NOTA: Este no es un texto de sexo tórrido sin más. Esto es
una historia real que un amigo me contó hace poco y que yo he querido transmitir
aquí. Si buscas sensaciones más fuertes mejor busca otro relato más acorde con
tus gustos, si lo que te agrada es una serena historia con un gran trasfondo
espero que sea de tu gusto. Avisados quedáis, que nadie se lleve luego a engaño.
Alfonso volvió a revisar el extracto del banco, por más
vueltas que le daba el pago de la hipoteca de la casa estaba ahogando la
economía familiar mes a mes. La subida del Euribor había incrementado la cuota
mensual del recibo que pagaban religiosamente al banco que les había concedido
el préstamo para comprar la casa de sus sueños. Ahora más que nunca se
arrepentía de haber pagado por adelantado la cara estancia vacacional que iban a
disfrutar en un resort paradisíaco a pie de playa. Si pudiera lo cancelaría todo
en aquel preciso instante, pero bien mirado también necesitaba ese período
alejado de la gran ciudad y de las obligaciones de ese negocio familiar que
había montado con su cuñado y que no terminaba de funcionar; un estudio privado
de ingeniería era un buen proyecto pero caro de poner en funcionamiento.
Al menos tenía a su mujer y a los niños. Lidia había tenido
que dejar de trabajar como profesora particular de idiomas debido al embarazo de
su segundo hijo y esa carencia de ingresos extra estaba minando todos los planes
que habían hecho para ese verano. Su esposa había pensado en contratar una
niñera que se encargara de su hija y del bebé durante todo el mes y así poder
disfrutar más los dos juntos de la estancia. El problema es que el dinero no
llegaba para ello con lo que se tendrían que aguantar y cargar con los niños de
un lado para otro. La pequeña de 4 años no daba muchos problemas pero el niño,
el bebé de cuatro meses, se pasaba todo el tiempo llorando si no estaba en
brazos de alguien. Lidia preocupada por esta nueva situación dijo que buscaría
una solución eficaz lo antes posible.
El teléfono móvil sonó de improviso. Alfonso comprobó que era
ella y descolgó amigable:
Dos semanas después Alfonso se encontraba en el recinto de
Llegadas del aeropuerto esperando el vuelo de la chica que haría de niñera
durante su mes de vacaciones. Se sentía un poco estúpido sosteniendo un cartel
con el nombre de aquella desconocida, Mary McGuinness, que había ido a recoger.
Si bien en un principio a su mujer no le hizo mucha gracia el que fuera una
alumna irlandesa que solo sabía hablar inglés, sobre todo siendo ella profesora
de francés, pero al final accedió plenamente cuando le contaron el resto de
ventajas en la agencia de intercambio. Durante ese mes debían dar alojamiento,
manutención y servicio de lavandería a la chica que acogían. No debían aportar
dinero de ningún tipo ya que ella misma se encargaría de sus propios gastos
personales. Eso sí, en todo momento debían hablarle en español ya que era la
misión fundamental por la que ella venía a pasar el verano a España. En
definitiva era simplemente una boca más que alimentar pero que se compensaba con
la asignación que la agencia les daría en concepto de "gasto ocasionado por el
trato", una sutil manera de decir "las molestias que os causará soportarla".
Alfonso escuchó el aviso de atención con la información de
llegada del vuelo que esperaba. En la agencia le habían enseñado una diminuta
foto de una vivaracha chica rubia de 19 años con la que tendría que convivir
bajo el mismo techo durante 30 días. Dio gracias al cielo de poder comunicarse
con ella en el mismo idioma ya que intuía que Mary al no tener ninguna idea de
español, y mucho de menos de francés, tendría dificultades para poder
comunicarse con su esposa.
Cuando levanto la vista pudo observar a una chica rubia y
pecosa, un poco más baja que la media de chicas de su edad, que se encontraba
delante suya saludando con la agitación de una mano. Ataviada con unos tejanos
gastados y una camiseta de corte militar, la joven irlandesa tenía un cuerpo
bastante curvado, no como esas niñas escuálidas de las revistas de moda. Sus
grandes ojos azules fue lo que más hipnotizó a Alfonso, de un azul profundo que
invitaba a perderse en ellos. Decididamente la foto de la agencia no la
favorecía en absoluto, pero tampoco era una mujer de bandera.
Mary trató de darle la mano solemnemente y el no dudó en
soltarle dos besos en las mejillas como manda la costumbre del país. Ella se
sonrojó por el atrevimiento y Alfonso tuvo que explicarle de camino al coche que
no se extrañara por ello. Tenía mucho que aprender de su estancia aquí.
La casa adosada que habían alquilado para pasar todo el mes
de Julio tenía dos plantas, una plaza de parking subterránea y una pequeña
piscina en la parte de atrás oculta de las miradas del resto de vecinos. En
cuanto llegaron Lidia distribuyó los 3 dormitorios a su gusto, dejando el más
cercano al de los niños para Mary y dejando el más alejado para ella y su
marido. Desde el primer momento la irlandesa había congeniado con los niños, se
notaba que tenía mano para los niños. Durante todo el viaje había estado jugando
con la pequeña entendiéndose a duras penas entre ambas a base signos y
aspavientos. Con el bebé había sido algo más especial, nada más cogerlo en
brazos por primera vez dejó de llorar y desde entonces lo único que hacía era
comer y dormir; incluso Lidia se había sorprendido del efecto que la chica había
causado en él.
Mary se había descubierto como una chica muy habladora y con
la que relacionarse fácilmente, pero aun así la relación con Lidia iba a ser
difícil desde el principio. La mujer de Alfonso no se acostumbraba a la idea de
tener una extraña bajo su techo y tener que compartir las intimidades familiares
con ella. No sentía celos de ella, ya que podía confiar tranquilamente en la
fidelidad de su marido con respecto a una cría de diecinueve años, pero si se
sentía bastante incomoda con el hecho de que él hablará con Mary mucho más que
ella por aquello de la facilidad del idioma. De todas formas no hubo roces ni
pelea alguna ya que era una chica muy trabajadora que comprendía todo a la
primera y resolvía cualquier problema al instante sin necesidad de pedir ayuda.
