La historia de Claudia (10)
Claudia esperaba ansiosa el regreso de Laura del baño con el
arnés listo para que la señora la sometiera. El haber lamido el culo de su dueña
había fortalecido aún más sus sentimientos de sumisión hacia ella y el deseo de
complacerla en todo lo que pretendiera. Blanca la había transformado, la había
convertido en una sumisa lesbiana, en un ser ya sin voluntad propia, en una
perra sin el mínimo orgullo ni sentido alguno de la dignidad y la vergüenza,
valores a los cuales diera tanta importancia y que ahora no significaban nada
para ella.
En ese momento vio aparecer a Laura que con uno de los dildos
del arnés en su boca se dirigió en cuatro patas hacia el sofá. La señora se puso
de pie, le quitó el dildo de entre los dientes y le ordenó que le colocara el
arnés. Laura comenzó por introducirle el dildo posterior en la concha, después
de lubricarlo con su propia saliva, y luego ajustó el correaje sujetándolo con
la hebilla.
Desnuda y así armada, erguida sobre los zapatos negros de
altos tacones, la señora lucía con aire majestuoso toda la proporcionada
opulencia de sus formas. Hizo ir a Laura junto a Claudia y a rebencazos en las
nalgas las fue arreando a las dos en cuatro patas hacia el dormitorio. Una vez
allí les ordenó que treparan a la cama y a Claudia que se tendiera de espaldas
con las piernas flexionadas y bien abiertas.
-Vos -le dijo a Laura -tocala un poco para ponérmela en
clima. -pero Claudia ya estaba caliente y muy mojada cuando la rubiecita le
apoyó sus manos temblorosas en las tetas. Al sentir el contacto Claudia juntó
las piernas agitada por un fuerte estremecimiento, pero volvió a separarlas
cuando la señora le cruzó el vientre de un rebencazo. Cerró los ojos y sintió
cómo una mano de Laura se deslizaba suave y lenta por su cuerpo hacia abajo.
-Metele los dedos en la concha y decime si está mojada.
–ordenó la señora.
Laura introdujo dos dedos, primero tímidamente y después con
decisión, sintiendo la profusa humedad que bañaba ese nidio tibio.
-Sí, señora, está... está muy mojada... -dijo mientras movía
un poco los dedos provocándole a Claudia un largo gemido.
La señora la apartó entonces tomándola del pelo, la echó al
piso y blandiendo el dildo se ubicó entre las piernas de Claudia. La penetró
despacio por la concha, haciendo avanzar el dildo y enseguida retirándolo,
gozando perversamente con la desesperación de la joven, que suplicaba entre
jadeos:
-Por favor, señora... ¡¡¡por favor!!!...
-Yo no hago favores, perra... –fue la fría respuesta que hizo
sollozar a Claudia. La señora se inclinó un poco hacia delante, aprisionó entre
sus dedos los pezones de la joven y se puso a estirarlos y retorcerlos hasta
arrancarle gritos de dolor y súplicas que lejos de conmoverla le dibujaron en la
cara una expresión de sádico placer. Le metió el dildo en la concha hasta el
fondo y le preguntó:
-¿Duele, mocosa?
-Aaayyyyyyyy, sí... sí, señoraaaaayyyyyyyy... ¡¡¡sí!!!...
¡¡¡me duele, sí!!!
-Ofrendame ese dolor. –le dijo.
Claudia, con el rostro crispado por el sufrimiento, dijo
entonces:
-Le... ay... le... le ofrendo este dolor que... que siento,
señora... aaahhhhh...
La señora sonrió satisfecha, le soltó los pezones y comenzó a
mover sus caderas. La expresión de Claudia fue cambiando del dolor al goce y
éste se acentuó cuando la señora se puso a estimularle el clítoris, primero
trazando círculos cada vez más estrechos alrededor con uno de sus dedos y
después frotándolo cuando el pequeño órgano emergió eréctil. Claudia jadeaba en
el paroxismo del placer. Entonces la señora le sacó el dildo de la concha, le
levantó las nalgas sosteniéndolas por debajo con ambas manos y la penetró por el
culo hasta el fondo, sin miramientos, renovando los embates de sus caderas hasta
que la joven, así empalada y con el clítoris otra vez estimulado tuvo un largo
orgasmo entre gritos y convulsiones.
