EL OASIS DE JUFRAH (VII)
7. Julia en el escenario
En pleno desierto de An Nafud, Anuska e Isabel, dos bellas
esclavas del Sheik Abdul Nassim Rahman, gran jeque del oasis de Jufrah,
continuaban amenizando las horas en el serrallo confiándose sus recuerdos.

—Así fue como mi madre quedó a merced de ese señor Valentini,
un sujeto de lo peor —contaba la morocha Isabel, con el rostro demudado—. Ahora
que la tenía en sus manos, tenía planeado hacer de ella una muñequita, un
juguete para su diversión... Tal vez fuera el modo de vengarse de ella, por
haberlo rechazado algunos años atrás. O tal vez lo encontrara divertido,
simplemente...
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—A ver... Un poquito más, así, muy bien...
Julia tosió y se atragantó.
Cómodamente sentado en el sillón de su despacho, el señor
Valentini tenía a Julia desnuda, sentada en sus rodillas, como tantas veces. La
sujetaba del cuello, mientras la obligaba a beber un vasito de ron. Los dos
guardias observaban la escena con una sonrisa.
—No, señor, por favor... —decía Julia.
Julia nunca había bebido. El ron le hizo arder la garganta y
llorar los ojos.
El señor Valentini tomó ahora una botella de vodka y volvió a
llenar la copita.
—Vamos, encanto, una copita más, ja, ja. Así... así...
todo...
—Por favor, señor... yo... aggghhh...
Julia se atragantó, tosió, y suplicó. El señor Valentini
continuó implacable.
Al cabo de quince minutos y varias copitas de ron, vodka,
cognac y un Jack Daniel's, Julia estaba mareada y completamente borracha.
El señor Valentini la hizo poner de pie y caminar por el
despacho. Julia, desnuda como estaba, caminó haciendo "eses" y cruzando las
piernas. Hubiera caído al piso de no haber sido porque uno de los guardias la
atajó a tiempo.
El señor Valentini sonrió satisfecho a la vista de tan triste
espectáculo.
—¿Alguna vez vieron a una puta con semejante pedo encima...?
—dijo, muy complacido.
Los dos gorilas rieron.
El señor Valentini volvió a sentar a Julia en sus rodillas y
le colocó un cigarillo en la boca.
—No, señor... No puedo... —alcanzó a decir Julia.
El señor Valentini sacó del bolsillo su encendedor de oro y
encendió el cigarrillo.
—Aspira, preciosa —le ordenó el señor Valentini.
En lugar de aspirar, Julia se llevó una mano a los ojos. El
humo la hacía lagrimear.
—Vamos, nena —dijo el señor Valentini, sonriendo—. Una mujer
tan grande y no fuma... Pronto te va a gustar.
Desde hacía dos semanas, el señor Valentini venía repìtiendo
diariamente esta rutina con Julia. La sentaba en sus rodillas y, después de
divertirse un rato con la ella, le hacía beber algunos tragos de ron, coñac o lo
que fuera. Y la iba acostumbrando a fumar.
Por otro lado, el desempeño de Julia en el salón había
mostrando evidentes progresos.
Julia ya se había acostumbrado —o resignado— a tener que
sentarse en las rodillas de los clientes, y dejar que éstos la manosearan a su
antojo.
El señor Valentini la observaba complacido. La zorra se
estaba convirtiendo en una perfecta puta.
Un lunes por la tarde, el señor Valentini decidió pasar a la
siguente fase. La zorra ya estaba hecha una verdadera puta, viciosa como todas
las de su clase. Pero todavía tenía sus momentos de rebeldía. Al señor Valentini
lo exasperaban esas resistencias. Una puta debía ser sumisa y complaciente.
Ese lunes, pues, el señor Valentini sentó a Julia en sus
rodillas, como siempre, y como siempre le fue quitando toda la ropa y se
entretuvo manoséandola unos minutos. Tomó una botella de ginebra y la hizo beber
unos cuantos tragos.
Una vez tuvo a Julia bien borracha, abrió uno de los cajones
de abajo del escritorio. Sacó un pequeño cofre y lo abrió. Tomó una pequeña
porción de una resina pegajosa marrón oscuro, y la amasó hasta formar una
pequeña bolita. La envolvió en papel de cigarrillo y la apretó fuerte hasta
hacer una bolita bien dura.
Miró a sus dos gorilas.
—Pongan a la zorra sobre el escritorio, con el culo bien
abierto.
