"Y entonces, Daoi Ni, la Guardiana de la Muralla, retiró su
lanza con un movimiento seco, y al punto manó de la herida una sangre negra y
humeante. El dragón rugió, pero esta vez no era por odio, sino por el dolor y el
miedo: la herida era mortal. Su alargado cuerpo se retorció varias veces,
haciendo temblar el suelo con cada convulsión, hasta que la cabeza se desplomó y
enseguida el resto del monstruo la siguió, levantando una nube de polvo que
ocultó durante largos instantes a la audaz guerrera de su objetivo final.
-¡Rey de Jade!-clamó Daoi entre el estruendo.-¡Rey de
Jade!-volvió a clamar.
-Te felicito, Guardiana. Todos los obstáculos los has
vencido, y nada impide clavar tu lanza en mí. Vamos, hazlo y acaba con mi
reinado tortuoso.-
Los ojos del Rey de Jade, Te Yang Pai, brillaron tras la
cortina de humo, desafiantes, y Ni vaciló. ¿Tendría el valor suficiente? Se
acercó lentamente, apretando sus manos en torno al asta de madera con fuerza, y
por fin tuvo frente a si a su enemigo..."
-¿Lo mató?-interrumpió Esteban a la narradora. Lao Xiuxiu, o
"Susi", como la conocían en la urbanización, castellanizando su nombre chino de
un modo bastante caprichoso, aprovechó para encender otro pitillo, colocarlo en
la boquilla de marfil y dar dos hondas caladas. La molestaban profundamente las
interrupciones de Esteban, pero en cuanto lo miraba a los ojos, se le pasaba el
enfado.
"Eres tan... impaciente, tan jovial, tan puro e instintivo.
Ahh... no, no puedo separarme de ti. Te vendrás conmigo."
-¿Lo mató?- insistió Esteban.
-Desde luego que no.- contesto secamente Xiuxiu. Y lanzó una
nube de humo directa a la cara de su semental, quebrando la monotonía de sus
caricias sobre el muslo de Xiuxiu.
-¿Entonces?-musitó él, al tiempo que despejaba la nube con la
mano.
-Entonces Daoi Ni se postró de rodillas delante del Rey de
Jade, le pidió perdón por haberse rebelado y le ofreció la lanza para que fuera
su cuerpo el traspasado.-
-¿En serio?-exclamó Esteban
-Sí. Y el Rey de Jade, por única vez en su vida, hizo lo que
otra persona le pedía. Luego que Daoi Ni murió, arrojó su cadáver afuera para
que lo devoraran los perros y partió la lanza en dos trozos. Volvió a la cueva
y... nunca más salió de ella.-
Hubo un silencio prolongado en la habitación. La mano de él
se había posado justo encima de la liga que daba comienzo a la media, y allí
permanecía, inmóvil, caliente. Xiuxiu fumaba sin dejar de observar a Esteban, y
éste tenía sus ojos clavados en los de ella, pero reflexionaba profundamente
sobre la leyenda y su significado.
-No lo entiendo.-
-Eres occidental.-
-¿Si fuera oriental lo entendería?-
-No. Pero no te preocuparías por entenderlo.-
La siguiente pausa no fue tan larga. El cigarro se había
acabado apenas unos segundos antes de que dijera Esteban.
-Vamos. Creo que ya es la hora.-
Y como buen caballero que era, llevó todas las maletas de
Susi hasta el taxi, y de éste al aeropuerto tras un breve trayecto.
-Llevas poco equipaje, me parece.-
-El necesario. Le he regalado muchas cosas a tu hermana.-
-Pffff... no creo que las aprecie.-
-A pesar de su... -replicó Xiuxiu -es una gran chica, y
coqueta. Le gustarán mis vestidos.-
-Me recordarán a ti demasiado, cariño.-
-¡Ja! No creas que vas a olvidarme tan fácilmente.-
Esteban sonrió y Susi dudó un momento. Tanta ironía le
resultaba incómoda. Iba a hacerlo, iba a llevárselo con ella. ¿Por qué,
simplemente, no se lo decía? Si se negaba, había modos de convencerle. Si
aceptaba, todo sería muy sencillo. Pero tenía miedo de perderlo. No encontraría
otro como él en toda China. Y no sólo porque fuera occidental...
