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El árabe que me puso mirando a la meca
TODORELATOS » RELATOS » UNA HISTORIA MáS... (3)
[ La zorra mudará los dientes, mas no las mentes. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 07 de Octubre, 2008.
Fecha: 22-Oct-07 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Primera vez (1154 de 1236)

Una historia más... (3)

Nynna
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En ningún momento la duda o la vergüenza cruzaron por mi cabeza, impidiendo el libre fluir de mis manos sobre mi cuerpo. Lo quería tener a mi merced, caliente por mí y ahora me tocaba jugar, como él lo había hecho tantas veces conmigo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Una historia más…

Tercera Parte

 

Pablo me evitaba a toda costa y ya no se reunía con el resto del grupo. En las últimas semanas sólo lo vi de lejos, un par de veces. La comunicación entre nosotros se cortó en forma radical. Tampoco quise acercarme a él… que le podía decir… no sé… ¿Sigamos siendo amigos?... me gusta tu hermano, pero me encantaría que siguiéramos con nuestra amistad... todo eso sonaba absurdo. Me imaginaba lo doloroso que era para él, sentir que sus sentimientos habían quedado expuestos, le seguía teniendo cariño, pero no podía enfrentar la situación. Simplemente, dejé de frecuentar su casa.

- ¿Tienes miedo de lo que pueda hacer Pablo?- me preguntó Javier.- Él ya no hará nada. Sabe que perdió.- Y me escudriñaba, tratando de descubrir mis pensamientos.

- Yo no sabía que me quería… que me quería de ese modo. Nunca se comportó de forma romántica. Y de cierta forma, me duele que esté sufriendo… pero siento que no debo acercarme ahora. Prefiero no ir a tu casa… por un tiempo.

- Pero ¿cómo voy a continuar seduciéndote si no vienes a mi guarida?- y gruñó como un animal, mostrándome los dientes. Rompiendo el velo de la abatimiento que había caído sobre mí. Me encantaba su humor… me desconcertaba y dejaba sin defensas.

Ahora Javier pasaba mucho tiempo conmigo y aunque, contrariamente a Pablo, no teníamos muchas cosas en común, eso no hacía más que agrandar mi atracción hacia él. Me sorprendía con sus actitudes, a veces parecía ser un adulto y al momento siguiente se comportaba como un niño caprichoso. Su conducta era una constante incógnita, siempre jugando… siempre haciéndome sentir que lo tenía fuera de mi alcance, como si en cualquier instante se pudiera desvanecer.

En mi casa era imposible cualquier intento de juego sexual duradero, ya que Matilde, rondaba de muy cerca a Javier, desconfiaba de él, lo hizo desde el primer momento en que lo vio entrar en casa. La vi ponerse atenta, en guardia. Con Pablo jamás se comportó así, nunca vigilaba, aunque pasáramos horas dentro de mi habitación. Constantemente me preguntaba por que no venía a casa, ni ya me juntaba con él y yo evadía sus preguntas con cualquier excusa. Pero con el hermano era todo lo contrario, dejaba en evidencia su desagrado cuando Javier llegaba.

Mi madre, aunque muy permisiva conmigo, no era ingenua y mientras ella no estuviera en casa la encargada de custodiar mi virginidad era Matilde. Que cual dragón cumplía al pie de la letra lo de mantener a raya al que quisiera propasarse con la doncella.

Esta suspensión en nuestra escalada amorosa, no hacía más que enardecerme. Mi mente se llenaba de situaciones lascivas. Me masturbaba a diario para desahogar el deseo que crecía en mi interior. Pero parecía que causaba el efecto contrario, ya que mis ansias sólo aumentaban. Y Javier no hacía nada para consumir el fuego, al contrario, seguía torturándome con fugaces ataques sensuales que me dejaban al borde del colapso. Sí hubiera querido, habríamos follado en cualquier lugar. Pero se concentraba en el juego y en mis reacciones, a dejarme a medias… sabiendo que sólo le recriminaría con la mirada.

