Una historia más…
Tercera Parte
Pablo me evitaba a toda costa y ya no se reunía con el resto
del grupo. En las últimas semanas sólo lo vi de lejos, un par de veces. La
comunicación entre nosotros se cortó en forma radical. Tampoco quise acercarme a
él… que le podía decir… no sé… ¿Sigamos siendo amigos?... me gusta tu hermano,
pero me encantaría que siguiéramos con nuestra amistad... todo eso sonaba
absurdo. Me imaginaba lo doloroso que era para él, sentir que sus sentimientos
habían quedado expuestos, le seguía teniendo cariño, pero no podía enfrentar la
situación. Simplemente, dejé de frecuentar su casa.
- ¿Tienes miedo de lo que pueda hacer Pablo?- me preguntó
Javier.- Él ya no hará nada. Sabe que perdió.- Y me escudriñaba, tratando de
descubrir mis pensamientos.
- Yo no sabía que me quería… que me quería de ese modo. Nunca
se comportó de forma romántica. Y de cierta forma, me duele que esté sufriendo…
pero siento que no debo acercarme ahora. Prefiero no ir a tu casa… por un
tiempo.
- Pero ¿cómo voy a continuar seduciéndote si no vienes a mi
guarida?- y gruñó como un animal, mostrándome los dientes. Rompiendo el velo de
la abatimiento que había caído sobre mí. Me encantaba su humor… me desconcertaba
y dejaba sin defensas.
Ahora Javier pasaba mucho tiempo conmigo y aunque,
contrariamente a Pablo, no teníamos muchas cosas en común, eso no hacía más que
agrandar mi atracción hacia él. Me sorprendía con sus actitudes, a veces parecía
ser un adulto y al momento siguiente se comportaba como un niño caprichoso. Su
conducta era una constante incógnita, siempre jugando… siempre haciéndome sentir
que lo tenía fuera de mi alcance, como si en cualquier instante se pudiera
desvanecer.
En mi casa era imposible cualquier intento de juego sexual
duradero, ya que Matilde, rondaba de muy cerca a Javier, desconfiaba de él, lo
hizo desde el primer momento en que lo vio entrar en casa. La vi ponerse atenta,
en guardia. Con Pablo jamás se comportó así, nunca vigilaba, aunque pasáramos
horas dentro de mi habitación. Constantemente me preguntaba por que no venía a
casa, ni ya me juntaba con él y yo evadía sus preguntas con cualquier excusa.
Pero con el hermano era todo lo contrario, dejaba en evidencia su desagrado
cuando Javier llegaba.
Mi madre, aunque muy permisiva conmigo, no era ingenua y
mientras ella no estuviera en casa la encargada de custodiar mi virginidad era
Matilde. Que cual dragón cumplía al pie de la letra lo de mantener a raya al que
quisiera propasarse con la doncella.
Esta suspensión en nuestra escalada amorosa, no hacía más que
enardecerme. Mi mente se llenaba de situaciones lascivas. Me masturbaba a diario
para desahogar el deseo que crecía en mi interior. Pero parecía que causaba el
efecto contrario, ya que mis ansias sólo aumentaban. Y Javier no hacía nada para
consumir el fuego, al contrario, seguía torturándome con fugaces ataques
sensuales que me dejaban al borde del colapso. Sí hubiera querido, habríamos
follado en cualquier lugar. Pero se concentraba en el juego y en mis reacciones,
a dejarme a medias… sabiendo que sólo le recriminaría con la mirada.
Pasaba el tiempo y no entendía su forma de pensar, pero no
por eso me mantenía menos fascinada por su persona. Por las noches en mi
habitación, cuando ya estaba segura que mamá y Matilde dormían, me entregaba al
recuerdo de nuestros juegos que, en soledad, mi imaginación llevaba hasta el
final. Me recorría y frotaba en la cama, como si mi amante invisible estuviera
sobre mí. Sentía la presencia de Javier, me lo imaginaba poseyéndome,
devorándome, fundiéndose en mí. Una de esas noches, entre mis desvaríos, sentí
un golpe en la ventana. Me sobresalté y me puse el pijama rápidamente. Me asomé
entre las cortinas y no distinguí a nadie en el jardín trasero, a donde daba mi
habitación que estaba en el primer piso. Sólo los árboles se distinguían en la
penumbra. Volví a mi cama pensando que había sido mi imaginación, hasta que un
nuevo golpe en el ventanal, como el de una piedrecilla, no dejó dudas a que
alguien estaba allá afuera. Nuevamente me asomé, pero nadie se hacía presente.
Una sonrisa brotó de mi rostro, sentí que Javier estaba escondido en algún
rincón, pero en su perverso juego sólo se mantenía entre las penumbras, para ver
mi reacción. Me alejé nuevamente para que un tercer golpe confirmara su
presencia. Descorrí las cortinas para que me viera completamente.
Movida por la calentura que me consumía hace semanas,
lentamente comencé a sacarme el pijama, que cayó al suelo sin resistencias, y
acaricié mis senos ofreciéndolos al visitante nocturno. En ningún momento la
duda o la vergüenza cruzaron por mi cabeza, impidiendo el libre fluir de mis
manos sobre mi cuerpo, pellizqué mis pezones que se erguían duros hacia la
oscuridad del patio. Lo quería tener a mi merced, deseoso, excitado, caliente
por mí y ahora me tocaba jugar, como él lo había hecho tantas veces conmigo. Me
contoneaba ondulante mientras me recorría, y jugaba a modelar poses sensuales.
