L A M A Ñ A N A S I G U I E N T E -
Lanzó un prolongado quejido somnoliento al tiempo que
masticaba un bocado que sólo existía en el sueño. Se movió en la blandura del
lecho, acomodándose de lado contrario, y adoptó una posición que le pareció más
cómoda. Sin despegar los ojos volteó la almohada para evitar que el desagradable
humor pegajoso que humedecía la funda le impregnara la mejilla. Sintió una
oleada de aire frío en la espalda y estiró las cobijas para arroparse
completamente. A los pocos minutos no soportó su mal aliento atrapado entre las
sábanas y prefirió sacar la cabeza por el borde de las mantas. Volvió a ponerse
en la posición que tenía originalmente con la intención de continuar el sueño
interrumpido, pero el bullicio que llegaba de la calle se lo impidió, por lo que
decidió permanecer con los ojos cerrados, queriendo alargar el placentero
abandono que experimentaba. Deslizó su mano sobre la superficie acojinada
tratando de reconocer el lecho con el tacto. Sintió una apremiante comezón en la
parte interna de la oreja y se introdujo el dedo en el pabellón para sacudirse
vigorosamente la molestia. Le provocó cierta incomodidad el ulular estridente de
la sirena de un vehículo de emergencia que pasó por la calle e hizo vibrar los
vidrios de las ventanas. El aullido se perdió a lo lejos, como grito lastimero
que fuera a azorar otras gentes. Un incipiente dolor de cabeza así como una
molesta sensación en el estómago se hicieron presentes.
La reunión en el club se extendió más allá del tiempo que
acostumbraba cuando concurría a ese tipo de convivencias, por lo que la noche
anterior bebió unas copas de más. Repasa los sucesos y concluye que su
comportamiento quebrantó las reglas que normalmente regían su conducta.
Su mano recorrió de nuevo la superficie de la cama para
ratificar el reconocimiento anterior. Entreabrió los ojos en aquel ambiente de
penumbra y distinguió al alcance de la mano la figura acampanada de una lámpara
de buró. Estiró el brazo y la encendió. La repentina claridad lo cegó
momentáneamente, por lo que se colocó una mano en la frente a modo de visera
mientras iba acostumbrándose a la claridad. Cuando la iluminación dejó de
molestarle se puso bocarriba. Ya que consiguió despabilarse siguió con la vista
los cuatro vértices que conformaban el cielo de la habitación. Confirmó que no
estaba en su casa y tampoco esa era su cama.
La reunión en el club se había alargado sin sentirlo, el
reloj marcaba ya las diez de la noche, y en una mesa contigua un par de damas de
buena presencia bebían y charlaban animosas. Rodrigo, su compañero de juerga,
abordó a la morena y él a la pelirroja. Desde el primer intercambio de
impresiones que tuvo con ella quedó deslumbrado ante su singular belleza así
como por su clara inteligencia; nunca imaginó que existiera una mujer tan
interesante. En el desarrollo de la conversación notó que su mirada tenía cierto
aire de insinuación, además sonreía de manera espontánea, acto que acentuaba su
belleza. Es la mujer más sensual que he conocido, aceptó complacido de haberse
encontrado con ella.
Se estiró placentero cuan largo era saliendo sus pies por el
borde de las cobijas por un lado, alcanzando a tocar la cabecera de la cama con
los puños cerrados por el otro. La vigorosa estirada le proporcionó un
relajamiento que disfrutó a plenitud. En la estancia se respiraba una fragancia
agradable. Es su perfume, evocó feliz. Apoyó la espalda en la cabecera de la
cama para sentarse y así poder observar la habitación desde una perspectiva
distinta. Mientras se acariciaba la incipiente barba miró en torno suyo,
tratando de encontrar algún objeto que le resultara familiar. Las paredes
estaban cubiertas con un tapiz que exhibía un floreado diminuto. La cama era
grande, quizá tamaño king size, y ocupaba el centro de la habitación. En ambos
lados de la cabecera se hallaba un buró y encima de cada uno resaltaba una
lámpara con base de porcelana, en cuya superficie torneada figuraba una escena
romántica. Se trataba de una dama de vestido amplio meciéndose en un columpio a
la orilla de un río. La empujaba un caballero vestido a la usanza de la época de
los Luises. Sobre el buró de la izquierda, al pie de la lámpara, destacaba un
teléfono de color rojo. En el buró del lado derecho miró su cartera que contenía
sus documentos personales. Hacia e fondo de la habitación distinguió una puerta
de madera plegadiza. Debe ser el clóset, pensó. Juzgó que la puerta que se
encontraba a unos pasos del clóset debía ser el acceso al cuarto de baño.
