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TODORELATOS » RELATOS » CASCABEL (5 FINAL)
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 TODORELATOS.COM Fecha: 17 de Mayo, 2008.
Fecha: 10-Oct-07 « Anterior | Siguiente » en Sadomaso (687 de 746)

Cascabel (5 Final)

Un tipico Sobi
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Cascabel

Envuelta en su capa verde, visiblemente deteriorada y cabizbaja, Claudine entró en el salón acompañada de Eugene. Allí la esperaba la familia Wales al completo. Aquella mañana había regresado junto a Emily de la mansión de Lord Keyworst, y la Señora Wales estaba impaciente por ver los cambios que había sufrido.

—El tiempo pasa rápido —dijo la Señora Wales, sentada en el sofá junto a su marido—, y pronto nos abandonarás. Si fueras mía para toda la vida, haría de ti, con tiempo y paciencia, el mayor de mis orgullos. Vivirías solo y exclusivamente para mí, para satisfacerme con tu sufrimiento, entrega y sacrificio, sin los cuales, dicho sea de paso, jamás encontrarías la felicidad. ¿Cómo es posible apreciar el calor que nos proporciona el manto si antes no hemos conocido el frío? Tú conocerías el frío y el calor, el dolor de mis golpes y la suavidad de mis caricias, la humillación, la degradación y el reconocimiento y mucho más. Conmigo vivirías, Cascabel. Pero el tiempo pasa rápido y pronto saldrás de esta casa. De todas formas, Cascabel, voy a confiarte un secreto, un secreto del que casi nadie está al corriente. Verás… tengo una idea, más bien se trata de un plan…, un plan para hacer que seas mía toda la vida. No tiembles querida, no tiembles... es por tu bien. Yo sé que puedo darte una felicidad que, fuera de mi alcance, nunca conocerás —Todos miraron con desconcierto a la Señora Wales—. Bueno… ya hablaremos de ello más tarde. Eugene (dirigiéndose a su mayordomo); retírale la capa. Quiero verla.

Todos quedaron encantados con los siete cascabeles que adornaban el cuerpo desnudo de Claudine, llamando especialmente la atención aquellos dos que, sujetos por anillas, colgaban de sus pezones. La Señora Wales se sintió de lo más satisfecha, en tanto que Claudine, con la idea de una vida entregada a todo tipo de depravaciones durante el resto de su vida instalada en su cerebro, se sintió hundida en la más profunda de las humillaciones.

—¡Extraordinario! —exclamó la Señora Wales— Eugene, fíjale las manos a la espalda; después trae dos cadenas, de las que tienen los aros finos. También el aro testicular para Alexander.

 

Eugene llevó las manos de Claudine a su espalda y, juntando los dos anillos de las pulseras, los unió con un candado. Mientras, la Señora Wales se quitó las bragas por debajo del vestido.

—Acércate Cascabel y ponte de rodillas. Eso es.

Los cascabeles tintinearon cuando las rodillas de Claudine retumbaron contra el suelo. La Señora Wales alargó el brazo y tocó uno de los cascabeles que colgaban de su pecho. Lo golpeó con un dedo y lo hizo sonar. Claudine cerró los ojos. La sensación que producía el movimiento del cascabel, que a su vez, hacía vibrar la anilla que atravesaba su pezón, la hacían estremecer.

Eugene regresó con las dos cadenas y el aro en la mano.

—Seguro que te estás preguntando que demonios pienso hacer con todo esto, ¿verdad Cascabel? No te asustes, querida; voy a explicártelo. Mira… Eugene unirá tus pezones con una de las cadenas, enganchando cada extremo, con la ayuda de unas anillas de encaje, a cada uno de los cascabeles de tus pezones. En cuanto al aro, si miras a mi marido, verás como se lo coloca detrás de los testículos, en la base del miembro.

Mientras Claudine contemplaba al Señor Wales, Eugene enganchaba la cadena a los cascabeles de los pezones.