Más tarde la señora manguereó a las dos sumisas en la bañera,
las hizo vestir y al despedirlas le preguntó a Laura:
Mañana vos tenés facultad ¿cierto?
-Sí, señora.
Entonces le indicó a Claudia que la fuera a buscar y se la
llevara a la casa para pasar la noche con ella:
-Es el premio que te doy por haberla cazado para mí. -le
dijo, y Claudia agradeció relamiéndose al imaginar todo el placer que la
esperaba con la linda rubiecita.
Al día siguiente, en la veterinaria, las horas transcurrieron
con lentitud exasperante para Laura y más tarde, ya en la facultad, le fue
imposible concentrarse en la clase. En su mente sólo había lugar para Claudia y
la noche que pasaría con ella.
Eran las 22,30 cuando Claudia llegó a la facultad vestida
como le había ordenado la señora: minifalda marrón y blusa color patito de
mangas largas. Su ansiedad la había llevado a presentarse media hora antes de la
salida de Laura. Ocupó una mesa en el buffet, pidió un café y se dispuso a
esperar a la rubiecita, con quien previamente había convenido encontrarse allí.
El corazón le dio un vuelco cuando la vio aparecer. Pagó la
consumición y se adelantó a su encuentro, la besó en la comisura de los labios y
tomándola de un brazo la llevó hacia la salida. Una vez en el taxi comenzaron a
prodigarse apasionados besos y caricias sin importarles el conductor, que a
través del espejo las miraba con ojos desorbitados.
Laura vestía pollera y Claudia metió una bajo por debajo de
la tela y comenzó a deslizarla por los muslos hasta llegar a destino. Sus dedos
encontraron humedad y entonces apartó su boca de los labios de la rubiecita y le
dijo al oído:
-Sacate la bombacha y guardala en la cartera.
Laura vaciló pero luego terminó haciéndolo y no pudo contener
un gemido cuando sintió que dos dedos de Claudia se introducían en su concha.
A esa altura el conductor del taxi tenía una fuerte erección
y luchaba por no perderse detalle del espectáculo que esas dos pasajeras le
ofrecían y, a la vez, mantener el automóvil en línea recta y no estrellarse
contra algún otro vehículo o un árbol.
Cuando llegaron a la casa, Claudia tomó la iniciativa. Esa
rubiecita la tenía tan caliente que no quiso perder tiempo. Se la llevó al
dormitorio y empezó a desnudarla cubriendo de besos afiebrados cada parte del
cuerpo que iba quedando al descubierto. La echó en la cama, se quitó toda la
ropa, se tendió junto a ella y la recorrió toda, lentamente, con sus labios, su
lengua y sus manos, excitándose al contacto con esa piel de increíble tersura
mientras Laura se deshacía en gemidos y jadeos. Claudia le besaba y lamía sus
tetitas y de pronto le apoyó una mano en la concha y sus dedos entreabrieron los
labios, capturaron el clítoris e iniciaron una estimulación suave al principio y
más intensa después. La rubiecita se mojaba más y más y era un río de flujos
cuando dijo en un ronroneo caliente:
-Penetrame, Claudia... ¡penetraaaaaaameeeeeeeee!...
Claudia le buscó los labios con los suyos, se estremeció al
contacto de ambas lenguas en el beso apasionadamente respondido, le metió
primero un dedo y luego otro y comenzó a moverlos hacia atrás y hacia delante
mientras volvía al clítoris con la yema del pulgar.
-Sí, Claudia... sí... así... así... –murmuró Laura y Claudia,
sin interrumpir la penetración y tendiéndose sobre ella, le pidió:
-Haceme gozar por atrás...
