Ella miraba el reloj nerviosamente, temiendo llegar tarde a
la cita. Había comenzado a lloviznar y el pavimento se había vuelto resbaladizo;
por esa razón había decidido tomar un taxi y no conducir su propio coche, no
tanto por la inclemencia del tiempo sino por su propia tensión. Al llegar a
Maxim’s pidió al conductor detenerse unos cuantos metros antes. Quería dominar
sus nervios haciendo una breve caminata, en un vano intento por despejar su
mente y mostrarse controlada. Tenía un modo elegantemente sensual de moverse al
caminar, un aire de delicada seguridad que trasuntaban sus pasos arrancando
algunas miradas. Siempre había sido así, la sutil cadencia de sus caderas junto
con el gesto serio pero no amargo de su rostro eran como una marca de fábrica en
ella. Envuelta en su abrigo simple pero de corte clásico que enmarcaba su
natural elegancia, su segura apariencia mentía sobre la ansiedad que la carcomía
por dentro.
Sin saber porqué, decidió caminar junto al cordón de la
acera, quizás inconscientemente estaba buscando sentirse más protegida.
Totalmente abstraída en sus pensamientos, le pareció ver como la puerta de un
lujoso automóvil se abría casi justo delante de ella obligándola a detenerse.
Las palabras acudieron a su boca como en un tumulto para increpar al torpe y
descuidado acompañante del chofer que tan imprudentemente se le había atravesado
en el camino descendiendo de aquel Mercedes Benz. El hombre completó su acción
sonriendo y como si le hubiera adivinado la intención se plantó frente a ella
pronunciando las palabras mágicas pero con un suave e inconfundible acento
alemán.
Buenas noches, señora…
Irina miró fijamente al desconocido que tenía enfrente y el
reproche que estaba a punto de decir quedó congelado en los labios. Allí estaba,
con su abrigo en la mano y luciendo su uniforme de invierno, desafiando el frio
de la noche. El tiempo pareció congelarse y por un breve instante Irina quedó
sin reacción. En un gesto automático pero no falto de elegancia, él se quitó la
gorra y ella finalmente sonrió con un inesperado alivio que no careció de
sorpresa. Se abrazaron entonces y se besaron en la mejilla como si de dos muy
buenos amigos se tratase. Era casi impensable recordar en ese momento que habían
compartido tantas sensaciones aquella noche en aquel crucero; había pasado el
tiempo suficiente como para que el recuerdo se atemperara… o se encendiera
nuevamente…
La cena transcurrió bajo una atmósfera cálida y sutil. Wilhem
le confesó que estaba de paso en París rumbo a Marsella para cumplir con su
sueño de fundar el astillero junto con su hijo y que habiéndose retirado de la
navegación activa, había vestido su uniforme tan solo para sorprenderla. Que
había temido que ella no se presentara, que aguardó en el coche de un amigo
siempre vigilando a través del espejo retrovisor su llegada y que había
averiguado la dirección de su casa gracias a la guía telefónica y algunos datos
que había recabado con tal de dar con ella. No le resultó difícil ya que Irina
era una profesional reconocida en el medio. Ella lo escuchaba rendida igual que
una chiquilla diciéndose por dentro que estaba encantada de sentirse así, por
más que intentara demostrar lo opuesto. El estaba tenso por más que deseaba
disimularlo al máximo, admitiendo para sus adentros, con menos rodeos que ella,
el deseo de repetir la única noche de pasión que habían tenido.
Una vez más y fieles a la costumbre iniciada en el buque, la
velada acabó con una caminata esta vez por las calles rumbo al Sena y sus
puentes, por más que el clima se mostrara inclemente por más que en ese momento
ya había dejado de lloviznar. Caminaban del brazo, orgullosos el uno del otro,
sonriendo con plenitud, avivando sutilmente con cada gesto y cada palabra el
rescoldo de aquellas brasas… En la mano que le quedaba libre Irina llevaba con
orgullo la gorra de él como si de un tesoro se tratase. Finalmente la magia de
la Ciudad Luz hizo su parte y allí junto al Sena y sin decirse nada, después de
tantos meses volvieron a besarse. Un beso tierno, envolvente, tibio pero
arrasador. El latigazo del deseo recorrió ambos cuerpos sin ningún pudor pero
aún no era el tiempo de darle paso al primitivo instinto. Se abrazaron
necesitados uno del calor del otro. Ella necesitaba su fortaleza y él su
infinita ternura.
