Enorgullecido, me encontraba rodeado de mis amigos, y de las
chicas más guapas del instituto. Eran pasadas las ocho y cuarto, y las clases
empezaban a y media. En los alrededores del colegio, aprovechábamos para dar las
últimas caladas a los cigarros, viendo a la gente pasar, temiéndonos,
envidiándonos.
Éramos la creame de la creame, los populares. Y
yo era uno de los dioses del Olimpo, uno de los más deseados, uno de los más
odiados.
Era Guille, un chico de cuarto de ESO, el chico de oro. Era
guapo, alto, con cara de modelo, angulosa; ojos azules, pelo castaño, en
pequeñas greñas. Era invierno, pero iba con una camiseta de tiras negra, y un
pantalón caído tejano. Encima, llevaba una sudadera negra, corta, apretada, y la
mochila colgada del hombro derecho.
Alrededor había como ocho putillas muriéndose por mí, con sus
minifaldas y sus tacones de medio metro, pintarrajeadas a más no poder, rubias,
morenas, pelirrojas. Y mis amigos, gañanes insensibles sin más aspiración que
acabar trabajando en la obra. Y yo era diferente. Por eso era el centro. Era un
chico inteligente, futuro abogado, banquero o contable. Y eso me hacía más
soberano.
Y ese era mi ambiente, mi hogar, mis amigos, mis niñas. Mi
mundo.
Nunca me había fijado en él, en su existencia. En Victor.
Hasta ese día. Victor se sentaba en el asiento delantero al mío, y ni siquiera
había percibido su presencia. Era un chaval raro, a mi parecer. Iba con pintas
de emo, por lo que había oído por un lado o por otro. Tenía mi misma edad, y era
casi tan alto como yo. Siempre llevaba el pelo negro como el carbón tapándole
los ojos, y su cara era desconocida para mí, aunque sabía que siempre iba sin
afeitarse, con sombra de barba de unos días. Solía ir con camisetas negras,
rosas o lilas, y pantalones de marcas rarísimas, con cinturones de tachuelas,
corazones o calaveras, y zapatillas como Convearse o Vans. Sabía su nombre de
refilón. Llevaba cuatro años compartiendo clase con él, y algo se queda…
Era un jueves por la mañana. Teníamos gimnasia las dos
primeras horas, un coñazo, recién levantado y semidormido. Entramos a los
vestuarios para ponernos la ropa de deporte y dejar las mochilas. Era un recinto
cuadrado y no muy grande, con bancos en la pared y una entrada a las duchas
comunitarias. Me saqué el tejano y me puse un pantalón gris y corto, que no me
llegaba a las rodillas, de algodón y con el cual marcaba paquete a más no poder,
y una camiseta de tiras blanca. Salí del vestuario con mis amigos y sus
pantalones de chándal bakaleros.
Tito, el profesor de gimnasia, empezó jodiéndonos la marrana,
haciéndonos calentar corriendo quince minutos sin parar alrededor de la pista de
fútbol. Veía a mis compañeros sudar, cansarse, y yo estaba como si nada. Tenía
buena presencia física, pues me tiraba el día jugando a fútbol, y entrenando. .
Al acabar de correr unas 20 vueltas, casi cansado, nos
sentamos a hacer unos estiramientos, para luego jugar al balón prisionero.
El frío había desaparecido de mi cuerpo, y mi piel estaba
aterciopelada con pequeñas gotas de sudor, y yo cada vez me tomaba más en serio
el juego. Cogía la pelota y se la lanzaba a una de mis amigas. Muerta. Lo
recuperaba y se lo lanzaba con todas mis fuerzas a mi mejor amigo. Muerto. Y
cuando intentaban matarme a mí, les resultaba imposible atraparme con mis
escaqueos. Y entre muerto y muerto, sin querer le di un balonazo a Jonatan, el
amigo de Victor, en toda la cara, haciéndole caer las gafas de pasta y
haciéndole soltar un chorro de sangre por la nariz.
-Gilipollas- oí como me insultaba Victor por lo bajo,
mirándome con cara de asco, mientras acompañaba al herido al lavabo, apoyado en
él por el hombro.
