Cuando entramos en el camarote Isabel, Martin y yo, aún tenía
frescas en mi memoria las palabras del relato de Martin, y tenía ganas de saber
cuánto de cierto había en lo que había contado sobre las relaciones que
mantenían ambos hermanos. Dada la confianza que ya hacía días existía entre
nosotros, no me costó lo más mínimo preguntarles sobre ello mientras me estaba
refrescando en la ducha contigua al camarote con el que se comunicaba por una
puerta corredera que había dejado abierta:
Martín, la historia que nos has contado de
vuestro viaje en tren ¿es cierta?
Sí, toda; lo único que nos inventamos fue el que
a Martina y Karen les dijésemos que Isabel y yo éramos hermanastros
–dijo él-; no había la confianza suficiente como para decirle que en
realidad somos hermanos de sangre.
Ya me lo supongo –continué yo-, a mí me habría
pasado lo mismo; pero lo de vuestras relaciones, ¿también es cierto?
Sí –afirmó Isabel-; ¿te acuerdas de las Navidades
de hace tres años que empezamos con las prendas y luego acabamos
desnudos y acariciándonos y todo esto?
Sí, claro que me acuerdo –le constesté-; al
principio me daba una vergüenza horrorosa, pero cuando la vencí me
gustó mucho; y también cómo Laura nos enseñó como hacer el amor y lo
hicimos por primera vez.
Exacto –continuó ella-, pues después que tú te
fueses algún otro día continuamos jugando y poco a poco nos fuímos
aficionando; cada vez se nos hacía más difícil disimular para poder
hacer algo, hasta que un buen día dimos con la solución: pedir a
nuestros padres que no queríamos estar en cuartos separados y
queríamos continuar durmiendo en el mismo cuarto.
Pero ¿y vuestros padres? –les pregunté yo
Aquí estaba el problema –continuó Martin-; como
estábamos en la edad del pavo, lo encontrarían un tanto sospechoso
que quisiéramos dormir juntos después de tanto tiempo, así que, como
estudiábamos lo mismo, les propusimos convertir las dos habitaciones
la una en un dormitorio común y la otra en una sala de estudio. Como
se acercaban los exámenes les pareció una buena idea; al principio
creían que una vez pasados los exámenes nos olvidaríamos de la idea,
pero ya ves; así llevamos unos tres años.
Al principio, -continuó Isabel-, nos limitábamos
a desnudarnos y a mostrarmos sin nada por miedo a que nuestros
padres nos pillasen; pero poco a poco nos fuímos atreviendo cada vez
más; primero un roce, luego una caricia, hasta que al final
terminamos haciéndolo de nuevo.
¿el amor? –les pregunté yo toda curiosa.
Sí –continuó Isabel con su relato-; como ya contó
Martin antes en cubierta fue aquel día en que se me estropeó el
trabajo en el disquette del ordenador y Martin me lo arregló. Desde
entonces lo hemos hecho muy a menudo.
Pero, ¿qué pasará el día que alguno de vosotros
tenga pareja? –les pregunté.
Bueno –respondió Martin; esto ya lo hemos hablado
muchas veces, y el que nosotros tengamos relaciones no impide que
nos veamos con otras personas. Como de momento no hay nada serio,
pues continuamos; y el día en que lo haya, lo dejaremos estar por no
traicionar a la otra persona.
Mientras íbamos charlando no nos dábamos cuenta que el tiempo
transcurría inexorablemente. Nos habíamos tumbado en la cáma, única pero grande,
del camarote: Isabel al centro y nosotros dos a los lados. Martin y estábamos
recostados de lado; yo estaba con la cabeza apoyada sobre mi brazo de doblado y
me fijaba como él le había depositado cariñosamente su mano en el vientre de
ella; al mirarlos, no podía por menos sonreirme al recordar como cuando estaba
yendo hacia Suiza unos años atrás temía que Martin e Isabel continuasen con la
relaciones tensas que solían tener; las pocas veces que habíamos coincidido, era
muy habitual verlos discutir y ello hacía que no tenía unas excesivas ganas de
pasar las Navidades con ellos; entonces, ni por asomo, habría podido imaginar
que llegara a pasar lo que allí nos pasó, y ni mucho menos que estuviéramos aquí
y ahora de esta forma: los tres desnudos en una cama y hablando con la mayor
tranquilidad y naturalidad del mundo sobre nuestras intimidades. Y rememorando
nuestras Navidades alpinas, recordé cómo me fascinaba el cuerpo desnudo de
Isabel y cómo me deleitaba con su roce. Y queriendo sentirme transportada a
aquellos tiempos empecé a acariciar a Isabel por la zona de las costillas. Al no
notar ninguna reacción adversa por su parte fui subiendo por su cuerpo hasta
que, inevitablemente, llegué a sus pechos; con un cierto disimulo le acaricié la
base de los mismos, a lo que ella me saludó con una sonrisa; interpretándolo
como una señal de aprobación por su parte, elevé un poco más el listón y fui
deslizando mis dedos por el relieve de su pecho hasta llegar a la cima; allí me
encontré con el relieve de sus pezoncitos que ya se habían puesto duros y firmes
como un par de garbancitos. Viendo su pecho aún casi adolescente a pesar de
haber cumplido recientemente los 18 no pude por menos esbozar una sonrisa al
recordar como nos había contado Martin que Karen y Martina la habían llamado la
"popotitos".
