La historia de Claudia (11)
Después de someter largamente por el culo a las dos sumisas y
de gozar de sus lenguas en su concha, la señora descansaba con las piernas
apoyadas en la espalda de Laura mientras Claudia le lamía los pies. Recordó el
permiso que les había dado para tener una noche juntas como premio a Claudia y
le preguntó:
-¿Y perra? ¿Lo pasaste bien con ésta la otra noche?
-Sí, señora. Vuelvo a darle las gracias por el premio que me
concedió. –dijo la joven y siguió lamiendo los pies de su dueña.
La señora se sumergió entonces en las voluptuosas sensaciones
que la lengua de su perra le proporcionaba y comenzó a desarrollar una idea que
estaba germinando en su mente.
Recordó cuando Inés, al conocer a Claudia, le había dicho
admirada que era un ejemplar de exposición. "¿Por qué no?" -se dijo. "¿Por qué
no organizar una exposición para exhibir a mis perras? Inés me puede servir en
esto. Ella anda siempre a la pesca y tiene varias clientas "especiales" que
atiende en el gabinete privado. Estoy segura de que les interesaría." –y siguió
avanzando mientras Claudia continuaba lamiéndole los pies. "Podríamos organizar
un remate, una subasta y alquilarles las perras por uno o dos días a las que
hagan las mejores ofertas. Mañana mismo llamo a Inés." –concluyó decidida a
llevar adelante su plan en el transcurso de esos quince días de ausencia de su
marido.
A la mañana siguiente llamó a Inés a la peluquería y la
invitó a cenar el jueves:
-Tengo una idea que quiero comentarte y además así conocés a
la otra perra que tengo. Bueno, en realidad una perrita, porque es cachorra
¿sabés? Tiene diecinueve años... un delicioso bomboncito de licor que me
embriaga cada vez que la cojo... –dijo provocando la risa de Inés:
-¡Ay, Blanca, cómo estás! Y bueno, te creo, esa chica debe
valer lo suyo, me encantará conocerla y si me gusta podrías prestármela como me
prestaste a Claudia, jejeje.
-No hay problema, querida, vaya un favor por otro, porque
necesito que me ayudes con esa idea que se me ocurrió. –y acordaron que Inés
llegaría el jueves a las nueve y media de la noche.
Para ese momento la señora tenía ya todo listo. Claudia había
pasado por la veterinaria a buscar a Laura y una vez en la casa tuvo que
vestirse de sirvienta, barrer el comedor, lustrar los muebles y después
encargarse de cocinar las pastas con tuco que serviría en la cena.
La señora, mientras tanto, preparó a Laura haciéndole tomar
un baño y dejándola después en un rincón del comedor, desnuda y con el collar
puesto, de pie, con la cabeza gacha y las manos en la nuca.
-Quieta como una estatua. ¿Entendido?
-Sí, señora. -murmuró la rubiecita.
Inés llegó a la hora convenida vistiendo un elegante tailleur
color crema, blusa de seda verde claro, cartera y zapatos marrones de tacos
altos, y fue Claudia quien la recibió por orden de la señora.
-Hasta vestida de sirvienta sos muy linda, queridita –le dijo
la peluquera con una sonrisa insinuante y sin más le dio un beso en la boca que
Claudia aceptó sin devolverlo. Sintió que le hubiera gustado hacerlo, pero no
tenía el permiso de la señora y entonces se abstuvo de realizar lo que habría
sido un acto de voluntad propia.
Guió a Inés hacia el comedor y allí la señora se adelantó
para saludar a su visitante.
-Bienvenida, Inés. -le dijo y mandó a Claudia a la cocina. La
peluquera vio a Laura y mientras la contemplaba con ojos ávidos le dijo a
Blanca:
-Supongo que ésta es tu nueva perrita.
La señora asintió, orgullosa, y en tanto con un gesto la
invitaba a sentarse a la mesa, le dijo:
-Por supuesto que es tuya cuando gustes, querida. Ya
hablaremos de eso.
-¡Pero que buena está la cachorrita! –exclamó Inés girando la
cabeza para volver a mirarla mientras se sentaba.