Los días fueron pasando y la paz y la tranquilidad se fue
instalando en la casa. Por la mañana mientras Alfonso iba al supermercado a
hacer la compra y coger el periódico del kiosco, Lidia cocinaba la comida del
mediodía y Mary se encargaba de despertar, vestir y dar de desayunar a los
niños. A media mañana todos estaban listos para ir a la playa de la que volvían
justo a la hora de comer. Una reparadora siesta por la tarde y un pequeño baño
en la piscina antes de arreglarse para dar un paseo por el pueblo. A veces
salían a cenar fuera o regresaban a casa con tiempo para dar de cenar el bebé y
salir Lidia y Alfonso solos.
Mary tenía unos hábitos personales que no interferían en la
vida de la familia y que Alfonso fácilmente identificó en la primera semana. No
estaba acostumbrada a dormir siesta por lo que aprovechaba ese período de tiempo
para tomar el sol, escaso por otra parte en su país, sola en la piscina. Por la
noche siempre se fumaba un único cigarro después de cenar, generalmente sentada
en el patio de la casa y mirando la luz de la luna. Cuando acostaba a los niños
solía sentarse a leer con ellos en el salón o a ver la televisión para así
mejorar su nivel del idioma, aunque había muchos programas que no entendía o le
costaba ver. Por último todas las noches se quedaba sola viendo alguna película
en la tele hasta altas horas de la madrugada antes de acostarse.
Cierto día Alfonso se levantó más temprano de lo normal y
debido a que llovía decidió no bajar a por el periódico, tampoco había que
comprar nada esencial, así prefirió leer las noticias en el teletexto de la
televisión. Cuando encendió la televisión, como siempre, apareció el mismo canal
que estaba seleccionado antes de apagarla por la noche. Se sorprendió cuando
comprobó que el volumen estaba al mínimo y que la publicidad de melodías y tonos
de móviles de un canal local de televisión inundó la pantalla. Relacionando
rápidamente comenzó a sonreír pensando lo que había pasado. La pícara de Mary
había descubierto que a altas horas de la noche en estos canales locales siempre
ponían películas porno o de alto contenido erótico. Había quitado el volumen
pero no se había percatado del error cometido ya que nunca era la primera
encender la televisión al día siguiente. Alfonso imaginó a la joven irlandesa
nerviosa por temor a ser descubierta viendo unas imágenes que la excitaban (y
que probablemente no veía en su país donde la películas X de televisión, incluso
de pago, estaban censuradas) y que escuchaba difícilmente al tener el volumen
bajado. Su mente discurrió más y pensó si luego ella subiría a su cuarto a
masturbarse o si incluso lo haría allí mismo en el salón. Alfonso se sorprendió
excitado al tener tal pensamiento.
Durante la siesta habló con su mujer pero no le contó nada de
lo que había descubierto. Discutió fundamentalmente en la posibilidad de darle
una noche libre a la semana a la joven para que pudiera salir a despejarse y así
también poder estar ellos dos solos con los niños. Lidia se mostró de acuerdo
desde el principio y así se lo comunicaron a la interesada mientras paseaban esa
tarde por el pueblo. Mary se alegró mucho por la decisión y lógicamente, si a
ellos no les importaba, prefería tomar la noche del sábado libre ya que era
cuando más animado estaba el pueblo al venir jóvenes de otras poblaciones a las
discotecas locales. Además esa noche casi siempre Alfonso y Lidia solían salir a
cenar fuera con los niños, y aunque ella también estaba invitada siempre miraba
apesadumbrada desde la mesa a los chicos de su edad riendo y divirtiéndose por
ahí.
Un par de noches después Alfonso quiso averiguar si lo que
sospechaba era cierto y bajó muy de noche a la cocina, con la excusa de beber un
vaso de leche fría. A través de la cristalera del salón pudo ver el reflejo de
la televisión encendida pero no conseguía oír nada. Era difícil adivinar la
escena a través de los cristales translúcidos pero se imaginó que estaba en lo
cierto, aún así quiso llegar más lejos y llamó con cuidado a la puerta del salón
antes de entrar. Mary nerviosa apagó el televisor antes de que la puerta
terminara de abrirse y preguntó si pasaba algo con los niños antes de que
Alfonso pudiera ni siquiera hablar. Él la tranquilizó y solo le comentó que
había bajado a la cocina y quería saber si necesitaba algo antes de volver a
acostarse. Mary se lo agradeció y dijo que ya era muy tarde y que ella también
estaba pensando en acostarse. Alfonso no pudo sonreír maléficamente mientras se
dirigía de nuevo hacia la cama.
El siguiente sábado Mary salió por primera vez y Alfonso se
despertó cuando la oyó llegar casi cuando estaba amaneciendo. Esa mañana pactó
con Lidia no despertarla hasta un poco más tarde y así dejarla dormir un rato
más, además así podrían desayunar con los niños todos juntos en familia. Cuando
Mary se levantó llegó apresurada a la cocina pidiendo perdón por no haberse
levantado antes, solo se tranquilizó después de Lidia le explicara lo que habían
hecho. Aquel día la ropa sucia que la joven dejó sobre la lavadora despedía un
fuerte olor a tabaco y a cerveza.
En el ecuador de las vacaciones una ola de calor asolaba todo
el país. El matrimonio decidió dejar de ir a la playa ya que el bebé sufriría
las inclemencias del tiempo y aun embadurnándolo de crema protectora corrían el
riesgo de que su delicada piel se quemara, así que las mañanas las empleaban en
disfrutar de la piscina para así poder dejar a los niños jugando a la sombra del
porche. Una mañana mientras se estaban bañando en la piscina Mary quiso ponerse
crema protectora por la espalda para que su blanca piel tampoco enrojeciera al
sol, pidió la colaboración de Lidia pero ésta se encontraba ocupada cambiando al
bebé de pañal, así que le indicó a su marido que lo hiciera él.
Alfonso esperó la mirada aprobadora de su mujer antes de
poner las manos encima de otra chica, luego cogió el bote de crema blanca y le
indicó a Mary que se tumbara para poder hacer mejor su tarea. La primera vez que
tocó la piel de la joven irlandesa notó una sensación extraña. Llevaba seis años
casado con Lidia y otros cuatro de novios, desde entonces no había vuelto a
tocar a nadie que no fuera su esposa. La extraña sensación de estar manoseando
la espalda de otra mujer, aunque casi fuera una cría, le perturbó la mente. Mary
tenía una piel muy blanca, propia de sus latitudes, y muy suave, calida al
contacto y que rezumaba sensualidad juvenil. Antes de finalizar le preguntó si
quería que continuara también por las piernas. La joven le dijo que sí.
