TESTIGO DE LA HERMOSURA 20: PUNTO Y APARTE
-Nos vamos a pasar la noche follando- afirmaba
inconscientemente Oriol, sentado frente a Jordi en un rincón de la sala de
juegos.
El bello nadador no le hacia mucho caso. Su mirada se perdía
en el fondo de la pantalla del televisor. Ray manipulaba con gran dominio una
máquina tragaperras mientras yo recogía los envases de las cervezas que habíamos
tomado.
La languidez se había apoderado de nosotros tras una opípara
cena. La sombra de la despedida merodeaba sobre nuestras cabezas, y todos
intentábamos alejarla fingiendo optimismo.
-¿Cómo lo arreglaremos? –inquirió Jordi, de repente.
-¿Qué hay que arreglar? –pregunté.
-Lo de esta noche. Nos hemos quedado sin la habitación de
Lalo.
Sólo escuchar el mágico nombre de nuestro compañero de
fatigas Oriol lanzó un suspiro. Yo no pude esconder mi preocupación.
-No ha llamado todavía. Ni siquiera ha mandado un mensaje.
-Llámalo tú –intervino Ray, atento a la conversación a pesar
de todo.
Agarré el móvil y marqué su número. Ya lo había intentado
cuatro veces antes de aquella. El mismo resultado. Sin respuesta.
A última hora de la tarde se había nublado el cielo. Ya sólo
faltaba que el clima también se pusiera mortuorio.
Seguía haciendo calor, pero se había levantado un viento algo
molesto. Entraron tres personas a la sala. Jordi me hizo un gesto imperceptible
señalando al enano. Ya sabía lo que quería decir. Le indiqué que no se
preocupase. Salí al vestíbulo. Mi hermana recogía sus cosas y se disponía a
pasar por la cocina. Habían encargado dos docenas de picnic para el día
siguiente. Le comuniqué mi preocupación y me respondió con una sonrisa y una
llave. La miré y se me contagió la sonrisa. Los niños estarían contentos.
Lancé la llave sobre la mesa. Jordi protestó con un gesto mi
falta de discreción. Volvió a señalar al pequeño. A mí no me preocupaba el
pequeño. Había llegado la hora de hablarle claro.
-Oriol.
-¿Has visto? ¡Es la llave de la habitación de Lalo! Eso es el
destino.
-Sí, es la llave de la habitación de Lalo.
-Vamos allí, a ver si aún huele un poco a su tremenda polla.
O a sus huevos.
Ya se levantaba, y Jordi lo contuvo.
-Oriol, tenemos que hablar –intervine-. De hombre a hombre.
-Me temo lo peor. Me vas a decir que esta noche no hay sexo.
-¿Es que no te cansas nunca? –saltó ofendido mi chaval.
-De momento, no. ¿Qué tiene de malo?
-Nada, jefe. Pero esta noche tiene que ser de ternura.
-Bueno. Es lo mismo pero sin clavarla, ¿no?
Ray soltó una carcajada desde la máquina. Si él lo había oído
también las otras personas que estaban en la barra. Por fortuna eran franceses.
-Vámonos arriba.
-Luego subo. ¿Dónde estaréis? –preguntó el musculoso.
-En la antigua habitación de tu amante.
El intruso abandonó durante un momento los mandos de la
máquina para levantarme un dedo.
Repartidos por la recámara del madrileño nos quedamos mudos.
Miramos los muebles y, sin ponernos de acuerdo, respiramos el vacío. La habían
limpiado, pero nos parecía encontrar los aromas masculinos del chaval.
-Venga, cuéntame los planes que tienes –solicitó el pequeño
son muchas ganas.
-Verás…
Me interrumpió un aviso de SMS. Miré la pantalla. El número
no me era conocido. Lo leí. Era de Lalo. Pedía disculpas por no haber llamado,
decía que su padre se había puesto borde y que estaba bien y nos echaba de
menos. Anuncié la novedad a los cachorros y quisieron leer personalmente el
mensaje.
-¿De quién debe ser este número? ¿De su madre?
-Si su padre se ha puesto borde quizá le ha retirado el suyo.
-Es un cabrón –sentenció Oriol-, se tarda más en mandar un
mensaje que en llamar.