Minutos después comían con Claudia cerca de ambas a la espera
de órdenes y fue cuando la señora le explicó a Inés la idea que se le había
ocurrido para llevar a cabo antes de que su marido regresara de su gira de
trabajo. Al escucharla, Claudia se dijo que aquel sueño suyo en el que era
subastada había resultado premonitorio.
A Inés la entusiasmó el plan y dijo:
-Con una semana de tiempo te garantizo cinco o seis
asistentes, querida. Todas damas y damitas muy bien ¿sabés? Te diría que tienen
entre veinticinco y cincuenta años, algunas casadas, otras solteras. Son lesbis
o bisexuales, pero todas apasionadas por la belleza femenina. Te aseguro que les
encantará la idea. –concluyó echándole una nueva mirada de deseo a Laura,
inmóvil y cerca de una lámpara de pie que moldeaba su cuerpo en un insinuante
contraste de luces y sombras.
La señora le preguntó:
-Bueno, Inés, ¿cuándo querés que te la mande?. -y la
peluquera, después de pensar un momento, dijo: -Mi esposo viaja el martes a la
tarde. Si no tenés inconvenientes me gustaría tenerla esa noche.
-Es tuya, querida. Si queres gozarla toda la noche le ordeno
que se quede en tu casa y desde ahí se vaya al negocio donde trabaja. –y esto
convinieron.
La señora entonces mandó a Claudia a que sirviera la ensalada
de frutas y cuando terminaron de comerla le ofreció a Inés una inspección visual
y táctil de la rubiecita. Inés aceptó entusiasmada y Blanca llamó a su sumisa
chasqueando los dedos:
-Aquí en cuatro patas, cachorra. -le ordenó. Laura se acercó
y la señora la hizo parar ante Inés.
La peluquera la miró de arriba abajo, sonriendo complacida,
la tomó de las caderas para hacerla girar y exclamó: -¡Es uno de los culitos más
lindos que he visto en mi vida! –y sus manos empezaron a deslizarse por ambas
nalgas y después por los muslos, rodeándolos, subiendo y bajando por dentro y
por fuera, para luego recorrer la curva de las caderas y hacer girar nuevamente
a Laura hasta dejarla de frente y entonces capturar sus pequeñas y deliciosas
tetitas, cuyos pezones reaccionaron poniéndose duros y erectos mientras la
respiración de Inés se hacía cada vez más agitada. De pronto, al poner una mano
sobre la concha de Laura, advirtió los anillos, los atravesó con un dedo y dio
un tirón que hizo gemir de dolor a la sumisa. Inés miró a Blanca sonriendo y
dijo:
-La anillaste...
-Es mi marca. -contestó la señora. -Ésta otra también los
lleva. -y señaló a Claudia que permanecía de pie cerca de la mesa, con las manos
atrás y la cabeza gacha.
-Desnudate. -le ordenó. Quiero que le muestren a Inés sus
conchas anilladas.
Claudia se quitó el vestido y entonces la señora les ordenó a
las dos tenderse de espaldas en el piso ante la peluquera, con las piernas
flexionadas y bien abiertas.
En esa posición Inés pudo apreciar debidamente los accesorios
y le dijo a Blanca:
-Te felicito, querida, me encanta cómo lucen esas conchas. -y
luego de recibir la anuencia de la señora se inclinó hacia adelante e introdujo
sus dedos en ambos nidos, que pronto comenzaron a derramar flujo.
-¡Ay, ay, ay! -exclamó entre divertida y cachonda. -Estas
perras son increíbles, apenas una las toca empiezan a mojarse...
-Son perras en celo. -dijo Blanca. -Tienen la concha siempre
hambrienta.
Inés la miró y sin dejar de trabajar con sus dedos en ambos
agujeros le dijo:
-Estoy pensando en algo ¿sabés? -y sus labios dibujaron una
sonrisa lujuriosa.
-¿Ah, sí? contame.
-No todavía, dejame redondear la idea, pero creo que te va a
gustar. –dijo Inés, que había retirado sus dedos de las conchas y tomaba una
servilletita de papel para limpiárselos.
-No. -la detuvo la señora. -Que te lo limpien ellas con la
lengua. –y les ordenó a las sumisas que se pusieran en cuatro patas ante Inés.
