Relatos anteriores de la serie:
Las esposas
programables
Las esposas
programables (2)
Las esposas
programables (3)
El dolor era casi insoportable. Cada vez que se movía, hacía
que le doliese el tapón anal, y si trataba de liberarse, la ondulación de la
cadena le provocaba dolorosos tirones de los pezones.
Llevaba muchísimo rato ahí, o al menos se le estaba haciendo
demasiado largo. La boca ya le dolía de aguantar el pene de plástico, y no se
creía capaz de aguantar mucho más rato. Empezó a respirar más rápido, más que
por el cansancio, por los nervios. ¿Qué más le prepararía su vecino? Dios,
tantos años viviendo puerta con puerta, y jamás imaginó esta situación....
Entonces dio un respingo al notar como algo afilado la
pinchaba en una pierna. Pensó en un alfiler. La pinchó durante unos segundos, en
los que ella se quejó al sentir cómo le atravesaba la piel. Luego alivió la
presión, y la punta empezó a ascender por su pierna hasta su nalga izquierda. Le
pareció notar una gota de sangre recorriendo su pierna.... ¿o era solo su
imaginación? No estaba segura.
A medida que recorría su cuerpo, la chica recibía pinchazos
por todo su cuerpo, unos fuertes, otros más flojos…. primero en sus piernas,
luego en las nalgas, en la espalda, el vientre...y finalmente se acercó a sus
pechos.
Ella se puso rígida. Había visto imágenes de mujeres con
pequeñas agujas clavadas en su cuerpo, pero nunca pensó en hacerlo. Una vez más
se revolvió contra sus ataduras, y los pezones y el culo volvieron a empezar a
doler.
Josema observó cómo ella se debatía, cuando acercó el pequeño
alfiler (medía unos dos centímetros) a su pecho. No le había llegado a atravesar
la piel en ningún pinchazo. La chica temblaba cuando le agarró un pecho. Apoyó
el alfiler en un punto un poco por debajo del pezón, y empezó a apretar poco a
poco. Ella chilló y se revolvió. Josema disfrutó un poco haciéndola sufrir,
apretando y aflojando la fuerza del pinchazo en las zonas más sensibles de su
seno.
Pero aunque lo había visto en películas y galerías de fotos,
decidió que no clavaría hasta el fondo los pequeños alfileres. Sinceramente, la
idea le daba demasiada impresión, y desconocía si podía hacerla más daño de lo
que quería. Pensó que era un poco irónico, después de lo que le había hecho a la
pobre muchacha.
Tras un rato con este juego, decidió que la torturaría una
última vez, para dar por concluida la prueba de la mordaza.
Cogió el consolador de 25cm. En primer lugar comenzó a
acariciarla, y al poco le empezó a introducir dos dedos. Ella empezó a mover la
cadera, y él entonces empujó todavía más adentro el tapón anal, haciendo que la
chica se quejase.
Con un rápido movimiento, intrudujo la punta del consolador
en la raja de Mónica, y haciendo mucha fuerza lo introdujo completamente. Ella
soltó un largo suspiro.
Puso en marcha el vibrador al máximo. Ella no paraba de gemir
y de moverse. Josema cogió el tapón anal, y empezó a sacarlo, hasta la mitad.
Entonces comenzó a bombear el culo de ella con el enorme aparato. Ella no paraba
de gemir y moverse, y a cada embestida en su culo daba un pequeño respingo.
Entonces dejó de gemir unos instantes, y con un gran grito ella tuvo un orgasmo.
Él detuvo el consolador, y le sacó el tapón del culo. Tenía
este completamente abierto. Le quitó también la pesa y las pinzas de los
pezones.
Entonces, le quitó la venda de los ojos.
Los pezones le dolían mucho ahora que le habían quitado las
pinzas, se le volvían a sensibilizar mientras volvía la sangre a ellos. Sentía
su culo totalmente dilatado, y le producía un gran dolor al moverse.
Entonces le quitaron la venda. Tuvo que pestañear dos veces
para acostumbrarse a la luz de nuevo. Cuando enfocó la vista, vio a su amo
mirándola frente a frente.
Bien hecho pequeña, has aguantado.
Diciendo esto, indicó con un gesto a Mónica que soltara la
mordaza. Al poder relajar la mandíbula, sintió un gran alivio.
¿Tienes algo que decir, esclava?
Por favor Amo.... déjame descansar. Lo necesito
No putita, no. Hoy será el último día que estaremos
así, y lo voy a disfrutar al máximo.
Pero amo, por favor.....
¡Silencio! Te permití no amordazarte si mantenías la
boca cerrada. Las perras no hablan
Ella se mantuvo en silencio.