Realmente, -le dije a Isabel sin dejar de
acariciar su sauve pecho-, Karen y Martina tenían mucha razón al
llamarte "Popotitos"; estás hecha un fideo; tienes poco pecho…pero
muy bonito y respingón.
Me alegra oir que alguien piensa como yo –exclamó
Martín-; esto mismo le digo yo y nunca me hace caso; siempre me dice
que lo digo por que la veo con buenos ojos.
Claro que la ves con buenos ojos –continué yo-;
bueno, ambos la vemos con buenos ojos, pero lo cortés no quita lo
valiente y hay que reconocer que estás muy bien.
No exagereis tanto en vez de pechos parecen dos
huevos fritos –dijo Isabel a la vez que ponía sus manos en mi pecho
para compararlos con los suyos-; ya me gustaría tener un poquito más
como Ingrid.
Anda y no seas boba, que pareces una cría; pero
si son una monada –le dije yo dnadole un suave beso en cada uno de
sus senos-; mira, en Catalunya tenemos un dicho que dice que "Al pot
petit hi ha la bona confitura" (En el tarro pequeño está la buena
confitura).
Ingrid, eres un sol; siempre tienes a punto la
palabra adecuada –respondió ella-;
A continuación, y a raíz de estar Martin y yo fijándonos en
el pecho de Isabel, empezamos a recordar como hacía unos tres años más o menos
estábamos así, desnudos, los tres mirándonos y explorándonos; pero con la
diferencia que mientras entonces nos estábamos descubriendo e iniciándonos en
las cuestiones del erotismo y la sexualidad, ahora estábamos disfrutando de la
misma con el hielo ya roto desde hacía tiempo y con muchos de los tabúes
derribados. En Suíza nos tocábamos y acariciábamos por el gusto de lo prohibido
y de quien se inicia en tales lides, mientras que ahora lo hacíamos a conciencia
y sabiendo en cada momento qué se sentia al hacerlo y qué se experimentaba al
recibirlo.
Sin que previamente nos hubiésemos puesto de acuerdo, Martin
y yo nos tumbamos de nuevo al lado de Isabel y continuamos con la charla;
mientras, nos íbamos acariciando suavemente, cariñosamente, sin ninguna idea
preconcebida y sin que nos importase de quién fuese la mano que nos rozaba. En
una de éstas, Martin me sorprendió sobremanera:
Para que "Popotitos" acabe por ser una niña
pequeñita sólo le falta una cosa.
¿El qué? –pregunté yo inocentemente.
Martin no continues que te veo a venir –exclamó
ella protestando pero sin una excesiva condición.
Pues que esto –dijo Martin señalando la
entrepierna de Isabel-, se quede peladito como el trasero de un
bebé.
¿quieres decir todo afeitado? –interrogué yo sin
salir de mi asombro.
Claro –continuó Isabel-; más de una vez nos lo
hemos hecho. ¿no lo has visto nunca?
Alguna vez sí, en fotos –les respondí-; pero al
natural nunca. ¿qué se siente?
Es una sensación totalmente diferente –me
respondió Martin-, ¿quieres probarlo?
No sé –dije yo un poco titubeante-; por un lado
me gustaría probarlo, pero por el otro, no podremos disimularlo;
vamos todo el día sin ropa por el barco y mañana ¿qué diran los
otros?
¡Y yo qué sé! –respondió Isabel animándome a
probarlo-; si quereis podemos hacer una cosa: nos afeitamos los tres
y mañana vemos la reacción de los otros cuando aparezcamos así en
cubierta. ¿qué os parece?