Delicadamente frotó la blanquecina crema por las pantorrillas y los muslos de
Mary, y casi sin darse cuenta se descubrió así mismo casi masajeando las nalgas
de la chica. Retirando las manos de inmediato tuvo miedo de que Lidia lo hubiera
visto pero descubrió que no era así. Trató de disculparse con Mary pero no
encontró las palabras. Fue ella la que con un simple "gracias" mientras le
miraba a los ojos le devolvió a la realidad. Alfonso tuvo que retirarse al
interior de la casa y entonces fue cuando se dio cuenta de la enorme erección
que tenía entre las piernas. Rezó porque la joven no se hubiera percatado de
ello también.
Descubrir que se había excitado tocando a su niñera
distorsionó la percepción que tenía Alfonso sobre Mary. Ya no la veía con los
mismos ojos y más de una vez se descubrió observándola fijamente sin recato
alguno. Cuando estaban en la piscina miraba los bikinis que ella acostumbraba a
usar y cuando jugaba con la niña en el agua deseaba ser su hija para poder rozar
su cuerpo contra el de ella. Incluso un día Lidia le llamó la atención por como
la miraba, a lo que el le contestó furibundo que si estaba loca por pensar eso,
que era solo una cría.
Alfonso recapacitó varias veces esos días. La verdad es que
hacía tiempo que no compartía momentos íntimos en la cama con su mujer. Tras la
cuarentena del embarazo había tenido problemas de infección con los puntos de
sutura y desde un par de meses antes de que naciera el niño no habían hecho el
amor de nuevo. Mary lo compensaba de vez en cuando masturbándolo o haciéndole
una buena mamada pero no era lo mismo. Empezaba a estar desesperado con la
situación. Lidia seguía siendo una bella mujer que le atraía mucho; una
atractiva morena de pelo corto, tan alta como él y con un cuerpo bien formado,
pero para él la actividad sexual era algo necesario que no se estaba cumpliendo.
Tras el primer embarazo las caderas de Lidia se habían ensanchado un poco pero
el incremento de volumen de sus pechos compensaba este hecho. Con el segundo
hijo su figura se había resentido y aun no había recuperado la forma. Aún así
era una mujer bella, la madre de sus hijos, y sobre todo la mujer a la que
amaba.
El siguiente sábado que Mary tuvo la noche libre Alfonso y
Lidia decidieron quedarse en casa. Era una noche calurosa y después de acostar a
los niños se quedaron viendo la televisión hasta que decidieron acostarse.
Debido a las altas temperaturas Alfonso no conseguía conciliar bien el sueño y
pudo oír perfectamente como Mary entraba de vuelta en la casa. El ruido que
generaba hizo sospechar a Alfonso que la chica no se encontraba en perfecto
estado y que seguramente su nivel etílico en sangre sería bastante alto. Sin
hacer ruido para no despertar a su mujer bajó a la planta de abajo y descubrió a
Mary apoyada sobre la taza del baño tratando de expulsar el contenido de la cena
de su estómago. Sujetándole la frente la ayudó a terminar de vomitar y entonces
se dio cuenta de que se había quedado dormida entre sus brazos. Con dificultad
le echó un brazo por debajo del suyo y la acompañó arrastrándola hasta su
cuarto. No sabía si debía quitarle la ropa llena de vómitos que llevaba puesta o
no, al final pensó que no era una buena idea, así que tal cual la tumbó sobre la
cama. Durante unos instantes la observó. Tumbada sobre la cama, tan frágil, tan
accesible. Cuando regresó al dormitorio Lidia se despertó y le preguntó que qué
hacía levantado, él le dijo que solo quería echarle un vistazo al bebé ya que
creía haberlo escuchado y la mando a dormir de nuevo. Antes de dormirse dio
gracias al cielo por el hecho de que su mujer tuviera un sueño tan profundo.
Mary seguramente se había deshecho de la ropa de ayer o la
había escondido para lavarla ella misma, eso pensó Alfonso cuando la vio bajar a
la mañana siguiente sin la indumentaria para echarla en el cesto de la ropa
sucia de la lavadora. Esperando una reprimenda la joven se sorprendió de que
nadie le dijera nada. Sólo cuando Lidia subió a la planta de arriba para
ponerles el bañador a los niños y ella y Alfonso se quedaron solos pudo hablar
con total franqueza.
Gracias por lo de ayer. – dijo compungida – Y gracias
por no decir nada.
No tiene porqué. – contestó Alfonso – Pero si hay una
cosa que me gustaría decirte Mary. Me da igual que te emborraches cada
noche pero por la mañana te quiero en perfecto estado para lidiar con
los niños al 100%.
Siento mucho lo que ha pasado, no volverá a suceder.
Perdón. – susurró sincera.
No pasa nada. No te preocupes mi mujer no se
enterará. – sentenció Alfonso.
Tal y como había prometido Mary se pasó todo el día jugando
con los niños a pesar del tremendo dolor de cabeza que seguro debía estar
padeciendo a causa de la resaca. Aquella noche cuando Alfonso bajó a beber agua
fresca debido al calor de la noche descubrió a la joven dormida en el sofá del
salón. La televisión mostraba una tórrida escena donde un musculoso hombre
enculaba a una rubia con grandes tetas de silicona. De nuevo la tenía al alcance
de la mano, cubierta únicamente con una de esas camisetas de tirantes y unos
shorts que utilizaba para dormir. Silenciosamente Alfonso cogió el control
remoto de la televisión y la apagó. Al ir a dejarlo de nuevo sobre la mesita de
cristal se percató de que había un paquete de pañuelos de papel abierto sobre
ella y uno de ellos usado y arrugado junto a él. Sospechando vilmente lo cogió
con cuidado y hasta que no salió por la puerta del salón no se lo llevó a la
nariz. El aroma a sexo de mujer inundó sus papilas olfativas al instante. Tal y
como venía pensando Mary aprovechaba sus visionados nocturnos para dar rienda
suelta a sus apetitos carnales y así desahogarse libremente masturbándose sobre
el sofá en el que momentos antes él y su mujer habían estado leyendo y
discutiendo. Volvió a notar como su pene se ponía duro al instante al percibir
el estímulo del olor a hembra que despedía el pañuelo. Inquieto volvió a la
cama, dejándola dormida sobre el sofá, pensando que al día siguiente Mary sabría
que compartía un nuevo secreto con él ya que había "visto" sus juegos nocturnos
y le había dejado constancia con la prueba del apagado de la televisión y de la
desaparición del pañuelo.