Los dos guardaespaldas pusieron a Julia boca abajo sobre el
escritorio, y le separaron los glúteos.
El señor Valentini puso el índice y el pulgar de su mano
izquierda a cada lado del ano de Julia, y lo abrió. Apoyó la bolita sobre la
abertura y con un dedo de su mano derecha forzó la bolita dentro del ano. La
empujó hacia adentro, bien profundo.
—Dentro de un par de meses esta zorra viciosa va a suplicar
que le metamos una de estas bolitas en el culo —dijo satisfecho el señor
Valentini.
El señor Valentini sabía de lo que hablaba. Envolver la
resina en papel de cigarrillo e ingerirlo, era una de las formas predilectas de
consumir el opio.
Sin embargo, solía tener un sabor muy desagradable y
provocaba accesos de náuseas. Introducido en el recto, en cambio, producía los
mismos efectos, y evitaba tales inconvenientes.
Además, pensó el señor Valentini, ésta era la forma correcta
de administrárselo a una putita como aquélla.
Media hora después, Julia empezó a sentir los efectos del
opio, sumados a los del alcohol.
El señor Valentini le hizo una seña a uno de los
guardaespaldas. Éste cargó a Julia, la llevó a una de las piezas en la parte
trasera del club, y la dejó tendida en una cama. Julia se quedó allí, envuelta
en un gran sopor, con una semisonrisa estúpida en los labios.

Al cabo de un par de meses de este tratamiento, el señor
Valentini tenía a Julia casi donde quería. De a poco, la zorra se iba
convirtiendo en una opiómana perdida.
El señor Valentini decidió entonces que era hora de hacer
debutar a Julia en el escenario.
En efecto, José Valentini poseía —además de un par de clubes
y un prostíbulo, todo sobre la calle 25 de Mayo— un pequeño teatrucho sobre la
calle Suipacha, entre las avenidas Lavalle y Corrientes.
Todas las noches, se reunía allí una nutrida concurrencia,
esperando ver un buen espectáculo. Eran, principalmente, oficinistas que salían
de su trabajo, obreros que salían de alguna fábrica, o albañiles que terminaban
de trabajar en alguna obra en construcción. O estudiantes secundarios que salían
del turno tarde.
Llegaron en el lujoso Chevrolet último modelo del señor
Valentini, conducido por uno de sus guardaespaldas. Cuando Julia vio el local,
se le hizo un nudo en el estómago.
Ingresaron por una entrada lateral y se dirigieron a los
camarines.
Allí, por indicación del señor Valentini, una desnudista
experimentada le mostró a Julia una sencilla rutina de strip-tease.
—No voy a poder aprender todo eso... —musitó Julia.
—No te preocupes, preciosa —dijo el señor Valentini,
acariciándole la cola—. Al público lo único que le interesa es que te saques la
ropa.
El señor Valentini fue hacia un armario y observó varios
conjuntos de ropa.
—Éste te irá bien, para empezar.
Media hora después, Julia estaba a un costado del escenario,
grotescamente vestida con un uniforme de colegiala. Blazer azul de estudiante,
blusa blanca, corbata roja, pollera corta a cuadros, medias blancas tres cuartos
y mocasines negros. Unos anteojos sin cristales, dos trenzas de niña en la
cabeza, y un par de libros en el brazo, completaban su atuendo. El señor
Valentini sabía que una mujer madura vestida de niña estudiante despertaría la
inmediata expectativa de la concurrencia. Julia, a sus 48 años, se sentía
insuperablemente ridícula así vestida.
Sobre el pequeño escenario, una muchacha no muy exuberante
estaba terminando de desnudarse.
La chica concluyó su número, recogió su ropa y se retiró en
medio de los aplausos y alguna que otra grosería proveniente de las filas del
fondo.
Julia observaba todo esto aterrorizada, de sólo pensar que
ahora tendría que hacerlo ella.
Miró al señor Valentini.
—Por favor, señor, necesito...
—Primero el trabajo —le dijo el señor Valentini, señalándole
el escenario.
Deliberadamente, el señor Valentini le había retaceado en los
últimos tres días su bolita de opio.
Se empezaron a escuchar los primeros compases de "La Marcha
del Estudiante".
"Estudiantes, alcemos la bandera
que ilustraron los próceres de ayer,"
—Vamos nena, es tu turno —le dijo el señor Valentini,
empujándola hacia el escenario.
Julia se dio vuelta.
—No puedo hacerlo, señor —dijo Julia desesperada—. Me da
vergüenza...
