El e-mail del lunes.
Miro tus fotos. Dices que has bebido más de la cuenta. A
pesar de tu comentario estás preciosa encima de la cama, con tu ropita interior
blanca, ataviada como una burguesita adinerada. Dices que en ese momento, con
tanto alcohol, tus defensas están bajas. Tu libido por el contrario muy alta.
Llevas días meditando el cómo lo harás. No te gusta. De acuerdo, pero no puedes
negarte. No porque te obligue nadie, sino porque tú misma no te quieres privar
de tu propio placer. Estás ansiosa por experimentar, por disfrutar, por
descubrir que se siente siendo una guarra, por sentirte una puta.
Aun recuerdas ese instante. Una descabellada propuesta. Una
locura. Una estupidez. Nadie te forzó, nadie te presionó ni te obligo. ¿Nadie?.
Como si tu necesitaras que te empujaran para saber lo que es el vértigo. Dame
tiempo. Dame tan solo veinticuatro horas. Ni tan siquiera dijiste que si o que
no. Un escueto e-mail fue la contestación. Una foto la contundente prueba.
No te agrada la entrega. Te resistes, te rebelas; Llevas años
haciéndolo. Confiesas que ya ni distingues con qué obtienes más placer si con la
lucha en si o simplemente con saber que tendrás que luchar, que resistirte.
Es cierto que pasó tiempo, es cierto que tienes sexo con tu
marido, pero descubres que es esa extraña turbación que identificadas con el
placer la que mueve a actuar, la que te provoca, la que despierta tus más
singulares instintos. Es entonces cuando tú misma lo reconoces. Miras
tranquilamente al espejo y subiendo las manos desde las caderas por el contorno
de tu cuerpo hasta llegar a tus pechos lo dices en voz alta: eres una puta. Es
entonces cuando aceptas todo lo que te proponga y me pides que juegue contigo,
que te de ese morbo que no tienes pero que tanto ansias.
Sí, tú sola te lo preguntas. "A ver, so guarra, ¿por qué
protestas tanto si acabas haciéndolo? ¿Qué pasa, te gusta resistirte o te gusta
ser derrotada?". Bobadas. Filosofía barata. Te gusta hacerlo y punto. Te
cuesta reconocerlo y por eso buscas una excusa. Disfrutas haciéndolo y necesitas
engañarte diciéndote a ti misma que yo te domino, que te han ganado la batalla.
Sí, ese es el juego que te gusta, por mí no hay inconveniente. Tú misma.
Juguemos. Yo sólo te digo una cosa: a los hechos me remito. Y si no me crees
mírate ahora.
Sí, guarra, mírate ahora. Si nada más dejar a los niños en el
colegio, te metes en cualquier sitio para ya sabes tú qué. Me has contado que te
costó decidirte, que dudaste hasta aquel día en que por fin entraste en una
cafetería. Luego se te ocurrió. Llamar a un timbre: carta del banco me abre por
favor, dijiste fingiendo un poco la voz. Y dentro del ascensor te las quitaste.
Desde ese día te fuiste lanzando y ahora cualquier portal es bueno para hacer de
vestuario.
Es más te excita más el morbo de que cualquier vecino pueda
bajar y pillarte.
Allí en la penumbra te quitas las bragas. Al principio de
forma precipitada. Ahora recreándote con cada movimiento, con cada sensación,
con cada roce de la tela con tus muslos desnudos. Eres consciente que el día
menos pensado lo harás en la calle.
A veces has llegado a quitarte hasta el sujetador, y algunos
días, si estás especialmente contenta, haces oscilar los hombros para que las
tetas bailen libres bajo la blusa, aunque reconoces que eso puedes hacerlo
menos, porque luego, claro está, te lo tienes que poner antes de entrar en la
oficina y a veces es más complicado. Lo comprendo.