¡Buenos días! Hoy tienes mejor cara que ayer. – dijo
Lidia nada más ver aparecer a Mary por la puerta de la cocina.
La joven se sentó a la mesa para desayunar con el matrimonio
antes de ir a despertar a los niños.
Sí, hoy he dormido mucho mejor que ayer. – contestó
como si nada. Alfonso la miró inquieto por si su mirada buscaba su
complicidad, pero Mary se limitó a desayunar sin decir ni una palabra
más.
Fue a mediados de la última semana de las vacaciones cuando
Alfonso se enfrentó a un nuevo reto. Durante la siesta el bebé comenzó a llorar
y cómo Mary solía estar en la piscina a esas horas fue Alfonso el que con un "no
te preocupes, ya voy yo" dejó a su mujer acostada y se dirigió a la habitación
de los niños. Recogió al niño de la cuna y comprobó que su hija continuaba
durmiendo plácidamente ¿cómo era capaza de dormir con su hermano berreando como
un poseso a menos de un metro de distancia? Seguro que había heredado el sueño
profundo de su madre, menuda habilidad la suya. Lentamente se acercó con el niño
en brazos hasta la ventana mientras lo mecía para que se volviera a dormir.
Desde allí se podía divisar perfectamente la piscina. Mary tumbada boca abajo
sobre una tumbona tomaba el sol plácidamente, ajena a su oculto observador
dormitaba tranquila. Alfonso se fijó mejor en ella y vio que no llevaba la parte
superior del bikini para que el sol no le dejara marca alguna. Enseguida deseó
que la joven se diera la vuelta para poder verla en todo su esplendor. El niño
ya se había dormido y fue corriendo a dejarlo en la cuna, cuando volvió a la
ventana Mary ya no estaba en la tumbona. Nadando plácidamente se movía de un
lado a otro de la piscina. Alfonso pensó en bajar corriendo y plantarse allí
delante pero ¿con qué excusa? ¿Para decirle qué? Se encontraba pensando en ello
cuando Mary decidió salir del agua. El pulso se aceleró, el corazón palpitó más
fuerte, su vista se nubló. La irlandesa, sabedora de que nadie podía verla e
intuyendo que sus "jefes" dormían la siesta tranquilos, se paseaba en top-less
por la piscina camino de la ducha para quitarse el cloro del agua de la piscina.
Alfonso pudo ver como el líquido cristalino recorría el cuerpo de la chica
cayendo en su rostro y deslizándose por el cuello llegaba a sus perfectos senos.
Unos pequeños pezones sonrosados coronaban sus pechos, un busto que Alfonso
deseó poder tener entre sus manos y saborear son sus propios labios. Comprobó
como el agua seguía fluyendo por su vientre y se descolgaba por la parte
inferior de su bikini el cual se pegaba como una segunda piel a su silueta,
marcando su lindo trasero y mojando fríamente su entrepierna. Luego terminaba
descendiendo por esas piernas que él mismo había tocado y llegaba justo al suelo
a través de sus delicados pies. Alfonso estaba a punto de explotar cuando Mary
decidió tumbarse de nuevo sobre la tumbona ocultándole de nuevo sus encantos.
Caliente como una plancha al rojo vivo, el casual observador se refugió en el
cuarto de baño donde se masturbó compulsivamente para acabar con la tremenda
erección que mostraba su pene. Cuando volvió al cuarto junto a su mujer ya no
pudo volver a dormirse debido a la intranquilidad que le consumía. Aquella
chiquilla lo estaba llevando por caminos que él nunca habría pensado, y lo peor
es que le gustaría recorrerlos con ella cogidos de la mano.
El último fin de semana de las vacaciones Lidia quiso
festejarlo a lo grande para ello el sábado reservó una romántica cena para los
dos en el mejor restaurante de los alrededores para estar junto a su marido
mientras la niñera se encargaba de los críos. Durante el día bajarían a la playa
y comerían una paella en uno de los chiringuitos de por allí, luego estarían un
rato más en la playa antes de subir de nuevo a casa para ducharse y arreglarse
antes de salir de nuevo. Por todo esto el matrimonio cambió el día libre de Mary
al viernes para que todo cuadrara a la perfección.
Pero todo se empezó a torcer durante la comida. Lidia bebió
más vino de la cuenta con la paella y salió un poco achispada de la comida, con
lo que se quedó dormida bajo el aterrador sol del mediodía en la playa. Cuando
se levantó de la siesta para ir de regreso a casa le dolía fuertemente la cabeza
y tenía todo el cuerpo rojo, completamente achicharrado, debido a la fuerza de
los rayos del sol. Al llegar a casa tuvo que salir corriendo del coche en pos
del baño para vomitar todo cuanto tenía en su interior. Preocupado porque tenía
décimas de fiebre, Alfonso llamó al médico, que le diagnóstico una insolación la
cual debía curar rehidratándose y descansando en la cama. Alfonso la dejó dormir
un rato y cuando despertó le dijo que pensaba anular la reserva del restaurante
y quedarse allí en casa con ella. Lidia se negó en rotundo, sabía las muchas
ganas que tenía su marido de ir a aquel sitio y de que probablemente sería el
último capricho que podrían tener antes de que las vacaciones finalizaran y
volvieran a la cruda realidad de llegar justos de dinero a final de mes. Alfonso
trato de discutir y rebatir a su mujer pero ella no le dio opción. Cuando le
dijo que iba a hacer él solo cenando en aquel restaurante Lidia le respondió que
se llevara a Mary con él, la chica se lo había ganado por el buen trabajo que
había realizado durante todo el mes. Por mucho que él le explicó que no, que
quería quedarse junto a ella, lidia se negó. Alfonso no creía conveniente que se
quedara sola con los niños en el estado en el que se encontraba. Aunque por
dentro deseaba poder estar a solas con Mary no quería perder la oportunidad de
quedar a bien con su mujer. Solo al final de la tarde cuando vio que su esposa
se tenía en pie y lidiaba perfectamente con los niños empezó a cambiar de
opinión, entonces ella le explicó los nuevos planes a la joven irlandesa.
