Cascabel
Envuelta en su capa verde, visiblemente deteriorada y
cabizbaja, Claudine entró en el salón acompañada de Eugene. Allí la esperaba la
familia Wales al completo. Aquella mañana había regresado junto a Emily de la
mansión de Lord Keyworst, y la Señora Wales estaba impaciente por ver los
cambios que había sufrido.
—El tiempo pasa rápido —dijo la Señora Wales, sentada en el
sofá junto a su marido—, y pronto nos abandonarás. Si fueras mía para toda la
vida, haría de ti, con tiempo y paciencia, el mayor de mis orgullos. Vivirías
solo y exclusivamente para mí, para satisfacerme con tu sufrimiento, entrega y
sacrificio, sin los cuales, dicho sea de paso, jamás encontrarías la felicidad.
¿Cómo es posible apreciar el calor que nos proporciona el manto si antes no
hemos conocido el frío? Tú conocerías el frío y el calor, el dolor de mis golpes
y la suavidad de mis caricias, la humillación, la degradación y el
reconocimiento y mucho más. Conmigo vivirías, Cascabel. Pero el tiempo pasa
rápido y pronto saldrás de esta casa. De todas formas, Cascabel, voy a confiarte
un secreto, un secreto del que casi nadie está al corriente. Verás… tengo una
idea, más bien se trata de un plan…, un plan para hacer que seas mía toda la
vida. No tiembles querida, no tiembles... es por tu bien. Yo sé que puedo darte
una felicidad que, fuera de mi alcance, nunca conocerás —Todos miraron con
desconcierto a la Señora Wales—. Bueno… ya hablaremos de ello más tarde. Eugene
(dirigiéndose a su mayordomo); retírale la capa. Quiero verla.
Todos quedaron encantados con los siete cascabeles que
adornaban el cuerpo desnudo de Claudine, llamando especialmente la atención
aquellos dos que, sujetos por anillas, colgaban de sus pezones. La Señora Wales
se sintió de lo más satisfecha, en tanto que Claudine, con la idea de una vida
entregada a todo tipo de depravaciones durante el resto de su vida instalada en
su cerebro, se sintió hundida en la más profunda de las humillaciones.
—¡Extraordinario! —exclamó la Señora Wales— Eugene, fíjale
las manos a la espalda; después trae dos cadenas, de las que tienen los aros
finos. También el aro testicular para Alexander.
Eugene llevó las manos de Claudine a su espalda y, juntando
los dos anillos de las pulseras, los unió con un candado. Mientras, la Señora
Wales se quitó las bragas por debajo del vestido.
—Acércate Cascabel y ponte de rodillas. Eso es.
Los cascabeles tintinearon cuando las rodillas de Claudine
retumbaron contra el suelo. La Señora Wales alargó el brazo y tocó uno de los
cascabeles que colgaban de su pecho. Lo golpeó con un dedo y lo hizo sonar.
Claudine cerró los ojos. La sensación que producía el movimiento del cascabel,
que a su vez, hacía vibrar la anilla que atravesaba su pezón, la hacían
estremecer.
Eugene regresó con las dos cadenas y el aro en la mano.
—Seguro que te estás preguntando que demonios pienso hacer
con todo esto, ¿verdad Cascabel? No te asustes, querida; voy a explicártelo.
Mira… Eugene unirá tus pezones con una de las cadenas, enganchando cada extremo,
con la ayuda de unas anillas de encaje, a cada uno de los cascabeles de tus
pezones. En cuanto al aro, si miras a mi marido, verás como se lo coloca detrás
de los testículos, en la base del miembro.
Mientras Claudine contemplaba al Señor Wales, Eugene
enganchaba la cadena a los cascabeles de los pezones.
—Ahora, Cascabel—continuó la Señora Wales, subiéndose la
falda del vestido hasta la cintura y abriendo las piernas—, inclinarás tu
cuerpo, y mientras chupas, mi marido te penetrará por donde más esfuerzo
requiere. Una vez dentro, Eugene unirá la cadena de tus pezones al aro
testicular mediante la otra cadena que le sobra, de manera que cuando Alexander
se retire de tu trasero, empuje la cadena y tire de tus pezones. ¿Lo has
entendido…? No importa; ahora lo verás. Si has de saber que, siempre que se
realizan este tipo de actos, una se siente aliviada cuando el miembro abandona
su interior, aunque en esta ocasión preferirás que se quede dentro, pues el
dolor que produce en los pezones suele ser peor. Pero no perdamos más tiempo y
comienza a chupar.