Te negaste a aceptar mi orden. Lentamente sin que yo te
presionara se fue metiendo en tu cabeza. Ahora te diviertes haciéndolo. Y hasta
estás maquinando cómo usar a tu marido –porque lo has usado, aunque él no lo
sepa-. Si. Sé que estás maquinando como usar a tu marido. Como si fueras la
Lucrecia Borgia del sexo preparas tus taimadas artimañas. Estás harta de ser tú
la utilizada, la manipulada, y ahora te vengas buscando tu placer.
Sí, sé que le has contado una película tremenda. No sé cómo
se te ocurrió, ni como fuiste capaz de contárselo. Seria, sin inmutarse. Lo has
estado pensando, hay que hacer caso a los ecologistas y usar más el transporte
colectivo. Se gasta menos, se contamina menos.
Eres terrible. Me encantas. Tu morbo, tu ingenio. No me
equivoqué contigo: Taimada, astuta, ladina. Traviesa y marrullera según requiera
la ocasión.
Me cuentas que te miró como diciendo: "Qué tía tan rara,
allá tú; a mí qué me cuentas. Yo seguiré acudiendo al trabajo en mi coche. Haz
lo que quieras". Y vaya si lo hiciste.
Los primeros viajes fueron emocionantes. Te latía el corazón
a toda velocidad. A punto de salir por la garganta. Y eso que sólo fueron leves
roces.
Pero fue suficiente, llegaste al trabajo caliente como una
guarra. Al acabar tu jornada bajaste apresuradamente las escaleras y fuiste a tu
cafetería preferida. Allí en sus servicios tal y como yo te he ordenado que
hagas siempre, te desnudas entera y te masturbas. Aunque no sea verano habrá que
depilar otra vez el coño, piensas.
Hoy te has sentido tocada, usada por una mano furtiva y eso
que solamente ha sido el culo, pero esos breves instantes, han sido suficientes.
Ya es imparable. Tienes que hacerlo. Quieres hacerlo. Además yo te he pedido
unas fotos: "Quiero las fotos más guarras que puedas, te quiero ver expuesta, te
quiero ver follada, en una palabra, te quiero echa toda una puta. No me importa
ni cómo ni quien te las haga". Quiero pruebas.
Otra vez los nervios. La lucha interior. Sí, No… Los
insultos. Hijo de puta, sabe que no me gustan las fotos y no para de mandarme
hacer fotos. Sabe que no me encuentro favorecida y no hace más que pedírmelas. Y
cada vez un poco más fuertes, más raras, más extravagantes. El cabreo monumental
que hace que dentro de tu cabeza me mandes una y mil veces a la mierda, pero que
lentamente va dando sus frutos. Cada hora que pasa la semilla sembrada la hace
crecer. La ansiedad te va devorando. El miedo se mezcla con el valor. El placer
pugna con la sensatez en una batalla perdida de antemano.
Es sábado por la tarde. Y allí está el. Mirando con cara de
besugo la televisión. Sin hacer nada de nada. Sólo con una insulsa mirada.
¿Pondrá esa mirada cuando se cepilla a sus amantes? Sonríes con ironía. Adivino
el brillo en tus ojos. Algo se cuece en tu cabeza. No me cabe la menor duda que
algo se cuece en tu cabeza. Y eso que me has mandado un único mensaje al móvil.
Dos letras. Una contraseña, un código. VT recibo en mi móvil. Sé que el juego ha
comenzado.
El lunes me explicas en un profuso correo. Preparas el
ambiente y tu estrategia. Me describes el campo de batalla. Tarde de
aburrimiento. Televisión y una copa en casa.
Le he dado a leer un cuento erótico. Como que me ha llamado
mucho la atención. Una joven que trabaja en una inmobiliaria, se disfraza y va a
enseñar un caserón del siglo XVIII. Allí es sobada por unos semi desconocidos,
que la atan a una vieja cama de barrotes. Allí, atada e indefensa, es penetrada
por todos ellos, bueno penetrada no es la palabra, es violada e incluso azotada.