-¿Y si no tiene ganas de hablar con nosotros? –dudé.
-¡Cómo no va a tener ganas!
-Porque no le gustan las despedidas. Hablar ahora nos pondría
a todos seguramente más tristes de lo que estamos.
-Tenemos que hacer que nos invite a su casa.
-Volvamos al tema –protesté-. Bueno, pues Jordi y yo tenemos
que pedirte un favor. Nos gustaría disponer de esta última noche para estar
solos.
Esperaba algún comentario al estilo de "Cabrones, me queréis
echar", pero no llegó. El chavalín se había quedado mudo. Bajó la vista y luego
respondió.
-Está bien. Jordi, ¿a qué hora te marchas tú?
-Después de comer. ¿Y tú?
-Creo que por la mañana, temprano-respondió el menor con
tristeza-. El puto autobús sale a las 7:30.
-Si no fuera porque en el deportivo no cabéis el equipaje, tú
y tu madre… -insinuó Jordi.
-O la puta de mi vieja se podría sacar el carné –concluyó el
menor-. Tenemos que ir a Huesca, de Huesca a Lleida y de allí a Barcelona en
tren. Vamos a llegar que será ya de noche.
Llamaron a la puerta.
-Oye, jefe, a tu madre le van las pollas un montón, ¿no?
–preguntó Ray sin esperar a estar dentro.
-¡Menos que a mí! –respondió el pequeño, recuperando por un
momento el sentido del humor.
-Me ha sobado cantidad –continuó el musculoso-. Para hablar
no hace falta acercarse tanto, y menos restregarse de esa manera.
-¿Qué te decía?
-Me preguntaba si me quedaba en el hotel. Yo le he dicho que
no, que me iba contigo a Andorra. Me ha interrogado sobre los horarios y… sin
darme cuenta me ha liado. Total, que ella y este mocoso se vienen con nosotros
hasta la Seu, donde pueden coger el autobús de la tarde que va directo a
Barcelona.
-¡Cojonudo! Me voy con vosotros.
-Quédate quieto que ahora entiendo por qué eres tan pegajoso.
Iremos en dos coches. Vosotros en el de Sóc.
-No, yo quiero ir contigo- y se lanzó de nuevo a abrazar su
cintura.
-¡Una polla!
-Jordi, vas a ser el último en abandonar la nave –dijo Oriol.
-Bueno.
Esta palabra había sonado muy triste. Abracé al nadador y le
acaricié el vientre suavemente, deslizando ligeramente la mano para rozar las
suaves vellosidades nacientes en su pubis.
-Volvamos al tema. Decía que nos vas a dejar solos esta
noche. Tú sabes que te queremos un montón, pero esta noche tiene que ser
nuestra, ¿vale?
-Ya lo comprendo –el muchacho estaba desconocido-. La putada
es que yo tendré que dormir solo en mi cama, y os echaré de menos… A no ser que…
-Conmigo no duermes –replicó Ray abiertamente-. Ni loco.
-Bueno, pues me haré una paja a vuestra salud. No, mejor,
tengo unos calzoncillos de Lalo. Los oleré y me pajearé. Me haré cuatro o cinco
pajas. Oye, Ray, ¡regálame unos slip usados!
Y así transcurrió la noche. Ray, en mi habitación, con la
llave y el cerrojo echados, supongo. Oriol en su cama, dándose caña hasta la
saciedad. Y nosotros… abrazados, apretando como si nos faltaran manos, sintiendo
el contacto del otro por última vez en mucho tiempo. Hicimos planes para el
otoño y para el verano siguiente, aunque no con mucho convencimiento. Jordi
ignoraba que su destino estaba lejos, muy lejos, y yo no quería pensar en lo
ingrata que es la distancia.
A pesar de que lo pactado era solamente el contacto de
pieles, nuestros sexos se alzaban como valientes conquistadores. Jugábamos a no
hacerles caso, a ignorar que nuestras bocas se morían por contener carnes
ajenas, que nuestros miembros se morían por asediar terrenos pertenecientes a
tierras prometidas. Las lenguas, en cambio, perseguían una comunicación
integrada por mensajes pretéritos, códigos ancestrales que el amor inventó para
ser compartidos.