Laura llevó su mano a las nalgas de Claudia, buscó el centro
y le introdujo un dedo arrancándole una larga exclamación de placer. Jadeaba
como una perra mientras penetraba y era penetrada y gritó cuando Laura le metió
otro dedo y siguió moviendo la mano acompasadamente. Con su mano libre Claudia
se buscó el clítoris y poco después ambas sumisas acababan en medio de gritos,
gemidos y corcovos que trasuntaban la culminación de ese mutuo e intenso deseo
ahora satisfecho. Pasaron horas sumergiéndose en el goce una y otra vez hasta
que por fin, sudorosas, saciadas y exhaustas, se quedaron dormidas abrazadas una
a la otra.
Pero eran tales las ganas que sentían una por la otra que la
noche no les resultó suficiente. Por la mañana Claudia propuso bañarse juntas y
Laura aceptó entusiasmada. Desnudas bajo la ducha se enjabonaron mutuamente, con
lentitud, demorándose en cada zona de los bellos cuerpos, los pechos, las
nalgas, los muslos, el vientre, hasta que abrasadas de pasión se derrumbaron
bajo el agua caliente para volver a poseerse hasta el orgasmo. Más tarde, cuando
se despedían en la calle para ir a sus respectivos trabajos, Laura se abandonó
al largo y ardiente beso de Claudia y después, sofocada, le dijo:
-Fue hermoso, Claudia... ¡Fue hermoso!... ¿Pensás que la
señora nos va a dejar que lo hagamos otra vez?
-Yo no pienso nada. –le respondió Claudia. -Yo soy sumisa de
la señora y ella piensa por mí.
Laura, dolida, le dijo:
-Bueno, sí, pero... ¿pero no te gustaría que estuviéramos
juntas otra vez?
-Te deseo, pero eso no es pensar. Vos sentí todo lo que
quieras, pero no pienses, limitate a obedecer. –contestó Claudia desde lo más
profundo de su ser sumisa.
-Nos vemos. –le dijo y se alejó dejando a la rubiecita algo
apenada pero a la vez con la certeza de que Claudia tenía razón. Debía abandonar
toda pretensión de pensar por su cuenta, debía hacer de la obediencia a la
señora el motor de toda su conducta
.................
El fin de semana fue un suplicio de ansiedad extrema tanto
para la señora como para sus sumisas, ya que el marido de Blanca se quedó los
dos días en la casa, alegando mucho cansancio y su necesidad de recuperarse para
encarar en buena forma ese viaje de trabajo que lo tendría durante dos semanas
afuera, de una provincia a otra.
La señora debió limitarse a controlar telefónicamente a las
dos perras y a darles algunas órdenes como no salir de su casa, a Claudia, e ir
a trabajar el sábado sin bombacha ni corpiño, a Laura, que después desde la
veterinaria fue así a la facultad. La señora había sido muy clara:
-Y te ponés ropa ajustada ¿me oíste? Quiero que se note que
no llevás nada debajo. –Y ella obedeció vistiéndose con un jean ceñido y una
remera que le marcaba las tetitas y la pequeña protuberancia de los pezones.
Sintió vergüenza de exhibirse así, pero ni por un momento se le cruzó la idea de
indisciplinarse.
En la clase sus compañeros la miraban con insistencia y fue
Paola, esa chica que a ella le gustaba, quien le hizo un comentario muy directo
durante el breack:
-¿Qué pasó? ¿Tenés toda la ropita interior para lavar?
Laura se puso colorada:
-No, callate. Me salió una alergia y no aguanto la bombacha
ni el corpiño. –mintió.
Paola la miró irónicamente, sonrió y se fue sin agregar nada
más.
El lunes por la tarde, el marido de Blanca la llamó desde su
trabajo para anunciarle que debía viajar a la mañana siguiente. La señora fingió
sentirse apenada, pronunció algunas frases de circunstancia y lo primero que
hizo después fue convocar telefónicamente a sus dos sumisas para el martes a la
tarde. Buscando en Internet había dado con un lugar donde podría hacerles
colocar esos aros en las conchas, y teniendo en cuenta la hora en que Laura se
iba de la veterinaria arregló presentarse con ellas a las nueve de la noche.