No pretendía hacer daño a Jonatan, pero no me gustó nada el
comentario de su amigo, acostumbrado yo a ser respetado. Cuando Tito me hubo
advertido que fuese con más cuidado, me dirigí al lavabo, para pedirle disculpas
a Jonatan.
Por el pasillo, con toda mi seguridad, oí las voces de Victor
y Jonatan murmurar dentro del lavabo. La puerta estaba entrecerrada, y cuando
iba a entrar, oí mi nombre.
-…el Guille este es subnormal. Se cree mierda y no llega a
pedo- decía Victor a Jonatan, sin ver lo que hacía.
-Se cree que porque tiene cara de niño guapo puede ir
chafando a los demás… mierda, me escuece.
-Shh, quieto…
Me asomé por la puerta y vi a Jonatan apoyado en el lavamanos
y con la cabeza mirando al techo, y Victor entre sus piernas poniéndole un trozo
de pañuelo en la nariz, curándoselo.
-Ni si quiera se da cuenta de que no tiene amigos- soltó
Jonatan mofándose de mi.
-Si, ¿has oído lo que dicen sus ‘coleguis’ de él?- respondió
Victor al comentario de su amigo.
-Si, que es insoportable, con los humos que trae el chaval.
Se cree que todos le veneramos- y soltó una carcajada.
-Ya está cariño- dijo Victor, dando un cachete en el moflete
de Jonatan, seguido de un pico, mientras éste le cogía del culo y se magreaban.
Aparté la mirada de golpe. ¿Estaban haciendo lo que creía que
hacían? Volví a mirar para ver como se acercaban a la puerta, riéndose. Lo único
que pude hacer, fue abrir yo antes la puerta para hacer como que acababa de
llegar.
Se quedaron parados, mirándome extrañados y con cierta cara
de hostilidad.
-Hey, Jonatan, perdón por el balonazo- dije con mi más
potente sonrisa.
-Está bien- me respondió, pasando de mí, y dándome un empujón
al salir, dejándome allí plantado como un gilipollas. Esperé unos segundo para
volver a la clase- Me sentía subnormal al ser insultado por dos pringados
marginados.
Fuera, en la pista, seguían jugando al balón prisionero. Y me
fijé en Victor y Jonatan. Estaban apartados, haciendo como que jugaban, con un
grupillo de gente… que iban vestidos como ellos. Eran al menos seis o siete, con
camisetas de calaveras, flequillo largo, uñas negras, cinturones de corazones,
faldas escocesas, calcetines de rayas… no eran únicos. Simplemente me sentí raro
al verme enfrentado con otra potencia, los raros.
Y por un momento, sentí envida, de su compañerismo, de su
compenetración. Yo con mis amigos… con mis colegas no me llevaba así. Éramos
amigos, pero nuestra confianza se basaba a ‘hoy me he follado a ésta y ayer a la
otra’… y ellos parecían tan amigos, riéndose, posiblemente, de nosotros…
¿Quiénes eran los arrogantes? ¿Nosotros o ellos?
Pasó la mañana. Pasaron las clases. Y en las horas de recreo,
escondido entre unos arbustos con mis amigos para fumar sin que nos viesen los
conserjes, veía a Victor y a sus amigos en la sombra, sentados en el suelo, como
una hilera de héroes caídos, pero no derrotados. A veces alguien decía algo, y
todos sonreían, o demostraban su asco a algún chaval a una tía buena a
carcajadas. En ese momento me di cuenta que no éramos nosotros quienes teníamos
la sartén por el mango. Nosotros éramos el estereotipo. Ellos eran la
profundidad de la sociedad en el instituto. Y veía a Víctor y a Jonatan muy
juntos, casi pegados, murmurar silenciosamente. No hacían faltas palabras. A
veces con un gesto era suficiente para hacer entender al otro lo que quería
decir. Y me miraba a mí, que tenía que vocalizar lentamente para que mis amigos
entendiesen a lo que me refería.
Nunca me había fijado en ellos, y ahora, me daba cuenta de
detalles imperceptibles para los ojos de un chaval superficial como yo. Pero
claro está que yo no profundizaba tanto en mis reflexiones.
-Tío, que si mañana vienes a casa de la Juani- me repitió
Toni, entre el humo del cigarro que aspiraba.