—Ahora, Cascabel—continuó la Señora Wales, subiéndose la falda del vestido hasta la cintura y abriendo las piernas—, inclinarás tu cuerpo, y mientras chupas, mi marido te penetrará por donde más esfuerzo requiere. Una vez dentro, Eugene unirá la cadena de tus pezones al aro testicular mediante la otra cadena que le sobra, de manera que cuando Alexander se retire de tu trasero, empuje la cadena y tire de tus pezones. ¿Lo has entendido…? No importa; ahora lo verás. Si has de saber que, siempre que se realizan este tipo de actos, una se siente aliviada cuando el miembro abandona su interior, aunque en esta ocasión preferirás que se quede dentro, pues el dolor que produce en los pezones suele ser peor. Pero no perdamos más tiempo y comienza a chupar.

La Señora Wales agarró la cabeza de Claudine y la hundió entre sus piernas. En ese instante, Alexander se arrodilló detrás de Claudine dispuesto a sodomizarla. Acarició suavemente la estrecha entrada para comprobar su sequedad y pasó a penetrarla sin contemplaciones. El sexo de la Señora Wales ahogó el gritó de Claudine. El Señor Wales dejó el miembro en su interior, quedando inmóvil, y esperó a que Eugene los uniera con la cadena. En pocos segundos, todo quedó listo. La Señora Wales, sujetando la cabeza de Claudine entre sus piernas, dijo a su marido:

—No la saques bruscamente, no vayas a desgarrarle los pezones. Sal de ella poco a poco. Sus pechos deben adaptarse. Además, quiero alargar su sufrimiento.

El Señor Wales comenzó a abandonar lentamente el lugar profanado. El aro que rodeaba la base de sus testículos empezó a tirar de la cadena, y con ello, a deformar los pechos de Claudine, cuyas piernas comenzaron a temblar. Temía que el Señor Wales se retirara de golpe y acabara desgarrando sus pezones, los cuales le dolían de manera insoportable.

Cuando la cadena estuvo lo suficientemente tensa, y los lamentos de Claudine se hicieron demasiado angustiosos, el Señor Wales se detuvo, manteniendo únicamente la punta de su miembro en el dolorido interior. Quedó quieto unos segundos, y transcurrido ese tiempo, arremetió con fuerza contra ella, volviendo a invadirla.

El drama duró cerca de cuarenta minutos, durante los cuales, Emily fue sustituyendo a su madre, ofreciendo para ser lamidos los distintos rincones de su cuerpo: manos, pies, sexo, trasero y otras partes. Pero su cuerpo, tras ese tiempo, se había acostumbrado al dolor, y su mente la mantenía ocupada con una idea fija, casi obsesiva: la llegada del Doctor y su fuga.

 

 

***

 

 

 

Una bombilla iluminaba parte de los objetos que había en el sótano; mientras, la otra, permanecía escondida tras las sombras. Emily, que se sentía desesperadamente aburrida aquel día, registraba cuanto allí se encontraba. Su madre le había prohibido jugar con Claudine mientras ésta cumplía sus obligaciones, y el sótano era el lugar idóneo para entretenerse. Tenía éste las mismas dimensiones que la planta principal de la casa, pero de tan cargado de trastos que estaba, parecía mucho más pequeño. No era la primera vez que Emily lo revolvía todo en el sótano en busca de algo interesante, que llamara su atención; y si ese algo podía ser usado como instrumento de tortura, mejor.

Buscó y rebuscó hasta que, en un rincón a donde apenas llegaba la luz, y escondida tras unos tablones de madera, halló una de las pocas cajas que aún no había registrado. Se trataba de una caja pequeña que, a diferencia de las otras muchas que había por allí, estaba forrada de un material oscuro, muy parecido al cuero, lo cual dificultaba su hallazgo. Aun así, Emily, que llevaba un buen rato revolviendo cajas y trastos y sus ojos se habían adaptado a la poca luminosidad, la divisó en la oscuridad. Dentro encontró un libro. Lo sacó y leyó en la cubierta:

"Dueño de su dolor. "

S. O’Brian

Emily abrió el libro, dejando que el azar la llevara a leer el siguiente fragmento:

"Castigo 18: Una de las tareas de Sophie consistía en mantener las copas de vino siempre llenas a la hora de la comida y de la cena; en principio, tarea sencilla para todo aquel que le sea encomendada. Pero no para Sophie, cuyo pulso temblaba como un pez en la red del pescador y solía manchar el mantel con el vino. Busqué un modo de solucionar el problema, y como de costumbre, la idea más sencilla acabó siendo la más acertada: renegar a Sophie de su función. Al día siguiente entregué a Sophie su nueva herramienta de trabajo ( una bandeja de plástico rectangular de cuyos lados salía una cuerda de unos 35 centímetros de largo cada una, de las cueles, dos de ellas, tenían dos pinzas atadas) y le dije: "No volverás a llenar las copas. Te limitarás a traer el vino con esta bandeja."