Y lo que me llama la atención es que sorprendentemente, disfruta con ello. El
cuento es súper conocido, la historia poco original pero tú le haces hablar. Y
hablar. Le preguntas si le gusta, si le excita. A ti no. No te hace gracia,
hasta refunfuña y él trata de convencerte de que ese juego podría ser divertido.
Sin que sea consciente de ello le llevas a tu terreno. ¿Qué
encuentras divertido?
¿Te atreves? Te reta, y tú -me dices- te dejas convencer.
Al final, para que no sospeche nada, pones carita de niña
buena, de esposa sacrificada y resignada que le concede ese capricho a su
marido. Hay que ver qué de sacrificios tiene que hacer una, dices, según tú,
poniendo voz de película de los años cincuenta en blanco y negro.
Y sigues manipulándole a tu antojo. Le provocas. Dejas que te
sirva otra copa. Se cree el dueño de la situación. Reinicias la discusión. No lo
entiendes, no comprendes cómo esa chica pudo disfrutar de ese momento. Dejándose
tocar por desconocidos. ¿Dónde se habrá visto eso? Y de nuevo él intenta
explicártelo, y de nuevo te reta, de nuevo te recuerda que lo harás, que le has
concedido ese capricho. No, si hasta querrás hacer fotos del inolvidable
momento, dices escandalizada y con la voz cargada de cinismo. Sabes
perfectamente que te las hará y que esa idea jamás de los jamases se le hubiera
ocurrido a él. La araña sigue tejiendo su red.
Y de nuevo, como concediéndole otro capricho, le permites que
escoja tu ropa interior. Naturalmente lo has preparado todo para que él no dude
en señalar el liguero que tu quieres. Hasta en esos pequeños detalles has
pensado. Refunfuñas, pero cedes y permites que te fotografíe antes de salir de
casa sin bragas, levantando la falda para que se vea que tan solo llevas un
liguero, pero que estás muy sexy. Una foto de frente. Otra de espaldas.
Cuando llegas al portal, das marcha atrás. Finges no
atreverte. Vas a subir a casa, te vas a dar la vuelta. Se enfada. La discusión
es breve, pero para compensarle le permites que te fotografíe subiendo las
escaleras. No puedo evitar reírme. Hace tiempo que me prometiste esa foto. Eres
increíble.
Nada más entrar te recuestas en la puerta. Tienes que tocarte
el coño. Reconoces que estás excitada que el juego te está poniendo muy, pero
que muy cachonda.
Cierras la puerta ruidosamente y sales a la calle con bragas.
¿Por qué has cambiado de opinión? Te pregunta. Si no fuera porque puede
descubrir tu juego, hubieras explotado a reír al ver el gesto de contrariedad de
tu esposo. Refunfuña. Contigo no se puede hacer nada, te recrimina con un tono
en el que se mezcla el enfado y la decepción.
Pero tú sabes como dominar la situación. Dos carantoñas y
dices, fingiendo una derrota, que está bien, que le prometes quitártelas en un
bar. Por un momento ha dudado, ha visto como su fantástica fantasía erótica
peligraba. La lujuria brilla en sus ojos y la partida es tuya. Has ganado y
apenas ha empezado el juego. Te gusta pero te fastidia, te hubiera gustado algo
más de resistencia, algo más de lucha.
Caminas sonriendo al baño mientras pide dos copas, la tuya
por supuesto más cargada de lo normal. Sabes de sobra que hará eso aunque tú no
lo veas. ¡Iluso! Se piensa que vas al baño para quitarte las bragas, ¿sólo las
bragas? Si te vas a desnudar entera solamente por sentirte una guarra. Desde que
te mandé la primera vez desnudarte en los baños públicos para que te metas de
todo en el coño no has dejado de hacerlo.
Tienes pensada la excusa: "ya sabes cariño que en los
baños de mujeres siempre hay mucha gente".