La Señora Wales agarró la cabeza de Claudine y la hundió
entre sus piernas. En ese instante, Alexander se arrodilló detrás de Claudine
dispuesto a sodomizarla. Acarició suavemente la estrecha entrada para comprobar
su sequedad y pasó a penetrarla sin contemplaciones. El sexo de la Señora Wales
ahogó el gritó de Claudine. El Señor Wales dejó el miembro en su interior,
quedando inmóvil, y esperó a que Eugene los uniera con la cadena. En pocos
segundos, todo quedó listo. La Señora Wales, sujetando la cabeza de Claudine
entre sus piernas, dijo a su marido:
—No la saques bruscamente, no vayas a desgarrarle los
pezones. Sal de ella poco a poco. Sus pechos deben adaptarse. Además, quiero
alargar su sufrimiento.
El Señor Wales comenzó a abandonar lentamente el lugar
profanado. El aro que rodeaba la base de sus testículos empezó a tirar de la
cadena, y con ello, a deformar los pechos de Claudine, cuyas piernas comenzaron
a temblar. Temía que el Señor Wales se retirara de golpe y acabara desgarrando
sus pezones, los cuales le dolían de manera insoportable.
Cuando la cadena estuvo lo suficientemente tensa, y los
lamentos de Claudine se hicieron demasiado angustiosos, el Señor Wales se
detuvo, manteniendo únicamente la punta de su miembro en el dolorido interior.
Quedó quieto unos segundos, y transcurrido ese tiempo, arremetió con fuerza
contra ella, volviendo a invadirla.
El drama duró cerca de cuarenta minutos, durante los cuales,
Emily fue sustituyendo a su madre, ofreciendo para ser lamidos los distintos
rincones de su cuerpo: manos, pies, sexo, trasero y otras partes. Pero su
cuerpo, tras ese tiempo, se había acostumbrado al dolor, y su mente la mantenía
ocupada con una idea fija, casi obsesiva: la llegada del Doctor y su fuga.
***
Una bombilla iluminaba parte de los objetos que había en el
sótano; mientras, la otra, permanecía escondida tras las sombras. Emily, que se
sentía desesperadamente aburrida aquel día, registraba cuanto allí se
encontraba. Su madre le había prohibido jugar con Claudine mientras ésta cumplía
sus obligaciones, y el sótano era el lugar idóneo para entretenerse. Tenía éste
las mismas dimensiones que la planta principal de la casa, pero de tan cargado
de trastos que estaba, parecía mucho más pequeño. No era la primera vez que
Emily lo revolvía todo en el sótano en busca de algo interesante, que llamara su
atención; y si ese algo podía ser usado como instrumento de tortura, mejor.
Buscó y rebuscó hasta que, en un rincón a donde apenas
llegaba la luz, y escondida tras unos tablones de madera, halló una de las pocas
cajas que aún no había registrado. Se trataba de una caja pequeña que, a
diferencia de las otras muchas que había por allí, estaba forrada de un material
oscuro, muy parecido al cuero, lo cual dificultaba su hallazgo. Aun así, Emily,
que llevaba un buen rato revolviendo cajas y trastos y sus ojos se habían
adaptado a la poca luminosidad, la divisó en la oscuridad. Dentro encontró un
libro. Lo sacó y leyó en la cubierta:
"Dueño de su dolor. "
S. O’Brian
Emily abrió el libro, dejando que el azar la llevara a leer
el siguiente fragmento:
"Castigo 18: Una de las tareas de Sophie consistía en
mantener las copas de vino siempre llenas a la hora de la comida y de la cena;
en principio, tarea sencilla para todo aquel que le sea encomendada. Pero no
para Sophie, cuyo pulso temblaba como un pez en la red del pescador y solía
manchar el mantel con el vino. Busqué un modo de solucionar el problema, y como
de costumbre, la idea más sencilla acabó siendo la más acertada: renegar a
Sophie de su función. Al día siguiente entregué a Sophie su nueva herramienta de
trabajo ( una bandeja de plástico rectangular de cuyos lados salía una cuerda de
unos 35 centímetros de largo cada una, de las cueles, dos de ellas, tenían dos
pinzas atadas) y le dije: "No volverás a llenar las copas. Te limitarás a traer
el vino con esta bandeja."