El señor Valentini la miró con cara de pocos amigos.
—Escucháme, zorra barata —le dijo—. Estoy cansado de tus
remilgos.
El señor Valentini sacó del bolsillo de su saco una esferita
envuelta en papel de cigarrillo, y la puso delante de los ojos de Julia.
—¿Querés esto? —dijo, señalando el escenario—. Ganátelo ahí.
"y florezca a sus pies la primavera
del amor renovado en nuestro ser."
Julia avanzó hacia el escenario, mientras la música no paraba
de sonar. La concurrrencia, como cada vez que aparecía una chica, estalló en
aplausos.
Julia se quedó de pie, en medio del escenario, mirando todos
aquellos rostros. En las primeras filas se veían algunos señores de traje,
seguramente oficinistas o bancarios. Más atrás, algunos hombres de aspecto rudo
y desaliñado. Posiblemente obreros y albañiles. En las filas del fondo, las más
baratas, algunos muchachitos reían y gritaban. Estudiantes de la secundaria, sin
duda. Julia quería desaparecer de allí. Su vergüenza era indescriptible. Pero su
necesidad de recibir una dosis era más apremiante aun.
Cesó la "Marcha del Estudiante" y una música más sugestiva
empezó a sonar. Julia miró hacia su izquierda. El señor Valentini, con una
expresión amenazante, le hizo un gesto de "Vamos", y le mostró la bolita de
opio.
Julia permaneció unos segundos allí de pie, intentando
recordar la rutina.
—¡Dale, negra! —se oyó desde una de las filas del fondo. Los
compañeros de clase del atorrante que había gritado, lo secundaron con
carcajadas.
Con lágrimas en los ojos, Julia fue hacia una banqueta
dispuesta detrás de ella, y allí dejó los libros.
Oyó un "¡Psttt..!" desde su derecha. La strip-teaser que le
había enseñado la rutina, le hizo señas de que se moviera un poco, al compás de
la música. Julia intentó hacerlo, con mucha torpeza. Se quitó los anteojos y los
dejó sobre los libros.
Finalmente, se volvió hacia el público, y lentamente llevó
las manos al primer botón del blazer azul, y lo desprendió. El público estalló
en aplausos. Julia siguió con los otros dos botones.
Por fin se quitó el blazer, la primera prenda, y la dejó
caer. Lo hizo sin ninguna graca. Se oyeron algunos silbidos.
Empezó a quitarse la pequeña corbata roja, ajustada al cuello
con un elástico.
Volvió a oír un chistido desde el costado del escenario. La
strip-teaser nuevamente le hacía señas de que bailara, de que se moviera.
Intentó moverse al compás de la música mientras se quitaba la
corbata por encima de la cabeza.
Empezó a desabotonarse la blusa. Llegó al último botón y
empezó a quitársela. El público aplaudió.
De pronto, cuando ya estaba con los hombros y todo el torso
al descubierto, dejando ver un bonito corpiño blanco de encaje, Julia tuvo que
detenerse.
Había olvidado desprender los botones de los puños. En medio
de algunos silbidos, tuvo que volver a ponerse la blusa y desabotonar los puños.
Por fin pudo continuar. La blusa fue a parar al suelo yJulia quedó sólo con el
corpiño blanco.
Ni falta hace decir que su manera de quitarse la blusa y
dejarla caer había sido absolutamente torpe, carente por completo de gracia.
Sin embargo, a pesar que el espectáculo que estaba dando
Julia era increíblemente falto de sensualidad, no se oían ni silbidos ni
abucheos. El público había empezado a seguir las alternativas con suma atención.
Todos los espectadores habían captado la situación; y la
encontraban por demás interesante. Una pobre mujer, ya madura, estaba haciendo
allí su primer strip-tease. A esta altura de su vida... Vaya a saber uno por qué
apremiante necesidad se había visto obligada a tomar ese trabajo. Era
absolutamente excitante...
Julia se llevó la mano a la cintura, buscando ahora el cierre
de la pollerita a cuadros. No lo encontraba. Como si esto no fuera suficiente,
desde el costado del escenario, la mujer le recordaba que debía bailar mientras
se desnudaba. Julia empezó a moverse un poco.
Pero seguía sin encontrar el cierre.
Por fin, desde la quinta fila, algún habitué que había visto
esa rutina antes, le gritó:
—¡El cierre está atrás, burra!
Hubo carcajadas de toda la concurencia.