Al final antes de que Alfonso saliera de casa le habían dado
juntos de cenar a los niños y habían acostado al pequeño. Lidia se quedó
leyéndole un cuento a la niña mientras Mary se arreglaba para salir y él la
esperaba sentado en el sofá del salón. Su cabeza no paraba de girar y girar,
pensando en el mismo tema de siempre. ¿Qué iba a hacer esta noche? ¿Tratar de
seducir a una niña que por muy poco podría ser su hija? Seguro que ella se
reiría de él en su cara al no estar en absoluto interesada en alguien que por
unos cinco años casi le doblaba la edad.
Cuando oyó a Mary bajar por las escaleras se levantó y salió
a recibirla. La joven rubia se había puesto sus mejores galas y estaba
deslumbrante. Llevaba el pelo suelto y peinado hacia un lado reforzando la
mirada perfecta de sus azules ojos. Un conjunto negro de top y pantalones lisos
realzaban su menuda figura sostenida por unas sandalias plateadas con un tacón
de vértigo. Alfonso estaba boquiabierto.
¿Nos vamos? – preguntó ella inocente.
Sí, enseguida. - balbuceo Alfonso. Si le hubiera
preguntado que cómo estaba hubiera tenido que responder con sinceridad
"rompedora".
¿Ya os vais cariño? – el grito de Lidia resonó desde
la planta superior.
¡Sí! – gritó él contestándole.
¡Que os lo paséis bien! – se despidió ella – Y
cuidado con la carretera, no bebáis mucho.
Así lo haré. ¡Te quiero! – concluyó.
Alfonso agradeció que su esposa no hubiera bajado a darle un
beso de despedida, ya que si hubiera visto a Mary hubiera empezado a
arrepentirse de la decisión que había tomado. Durante todo el trayecto casi no
se dirigieron la palabra, Mary parecía distraída mirando por la ventanilla del
coche y Alfonso no paraba de pensar en que iba a hacer con toda aquella
situación. Cuando llegaron al restaurante ambos sonrieron cuando el camarero los
miró extrañado y tuvo que comprobar dos veces el nombre de la reserva: "Señor y
señora Gutiérrez". Luego la camarera que les trajo la carta los tomó por padre e
hija con lo que ya no pudieron parar de reír en cuanto ella se marchó.
¿Qué prefieres ser: mi esposa o mi hija? – le
preguntó él entre risas – Puedes elegir.
Me gustaría ser tu mujer. – dijo ella de repente y
Alfonso paró de reír al instante – Si fuera tu hija no me dejarían
entrar en las discotecas y no me gusta que me confundan con una niña
cuando ya soy toda una mujer.
Eso no se puede negar. – dijo él inquieto.
La cena transcurrió tranquila. Hablaron largo y tendido
mientras disfrutaban de la comida y de la bebida. Él se enteró de los planes
futuros que ella pensaba realizar cuando terminará su carrera universitaria y
los viajes que tenía pensado hacer. Ella le miraba absorta cuando él le contaba
anécdotas de su juventud y las gamberradas que había hecho de pequeño. Sin darse
cuenta habían apurado dos botellas de vino con la cena y cuando estuvieron en
los postres pidieron una copa de licor como digestivo. A decir la verdad a
Alfonso la cena había parecido perfecta, música tranquila, un ambiente
romántico, una mujer deslumbrante sentada enfrente; todo perfecto salvo porque
se trataba de la niñera y no de su esposa. De todas formas no pensó en ella como
mujer hasta el final de la misma cuando estuvo a punto de cogerla de la cintura
como acostumbraba a hacer con Lidia.
Bueno, será mejor que volvamos a casa. – dijo Alfonso
con las llaves del coche en la mano – Estoy preocupado por mi esposa, no
quiero que le pase nada malo.
En serio. Ahora que estábamos empezando a
divertirnos. Yo creía que iríamos por ahí a tomarnos una copa antes de
volver. – le contestó Mary - ¿Por qué no la llamas para comprobar que
está bien? Así te quedarás más tranquilo.
Alfonso llamó desde el móvil a su esposa y ésta le contestó
medio dormida diciendo que se encontraba bien y que le parecía perfecto que
fueran por ahí a tomar algo. En cuanto colgó Mary le sonrió y lo arrastró cogido
de la mano "a un sitio que ella conocía muy bien". No recordaba cuando fue la
última vez que salió con sus amigos en el mismo plan en el que se planteaba la
noche, quizás fue antes de que naciera su primer retoño, por ello se alegró y se
dejó llevar por su rubia acompañante.
El primer sitio al que fueron no quedaba muy lejos de allí.
El sitio en cuestión era un pub típicamente inglés donde Mary se pidió una pinta
de cerveza que bebió en dos largos tragos, Alfonso la acompañó pero sin poder
beber a su ritmo. Aunque insistió en pagar él la joven se negó en rotundo
aduciendo que bastante bien se había portado con ella y que esa noche quería
devolverle los diversos favores que le había hecho.
El segundo lugar que visitaron fue una conocida discoteca del
pueblo a pie de playa. Mientras ella iba al baño Alfonso se acercó a la barra y
pidió dos copas.
Creo que será lo último que beba esta noche. No
quiero estropearlo y acabar vomitando en tu coche. – dijo ella cuando se
le acercó por la espalda – Además no estoy acostumbrada a la cantidad de
alcohol que servís en este país en una sola copa. Eso fue lo que me pasó
el otro día.
Alfonso pudo ver que Mary se había puesto más cómoda en su
visita al baño. Se había recogido el pelo de nuevo en una coleta y se había
subido el top doblándolo por debajo del sujetador para enseñar el ombligo, ambas
medidas claramente realizadas para no pasar más calor del debido, o eso creía
él.
Me apetece bailar, vamos a la pista. – cogiéndole de
la mano trató de arrastrarlo con ella a la zona de baile.
Creo que el baile no es lo mío. – respondió Alfonso
con rostro compasivo.
Tú te lo pierdes. – le amonestó mientras se dirigía
sola al centro de la pista.