Apoyé un lado de la bandeja a su estómago. Rodeé su cintura
con dos de las cuerdas y las até; después llevé las otras dos en diagonal hasta
sus pechos, colocando la bandeja en posición horizontal, y enganché las pinzas,
una en cada pezón. La bandeja quedó sujeta a Sophie, quien no dejó de mostrar su
molestia y dolor."
Emily imaginó a Claudine con aquel ingenio, pero con una
pequeña y sádica variación, pues las pinzas en su caso eran algo innecesario,
pues su pezones estaban ya adornados por las anillas con cascabeles, por lo que
podía atar la cuerda directamente a ellas.
Cerró el libro y lo llevó a escondidas a su habitación. Lo
guardó en un cajón de la cómoda, bajo unas prendas de ropa, y salió en busca de
su madre. No tardó en encontrarla en el salón, ojeando los libros de la
biblioteca.
—Mamá. Me aburro.
—¿Y?
—nada… solo que me aburro.
—¿Y?
—No sé. Si pudiera jugar con Cascabel…
—No
—Mamá…
—No, Emily.
—Por favor…
La Señora Wales, armada con toda su paciencia, dijo:
—Está bien. Pero poco. No quiero que la entretengas.
Mientras, en la zona donde duermen y comen los perros, un
lugar situado a pocos metros de la casa, formado por una extensión de tierra
cubierta por un techo de madera y sin paredes, Claudine esperaba su turno para
comer. Eugene la vigilaba de cerca. De los varios recipientes que tenían
alimentos, uno de ellos se componía de todo aquello que había sobrado durante la
comida de la familia Wales: una mezcla de verdura y carne; y era justamente ahí
donde un perro de gran tamaño hundía el hocico y masticaba de una manera muy
desagradable. Claudine, desnuda y a cuatro patas, esperó a quedarse sola para
comer.
Pero entonces, otro perro, algo más pequeño que el anterior,
se acercó a ella y, atraído por los cascabeles que colgaban de sus pechos,
comenzó a jugar con ellos. Claudine lo retiró con el brazo, pero el perro
insistía. Entonces, para su desgracia y desconsuelo, llegó Emily.
—¿No quieres jugar con él, Cascabel? Es un perro muy
simpático. ¡Vamos! déjalo que juegue. No lo toques.
Claudine cerró los ojos y quedó inmóvil. El perro se echó
para atrás de un salto, se agachó sobre las patas delanteras y ladró. Con el
trasero levantado, se arrastró juguetón hasta Claudine, sin perder de vista los
cascabeles de sus pechos.
—¡Eugene! —llamó Emily—. Ya la vigilo yo. Puedes irte a otro
lado.
Eugene dio media vuelta y desapareció tras la casa. Claudine
deseo estar muerta en aquel momento
—Agita los pechos Cascabel, quiero oír el tintineo de los
cascabeles.
Claudine zarandeo su torso, haciendo bailar sus pechos. El
perro emitió un ladrido seco y metió la cabeza bajo el cuerpo de Claudine,
intentando agarrar el cascabel, pero ésta, arrastrada por el miedo, bajó el
hombro y lo hizo salir.
—¡Tú eres tonta! —gritó Emily, empujándola del culo con el
pie y haciéndola caer de bruces sobre el suelo—. ¡He dicho que no te muevas!
Los cascabeles se hundieron en sus pechos, lo que le provocó
un dolor espantoso. Pero rápidamente se levantó y adoptó nuevamente la postura
canina: a cuatro patas. Emily la agarró del collar y la llevó hasta donde estaba
la comida. Apartó de un empujón al perro que estaba comiendo y dijo:
—Querías comer, ¿verdad?; pues vamos, ¡come! Quiero que te lo
acabes todo.
Lo peor para Claudine no era la humillación de tener que
comer aquella mezcla de sobras y babas sin usar las manos, sino, más bien, el
tener por allí cerca de todos aquellos perros que, en cualquier momento, podían
asaltarla o, peor aún, montarla.