-¡Señora Xiuxiu! ¡Señora Xiuxiu! Buenos días. -dijo en chino
una chica desde el escaparate de la facturación de las líneas aéreas al verlos.
Susi la saludó levemente con la mano, y cuando estuvieron allí, intercambiaron
varias palabras en su idioma. Esteban apenas entendió algo, aparte de "¿tendrá
aire acondicionado?" y "problemas para pasar la aduana". Le resultaba muy sexy
oír a su dama hablar en chino, y pensaba en apuntarse a clases para entenderlo
cuando Susi le comunicó su intención de regresar a su país.
-Fue bueno mientras duró.-se dijo.
Lamentaba que aquella relación terminase, pero era lo
suficientemente calavera como para sobreponerse. Pasaría algunas semanas mal,
pensando en ella, echándola de menos a pesar de que hablaría con ella todos los
días por messenger o email. Pero antes o después la consideraría otra amiga más
que se fue.
-Por favor, señor Esteban, pase con las maletas al cuarto, si
tiene la amabilidad.- le dijo la azafata con la que estaba hablando Xiuxiu,
esbozando una gran sonrisa. Era guapa, quizás un poco delgada. Esteban hizo lo
que le había pedido, y acomodó las maletas junto a otra enorme y vacía. Pero
cuando quiso salir, el manillar de la puerta no se abría.
-¿Hola?-
La azafata había echado el candado desde fuera, y Xiuxiu daba
comienzo a su plan. Secuestrar a Esteban. La dueña de la aerolínea era amiga
íntima de Xiuxiu, y la ayudaría, además de no hacer demasiadas preguntas.
Conocía los gustos de "Susi" y aunque lo que se imaginaba que pretendía podría
traerle problemas, serios problemas, no le negaría su ayuda. Cuarto de millón de
dólares ayudaba no poco a su apoyo.
-Sea lo que sea, querida, ¿merece la pena tanto gasto y
esfuerzo?-
-No lo sé. Pero lo voy a hacer.-le había contestado por
teléfono unos días antes cuando concretaron el asunto.
Esteban golpeaba con los nudillos la puerta, incómodo. No le
gustaban los espacios cerrados.
-¿Susi? ¿Azafata? La puerta se debe haber atascado.-
Al otro lado el bullicio del aeropuerto apenas le hacía
llegar las voces de las chicas del mostrador, hablando en chino.
-¡Abridme, por favor!- terminó por chillar, algo nervioso.
Y la puerta se abrió.
-¡Susi! ¿No me oías?-
La gran dama oriental penetró en la estancia mirándole con
una atención que hasta al despreocupado Esteban hizo sentir escalofríos. Se
sentó en una de las maletas, cuyo lomo de piel acarició.
-Sí. Te oía.-
-Joder, ¿y por qué no me abrías?-
-Estaba pensando...-
Esteban se sintió acongojado al ver a su todavía novia tan
seria. Se colocó delante de ella, y tras unos segundos, decidió sentase a su
lado sobre la maleta.
-Sé.-dijo por fin, tomando la mano de Susi con la suya.- Sé
que es duro para ti. Para mí lo es más. Te quiero. Te quiero mucho, Susi. -
Xiuxiu sonrió, y Esteban se felicitó, creyendo que con ese
breve discurso la había animado, pero en realidad la sonrisa era porque ella ya
estaba completamente decidida. Él empezó a decir algo más, de la misma índole,
mientras ella rebuscaba en su bolso un pañuelo untado de cloroformo. Era un
bonito pañuelo de seda, y el tufo del producto narcótico se hizo sentir
enseguida. Esteban miró con curiosidad, interrumpiéndose en sus bobadas, pero no
fue lo bastante rápido. La mano de Xiuxiu taponó con el pañuelo su nariz y boca,
presto a sofocarlo.