-Estás empanado tronco- me acusó Carla con un porro en la
mano. Sus conversaciones me parecían vagamente banales, absurdas.
-No sé… otro finde de juerga…- contesté informándoles de mi
desaprobación por pasar otra noche entre gritos, alcohol y humo, entre lujuria y
pecado.
En fin, seguro que esos marginados deseaban estar en mi
lugar… y, ¿porqué no dejaba de pensar en lo que pensarían ellos? Quizás el saber
que no era tan amado como pensaba…
Y descubrir a Victor besando a Jonatan… no parecía gay. No
parecía alguien que pudiese follar… es decir, por sus pintas, por su estatus
social. Y Jonatan no era un cualquiera. Incluso con su vestimenta medio gótica,
tenía loquito a media clase, con sus músculos semi desarrollados y su carita de
ángel tras esas gafas de pasta… siempre le había considerado mi único rival para
ligar. Pero él nunca lo había intentado. Y ahora sabía porque. ¡No parecían
maricas!
Y esa misma idea, sin saberlo, me confundía…
Con la espalda apoyada en la pared, dejándome ver su perfil
derecho, Victor gesticulaba su boca sin emitir ningún sonido a Jonatan, dos
asientos separados de su amante. No sabía que decían, pero pronto sonrieron con
picardía, como si estuviesen recordando a distancia la noche anterior. Y
mientras, yo les observaba perplejo. Si un amigo mío quería decirme algo en
medio de clase, pegaba un berrido.
Aída, Cristina y Henar, las amigas de Victor, estaban dos
fileras delante de donde yo me encontraba. Parecían tan formales, tan sencillas.
Sin venir a cuento, una hacía un gesto con la cabeza y la otra sonreía. Mis
amigas eran todas unas pavas, como un gallinero loco esperando ser domesticadas.
Eran zorrones. Y estas nuevas punks, parecían ingenuas, pero bien de seguro
escondían una personalidad superior a la nuestra.
Sentados en el banco de un parque, encima del reposaespaldas,
con las piernas abiertas y entremedio Carol, los chicos conversábamos sobre el
partido del día anterior, que si el Madrid esto y el Barça lo otro. Las chicas,
mientras tanto, se dedicaban a escucharnos como si de ello les dependiera la
vida, aunque si querían mojar, tenían que mantenerse sumisas. Éramos un grupo
con una diferencia de género abismal. Y a veces me sentía de un machista…
Yo estaba de rollete con Carol, la cual no dejaba de mover
disimuladamente la cabeza entre mi entrepierna, volviéndome loco.
Miré el reloj del móvil, mientras apresuraba a acabarme el
cigarro.
-Gente, me voy a entreno- dije mientras me levantaba del
banco y me iba.
-Espera, te acompaño- me gritó sonriente Carol.
Fuimos andando hasta el campo de fútbol, que no estaba muy
lejos del parque en donde estábamos. Pasamos por mi casa a buscar mi mochila, y
nos quedamos en mi portal cinco minutos, para hacernos un pitillo.
-A veces no soporto a la gente esa- murmuró Carol entre
dientes, enfrente de mi, sentados en la escaleras, mientras jugábamos con los
pies.
-¿Y eso?- dije sorprendido.
-Pasan de nosotras. Vosotros no sabéis hablar más que de
fútbol, drogas y máquina… y las pavoncias esas…
-Tus amigas…-le corté.
-…Mis amigas pavas- corrigió- parecen putonas que no saben
decir más que ‘si, no, bien, bueno’.
-Sí, ya lo sé…
-Si sigo yendo allí es sólo por ti.
Ese momento me incomodó bastante, asi que intenté zanjarlo
antes de que se pusiese románticona.
-Vamos, que llego tarde.
…Continuará…
[Aquí he vuelto, con Escondidos. La publico para saber
vuestra opinión del principio, para saber si vale la pena y si os interesaría
que siguiese con ésta historia. No quiero volcarme con ella si no os gusta… así
que comentad para saber que pensáis ^^ Y si queréis seguir leyendo La Acampada
IV, hacédmelo saber ^^. GRACIAS]
MurderHopes
Y entre las sombras se encuentra mi álter ego…