Él la desató de la cama, y la obligó a levantarse. Ella no
pudo evitar quejarse al tratar de ponerse de pie. El culo le dolía mucho, no
pudo aguantarse bien, y cayó de rodillas.
Ya que insistes en hacerlo, ven a tomar tu merienda –
le dijo mientras se sacaba la verga.
Ella se acercó, y no pudo evitar sentir un poco de repelús al
ver aquel aparato erecto. Pero se decidió a hacerlo, así lo ordenaba su amo.
Recordando películas que había visto, se acercó, la tomó con una mano, y comenzó
a lamer el capullo con la lengua, como si fuese un helado. Luego comenzó a
descender hasta los testículos, y se introdujo cada uno de ellos en la boca,
chupándolos.
Finalmente, se introdujo toda la verga en la boca, y comenzó
a chuparla como había hecho esa mañana. Estuvo así largos minutos, mientras él
le decía "sigue así putita, lo haces bien.....". Cuando ella notó que el
empezaba a correrse, se preparó para recibir su leche. Entonces el líquido
caliente cayó en su boca, y ella se esforzó en no desperdiciar nada (tal como le
ordenaron esta mañana).
Cuando terminó, él jadeaba. Su amo acarició el pelo de su
esclava, y le dijo "vas mejorando".
Y para sorpresa de Mónica, se sintió orgullosa de
satisfacerle.
Desde luego, lo había hecho muchísimo mejor que por la
mañana. La hizo levantarse, y aunque le costaba, esta vez ya no tropezó. La
llevó hasta una barra de hacer ejercicio que tenía colgada casi en el techo.
Pasó una cuerda por la barra, y en cada extremo ató cada una de las pinzas. Con
la cinta americana ató las manos de la chica a su espalda, de forma que cada
mano quedaba agarrando el codo del brazo contrario. Así no podría llegar a
tocarse nada por debajo de la cintura.
Y entonces, ella pareció comprender, y le dijo:
- Amo, por favor, no. Estoy demasiado cansada, casi ni me
tengo en pie.
- Ese no es mi problema esclava. Aquí soy yo el que disfruta,
tenlo presente.
- .... sí amo....
Josema tomó a Mónica, y comenzó a chuparle los pezones.
Primero uno, luego el otro, y los mordió y estiró un poco de ellos. Ella
suspiraba, y cuando le hacía un poco de daño, se quejaba débilmente, pero estaba
disfrutando mucho de la situación.
Cuando se cansó del juego, tomó las pinzas y las colocó en
sus en los senos de ella. La cuerda no estaba tensa, pero si ella se agachaba lo
más mínimo, se jalaría.
Él tomó el consolador de Mónica, y lo programó a la mínima
velocidad. De un solo golpe, se lo introdujo por la vagina.
Ahora escúchame. Si se te sueltan las pinzas, o se te
cae el consolador, te castigaré de verdad. ¿Entendido?
Sí amo
El Amo se agachó ante ella, y para su sorpresa, comenzó a
lamerle la vulva. Sentía cómo le acariciaba los labios con la lengua, y cómo le
estimulaba el clítoris. Dos dedos se introdujeron dentro de ella, aferraron el
consolador, y comenzaron un mete-saca continuo. Esto, junto a la ligerísima
vibración, la estaba volviendo loca de placer. Las piernas le empezaron a
flaquear, y sólo recordó su situación al notar un tirón de los pezones.
No sabría decir cuánto duró aquello. Pero en el mismo momento
que ella estaba alcanzando el orgasmo, él dejó de estimularla. El aparato hizo
que se quedase a las puertas del orgasmo, sin poder alejarse, o atravesarlas.
Ella gemía, y se quejaba.
Por favor amo....
Calla puta, o te vuelvo a amordazar.
Entonces él se alejó a su espalda. Por todo lo que estaba
pasando, no se atrevía a girarse para ver qué le iba a preparar.
Durante unos minutos quedó así. Las piernas le dolían de puro
cansancio, el culo seguía molestándole, y encima no podía correrse. Tenía que
hacer grandes esfuerzos para mantenerse callada.
Escuchó cómo se acercaba Josema por su espalda. Cuando un
fustazo cayó por sorpresa sobre la pierna de la chica, ella chilló.
Primer aviso putita. Silencio.
Ella se mordió el labio inferior cuando empezó a fustigarla:
en las piernas, en la espalda y las manos, en las nalgas, en el vientre.... A
cada fustazo, todas las sensaciones de la chica se acentuaban, pero seguía sin
poder correrse.
Entonces él le acarició con la fusta los costados de sus
tetas. Ella le pidió que no lo hiciera con la cabeza, y él con una sonrisa
sádica le indicó que se callara.