No sueles hacerlo pero te has maquillado. Tú sabes el motivo.
Tienes que parecer una puta. Para que no te reconozcan; "por si las moscas",
le dices. Le haces ver que te sientes incómoda con el maquillaje. Parezco una
prostituta, le dices. A esto quieres jugar, le preguntas sumisa. Es bastante
para que él crea que la idea es suya. Siguiendo sus instrucciones y dudando en
cada gesto te has soltado varios botones del escote. A lo mejor es así como le
seducen, como le gustan a él las zorras con las que se acuesta. Una parada de
autobús. Cada uno llega por separado.
Tu marido está muy excitado con un buen bulto enorme en los
pantalones. Mira en tu dirección. Sabes que está celoso, pero morbosamente
celoso y excitado. No os habláis. Sois dos extraños. Montáis en el autobús.
Sabes que disimuladamente te saca otra foto al subir. Cuando no te ve sueltas
otro botón. El canalillo ya supera el límite de la decencia. Un simple
movimiento y se te ve hasta el pezón.
De lejos ve como te rozan. Ves su cara de asombro, de
preocupación. Confiaba en que fuera sólo un juego. No le seduce la idea de que
te soben. Le miras de reojo. Señala la salida.
En la siguiente parada le convences. Es solamente un juego,
no pasa nada. Si tienes que interpretar ese papel, no hay más remedio... pero si
no quiere seguir jugando. Es suficiente la insinuación. Con mirarle a los ojos
sabes lo que piensa, como si pudieras leer su mente. Ese es el precio que tiene
que pagar. Permitir que soben a su mujer. Y lo acepta. Al fin y al cabo no se lo
hacen a él -tan generoso como siempre-. Lo que no sabe es que sin que él te vea,
tú has tocado más de un rabo.
En el siguiente autobús reanudas el juego. Ahora eres más
descarada. Dos pasajeros te han preguntado cuanto cobras. Has quedado con ellos
en un bar dentro de dos horas.
Bajas en una zona de bares. Él te sigue curioso, inquieto.
Por qué no decirlo, con el rabo tieso salido como un perro. Le dejas tomar una
copa de más. Tú haces como que le acompañas pero ahora quien ha jugado con el
camarero has sido tú. Tú por tu cuenta. Que cargue la de él, la tuya lo
imprescindible. Sabes que te ha tomado por una puta que está con un cliente y te
excita.
No cariño, ya he bebido suficiente -le dices a la tercera
copa. Bueno, respondes arrastrando las silabas como cediendo de nuevo, como
concediendo ese capricho. Y la hora de volver a casa se acerca. Camináis por las
calles solitarias. Te levantas la falda. Se ríe medio borracho. Nunca has hecho
eso. Tus nalgas. Tu coño; ¿por qué no tus tetas? Y van tres fotos en mitad de la
noche.
Te lleva a casa. "Estás desatada" -le escuchas decir,
y todo porque en el autobús has sido tú quien descarada le has tocado el paquete
como una vulgar buscona. Él cree que es un juego tuyo, pero no sabe que me estás
obedeciendo, que todos los gestos están descritos en un meticuloso guión que tú
y yo hemos escrito prácticamente a medas, entre tus deseos y los míos.
Te acuerdas perfectamente de la frase. Es más, tuviste que
imprimirla y llevarla contigo doblada dentro del sujetador: Zorra, tienes que
ofrecerte como una vulgar prostituta, te he ordenado, pero hazlo en público.
Y lo has hecho. Lo has hecho sintiendo como el aire penetra
por tu entrepierna.
Sí, eso que te calienta tanto y piensas cada vez que vas al
trabajo a ver si el aire me levanta la falda y me ven el coño. ¡Qué vergüenza!
Llegáis a casa. Está impaciente.
La locura. Metiéndoos mano hasta el portal. Besos en el
rellano de la escalera (¿Cuánto tiempo hacía que no…?). Te dejas soltar la blusa
en el ascensor. Abre precipitadamente la puerta.