Por mí, perfecto –exclamé yo-, no me imagino la
cara que pondrán los otros cuando nos vean así.
Buena idea –continuó Martín -; mientras cambio la
hoja de afeitar a la maquinilla, hidrátale la piel para poderle
poner la espuma.
Al decir esto, creí que utilizaría una toalla; pero cuál no
sería mi sorpresa cuando vi que Isabel se inclinaba hacia mí acercando
progresivamente su cara a mi cintura; temiendo alguna ocurrencia de las suyas,
le pregunté qué hacía y obtuve como única respuesta un: "Tú calla y déjame hacer
a mí". Mis sospechas se vieron confirmadas cuando noté como la lengua de Isabel
se depositaba suavemente en mi ombligo; poco a poco fue recorriendo el breve
camino que la separaba de la "zona prohibida"; cuando empezó a saltar entre mi
escaso vello púbico, una especie de escalofrío me sacudió de la cabeza a los
pies al intuir cuál iba a ser el desenlace de todo ello; desde el primer momento
en que vi a Isabel desnuda en Suiza me atrajo la silueta de su cuerpo; si bien
es cierto que no se podía decir que tuviera demasiadas curbas, más bien al
contrario era bastante plana; pero aún así no podía evitar el sentir algo un
tanto especial cada vez que me hallaba cerca suyo; más de una vez nos habíamos
acariciado o dado algún beso; más de una vez, en nuestros juegos, habiamos
simulado una especie de pelea incruenta y en más de una vez habíamos estado en
alguna situación un tanto comprometida, la una encima de la otra; pero nunca
habíamos ido más allá e, con la excusa de humedecer la piel para poder aplicar
la crema del afeitado, intuía que estábamos a punto de traspasar una gran
frontera. Y más aún cuando noté que la lengua de Isabel intentaba separar
ligeramente los labios de mi sexo para penetrar en mis partes más íntimas. En
este momento me estaba sintiendo transportado hacia las puertas del paraíso y
experimentaba una placer indescriptible; ni ella ni yo nos dimos cuenta que
enfrente nuestro Martin estaba de pie mirándonos con el bote con la espuma en
una mano y la cuchilla de afeitar en la otra:
¡Caray, Isabel! –exclamó al darse cuenta que yo
lo miraba-; cuando te decía que le hidratases la piel no me refería
a así; pero por lo que veo a las dos os encanta el malentendido.
Si no te gusta, no mires –le exclamó Isabel
levantando la cabeza y dirigiéndose a su hermano señalándole su
entrepierna-; pero por lo que parece, esto no te disgusta.
Es cierto, Martin, parece te ha gustado vernos
–le dije mientras con la mano le acariciaba su pene-; va, ven aquí y
empecemos la sesión de "peluquería púbica", que cuande te toque
también tendrás tu parte.
Después de pasar su mano por mi entrepierna, Martin comprobó
que aún no tenía la piel suficientemente hidratada, por lo que terminó la
operación con la ayuda de una toalla que mojó ligeramente en el grifo del baño.
Para evitar que lo dejásemos todo hecho un asco, desplegamos unas hojas de papel
de periódico en la cama para que yo me tumbase encima; a continuación, Martín
empezó a cortar el vello con unas tijeras, y cuando lo tuvo todo a punto, volvió
a humedecer la piel de la entrepierna con la toalla y con la ayuda de una brocha
empezó a aplicar la espuma; mi piel jamás había estado en contacto con una
espuma de este tipo, y sus componentes mentolados proporcionaban una sensación
de frescor muy agradable. Cuando tuve mi entrepierna cubierta por la espuma,
Martin se acercó con la cuchilla de afeitar en la mano recomendándome que
mientras me afeitase estuviera completamente inmóvil para evitar que pudiera
herirme. Pude notar como con los dedos de una mano mantenía la piel tersa y
firme mientras con la otra pasaba la cuchilla con pulso decidido cortando de
raíz el vello púbico. Cuando terminó, me avisó de ello y me dijo que ya podía
incorporarme y mirar. No acababa de atrevirme a hacerlo, y al final cuando me
decidí vi que mi "Triángulo de Venus" había desaparecido y que en su lugar
destacaba mi sexo abierto. Para evitar que la piel se me irritase, Isabel se
puso en sus manos un poco de crema "after shave" y me la aplicó con esmero en mi
entrepierna, procurando que no entrase en la vagina.