Me apoyé contra el vidrio y su contacto helado hizo que se me pusiera piel de
gallina y mis pezones se endurecieran aún más… era exquisita la diferencia de
temperatura. Mi separe un poco, para lanzar lujuriosas miradas hacia la
oscuridad. Quería darle el mejor espectáculo que se hubiera podido imaginar,
desechando la imagen de niñata que tenía de mí. Mi sexo reclamaba el contacto de
mi mano que se habrían paso entre la carne henchida y húmeda. Cerré los ojos y
me concentré en el vaivén de mis dedos, que cada vez aceleraban el ritmo, al
igual que mi respiración que escapaba entre mi boca semi abierta que empañaba el
ventanal. Por unos instantes sólo era yo y mi sexo, que demandaba toda mi
atención. Hasta que el temblor me invadió entera, mis piernas cedían y perdían
fuerza, me agarré de la cortina para no caer. De a poco fui recuperando la calma
y la respiración. Mi mano aún estaba entre mis piernas y la atraje hacia mis
labios para embadurnarlos con mi humedad, hasta dejarlos completamente
cubiertos. Fui abriendo abrí los ojos lentamente, mientras acercaba mi boca al
ventanal para dejar un beso marcado, como en una carta que se le envía al amado.
Me quedé de piedra, cuando vi a Pablo saliendo de las
penumbras. Me miraba con fuerza, las mandíbulas apretadas le daban un aire
fiero, que sólo había visto cuando se enfrentó a golpes con Javier. Algo había
cambiado en él, se veía diferente, con esa actitud desafiante y la respiración
agitada. El miedo inicial fue cediendo a una nueva emoción al sentirme admirada,
deseada por los ojos hambrientos de Pablo, y no hice ni un amague de vestirme o
alejarme. El se acercó con paso decidido, sólo nos separaban unos centímetros y
el grueso ventanal. Como una serpiente su lengua se abrió paso entre sus labios
y lamió donde yo había estampado mis labios. Se me escapó un gemido, que nació
en mi vientre. Se veía tan hermoso, lamiendo con fruición ese beso que en un
principio no era para él. Acerqué mi lengua y lamí la huella que había dejado,
sintiendo el sabor frió del vidrio y mis fluidos, como si lo estuviera besando
directamente. Verlo tan cerca y a la vez tan lejos, hizo que mi excitación
subiera a niveles que nunca había experimentado. Sólo bastaba que cerrar a la
cortina y todo habría acabado, tenía la certeza de estar a salvo. Era como poder
observar a una hermosa fiera salvaje que esta impedida de saltar sobre su presa
y se pasea amenazante de un lado a otro en su prisión.
Pero no quería estar a salvo, quería perderme en el deseo que
me consumía. Vi la sonrisa en sus labios, con la seguridad que muestran los
vencedores. Dejé caer los seguros y retrocedí unos pasos. Sin dejar de mirarme,
abrió el ventanal lo suficiente para poder entrar y cerró tras de sí. Sentía que
la habitación estaba en llamas, pero sabía el calor brotaba de mi cuerpo.
Ágilmente, se deshizo de su ropa que acompañó a mi pijama sobre el suelo.
Sin preámbulos me abrazó con fuerza, besándome con rabia, con
furia contenida. Yo me dejaba hacer como una muñeca inanimada, entregada a sus
bruscas caricias que sólo me provocaban más goce. Me llevó al suelo y con una
sola acometida me penetró de golpe, mi quejido lleno la habitación y tapo mi
boca con su mano. Sus ojos brillaban con el placer y satisfacción de sentirse
vengado. El dolor era intenso y sublime. Era parte del sacrificio que reclamaba
Pablo. Y yo quería ser inmolada… despedazada, quedar echa jirones. Sus
movimientos no disminuían en intensidad y mis gemidos eran aplacados por su mano
que no soltaba mi boca. El con los dientes apretados acometía con ira sobre mi
sexo, que a pesar del punzante dolor inicial empezaba a ceder amenazando
nuevamente a estallar. El placer era enervante, la situación, la calentura
superaba todas mis expectativas.
Con un rápido movimiento, giró sobre su eje para dejarme
sobre él. Y comencé a cabalgarlo, el se quedó quieto acariciando mi torso.
Estábamos completamente empapados por el sudor, que resbalaba para caer sobre el
cuerpo del otro ó simplemente al piso. Mi cuerpo empezó a contraerse y a templar
involuntariamente, Pablo se enderezó y me sujeto con fuerza, mientras era presa
de las convulsiones. Fue un orgasmo desgarrador, intenso, que me dejó sin
voluntad y por primera vez en toda la noche, sus palabras me trajeron a la
realidad.
- No quiero dejarte nunca.- dijo mientras me ayudaba a caer
sobre un costado, girando nuevamente para quedar encima, sin salir de mí.- Pensé
que te había perdido y casi enloquecí… ¿sabes cuánto sufrí al estar alejado de
ti?….- y sus movimientos cada vez más secos delataban que estaba pronto a
correrse.- Te cuidaré… como lo mereces. Esta vez se que te quedarás conmigo.- me
decía mientras me mostraba sus dientes cual lobo, al igual que lo hacía Javier,
gesto que me enloquecía.- Nina… eres mía… porque te he atrapado.- y después de
una última embestida, lo sentí salirse para acabar sobre mi pubis, como quien
marca su territorio.
Me imaginé que la fortuna había hecho girar la ruleta de los
acontecimientos, para llevarme nuevamente hacia Pablo. No me arrepentía de nada.
Estaba cautivada. Agradecí cada uno de los hechos, que me habían impulsado a
llegar a este momento. Esa noche hicimos el amor una vez más, fundidos en un
abrazo donde era imposible definir donde terminaba uno y comenzaba el otro.
Cuando empezó a aclarar y la luz empezó a entrar por la ventana, me sentía feliz
como nunca antes lo había sido… y desde esa noche mi ventana no volvió a estar
cerrada.
***