La fusta silbó, y la golpeó en el costado de su pecho
izquierdo. Mónica gritó. El golpe dolió mucho, y al tratar de retroceder se dio
un fuerte tirón.
Segundo aviso zorrita.
Repitió el mismo golpe en su pecho derecho, y las mismas
sensaciones se repitieron, pero no gritó.
Y lo peor, es que sintió que el consolador se le había
escurrido unos centímetros fuera de ella.
Esta vez ella no había gritado. Tenía la cara roja y
contraída por el dolor. A él, la situación le encantó. La siguió golpeando largo
rato. La chica gemía, y se revolvía tratando de librar sus brazos. Ella hizo un
movimiento extraño: juntó las piernas y se agachó un poco. Entonces él vio que
el consolador había salido hasta casi la mitad. Ella trató de levantar una
pierna para introducírselo un poco, pero al hacerlo perdió el equilibrio y casi
se cae. Sus pezones se estiraron mucho, mientras ella gemía muy fuerte. Cuando
recuperó el equilibro, se agachó un poco, estirando la cuerda dolorosamente.
Estaba tratando de evitar que se escurriera el aparato, aunque eso le costase
estirarse de los pechos.
Al verla así, él no pudo evitarlo. Se acercó a su espalda, la
agarró de las tetas, y de un solo golpe la enculó. Ella no se quejó, tenía
todavía el agujero un poco dilatado. Sólo se quejaba con los magreos en sus
senos, que le provocaban dolor.
CLINCLINK!
El consolador se había caido. Ella le miraba, roja por la
vergüenza, el miedo, y la excitación. Josema se hizo de nuevo con la fusta, e
hizo que Mónica se abriese de piernas.
Bien, te lo dije esclava. Pensaba dejar que te
corrieras dentro de un rato, pero en vista de esto, tendrás que ganarte
el derecho a hacerlo.
Ella no respondió. La fusta acarició sus piernas, y sus
dilatados labios vaginales. Primero la golpeó muy flojo. El segundo golpe lo dio
un poco más fuerte, y ella gimió. La chica cerró los ojos, y el Amo descargó un
gran golpe en la raja de la esclava.
Ella gritó.
Último aviso puta. La próxima vez volveré a
amordazarte.
En total, la azotó diez veces en esa zona, unas veces muy
fuerte, otras mucho más flojo. A cada golpe ella se quejó, pero no llegó a alzar
la voz. Josema tomó el consolador, que aún seguía vibrando débilmente, y se lo
volvió a introducir a la chica, y repitió el mismo proceso que la vez anterior:
la estimuló hasta llevarla al límite, pero no la dejó correrse.
Tomó un pequeño tanga, y se lo puso a la chica, para evitar
que volviese a perder el aparato.
Se alejó, dejándola así. Quería dos cosas: la primera que
ella acabase suplicándole por un orgasmo.
La segunda cosa, era compañía.
Su amo se alejó hacia el pasillo, y lo perdió de vista. Tuvo
la tentación de llamarlo, pero sabía que eso acarrearía ser amordazada de nuevo.
Le dolía el cuerpo, por culpa de los azotes, en especial le
dolía mucho el pubis. Los tirones que dio antes de las pinzas, la habían dejado
dolorida. Estaba muy cansada, sólo quería sentarse, y el hecho de estar apunto
de llegar al orgasmo, no contribuía a hacer que se sintiese mejor.
En esta ocasión, tenía un reloj a la vista. Pasaron 30
minutos, durante los cuales ella tenía que morderse la lengua para no gemir
demasiado fuerte.
Cuarenta minutos llevaba ya ahí. Las piernas ya le temblaban.
Ella hacía todo lo posible por no moverse y lastimar más sus torturadas tetas.
Cuando estaban a punto de cumplirse los 55 minutos, las
piernas le flaquearon un momento, y se estiró la cuerda. Esto le causó dolor,
pero a la vez, hizo que aumentase su excitación.
Era una locura, pero se le ocurrió que podría llegar a
correrse si se estimulaba los pezones con las pinzas.
Poco a poco, fue doblando la cintura, hasta que alcanzó el
límite de dolor que era capaz de aguantar sin hacer ruido. Juntó las piernas, e
intentó frotarlas para estimularse, pero no podía hacerlo, ya que perdería el
equilibro.
Una hora y 15 minutos después, ella se sentía cada vez más
cerca del orgasmo. Los pezones cada vez le dolían más, y cada tirón aumentaba su
excitación. Ya estaba llegando..... 1 hora y 25 minutos, y estaba a punto, cada
vez más cerca.... y apareció su amo. Ella maldijo para sus adentros: estaba a
punto de conseguirlo.