Durante un buen rato Alfonso apoyado en la barra pudo divisar
como Mary bailaba divirtiéndose ella sola y como de vez en cuando repelía a
cuanto moscón se le acercaba buscando una respuesta afirmativa a sus
proposiciones deshonestas. De vez en cuando ella se le quedaba mirando fijamente
a la vez que bailaba como si lo estuviera haciendo solo para él. Cuando con un
dedo le hizo señas para que la acompañara de nuevo a bailar Alfonso se armó de
valor y la siguió sin condiciones hasta el centro de la pista. Hacía mucho
tiempo que no bailaba y no sabía si lo estaba haciendo correctamente. Por otro
lado se mostraba nervioso por lo comentarios que pudiera levantar entre la gente
al verlo bailar con una chica mucho más joven que él. "Menudo viejo verde"
pensarían. Un cambio de ritmo en la música hizo que Mary comenzara a moverse
sinuosamente, cual Salomé delante del rey para pedir la cabeza del Bautista,
aunque en este caso sería la suya propia si no se contenía. Poco a poco la joven
fue acercando su cuerpo voluptuoso al de él. Se movía de forma apasionada, muy
lentamente, sin dejar de mirarle al rostro a la vez que pasaba sus manos por
toda su anatomía. Sin que Alfonso moviera ni un solo músculo ella comenzó a
restregarse contra él de forma lujuriosa. Sin poder evitarlo su herramienta
creció dentro de sus pantalones y pugnaba por salir de sus boxers, si Mary
seguía haciendo eso creía que su bragueta estallaría para dejar libre su verga.
El punto álgido llegó cuando ella pegó su rostro al de él y pudo sentir su
aliento en su cuello. Pasó un brazo por detrás de él, cogiéndolo por la cintura
y con la otra mano le obligó a que la sujetara por la espalda, pegándose más aún
a él. Mirándose fijamente a los ojos, sus rostros se fueron acercando lentamente
hasta que sus labios se encontraron en breve pero apasionado beso.
Alfonso no sabía que pensar, que decir, que hacer. Amaba a su
esposa, pero también deseaba a Mary con toda su alma. Ella comprendió enseguida
lo que pasaba cuando vio que él no reaccionaba y no le devolvía el beso.
Lo siento. – dijo separándose de él rápidamente y
como si leyera su mente continuó – Creía que lo deseabas.
No…, bueno sí…, no sé…- Alfonso se quedó sin palabras
- Necesito tomar aire fresco.
Sin mirar atrás salió corriendo de la discoteca y se dirigió
a la playa. Allí con las manos en el rostro se sentó a la orilla del mar. Ni
siquiera se percató de que Mary llevaba un rato de pie aguardándolo en silencio
detrás de él. Cuando Alfonso le dirigió una mirada de aprobación ella se sentó a
su lado sin decir una sola palabra y se dedicó a mirar hacia el mar. Así
estuvieron un tiempo, cada uno mirando al infinito, sin cruzar palabra o mirada
alguna, hasta que ella decidió romper el silencio.
He sido una estúpida. No debería haberlo hecho. –
comenzó a decir – No quiero que te formes una mala opinión de mí. No soy
de esas que va por ahí rompiendo matrimonios. Me atraen los hombres
maduros, mayores que yo; pienso que los chicos de mi edad me parecen
idiotas. Durante este mes he podido comprobar como me mirabas y yo creía
que te gustaba. Te has portado muy bien conmigo y quería pagártelo de
alguna manera. Además iba a ser colofón de esta estancia tan maravillosa
que he tenido durante estas vacaciones. No hace falta que me contestes,
y comprenderé perfectamente que estés enfadado y quieras gritarme o no
volver a dirigirme la palabra, pero por favor no le digas nada a tu
mujer ni a nadie de la agencia. No me dejarían volver a participar en el
plan de intercambio y eso sí me dolería más que el hecho de que me hayas
repudiado.
Alfonso la miró en silencio y casi con la intención de poner
un dedo sobre sus labios le dijo:
Por favor, no digas nada más.
Sin pensárselo más veces fue él quien busco esta vez los
labios de Mary. No quería pensar en las consecuencias, no quería saber nada de
nadie, solo deseaba cumplir su voluntad y luego tratar de hacer como si nada
hubiera pasado. Las palabras de la joven y el hecho de que en unos pocos días
desaparecería de su vida terminaron de romper las barreras que quedaban en la
aprisionada mente de Alfonso.
Mary devolvió los besos tan pronto como Alfonso se abalanzó
sobre ella. Sus bocas se comían mutuamente, se buscaban con desesperación. Sus
lenguas se entrelazaban una y otra vez, buscando explorar cualquier recoveco de
la garganta del otro. Pronto sus labios dejaron de tocarse para ir más allá, a
sus cuellos, a sus lóbulos, a su rostro. Cualquier sitio era bueno para lamer
con lujuria o saborear con pasión.
No tardaron en tumbarse ambos en la arena, uno al lado del
otro, tocándose el cabello y acariciando su rostro o sus brazos. Alfonso puso
una mano temblorosa sobre la cintura de Mary, dubitativo por continuar su camino
ascendente. Fue ella misma la que con delicadeza la recogió y como si no pasara
nada la colocó sobre uno de sus pechos. La excitación de él creció
exponencialmente y entonces se soltó la melena. Sin dudar un solo instante
comenzó a masajear el seno de la joven, disfrutando de su pequeño tamaño y de la
dureza del mismo. Podía notar el bulto que formaba su duro pezón contra el top,
pero él quería tocarlo de veras. Introdujo su mano por debajo del corpiño y con
dificultad extrajo el pecho del sujetador. El contacto de piel contra piel erizó
los pelos de Mary y Alfonso notó como el pezón que tocaba se endurecía más aun
si cabe. Suavemente disfrutó de él. Lo tocó, lo apretó, lo pulsó y estiró, todo
buscando excitar a su compañera de juegos. Quería, deseaba poder llevárselo a
los labios pero estaba seguro que si subía más aun la ropa de la chica se
llenaría de arena y eso podría molestarla, así que se contentó con buscar el
otro pecho y jugar con su otro pezón. Mary mientras tanto respiraba
profundamente, respondiendo así a las caricias de él. De vez en cuando le mordía
suavemente en el cuello y otras en la oreja.
Cuando Alfonso se percató de que sus tetas estaban a punto de
explotar bajó su mano por el vientre de la chica. Se entretuvo un rato jugando
con su ombligo y luego continuó bajando. El primer impedimento que se encontró
fue el botón de sus pantalones que desabrochó casi sin dificultad, luego bajó la
cremallera y se encontró con la suave tela de un tanga negro, la última frontera
al tesoro oculto de la irlandesa que tanto había ansiado en las pasadas semanas.