Un inesperado relámpago acabó con la tierna y solapada escena
que se había montado. De nuevo comenzó a llover obligando a los amantes a buscar
refugio. No pudieron impedir que resultaran empapados por las gruesas gotas que
caían. Un taxi que paso providencialmente los sacó del apuro llevándolos rumbo
al apartamento de Irina. El había llevado la peor parte; su uniforme se había
arruinado ya que le había casi exigido a ella que se protegiera con su abrigo.
Sin pensarlo dos veces Irina le dijo que tomara un baño caliente mientras ella
preparaba café con cognac y que al día siguiente enviaría el uniforme a la
tintorería. Y sin oensarlo dos veces se dirigió a la cocina a cumplir con su
promesa no sin antes indicarle dónde quedaba el baño y sin ver tras suyo a
Wilhem sonriendo socarronamente ante el peso de las palabras que Irina acababa
de expresar… Si ella enviaría sus ropas a la tintorería era obvio que él tendría
que pasar la noche en el apartamento. La noche prometía y mucho… Ella también lo
había notado como si después de pronunciar lo que había dicho recién tuviera la
ocasión de escucharse, pero no se inquietó, al contrario, la idea la sedujo al
punto de tener que reprimir un indiscreto suspiro.
El café quedó listo mientras Wilhem se duchaba sin prisas.
Irina decidió cambiar sus ropas y tomar también una reparadora ducha pero en el
baño de servicio. Al pasar rumbo a su destino no pudo evitar escuchar el agua
correr e instintivamente cerró los ojos y las imágenes se le agolparon en la
mente. Se permitió imaginarlo desnudo evidentemente, con su cuerpo aun en forma,
sus hombros anchos y sus músculos discreta y estratégicamente marcados a pesar
de su natural delgadez. Sus piernas fuertes custodiando aquel objeto del placer
que tantas veces la había llevado al éxtasis aquella inolvidable noche de
verano. Sacudió su cabeza como para apartar semejante visión pero el tan solo en
pensar que estaba a metros de ella enjabonándose…. le quitó el poco pudor que a
esa altura mantenía. Es que Wilhem le atraía tanto… una química de carácter y
piel se había conjugado para unirlos y hacerlos disfrutar. Se propuso no seguir
pensando y marchó a ducharse. El agua corría por el cuerpo de Irina,
equilibrando la temperatura corporal en términos puramente biológicos pero el
ardor que sentía en su bajo vientre solo podía calmarlo el empeño que solo
Wilhem podía imprimirle. Le dolieron los pechos al contacto del agua, sus
pezones erguidos, desfiantes, ansiosos, no parecían querer dormirse sino que
esperaban la visita de aquella boca experta y sedienta de su sabor dulce y
pleno. Ese sabor a hembra satisfecha que solo él podía hacerles generar.
Irina terminó con su cometido y volvió a su habitación. El
seguía duchándose o al menos eso parecía a juzgar por el ruido del agua cayendo
profusamente. Caminó con un aire cansino y se desplomó sobre la cama a la altura
de los pies de la misma no sin antes arrojar al suelo la toalla que la envolvía.