Incorpórate – dijo él
La esclava lo hizo. Los pezones le ardían, y sus fluidos
habían empapado su tanguita. Cuando volvió al mundo real, le pareció escuchar
unas voces en la casa. ¿Qué demon....?
Ella estaba sudando, jadeando. Había estado casi una hora y
media intentando correrse. El tanga estaba totalmente empapado, y algunos
fluidos le habían resbalado por la pierna. Desde casi dos metros sentía el olor
a hembra que desprendía. Había estado muy sola.... bien, ahora podría disfrutar
de un poco de compañía.
Le quitó las pinzas, y le masajeó los pezones. Ella gemía
débilmente, y trataba de estimularse juntando y frotando sus piernas. Cuando
dejó de masajearla, la chica dijo:
Amo, por favor, siga haciendo eso....
Silencio. Primero: el castigo por haberme fallado
antes, es no poder correrte. Segundo: Si vuelves a hablar te amordazo.
Josema guió a la muchacha hasta el salón, donde les
esperaban. Ella parecía cada vez más nerviosa. Cuando iban a llegar, ella abrió
la boca como para decir algo, pero se calló.
Cuando abrieron la puerta del salón, y vio a los dos hombres,
ella susurró "no".
Eran dos amigos de Josema, de la facultad. Él tuvo el buen
gusto de escoger a dos hombres que no conocían a Mónica de nada.
Bien –dijo el amo- lo prometido es deuda. Esta es la
chica.
Y yo que dudaba si pagarte –contestó uno de ellos-.
Que pedazo de mujer.
A ella se le contrajo la cara. ¿La había vendido?
Y menudo repaso le diste anoche –dijo el otro, al ver
las marcas de los azotes.
Eso –siguió Josema- es cosa mía. Las normas son las
siguientes: podéis utilizar todo su cuerpo y agujeros, excepto el coño.
Si la cogéis por el culo, utilizad condón. No le desatéis
las manos para nada.
Y sobre todo: NO QUIERO QUE ELLA TENGA UN ORGASMO.
¿Y qué pasará si hacemos que se corra? –dijo uno de
ellos socarronamente
Bien, si cumplís mis normas, podréis repetir la
experiencia en otra ocasión. Si no, esta será la única vez que la veáis.
Y aquí pagais los dos, ¿entendido? No me importa quien hizo que tuviese
un orgasmo. Controlaos mutuamente.
Bueno bueno –intervino el otro invitado- aceptamos
las normas. Pero antes, yo tengo hambre, ¿tomamos algo?
Pidamos una pizzas –dijo el amo, con una extraña
sonrisa en los labios-
Cuando hubieron llamado a la pizzería, se sentaron los tres
en los sofás. La hicieron sentarse de rodillas en el suelo, y ellos empezaron a
hablar de cualquier cosa. De vez en cuando, alguien hacía comentarios sobre
ella, como "Menuda hembra", "No puedo esperar para cogérmela", ó "Hay que ver
qué zorra sumisa, ni ha abierto la boca desde que llegó".
Para divertirse, se dedicaban a magrearla por turnos, lo que
hacía que aumentase su excitación. Estaba a punto de suplicar porque la dejaran
correrse, pero no quería que la amordazaran de nuevo.
Media hora después, llamaron a la puerta. Era el repartidor.
Josema salió a pagar las pizzas, y tras unos minutos, volvió a entrar.
Bueno, chicos, el chaval quiere propina. Vamos a
dársela
Y, cosa que Mónica ya imaginaba, el repartidor entró en el
salón, y en cuanto vio a la chica, la miró con los ojos muy abiertos.
Bueno –dijo Josema- no te he mentido. Esta putita te
va a dar tu propina. ¿Te parece bien?
Chicos... no se...
¿Es que tienes novia?
No... esto sí....
Josema podía intuir los pensamientos del chico: lo primero
que había pensado, es que esto era una violación en toda regla.
Vamos, guarra, demuéstrale al chico lo que deseas
hacerlo
Mónica también se dio cuenta de lo que pensaba el chico. Y lo
último que quería, es que él quisiera llamar a la policía, pensando que la
estaban violando. Eso haría que todo lo ocurrido saliese a la luz, que sus
padres y amistades se enterasen... y no quería que eso ocurriese.
La chica se acercó de rodillas al tímido repartidor, y le
sonrió cuando estuvo a la altura de su bragueta. Con los dientes empezó a tratar
de abrirle la bragueta, y tras medio minuto, el chico se apresuró a ayudarla.
Parecía que se habían curado sus dudas.