-Y con el hocico abierto. –les dijo para beneplácito de la
peluquera, que encontró eso muy excitante. Metió sus dedos primero en la boca de
Claudia y luego en la de Laura, mientras los movía entre risas:
-¡Vamos, perras, chupen los dedos de mamita! ¡Límpienlos
bien! -y por momentos los metía tan profundo que les provocaba arcadas mientras
ella y la señora reían sádicamente ante el sofoco de las sumisas y los vanos
intentos que hacían por librarse de ese ahogo, ya que Blanca las tenía sujetas
firmemente por el pelo.
Finalmente, la anfitriona y su visitante consideraron
suficiente la diversión y la peluquera anunció que se retiraba.
-Lo pasé muy bien, querida. –dijo dirigiéndose a Blanca
mientras tomaba su cartera, y agregó: -No te olvides de mandarme a tu cachorrita
el martes.
-Perdé cuidado. –contestó la señora. –Sale de trabajar a las
ocho y de ahí se va para tu casa.
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Dos días después, el sábado por la mañana, la señora iba al
supermercado con Claudia vestida de sirvienta y caminando detrás de ella.
Estaban por llegar cuando de pronto un perro de regular tamaño se soltó de su
dueña, corrió hacia ambas mujeres y alzándose ciñó sus patas delanteras a una de
las piernas de Claudia y comenzó a refregarse frenéticamente contra ella. La
joven, shockeada por la sorpresa y la repulsión, se puso a gritar mientras
trataba infructuosamente de librarse del perro. La dueña del animal se acercó
presurosa y tiró fuertemente de la cadena.
-¡¡¡Peter, basta!!! ¡¡¡Basta, vení, vení!!! –vociferaba hasta
que al fin pudo arrancarlo de la pierna de Claudia, que quedó inmóvil entre
sollozos y jadeos. La desconocida pidió disculpas a Blanca y a la joven, con una
expresión de vergüenza en su rostro:
-Ay, perdónenme por este mal momento, por favor. ¿Te sentís
bien, querida? Es que está en celo y...
-No se preocupe. –le contestó la señora riéndose. -Fue
divertido.
La otra puso cara de asombro ante la respuesta, se encogió de
hombros y se alejó moviendo la cabeza mientras Claudia seguía temblando. La
señora la tomó de un brazo y mientras la sacudía le dijo:
-Sos una perra y no tiene nada de raro que ese perro en
celo te haya querido coger, así que basta de escándalo y caminá. ¿Oíste?
-Sí... sí, señora, sí... –contestó Claudia articulando
dificultosamente las palabras en medio de los sollozos que se esforzaba por
controlar.
En el supermercado, la señora hizo que la joven tomara un
carro y fuera detrás de ella cargando todos los productos que le iba indicando.
Después emprendieron el regreso con Claudia cargando toda la compra, que no era
poca.
Una vez en la casa y cuando la joven hubo guardado cada
producto en su lugar, la señora la convocó al comedor y sentada en el sofá le
dijo con voz dura:
-La próxima vez que hagas un escándalo en la calle te agarro
a cachetadas ahí mismo, delante de todo el mundo. ¿Entendiste?
-Sí, señora. -respondió Claudia de pie ante ella, con la
cabeza gacha, las piernas juntas y las manos atrás.
-Así aparezca un elefante que quiera meterte la trompa en el
culo vos te la aguantás. ¿Fui clara? –insistió la señora mordiendo cada palabra.
-Sí, señora. -volvió a decir Claudia atemorizada por el tono
que empleaba su dueña.
-Voy a asegurarme de que lo hayas entendido, perra. –dijo la
señora y se dirigió al dormitorio para regresar enseguida empuñando el rebenque.
-¡A la mesa! ¡Vamos! ¡Subite el vestido e inclinate ahí!
¡Vamos! –le gritó.
Claudia sabía de sobra que era inútil suplicar y entonces
hizo lo que se le había ordenado. Se inclinó sobre la mesa con el culo al aire y
espero el comienzo del castigo estremecida de miedo y ansiedad al mismo tiempo.