Todo su cuerpo sobre el colchón, una pierna flexionada y la otra en reposo; las
manos sobre su vientre y la mente al vuelo y un solo nombre taladrando su
conciencia: Wilhem… Por un instante olvidó que él estaba al lado en el baño y el
imaginarlo desnudo le había desatado sus más bajas reacciones. Se entregó
voluntariamente al placer de autoexplorarse por más que no era su práctica
habitual, más el deseo que ardía en sus venas pedía con un urgencia al menos un
poco de alivio. Instintivamente una mano marchó hacia su entrepierna mientras la
otra se complacía en acariciar uno de sus senos. Su sexo latía al compás de sus
dedos que pronto hallaron el modo delicado de desatar los nudos de la
excitación. Sus fluidos escurrían de forma atrevida buscando la salida hacia sus
manos y sus caderas comenzando a marcar el suave ritmo de la complacencia
absoluta al son de sus gemidos entrecortados y ahogados que solo tenían una sola
nota musical: las que formaban las letras de aquel nombre: Wilhem…
Al momento de salir del baño a él le pareció que Irina había
pronunciado su nombre pero no estaba seguro. Con la toalla alrededor de su
cintura caminó en dirección a la habitación con un andar lento pero seguro;
convencido de que ella lo estaba aguardando obviamente con alguna sorpresa que
daría el puntapié inicial al encuentro íntimo tan largamente anhelado. En el
silencio de la estancia y a punto de entrar, algo lo detuvo en la puerta. No
podía dar crédito a lo que estaba escuchando y entró finalmente al cuarto sin
más. El panorama que se le ofrecía ante sus ojos simplemente era tan exquisito
como indescriptible e inesperado.
Irina tendida sobre la cama completamente entregada a la
autocomplacencia, ya sus dos manos haciendo malabares con su femineidad, los
ojos cerrados y su espalda arqueada mientras sus caderas no dejaban de moverse
rítmica y suavemente con una cadencia más que sutil, capaz de volver loco al más
impávido de los hombres, pronunciando su nombre como en una letanía, un curioso
mantra que no hacía más que sumergirla cada vez más en la niebla de la pasión
más descarnada y absoluta que le impedía notar su presencia. El no pudo ni quiso
substraerse entonces a aquel maravilloso espectáculo que tenía allí frente a sus
ojos y quitándose como pudo la toalla que lo envolvía caminó hasta ubicarse
frente a ella. El grito desesperado de su sangre alertó a su pene que respondió
de inmediato con una erección monumental. Comenzó también a masturbarse
suavemente con una mano y rápidamente su glande se perló ante la visión que
tenía delante. Irina parecía una diosa pagana entregada al ritual ancestral del
goce extremo. Sus jadeos, su abandono y las ganas de tan solo disfrutar pintaban
su blanca piel de tonos cálidos. Era una imagen como para plasmar en una obra de
arte…
Wilhem decidió actuar. Tomó una almohada y la ubicó bajo las
caderas de Irina que solo sabía responder sin hablar ante sus mudas peticiones.
Allí a los pies de la cama, él se arrodilló entonces quitando las manos de ella
de aquel tesoro y separando sus piernas ya flexionadas se dijo que era hora de
complacerla aún más. Se relamió de gusto al ver su sexo totalmente depilado
despidiendo esa fragancia a jabón y ambrosía de mujer. El aroma lo embriagó por
completo enloqueciéndolo. Lamió una y otra vez toda la extensión de aquel sexo
infernalmente suculento. Con dos dedos de la mano derecha separó los labios
dejando al descubierto aquel indefenso clítoris que no tenía ninguna intención
de librar ninguna batalla excepto aquella que le brindara el éxtasis total. Su
lengua tomó posesión del diminuto monte que se elevaba coronando la cumbre del
mismo y con ella allí castigó una y otra vez con movimiento frenético al tiempo
que dos inquietos dedos de su mano izquierda invadían sin pudor su vagina
hambrienta iniciando un movimiento conocido pero que no por repetitivo dejaba de
ser delicioso. Irina arqueó una vez más su espalda y salió del trance y de la
letanía de pronunciar su nombre con un gemido profundo. Se movía con desenfado
mientras ubicaba sus brazos en cruz a lo ancho de la cama y aferraba la manta
con cada una de sus manos.
Sus constantes gemidos anunciaban la inminencia del primer
orgasmo. Irina gritó el nombre de Wilhem una vez más y su cuerpo se convulsionó
por completo.
Eso es pequeña… Disfrútalo… Es todo tuyo – le suspiró
él en tanto su propia boca saciaba su sed con aquel inagotable néctar de
los dioses que él no dudó en abrevar por completo.