Claudine metió la cabeza en el cuenco y comenzó a comer. No
tardó en acercarse un perro por detrás y comenzar a oler su entrepierna.
—Abre las piernas Cascabel—ordenó Emily
Claudine obedeció. Estaba muy nerviosa. Solo pensaba en el
momento que aquel perro se subiera a lomos suyo; entonces, estando presente
Emily, nada podría hacer para evitar lo peor.
—Pronto serás una mas. Comes igual. Hueles igual. Te
comportas igual. Solo falta que te aparees con ellos. Con todos. Entonces
dejarás de ser la puta de finos cascabeles para convertirte en una vulgar perra,
una de las muchas que hay por las calles. Ya no solo me das pena, sino que
comienzas a darme asco, y odio sentir asco. Voy a tener que castigarte por ello.
Si tuviera una de esas bandejas… —Emily dejó de dirigirse a Claudine y comenzó a
divagar—, se la pondría y la llenaría de cosas. Botellas y todo eso no. Llevaría
el látigo. Eso si sería interesante. Para que un castigo sea efectivo, ha de
marcar un profundo desagrado en el sometido. Llevar el material de su tortura...
eso es… el látigo, las mordazas, las cuerdas… y después… a torturarla. ¿Sabes
Cascabel? —volvió a dirigirse a su victima—, tengo una lista de castigos que yo
misma he elaborado y a la que he titulado "Dueña de su dolor: la Biblia del
castigo". Uno de ellos, el dieciséis si no recuerdo mal, consiste en introducir
una variante de la conocida como pera rectal. ¿Sabes lo que eso? Bueno, te lo
imaginas… Pues se mete por el culo y una vez dentro se abre; después le atamos
una cuerda en la parte estrecha que sale de tu cuerpo y al otro extremo una
pelota pequeña que tiraremos a los perros para que jueguen.
Mientras Emily acababa de decir esto, el perro saltó de golpe
a lomos de Claudine. Aquella acción le encendió el rostro, volviéndolo rojo. Sin
retirar la cara manchada del cuenco comenzó a llorar. Entonces, Emily, apartó al
perro de una patada.
—No provoques ahora a los perros. Es hora de comer, no de
aparearse. Quiero que te lo comas todo primero. Ya tendrás tiempo luego de hacer
otras cosas, guarra.
Emily, mientras Claudine seguía comiendo, se acercó a un
arbusto y arrancó de éste una rama seca. Cuando volvió junto a Claudine, un
perro intentaba montarla.
—¡Fuera! —gritó Emily.
El perro salió corriendo. Claudine, que había cerrado las
piernas cuando el perro intentó montarla, volvió a abrirlas cuando Emily,
dándole un azote con la rama, le obligó a hacerlo. Después comenzó a clavarle la
punta por todas las zonas de su parte trasera, centrándose en los dos orificios.
Cuando se cansó de hacerlo, se montó encima de ella, la agarró por el collar y
dijo:
—Ya basta de comer. Quiero que me des un paseo.
Y siendo fuertemente azotada con la rama en las nalgas,
Claudine comenzó a caminar a cuatro patas sobre el suelo terroso.
—Más rápido perra. Llévame hasta allí o te azoto por abajo.
Emily golpeó suavemente los cascabeles que colgaban de los
pezones de Claudine. Ésta la llevó hasta lugar indicado: una caseta que había en
un extremo del cobertizo. Emily se levantó y entró a la caseta. Poco después
salió arrastrando una tabla de madera que dejó en el suelo junto a Claudine.
Tenía ésta cuatro grilletes de hierro y un pequeño caballete en el centro.
—Ponte de rodillas sobre la tabla y apoya el vientre sobre el
caballete. Voy a inmovilizarte a cuatro patas para que tus semejantes, o sea,
los perros, puedan aparearse contigo cuando quieran. No temas. Solo hay una cosa
que debe preocuparte —Emily azotó con la rama las nalgas de Claudine—: los
perros no saben diferenciar una entrada de otra, y tanto te la pueden meter por
uno lado como por el otro. Pero eso no es todo. ¿Sabias que… —Un nuevo azote,
más fuerte que el anterior, recayó sobre Claudine, lo que despertó en ella una
ira dormida y acumulada desde que entró en aquella casa— los miembros de los
perros se hinchan cuando eyaculan y se quedan enganchados a las perras como tú?