Julia se llevó las manos a la espalda y encontró el cierre.
Lo bajó e intentó hacer deslizar la pollera hacia abajo. ¡No bajaba!
—¡Dale, negra, hace una hora que estamos esperando!
Otra oleada de carcajadas.
Julia, que hacía lo imposible para no llorar, insitía con la
pollerita. ¿Por qué no bajaba? Tironeó y tironeó. Al final se dio cuenta.
¡Estaba tan nerviosa que había olvidado desprender el botón, en lo alto del
cierre! Lo había hecho durante toda su vida, diariamente, con tantas polleras
que había tenido. Ahora lo había olvidado por completo... Desprendió el botón y
la pollerita cayó al suelo.
Bueh, por fin, pareció pensar el público, que estalló en
aplausos y carcajadas. Julia se quedó allí, delante de todos esos hombres de
todas las edades, con los ojos vidriosos, en corpiño y bombacha.
Julia se agachó ahora para quitarse los mocasines. Desde el
costado del escenario, la strip-teaser, agarrándose la cabeza, le recordó que
debía hacerlo sentada en la banqueta.
Julia fue hacia la banqueta, hizo a un costado los libros y
los anteojos, y se sentó torpemente. Con no menor torpeza y falta de gracia, se
quitó un mocasín y luego el otro. Los dejó a un costado, juntos, como si
estuviera en su casa. Porque Julia siempre había sido muy ordenada. Pero era un
strip-tease; y estaba resultando francamente desastroso...
Julia empezó a sacarse las medias tres cuartos.
Esto, sorprendentemente, lo hizo bastante bien. Tomó el borde
del calcetín en lo alto de la pantorrilla y lo fue bajando. Siguió tirando hacia
abajo, lentamente, hasta que el calcetín se salió del todo y quedó enganchado en
el dedo gordo. Con un último tirón, el calcetín se desprendió.
El público, que se estaba divirtiendo a mares con la torpeza
de aquella mujer madura, que hacía su primer strip-tease, premió con un aplauso
lo primero que había hecho bien.
Lamentablemente, Julia arruinó todo preocupándose por colocar
el calcetín dentro del mocasín correspondiente... Porque Julia, tal cual lo
dicho, siempre había sido muy ordenada...
Con la misma pericia, se quitó muy lentamente el otro
calcetín, recibiendo un nuevo aplauso.
Julia, ni falta hace decirlo, no hacía todo tan lentamente
porque se lo propusiera, sino porque intentaba retrasar el momento final. Ahora
venía lo que tanto había estado temiendo. Sólo le quedaban el corpiño y la
bombacha...
Azuzada por el implacable señor Valentini, que continuaba
observando a un costado del escenario, Julia se levantó de la banqueta y caminó
hacia el centro del tablado. Se quedó allí, sin decidirse a nada. El público
empezó a silbar.
Apremiada por los silbidos y los abucheos, además de las
amenazas del señor Valentini, Julia finalmente llevó las dos manos hacia sus
hombros. Se bajó un bretel, y luego el otro.
"¡Psttt...!", oyó desde su izquierda. La strip-teaser le
recordó con una seña, que debía desprenderse primero la parte de atrás del
corpiño.
Julia se volvió a subir los breteles. Tal vuelta atrás
despertó algunas risas entre los espectadores. Se llevó ambas manos a la espalda
y, con manos que cada vez le respondían menos, desprendió el ganchillo. El
corpiño se aflojó y quedó cogando de los breteles.
Ahora el público estaba en silencio, esperando ver esos
pechos que ya se adivinaban exuberantes.
Julia apretó el corpiño contra sus senos y con la otra mano
descorrió un bretel. Cambió de mano, sujetó el corpiño, y deslizó el otro
bretel.
La strip-teaser quedó admirada. Esa parte la había hecho como
correspondía, prolongando el suspenso.
Por supuesto, Julia lo había hecho instintivamente, sin darse
cuenta, intentando solamente retrasar lo más posible un momento que no podría
soportar.
Por enésima vez la strip-teaser le recordó que debía moverse
al compás de la música. Julia empezó a bailar torpemente, mientras sostenía el
corpiño bien apretado contra sus pechos.
Al principio la concurrencia festejó ese momento. Pero
pasaron un par de minutos, luego tres, luego cuatro, y Julia no hacía otra cosa
que bailar torpemente y mantener bien apretado el corpiño contra sus senos..
Alguien desde la sexta fila gritó a voz en cuello:
—¡Dale, negra, mostrá las tetas de una vez!