Pasaba el tiempo y no entendía su forma de pensar, pero no por eso me mantenía menos fascinada por su persona. Por las noches en mi habitación, cuando ya estaba segura que mamá y Matilde dormían, me entregaba al recuerdo de nuestros juegos que, en soledad, mi imaginación llevaba hasta el final. Me recorría y frotaba en la cama, como si mi amante invisible estuviera sobre mí. Sentía la presencia de Javier, me lo imaginaba poseyéndome, devorándome, fundiéndose en mí. Una de esas noches, entre mis desvaríos, sentí un golpe en la ventana. Me sobresalté y me puse el pijama rápidamente. Me asomé entre las cortinas y no distinguí a nadie en el jardín trasero, a donde daba mi habitación que estaba en el primer piso. Sólo los árboles se distinguían en la penumbra. Volví a mi cama pensando que había sido mi imaginación, hasta que un nuevo golpe en el ventanal, como el de una piedrecilla, no dejó dudas a que alguien estaba allá afuera. Nuevamente me asomé, pero nadie se hacía presente. Una sonrisa brotó de mi rostro, sentí que Javier estaba escondido en algún rincón, pero en su perverso juego sólo se mantenía entre las penumbras, para ver mi reacción. Me alejé nuevamente para que un tercer golpe confirmara su presencia. Descorrí las cortinas para que me viera completamente.

Movida por la calentura que me consumía hace semanas, lentamente comencé a sacarme el pijama, que cayó al suelo sin resistencias, y acaricié mis senos ofreciéndolos al visitante nocturno. En ningún momento la duda o la vergüenza cruzaron por mi cabeza, impidiendo el libre fluir de mis manos sobre mi cuerpo, pellizqué mis pezones que se erguían duros hacia la oscuridad del patio. Lo quería tener a mi merced, deseoso, excitado, caliente por mí y ahora me tocaba jugar, como él lo había hecho tantas veces conmigo. Me contoneaba ondulante mientras me recorría, y jugaba a modelar poses sensuales. Me apoyé contra el vidrio y su contacto helado hizo que se me pusiera piel de gallina y mis pezones se endurecieran aún más… era exquisita la diferencia de temperatura. Mi separe un poco, para lanzar lujuriosas miradas hacia la oscuridad. Quería darle el mejor espectáculo que se hubiera podido imaginar, desechando la imagen de niñata que tenía de mí. Mi sexo reclamaba el contacto de mi mano que se habrían paso entre la carne henchida y húmeda. Cerré los ojos y me concentré en el vaivén de mis dedos, que cada vez aceleraban el ritmo, al igual que mi respiración que escapaba entre mi boca semi abierta que empañaba el ventanal. Por unos instantes sólo era yo y mi sexo, que demandaba toda mi atención. Hasta que el temblor me invadió entera, mis piernas cedían y perdían fuerza, me agarré de la cortina para no caer. De a poco fui recuperando la calma y la respiración. Mi mano aún estaba entre mis piernas y la atraje hacia mis labios para embadurnarlos con mi humedad, hasta dejarlos completamente cubiertos. Fui abriendo abrí los ojos lentamente, mientras acercaba mi boca al ventanal para dejar un beso marcado, como en una carta que se le envía al amado.