-Sssss, sssshhh. Cállate, cariño.-
Tras unos segundos de lucha, confusión y miedo, los ojos de
Esteban se cerraron y se desplomó, inconsciente.
---
Su despertar no fue de los mejores. Lo primero sintió como un
mordisco que le recorría todo el cuerpo. Noto que le dolía la cabeza bastante y
enseguida sus músculos le enviaron dolorosos estímulos. Pero no pudo paliar ni
lo uno ni lo otro. Lo habían desnudado por completo, amordazado y atado en una
incómoda posición que mantenía sus tobillos pegados a los muslos, las manos a su
espalda y su cabeza casi entre las rodillas, y lo habían introducido en una
maleta, presumiblemente la enorme que había en la sala de la facturación. Sólo
algunas prendas de ropa, que con el tiempo supo por el olor que era ropa sucia,
interior y "exterior" de Xiuxiu, contribuían a su comodidad, haciendo de
relleno.
¿Cómo lo habían hecho? Porque sin duda ahora mismo estaba en
el avión, rumbo a china. Quizás se refería a eso la azafata con lo de "tendrá
aire acondicionado". Y si los "problemas en la aduana" también se habían
solucionado, él, convertido en un bulto, ingresaría como prisionero en la
República Popular sin que nadie, salvo Xiuxiu y sus compinches, lo supiera.
No tuvo que preguntarse el por qué: la propia Xiuxiu se lo
explicó instantes después de que lo despertara con la ayuda de una porra
eléctrica. Le dijo que se tranquilizara, que tenía aire de sobra y que vendría
al compartimiento de equipajes cada hora, a ver cómo se encontraba. Esa licencia
la ostentaba ella en exclusiva, por lo que no cabía la posibilidad de que otra
persona, salvo en una eventual urgencia, pudiera llegar hasta allí y
descubrirlo. Luego, se fue.
No vino a verlo durante las cinco largas horas que duró el
vuelo. Fue una de sus crueldades más originales, y una de las más efectivas:
Esteban se sintió verdaderamente atrapado y expuesto. Cuando ya iban a
aterrizar, sus esperanzas de poder llamar la atención de algún funcionario del
aeropuerto, quizás alguno no confabulado con Xiuxiu y sus secuaces, se
esfumaron. La gran dama abrió la cremallera de la maleta lo justo para colocar
de nuevo el pañuelo con cloroformo en la nariz de Esteban.
-Créeme que esta parte es la que menos me gusta.-
---
Cuando volvió a despertar, esta vez sin intervención de la
electricidad, la cabeza le iba a estallar. Y ahora pudo gritar. Ya no estaba en
la maleta, ni en el avión. Estaba en una sala que se adivinaba grande en la
completa oscuridad. No podía aventurar toda su extensión porque una enorme
argolla unida a su cuello mediante un collar asegurado con un candado le impedía
levantarse y girar. Pero sus pies y manos estaban libres. O casi: de sus muñecas
y tobillos partían, asegurados por un complicado nudo, según le informaron las
yemas de sus inquietos dedos, lazos de tela, de seda, diría, que se perdían en
las tinieblas. No obstante, en cuanto se dio cuenta, sus dedos dejaron de
aplicarse en la vana tarea de desatar sus miembros para hacer lo propio con su
miembro, cuyo conjunto, falo y testículos, estaban igualmente constreñidos por
un lazo de seda.
-Nonono.-dijo una voz familiar, y el cabo de tela que partía
de sus genitales se puso tenso y luego empezó a tironearle.
-¡Socorro, socorro!- gritó Esteban, pero al punto suplicaba:
-¡Pare, por favor, pare! ¡Susi!-
-Nunca me gustó que me llamaras así.-le respondió ella desde
la oscuridad. El lazo seguía tirante, pero al menos ya no avanzaba.