Con delicadeza posó su mano sobre el pequeño triángulo de fina tela y dejó que
sus dedos exploraran lentamente más allá. El calor que el sexo de Mary
desprendía junto a la incipiente humedad que empezaba a empapar atravesaban el
retazo que cubría su pubis. Alfonso reconoció los abultados labios vaginales de
la chica marcados fuertemente contra el tanga y con su dedo recorrió
longitudinalmente la sonrisa vertical de arriba abajo. Mary respondió a sus
caricias con un sonoro y alargado suspiro en su oído.
Sin más dilación procedió a introducir su mano bajo el tanga
y se sorprendió de la finura y la suavidad del vello púbico de la joven.
Mientras seguía besándola como un alocado adolescente buscó en la entrepierna de
la irlandesa el fruto prohibido de sus anhelos. Ahora sí mojó sus dedos en los
fluidos de ella, sí notó la calidez de su sexo, sí rozó su vulva y sus labios.
Por último hizo un además de introducirse en su vagina pero prefirió aguardar un
rato más. Con suma habilidad buscó su monte de Venus y lo pulsó delicadamente.
Los gemidos de placer se agolparon en la garganta de Mary y pugnaban
atropelladamente por salir uno detrás de otro. Con lentos movimientos de muñeca
la yema de su dedo jugueteó con su clítoris y lo movió de un lado a otro. La
niñera no escondía su gozo y se movía ansiosa bajo su cuerpo pidiendo más en su
lengua extranjera. Alfonso extrajo la mano y lamió los jugos procedentes del
coñito de Mary, luego llevó sus dedos a la boca de ella que los chupó también
con desesperación. Una vez estuvieron lo suficientemente húmedos volvió a
llevarlos a su conejito con la sana intención de introducirlos en su vagina.
Solo bastó que uno de ellos profundizara en su interior para que la chica
comenzara a jadear y a respirar con dificultad. Poco a poco su cuerpo se fue
poniendo en tensión hasta que un río de fluidos inundó la mano de Alfonso. Un
intenso orgasmo recorría todo el cuerpo de la niñera mientras se corría
amigablemente con los tocamientos de aquel hombre. Un par de convulsiones
alertaron a Alfonso que se quitó de encima de ella para que pudiera recobrar la
compostura y respirar más tranquilamente. Mirándola luego a los ojos le
preguntó:
¿Quieres que vayamos a un sitio más tranquilo? –
aunque nadie le conocía en aquel pueblo tenía miedo a ser descubierto.
Era un miedo ilógico, fundamentado en que su mujer se enterara de su
infidelidad, pero al fin y al cabo un miedo racional por sus actos.
Sí por favor, y más cómodo. – le contestó ella.
De camino al coche no volvieron a cogerse de la mano, no se
cruzaron mirada alguna. Con una mezcla de satisfacción y sonrojo sus rostros
mostraban la alegría por haber cometido este acto prohibido. Solo cuando
encontraron el coche aparcado donde lo dejaron y se subieron a él, volvieron a
besarse fugazmente.
¿Dónde podemos ir? - se preguntó a si mismo Alfonso. No le
apetecía hacerlo en el coche por incómodo y por poco glamoroso, además no quería
recordar su cana al aire como un mal polvo en el asiento trasero del coche, un
coche en el que luego viajaría el resto del año junto a su familia y tampoco
creía que eso era lo que esperaba Mary. Pagar un hotel era algo impensable ya
que la economía no daba para ello y el gasto quedaría reflejado en algún sitio.
Ir a casa era una locura, pero podrían hacerlo sin ser vistos en las tumbonas de
la piscina o en el garage, pero el miedo a que Lidia se despertara y los
descubriera era mayor que el morbo de hacerlo bajo el techo donde dormía su
mujer. La última opción era algo ajeno a todo aquello y entonces tuvo una
maravillosa idea.
Condujo por una solitaria carretera comarcal que se alejaba
del pueblo y se introducía en la montaña. Pasados unos cuantos kilómetros
introdujo el coche en la entrada a un camino rural y cuando pensó que era
imposible divisar el coche desde la carretera se detuvo en seco. Con la ayuda de
Mary extrajo del maletero la colchoneta hinchable que todos los días llevaban a
la playa y sobre la cual Lidia se había dormido es tarde cogiendo la insolación.
La inflaron con rapidez y luego la cubrieron con una vieja manta que tenía para
hacer picnics en el campo. Su nido de amor prohibido estaba listo y preparado
para la acción.
Mary se sentó sobre la colchoneta y lentamente se deshizo del
top. Luego se desabrochó el sujetador y lo dejo caer junto al lugar donde colocó
sus sandalias plateadas. Por último se despojó de los pantalones y se hizo la
remolona revolcándose por la manta como una niña traviesa. Alfonso observaba
toda la escena de pie junto a ella. Cuando despertó de su ensoñación se quitó
los zapatos y luego se desvistió completamente quedándose solamente con los
boxers que ocultaban la gran erección que tenía. En cuanto se tumbó junto a Mary
ésta se quitó el tanga y se colocó sobre él a horcajadas. Una y otra vez se
besaron apasionadamente.
Ahora que Alfonso tenía a Mary desnuda frente así pudo
contemplar la belleza de su desnudez. Sus pechos pequeños con sus rosados
pezones parcialmente tapados por el pelo rubio suelto de su cabellera y su
vientre plano que anticipaba la rubia y suave pelambrera de su entrepierna se
antojaron irresistibles ahora que los tenía tan cerca. Manifestando su deseo la
atrajo hacía sí y la estrechó fuerte entre sus brazos.
La niñera poco a poco se fue deshaciendo del fraternal
apretón y fue bajando poco a poco, a besos, por el torso peludo de Alfonso.
Cuando llegó a sus boxers se los bajó con entusiasmo y contempló el duro mástil
de su amante. Con cuidado lo tomó con una mano y muy despacio lo llenó de
caricias y juegos manuales. Escupiendo sobre la palma de su mano volvió a coger
la dura verga y comenzó a frotarla arriba y abajo consiguiendo que Alfonso
cerrara los ojos gozando del momento. Verla allí, desnuda, masturbándolo, era
algo increíble.
Cuando consiguió empaparla de saliva y fluidos volvió a
sentarse sobre él y con sumo cuidado introdujo su polla en su húmeda cueva.
