Seis meses y pico después del accidentado enlace, nació una
preciosa niña.
¿Tanto despotricar de los enanos…y ahora se nos pone
sentimental el pollo?. Vale, digamos que me dejo llevar por el instinto paternal
y exagero un poquito. La verdad es que todos los enanos me parecen iguales,
clones de Yoda, el de fino cutis del Imperio Contraataca, hasta que adquieren
rasgos vagamente humanoides, dos o tres meses después.
Pero hoy puedo decir con orgullo que la enana, con veinte
tacos recién cumplidos, se ha convertido en un "pibón" que quita el hipo y,
además, inteligente y manipuladora, con carácter y bastante mala hostia,
independiente y seductora, con sentido común y poca paciencia para aguantar
idioteces. No me extraña que vaya dejando un rastro de corazones rotos y egos
malheridos…para consternación de su madre y regocijo de su padre.
Pero éstas son las memorias del menda y no voy a dejar que me
robe protagonismo la enana, aunque la mayor parte de la audiencia encontraría
sus andanzas mucho más jugosas que las mías.
Retomando el culebrón, después de la detención ilegal del
novio a la fuga.
Convencido de que no era un yerno de fiar (¡dónde se ha visto
dejar plantada a la novia la noche de bodas…y la siguiente también!), el suegro
incrementó las medidas de seguridad hasta extremos de paranoia: el entrenamiento
de los perros paso a consistir en destrozar un maniquí con una de mis camisas
puestas, las llamadas telefónicas que hacía las supervisaban y la
correspondencia que recibía y emitía era censurada. Sin móviles ni internet,
empecé a plantearme la cría de palomas mensajeras.
El enfado de Marisa duró lo que tardaron en sanar los puntos
de su maltrecho culo. La videoteca de mi suegra creció y creció, hasta adquirir
unas dimensiones de respetable archivo. El saber que la vieja grababa todas las
noches, despertó en mí una vocación artística desconocida hasta ese momento,
montando espectáculos al cual más elaborado y cachondo; con Marisa como estrella
invitada, que al no estar al corriente de las aficiones de su madre, actuaba con
gran desenvoltura. (al lector que encuentre excesivamente críptico el párrafo
anterior, le recomiendo la lectura del folletín nº 9:
http://www.todorelatos.com/relato/54503/, y abusando descaradamente, de los
ocho anteriores).
Yo creo que a la vieja se le fue la pinza en algún momento de
los siguientes seis meses. Poco a poco fue montando un estudio de edición de
imagen, empezó a pasarse las noches jugueteando con las cámaras, haciendo zooms,
fundidos…unas virguerías de la hostia. Luego dormía hasta las dos de la tarde,
le daba al escocés y después, antes de que volvieran de sus negocios y sus
clases los dos estorbos, le daba un repaso al menda. Y ya se sabe que éste ritmo
de vida no es el más adecuado para una señora en vísperas de la menopausia.
Cualquier día de estos, termina de patinarle definitivamente
la neurona y me encuentro en la red un video porno con la contraria y conmigo de
protagonistas.
Será mejor que vaya pensando en tomar medidas preventivas y
provocar un incendio; haber si hay suerte y se destruyen todas las copias, todo
ello de forma fortuita.
Sin más distracciones que ejercer el débito conyugal por la
noche y seguir contribuyendo a ensanchar la puerta trasera de la suegra por las
tardes, empecé a aburrirme. Y ya se sabe que, cuando el diablo anda ocioso, con
el rabo mata moscas (dicho popular de los tiempos de mi abuela). Pues yo procuré
encontrar ocupaciones más nobles para el mío.
Aprovechando los condones que le sisaba a Dña. Patricia (la
muy bruja los guardaba y me los racionaba), empecé a hacer buen uso de los
mismos con el servicio doméstico.
Entre las candidatas a considerar, siempre dentro de la casa,
estaban la cocinera, la secretaria particular de Paquito y tres hermanas que se
encargaban de labores diversas. El resto del personal no cumplía los requisitos
mínimos de edad y/o sexo.
La primera aproximación la hice por la cocina, haciéndome el
remolón, dando la lata a la pobre chica para que me explicase los rudimentos
culinarios y aprovechando para deslumbrarla con mi percha, ingenio y sentido del
humor (¡No os oigo, mariconas, más alto!. ¡Señor, si, ingenioso y gracioso,
señor!). Seis recetas, tres docenas de chistes verdes y un par de monólogos
sobre aventuras sexuales después (tres días), hice realidad una de las fantasías
que tenía en aquella época: un folleteo salvaje encima de la mesa de la cocina,
bien rebozados en harina. En fin, tenía esa fijación desde que había visto El
Cartero Siempre Llama Dos Veces.
De todo se aprende. Nunca está de más adquirir nuevas
habilidades. Y lo de saber preparar una cena de postín, cuando la individua de
turno se muestra más remisa de lo habitual a caer en tus garras, nunca falla.
Pero no hay que abusar de las habilidades; enseguida toman el rábano por las
hojas y se creen que vas a cocinar todos los días.