El aparato del chico saltó fuera de la prisión de sus
calzones como un resorte. La chica se lo tragó completamente en seguida. Le
estaba propinando una gran mamada.
Le propinó una gran mamada. Josema sen sentía orgulloso de lo
obediente, y lo buena mamadora que era Mónica.
Unos minutos después, el chico agarró la por la cabeza a
Mónica, le introdujo la polla hasta la garganta, y con un gran grito se corrió.
Cuando la sacó de su boca, restos de semen se resbalaron por los labios de la
esclava.
¿Te has convencido ya de que ella disfruta de esto?
Ya lo creo. No veáis cómo la mama.
Bien, pues ¿te basta la propina?
Hombre –titubeó él- no está mal, pero todavía es
mejorable.
Hoy no más chaval –contestó el Amo riendo-, pero lo
tendré en cuenta para otra ocasión.
Bien. Gracias por todo pues.
Y el repartidor se fue.
Se sentaron los tres a comer, mientras comentaban lo contento
que había quedado el chico. A ella continuaron magreándola, de forma que cada
vez volvía a sentirse al borde del orgasmo. Empezó a gemir débilmente, ya estaba
llegando. Trataba de hacer que no se diesen cuenta, ya que su amo no permitiría
que ella se corriera.
Pero no puedo evitarlo, y comenzó a gemir cada vez un poco
más fuerte. En el mismo momento que empezaba a sentir que se venía, su amo la
miró, se agachó tras ella, y apagó el consolador. Y esta vez no puedo callarse.
¡No! Por favor, déjeme correrme!
Ya has vuelto a hablar puta. Ahora tendré que
amordazarte.
Espera –dijo uno de los invitados- tengo una idea
mejor
Él sacó la polla fuera de su pantalón, cogió a Mónica por el
pelo, e hizo que se la comiera.
Yo ya no puedo más –dijo el otro chico
Se sacó el aparato del pantalón. Este chico estaba muy bien
dotado, mejor que su Amo. Se colocó un condón, y caminó detrás de la chica. Le
retiró un poco el hilo del tanha, y sinn ni siquiera dilatarla un poco, le metió
la polla por detrás, hasta el fondo, produciéndole bastante dolor.
Mientras, su amo se encargaba de mantenerla en el límite:
activaba y desactivaba el vibrador, la cogía por los pechos, estimulaba su
clítoris.....
Le sacaron la polla de la boca, y un chorro de leche caliente
le cayó en la cara. El otro chico eyaculó entre graves gemidos, y liberó su
recto. La pusieron en el suelo, boca arriba. Su amo se colocó sobre ella, la
agarró por los pechos, y se masturbó con ellos.
Mientras, alguien había cogido un cubito de hielo de las
bebidas, y lo usaba para volver a cerrar su culo dilatado. Ella se quejaba por
esto, cuando alguien volvió a meterle una polla en la boca.
Un par de minutos después, el otro invitado volvió a follarla
por el culo. Su amo se corrió sobre sus pechos, un rato después la leche cayó
dentro de su boca. Volvieron a conectarle el vibrador, esta vez más potente. Uno
de los chicos tomó la fusta, y comenzó a azotarla en los pechos. Cuando iba a
correrse, volvieron a desactivar el aparato. Otra vez la follaron por el cuelo,
mientras alguien la forzaba a hacer una mamada.......
Josema se despidió de sus amigos, y les prometió que podrían
repetirlo en el futuro. Entre follarse a Mónica, descansar, volver a cogerla,
llevarla al baño, descansar, y seguir follando.... había pasado toda la tarde.
Ya eran la diez de la noche. Lo que más le gustaba, es que no había permitido
que ella llegase a correrse.
Volvió al salón. La chica estaba en el suelo, totalmente
desnuda a excepción del minúsculo y transparente tanga. Con la cara y los pechos
con restos de leche, la chica jadeaba, y le miraba desde abajo. Las lágrimas le
caían por el rostro.
Por favor –dijo casi sollozando- amo, déjeme
correrme. ¡Lo necesito!
Él no respondió. Fue a la habitación, y tomó el pequeño
consolador que la chica había usado de mordaza en la prueba, y la cinta
americana. Regresó al salón, y cuando ella vio que iba a amordazarla, negó con
la cabeza y cerró la boca.
Josema disfrutó de esto. Simplemente, le retorció un pezón
hasta que ella se quejó, y le introdujo el aparato en la boca rápidamente, y con
una tira de cinta adhesiva, la amordazó. La base del aparato era más grande que
su boca, impediría que fuese más adentro de lo necesario y pudiese provocar
algún accidente.