También dicen que segregan treinta veces (¡pueden llegar hasta cincuenta!) más
semen que los hombres; y no es que esté caliente… ¡dicen que quema! —Emily
volvió a descargar su perversión sobre las nalgas de su victima, ya marcadas con
varias líneas rojas. Un extraño deseo de rebeldía, generado por el pánico que
sentía, oprimió el pecho de Claudine. Su corazón bombeaba con fuerza. Le dolía
la sien— Te gustará; ya lo verás. El primero no, ni el segundo, y mucho menos
cuando lo hagan por donde más duele, pero con el tiempo llegarás a disfrutarlo,
y entonces no desearás otra cosa.
Entonces estalló. Cogiendo a Emily desprevenida, Claudine se
lanzó sobre ella como una loba. Ambas cayeron al suelo. Claudine estaba fuera de
si. Golpeaba la cara de Emily con ambas manos mientras ésta intentaba protegerse
en vano.
—¡Eugeeeene! —gritó Emily— ¡Eugeeeene!
Eugene acudió corriendo al lugar.
Tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para separar a
Claudine. Ya controlada, Emily se levantó del suelo manchada de tierra. Un hilo
de sangre manó de su labio inferior. Pero sin perder la compostura, y
dirigiéndose a Claudine, cuya agitación comenzaba a disminuir, dijo sosegada,
con una sonrisa dibujada en los labios:
—Escúchame bien. Posiblemente jamás olvides tu estancia en
esta casa, pero si de algo estoy segura, es que no habrá un solo día de los que
te quedan de vida que no te arrepientas de lo que acabas de hacer. Me encargaré
personalmente de ello. Puedes estar bien segura.
Eugene se llevó a Claudine a la casa.
—No debió hacer eso. La joven Emily no es como los demás. Su
naturaleza traspasa los límites de lo perverso. Hizo muy mal reaccionando así.
Deberá ir con mucho cuidado a partir de ahora.
Claudine comenzó a llorar. Jamás había tenido una reacción
como aquella. Tenía remordimientos. Pero sobretodo tenía miedo; mucho miedo.
Nunca había lastimado a nadie, excepto cuando el Señor Wales
la obligó a pegar a Emily. Pero esta vez había sido distinto. La ira se había
adueñado de ella. Había perdido el control sobre si misma. Había agredido a la
persona que más miedo tenía en este mundo. ¿Qué podía hacer ahora? ¿pedir
perdón? Sería inútil, pensó. Con Emily nada serviría. Claudine se encontró de
golpe en una situación más angustiosa de la que estaba, y solo su amante, el
Doctor Khol, podía salvarla de todo aquello.
Claudine trató de no coincidir a solas con Emily durante los
días posteriores al desafortunado incidente, algo difícil de lograr sin salir de
la casa. En las numerosas ocasiones que se cruzaron, Emily se limitó a
ignorarla. Pero pasado un tiempo, una mañana, Emily acudió a su madre con la
intención de que ésta le permitiera llevarse a Claudine para "jugar" en su
habitación.
—Claro que puedes. Pero ve con cuidado. No quiero que le
hagas daño. No ahora.
—Gracias mamá; no le haré daño.
Emily llamó a Eugene y le ordenó que buscara a Claudine para
llevársela a su habitación. Cuando Eugene la encontró y le informó su cometido,
quedó pálida como el papel y deseó no estar allí en aquel momento.
—Por favor Eugene; dígale que no me ha encontrado. Tengo
miedo de lo que pueda hacerme.
—Lo siento. No puedo hacer eso. Debe acompañarme.
Eugene agarró del brazo a Claudine, cuyos ojos empezaban a
llorar, y la llevó a la habitación de Emily. Abrió la puerta y le indicó que
entrara. Dentro, tumbada en la cama y en ropa interior, Emily ojeaba el libro
que encontró en el sótano días atrás.
—Pasa y cierra la puerta —ordenó, sin apartar la vista del
libro—. Ponte de rodillas junto a la cama.
Siguió leyendo y pasado un rato se levantó de la cama. Se
acercó a la cómoda, abrió el cajón y sacó de éste varios objetos que fue dejando
sobre la cama: una mordaza de anilla, una especie de bragas de cuero con dos
tubos metidos hacia dentro y hebillas en los costados, un consolador de
dimensiones exageradas y formas rugosas, un bote de salsa picante, dos mordazas
de sujeción y una cuerda.
