Las mariposas de colores.

Las ventanas estaban cerradas. Hacía mucho calor, y decidimos
ir a dar una vuelta que nos llevó a una playa cercana, no muy lejos de donde
vivíamos pero que en aquella época del año y a la hora que era, estaba
solitaria.
Paseamos por la orilla, la brisa acariciaba nuestros cuerpos
a través de la ropa. Penetraba por todos los lados, recibiendo una bocanada de
frescor.
Iba cayendo la tarde suavemente, y a medida que el sol se
apagaba en el agua aparecían colores por todos los lados, rayos de colores nos
atravesaban produciéndonos un cosquilleo que recorría la columna de abajo a
arriba, erizando la nuca y saliendo por encima de nuestras cabezas.

Millones de colores, millones de combinaciones, infinitas
mezclas que resultaron ser infinitas mariposas que a su paso dejaban este ritmo
junto con un suave aroma, dulce y desgarrador, armonioso, transgresor.
La arena nos acogió con dulzura, abrazando nuestros cuerpos.
Nos sumergimos en un mar de colores y nos besamos, nos besamos.
Decidimos pasar allí la noche. Seguimos besándonos mientras
colocábamos unas telas en la arena, pronto estabamos desnudos. Parecíamos seres
de otro sitio, habían quedado una especie de restos de colores en nosotros que
nos hacía brillar de una forma especial en una noche de día. En realidad
llevábamos impregnado aquel aroma que dejaron a su paso las mariposas en forma
de colores. Aquella sensación que ahora nos sobrevenía con mas fuerza y más
profundidad que antes. Nos abrazamos y volvimos a besarnos. Nos acariciamos, nos
dejamos invadir por aquella combinación de colores que nos transformaba y nos
unía. La luna jugaba con nosotros y nos hacia desaparecer, llevándonos a un
jardín de placer. Hicimos el amor en ese jardín, en todos los sitios, en todos
sus rincones. Estabamos ahí los dos, al mirarnos sabíamos que sentíamos lo
mismo, excitación, excitación al lado de la conmoción, locura encordada, fuego
azul.
Fuimos donde quisimos, llegamos a los más recónditos lugares,
y allí solo nos dimos placer, disfrutando mas y más, sin cansarnos, con calma.
Dejamos de ser nosotros, ya no éramos dos, no éramos nada y éramos todo.
Dejábamos que la excitación nos llevara hasta unos limites infinitos, donde
antes no habíamos estado y donde no se veía el fin. Flotábamos con el aire,
pertenecíamos a él... Eramos el espejo de las mariposas que nos habían dejado
ser ellas durante un instante que duro toda la noche. Y volamos, no paramos de
volar mezclándonos sin parar ni un instante. Incapaces de controlar aquel fuego,
y sin ningún deseo de hacerlo, sobrevolamos unos lagos inmensos donde nos
zambullimos transformando su color cielo en un mosaico de colores que nos llevo
al desmayo.
Cuando al amanecer oímos las gaviotas nuestros cuerpos aun no
se habían separado, nos quedamos un rato disfrutando y riéndonos de aquella
situación. Volvíamos a casa recordando la noche... teníamos gusanos de seda.