La llevó a la habitación, y le soltó los brazos de la
espalda. Debía tenerlos dormidos, así que esperó unos minutos antes de volver a
atarla. La tumbó en la cama. Ató sus pies a las esquinas de la cama, para que
quedase con las piernas abiertas, sin poder moverse. Con las esposas
programables, la encadenó a la cabecera de ésta. Pasó una cuerda por la cintura
de ella, rodeó toda la cama, y la ató, para que no pudiera siquiera levantar el
vientre.
Antes de programar las esposas, sonó el teléfono de la casa.
Él esperó hasta que saltó el contestador.
Hola cariño, soy Papá. El avión llegará mañana a las
9 de la mañana, así que a eso de las 10 estaremos en casa. Besos.
Perfecto. Encima podría cumplir su promesa de darle tiempo a
descansar. Programó el aparato a 10 horas, para que la liberase a las 8 de la
tarde. Le arrancó el pequeño tanga, dejándola totalmente desnuda.
Buscó por la casa, hasta que encontró unas velas blancas, y
una vela roja muy larga y fina. Delante de Mónica, las colocó despacio, casi
ceremonialmente, sobre la mesa de noche, mientras ella miraba con los ojos muy
abiertos. Se los vendó.
Se tomó una buena media hora para hacer esto. Con la cinta
adhesiva, enganchó dos velas blancas sobre los pechos de la chica, de forma que
no había posibilidad que cayesen sobre la cama. Luego cogió la vela roja, y con
un pequeño candelabro y un libro, la colocó entre las piernas de Mónica, de
forma que no tocaba su cuerpo. Al consumirse la vela roja, la cera caliente iría
cayendo poco a poco desde su ombligo, hasta la raja de la chica.
Comprobó varias veces, y volvió a asegurarlo todo con la
cinta adhesiva, hasta que se convenció que las velas no podían caer por mucho
que ella se moviera.
Colocó la cámara en posición, y empezó a grabar. Encendió las
velas de los pechos. Unos minutos después encendió la vela roja.
Ella estaba excitadísima, y bastante asustada. No sabía
cuanto podía doler la cera. Sentía las velas bien sujetas sobre sus pechos, y
sabía que tenía algún objeto entre las piernas que no podía tocar. Se imaginó
que debía ser la vela roja sobre su vientre y raja.
Escuchó el mechero, y supo que acababa de encenderlas.
Larguísimos segundos pasaron, antes de que la primera gota caliente cayera sobre
su teta izquierda. Quemaba bastante, pero menos de lo que ella se esperaba. Otra
más cayó sobre el pecho derecho. No era tan malo como imaginaba.
Largos minutos estuvo así. Poco a poco, notaba cada gota de
cera más caliente, así como las velas se iban acortando.
Ella quiso gritar cuando una gota muy caliente cayó
exactamente en su ombligo. Quemaba más que las otras, y tardó un poco más en
disiparse el calor. Otra gota cayó, y ella intentó moverse para evitarlo. Pero
la cuerda que la ataba por el vientre le impedía todo movimiento.
Fue notando las gotas calientes cada vez más abajo. La cera
le cubría ya los pechos, y cada vez le quemaban más las gotas en estos.
Horriblemente despacio, las gotas ardientes se iban acercando
a su raja. Ella gemía y trataba de liberarse, infructuosamente. Estaba
excitadísima, y este dolor le estaba provocando a la vez más placer.
Cuando la primera gota cayó a la entrada de su cueva, la
chica gimió muy fuerte. A la segunda, ella trataba de gritar algo. Se movía
contra las ataduras, se quejaba.... y todo quedaba grabado en la cámara.
Cuando la cera roja hubo cubierto toda la raja de Mónica, él
apagó las velas y las retiró. Le quitó toda la cera de su entrepierna, pero no
la de los pechos. Desató la cuerda que la ataba por la cintura. Finalmente,
apagó las cámaras.
Él le había dicho que hoy no se correría. Eran las 11 de la
noche, así que la dejaría sola hasta las 12. Se fue a ver la tele, mientras
esperaba.
Cuando regresó, ella estaba gimiendo débilmente. Debía estar
volviéndose loca por un orgasmo.
Se acercó a la cama, y le quitó la venda de los ojos. Ella
parpadeó dos veces, y le miró a los ojos, suplicante.
Ya ha pasado la media noche, así que el castigo ha
terminado. Pero antes, tendrás que demostrarme que mereces tener un
orgasmo.
¿Harás lo que yo te diga?
Ella asintió con la cabeza. Josema le desató las manos de la
cama, y la ayudó a levantarse. Cuando ella hizo un gesto de llevarse la mano a
la entrepierna, él la advirtió:
Yo seré el te provoque el orgasmo. Si te vuelves a
tocar sin permiso, alargaré el castigo hasta que amanezca.