La señora se paró tras ella a la distancia adecuada, envolvió
en una mirada caliente esas nalgas amplias, redondas y carnosas, alzó el brazo y
descargó el primer azote.
Claudia gritó y prolongó la queja al recibir enseguida un
segundo rebencazo. La señora siguió castigándola con pausas de distinta
duración, con lo cual lograba que su perra no supiera cuándo iba a ser
nuevamente golpeada.
El culo se iba tiñendo de un rojo cada vez más intenso y
lucía de color escarlata cuando la señora le había dado cincuenta azotes y
Claudia aullaba y pataleaba aferrada con ambas manos a los bordes de la mesa
balbuceando ruegos inútiles.
La señora dejó de golpearla, se acercó a ella, palpó ambas
nalgas y comprobó que quemaban. Entonces, no satisfecha con la paliza, decidió
someterla a un nuevo suplicio. Había vuelto a recordar súbitamente los tiempos
en que era la mucama en casa de la hembra que ahora era su sumisa y debía
soportar a diario malos tratos y humillaciones de la madre. En ocasiones había
sorprendido a Claudia luciendo una sonrisa burlona cuando esa señora altanera y
despótica la humillaba.
Fue hasta el dormitorio y volvió con un pote de gel
lubricante con el que embadurnó el mango del rebenque, de tres centímetros de
diámetro y cuatro protuberancias en forma de anillo que cada cinco centímetros
aumentaban un poco el grosor. Puso también algo de pasta en la entrada del
pequeño orificio anal y apunto el extremo redondeado del mango hacia su
objetivo. Lo apoyó y empezó a presionar hasta que el esfínter cedió y el mango
fue introduciéndose centímetro a centímetro en el estrecho sendero. Al sentir la
impiadosa penetración, Claudia tensó todo el cuerpo y sus piernas se estiraron
abiertas y duras como estacas. La señora hundió hasta el fondo el mango y gritó
riendo:
-¡¿De qué te quejás?! ¡Esto es mucho más chico que la trompa
de un elefante! ¡jajajajajajajajajajajajajajajaja! -mientras Claudia lanzaba un
aullido de dolor.
Entonces comenzó a mover el mango del rebenque con la
violencia que la furia surgida de sus recuerdos le dictaba, en tanto los
berridos desesperados de su víctima le halagaban los oídos.
Siguió martirizándola hasta que de la boca de Claudia
brotaron rugidos casi animales como producto del intenso y prolongado
sufrimiento y la señoras advirtió que dos hilos de sangre surgían del ano
desgarrado deslizándose por ambos muslos. Extrajo entonces el mango con un
movimiento brusco, sin miramiento alguno, y en tanto su perra caía al suelo fue
hasta el baño y volvió con un frasco de alcohol y un puñado de gasas. Arrastró a
Claudia por el piso hasta la despensa disfrutando de sus quejidos, la puso boca
abajo y se aplicó a pasarle gasa embebida en alcohol por el maltrecho orificio
anal hasta que el fluir de sangre se detuvo. No había en la señora el menor
atisbo de conmiseración. Sólo la impulsaba el deseo de evitar toda consecuencia
física, como una infección con su secuela de fiebre, que le impidiera gozar
durante algunos días de esa perra a la que le interesaba mantener con buena
salud exclusivamente en su propio beneficio. La dejó casi exánime en el piso,
cerró la puerta con llave, lavó el rebenque, lo guardó en su lugar y llamó al
celular de Laura. El martirio de Claudia la había excitado sexualmente al punto
de tener que desahogarse y lo iba a hacer con su otra sumisa.
-¿Dónde estás? –le preguntó.
-Buenas tardes, señora, estoy en la facultad. -contestó en
voz baja la cachorrita, que en ese momento se encontraba en plena clase.
-¿A qué hora terminás?
-A las tres, señora.
-A esa hora te venís para acá. ¿Entendido?
-Sí, señora. –dijo Laura, y Blanca cortó la comunicación para
dirigirse al dormitorio con el propósito de disfrutar de una siesta y recibir en
buena forma a la rubiecita.