Con el sector de la cocina bajo control, pasé a intentarlo
con los servicios generales de la casa. Que fuesen hermanas las encargadas de su
gestión, entre los veintitantos y los treinta y pocos, con pocos escrúpulos
morales a la hora de alimentar el conejo y casadas las tres, no dejaban de ser
puntos que jugaban a mi favor.
No hizo falta ninguna estrategia especial. Bastó con seguirle
la corriente a un comentario inocente de la mayor, para terminar deshaciendo la
cama que estaba a punto de hacer. No sin antes dejarle el conejito bien
rasurado.
Que eran unas cotillas, me lo confirmó al día siguiente la
pequeña, cuando me dejó encima de la cama la cuchilla y la crema de afeitar. Uno
es un caballero y nunca dejaría a una señora en semejante apuro.
La tercera llegó con él ya rapado, para no perder tiempo.
Con una gran parte del servicio doméstico de mi parte, pude
empezar a sabotear el control de vigilancia. Que fueran ellas las que me
abastecieran de condones, saltándome a Dña. Patricia, cada vez más loca y más
desatendida por mi parte (no busquemos tres pies al gato con disquisiciones de
causa-efecto), no representó ningún problema. Me costó un poco más que pasasen
de contrabando notas y cartas para los colegas (notas para los colegas; cartas
para las colegas), informándoles de mi triste situación (a los colegas) y
apelando a su buen corazón (a las colegas), para organizar una escapadita.
No es que estuviera mal atendido, en todos los aspectos, pero
echaba de menos algún estímulo intelectual.
De tan arriesgadas actividades (mis pelotas seguían estando
en juego, según el cabronazo de D. Paquito), vino a salvarme Elena, su
secretaria.
¿Ésta tiene nombre y los otras cuatro no?. Seguro que si lo
tenían, pero no lo recuerdo. Lo cual me confirma que no soy tan degenerado como
pudiera llegar a creerse. Recuerdo el nombre de una, y no el de las otras,
porque hablábamos de algo más que de follar. Tendré muy sensible la punta del
nabo, pero me pone más una conversación inteligente y el sentido del humor que
una mamada. Cuestión de gustos.
El caso es que, en un principio, no le había prestado la
debida atención. Con la pinta de institutriz victoriana que se gastaba,
reservada, entrando y saliendo del despacho del jefe con cara de ratón asustado,
no despertaba un gran interés.
La cosa cambió el día que coincidimos en la piscina
climatizada. ¡Joder, si cuando se quitaba el moño y las gafas, hasta parecía
humana!. Una humana jovencita, rubia natural, ojos claros, carita de haber roto
un plato en su vida y un cuerpo de escándalo. ¡Menuda sorpresa!.
Procuré tranquilizarme y disimular lo cachondo que me ponía,
entablando una conversación amena, sentados al borde de la piscina y chapoteando
los pies en el agua.
Me contó su vida, lo contenta que estaba con su primer
empleo, lo encantador que era D. Francisco (Paquito, la corregí. ¿Encantador?),
sus aficiones, algún desengaño amoroso…y hasta de literatura me habló. Romántica
e ingenua. Me fijé como meta corregir esos defectillos sin importancia.
Y la poesía vino en mi ayuda. Mediante préstamos de la
surtida biblioteca de la mansión, la fui introduciendo en un mundo nuevo para
ella. Empezando con una selección de Federico G. Lorca y Pablo Neruda, para ir
rompiendo el hielo; Henry Miller, de trópico a trópico, para ir entrando en
materia (¿Cómo que éste no es un poeta?. ¡Para mí, si!); Allen Ginsbreg, con sus
crudos poemas homosexuales y Walt Whitman (también marica, pero eso no se
aprecia en sus poemas, pelín guarros).
Mes y pico después, Elena destilaba feromonas por todos los
poros. Dejó de ponerse los trapos de su abuela y a vestirse como una mujer, la
melena suelta y hasta un poco de color en los labios. Había que darse prisa,
antes de que algún espabilado se aprovechase de mi trabajo de demolición.
El día de autos estaba particularmente seductora. Braceaba
con garbo, de espaldas, elevando alternativamente las tetas con cada brazada,
terminando el recorrido del largo de la piscina con una pirueta en la que su
culo se elevaba, magnífico, y desaparecía otra vez bajo el agua. Yo estaba de
pie al borde de la piscina, regodeándome con el espectáculo y dejando que la
polla fuera entrando tranquilamente en ambiente, con algún pequeño sobresalto
cada vez giraba, con una pirueta en la que su culo se elevaba, magnífico, y
desaparecía otra vez bajo el agua (Me repito, ya lo sé, pero quiero que quede
bien claro). La niña no tenía un pelo de tonta y no perdía detalle, girando la
cabeza al llegar a mi altura y perdiendo algo de precisión en sus brazadas.
Cuando se cansó del jueguecito, vino nadando despacio, hasta
situarse justo debajo de mí, con los codos apoyados en el borde de la piscina.