La chica volvió a asentir, y se llevó las manos a los
costados, apoyándolas contra sus muslos.
Él le desconectó el vibrador. La chica gimió de alivio, al
dejar de sentir eso en su interior. Entonces él le entregó en la mano el largo
consolador de metal, de 25cm, con unos pequeños bultos que sobresalían. La chica
lo miró con los ojos muy abiertos.
Quiero que tú te introduzcas eso por detrás,
completamente. Te doy cinco minutos para hacerlo, y no te vayas a tocar
por delante.
Pero ahora que lo pienso, seguramente necesitarás
lubricarlo.
Y diciendo esto, le quitó de un tirón la cinta americana de
la boca, y le sacó el pene de plástico.
Ella abrió y cerró la boca un par de veces. Y directamente,
sin mediar palabra, comenzó a lubricar aquel aparato con saliva. Dejó caer un
poco en la punta, y luego fue lamiento el aparato, hasta que estuvo totalmente
lubricado.
Cuatro minutos
Se agachó en el suelo, de cuclillas, y dirigió el aparato a
su entrada trasera, mordiéndose un labio. El frío del aparato la sobresaltó.
Apoyó el aparato contra el suelo, e hizo fuerza para introducirlo. Pero esto le
provocó dolor, así que volvió a sacarlo. Se ensalivó dos dedos, y comenzó a
dilatarse el ano poco a poco.
Tres minutos
Cuando estuvo un poco más dilatada, volvió a colocar el
aparato en su entrada, y empezó a empujar. Le dolía mucho menos ahora, pero
cuando la primera protuberancia rozó su culo, le dolió más. Cuando llevaba menos
de la mitad, tuvo que parar un segundo a respirar.
Dos minutos
¡Se le acababa el tiempo! Siguió empujando lo que el dolor le
permitía. Poco a poco, el aparato entraba, y los bultitos de este la torturaban.
Cada vez parecía ser más grueso.
Se dio cuenta que no iba a llegar a ese ritmo, que tenía que
tomar una determinación. Tal como estaba, respiró profundo para tratar de
relajarse. Se preparó para terminar con esto...
Un minuto
Y de golpe, se dejó caer totalmente sobre el aparato. Los
restantes 12 centímetros se le introdujeron de un solo golpe. Ella soltó todo el
aire en un grito entre dientes. Se quedó en el suelo, jadeando unos segundos,
antes de que su amo la cogiera por las manos y la ayudara a levantarse,
Muy bien esclava. Ahora –dijo pasándole unas pinzas
unidas por una larga cadena- quiero que te coloques esto en los pezones,
pasando la cuerda por la barra, igual que hicimos antes.
Ella se quejó en su interior, pero no se atrevió a replicarle
a su amo. Tomó las pinzas, y se sorprendió al ver que estas eran dentadas, como
pequeñas bocas de cocodrilo.
Se le hizo muy extraño caminar con eso en el culo. Lo primero
que tuvo que hacer era limpiarse la cera. Salía muy fácilmente, y no le dolió
hacerlo.
Pasó la cuerda por encima de la barra, y cogió una de las
pinzas. Se masajeó un poco el pezón izquierdo antes de colocarla.
Curiosamente, dolían menos que las anteriores. Pinchaban,
eran como pequeñas dentaduras apretándole, pero dolían bastante poco. Tomó la
otra pinza, y cuando quiso ponerla, vio que faltaban unos pocos centímetros para
llegar sin jalarle.
Si no llegas, ponte de puntillas. Colócate la pinza.
Con una mano, se agarró de la barra y se puso de puntillas.
Con la otra, cogió la pinza, la abrió, y la soltó encima de su objetivo.
Una serie de gemidos, que no puedo contener, escaparon de su
boca. Se agarró con ambas manos a la barra. Cada vez que dejaba de hacer fuerza,
las pinzas le jalaban hacia arriba dándole dolor.
Después de unos momentos en esa posición, su amo le quitó las
pinzas., y le sacó el pequeño consolador que llevaba tantas horas torturándola.
Sin dejar que ella se soltase de la barra, la tomó por debajo de las rodillas y
le levantó las piernas.
Esta vez, ella gimió con muchas ganas cuando él la penetró de
un solo golpe
Al principio ella aguantó agarrada, pero al final se soltó y
se aferró del cuello de Josefa. La chica
Llevado por el entusiasmo, la llevó contra una pared con
violencia. Al tener otro apoyo, aumentó la intensidad y velocidad de sus
embestidas. Los gemidos de la pareja inundaron hasta el último rincón de la
casa.