Los acontecimientos en el club se dieron vertiginosamente,
como llegan los momentos inolvidables en la vida: aparecen sin necesidad de
buscarse. La tibieza de un cuerpo que se mueve junto a uno al compás de una
música suave, besos, caricias, un viaje en auto, una puerta que se abre y la
intimidad cómplice que invita al desenfreno. Sonrió dichoso al evocar. En ese
momento deseaba tenerla a su lado nuevamente y acariciarle la espalda humedecida
de sudor y perderse en ese mundo colmado de placer que conoció junto a ella.
Vino a su mente una melodía que tarareaba regularmente y cuya letra decía: Si
nos dejan nos vamos a querer toda la vida…, la cual encontraba apropiada a la
memorable experiencia que surgiera de improviso. ¿Tendré el valor de proponerle
semejante idea a esta bellísima mujer?, se preguntó titubeante, pensando en el
mensaje que encerraba la letra de la melodía.
A lo largo de su existencia sus relaciones con las mujeres se
habían circunscrito en un marco por entero comercial: le ofrecían sus encantos y
él pagaba; como cualquier trato de compraventa. Sin embargo en esta ocasión fue
completamente distinto y descubrió que poseía un instinto de conquistador que
nunca imaginó tener. Rechazó tajantemente que lo que sentía tuviera alguna
semejanza con la reprimida ilusión de la mayoría de los hombres cuando pretenden
redimir a una buscona, convirtiéndola en amante de planta. Y menos aceptó que
pretendiera reafirmar su reciente categoría de seductor al involucrarse con una
conocedora del comportamiento masculino. Juzgó que lo que realmente anhelaba era
compartir su existencia con una mujer y esa encajaba perfectamente en la idea
que tenía en mente de esa hipotética persona. Si en tan pocas horas lo había
llevado a estados de placer insospechados, con una relación permanente sus días
serían un éxtasis constante. Si nos dejan nos vamos a querer toda la vida,
volvió a repetirse con agrado.
Un grueso cortinaje se hallaba corrido y cubría un ventanal a
modo de impedir la entrada de la luz directa del exterior. El espejo del tocador
reflejaba objetos diversos así como la puerta de acceso a la recámara. Sobre la
reluciente superficie del mueble distinguió dos fotografías protegidas con marco
metálico. La de la izquierda mostraba a la pelirroja abrazada a un individuo;
tenían de fondo un paisaje arbolado y se miraban felices uno a otro. Observó con
detenimiento la foto del lado derecho, pues en ella aparecía el mismo individuo
cargando a un bebé en los brazos. Era una escena por demás enternecedora.
De inmediato reaccionó: Entonces esta mujer es casada y
además madre de familia, se dijo sobresaltado repasando de nuevo las imágenes.
Al momento lo invadió una sensación de inquietud. A donde iría esta mujer y por
qué tarda tanto, pensó alarmado al sentirse completamente solo en aquella
habitación. Se rascó una pierna y hasta entonces se dio cuenta que estaba
totalmente desnudo. De inmediato buscó su ropa entre las cobijas sin resultados
positivos; se agachó debajo de la cama y extendió la mirada hacia otros muebles
y su inquietud se acentuó al no encontrar ninguna prenda suya, salvo su par de
zapatos. Descolgó el teléfono para hacer una llamada y lanzó una maldición al
comprobar que la línea estaba muerta. El temor de ser sorprendido por algún
extraño caminando desnudo lo obligó a tomar la sobrecama para cubrirse y
continuar la búsqueda de su ropa. Caminó hasta el guardarropa y corrió la
puerta; por lo espacioso se le figuró que era otra habitación. Buscó en el muro
un contacto eléctrico para iluminar el área y se introdujo al guardarropa
nerviosamente. Revisó el vestuario que se hallaba colgado en ganchos, deseando
encontrar su ropa o algo apropiado para vestirse. Descolgó varios pantalones e
intentó probárselos, pero ninguno pudo entrarle debido a su corpulencia. Abrió
unos cajones que se hallaban empotrados a la pared y su inquietud se transformó
en miedo al encontrar solamente pantaletas, sostenes, corpiños, medias, y otro
tipo de lencería acomodada en los compartimentos. Abandonó el guardarropa sumido
en el total desconcierto, tropezándose con todo tipo de zapatos de mujer. Se
rascó la cabeza desesperado mientras buscaba con la mirada por los rincones,
anhelando ver su ropa amontonada en algún sitio.