Me quedé de piedra, cuando vi a Pablo saliendo de las penumbras. Me miraba con fuerza, las mandíbulas apretadas le daban un aire fiero, que sólo había visto cuando se enfrentó a golpes con Javier. Algo había cambiado en él, se veía diferente, con esa actitud desafiante y la respiración agitada. El miedo inicial fue cediendo a una nueva emoción al sentirme admirada, deseada por los ojos hambrientos de Pablo, y no hice ni un amague de vestirme o alejarme. El se acercó con paso decidido, sólo nos separaban unos centímetros y el grueso ventanal. Como una serpiente su lengua se abrió paso entre sus labios y lamió donde yo había estampado mis labios. Se me escapó un gemido, que nació en mi vientre. Se veía tan hermoso, lamiendo con fruición ese beso que en un principio no era para él. Acerqué mi lengua y lamí la huella que había dejado, sintiendo el sabor frió del vidrio y mis fluidos, como si lo estuviera besando directamente. Verlo tan cerca y a la vez tan lejos, hizo que mi excitación subiera a niveles que nunca había experimentado. Sólo bastaba que cerrar a la cortina y todo habría acabado, tenía la certeza de estar a salvo. Era como poder observar a una hermosa fiera salvaje que esta impedida de saltar sobre su presa y se pasea amenazante de un lado a otro en su prisión.

Pero no quería estar a salvo, quería perderme en el deseo que me consumía. Vi la sonrisa en sus labios, con la seguridad que muestran los vencedores. Dejé caer los seguros y retrocedí unos pasos. Sin dejar de mirarme, abrió el ventanal lo suficiente para poder entrar y cerró tras de sí. Sentía que la habitación estaba en llamas, pero sabía el calor brotaba de mi cuerpo. Ágilmente, se deshizo de su ropa que acompañó a mi pijama sobre el suelo.

Sin preámbulos me abrazó con fuerza, besándome con rabia, con furia contenida. Yo me dejaba hacer como una muñeca inanimada, entregada a sus bruscas caricias que sólo me provocaban más goce. Me llevó al suelo y con una sola acometida me penetró de golpe, mi quejido lleno la habitación y tapo mi boca con su mano. Sus ojos brillaban con el placer y satisfacción de sentirse vengado. El dolor era intenso y sublime. Era parte del sacrificio que reclamaba Pablo. Y yo quería ser inmolada… despedazada, quedar echa jirones. Sus movimientos no disminuían en intensidad y mis gemidos eran aplacados por su mano que no soltaba mi boca. El con los dientes apretados acometía con ira sobre mi sexo, que a pesar del punzante dolor inicial empezaba a ceder amenazando nuevamente a estallar. El placer era enervante, la situación, la calentura superaba todas mis expectativas.

Con un rápido movimiento, giró sobre su eje para dejarme sobre él. Y comencé a cabalgarlo, el se quedó quieto acariciando mi torso. Estábamos completamente empapados por el sudor, que resbalaba para caer sobre el cuerpo del otro ó simplemente al piso. Mi cuerpo empezó a contraerse y a templar involuntariamente, Pablo se enderezó y me sujeto con fuerza, mientras era presa de las convulsiones. Fue un orgasmo desgarrador, intenso, que me dejó sin voluntad y por primera vez en toda la noche, sus palabras me trajeron a la realidad.

- No quiero dejarte nunca.- dijo mientras me ayudaba a caer sobre un costado, girando nuevamente para quedar encima, sin salir de mí.- Pensé que te había perdido y casi enloquecí… ¿sabes cuánto sufrí al estar alejado de ti?….- y sus movimientos cada vez más secos delataban que estaba pronto a correrse.- Te cuidaré… como lo mereces. Esta vez se que te quedarás conmigo.- me decía mientras me mostraba sus dientes cual lobo, al igual que lo hacía Javier, gesto que me enloquecía.- Nina… eres mía… porque te he atrapado.- y después de una última embestida, lo sentí salirse para acabar sobre mi pubis, como quien marca su territorio.

Me imaginé que la fortuna había hecho girar la ruleta de los acontecimientos, para llevarme nuevamente hacia Pablo. No me arrepentía de nada. Estaba cautivada. Agradecí cada uno de los hechos, que me habían impulsado a llegar a este momento. Esa noche hicimos el amor una vez más, fundidos en un abrazo donde era imposible definir donde terminaba uno y comenzaba el otro. Cuando empezó a aclarar y la luz empezó a entrar por la ventana, me sentía feliz como nunca antes lo había sido… y desde esa noche mi ventana no volvió a estar cerrada.

 

***

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