Apoyé un lado de la bandeja a su estómago. Rodeé su cintura con dos de las cuerdas y las até; después llevé las otras dos en diagonal hasta sus pechos, colocando la bandeja en posición horizontal, y enganché las pinzas, una en cada pezón. La bandeja quedó sujeta a Sophie, quien no dejó de mostrar su molestia y dolor."

Emily imaginó a Claudine con aquel ingenio, pero con una pequeña y sádica variación, pues las pinzas en su caso eran algo innecesario, pues su pezones estaban ya adornados por las anillas con cascabeles, por lo que podía atar la cuerda directamente a ellas.

Cerró el libro y lo llevó a escondidas a su habitación. Lo guardó en un cajón de la cómoda, bajo unas prendas de ropa, y salió en busca de su madre. No tardó en encontrarla en el salón, ojeando los libros de la biblioteca.

—Mamá. Me aburro.

—¿Y?

—nada… solo que me aburro.

—¿Y?

—No sé. Si pudiera jugar con Cascabel…

—No

—Mamá…

—No, Emily.

—Por favor…

La Señora Wales, armada con toda su paciencia, dijo:

—Está bien. Pero poco. No quiero que la entretengas.

Mientras, en la zona donde duermen y comen los perros, un lugar situado a pocos metros de la casa, formado por una extensión de tierra cubierta por un techo de madera y sin paredes, Claudine esperaba su turno para comer. Eugene la vigilaba de cerca. De los varios recipientes que tenían alimentos, uno de ellos se componía de todo aquello que había sobrado durante la comida de la familia Wales: una mezcla de verdura y carne; y era justamente ahí donde un perro de gran tamaño hundía el hocico y masticaba de una manera muy desagradable. Claudine, desnuda y a cuatro patas, esperó a quedarse sola para comer.

Pero entonces, otro perro, algo más pequeño que el anterior, se acercó a ella y, atraído por los cascabeles que colgaban de sus pechos, comenzó a jugar con ellos. Claudine lo retiró con el brazo, pero el perro insistía. Entonces, para su desgracia y desconsuelo, llegó Emily.

—¿No quieres jugar con él, Cascabel? Es un perro muy simpático. ¡Vamos! déjalo que juegue. No lo toques.

Claudine cerró los ojos y quedó inmóvil. El perro se echó para atrás de un salto, se agachó sobre las patas delanteras y ladró. Con el trasero levantado, se arrastró juguetón hasta Claudine, sin perder de vista los cascabeles de sus pechos.

—¡Eugene! —llamó Emily—. Ya la vigilo yo. Puedes irte a otro lado.

Eugene dio media vuelta y desapareció tras la casa. Claudine deseo estar muerta en aquel momento

—Agita los pechos Cascabel, quiero oír el tintineo de los cascabeles.

Claudine zarandeo su torso, haciendo bailar sus pechos. El perro emitió un ladrido seco y metió la cabeza bajo el cuerpo de Claudine, intentando agarrar el cascabel, pero ésta, arrastrada por el miedo, bajó el hombro y lo hizo salir.

—¡Tú eres tonta! —gritó Emily, empujándola del culo con el pie y haciéndola caer de bruces sobre el suelo—. ¡He dicho que no te muevas!

Los cascabeles se hundieron en sus pechos, lo que le provocó un dolor espantoso. Pero rápidamente se levantó y adoptó nuevamente la postura canina: a cuatro patas. Emily la agarró del collar y la llevó hasta donde estaba la comida. Apartó de un empujón al perro que estaba comiendo y dijo:

—Querías comer, ¿verdad?; pues vamos, ¡come! Quiero que te lo acabes todo.

Lo peor para Claudine no era la humillación de tener que comer aquella mezcla de sobras y babas sin usar las manos, sino, más bien, el tener por allí cerca de todos aquellos perros que, en cualquier momento, podían asaltarla o, peor aún, montarla.