Rodábamos a veces para buscar un pedazo de piel no usurpada
aún. Nos lamíamos, nos acechábamos, nos separábamos una pizca para
reencontrarnos y fundirnos en nuevo gesto de hospitalidad recíproca. Así fue
cómo arrastré, casi inconscientemente, a Jordi para que se tendiera sobre mi
cuerpo, boca arriba igual que yo. Pasé mi pene erecto entre sus piernas y me lo
acaricié. Con la otra mano recorrí la exquisita geografía del muchacho, sus
anchos músculos pectorales, su estómago fibrado y plano, su ombligo juguetón y
refrescante. Con la lengua seguía rutas marcadas en su cuello, rastros que se
habían repetido cientos de veces. De vez en cuando recordaba la suavidad de su
pelo contrastando con su enmarañamiento disciplinado, y mis dedos se deslizaban
entre los pelos buscando dar uniformidad a esa falsa desorganización.
Agarré su miembro y me sorprendió su vigor. Su cabeza
descubierta se alzaba desafiante. Mojé mis dedos y le proporcioné un ligero
masaje en la punta. Mi lengua y mis labios se confederaban para obtener placeres
paralelos. Su espalda firme y esponjosa se deslizaba pacíficamente contra mi
pecho. Sus nalgas reposaban tranquilas sobre mis ingles. Los pies se buscaban
para que las rodillas y los muslos se encontraran también. Aprecié y adoré la
calidez de sus huevos, que contrastaban de ternura contra la férrea hinchazón
del miembro. En ese momento se la hubiera comido, pero no hay que abandonarse a
los urgentes instintos.
De pronto alzó el trasero y agarró mi polla para conducirla
al reino de las profundidades. Entró sin dificultad, entera, certificando la
fuerza de la gravedad. Todo el dulzor de las entrañas de mi pequeño me acogía
con delirio y casi me empujaba a iniciar la fricción, pero el resto del cuerpo
que gozaba del contacto se resistía a abandonar el apareamiento. La mano
izquierda seguía una ruta aventurera patinando sobre la piel melosa del niño:
del cuello a los pezones, de los pezones al vientre, del vientre al costado, del
costado a los muslos y camino de vuelta obligatorio. La derecha masturbaba
mansamente el miembro querido, sin las urgencias de los amores ocultos, con el
cariño de gozar de una pieza maestra.
Jordi flotaba sobre mi cuerpo, abandonado como en una siesta.
Contenía mi estilete, pero no mostraba, de momento, la intención de saborearlo.
Ladeó bruscamente la cabeza. Su elasticidad le permitió colocar su lengua a las
puertas de mi garganta. Le acaricié el cuello, que me pareció demasiado tenso.
Giró la testa hacia el otro lado y repitió la incursión. Saboreé esa lengua
impúdica y esos dientes arrebatadoramente perfectos. Y se comenzó a mover.
Abandonó mi boca para lanzar un par de gemidos y se lanzó a cabalgar sobre mi
polla malintencionada. Compartí los movimientos reiterativos, buscando el
recorrido máximo de la cogida. Suspiraba Jordi y yo gemía sobre sus oídos, lamía
sus lóbulos y me concentraba en encontrar la armonía del ritmo, el acople
perfecto. Cuando parecía que el clímax llamaba a la puerta de nuestros sentidos,
parábamos un rato y nos decíamos palabras dulces. Sin salir de mi escondrijo
acariciaba su esbelta anatomía con las manos actuando en una danza simétrica.
Llegaba hasta los muslos y hacía escala en sus testículos, arrogantes y
ardientes. Después llegaba a su pecho y su cuello, y al juntar las manos
apretaba como si quisiera estrangularlo, pero él nada temía: sabía que pronto la
estrechez se relajaría para dejar paso a una nueva y deliciosa caricia.
Volvíamos a la carga en unos minutos, pero no era una montura
salvaje y arrebatada. Era la sabiduría de la madurez, el silencio de la
cognición, el reposo de las lenguas fatigadas. Me clavaba en sus entrañas sin
ansiedad, sin brusquedad, sin descortesía. Se insinuaba de nuevo la proximidad
del evento y huíamos otra vez hacia la tranquilidad, para rescatar más tarde
nuevos empeños y revolver obstinadamente perseverancias espontáneas.