Estuvo quieta unos instantes mientras se acomodaba al grosor de la misma y luego
lentamente se fue moviendo en círculos y arriba y abajo. Cada movimiento era
acompañado por un susurro, una respiración entrecortada, un gemido, todo ello
señal inequívoca del placer que recorría su cuerpo. Alfonso la admiraba
excitado. El morbo de estar engañando a su mujer, con su niñera, que además
tenía diecinueve años, le confería una sensación especial más allá del placer
físico. Mary no aceleró en ningún momento el ritmo. Alfonso aprovechaba la
postura para tocar los pequeños pechos de la chica, así como llevarse los
pezones a la boca y disfrutar lamiéndolos como si de miel exquisita se trataran.
Disfrutó de cada embestida como si se tratará de la última de su vida y solo la
aceleración de su respiración y la llegada de una retahíla de jadeos anunció que
se estaba corriendo poco a poco. El orgasmo que tuvo fue largo e intenso e
incluso Alfonso pudo sentirlo cuando la vagina de Mary comprimió su dura polla.
Ella con los ojos cerrados suspiraba y cuando se tranquilizó sonrió
abiertamente.
Alfonso recapacitó sobre el hecho de que en ningún momento
ella había pedido usar un preservativo, algo inusual, pero se advirtió que tenía
que tener cuidado ya que estaba a punto de explotar como un volcán debido al
tiempo que llevaba sin hacerlo.
Con sumo cuidado se desplazó de debajo del cuerpo de ella y
la obligó a tumbarse. Luego mientras la besaba se colocó sobre ella y
delicadamente separó sus piernas para ir introduciendo su polla en su interior.
Primero fue su glande, luego la mitad de su verga y finalmente con el último
empujón le incrustó totalmente su polla. Mary suspiró y se mordió el labio
inferior. Se notaba que gozaba de todo aquello tanto o más que él. Al igual que
la joven niñera decidió no correr y muy lentamente fue moviéndose sobre ella
tratando de alargar todo lo posible el placer que gozaban mutuamente. Mary lo
miraba desde abajo directamente a los ojos y él le devolvía la mirada
perdiéndose en el mar profundo de sus pupilas. Poco a poco tuvo que acelerar el
ritmo de sus embestidas ya que se acercaba el momento de finalizar. Por mucho
que trató de no correrse al final tuvo que hacerlo, pero esperó lo suficiente
para que Mary tuviera su segundo orgasmo a la misma vez que él. Mientras su
caliente leche empezaba a salir de su sexo se salió de ella rezando porque
ninguna gota de su semen hubiera caído en su interior y expulsando toda su lefa
sobre el vientre de ella. Ambos jadeaban y respiraban fatigosamente y cuando se
miraron de nuevo se sonrieron el uno al otro. Entonces se volvieron a besar una
vez más.
Cuando empezaron a recoger sus cosas Alfonso se dio cuenta de
que en ningún momento se habían dirigido la palabra desde que salieron de la
playa. Ambos se veían felices el uno al otro y eso era más que suficiente. Fue
ella la que en el camino de vuelta decidió romper el silencio.
Esta noche ha sido muy especial para mí, ha sido
perfecta. Creo que siempre recordaré este verano durante toda mi vida
como el mejor de todos. – su voz sonaba sincera.
Yo tampoco creo que lo olvide fácilmente. – Alfonso
no mentía. No había sido el mejor polvo de su vida, pero los factores
externos la habían convertido en algo inigualable.
¿Crees que podremos estar juntos otra vez antes de
que me vaya? – preguntó pícara.
No lo creo. – contestó apesadumbrado él pensando en
la posibilidad de volver a gozar de ella – Es muy difícil y nos queda
muy poco tiempo juntos.
¡Que pena! – sentenció ella y ya se mantuvo en
silencio pensativa el resto del camino de regreso.
Cuando llegaron a casa se despidieron con un fugaz beso antes
de que cada uno se dirigiera a su habitación. Alfonso encontró a su mujer
dormida y tras besarla en la mejilla se tumbó boca arriba pensativo, su mirada
se perdió en el techo y así sin darse cuenta se quedó dormido.
A la mañana siguiente los gritos de su hija lo despertaron.
No se había dado cuenta de lo cansado que estaba y de lo mucho que había
dormido. Cuando bajó a desayunar su mujer ya estaba cocinando la comida y Mary
jugaba con los niños en la piscina. Se quedó mirándola mientras tomaba el café y
su mujer le preguntaba cómo se lo había pasado la noche anterior.
No fue nada del otro mundo. Espero que Mary no se
aburriera mucho conmigo. – le mintió a su esposa.
Según ella se lo pasó muy bien charlando contigo,
pero dice que no te gusta bailar y que por eso volvisteis temprano.
Estas mayor cariño. – le dijo Lidia mientras lo abrazaba.
Sí, será eso. – contestó él mientras no dejaba de
mirar a la joven irlandesa.
Dos días después regresaron a casa. Por mucho que lo
intentaron no pudieron verse de nuevo a solas en ese tiempo. Una verdadera
lástima para ambos. Cuando Mary se despidió de los niños tanto su hija como la
joven lloraron desconsoladamente. Lidia fue más serena en su despedida pero
también apreció la sinceridad de la chica para con sus hijos.
Alfonso, como al comienzo, fue el encargado de llevarla de
nuevo al aeropuerto. Con lágrimas en los ojos Mary hizo el camino de regreso
hasta la Terminal de Salidas. Tras ayudarla a facturar su maleta llegó el
momento de la despedida.
Te echaré de menos. – exclamó en primer lugar ella.
Yo también. – contestó Alfonso.
No creo que puedas venir a visitarme, pero si lo
hicieras estaría muy contenta por ello.
Tú también puedes venir cuando quieras de nuevo. –
Alfonso sabía que era más que improbable que volvieran a verse pero
nunca se podía perder la esperanza.
A sus treinta y tres años Alfonso había tenido un apasionado
amor de verano como cuando era un adolescente años atrás. Había engañado a su
mujer, pero no creía que se volviera a repetir nunca más, la "otra" ni siquiera
vivía en el mismo país y él seguía siendo feliz en su matrimonio y con sus
hijos.
Antes de decirse adiós se fundieron en un entrañable abrazo y
sin pudor alguno se besaron una última vez, luego ella se dio la vuelta y
dirigió sus pasos al interior de la Terminal. Mientras Mary se alejaba sintió un
gran vacío interior. Sin saberlo ambos compartieron lágrimas de despedida.
Cualquier crítica constructiva y misiva será bienvenida.