Tras sacar todos estos objetos, Emily se colocó detrás de
Claudine y, tirándole del pelo hacia tras, le pregunto:
—¿Te desahogaste bien el otro día, verdad? Pues hoy es mi
turno. Prepárate para sufrir.
Y dicho esto, escupió en su cara y la abofeteó repetidas
veces en las mejillas y en la boca hasta que se cansó; entonces le soltó el pelo
y le ató las muñecas a la espalda. Claudine estaba aterrada. Todos aquellos
objetos de tortura le despertaban un temor escalofriante. ¿Qué pensaba hacer con
ellos? Se preguntaba. Pero no tardó en averiguarlo, ya que, tras soltarla, Emily
cogió la mordaza de anilla y se la colocó en la boca. Después le ordenó que
apoyara la cabeza en la cama, de tal manera que su cuerpo quedara inclinado y su
culo expuesto. Claudine comenzaba a temblar. Vio como Emily cogía aquellas
extrañas bragas y se las colocaba, introduciéndole con ello los tubos, uno en su
sexo y el otro en la entrada más pequeña.
—Si yo fuera mi madre, llevarías esta prenda tan fina día y
noche. Si yo fuera mi madre… te hacía dormir con los perros, guarra. Pero, ahora
que recuerdo… mis padres se van de viaje dentro de cuatro días. ¿Lo sabías? No
tienes escapatoria. Te convertiré en una perra de verdad.
Dicho esto, cogió las mordazas de sujeción y, apartando los
cascabeles, las fijó en los pezones. Ató los extremos de la cuerda a las pinzas
y tiró del resto.
—Escucha —dijo Emily, dando un tirón a la cuerda y estirando
los pezones— Voy a llenarte de salsa picante. Vaciaré todo este bote que tenía
guardado especialmente para ti en todos los agujeros que tienes. Y cuando los
haya llenado de salsa, te introduciré por todos ellos este bonito objeto de
extraña forma. Puede que por el culo sea muy difícil meterlo, incluso
prácticamente imposible, pero con empeño, paciencia, fuerza y brutalidad, seguro
que entra, aunque con ello te desgarré entera.
Claudine, muerta de miedo, comenzó a orinarse encima. Eso
despertó las diabólicas carcajadas de Emily, quién, embargada por una excitación
desmedida, dijo:
—Tienes motivos para mearte de miedo. Me hiciste sangrar por
la boca. Yo haré hoy que sangres por otro sitio, y cuando lo consiga, mearé
encima tuyo, para que te quede bien claro quien es tu dueña.
Pero en el instante en el que Emily cogía el bote de picante,
Eugene interrumpió en la habitación e informó que el Doctor esperaba a Claudine
en el salón.
—Vaya —dijo Emily, quitando los objetos del interior de
Claudine—, te vas a librar por ahora. Pero esta noche te quiero aquí.
El ritual de siempre volvió a repetirse y Claudine, llena de
alegría y esperanza, no creyéndose aún su golpe de buena suerte, bajó con el
corazón en un puño para ver al Doctor, quien, como siempre, la esperaba en el
salón junto a la Señora Wales.
El Doctor la recibió con una alegría contenida.
—Claudine… ¿Cómo está?
—Bien Doctor, gracias.
—El Doctor trae muy buenas noticias —intervino la Señora
Wales, sonriendo—, como siempre. Si me disculpan, les dejaré que hablen solos.
—Por supuesto —dijo el Doctor—. Si a Claudine le apetece,
saldremos a caminar por el jardín. Fue un grato paseo el del otro día, ¿querrá
repetirlo? Esperemos que la lluvia no lo estropee.
Claudine asintió con la cabeza.
—Que buena idea —añadió la Señora Wales—. Hoy hace un día
esplendido.
El Doctor y Claudine salieron al jardín. "Un coche nos espera
en la calle", informó con un susurro el Doctor. Ambos amantes pasearon
distraídamente, intentando no levantar sospechas respecto a sus planes. Tras
varios rodeos, decidieron salir y subirse al coche. El conductor, amigo íntimo
del Doctor, los llevó hasta la casa donde el éste trasladó a Alice y Roger. Nada
más llegar, una joven bonita y esbelta salió de la casa con la niña cogida de la
mano.