Luchas fingidamente y él cree que te ha ganado. Tú le
recuerdas a la protagonista del cuento, si aquella chica que trabajaba en la
inmobiliaria, sí hombre si, la del cuento, la que violaron atada a los barrotes
de aquella cama vieja. Tu marido recuerda el cuento. Gracias a él, surgió la
idea del juego. Gracias a él está teniendo esta noche tan morbosa.
Y él corre hacia las cortinas. Con teatrales gestos agarra el
cordón que las sujeta. Corréis un poco por la casa jugando al corre que te
pillo. Al final te alcanza. Te arrastra hacia la habitación y te desnuda con
cierta violencia. Sólo el liguero. Todo lo demás estorba. Te hubiera gustado
tener bragas para que te las arrancara, aunque eso ya no lo hace desde que
fuisteis novios. Sujeta con fuerza tu muñeca y la atrae hacia sí para atarte. Su
corbata será la que ate la otra mano.
Si, te ata a la cama. Tumbada boca abajo. Sabes que ha sacado
una foto a tu culito. Tus nalgas miran hacia el techo. Esperas que por fin se
decida, pero sólo te las toca, sólo te las soba toscamente. Tú deseas que te las
toque de otra forma. Con ansia, con fuerza, sin piedad ni consideración.
Clavando los dedos en ellas. Como te hicieron en el autobús. Y, por qué no, unos
buenos azotes no estarían de más. Lo deseas, te gusta mezclar el dolor de la
humillación con el placer de sentir cómo su pene te destroza el culo.
Pero no. No te hace nada de eso, no sucede nada de nada.
Alguna foto. Solamente alguna foto. Sí, tienes que ser tu quien abra
obscenamente las piernas para que tu coño asome provocador bajo tus nalgas. Pero
ni aun así despiertas su adormilada libido.
Sabes lo que yo haría. Sabes que mi cinto marcaría tus
nalgas, que no te usaría hasta haber oído el sonido seco del cuero estrellándose
en tus glúteos, hasta haber cambiado el pálido color de la piel de tus nalgas
por el intenso carmesí, hasta que estuvieran enrojecidas.
Sí, lo sé. Incluso sé que tú, sin pedirlo, me abrirías un
poco las piernas para que te golpeara en la vulva, para que te diera un par de
veces en ese coño de guarra que tienes.
Pero él no hace nada. Se tumba encima de ti y sólo te
penetra. ¡Menudo violador! Ni siquiera te ha amenazado con su polla tiesa, ni
siquiera te la ha enseñado. Ni siquiera la ha pasado por tu cara.
No es lo que deseas. Tú quieres más y te imaginas que estoy
allí. Tu marido se limita a introducir su órgano viril en tu vagina para
copular, para realizar el acto sexual, para consumar el debito conyugal. Antes
no sólo era suficiente. Antes te gustaba. Te llenaba y no pedías más. Ahora no,
ahora tú quieres más, tú quieres un rabo que te taladre, que te perfore, que te
haga gritar como una perra, que penetre en ti rompiendo el coño, que te haga
sentir la mujer sometida que tanto te excita imaginar.
Sabes que yo te penetraría. "Abre las piernas, zorra",
y me da igual que me obedezcas o no. Te separaré los muslos. A la fuerza si es
necesario. Sí, tirando de los labios de tu coño si es preciso y te meteré el
rabo con fuerza, con vigor para que chilles. No te daré placer, ¡puta!, no te
haré gozar, únicamente te humillaré con la penetración. Sólo poseeré tu coño y
le haré mío antes de poder agarrar tus tetas, antes de estrujarlas, de lamerlas,
de retorcerlas, de ordeñarlas.