Estuvimos enlazados muchas horas. El cansancio no aparecía,
aunque sí la inquietud por las tres horas de conducción que me esperaban. Por
fortuna, contaría con la colaboración de copilotos que podían velar por mi
serenidad. Cuando nos separamos, los besos y las caricias mantuvieron encendida
la llama del cariño, pero ambos teníamos un pensamiento compartido, a pesar de
la sutileza de nuestro enamoramiento.
-¡Pobre Oriol!
-Es raro que se haya conformado tan fácilmente.
-¿Te imaginas que se hubiera colado y que estuviera aquí,
excitado, contemplando nuestras escenas íntimas?
-He tomado todas las precauciones –aclaré-. Tengo las copias
de las llaves.
-Seguro que lo ha intentado.
-No lo sé. Si ha habido algún ruido, estaba tan concentrado
que no lo he escuchado.
-¿Qué hora es?
-Las cuatro.
-Llevamos cinco horas acostados. Sin parar. ¿Descansamos?
-¿No te gustaría abrazar al pequeño, ahora, entre nosotros?
-Me encantaría.
-Vamos a ver.
Tomé el móvil y llamé al número de su madre. Dejé que sonara
tres veces y colgué. No habían pasado dos minutos y se oyeron unos golpes en la
puerta.
-¡Abrid, que estoy en bolas!
Era verdad. El pasillo estaba desierto y el chaval no llevaba
nada de ropa. Se lanzó sobre Jordi sin pensarlo dos veces.
-¿¡Eh, eh, calma! –reclamaba mi niño.
-¿Cuánto tiempo tenemos? –pregunto el enano.
-Nos levantaremos hacia las nueve.
-Bueno, yo me voy a las ocho. Mi madre ha puesto el
despertador a las ocho y media.
-Muy bien.
-Y ya tengo pensado lo que haremos.
-Nada de sexo –exigió Jordi-; sólo ternura.
-Digamos que sexo tierno, o ternura sexual.
-A ver qué propones.
-Vosotros abrazaros como si fuerais amantes. Yo me escurro en
medio… y ya está.
Su pequeño cuerpo no ofrecía impedimento para que mis brazos
alcanzaran el pecho de mi amante. Echados de perfil, los tres nos restregábamos
con serenidad sincera, conscientes sin embargo de que la excitación no tardaría
en llegar. Mi sexo blando rozaba las piernas de Oriol, y mis labios se cuidaban
de saborear su tierno pescuezo. Él, extrañamente sosegado, hacía lo mismo sobre
la suave piel de Jordi, siguiendo con sus manos rutas por el tórax del nadador,
chocando con las mías de vez en cuando. Estando así se nos ocurrieron algunos
temas de conversación que afianzaron la ternura que respirábamos, pero se hacía
tarde y debíamos dormir por lo menos algunas horas. Cuando el sueño nos vencía
el Jefe se deslizó un poco más abajo, animando con la mano a que mi polla
entrara en él. Fue sutil y delicado, amoroso y sensible. Mi miembro respondió a
la provocación con una dureza inesperada. Un cuchicheo nos informó de la
situación: una doble follada. El culo de Jordi había retrocedido y se disponía a
ser receptivo. Nos encontrábamos nuevamente a las puertas del placer.
Armonizar los ritmos no es fácil, y más teniendo en cuenta la
heterogeneidad de los ejecutantes, sobretodo en lo que se refiere a la masa
corporal. Si yo quería meterla a fondo el empuje llegaba hasta Jordi, pero en el
retorno la polla del enano abandonaba las tenues estancias y debía clavarse de
nuevo. No siempre acertaba en el nuevo brío, así que tuve que ser menos
ambicioso y conformarme en meterla a medias. Sin demasiado esfuerzo conseguimos
compenetrarnos y sentir en profundidad el abanico de sensaciones que nos
prodigaban los rozamientos. Poco tardamos en perdernos en el cosmos lejano y
exótico de la culminación, jadeantes y extenuados, pero casi felices. Nuestra
amistad trascendental y penetrante quedaba rotundamente rubricada, pero la
distancia se interponía pocos pasos adelante, inciertamente amenazadora.