Para entonces el malestar de la cabeza se le había convertido
en un dolor punzante y en lugar de la lengua sentía como si trajera un rasposo
estropajo incrustado en la boca. Abrió la puerta de la habitación con cautela y
se asomó a otra estancia. Un ruido sospechoso que escuchó, aunado a la agitación
por la que atravesaba, hicieron que cerrara la puerta precipitadamente. Se
adentró al baño, donde rogaba que estuviera la pelirroja y con ella sus
preciadas prendas. Una tina de mármol y demás utensilios de baño aparecieron a
su vista como mudos testigos de su crítica situación. En la pared había un
espejo de cuerpo entero, en el que se miró desamparado y ridículamente cubierto
con esa sobrecama de vistosos colores.
Salió del baño y se dirigió al ventanal para correr un poco
el cortinaje y mirar al exterior. Distinguió un jardín al frente de la casa
protegido con cerca metálica, el cual permitía ver sin dificultad el tráfico de
la calle.
¿Adonde iría esta mujer? ¿Por qué razón me escondió la ropa?
Pensar que pueda tratarse de un secuestro resulta absurdo ya que las
circunstancias no se prestan para ello, reflexionó, sintiéndose totalmente
desprotegido. Para entender la crítica situación que lo embargaba ideó una
hipótesis: Con toda seguridad el marido de ésta salió de la ciudad,
circunstancia que aprovechó para buscarse una aventura. La abordé en el club y
me trajo a su casa para que pasáramos la noche juntos. Se levantó temprano, sin
hacer ruido, y salió a la calle a comprar algo para almorzar y decidió gastarme
una broma escondiéndome la ropa. ¿Pero que tal si el marido regresa antes de lo
previsto y me sorprende en pelotas en la recámara de su mujer? Menudo problema
se me armaría. ¿Qué explicación podría darle y como reaccionaría? Concluyó
verdaderamente alarmado.
Se rascaba el cuerpo con desesperación al borde de un ataque
de histeria. El viento esparcía la hojarasca en el jardín y unos pájaros armaban
bulla entre los arbustos. De repente un auto se detuvo frente a la casa. Miró
aterrorizado como un tipo descendió del vehículo al tiempo que miraba insistente
hacia el inmueble. El recién llegado abrió el portaequipaje del auto y sacó un
bulto, encaminándose al cancel. ¡El marido!, gritó, corriendo al clóset para
tomar cualquier prenda y cubrir su desnudez para huir lo antes posible. Se
enjaretó una bata que difícilmente le cubría el cuerpo; metió los pies en los
zapatos sin preocuparse por anudar las agujetas; recogió de un manotazo su
cartera y abandonó la recámara sin ninguna precaución. A toda prisa atravesó una
sala comedor y llegó hasta un patio trasero. Desesperado localizó una escalera
que le sirvió de apoyo para alcanzar la parte superior de un muro y se sintió a
salvo una vez que estuvo en la calle.
El personaje que llegó en el auto abrió el cancel, cruzó el
jardín y estuvo tocando la puerta de la casa en repetidas ocasiones. Como nadie
atendió su llamado consideró que, tal vez, los moradores de casa no se
encontraban en ese momento por lo que se marchó, con la intención de regresar
más tarde.
La quietud volvió a la recámara, solo quedaron los recuerdos
en una cama destendida y debajo de la almohada una nota que por accidente se
escondió y cuyo texto decía:
Tigre.- te mandé toda tu ropa a la limpiaduría
porque la dejaste hecha un batidillo.
Una persona vendrá a entregártela en el
transcurso de la mañana.
Tu Gatita.
P.D.- espero que pronto volvamos a vernos
para que me devores de la misma forma…