Sabes que tengo ganas de poder jugar con tus pezones. Sí,
guara, jugar con ellos, con los dedos retorciéndolos, con los dientes
mordiéndolos, estirando de ellos, rodeando con la punta de mi lengua la aureola
y dibujando su forma circular. Quiero lamer tus tetas enteras. Sí, zorra, que mi
boca, que mi lengua disfrute de tu sabor antes de que la tuya pruebe el sabor de
mi polla.
Sabes que en ese instante la corbata de tu marido será mi
correa. Y la usaré para atraerte hacia mí. Y mi polla se meterá invadiendo tu
boca hasta llenar tu paladar de mi sabor.
Sabes perfectamente que allí me vaciaré. Sí, guarra, sí.
Hasta que no lo pruebes no perforaré tu entrepierna, ni te sodomizaré sobre la
mesa de la cocina. Sí, porque yo no sólo te ataré en la cama como hace tu marido
pensando que es él el que juega, que es el dueño y señor de tu cuerpo. Yo ataré
tus muñecas. Ya sabes que rodearé tu cuello con su corbata y la usaré para poder
llevarte a gatas hasta la cocina, o hasta tu salón. O la usaré para sujetarte
mientras te follo en tu sillón favorito levantando tus rodillas hasta mis
hombros.
Y justo cuando te imaginas tumbada sobre mis rodillas con mis
dedos horadando corruptores tus orificios, sientes el calor de tu marido. Su
semen, el que te ha preñado ya más de una vez, llena tu coño. Esa noche su polla
hubiera podido escupir sobre tu rostro y tú hubieras recibido sumisa su
humillante ducha de semen. O hubiera podido llenar tu boca, o derramarse sobre
tus senos.
No han pasado ni diez minutos y su agitada respiración te
dice que ya sueña profundamente. Hoy te importa menos. Hoy es casi un alivio. Le
miras sonriendo irónica. Él parece saciado. Tú aun tienes que jugar con tus
dedos, porque tú estás en otro juego. Y enroscas una muñeca en el cordón de las
cortinas para imaginar que yo te he atado. Si no, no puedes alcanzar ese orgasmo
que tanto te intranquiliza.
Observas a tu marido dormido una vez más. ¡Ignorante!
Sigilosa te levantas. Él muy ingenuo te ha fotografiado en todas las posturas.
Si supiera que las fotos que te ha hecho son para mí... Si supiera que esas
imágenes que muestran todo tu cuerpo, que me enseñan cómo te poseen, me harán
disfrutar. Dijo, medio en broma, que era para chantajearte, como si el dominara
el juego. Iluso. Las descargas tranquilamente en el ordenador. No se dará ni
cuenta. A lo mejor hasta orgulloso y presumido se las enseña a algún compañero
en la oficina y presume de ardiente mujercita, de machote, de dominarte. Puede
que hasta se haga una paja mirando tu cuerpo, recordando que esa noche, gracias
a su ingenio te medio emborrachó y estuviste más animada que de costumbre.
Aunque no creo; no creo que tenga imaginación para eso.
Ignorante... ¡Si él supiera!...
Te basta una mirada, una simple negativa, el mínimo gesto de
rebeldía para que él se detenga, para que su fuerza se diluya por la boca, para
que su erección desaparezca. Sí, eres tú quien ha dominado el juego, quien le ha
arrastrado en todo momento. Pero es mejor así. Me dices. Y es cierto. Astuta,
pícara. Y consigues lo que buscas. Regresas a la cama tan tranquila, con la
satisfacción del deber cumplido. Mentalmente dices la estúpida frase y te ríes.
El lunes recibiré un e-mail. Un guión de cómo se hicieron
esas fotos tan guarras, tan soeces, tan excitantes. Y sonríes orgullosa y
contenta. Es tu parte del juego. Sabes perfectamente que lunes tendré que
esperar a poder estar solo unos instantes, para poder acariciar mi excitada
polla mientras te veo desnuda, mientras te veo en esa foto acariciar el rabo
fofo de tu marido dormido.
perverseangel@hotmail.com &
undia_esundia@hotmail.com