Eran poco menos de las cuatro cuando Laura llegó a casa de la
señora, que la recibió cubierta con su bata de baño, el cabello húmedo y toda
ella oliendo a jabón y perfume. La sumisa la saludó como le estaba ordenado,
besándole la mano de rodillas y entonces Blanca observó que no llevaba el pelo
suelto, como de costumbre, sino que se había hecho una larga trenza desde la
nuca hasta la mitad de la espalda. De esa trenza la tomó para ponerla de pie y
arrastrarla tambaleando entre quejidos hasta el comedor. Allí tomó asiento en el
sofá, la hizo poner en cuatro patas ante ella y le dijo:
-Así que te cambiaste el peinado...
-Sí, señora, hoy me dieron ganas de...
-¡¡¡¡¿Ganas?!!!! ¡¡¡¡¡¡¿Qué te dieron ganas te atrevés a
decirme?!!!!! ¡¡¡¡¡Yo soy la dueña de tus ganas!!!! ¡¡¡¡¡¡¡Yo soy quien decide
cómo te peinás!!!!! ¡¡¡¡¡Yo soy quien decide todo!!!!!
-Ay, señora, pe... perdón... es que... ¡perdón!... –murmuró
Laura asustada por la ira de la señora.
-Yo no perdono las desobediencias, las castigo, y ya vas a
ver cómo te voy a castigar... -la amenazó y tomándola otra vez de la trenza la
llevó hasta una silla donde sin hacer caso de sus súplicas la hizo inclinar
sobre el respaldo con la cara y las manos en el asiento, le bajó el jean y la
bombacha hasta los tobillos y fue en busca de su rebenque dejándola sollozante y
temblando de pies a cabeza. Se proponía aplicarle un correctivo ejemplarizador
del cual una buena zurra iba a ser sólo el principio.
Cuando volvió junto a ella le dijo mientras le deslizaba la
lonja del rebenque por las nalgas de arriba hacia abajo una y otra vez:
-Nunca más vas a hacer nada que yo no te haya ordenado o
permitido...
-No, señora... le juro que... que nunca más voy a...
¡¡¡aaaayyyyyyy!!!
La hizo callar de un rebencazo y siguió hablándole demorando
ex profeso el comienzo de la paliza, para incrementarle el miedo:
-Vas a aprender de una buena vez por todas que vos sos una
perra de mi propiedad, un simple animal ¿oíste? Un animal sin más voluntad que
la mía...
-Por favor, señora... por fa... ¡¡¡¡aaaayyyyyyyyyy!!!! –y
comenzó a castigarla con azotes lentos y fuertes hasta que le dijo:
-Vas a contar cada rebencazo y después decís "por haber hecho
mi voluntad" –y descargó un nuevo azote sobre el culito que ya había empezado a
colorearse.
-¡¡¡aaaaahhhhh!!!... uno, por... por haber hecho mi
voluntad...
Y la paliza siguió mientras la señora se iba excitando cada
vez más, estimulada por la embriagadora sensualidad del poder absoluto que tenía
sobre esa hembrita.
-¡¡¡¡aaaaaaayyyyyyyyy!!!!... quince... por haber hecho... por
haber hecho mi voluntad...
El rebenque caía ahora en forma vertical sobre una y otra de
las nalgas y Laura, arrasada en lágrimas a esa altura de la azotaína, se
aferraba con fuerza al borde de la silla para no caer al piso.
-aaaaahhhhhhhhhhh... cua... cuarenta, por... por haber... por
haber hecho... por haber hecho mi voluntad... –dijo la rubiecita con un hilo de
voz. La señora le palpó las nalgas ya rojísimas y las notó hirviendo bajo su
mano. Entonces consideró finalizada esa primera parte del castigo. Tiró de la
trenza y enderezó a Laura, que apenas podía tenerse en pie y no dejaba de
llorar. De un empujón la echó al piso, salió del comedor y regresó enseguida con
una tijera grande. Arrastró a la sumisa al baño y la puso arrodillada frente al
inodoro, levantó la tapa, le sostuvo la trenza tirante y la cercenó de un firme
tijeretazo mientras sentía que estaba mojándose. Puso la trenza en el cesto de
residuos y siguió cortando aquí y allá, sin ningún orden, furiosa y excitada al
mismo tiempo, dejando en la cabeza de Laura zonas donde sólo había cuero
cabelludo y otras con pelo de muy distintos largos y volúmenes.