Nos refrescamos un poco y nos dispusimos a dormir, Oriol boca
arriba repartiendo besos a un lado y a otro, contrastando alguna risa contenida
con algún sollozo discreto, en medio de una conversación de susurros y caricias.
-¡Mi madre! –fueron las palabras que me rescataron del sueño.
Miré el reloj y pegué un salto. ¡Las nueve! ¡La madre de
Oriol ya debía haber echado en falta a su hijito del alma!
-¡Mi madre me mata! –resoplaba el chaval-. ¿Cómo regreso yo a
la habitación? ¡No tengo ropa!
A esa hora los pasillos del hotel ya debían estar
concurridos. Intentar llegar sin ser visto era una estupidez. Además la
habitación de Oriol se encontraba en otro piso, el recorrido era largo.
-¡Ponte mi ropa, tonto! –bostezó Jordi.
-¿Y tú, qué te vas a poner? ¿Tienes el equipaje aquí?
-Yo me podré una camiseta de Sóc, como tú el día que
regresamos de la acampada.
-Eres un cabrón. Yo quiero verte el culo por el corredor.
-Tú tienes que largarte –me interpuse-. Tu madre debe estar
haciendo la maleta y ya se debe haber dado cuenta de que no llevas ropa. Si se
imagina que si hijo deambula por las noches sin ropa…
-Eso, le digo que soy sonámbulo y que me he despertado en el
jardín…
-Invéntate una excusa más convincente. Dile que te has
despertado temprano y que has salido a despedirte…
En el momento en que el pequeño salió de la recámara, Jordi
se echó a mis brazos y nos fundimos en un beso largo y confortante. Cuando nos
separamos noté humedad en sus mejillas, pero se giró bruscamente. No quería que
lo viera llorar. Lo agarré por detrás, acaricié su cabello y besé su cuello. No
dijimos nada. No hacía falta. Entonces unas gotas dispersas se escurrieron por
su espalda.
La expedición estaba en formación en el aparcamiento del
hotel: los dos coches en batería, las maletas cargadas en los vehículos, Oriol
alborotando y metiéndose con Ray… Los padres del nadador habían acudido a la
despedida. Fueron realmente amables y me pidieron explícitamente que no perdiera
el contacto con su hijo. Me invitaron a visitar su casa, creo que sinceramente,
una vez terminado el verano. Su hijo tenía la mirada perdida en algún rincón del
suelo. Le di la mano para atraerlo y abrazarlo efusivamente. Sus padres
sonreían. Ray, que lucía una indumentaria que resaltaba su musculatura, le dio
la mano y le tocó amistosamente el bíceps izquierdo.
-La próxima vez que te vea quiero ahí más músculo, ¿vale,
macho?
El muchacho sonrió, pero pronto volvió la vista hacia el
suelo.
Ray salió disparado con su bólido. Yo esperé que montaran mis
dos pasajeros y le lancé una última mirada tierna a Jordi. Los ojos se me
nublaron bajo las gafas de sol. Un gesto, un pensamiento. Abordé el acceso a la
carretera mirando por el retrovisor. Allí estaba él, petrificado, mirando al
suelo. Sus padres habían desaparecido.
Oriol pasó el primer tramo del trayecto cantando. Su
repertorio era extensísimo, y aunque comenzó con alegres canciones de jóvenes,
terminó interpretando las piezas que habían configurado nuestro concierto.
Aproveché para parlamentar nuevamente con su madre para recomendarle unas clases
de música. La charla fue amena, y el pequeño calló para escuchar atentamente mis
alabanzas y las reticencias de su madre. Paramos diez minutos para tomar un café
y luego seguimos. Pensé que el chaval se había dormido, puesto que no lo veía
por el retrovisor interno. Una manita recorriendo mi vientre y bajando
atrevidamente me informó de la situación. Lo tomé como un juego primero, pero
cuando buscó mi cremallera para bajarla le pegué un manotazo discreto. Lejos de
rendirse, repitió las incursiones hasta que consiguió certificar mi erección. Su
madre contemplaba el paisaje distraídamente. Lalo me había dejado casi sin
música, así que no esperaba disponer de demasiada variedad para entretener al
pequeño e impedir que continuara excitándome. Dediqué unos pensamientos al
madrileño y a mi Jordi. Los imaginé jugando y sonriendo, olvidados ya los días
que habíamos pasado juntos. Toqué el botón. Sonó un recopilatorio de Queen, nada
más apropiado para la ocasión:
"Too much love will kill you
If you can't make up your mind
Torn between the lover
And the love you leave behind
You're headed for disaster
'cos you never read the signs
Too much love will kill you
Every time"
La mano seguía recortando la forma de mi polla. Abandonó el
recorrido al llegar a los huevos para reaparecer en el elástico de los
pantalones que calzaba esa mañana. Penetró con habilidad bajo la tela y palpó la
humedad de mi capullo. Desapareció de improviso, pero no me costó demasiado
imaginar que se había llevado el sabor de los líquidos preseminales a la boca.