Era muy cerca de su casa y llevo a las dos perras caminando
detrás de ella. Iban algo inquietas al no saber dónde eran conducidas, pero
ninguna de las dos se atrevió a preguntar. El local estaba ubicado en una
galería que cerraba sus puertas a las diez de la noche y el experto estaba
esperándolas. Era un joven de unos treinta años, barbado y de cabello largo por
debajo de los hombros.
-¿Pablo? –dijo Blanca y el muchacho lo confirmó con un
movimiento de cabeza. Le extendió la mano sonriendo y dijo:
-Mucho gusto, señora Blanca. ¿Son éstas las chicas?
-Éstas son. –contestó la señora y al mirarlas vio con sádica
complacencia que la confusión y el miedo se reflejaba en el rostro de las dos.
Edgardo tenía experiencia en su oficio y estaba acostumbrado a tatuar y colocar
piercings a esclavas que les eran llevadas por Amos y Amas. Se acercó a Claudia
y a Laura y les dijo:
-Tranquilas, esto duele un poco pero es un momentito y
enseguida pasa. -y esas palabras, lejos de calmar a las sumisas, las preocuparon
aún más. ¿Qué es lo que iban a hacerles? Pablo las precedió al gabinete oculto
tras un cortinado blanco y en el que había una camilla y un armario con puerta
de vidrio y varios estantes. Era tal la inquietud que ambas sentían que Claudia
se atrevió a preguntar con voz temblorosa:
-Señora, por favor... ¿Qué van a hacernos?...
Blanca la miró fríamente y le dijo mordiendo las palabras:
-Cerrá la boca, bajate la pollera y la bombacha y acostate en
la camilla. Y vos –le dijo a Laura señalándole una silla de cuero negro,
-sentate ahí. -y la rubiecita ocupó en silencio el lugar indicado.
Pablo, que había salido del gabinete, regreso poco después
con una caja forrada en terciopelo rojo que contenía aros dorados de distinto
tamaño y grosor. La señora los observó detenidamente y eligió un modelo de
dimensiones medias.
-¿Ponemos uno en cada labio? –le preguntó Pablo.
-La señora asintió y el joven inició su trabajo. Con una
pinza apresó uno de los labios de la concha –No te muevas. –le dijo a Claudia,
que temblaba con los ojos cerrados, y usando aguja y un catéter lo perforó con
gesto veloz y firme. Claudia lanzó un grito y el joven retiro la aguja,
introdujo el aro y repitió la operación en el otro labio. Finalmente humedeció
la zona con una gasa embebida en desinfectante y dijo satisfecho mientras
Claudia temblaba entre sollozos y Laura miraba con cara de susto :
-Con ésta ya terminamos, señora. ¿Seguimos con la otra?
Blanca le ordenó a la joven que abriera las piernas y luego
de observar su concha durante algunos segundos dijo con una sonrisa que
expresaba su profunda satisfacción:
-¡Qué bien se la ve! ¿No es cierto, querido?... Sí, sigamos
con esta otra. -y tomo de un brazo a Laura acercándola a la camilla que Claudia
había desocupado. Una vez acostada y con la ropa por los tobillos sintió mucho
miedo y murmuró una súplica mientras mantenía los muslos apretados.
-Abrí las piernas. –le ordenó Blanca con tono duro. Laura la
miró a punto de ponerse a llorar y la señora repitió la orden dándole una
cachetada:
-¡¡¡Abrilas!!!
Claudia lloraba en silencio y Pablo miraba la escena sin
asombro alguno, acostumbrado como estaba al trato que Amos y Amas daban allí en
general a sus esclavas. Segundos después Laura era perforada entre gritos de
dolor y finalmente lució en su concha, como Claudia, la marca de su dueña.