Claudine metió la cabeza en el cuenco y comenzó a comer. No tardó en acercarse un perro por detrás y comenzar a oler su entrepierna.

 

 

—Abre las piernas Cascabel—ordenó Emily

Claudine obedeció. Estaba muy nerviosa. Solo pensaba en el momento que aquel perro se subiera a lomos suyo; entonces, estando presente Emily, nada podría hacer para evitar lo peor.

—Pronto serás una mas. Comes igual. Hueles igual. Te comportas igual. Solo falta que te aparees con ellos. Con todos. Entonces dejarás de ser la puta de finos cascabeles para convertirte en una vulgar perra, una de las muchas que hay por las calles. Ya no solo me das pena, sino que comienzas a darme asco, y odio sentir asco. Voy a tener que castigarte por ello. Si tuviera una de esas bandejas… —Emily dejó de dirigirse a Claudine y comenzó a divagar—, se la pondría y la llenaría de cosas. Botellas y todo eso no. Llevaría el látigo. Eso si sería interesante. Para que un castigo sea efectivo, ha de marcar un profundo desagrado en el sometido. Llevar el material de su tortura... eso es… el látigo, las mordazas, las cuerdas… y después… a torturarla. ¿Sabes Cascabel? —volvió a dirigirse a su victima—, tengo una lista de castigos que yo misma he elaborado y a la que he titulado "Dueña de su dolor: la Biblia del castigo". Uno de ellos, el dieciséis si no recuerdo mal, consiste en introducir una variante de la conocida como pera rectal. ¿Sabes lo que eso? Bueno, te lo imaginas… Pues se mete por el culo y una vez dentro se abre; después le atamos una cuerda en la parte estrecha que sale de tu cuerpo y al otro extremo una pelota pequeña que tiraremos a los perros para que jueguen.

Mientras Emily acababa de decir esto, el perro saltó de golpe a lomos de Claudine. Aquella acción le encendió el rostro, volviéndolo rojo. Sin retirar la cara manchada del cuenco comenzó a llorar. Entonces, Emily, apartó al perro de una patada.

—No provoques ahora a los perros. Es hora de comer, no de aparearse. Quiero que te lo comas todo primero. Ya tendrás tiempo luego de hacer otras cosas, guarra.

Emily, mientras Claudine seguía comiendo, se acercó a un arbusto y arrancó de éste una rama seca. Cuando volvió junto a Claudine, un perro intentaba montarla.

—¡Fuera! —gritó Emily.

El perro salió corriendo. Claudine, que había cerrado las piernas cuando el perro intentó montarla, volvió a abrirlas cuando Emily, dándole un azote con la rama, le obligó a hacerlo. Después comenzó a clavarle la punta por todas las zonas de su parte trasera, centrándose en los dos orificios. Cuando se cansó de hacerlo, se montó encima de ella, la agarró por el collar y dijo:

—Ya basta de comer. Quiero que me des un paseo.

Y siendo fuertemente azotada con la rama en las nalgas, Claudine comenzó a caminar a cuatro patas sobre el suelo terroso.

—Más rápido perra. Llévame hasta allí o te azoto por abajo.

Emily golpeó suavemente los cascabeles que colgaban de los pezones de Claudine. Ésta la llevó hasta lugar indicado: una caseta que había en un extremo del cobertizo. Emily se levantó y entró a la caseta. Poco después salió arrastrando una tabla de madera que dejó en el suelo junto a Claudine. Tenía ésta cuatro grilletes de hierro y un pequeño caballete en el centro.