Era un pequeño cerdote. Pronto volvería a la carga.
En Pont de Suert hicimos una parada técnica. Ray nos esperaba
en un bar de la carretera. Su coche nos había anunciado su posición. Algunos
chiquillos merodeaban alrededor del vehículo, disfrutando de los detalles. Pensé
si pedirle prestado el carro a mi musculoso amigo, si es que se confirmaba que
atraía tanto a los jóvenes. Tomamos unos refrescos y nos relajamos un rato. La
madre del enano comenzó a explicar historias de su vida de casada, y de cómo era
de duro criar a un renacuajo como el suyo desde que murió su marido. Oriol
desapareció nada más intuir el tema y Ray también me dejó en la estacada. Yo
resolví la situación animando a la pobre mujer para que contara conmigo para las
vacaciones de su hijo durante los años venideros. No pude evitar imaginarme al
Jefe con quince o dieciséis años, con su cuerpo despampanante, su cabellera
rubia y sus ojos azules incitando al personal. Me relamí conscientemente.
Cuando salimos, Oriol había convencido a Ray para que le
dejara acompañarle. Sólo faltaba el permiso materno. La mujer lo pensó un rato
sin decir nada, el rato que yo necesité para lanzar una mirada suplicante al
culturista, que él entendió perfectamente.
-Mire, señora, hace años aprendí de Sóc algo importante:
cuando conduces con niños como pasajeros debes extremar las precauciones y
moderar estrictamente la velocidad. No llevaremos prisa.
De esta forma la señora pudo amenizar con sus charlas
interminables el tramo de carretera sinuosa y desmantelada que tocaba hasta
Pobla de Segur. Esperaba encontrar allí el llamativo vehículo de mi amigo, pero
por lo visto había seguido hasta Sort. Eran casi las doce. En la gasolinera que
se encuentra en la carretera de La Seu nos tropezamos. Él ya había repostado, y
no esperó que yo lo hiciera para reemprender la marcha. Casi eché de menos la
mano de Oriol recorriendo mi paquete durante el último tramo, que se me hizo
interminable. Llegados a la ciudad, buscamos la parada del autobús que lleva a
Barcelona. Allí nos esperaba una nueva despedida, pero el muchachito no estaba
triste. Sonreía y se tocaba el bolsillo donde llevaba el teléfono móvil que le
había regalado la tarde anterior. Era un secreto entre nosotros. Su madre jamás
debía saber que tenía una vía directa de comunicación conmigo. Dado el carácter
represivo que había mostrado en tantas ocasiones, en la vida hubiera permitido
que su hijo dispusiera de tal lujo. Como era de esperar, resultó tan cursi como
la mayoría de las madres:
-¿No le vas a dar un beso a Sócrates?
El enano se lanzó a mis brazos y tuve que agarrarle del culo
para que no resbalara. Me propinó un sonoro beso en cada mejilla, pero
aprovechando que su madre estaba en un ángulo donde no podía verle el rostro,
pasó de un lado a otro con la lengua fuera, dejándome una humedad que despertó
sensaciones en mis apéndices. Sin secarme, estreché la mano de la señora y me
preparé para la última despedida. Los ojos del rubito desprendían un brillo
especial cuando desde la ventanilla me saludó. Sonreía. No sabía muy bien por
qué, pero no me cabía duda alguna de que cuando llegara a su casa se encerraría
en el baño y me llamaría.
La sonrisa cristalina del delicioso niño no compensaba mi
inmenso vacío. Afortunadamente contaba con el apoyo de un amigo que podía ayudar
a que resultara más llevadera la bajada de ese estado de euforia extraordinaria
que había presidido mi estado de ánimo en los últimos treinta días. Noté el
brazo de Ray sobre mi hombro.