La sumisa, al advertir lo que la señora le estaba haciendo,
se había puesto a llorar con desesperación, clamando por una piedad que no le
sería concedida, agobiada por el intenso dolor en las nalgas y esa tortura
sicológica a que se la sometía con el salvaje arrasamiento de su cabellera. La
señora oprimió el botón y los abundante mechones de cabello rubio desaparecieron
en el torrente del agua que se llevaba también jirones de su dignidad. Enseguida
levantó a la sumisa, la paró ante el espejo y la obligó a mirarse. Laura vio su
imagen a través de las lágrimas que le bañaban los ojos, y sus llanto arreció
hasta que de pronto escuchó a la señora decirle:
-Esto es para que nunca más, ¡nunca más! ¿me oís? hagas lo
que tengas ganas de hacer si yo no te lo permito. Soy tu dueña, Laura, me
pertenecés por completo. No tenés derecho a nada si yo no te lo concedo.
Y entonces una extraña calma fue ganándola de a poco. Se dijo
que nadie es dueño de algo si ese algo no le interesa, que la propiedad de una
persona sobre otra es una forma de interés, de reconocimiento, un interés y un
reconocimiento que ella jamás había recibido de sus padres. La calma fue
dejándole paso a un sereno regocijo. Dejó de llorar y se prometió a si misma que
no volvería a agraviar a su dueña con nuevos actos de voluntad propia. Fue
entonces cuando sintió las manos de la señora en sus nalgas y se inclinó hacia
delante para gozar de ese contacto en toda su plenitud mientras empezaba a
mojarse. La señora le introdujo dos dedos en la concha y sus labios se abrieron
en una sonrisa al percibir el fluir de jugos.
-Ponete en cuatro patas y seguime, cachorra. -le dijo, y se
encaminó hacia el dormitorio chorreando flujo. Una vez allí se sentó en el borde
de la cama, tomó la cara de Laura entre sus manos y la besó largamente en la
boca, estremeciéndose al contacto de las lenguas. La sumisa se entregó por
completo a los labios de la señora cuyas manos buscaron sus tetitas con los
pezones ya bien duros y enhiestos, presas indefensas y gozosas entre esos dedos
que los habían capturado. La señora separó las rodillas, abrió su bata y
acercando la cara de Laura a su concha le dijo:
-Quiero tu lengua aquí, cachorra.
La rubiecita aspiró hondamente el aroma que emanaba de ese
nido mojado y se puso a lamer entreabriendo los labios con su lengua ávida,
moviéndola de un lado al otro, de abajo hacia arriba una y otra vez, con lamidas
ansiosas y dirigiéndola a veces como un dardo hacia el orificio donde la hundía
lo más posible mientras escuchaba embelesada y caliente los gemidos y jadeos de
su dueña que aumentaron en intensidad cuando la lengua y los labios comenzaron a
ocuparse del clítoris. Después, ya con ambas sobre la cama, todo fue una
vorágine de bocas buscando las conchas, de piernas y brazos enlazados, de manos
crispadas ciñéndose sobre carnes estremecidas en el ardor del deseo. En un
momento la señora saltó de la cama dejando a la rubiecita revolcándose y
jadeando en el paroxismo de la calentura, se colocó el arnés y conteniendo el
orgasmo que se preanunciaba la penetró por el culo sin dilaciones arrancándole
un grito que parecía provenir de sus entrañas. La tenía echada de espaldas y
mientras movía las caderas haciendo avanzar y retroceder el dildo dentro del
culo comenzó a abofetearla.
-¡¡¡Sí, sí, señora, mi dueña, sí, pégueme, pégueme!!!
–gritaba Laura. -¡¡¡Haga lo que quiera conmigo!!! -y su cara iba de un lado al
otro a cada nueva cachetada que le enrojecía el rostro haciéndole saltar las
lágrimas sobre sus mejillas.
Por fin ambas explotaron en orgasmos violentos e
interminables, cubiertas de sudor caliente y enredadas entre sábanas que olían a
hembra.
(continuará)