—Ponte de rodillas sobre la tabla y apoya el vientre sobre el caballete. Voy a inmovilizarte a cuatro patas para que tus semejantes, o sea, los perros, puedan aparearse contigo cuando quieran. No temas. Solo hay una cosa que debe preocuparte —Emily azotó con la rama las nalgas de Claudine—: los perros no saben diferenciar una entrada de otra, y tanto te la pueden meter por uno lado como por el otro. Pero eso no es todo. ¿Sabias que… —Un nuevo azote, más fuerte que el anterior, recayó sobre Claudine, lo que despertó en ella una ira dormida y acumulada desde que entró en aquella casa— los miembros de los perros se hinchan cuando eyaculan y se quedan enganchados a las perras como tú? También dicen que segregan treinta veces (¡pueden llegar hasta cincuenta!) más semen que los hombres; y no es que esté caliente… ¡dicen que quema! —Emily volvió a descargar su perversión sobre las nalgas de su victima, ya marcadas con varias líneas rojas. Un extraño deseo de rebeldía, generado por el pánico que sentía, oprimió el pecho de Claudine. Su corazón bombeaba con fuerza. Le dolía la sien— Te gustará; ya lo verás. El primero no, ni el segundo, y mucho menos cuando lo hagan por donde más duele, pero con el tiempo llegarás a disfrutarlo, y entonces no desearás otra cosa.

Entonces estalló. Cogiendo a Emily desprevenida, Claudine se lanzó sobre ella como una loba. Ambas cayeron al suelo. Claudine estaba fuera de si. Golpeaba la cara de Emily con ambas manos mientras ésta intentaba protegerse en vano.

—¡Eugeeeene! —gritó Emily— ¡Eugeeeene!

Eugene acudió corriendo al lugar.

Tuvo que hacer uso de todas sus fuerzas para separar a Claudine. Ya controlada, Emily se levantó del suelo manchada de tierra. Un hilo de sangre manó de su labio inferior. Pero sin perder la compostura, y dirigiéndose a Claudine, cuya agitación comenzaba a disminuir, dijo sosegada, con una sonrisa dibujada en los labios:

—Escúchame bien. Posiblemente jamás olvides tu estancia en esta casa, pero si de algo estoy segura, es que no habrá un solo día de los que te quedan de vida que no te arrepientas de lo que acabas de hacer. Me encargaré personalmente de ello. Puedes estar bien segura.

Eugene se llevó a Claudine a la casa.

—No debió hacer eso. La joven Emily no es como los demás. Su naturaleza traspasa los límites de lo perverso. Hizo muy mal reaccionando así. Deberá ir con mucho cuidado a partir de ahora.

Claudine comenzó a llorar. Jamás había tenido una reacción como aquella. Tenía remordimientos. Pero sobretodo tenía miedo; mucho miedo.

Nunca había lastimado a nadie, excepto cuando el Señor Wales la obligó a pegar a Emily. Pero esta vez había sido distinto. La ira se había adueñado de ella. Había perdido el control sobre si misma. Había agredido a la persona que más miedo tenía en este mundo. ¿Qué podía hacer ahora? ¿pedir perdón? Sería inútil, pensó. Con Emily nada serviría. Claudine se encontró de golpe en una situación más angustiosa de la que estaba, y solo su amante, el Doctor Khol, podía salvarla de todo aquello.

 

 

 

Claudine trató de no coincidir a solas con Emily durante los días posteriores al desafortunado incidente, algo difícil de lograr sin salir de la casa. En las numerosas ocasiones que se cruzaron, Emily se limitó a ignorarla. Pero pasado un tiempo, una mañana, Emily acudió a su madre con la intención de que ésta le permitiera llevarse a Claudine para "jugar" en su habitación.

—Claro que puedes. Pero ve con cuidado. No quiero que le hagas daño. No ahora.

—Gracias mamá; no le haré daño.

Emily llamó a Eugene y le ordenó que buscara a Claudine para llevársela a su habitación. Cuando Eugene la encontró y le informó su cometido, quedó pálida como el papel y deseó no estar allí en aquel momento.

—Por favor Eugene; dígale que no me ha encontrado. Tengo miedo de lo que pueda hacerme.

—Lo siento. No puedo hacer eso. Debe acompañarme.

Eugene agarró del brazo a Claudine, cuyos ojos empezaban a llorar, y la llevó a la habitación de Emily. Abrió la puerta y le indicó que entrara. Dentro, tumbada en la cama y en ropa interior, Emily ojeaba el libro que encontró en el sótano días atrás.

—Pasa y cierra la puerta —ordenó, sin apartar la vista del libro—. Ponte de rodillas junto a la cama.