-Bueno, por fin podré tenerte sólo para mí –comentó
mordazmente.
Diez años de mi vida cruzaron a toda velocidad por mi mente:
la adolescencia de Ray, la dedicación que solicitaba, sus mentirijillas
inocentes, sus obsesiones de niño mimado, su crecimiento progresivo, su cuerpo
desafiante que cada vez que abrazaba encontraba más grande, su polla grande y
recta que nunca había dejado de saborear, sus provocativas caricias, ese culo en
el que sólo me dejaba entrar en contados casos… Estar con Ray podía ser un buen
consuelo, ahora que parecía un hombre entregado a disfrutar de la amistad en
igualdad de condiciones.
Los típicos atascos nos recordaron que estábamos en Andorra.
Ya ara tarde cuando llegamos a un restaurante bastante vulgar. Yo estaba poco
comunicativo, reservando casi exclusivamente mis pensamientos para los
muchachos. El culturista creyó que podía distraerme sacando a relucir viejas
historias llenas de comicidad de nuestro pasado común, aventuras que fácilmente
atraían las carcajadas. Fue una buena terapia por un rato, pero luego la
melancolía me envolvió de forma inevitable. Mi amigo respetó mi estado y guardó
silencio. Decidí acompañar el café con un licor digestivo y él me imitó. Pero un
comentario desafortunado e imprevisto se clavó como una lanza en mi corazón.
-Eso que haces de liarte con chavales puede resultar muy
peligroso.
No respondí. Lo miré a los ojos, esos ojos cálidos y amables,
color miel, que me amonestaban inexplicablemente. Él continuó:
-No es normal, no puede ser normal.
Ray jamás se había mostrado arrepentido de su antigua
relación conmigo, por lo que yo había imaginado que comprendía que la situación
se pudiera repetir con otros chicos. Me chocaban esos reproches fuera de lugar.
Pero él seguía insistiendo:
-Lo de Lalo, mira, él es como yo, más maduro de lo que
corresponde a su edad, y puedo medio entenderlo: un desliz, las circunstancias…
Es fácil caer cuando te sientes encumbrado, cuando ves que hay alguien dispuesto
a entregarse a ti, que te inspira confianza y te apoya… Bueno, ya se le pasará.
Se hizo un silencio sospechoso pero transparentemente
provisional. Y las recriminaciones continuaron:
-Pero Jordi, un chaval del todo inocente, y ese pequeño… eso
tiene que ser una perversión.
-¿Serviría de algo que te dijera que Oriol fue quien comenzó
el contacto explícitamente sexual? –corté.
-¿A su edad? Se ve a la legua que le has enseñado todo lo que
sabe.
-Ray, me alucina que tú me digas esto. Tú que conoces
perfectamente mi trayectoria, mis estrategias, mis aficiones, mis sueños, mis
frustraciones. Tú que has disfrutado de mi cariño intenso y entregado sin
esperar mas que algunas caricias de tu parte, sin ver plenamente consumado lo
que se espera que sea el amor entre hombres. ¿Debo entender que rechazas todo lo
que hemos vivido durante diez años? ¿Debo entender que tus abrazos eran
postizos? ¿Qué tus estancias a mi lado eran forzadas? ¿Acaso te obligué siquiera
una vez a estar conmigo, a seguir a mi lado, a compartir una amistad que se iba
fraguando gesto a gesto, año tras año?
Él no respondía. Jugaba con los vasos y tenía la mirada
perdida. No alzó la vista para continuar sus reprensiones:
-No es normal que un chico de esa edad mantenga relaciones
con esa naturalidad.
-¿Insinúas que lo he pervertido? ¿Así, deliberadamente?
-Sí.
-¿Y lo que has visto estos días, precisamente esa
naturalidad, esa ausencia de presión, esa libertad absoluta con que todos nos
comportábamos cuando estábamos juntos, no te dice lo contrario?
-No.
-¿Ni la libertad de que tú gozabas durante meses y años, a mi
lado?
-Yo podía haberte hundido.