Habiendo agotado momentáneamente aquella fuente de divinos
deleites se colocó sobre ella y la besó en la boca haciéndola probar el sabor de
su propio gusto a mujer en tanto la penetraba. Una, dos, tres, cuatro, cinco
embestidas fueron suficientes como para que ella se tensara y se derramara de
nuevo. Ya empeñado en llevarla a la cima de la locura se despegó de aquel cuerpo
de ensueño volviendo a hundir su rostro en su sexo caliente y jugoso, aplicando
toda la sabiduría de su boca y de su lengua adquirida en años de vida y otros
amores, al servicio de aquella deidad que si bien él poseía en ese instante,
ella lo dominaba con su completo abandono al placer. Irina volvió a estallar, él
volvió a besarla en la boca y la penetró de nuevo repitiendo la secuencia
anterior. Uno, dos, tres, cuatro… Esta vez se necesitaron menos embates para que
ella volara nuevamente hacia el cielo. A Wilhem le había gustado el juego y
pareció querer repetirlo pero Irina no estaba dispuesta a permitírselo y en un
hábil movimiento se lo quitó de encima y lo tumbó boca arriba. El no ofreció
resistencia en la seguridad de saber que si todo esto había sido maravilloso lo
que vendría sería sublime.
Ahora es mi turno – le dijo Irina con una voz
profunda y desconocida ahogada de pasión.
Ella se ubicó de rodillas entre las piernas de Wilhem
obligando a separarlas. Recorrió con sus besos la parte interna de ambos muslos,
y la ingle ignorando a propósito los genitales. El pene, a esta altura,
suplicaba atención derramando lágrimas que lubricaban el glande e iban más allá.
Wilhem tuvo que rogarle con palabras a Irina que lo felara de una vez y dejara
de excitarlo de ese modo. Era lo que ella estaba esperando. Su lengua en un
único y electrizante recorrido fue desde su perineo hasta la punta del falo para
engullirlo por completo y hacer brotar de las cuerdas vocales masculinas un
único monosílabo.
¡¡¡Así!!!
Comenzó ella entonces un delirante saboreo sin dejar de lado
ningún detalle ni plegue sin recorrer, degustar, lamer, sorber y acariciar con
soberbia maestría para luego sin miramientos clavarse hasta el fondo de su gruta
aquel miembro deseado. Lo cabalgó sin piedad sin ahorrarse ninguna cadencia.
Gimió sus orgasmos como nunca, estaba desatada y él la miraba aferrándose de sus
pechos sin poder creerlo. Tenía encima suyo a toda una diosa del sexo con el
cabello sobre su rostro, alimentando la locura con cada beso, con cada roce de
esas dos lenguas que ya no sabían que abarcar. Queriendo emular el juego
previamente establecido Irina se desmontó con rapidez y comenzó a masturbarlo y
a recorrerlo nuevamente con su boca, tragándose su falo hasta lo más profundo.
Wilhem adivinándole la intención no la dejó seguir siendo ahora él quien la
tumbaba sobre el lecho para invadirla en la clásica postura del misionero no sin
antes tomar su tranca con la mano y pasársela de arriba abajo impregnando con
sus fluidos la anegada femineidad de la diosa. Irina rio con malicia sabiéndose
dueña y señora de la situación. El lo tomó como un reto y se hundió en ella
hasta el fondo. Las embestidas se hicieron salvajes como si uno le disputara el
mayor delirio al otro, empero el que imprimía más energía era Wilhem jadeando
profundo con cada embate queriendo arrancar nuevos orgasmos a aquella hembra
divina que se retorcía cual serpiente debajo suyo. Hasta que Irina finalmente
bautizó nuevamente a su amante con el agua bendita de su pasión y se quedó en
remanso con los ojos cerrados arqueando por enésima vez su cintura. Su mente
volvió a nublarse volviendo a ese letargo en el cual él la había descubierto
desatando aquella tormenta de sentidos. Pareció retomar su natural dulzura
musitándole al oído un nuevo mantra sin interrupciones.
Sí, mi Capitán – repitió varias veces sin dejar de
abrazarlo hundiendo sus uñas en la espalda mientras las últimas
contracciones de su vagina se apagaban.