El golpeteo rítmico contra la pared, el calor de su pareja,
el sudor, los gemidos, y las sensaciones era todo lo que la pareja podía
percibir en ese momento. Poco a poco, los gemidos de ella aumentaron de
intensidad. Clavó cada vez con más fuerzas las uñas en la espalda de Josema,
mientras crecía su excitación.
La pareja fue cayendo, resbalando contra la pared, hasta
llegar al suelo. Allí, él asió a la chica y la tumbó. Ella levantó las piernas,
y volvió a abrazar el cuello de su amante cuando volvió a emestirla.
Él la besó, y Mónica le correspondió. Josema le acariciaba un
pecho con ternura, logrando que ella se estremeciera con cada roce.
Hasta que ella se quedó durante un instante quieta,
contrayendo todo su cuerpo. Entre gritos y gemidos, tuvo el orgasmo más intenso
de su vida, y también fue el más intenso nunca Josema había visto en una mujer.
Duró más de un minuto, durante el cual él también eyaculó entre gemidos de
placer.
Sudorosos y agotados, la pareja quedó en la misma posición
durante varios minutos, besándose y abrazándose, susurrándose palabras dulces.
Cuando se hubo recuperado, el amo la cogió en brazos, y la
llevó hasta la cama. Ella quiso resistirse, pero volvió a encadenarle las manos
al cabezal con las esposas programables. La hizo abrir la boca para volver a
amordazarla con el pene de plástico, y la cinta americana.
Recogió el vibrador especial de ella del suelo, y lo programó
a la tercera velocidad. Poco a poco, se lo introdujo totalmente en la raja. Ella
gemía y se retorcía de placer, a pesar de que le pedía que no con los ojos.
Te prometí orgasmos a partir de media noche, y eso
vas a tener.
Programó las esposas para que la liberasen a las dos horas.
Observó cómo el vibrador le sobresalía por su entrada trasera, así que volvió a
introducírselo de un solo golpe, y lo puso en marcha.
Antes de salir por la puerta apagó la vendó los ojos. Ahora
tenía trabajo que hacer…
Ella trataba de pedirle a Josema que no lo hiciera. No sabía
cuánto tiempo estaría esposada, ¡y mañana iban a llegar sus padres! ¿Y si la
encontraban en esa situación?
Pero no pensó mucho rato en ello. La vibración en sus dos
agujeros la llevó rápidamente al primer orgasmo, que fue sucedido por muchos
más. Durante muchos minutos, escuchó a Josema caminando en su habitación,
mientras hacía algo. ¿Qué le preparaba esta vez? Poco después, escuchó como
cerraba la puerta de su habitación, y se alejaba.
Se retorció contra las esposas, sin éxito. Pensó en que si
fuese de madera, rompería el cabezal de la cama, pero éste era de metal. Y
además, ella estaba demasiado débil.
Finalmente, notó el chasquido en su muñeca cuando las esposas
programables se abrieron. Rápidamente apagó ambos consoladores, y gimió de
alivio a través de la mordaza al dejar de ser estimulada. Se desvendó los ojos,
pero la luz estaba apagada.
Al encenderla, su sorpresa fue muy agradable. Su habitación
estaba completamente recogida, impecable, exactamente igual que estaba el día
que llegó Josema. Incluso más limpia.
Fue al baño a mirarse en el espejo. Se sorprendió al verse
todavía amordazada. Con una sonrisa en su mente, pensó que ya se había
acostumbrado. Tenía marcas de agarrones y fustazos en todo su cuerpo. En fin,
tendría que cubrirse un poco más durante un tiempo.
Se quitó la mordaza, y extrajo el pene de plástico. Poco a
poco, extrajo los dos restantes aparatos de su interior.. El que llevaba en el
culo le molestó mucho y le dejó una desagradable sensación de vacío, que duró
varios segundos.
Se dirigió a la cocina y al salón, y tal como supuso, estaba
todo impecable, perfectamente recogido.
Completamente relajada, fue a su cama, se puso un pijama, y
se durmió al instante.
-¡¡ HOLA CARIÑOOOOO!!
La voz de su madre la despertó, y al abrir los ojos se
encontró el rostro de su madre besándola con amor.
- ¿Cómo has estado?
- Muy bien mamá. – Dijo ella soñolienta - ¿Y papá?
- Está en el salón, mirando la correspondencia.
Alguien llamó a la puerta. Fueron allá, y vieron a su
firmandole el recibo a un recadero-
Hola cariño –besos-. Has recibido un regalo.- le dijo
con una sonrisa
Mónica se quedó sin habla. En un fino y precioso jarrón,
había una única rosa azul, preciosa. Y de su tallo, colgaba un mensaje.
Para mi lindo sueño
J.M