El comentario fue como una puñalada. No podía dar crédito a
mis oídos. Ray nunca me había increpado por quererle. Vivíamos a quinientos
quilómetros de distancia. En diez años, una sola vez estuve en su casa. Él, en
cambio, había pasado largas temporadas en la mía, a veces veranos enteros.
Siempre había acudido voluntariamente. Capté el tono de amargura en mi voz
cuando le pregunté.
-¿Por qué no lo hiciste?
Tardó en responder.
-No lo sé. Supongo que te apreciaba. Necesitaba tu apoyo.
-Déjame que te recuerde que tus padres pasaban de ti, que en
el cole te tenían por loco, que no tenías amigos, que eras un adolescente
complicado… En fin, que sólo podías contar conmigo.
-Por eso mismo. Supiste captar mis carencias y darme lo que
me faltaba. Así me tenías pillado. Como a Oriol.
-¿Eso crees?
-Sí. A él le falta la referencia de un adulto masculino. Tú
puedes llenar ese hueco, pero eso no te da derecho a acostarte con él.
-¿Aunque él quiera vivir ese extremo? ¿Aunque reclame a
gritos que lo abraces, que lo beses, que le des placer?
-Se ha visto arrastrado a ello. Ese clima de confianza que tú
sabes generar tan bien… arrastra a cualquiera. No tiene defensas.
-El otro día no decías lo mismo cuando les contabas a los
chavales cómo comenzó nuestra relación. Tal cómo lo describías, me sentí
orgulloso de haber ocupado ese espacio en tu vida, de haber sido importante para
ti en una etapa difícil.
-No sé…
-¿Mentías entonces o mientes ahora?
-No sé… Tengo mucho que agradecerte, pero… me gustaría que
sólo hubiéramos sido amigos… sin sexo…
-Reniegas del sexo… ¿Incluso de la muchas veces que me has
utilizado para proporcionarte placer?
-Tú también has disfrutado.
-No siempre. Muchas veces me he sentido un simple objeto para
tu autoafirmación, para tu complacencia. Y lo hemos comentado. Incluso me
llegaste a pedir perdón.
-Pero yo te hablo de Oriol, eso no es bueno. Debes dejarlo,
no engañarlo…
-No sabes lo equivocado que estás. No sabes la capacidad de
provocación que encierra el chaval y…
-Eso tiene que ser una enfermedad. ¡Y tú no eres precisamente
una vacuna!
-Soy un virus que agrava los síntomas, ¿no?
-Mmmm, sí.
Me levanté y fui a pagar la cuenta. Mientras esperaba el
ticket observaba los fuertes brazos de aquél ser que de repente se había alejado
a millones de quilómetros. Veía su pecho esbelto sobre el que me había recostado
cientos de veces, veía sus fuertes muslos y su regazo, su deseado paquete que me
había obsesionado durante años, esos labios que me habían besado y ahora me
insultaban, ese pelo que había acariciado… estaba bellísimo, quizá más bello que
nunca.
Hubiera entregado mi vida a cambio de una sonrisa y del
simple comentario: "es todo mentira, tonto". Pero él seguía allí, mirando
estúpidamente hacia la mesa. Me acerqué y le dije, casi sin detenerme:
-Que te vaya bien.
-¿Te vas?
Alzó la mirada sólo un instante. Sus ojos ya no eran color
miel, sino color lejanía; su voz ya no sonaba firme y transparente, sino
distante y callada.
Cuando llegué al túnel del Cadí yo llevaba mucho tiempo
encerrado en otro túnel, apagado el ánimo y acuchillada la esperanza… Mi mundo
se resquebrajaba, y aunque pretendía conducir mis pensamientos hacia la dulzura
de Jordi, la seguridad de Lalo o la picardía de Oriol, lo que más pesaba era esa
extraña discusión que acababa de vivir. Germán me llamó, pero dejé que el
teléfono sonara y sonara. La vista nublada, la carretera era una cañada por la
que me deslizaba mecánicamente. No podía asumir que diez años se esfumaran en
diez minutos.
Cuando llegaba a Berga se me hizo la luz, las lágrimas se
secaron y me retornó la autoestima. Intuía que muy pronto recibiría una llamada
que lo cambiaría todo.
Podéis seguir las vivencias de Sócrates el la siguiente
serie: El héroe inconsciente.