Era una sensación absolutamente extraña notar mi entrepierna
completamente afeitada, y para verlo mejor me fui al baño para mirarme ante el
espejo; realmente impresionaba ver mi cuerpo desnudo ya formado y mi sexo
completamente lampiño como el de una niña pequeña; estaba tan absorta mirándome
que no me di cuenta que Martin ya había empezado con Isabel; tal como había
hecho antes conmigo le estaba pasando de nuevo la cuchilla por su sexo cubierto
por la espuma. Me senté al lado de la cama y me quedé mirando el proceso de
afeitado de Isabel; viéndo la soltura con la que él le iba pasando la
maquinilla, me daba perfectamente que era ésta una operación que la habían
repetido ya varias veces. Cuando hubo terminado, y tras la correspondiente
loción "after shave", no pude por menos que acariciar la entrepierna de Isabel
y, admirando su suavidad, decirle:
Realmente, tenía razón Martin cuando te decía que
para que "Popotitos" pareciese una niña sólo te faltaba afeitarte;
mírate, pareces una adolescente.
Jo, tía, si vieras la gracia que me hace –medio
protestó Isabel-; con el poco pecho que tengo sólo me faltaba esto;
ya me gustaría tener un poco más.
No digas tonterías, Isa –le dijo Martin-; tal
como estás, estás muy bien; ¿no lo crees así?
I tanto que sí –le respondí yo-; yo te encuentro
genial, estás para comerte; ñam, ñam
Y mientras le decía esto, me incliné hacia ella abriendo mi
boca como si quisiera morderle el pecho, lo que motivó que tanto ella como
Martin se echasen a reir; yo les seguí la broma y con suaves e inocuos
mordisquitos fui rozándole ambos senos con mis dientes; pero llegó un momento en
que la broma dio paso a la verdad, y la verdad fue que ambas nos dimos cuenta de
la situación en la que nos hallábamos; yo me encontraba tumbada encima de ella
saboreando con mis labios la miel de su pecho y notaba como un montón de
mariposas empezaban a revolotear dentro de mi estómago; y, por lo que dijo
luego, ella no se quedó a la zaga al respecto, y también empezó a notar como un
cosquilleo que le recorría toda la espalda; poco a poco nos fuímos acomodando y
nuestros sexos acabaron el uno frotándose con el otro; nuestros senos no querían
ser menos y empezaron a rozarse mútuamente; si bien antes, hace unos tres años
en Suíza nos iniciamos en el amor y la erótica y estos días en alguna ocasión, y
nos habíamos dado algún beso o caricia, ésta era la primera vez que Isabel y yo
estábamos así, a punto de hacer el amor. Tanto ella como yo habíamos estado con
chicos y, aunque ahora no tuviéramos pareja estable dentro del sexo masculino,
en un futuro no muy lejano aspirábamos a ello; pero cuando ambas nos
encontrábamos juntas y la situación era propicia como ahora, no le hacíamos
ascos a mostrarnos nuestro mútuo afecto; siendo honestos, hay que reconocer que,
más que afecto, se trataba de amor, de amor de primas.
Tanto por los toqueteos previos durante la sesión de
"afeitado", como por las caricias posteriores que habían desencadenado que
Isabel y yo estuviéramos así, la temperatura ambiente había sido enormemente y
víctima de la consiguiente erección, Martín se levantó alegando que así no
podría dormir y se fue hacia la ducha. Ni ella ni yo nos dimos cuenta de ello y
no nos enteramos hasta que luego él mismo nos lo contó. No nos fijábamos en
nada, y lo único que en este momento era motivo de nuestra atenció era el amor.
Las caricias dieron paso a una gran pasión y sin saber muy bien cómo nos vimos
envueltas en un festival de besos y de abrazos. Era nuestra primera vez y, sin
que hubiera mediado un previo acuerdo, tanto ella como yo nos entregamosa en
cuerpo y alma para devolver el placer que obteníamos. Al final las dos caímos
rendidas en una especie de éxtasis de placer y de satisfacción y, como si
quisiéramos recuperarnos del esfuerzo realizado, nos quedamos un rato abrazadas
y sin movernos.
Una vez recuperado el resuello, nos levantamos para ir a
asearnos un poco y al entrar en el baño vimos que Martin estaba
dentro…aliviándose de la presión contenida en su miembro; en otras palabras, era
tal la erección que tenía que hacía lo único que podía hacer en aquel momento:
se estaba masturbando. Para no interrumpirlo, le pedimos disculpas y cerramos
tras nuestro la puerta cuando oímos que nos decía:
No teneis porque disculparos, no habeis hecho
nada malo.