—Es Karin, mi enfermera. Se ha encargado de los cuidados de
Alice mientras Roger trabajaba. Nos acompañará todo el viaje para
el mejor cuidado de Alice—informó el Doctor.
Claudine Salía del coche mientras el Doctor pronunciaba estas
palabras. Corrió hasta su hija y la abrazó y besó con lágrimas de felicidad en
los ojos.
—Siento interrumpir, pero tenemos poco tiempo. Debemos irnos
ya —dijo el Doctor, que había salido del coche para contemplar la escena.
***
Vastos bosques de abetos se abrían al paso de la vía. El aire
que entraba por la ventana ondulaba el pelo de Claudine. Frente a ella, su
amante la observaba con admiración. Alice, en cambio, se distraía viendo las
fotografías que la joven Karin le mostraba.
—¿Verdad que es bonito? —preguntó el Doctor Khol
Claudine, que parecía inmersa en un sueño, suspiró y asintió
con la cabeza. Todo el paisaje le parecía precioso. Realmente lo era.
—Llevaremos a Emily al mismo colegio al que fui yo de
pequeño. Es un buen colegio. No le faltará de nada.
Fueron muchas horas de viaje hasta llegar a la ciudad de
Mistelbach. Después, tras un viaje de tres horas en coche a través de caminos
cada vez más angostos y bordeados por frondosos bosques, llegaron, finalmente, a
casa del Doctor Khol. Era un lugar excepcional. Todo verde. La casa, construida
en piedra, se veía grande y hermosa bajo la luz del sol. A Claudine le pareció
el lugar más hermoso de la Tierra.
Se instalaron en sus habitaciones y acomodaron a Alice en la
misma habitación que Karin. En la casa vivía un joven (un criado) que se habían
encargado de su vigilancia y cuidado, por lo que, todo estaba limpio y en
perfecto estado.
Aquella noche, mientras Alice, Karin, y el criado dormían,
Herbert y Claudine disfrutaban de la compañía del otro en el salón, junto al
fuego de la chimenea.
—Toma Claudine. Quiero que leas esta carta.
El Doctor le ofreció una hoja cuidadosamente doblada que
había sacado del bolsillo. Claudine la desplegó, mirando a su amante con una
sonrisa retraída, esperando que éste le adelantara su contenido. Pero él no dijo
nada, y se limitó a observar a Claudine con expresión relajada.
"Mi querida Claudine:
Quiero darte la bienvenida a tu nuevo hogar. Hoy es un día
especial para ti. Comienzas una nueva vida. Una vida que ahora se presenta
extraña, pero a la que poco a poco te irás adaptando.
Eres especial, Claudine, un ser único, adorable,
imprescindible. Te necesito. Quiero tenerte a mi lado para siempre. Solo tú me
has hecho sentir lo que siempre había soñado y nunca conocido.
Te quiere, para toda la vida... "
Toda aquella carta conmovió a Claudine hasta el momento que,
en el borde de la misma, vio la firma de Elisabeth Wales. Claudine, temblando,
dejó caer la hoja y miró a su amante, buscando algún gesto, algún indicio que
desmintiera lo que había leído. El Doctor Khol sacó una cajita con grabados
arabescos y se la ofreció a Claudine. Ésta, embargada por una incertidumbre que
la colocaba al límite de la locura, abrió la cajita. En el fondo de la misma
relucía un cascabel.
—Es el último; el octavo. No temas Claudine. Elisabeth y yo
te queremos; cuidaremos de Alice como si fuera nuestra hija. Tu entrega será lo
mejor para todos. Ya verás que con el tiempo encontrarás en ella la felicidad.
Y entonces Claudine recordó las palabras de la Señora Wales
en las que decía: "un secreto del que casi nadie está al corriente, un plan para
hacer que seas mía toda la vida".
Y así fue.
FIN
Gracias a quienes han dejado su impresión en alguno de los relatos. A
perritillo no. Hace tiempo que publiqué otros relatos en esta página que acabé
borrando por no tener opción a rectificarlos. En breve los repasaré y los subiré
al blog que aparece en mi perfil. Un saludo a todos.