Siguió leyendo y pasado un rato se levantó de la cama. Se acercó a la cómoda, abrió el cajón y sacó de éste varios objetos que fue dejando sobre la cama: una mordaza de anilla, una especie de bragas de cuero con dos tubos metidos hacia dentro y hebillas en los costados, un consolador de dimensiones exageradas y formas rugosas, un bote de salsa picante, dos mordazas de sujeción y una cuerda.

Tras sacar todos estos objetos, Emily se colocó detrás de Claudine y, tirándole del pelo hacia tras, le pregunto:

—¿Te desahogaste bien el otro día, verdad? Pues hoy es mi turno. Prepárate para sufrir.

Y dicho esto, escupió en su cara y la abofeteó repetidas veces en las mejillas y en la boca hasta que se cansó; entonces le soltó el pelo y le ató las muñecas a la espalda. Claudine estaba aterrada. Todos aquellos objetos de tortura le despertaban un temor escalofriante. ¿Qué pensaba hacer con ellos? Se preguntaba. Pero no tardó en averiguarlo, ya que, tras soltarla, Emily cogió la mordaza de anilla y se la colocó en la boca. Después le ordenó que apoyara la cabeza en la cama, de tal manera que su cuerpo quedara inclinado y su culo expuesto. Claudine comenzaba a temblar. Vio como Emily cogía aquellas extrañas bragas y se las colocaba, introduciéndole con ello los tubos, uno en su sexo y el otro en la entrada más pequeña.

—Si yo fuera mi madre, llevarías esta prenda tan fina día y noche. Si yo fuera mi madre… te hacía dormir con los perros, guarra. Pero, ahora que recuerdo… mis padres se van de viaje dentro de cuatro días. ¿Lo sabías? No tienes escapatoria. Te convertiré en una perra de verdad.

Dicho esto, cogió las mordazas de sujeción y, apartando los cascabeles, las fijó en los pezones. Ató los extremos de la cuerda a las pinzas y tiró del resto.

—Escucha —dijo Emily, dando un tirón a la cuerda y estirando los pezones— Voy a llenarte de salsa picante. Vaciaré todo este bote que tenía guardado especialmente para ti en todos los agujeros que tienes. Y cuando los haya llenado de salsa, te introduciré por todos ellos este bonito objeto de extraña forma. Puede que por el culo sea muy difícil meterlo, incluso prácticamente imposible, pero con empeño, paciencia, fuerza y brutalidad, seguro que entra, aunque con ello te desgarré entera.

Claudine, muerta de miedo, comenzó a orinarse encima. Eso despertó las diabólicas carcajadas de Emily, quién, embargada por una excitación desmedida, dijo:

—Tienes motivos para mearte de miedo. Me hiciste sangrar por la boca. Yo haré hoy que sangres por otro sitio, y cuando lo consiga, mearé encima tuyo, para que te quede bien claro quien es tu dueña.

Pero en el instante en el que Emily cogía el bote de picante, Eugene interrumpió en la habitación e informó que el Doctor esperaba a Claudine en el salón.

—Vaya —dijo Emily, quitando los objetos del interior de Claudine—, te vas a librar por ahora. Pero esta noche te quiero aquí.

El ritual de siempre volvió a repetirse y Claudine, llena de alegría y esperanza, no creyéndose aún su golpe de buena suerte, bajó con el corazón en un puño para ver al Doctor, quien, como siempre, la esperaba en el salón junto a la Señora Wales.

El Doctor la recibió con una alegría contenida.

—Claudine… ¿Cómo está?

—Bien Doctor, gracias.

—El Doctor trae muy buenas noticias —intervino la Señora Wales, sonriendo—, como siempre. Si me disculpan, les dejaré que hablen solos.

—Por supuesto —dijo el Doctor—. Si a Claudine le apetece, saldremos a caminar por el jardín. Fue un grato paseo el del otro día, ¿querrá repetirlo? Esperemos que la lluvia no lo estropee.

Claudine asintió con la cabeza.

—Que buena idea —añadió la Señora Wales—. Hoy hace un día esplendido.

El Doctor y Claudine salieron al jardín. "Un coche nos espera en la calle", informó con un susurro el Doctor. Ambos amantes pasearon distraídamente, intentando no levantar sospechas respecto a sus planes. Tras varios rodeos, decidieron salir y subirse al coche. El conductor, amigo íntimo del Doctor, los llevó hasta la casa donde el éste trasladó a Alice y Roger. Nada más llegar, una joven bonita y esbelta salió de la casa con la niña cogida de la mano.