Supongo que preguntarte qué estás haciendo es un
poco absurdo, ¿no? –le inquirió una Isabel un tanto irónica.
¿A ti que te parece? –les respondió él sin
malicia-; es que con el toqueteo del afeitado y luego al veros las
dos juntas me habeis puesto "enfermo" y se ha despertado la
"culebrita"; y si no le hago caso, no me va a dejar dormir.
Pobrecito –le respondí yo cariñosamente-; si te
has puesto así por culpa nuestra, lo lógico es que te ayudemos.
En cuanto le hube dicho esto, acabé de abrir la puerta del
baño, entré sin esperar respuesta y con mano firme le agarré el pene; no era la
primera vez que tenía la oportunidad de tocarlo y acariciarlo, pero sí que me
estrenaba al masturbarlo; por mi inexperiencia, al principio tiraba demasiado de
la piel, lo que motivo que se quejara un poquito y que me indicara cómo hacerlo.
No costó demasiado coger el ritmo adecuado y poco a poco se notaba como iba
llegando el gran momento, puesto que la respiración se le iba entrecortando; no
llevaba mucho tiempo así cuando Isabel también quiso entrar; como es lógico, en
un velero, por grande que sea, los baños son más bien angostos, lo que hacía que
apenas cupiéramos los tres y que cuando alguno se movía no podía evitar rozar a
los otros dos; para sorpresa mía, Isabel se agachó como pudo y se introdujo el
miembro de Martin en su boca. Esto no me venía nada nuevo, e incluso yo misma ya
lo había hecho antes con él mismo y con Juan; lo que sí me sorprendía era que
parecía que ambos quisieran llegar hasta el final sin interrumpir; parecía que
no era la primera vez que lo hacían y se los veía bastante habituados a ello;
lógicamente, al final pasó lo que tenía que pasar y Martin llegó al orgasmo, un
orgasmo que su hermana y yo ya habíamos experimentado antes. En esta ocasión lo
que me sorprendió, no por desconocerlo sino por verlo "en directo" fue que
cuando Martin eyaculó, Isabel no se retiró como yo había supuesto que haría y
continuó con sus menesteres. Al poco rato, se levantó y bajo el grifo escupió la
"leche" que le había vertido Martin y se enjuagó. Se secó con una toalla y, al
ver mi cara de sorpresa, exclamó:
¿qué pasa? ¿nunca habías visto hacerlo?
Claro que lo había visto, e incluso yo lo he
hecho alguna vez; pero siempre me he retirado antes –le respondí.
¿Y? ¿Dónde está la diferencia, ahora? –preguntó
Martin.
Pues…que ahora cuando has tenido el orgasmo ella
no se ha apartado –le respondí, y dirigiéndome a Isabel le
pregunté-; ¿y no te da asco?
No; bueno, al principio un poco sí; pero como él
me dijo que le gustaría mucho probarlo, un dia lo intentamos y vi
que tampoco había para tanto –respondió ella sincerándose-;
¿qué se siente? –continué yo toda curiosa.
Es como algo gelatinoso, caliente y un poco
salado –continuó explicando ella-; oye, en vez de tantas preguntas,
¿por qué no lo pruebas tú misma ahora que aún no se ha limpiado del
todo?
Es que no me atrevo, me da un no sé qué –respondí
yo sin una excesiva convicción.
Tanto Martin como Isabel se dieron perfecta cuenta de la poca
convicción en mis palabras cuando les decía que no me atrevía, puesto que no
dijeron nada y vieron como poco a poco me iba agachando hasta dejar mi cara a la
altura de la entrepierna de Martin; como ya había dicho antes, el lavabo era más
bien angosto y a duras penas cabíamos los tres, por lo que para facilitar la
operación, cuando me agaché, Isabel se levantó como yo había hecho antes. En una
versión reducida, nuestro baño parecía la famos escena del camarote de los
hermanos Marx en "Una noche en la ópera"; yo tenía claro que quería probar lo
que ya antes había probado Isabel, pero no acababa de decidirme; era una especie
de quiero y no puedo y a lo máximo que me atrevía era a rozarlo con la punta de
mi lengua para retirarla enseguida; me faltaba poquísimo para atreverme a todas,
y una oportuna ola colaboró en ello. Mientras estab yo deshojando una imaginaria
margarita, un cabeceo del barco me empujó hasta tener en mi boca el pene de
Martin; como ya no había vuelta de hoja, hice de tripas corazón y, poco a poco,
fui chupando aquel trozo de carne que hace unos tres años se introdujo por
primera vez en la zona más íntima de mi ser. Con el movimiento de mi lengua fui
notando una materia viscosa que aún lo cubría y, por deducción, supe que era el
semen. No me dio tanto asco como yo creía al principio, y a parte de su sabor
ligeramente salado, no se notaba casi nada más. Fui chupándolo como si se
tratase de un helado de palo hasta que se lo dejé completamente limpio.
