamos juntas antes de
separarnos e ir a vivir a miles de quilómetros de distancia.