Hubo carcajadas generales y señales de apoyo a esta
propuesta...
Casi a punto de echarse a llorar, Julia empezó a alejar las
manos de su torso. El corpiño, finalmente, se deslizó hacia abajo y cayó al
piso.
El corpiño aún no había llegado al suelo, y Julia ya se había
cubierto los enormes pechos con las dos manos. Lo había hecho instintivamente,
por supuesto. Sin embargo, esto también correspondía a la mejor tradición del
strip-tease. Julia siguió bailando, con las manos cubiendo sus pechos,
prolongando el suspenso.
Ahora debía quitarse la bombacha.
Si hubiera tenido al menos una pequeña tanguita debajo,
hubiera correspondido quitarse primero la bombacha y dejar los pechos como plato
final. Pero el señor Valentini se jactaba de que en sus espectáculos, el desnudo
era total. Siendo así, la última prenda debía ser la bombacha.
Instintivamente, Julia cruzó un brazo sobre sus dos pechos.
Llevó la mano libre a su cintura y empezó a bajar el borde de la bombacha.
"¡Psttt...!" oyó Julia nuevamente. La strip-teaser le hizo un
gesto de que debía usar las dos manos...
Julia, casi llorando, bajó el brazo que le cubría los pechos.
Se suponía que debía hacrlo con cierta gracia, con cierta sensualidad. Pero
Julia no estaba para esos detalles.
Igualmente, cuando la concurrencia pudo por fin admirar los
pechos de Julia —grandes, redondos, con llamativos pezones y grandes areolas—
hubo un momento de silencio... y luego estalló en aplausos y exclamaciones.
—¡Qué tetas, mamita!
—Qué talle usás, ciento cincuenta?
—¡Ja, ja, ja...!
Julia empezó a llorar de vergüenza, mientras a sus oídos
llegaban toda clase de groserías.
Despùés de un par de minutos, la concurrencia empezó a
silenciarse. Julia se llevó ambas manos a la cintura y siguió tirando de la
bombacha hacia abajo.
La strip-teaser volvió a chistarle, y le recordó que debía
darse vuelta y agacharse, sacando bien la cola hacia afuera.
Apretando los dientes para no llorar, sintiéndose
indeciblemente humillada, Julia se puso de espaldas al público, se agachó y sacó
la cola hacia afuera. Y con manos temblorosas, que no le respondían, continuó
bajándose la bombacha.
Al final la bombacha cayó al piso, mientras el público
estallaba en aplausos y algunas groserías inevitables. Así, con su trasero
expuesto a los ojos de toda la concurrencia, Julia se quedó un instante
agachada, llorando sin poder evitarlo ni disimularlo.

Por fin se enderezó y se dio la vuelta, quedando de frente al
público, completamente desnuda, sintiendo una vergüenza como nunca había sentido
en su vida. Un rictus se dibujó en su rostro, y de a poco empezó a llorar. Ni
siquiera atinaba ahora a cubrirse el pubis o los pechos, tal su estado de shock.
Y entonces el público reaccionó. Los de las filas de adelante
la aplaudieron. Los de las filas del medio reían y comentaban entre ellos. Y los
jovencitos atorrantes de las filas del fondo, hacían barullo mientras gritaban
toda clase de guarangadas.
Treinta segundos después, Julia empezó a salir de su estado
de conmoción. Miró a todos esos hombres, se llevó las manos a la cara... y
rompió a llorar.

Por fin pudo controlar su ataque de llanto, y empezó a
recoger toda su ropa, todo lo que daban sus manos. Con el bulto de ropas se
cubrió como pudo y salió corriendo de allí. Hubo muchas carcajadas de todos los
espectadores, mientras veían a esa mujer madura, pero tan inexperta,
literalmente huyendo del escenario.
Julia corrió hacia el camarín, se refugió en un rincón, y
allí rompió nuevamente a llorar.
Algunas de las otras chicas se acercaron e intentaron
consolarla. Todas ellas habían pasado por ese terrible trance, el de su primer
strip-tease.
El señor Valentini entró al camarín, saludó a las chicas y
tomó a Julia del brazo.
Al ver al señor Valentini, Julia recordó lo más apremiante
para ella en ese momento.
—Señor, por favor, necesito...
El señor Valentini la tomó del brazo, la sacó del camarín así
desnuda como estaba, y la llevó a su despacho (el señor Valentini tenía,
obviamente, un despacho en cada uno de sus cuatro locales).