—Es Karin, mi enfermera. Se ha encargado de los cuidados de Alice mientras Roger trabajaba. Nos acompañará todo el viaje para el mejor cuidado de Alice—informó el Doctor.

Claudine Salía del coche mientras el Doctor pronunciaba estas palabras. Corrió hasta su hija y la abrazó y besó con lágrimas de felicidad en los ojos.

—Siento interrumpir, pero tenemos poco tiempo. Debemos irnos ya —dijo el Doctor, que había salido del coche para contemplar la escena.

 

***

 

 

Vastos bosques de abetos se abrían al paso de la vía. El aire que entraba por la ventana ondulaba el pelo de Claudine. Frente a ella, su amante la observaba con admiración. Alice, en cambio, se distraía viendo las fotografías que la joven Karin le mostraba.

—¿Verdad que es bonito? —preguntó el Doctor Khol

Claudine, que parecía inmersa en un sueño, suspiró y asintió con la cabeza. Todo el paisaje le parecía precioso. Realmente lo era.

—Llevaremos a Emily al mismo colegio al que fui yo de pequeño. Es un buen colegio. No le faltará de nada.

Fueron muchas horas de viaje hasta llegar a la ciudad de Mistelbach. Después, tras un viaje de tres horas en coche a través de caminos cada vez más angostos y bordeados por frondosos bosques, llegaron, finalmente, a casa del Doctor Khol. Era un lugar excepcional. Todo verde. La casa, construida en piedra, se veía grande y hermosa bajo la luz del sol. A Claudine le pareció el lugar más hermoso de la Tierra.

Se instalaron en sus habitaciones y acomodaron a Alice en la misma habitación que Karin. En la casa vivía un joven (un criado) que se habían encargado de su vigilancia y cuidado, por lo que, todo estaba limpio y en perfecto estado.

Aquella noche, mientras Alice, Karin, y el criado dormían, Herbert y Claudine disfrutaban de la compañía del otro en el salón, junto al fuego de la chimenea.

—Toma Claudine. Quiero que leas esta carta.

El Doctor le ofreció una hoja cuidadosamente doblada que había sacado del bolsillo. Claudine la desplegó, mirando a su amante con una sonrisa retraída, esperando que éste le adelantara su contenido. Pero él no dijo nada, y se limitó a observar a Claudine con expresión relajada.

"Mi querida Claudine:

Quiero darte la bienvenida a tu nuevo hogar. Hoy es un día especial para ti. Comienzas una nueva vida. Una vida que ahora se presenta extraña, pero a la que poco a poco te irás adaptando.

Eres especial, Claudine, un ser único, adorable, imprescindible. Te necesito. Quiero tenerte a mi lado para siempre. Solo tú me has hecho sentir lo que siempre había soñado y nunca conocido.

Te quiere, para toda la vida... "

 

Toda aquella carta conmovió a Claudine hasta el momento que, en el borde de la misma, vio la firma de Elisabeth Wales. Claudine, temblando, dejó caer la hoja y miró a su amante, buscando algún gesto, algún indicio que desmintiera lo que había leído. El Doctor Khol sacó una cajita con grabados arabescos y se la ofreció a Claudine. Ésta, embargada por una incertidumbre que la colocaba al límite de la locura, abrió la cajita. En el fondo de la misma relucía un cascabel.

—Es el último; el octavo. No temas Claudine. Elisabeth y yo te queremos; cuidaremos de Alice como si fuera nuestra hija. Tu entrega será lo mejor para todos. Ya verás que con el tiempo encontrarás en ella la felicidad.

Y entonces Claudine recordó las palabras de la Señora Wales en las que decía: "un secreto del que casi nadie está al corriente, un plan para hacer que seas mía toda la vida".

Y así fue.

 

FIN

 

 

Gracias a quienes han dejado su impresión en alguno de los relatos. A perritillo no. Hace tiempo que publiqué otros relatos en esta página que acabé borrando por no tener opción a rectificarlos. En breve los repasaré y los subiré al blog que aparece en mi perfil. Un saludo a todos.

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