-¿Qué quieres?-
-¡Calla, idiota!-
Esteban calló, amedrentado. El no ver a la que había sido su
amante durante unos intensos meses, pero saber que estaba allí, observándolo, lo
inquietaba. Por supuesto la integridad de sus atributos hacía lo mismo. Unos
segundos después un repiqueteo se dejó escuchar, acercándose. Eran las
plataformas de madera policromada primorosamente decorada que sustentaban las
sandalias de Xiuxiu. Fue lo primero que vio cuando, tras el chasquear de los
dedos de ella, una ventana fue abierta en lo alto del techo, a casi diez metros
por encima. Aquello, en cuanto al tamaño, era poco menos que un hangar. Era de
día, mediodía. Según sus ojos se iban acostumbrando a la luz podía ver más
cosas, ninguna de ellas que le sirviera para la fuga.
Los tobillos tatuados con dragones enfrentados de ella, tras
las medias, y el bajo de un ajustado vestido de seda rojo.
La pesada argolla de hierro y sus genitales mortificados que
las crueles manos de ella tenían amenazados con el cordón de seda que se servían
del aro de metal como nefasta polea.
Sus labios, pintados de negro brillante, disfrutando con las
caladas profundas que daba a la boquilla de marfil.
Su pelo, recogido en un moño que dos palillos en cruz
atravesaban, y cuyo perfume lo alivió del humo del tabaco cuando ella se agachó
para abrir el collar de su cuello.
Esteban no se movió. Un tirón del cordel lo hubiera detenido
de un modo brusco y quizás definitivo. Tampoco se incorporó, permaneciendo de
rodillas.
-Moved a esta marioneta. Ponedla en pie.- ordenó en chino
Xiuxiu, y los lazos de las manos tiraron obligando a Esteban a levantarse, muy
sorprendido, y retuvieron sus manos en alto.
Dos pasos colocaron a la gran dama frente a frente a su...
sí, su esclavo. Así lo llamó por primera vez. Y él reaccionó, pero los lazos
tiraron y le impidieron que se abalanzara sobre ella. Como premio a esa
descortesía, Xiuxiu dejó que las ascuas de su cigarrillo cayeran, tras dos
golpecitos con sus largas uñas en la boquilla, sobre el pene, abrasándolo. El
chillido de Esteban fue apagado en cuanto ella lo besó con fuerza y le mordió el
labio superior, haciéndole sangrar.
-¡Ah, joder!-se quejó.
-Sí. Joder. Como nunca te he jodido.-
Con dos órdenes rápidas en su idioma natal, los lazos y
quienes sirviesen a los propósitos de Xiuxiu en las sombras dejaron a Esteban
expuesto, con las piernas separadas en obsceno ángulo.
-Tu cuerpo va a dejar de pertenecerte, y hará lo que yo
diga.-
Tensó la implacable ama el lazo del pene y lo ató a la
argolla, asegurando así la inmovilidad casi total de su víctima. Enseguida, y
para comprobar lo efectivo de aquella escena de bondage, apagó el cigarro sobre
el costado de Esteban, que gritó varios segundos, pero apenas se movió. Por
suerte para él no entendió el siniestro significado de las palabras que en chino
dijo Xiuxiu: "¿preferirías la lengua?".
-Sí, hará exactamente lo que yo quiera que haga. Mmmm....
todo.-
Y mientras a su espalda lo susurraba con su cálido acento
afectado, acariciaba los pezones de él con maestría. Por más que hubiera
intentado evitarlo, Esteban no habría podido conseguir que éstos no se pusieran
duros.
-Me vas a pedir que te los pellizque. Que te ponga pinzas en
ellos. ¿O quizás te los anille? Mmmmmm... puedo hacerlo y colgar pesas,
estirarlos. Aunque eso no duele tanto como atravesarlos con una barrita y
retorcerla. Es espantoso, te lo aseguro: las caras de los afortunados a quienes
les apliqué esa delicia eran perfectas máscaras del dolor. Imagínate. Todo el
músculo tensado poco a poco, despacio. ¿Me suplicarás eso? No sé. Quizás baste
con...-
-No, por favor. No me tortures. No sé qué quieres.-
Siempre interrumpiendo. No aprendería nunca. Xiuxiu retiró
sus dedos de los pezones para agarrar el miembro de Esteban. Éste se contrajo
cuando uno de los dedos de ella comprobó con parsimonia calculada y sádica, cual
si probara la cuerda de un arco, la tensión del lazo que unía la masculinidad de
su esclavo con la argolla. Cuando se aburrió de eso, la misma mano, porque la
otra no había soltado el pene en todo ese rato, tomó los huevos y los sopesó,
los amasó, toqueteó, acarició y en definitiva acarició.