Allí tomó una bolita de opio y le ordenó a Julia echarse
sobre el sofá boca abajo, levantar la cola y separarse los glúteos. Julia
obedeció de inmediato. El señor Valentini colocó la bolita a la entrada del
recto y la empujó hacia adentro.
A partir de allí, la vida de Julia empezó a transcurrir
rutinariamente entre el club nocturno de la calle 25 de Mayo, el teatrucho de la
calle Suipacha, y los dos despachos del señor Valentini.
Los miércoles, viernes y sábado, el señor Valentini la quería
en el local de strip-tease, donde el público se divertía a mares con aquella
zorra madura de grandes tetas, vestida de colegiala.
Los lunes, martes, jueves y domingos, Julia continuaba como
cigarrera y alternadora en el cabaret, donde los clientes le tocaban la cola y
le compraban alguna chuchería. O la sentaban en sus rodillas, le estrujaban los
pechos, le quitaban las estrellitas y le retorcían los pezones.
Algunos de ellos, como el señor Garreé (el viejo aquél, que
la había manoseado en su primera noche en el local), hablaban con Valentini y se
la llevaban a una de las piezas del fondo.
Al señor Garreé, en especial, le producían mucho morbo las
putas maduras reventadas. Una vez la tenía en la pieza, hacía con ella lo que se
solía hacer con las putitas baratas como aquélla. El señor Garreé se divertía
pellizcándole los pechos y los pezones, abofeteándola en la cara para hacerla
llorar un poquito, o sentándola en sus rodillas y dándole palmotazos en la cola
hasta dejárselo del color del tomate. Y, por supuesto, dándole leche por todos
los agujeros, a la zorra...
Julia cada vez encontraba más natural todo esto. Le costaba
recordar alguna época en que su vida hubiera sido distinta.
Como estaba siempre necesitada de opio, encontraba un alivio
en la bebida y el cigarrillo.
Con gran satisfacción del señor Valentini, Julia cada vez era
menos una persona y más una simple muñequita, un juguete para diversión de los
hombres. Rara vez estaba lúcida, el señor Valentini la tenía por fin como había
querido.
Julia solía pasar su tiempo libre en el despacho del señor
Valentini, sentada o echada en el sofá, desnuda o semidesnuda, siempre a
disposición de su patrón.

Cada vez que necesitaba su dosis, Julia empezaba a
lloriquear. Se tendía de espaldas, se levantaba la pollera, se bajaba la
bombacha y separaba bien las piernas. Y miraba a los hombres que estuvieran allí
en ese momento, esperando que alguno de ellos, el señor Valentini o alguno de
sus gorilas o quien fuera, la poseyera. Si ello no ocurría, Julia tenía una
crisis de llanto. Si alguno de los hombres la hacía suya, Julia esperaba recibir
su premio. De inmediato se ponía boca abajo y levantaba bien alto la cola,
separándose ambos glúteos. El hombre —o los hombres— que la hubieran gozado,
sacaban del cofrecito la consabida bolita de opio y se la introducían en el ano.
Julia recuperaba la paz, y dejaba de lloriquear...

A eso la había reducido el señor Valentini...
Al señor Valentini le gustaba mostrarla así a los invitados
que tuviera en su despacho.
—Qué tiene que hacer la putita para que le den su bolita...?
—decía el señor Valentini.
Julia, sin dudar, se levantaba la pollera, se bajaba la
bombacha y separaba las piernas todo lo que pudiera.
Los hombres reían mucho, viendo a semejante putita enviciada.
A veces sonaba el teléfono y el señor Valentini debía atender
los pedidos de su clientes, que le solicitaban mujeres. Julia miraba estas
escenas con su habitual expresión algo perdida, tendida en el sofá, entre los
vahos del alcohol y el opio.
—¡Pero señor Iñíguez, es sábado a la tarde! ¿De dónde saco
tres putas? —decía el señor Valentini, echando una mirada a Julia—. Acá tengo
una. Voy a ver si le consigo las otras dos.

A Julia le parecía natural ser tratada de esta manera. Se
había acostumbrado a ser una puta, no una mujer.
Tendida en el sofá del despacho del señor Valentini, entre
los vahos del opio y el alcohol, a veces Julia conseguía recordar a su hija
Isabel. Y se preguntaba, con tristeza, cómo la estarían tratando en casa del
señor Valentini, donde estaba colocada como sirvienta.
(Continuará)