Me entró la risa, cuando me di cuenta de que su cara quedaba oculta por el bulto
que formaba mi bañador.
-"¿Vas a quedarte ahí mirando toda la mañana?. Con lo que
constataba el cuarto de hora que llevaba de mirón.
-"O vas a esperar a reventar el bañador". Con lo que ya no
hacía falta convencerla de que estaba cachondo…saltaba a la vista.
-"Anda, entra y echamos una carrera". Justo en lo que yo
estaba pensando, en correr-me.
La carrera duró un solo largo. La dejé ganar (miento, nadaba
como una sirena y yo soy un pato de secano), para que me viera llegar, lanzado
al abordaje. Con el impulso que llevaba, tuve que frenar apoyando ambos brazos
en la pared de la piscina, uno a cada lado de Elena. Me recibió colgándose de mi
cuello y rodeándome con las piernas la cintura. Lo que los aficionados a la
Fórmula 1 llaman una buena entrada en boxes.
Cuando se calmó la risa nerviosa que le entró, procedió a
comerme el morro metódicamente, con calma, como queriendo grabar en la memoria
el momento. Lo que se dice un beso romántico; nada de meter la lengua hasta la
campanilla. Aunque, en el estado de excitación que me encontraba, yo habría
aceptado hasta una sesión de disciplina inglesa.
No se me ha vuelto a ocurrir echar un polvete en una piscina,
y menos dónde cubre. Yo tenía las manos ocupadas: una agarrada con desesperación
al bordillo y la otra sujetando a la fiera que se retorcía como una anguila. En
todos los actos que siguieron a continuación, no fui más que sujeto pasivo. Por
mis muertos.
Supongo que le daba morbo dirigir las operaciones. Yo me
limitaba a sujetarla y a presionar la polla en un punto indeterminado de su
anatomía.
Después de haberme inflamado los labios a mordiscos y dejarme
el cuello marcado a chupetones, todo ello aderezado con una danza del vientre
muy sugestiva, le dio por bajarse los tirantes del bañador y dirigir mi boca
hacia unos pezones que me miraban con insolencia.
¡A mí no me mira ningún pezón con insolencia sin que reciba
su merecido!. ¡Hasta ahí podíamos llegar!.
La dueña de tan maleducados adornos, facilitaba la lección de
urbanidad trepando por mi pecho, acercándomelos a la boca y contribuyendo de
paso a hundirme un poco más.
Una cosa que me pone realmente burro, es que me jadeen en la
oreja. Y si, además, el hecho viene acompañado por una mano que le da un tiento
a la polla, es que no respondo.
Con muy buen criterio, Elena eligió el momento oportuno para
bajarme el elástico del bañador, apartar el suyo y guiar la cabeza del monstruo
submarino hasta la cueva del tesoro.
Sin un punto de apoyo no se puede ejercer palanca, ésta es
una ley física universal. Y como aplicado alumno Física que fui, me abstuve de
intentar reventarla de un pollazo.
El control del vaivén era suyo. Y estuvo dándole vaivén hasta
que se nos acalambraron los brazos y el pellejo de las yemas de los dedos
amenazó con desprenderse.
Fue lo más parecido a una de las dos fantasías que aún me
restan por probar: follar en gravedad cero. Me van a pillar muy mayor los
cruceros espaciales, me temo. La otra, seducir a una novicia, también la doy por
irrealizable. La crisis de vocaciones es una gran tragedia.
La carrera de libertino del menda, podría haber acabado
entonces, ahogado. Con una mano en el borde de la piscina y la otra rodeando la
cintura de Elena, primero; y sujetándola por el culo, después, estuvimos en un
tris de rebasar el punto crítico de flotabilidad. Hubiera sido un triste final
para tan prometedor autor y una lamentable pérdida para la Literatura Universal.
(Se ruega sean ordenados en el descojone y el pataleo: de uno en uno, por
favor,;no vayamos a provocar un seísmo de catastróficas consecuencias).
Si no lo he dicho antes, lo digo ahora, Elena no era ni un
putón ni una santa. Sólo una chica que no era consciente de sus encantos. A
partir de ése día, hizo buen uso de los mismos.
El furor uterino que se desbordó aquella mañana, venía
cociéndose a fuego lento, alimentado con la selección de obras que le iba
suministrando. Y es que la poesía tiene unas aplicaciones prácticas
insospechadas. (Que no se me olvide proponer a The Crow un pacto de caballeros:
él me da un cursillo acelerado de poesía por correspondencia y yo correspondo
con otro de tácticas de combate canalla).
No volví a pisar la piscina con intenciones lúbricas. Tampoco
pillé ninguna infección; el agua clorada debe ser un desinfectante cojonudo.
Más o menos, en las fechas que nació la enana, Elena cambió
de jefe.
El feliz acontecimiento ablandó el rocoso corazón de Paquito,
se levantaron las restricciones del arresto domiciliario y yo pude dedicarme a
pasear el cochecito por los parques de la ciudad, ejerciendo de orgulloso padre
y galante admirador de los enanos de mamás de buen ver.