-Los salvarás si todos los días, al amanecer, lo primero que
haces es arrojarte a mis pies y suplicarme que te use de alfombra, o que te
permita el honor de besarlos, de calzarlos, de masajearlos. Vas a a-do-rar-me.-
Le pajeó con habilidad y sin rudeza. Esteban combatía
formidablemente contra las sensaciones de su cuerpo, pero si supiera que eso
sólo divertía, ¡y de qué modo! a su dueña, puede ser que se hubiera dejado
llevar al orgasmo sin resistencia.
-Si te corres ahora, se acabó el disfrutar de libertad para
tu buen amigo.-
Un gemido fue la respuesta. "¿Esas tenemos? Ahora verás"
pensó ella, y con unas sacudidas finales ordeñó una nada despreciable cantidad
de esperma de su perro incontinente. Gruñó éste algunas frases, incluso la
insultó, pero ella no se lo tuvo en cuenta. Las chicas que tiraban de los lazos
según sus órdenes además no entendían castellano, y no había peligro de que él
pudiera dejarla en mal lugar no mostrándole una total reverencia y sumisión
respetuosa. Dejó que las últimas gotas cayeran sobre su pie y sandalia, que
había pisado el charco de semen.
-Ahora, muéstrame lo mucho que te alegras de humillarte ante
mí. Usa la lengua y asea, ¿se dice así, asear? Bueno, eso, asea mi pie.-
Un nuevo chasquido hizo que los lazos de los tobillos se
relajasen, y Esteban pudo recobrar el equilibrio y la postura erguida. Miró a
Xiuxiu, que señalaba con una de sus fantásticas uñas puntiagudas el charco y el
pie sobre él, pero que con los ojos advertía que la indisciplina sería castigada
con un uso radical del lazo de sus genitales.
Se arrodilló, cerró los ojos y lamió, sintiéndose una
verdadera puta sumisa, la más humillada esclava. El gusto del semen intentó
obviarlo, pero el de los pies enfundados en medias, la suave tela de las
sandalias y las plataformas decoradas de éstas, sabores raros unidos
inextricablemente desde aquel día al hecho de sucumbir y obedecer a una hembra
perversa, se le quedaron grabados en la mente.
Antes de que se diera cuenta, o quizás deseando que aquello
acabara por entonces, Esteban vio cómo Xiuxiu volvía a ceñir su cuello con la
prisión del candado y el collar. Tuvo miedo cuando le quitó el lazo de la polla,
incapaz de imaginar algo bueno mientras los dominantes dedos deshacían el nudo
que oprimía su virilidad. Y comprendió que su ama iba en serio con lo de
"negarle la libertad a su amigo" cuando ató los lazos de las muñecas a la
argolla del cuello. No le estaba permitido proporcionarse placer si no era por
un capricho de ella. Las primeras horas eso no le importó, pero al anochecer, el
recuerdo de las veces que follaron y la seguridad de que "Susi" no le haría
daño, es un decir, no lo mataría, sino que se limitaría, es otro decir, a
esclavizarlo, le pusieron cachondo, y llegó al punto de, ante los ojos de la
centinela que su dueña había apostado, y a la que luego daría parte de lo
ocurrido, protagonizó el grotesco espectáculo de querer frotarse, simulando casi
una lombriz, con el entarimado.
-Lástima. Un gasto de energía inútil. Tendré que procurar
enfocarlo desde el primer momento a esforzarse sólo en satisfacerme a
mí.-comentó a su empleada en chino, y usando la megafonía del "hangar",
transmitió a su sufrido nuevo y flamante esclavo el deseo de que tuviera unos
felices sueños.