Al despedirlas Pablo le indicó a Blanca que ambas debían
permanecer tres o cuatro días sin sexo vaginal y pasarse una gasita con
desinfectante dos o tres veces por día.
En el trayecto de regreso, con las perras caminando detrás y
quejándose cada tanto, la señora disfrutaba intensamente de lo hecho con ellas.
"Son cada vez más mías" –se dijo. -"Llevan mi marca... son animales de mi
propiedad." -y sus labios se abrían una y otra vez en una amplia y perversa
sonrisa.
Cuando llegaron a la casa las llevó al comedor, se sentó en
el sofá, las hizo arrodillar ante ellas y les dijo con voz dura:
-Ahora basta de llantitos ¿entendieron? Son mis perras y
llevan mi marca. Deben sentirse orgullosas de ese honor que les concedo y quiero
escucharlas diciéndomelo.
Claudia se enjugó las lágrimas pasándose una mano por la cara
y dijo mirando al piso:
-Estoy... estoy orgullosa de... de llevar su marca en mi
cuerpo, señora...
Y enseguida Laura murmuró:
-Me siento orgullosa de llevar su marca para siempre,
señora...
La señora las miró con expresión satisfecha y les dijo:
-Muy bien, perras... ¡Muy bien!... ahora escúchenme. Mi
marido viajó al interior por su trabajo y no volverá hasta dentro de dos
semanas. Ustedes estarán a mi entera disposición durante las veinticuatro horas
de estos quince días y se van a presentar ante mí cada vez que las convoque, y
no quiero excusas. ¿Está claro?
Ambas asintieron y la señora agregó:
-Bien, ahora desnúdense y pónganse en cuatro patas. –y salió
del comedor para volver enseguida con los collares, los recipientes, la bolsa de
alimento para perros y su rebenque.
Ambas sumisas estaban terminando de quitarse la ropa y cuando
estuvieron en cuero se pusieron en cuatro patas. La señora les colocó los
collares, vertió sendas porciones de palitos en dos de los recipientes, llenó de
agua los otros dos y dijo:
-Bueno, perras, a comer, vamos, y se lo tragan todo. No
quiero ver ni un palito ni una sola gota de agua... ¡Vamos!
Ambas inclinaron la cabeza sobre los recipientes y empezaron
a comer tomando cada palito con los dientes. Después de dos o tres bocados,
Claudia se dijo que en realidad no tenían un mal sabor, y siguió comiendo e
inclinándose cada tanto sobre el recipiente del agua para beber usando la
lengua. A Laura le costaba más asumir la situación. Encontraba que los palitos
tenían un gusto entre insulso y algo desagradable, pero se empeñó en seguir
comiéndolos mientras trataba de imaginar la reacción que tendrían sus compañeros
de la facultad si la vieran en tal menester. "¿Y Paola? –se preguntó. -¿Qué
diría Paola?" -pero ningún pensamiento fue capaz de evitar que siguiera comiendo
y bebiendo como una perra.
La señora las miraba excitada y absolutamente consciente del
intenso placer que le producía dominarlas al punto de hacer con ellas lo que se
le antojaba, de ir convirtiéndolas en perras con hermosas formas de mujer.
En determinado momento ambas bajaron las caderas y entonces
les gritó:
-¡Bien en alto esos culos! ¡Vamos! ¡Afírmense sobre las
rodillas! -y les cruzó las nalgas de un fuerte rebencazo. Así las fue
corrigiendo cada vez que la posición no era la correcta, hasta que ambas sumisas
terminaron con el alimento y el agua y sabiendo muy bien, a fuerza de azotes,
cómo debían hacerlo de allí en más. La señora les ordenó entonces que lavaran
los recipientes en la cocina, los dejaran allí con la bolsa de alimento y
volvieran en cuatro patas, y dicho esto se dirigió al dormitorio. El espectáculo
de ambas perras comiendo totalmente sometidas a su voluntad la había excitado y
se dispuso a darles como postre una buena cogida usando sólo sus culos, ya que
Pablo había indicado una abstinencia vaginal de tres días.
(continuará)