El ritmo de Wilhem fue disminuyendo hasta detenerse por
completo e incorporarse un poco sin dejar de permanecer dentro suyo. Miró a
Irina y la vio más hermosa que nunca comprendiendo que era muy fácil enamorarse
de semejante mujer. Su corazón dio un respingo dentro de su pecho obligándolo a
suspirar.
¿Cansado? – le dijo ella con dulzura mientras se
perdía en sus ojos de mar extendiendo la mano para intentar poner en su
sitio vanamente aquel rebelde mechón de cabello plateado que le caía por
la frente.
Un poco… pero puedo seguir – contestó él
La besó de nuevo y retomó sus acometidas pero de forma suave,
descubriendo que esa era la manera de hacer que ella se derramara con más
facilidad. Cada suspiro ahogado que ella emitía le anunciaba la bendición de
cada orgasmo sintiendo su pene bañado por sus mieles y mecido por cada
contracción batiéndole gratamente el esperma en el fondo de sus testículos.
Hoy quiero todo de ti – le dijo Wilhem en tono de
súplica.
Irina pareció dudar pero con un delicioso mohín de su aún más
delicioso rostro volvió a repetirle la misma frase.
Sí, mi Capitán. Sólo te pido que tengas cuidado…
Lo tendré, Princesa…
Mi espalda… necesito tus besos en mi espalda – gimió
ella dándose vuelta ubicándose boca abajo.
Wilhem la besó entonces retomando su proverbial calma mimando
aquella piel de ensueño vistiendo con sus mejores besos a aquella criatura que
se le ofrecía ya sin reparos brindándole el oscuro placer de poseerla por entero
y sin reservas. Colocó el peso de su cuerpo sobre ella que ya por instinto había
elevado las caderas facilitando la tarea y volvió a penetrarla en esa dulce
cueva que tanto placer le había brindado. Se mecía con delicadeza mientras ella
gemía acoplando sus movimientos. Wilhem sintió que ni no apuraba el trámite no
duraría mucho más sin correrse cuando Irina volvió a estremecerse pero esta vez
con impulsos lentos y casi apagados. El cansancio la estaba ganando… El se
retiró de ella y pasando su mano por su sexo idolatrado restregó sus néctares
por toda la zona hasta llegar a su anhelada y prohibida cavidad. El esfínter
recibió su dedo con temor cerrándose a su paso más la boca hizo lo suyo por la
espalda rompiendo cadenas y la resistencia inicial recibiendo al invasor con
gratitud mientras Irina ya había vuelto a acariciarse ubicando la mano bajo el
vientre. El momento cumbre había llegado. Wilhem se limitó a apoyar su pene a la
entrada presionando apenas ya que Irina con su cadencia provocada por su propia
manipulación haría todo el trabajo. Y así resultó ser. El empujaba con suavidad
al tiempo que ella ya lo suficientemente dilatada permitía la lenta pero firme
invasión en su rincón más vulnerable. La danza final fue lenta pero efectiva.
Uno, dos, tres, cuatro y ella que empezaba a reptar bajo su peso. Uno, dos, tres
cuatro y él que comenzaba a ir de prisa. Uno, dos, tres, cuatro, y ella que
vuelve a derramarse. Uno, dos, tr… y él que siente un rayo quemando en su baja
espalda y la tormenta que se desata desde el fondo de su hombría mojando con su
espesa y caliente lluvia lo más profundo de las entrañas de aquella exquisita
mujer. Se desplomó sobre ella sin aliento queriendo cubrirla por siempre con sus
caricias y ese sentimiento aun inexplicable que germinaba en su pecho. Al final
cuando la tensión aflojó sus tientos, se apartó acurrucándose a su lado.
La mañana los sorprendió durmiendo abrazados y al despertar,
Irina sonrió complacida porque en vez de hallar una nota y una rosa a su lado,
halló a aquel hombre, el único que en toda su vida hasta el momento la había
hecho estremecer como nadie. Colocó su mano en su hombro teniendo cuidado de no
despertarlo y lo contempló largamente sin poder poner sus pensamientos en orden.
Wilhem la sorprendió guiñándole un ojo. Ella lo reprendió sin convicción y él
volvió a tomarla entre sus brazos tal cual hace un hombre fuerte con la mujer
que lo rinde y a la que hace rendir…