Lo ves, tonta, como no hay para tanto –me dijo
Isabel.
Ya lo sé que no, tenías razón –le contesté-; pero
es que era la primera vez, y la primera siempre es la que más
cuesta. Y si no, acuérdate de aquel día que en vuestra casa de Suiza
nos desnudamos por primera vez.
Tienes razón –continuó Martin-; cada vez que lo
recuerdo me vienen ganas de reir; entonces nos costaba errores
simplemente desnudarnos o enseñar algo, y en cambio, ahora, ya veis.
Jo, y tanto –respondí yo-; me acuerdo de cuando
estábamos en la piscina jugando a las prendas; al principio el vapor
del agua nos ocultaba un poco, pero cuando tuve que salir fuera del
agua y tumbarme en el borde para que me viéseis, creía morirme.
Y eso que vosotras dos estábais en ventaja.
¿por qué lo dices, Martin? –preguntó Isabel.
Pues porque vosotras sois dos y yo uno solo
–contestó él-; y además a vosotras os cuesta más ocultar y disimular
una excitación.
En esto tienes razón –le dije yo-; ¿sabeis una
cosa? Desde que empezamos en Suiza, todo lo referente a la
sexualidad me está gustando mucho, sobretodo cuando estoy con
vosotros dos.
Pero los tres hemos estado poco juntos –continuó
Martin-; en esto he de reconocer que te llevamos ventaja.
¿por? –inquirí.
Pues por que tenemos la misma edad y no hay la
diferencia que os llevais tú y Juan –explicó Isabel-; y porqué al
vivir juntos en casa lo tenemos más fácil.
Sí, y tanto –continué yo-; ojalá con Juan
hubiéramos empezado antes, pero al regresar de Suiza él era
demasiado pequeño aún;
Y tanto –respondió Martin-; pero mejor tarde que
nunca, ¿no?; después de aquellas Navidades en casa, un dia lo
volvimos a probar medio por curiosidad y como le encontramos el
gustillo, nos fuímos aficionando y cuando la ocasión ha sido
propicia lo hemos ido haciendo.
Estos días también le he ido cogiendo el gustillo
como dices –les confesé-; ¿no nos estaremos convirtiendo en adictos?
No lo sé, pero si es así, ¡Viva la adicción!
–contestó Isabel.
En cuanto hubo dicho esto, nos abrazó y empezó a repartir
besos a diestro y siniestro, unos besos que fueron contestados por nuestra
parte; en este momento no nos importaba lo más mínimo el fijarnos a quién
estábamos besando; lo importante era el qué y no el quién; con el movimiento
alguien dio un golpe al grifo de la ducha abriéndola y provocando que el agua
cayese encima nuestro; la sorpresa fue mayúscula, pero no por ello fue mal
recibida. Después de todas las emociones vividas, una ducha refrescante era muy
bien recibida y nos sentó a las mil maravillas. Nos secamos y nos fuímos hacia
nuestras camas; bueno, lo de camas era un decir, puesto que para disfrutar de un
mayor espacio, las habíamos recogido y puesto los colchones en el suelo para
poder estar más cómodos;
Una vez limpios, frescos y secos nos dispusimos a dormir y a
esperar el nuevo día que, dicho sea de paso, no faltaba mucho para que
amaneciese, puesto que entre los relatos en cubierta y los "ejercicios
espirituales" en el camarote se nos había hecho tardísimo. Abrimos las
escotillas para que entrase un poco de aire fresco y con la brisa marina
acariciando nuestros cuerpos desnudos nos echamos a dormir directamente sobre
las sábanas sin taparnos con nada; el notar como la brisa marina acariciaba
nuestros cuerpos nos proporcionaba una sensación muy agradable, y el ligero
cabeceo del barco nos fue meciendo suavemente hasta que los tres caímos en un
dulce sueño en los brazos de Morfeo.
Un besote a tod@s